Vocación y Misión del Laicado

Madrid, 7 de abril de 1986

Deseo comenzar con dos textos -uno de la Sagrada Escritura y otro del Concilio- que siempre me han impresionado y que nos pondrán enseguida en un clima de sencillez, de fraternidad y de contemplación. Porque no quiero hacer una conferencia -el título me resulta demasiado pretencioso-, sino ofrecer simplemente algunos puntos de reflexión sobre la vocación y la misión del laicado hoy a veinte años del Concilio, y en particular de la promulgación del Decreto Apostolicam Actuositatem.

Ambos textos nos ubican en un clima de testimonio pascual que hemos vivido intensamente en estos días, clima que debe ser el normal y cotidiano de los verdaderos discípulos de Jesús: aquellos que viven, en las comunes condiciones de la vida, la profunda experiencia del Misterio Pascual de Jesús y por eso saben transmitir con espontaneidad, en su casa y en su trabajo, el gozo de las bienaventuranzas. Cristianos nuevos, cristianos pascuales, amigos de Dios y profetas de esperanza.

San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: Vosotros sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones (2 Co 3,3).

La Lumen Gentium termina toda la teología sobre el laicado expuesta en el capítulo 4º con esta hermosísima expresión: “Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y un signo del Dios vivo” (L.G. 38). ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de hoy de poder leer una verdadera carta de Cristo en la persona y los gestos comunes de cada cristiano! ¡Y cuánta necesidad de experimentar la cercanía de testigos ardientes del Resucitado -testigos, por eso, de una esperanza inquebrantable-, señales concretas de un Dios viviente!: Yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho (Mt 28,5). El apóstol comienza siendo una profunda experiencia de Jesús resucitado y una normal comunicación a los demás de lo que ha visto y tocado: María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que Él le había dicho esas palabras (Jn 20,18).

Quiero hacer todavía tres observaciones previas:

a) Una relectura del Decreto Apostolicam Actuositatemtiene que ser hecha desde la situación dramática y esperanzadora que vive la historia, tratando de discernir en el espíritu los nuevos signos de los tiempos y buscando con realismo evangélico cuáles son “las circunstancias actuales” que “piden un apostolado seglar más intenso y más amplio” (A.A. 1). Siempre es verdadero que “la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado” (A.A.2) y que “el apostolado de los seglares, que brota de la esencia misma de su vocación cristiana, nunca puede faltar en la Iglesia” (A.A. 1). Podemos preguntarnos si esta conciencia se ha hecho más clara y comprometida; podemos también preguntarnos si el apostolado de los laicos se ha realizado en su dimensión esencial de edificar la comunidad eclesial y de construir la sociedad temporal; podemos finalmente preguntarnos cuáles son hoy los espacios más urgentes para un apostolado laical y cuál es el estilo nuevo para una nueva evangelización de la cultura.

b) Una relectura del Decreto Apostolicam Actuositatem tiene que ser hecha desde la armónica profundización de otros textos conciliares, particularmente Lumen Gentium y Gaudium Spes, pero también Dei Verbum (que fue providencialmente promulgado el mismo día que la Apostolicam Actuositatem) y Sacrosanctum Concilium. Cumpliríamos así lo que los obispos nos han pedido en el reciente Sínodo Extraordinario: “Hay que atribuir especial atención a las cuatro Constituciones mayores del Concilio, que son la clave de interpretación de los otros Decretos y declaraciones” (R.F. 1,5).

c) Esto nos lleva a la tercera reflexión preliminar: no podemos releer la Apostolicam Actuositatem sino desde el contexto de la Relación Final del Sínodo Extraordinario: “La Iglesia, a la luz de la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo”. Estánresumidas aquí las cuatro Constituciones que son como los cuatro grandes pilares del Concilio. De esta reflexión final quiero ahora subrayar tres fases que animan y comprometen nuestra esperanza. Los obispos escriben: “Hemos celebrado unánimemente el Concilio Vaticano II como una gracia de Dios y un don del Espíritu Santo” (R.F. 1, 2). “No se puede en modo alguno afirmar que todo lo que ha sucedido después del Concilio, haya ocurrido a causa del Concilio” (R.F. 3). “Por ello, hemos determinado seguir avanzando por el mismo camino que nos indicó el Concilio” (R.F. 1,2).

Siguiendo las líneas de la Relación Final quiero proponer tres puntos de reflexión sobre la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo hoy, siempre desde el Decreto Apostolicam Actuositatem: los laicos en una eclesiología cristocéntrica y trinitaria, los laicos en una eclesiología de comunión, los laicos en una eclesiología de salvación.

I. Los laicos en una eclesiología cristocéntrica

El primer punto en que insiste el Decreto conciliar sobre el apostolado de los laicos es su referencia esencial a Cristo: “el deber y el derecho del laico al apostolado deriva de su misma unión con Cristo Cabeza. Insertos por el Bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo  el que los destina al apostolado. Son consagrados como sacerdocio real y nación santa para ofrecer hostias espirituales en todas sus obras y para dar testimonio de Cristo en todo el mundo” (A.A.3). Es decir, el laico debe sentirse llamado por Cristo, consagrado por el Espíritu, para anunciar a los hombres la Alegre Noticia de Jesús. No somos nosotros los que hemos elegido a Jesús; es Él quien nos ha elegido a nosotros (Cfr. Juan 15) para que seamos testigos de la resurrección del Señor (Cfr. Hech. 1,8). Nuestro apostolado está directamente unido a Cristo, por la mediación de su Iglesia, para la salvación del mundo. Los tres términos son inseparables para la vida y la misión del laico: Cristo, la Iglesia y el mundo. Cuando el Decreto Apostolicam Actuositatem habla de la espiritualidad del laico, recuerda lo siguiente: “Cristo, enviado por el Padre, es la fuente y origen de todo el apostolado de la Iglesia. Es, por ello, evidente que la fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital de los seglares con Cristo” (A.A.4).

El Sínodo Extraordinario recuerda que la Iglesia es, ante todo, el Misterio de Cristo. Por haberla vaciado de su contenido esencial, Cristo, la Iglesia dejó de ser para muchos -en especial para los jóvenes- “luz de los pueblos”. “La Iglesia se hace más creíble, si hablando menos de sí misma, predica más y más a Cristo crucificado y lo testifica con su vida” (R.F. II, A, 2). Esto es particularmente importante cuando se habla de los laicos cuya vocación y misión se definen desde su “ser en Cristo” para la salvación del mundo. La Iglesia es definida como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. La dimensión cristológica y trinitaria es esencial a la Iglesia si no queremos vaciarla de su contenido y su fuerza salvadora. Hoy más que nunca es necesario subrayar la identidad secular del laico, el cristiano que vive su propia vocación en el mundo y desde allí trata de santificar y transformar el mundo “desde adentro, a modo de fermento” (Cfr. L.G. 31). Pero la relación con Cristo es esencial; de lo contrario, caeríamos en el secularismo. “Toda la importancia de la Iglesia deriva de su conexión con Cristo” (R.F. II. A.3). Es necesario recordar la descripción que la Lumen Gentium hace del laico: un fiel incorporado a Cristo por el Bautismo, integrado en el pueblo de Dios y hecho partícipe, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, que ejerce en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano (Cfr. L.G. 31). La identidad integral del laico es dada por la coexistencia simultánea de estas tres notas esenciales: su ser en Cristo, su ser Iglesia y en la Iglesia, su ser en el mundo.

El Sínodo Extraordinario recuerda la primera definición conciliar de la Iglesia: “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (L.G.1). De aquí deriva la llamada universal a la santidad. “Hoy necesitamos fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos” (R.F. II, A. 4). Es interesante subrayar que la Apostolicam Actuositatem, después de haber puesto los fundamentos del apostolado seglar, pase enseguida a hablarnos de “la espiritualidad seglar en orden al apostolado”. Este punto es esencial: “la fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital de los seglares con Cristo” (A.A. 4). Es la aplicación concreta de la exigencia del Señor: “el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

Deseo ahora señalar algunos aspectos de la espiritualidadlaical:

a) Ante todo la permanente apertura y la disponibilidad a la acción del Espíritu Santo que habita en nosotros, nos conduce como a hijos y grita en nuestro corazón con gemidos inefables. Es el Espíritu de la unidad interior, particularmente necesario para el laico cuya vida tiene que moverse en forma simultánea en la esfera de lo divino y de lo humano; más aun, el único modo para él de estar en lo divino es insertarse profundamente en el ámbito de las realidades temporales; y el único modo auténtico de estar en lo humano es vivir serena y plenamente en Cristo: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí” (Ga 2,20). El Espíritu es el Espíritu de la Verdad que nos introduce en la verdad completa de Cristo, de la Iglesia, del hombre. Es el espíritu de la fortaleza y del coraje, el que nos desprende de las cosas temporales pero nos hace amarlas y vivirlas con intensidad creadora, el que nos impide que nos cansemos. Es el Espíritu que anima y robustece nuestra esperanza. Creo que es esencial para el laico, comprometido cotidianamente con las realidades temporales, dejarse conducir por el Espíritu Santo que nos une interiormente y que nos desprende y nos compromete al mismo tiempo.

b) El crecimiento continuo de las tres virtudes teologales: la fe con obras, el amor con fatigas y la esperanza en Nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia (1 Tes 1, 3). El decreto Apostolicam Actuositatem subrayaeldinamismo de las virtudes teologales. Es esencial que el laico mire al mundo desde la luminosidad de la fe: es el único modo de verlo en su realidad global. Desde la fe puede descubrir el ritmo de la historia y discernir a cada instante los permanentemente nuevos signos de los tiempos. La esperanza nos pone en constante tensión de los bienes definitivos; no nos arranca del tiempo, al contrario, nos ayuda a valorarlo en su densidad real y en su proyección a lo eterno. La caridad nos ayuda a vivir intensamente nuestro amor a Dios y al prójimo, nuestro sentido de adoración y de servicio. Nos pone, sobre todo, en una gozosa donación de nosotros mismos al servicio de los más necesitados: “tenía hambre y me disteis de comer… etc”. “La caridad de Dios que se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo que nos ha sido dado, capacita a los seglares para expresar realmente en su vida el espíritu de las bienaventuranzas” (A.A.4).

c) Uno de los aspectos esenciales de la espiritualidad laical es la oración, la contemplación. Es una de las exigencias fundamentales para conservar el equilibrio y mantener la esperanza. La contemplación nos entregará, cada vez más, una capacidad muy honda de comprender, de sufrir, de darnos incansablemente. No hay hombres más realistas que los contemplativos; no hay gente más equilibrada y serena que los que saben rezar. Pero no es fácil; para nadie, pero mucho menos aún para los que viven sumergidos en el mundo. El Maestro interior es siempre el Espíritu que grita en nuestro corazón: “Abba, Padre”. Hay que pedir con los Apóstoles: “Señor, enséñanos a orar”.

d) Una auténtica espiritualidad laical se nutre de estas dos fuentes de la Iglesia: la Palabra de Dios y los Sacramentos. Lo recuerda de un modo particular el Sínodo Extraordinario (R.F.II.B). Hace falta penetrar cotidianamente la Palabra de Dios y participar en forma activa de la Eucaristía.

e) Finalmente, hace falta intensificar el amor filial a María Santísima. El decreto nos recuerda: “El modelo perfecto de esta espiritualidad apostólica es la Santísima Virgen María, reina de los Apóstoles, la cual, mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador” (A.A.4).

II. Los laicos en una eclesiología de comunión

Vosotros sois el Cuerpo de Cristo (1 Co. 12,27).

Llama la atención la insistencia con que la Apostolicam Actuositatem recomienda el apostolado organizado “como signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo” (A.A. 18). La vocación y la misión de los laicos no tienen sentido sino desde una “eclesiología de comunión”. Ya dijimos antes que el laico tiene que vivir simultáneamente estas tres notas esenciales: ser en Cristo, ser Iglesia y en la Iglesia, ser en el mundo. Quiero ahora insistir en lo segundo: ser Iglesia y en la Iglesia. El laico nace en Cristo por el ministerio de la Iglesia y en el seno de una Iglesia. El crecimiento en Cristo por la santidad se realiza simultáneamente por una más profunda y viva inserción en la Iglesia y por una mayor presencia en el ámbito de las realidades temporales. La unidad irrompible de estas tres dimensiones es tal que cualquier desequilibrio puede traer sentido de frustración, de mediocridad o de aislamiento. El camino de santidad y de plenitud humana en el laico pasa siempre por el corazón de la comunidad eclesial -vive en ella y de ella- y por la generosidad en el ámbito de las realidades temporales.

El Sínodo Extraordinario ha insistido fuertemente sobre esta “eclesiología de comunión”. “La eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio” (R.F. II. C.1). En definitiva, es toda la teología paulina del Cuerpo de Cristo (Rm 12, I Co 12) o la maravillosa teología bíblica del Pueblo de Dios. No hay que perder la riqueza de esta doctrina conciliar tan profundamente descripta en el capítulo II de la Lumen Gentium. “Desde el Concilio Vaticano II se ha hecho mucho para que se entendiera más claramente a la Iglesia como comunión y se llevara esta idea más concretamente a la vida” (R,F. II. C.1).

Quiero subrayar algunos aspectos y sacar algunas consecuencias de esta “eclesiología de comunión”:

a) Ante todo, la concepción misma de “comunión”. Quizás estos dos textos de la Escritura (uno de Juan y otro de Pablo) nos ayuden a comprender mejor la idea de comunión: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1 Jn 1, 3-4). La alegría del apóstol y evangelista Juan es ésta: que el testimonio y el anuncio de la Palabra de Vida -contemplada, tocada, gustada- lleve a producir, en los cristianos, una más íntima unión con la Trinidad y una más gozosa unidad en la comunidad eclesial. El otro texto es de Pablo: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10, 16-17). La idea central de Pablo es la misma que la de Juan: la comunión se realiza en Cristo (participando en su sangre y en su cuerpo) y esta comunión se manifiesta en la comunidad cristiana. Más aún, es el único modo de construirla. Es interesante subrayar que la misma idea vuelve -expresada en otra forma- en el capítulo II cuando Pablo nos narra la institución de la Eucaristía: “Cuando os reunís, pues, en común, eso ya no es comer la Cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga” (1 Co 11, 20-21). La Eucaristía supone una verdadera comunidad y hace la comunión de la Iglesia.

Esta primera descripción de la comunión -como unión con Cristo por los Sacramentos- es esencial para comprender una verdadera “eclesiología de comunión”. Vale la pena citar un largo texto de la Relación Final: ¿Qué significa la compleja palabra comunión? Fundamentalmente se trata de la comunión con Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta comunión se tiene en la Palabra de Dios y en los Sacramentos. El Bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión de la Iglesia”. (Podríamos completar con las palabras de Pablo: “porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un solo Espíritu”: 1 Co 12, 113). Prosigue el texto sinodal: “La Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. La comunión del Cuerpo eucarístico de Cristo significa y hace, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia” (R.F. II. B. 1).

Quiere decir que la comunión no es primariamente una estructura, sino una profunda realidad sacramental que expresa y comunica la vida trinitaria: comunión fecunda y cercana del Padre, del Hijo y del Espíritu que habitan en aquellos que guardan la Palabra de Cristo (Cfr. Jn 14, 23).Pero significa tambiénqueestaíntima realidad sacramental, fruto del Espíritu que habita en nosotros, tiene que manifestarse necesariamente en estructuras visibles de comunión y de participación en la Iglesia. La Iglesia es sacramento -signo e instrumento- de comunión.

b) Esto nos lleva a pensar, desde la perspectiva de la comunión eclesial, en la unidad de misión en la Iglesia. “Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión” (A.A. 2). En la Lumen Gentium leíamos: “Por tanto, el Pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: un Señor, una fe, un Bautismo. Es común la dignidad de los miembros que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de filiación; común la llamada a la perfección… Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo” (L.G. 32). Quiere decir que los laicos no son simplemente invitados al apostolado: tienen deber y derecho de ejercer en la Iglesia su función sacerdotal, profética y real. El apostolado no es para ellos facultativo o provisorio: se es apóstol en la medida en que se es cristiano. “Los seglares, por su parte, al haber recibido participación en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les atañe en la misión total del Pueblo de Dios” (A.A. 2).

Es verdad, sin embargo, que la misma y única misión evangelizadora de la Iglesia la realizan en modo distinto los pastores, los religiosos y los laicos. Pero es útil y necesario subrayar la unidad de la misión, que se basa en la unidad sacramental con Cristo y la Iglesia.

c) Una tercera consecuencia, de orden humano y pastoral, de esta “eclesiología de comunión” es la relación entre los laicos y los pastores. Se ha avanzado bastante, pero todavía queda mucho por hacer. Todavía hay demasiada desconfianza hacia los seglares, se les desconoce su legítima autonomía en el ámbito de las cosas temporales, se tiene miedo a su palabra y a su profecía. Queda todavía demasiado “clericalismo” por ambas partes: o por desconfianza de los pastores o por búsqueda cómoda de excesivo tutelaje y proteccionismo de los laicos. Falta en muchas ocasiones la palabra profética de los laicos, es verdad que tienen que vivir en plena comunión con los pastores y recibir de ellos la iluminación magisterial que por oficio les compete en nombre del Señor, pero es verdad también que “Cristo, el gran Profeta” cumple su misión profética, no sólo a través de la Jerarquía, “sino también por medio de los laicos, a quienes consiguientemente constituye en testigos de la fe y de la gracia de la palabra para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social” (L.G. 35). El Concilio insiste en una relación humana-pastoral en la línea de una verdadera paternidad, fraternidad y amistad. Una “eclesiología de comunión” exige un tipo de relación entre pastores y laicos que yo llamaría sacramental y humana. La Relación Final nos dice: “A partir del Concilio Vaticano II hay felizmente un nuevo estilo de colaboración en la Iglesia entre laicos y clérigos. El espíritu de disponibilidad con que muchísimos seglares se han ofrecido al servicio de la Iglesia, debe contarse entre los mejores frutos del Concilio. En esto se da una nueva experiencia de que todos somos Iglesia” (R.F.II.C.6). Falta todavía indicar que la misma disponibilidad se exige en la conciencia de los pastores, para que reconozcan, respeten y animen la función específica e irremplazable de los laicos en la Iglesia. Mientras la Lumen Gentium recuerda: “Saben los pastores que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar a los fieles y reconocer sus servicios y carismas de tal suerte que todos, a su modo, cooperan unánimemente en la obra común”(L.G. 30), la Apostolicam Actuositatem nos dice palabras más claras: “Los seglares tienen su parte activa en la vida y en la acción de la Iglesia, como partícipes del oficio de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey. Su acción dentro de la comunidades de la Iglesia es tan necesaria, que sin ella el propio apostolado de los pastores no puede conseguir la mayoría de las veces plenamente su efecto” (A.A. 10).

d) Uno de los aspectos de esta “eclesiología de comunión” es la participación efectiva de los laicos en las estructuras de comunión: consejo pastoral diocesano y parroquial. Quizás sea éste el mejor camino para expresar y ahondar plenamente la comunión eclesial. Por exigencia de comunión, los laicos tienen que participar en la elaboración, en la ejecución de los proyectos -por mejor disponibilidad que tengan- no participan plenamente en la misión salvífica de la Iglesia, ni ayudan a crear una verdadera “eclesiología de comunión”. Los laicos deben ser la voz del mundo en el corazón de la Iglesia; lo cual supone para ellos la responsabilidad de discernir en las realidades temporales y el derecho y el deber de transmitir, con veracidad y coraje, el fruto de su discernimiento a la comunidades eclesiología. Cuando habla de la formación, el Decreto Apostolicam Actuositatem nos dice: “El seglar se incorpora profunda y ardorosamente a la realidad misma del orden temporal y acepta participar con eficacia en los asuntos de esta esfera, y al mismo tiempo, como miembro vivo y testigo de la Iglesia, hace a ésta presente y actuante en el seno de las realidades temporales” (A-A. 29).

e) Por último, quiero señalar muy brevemente los organismos de coordinación y comunión que se van creando, con mucho fruto y mayor promesa, en algunas partes. Se trata de los Consejos nacionales, diocesanos y parroquiales de laicos. No es lo mismo que los Consejos pastorales. Tampoco coincide con las Comisiones Episcopales para laicos. Se trata de organismos fundamentalmente laicales, en íntima comunión con los pastores, cuya finalidad sería coordinar los esfuerzos de tantas asociaciones y movimientos y el apostolado de tantos laicos que no pertenecen de modo explícito a grupos apostólicos. Hoy es particularmente necesario esto, cuando el Espíritu de Dios ha suscitado en la Iglesia una variada y rica manifestación de nuevas asociaciones y movimientos. Hace falta coordinarlos y ayudarlos a integrarse plenamente en la comunión eclesial. Creo que esto también pertenece a una auténtica “eclesiología de comunión”.

III. Los laicos en una eclesiología de salvación

La cuarta parte de la Relación Final del Sínodo Extraordinario está dedicada -lamentablemente no en extenso a la “misión de la Iglesia en el mundo”. Comienza así: “la Iglesia como comunión es sacramento para la salvación del mundo” (R.F.II.D.1). Sería la parte que más interesa a los laicos porque define particularmente su vocación y misión en la Iglesia. Toda la Iglesia es enviada al mundo para reconciliarlo con el Padre. Toda la Iglesia es un Cristo “Sacramento universal de salvación”.

Pero es cierto que “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (L.G. 31). Lo específico del laico es su “ser en el mundo”, inseparablemente unido a su “ser en Cristo” y a su “ser Iglesia y en la Iglesia”. Que se me permita insistir en esta unidad y simultaneidad de los tres aspectos que componen la identidad del laico. El laico vive la vocación a la santidad y su dimensión eclesial desde el interior del mundo, “a modo de fermento”. La tarea apostólica la realiza el laico particularmente en el mundo -con corazón de Iglesia y como discípulo de Cristo- tratando “de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios” (L.G. 31).

El decreto Apostolicam Actuositatem sintetiza el apostolado de los laicos en estas dos líneas: de evangelización y de renovación del orden temporal. Volveré después a la evangelización. Quiero ahora recordar esta frase del Decreto: “los seglares acepten como obligación propia el instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden, dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana” (A.A. 7).

Deseo ahora insistir en algunos puntos:

a) El apostolado de los laicos -como su vocación y misión en general- se sitúa en la relación Iglesia-mundo. Son los laicos “los hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y los hombres del mundo en el corazón de la Iglesia”. Los laicos son, por definición, los profetas de Dios en el mundo, y son la voz del sufrimiento del mundo para la Iglesia. Pero se trata de una relación salvífica, de redención, de transformación en Cristo del mundo de las realidades temporales, de ayudar a construir una “humanidad nueva”, una “nueva sociedad” más justa, más humana, más cristiana. Esto evitaría un fácil encandilamiento frente a las realidades temporales y una superficial contemplación del mundo que nos llevaría a “evacuar la cruz de Cristo” y a vaciar de contenido cristiano y eclesial nuestro apostolado. Lamentablemente esto ha pasado con muchos laicos comprometidos y con algunas asociaciones católicas. Un optimismo fácil y superficial nos hizo olvidar la realidad del mal y del Maligno. Es preciso mirar al mundo desde la fe y el dinamismo transformador de la esperanza cristiana: hemos sido redimidos en esperanza, pero la creación entera sigue todavía gimiendo como en dolores de parto hasta que el Señor vuelva y se manifieste definitivamente la gloria de Cristo sobre los hombres (Cfr. Rm 8, 18-25). Sólo entonces -cuando el último enemigo, que es la muerte, haya sido vencido- Cristo entregará el reino al Padre (Cfr I Co 15, 26-28).

b) Esto nos lleva a pensar en una teología de la cruz. Es extraño que el Sínodo Extraordinario haya introducido aquí una breve reflexión sobre este tema. Algunos sinodales habían pedido que de esto se hablara en la primera parte, cuando se habla del Misterio de Cristo en la Iglesia. Parecería más lógico. Sin embargo, me parece inspirado y providencial que se hable de cruz pascual cuando se mira al mundo. Creo que el don más original que la Iglesia puede ofrecer al mundo es la realidad central del Misterio Pascual de Jesús muerto y resucitado. Es en la cruz donde el Hijo nos reconcilió con el Padre, nos pacificó con su sangre y nos hizo un solo pueblo, un “Hombre Nuevo” en Jesús. Hoy hace falta que nunca predicar a Cristo crucificado -sabiduría y potencia de Dios- y asumir, en la cruz, la esperanza que nunca desfallece. Por un lado, se ilumina el misterio del sufrimiento humano -hoy tan dramáticamente multiplicado y experimentado-; por otro, se nos recuerda el amor de Aquel que dio la vida por sus amigos. Sólo a la luz del Misterio Pascual se entiende, se asume y se celebra el dolor de los hombres y nuestra cruz de cada día. Una Teología de la Cruz es esencialmente una teología de la esperanza. Nos dice la Relación Final del Sínodo: “Nos parece que en las dificultades actuales Dios quiere enseñarnos, de manera más profunda, el valor, la importancia y la centralidad de la cruz de Jesucristo. Por ello, hay que explicar, a la luz del Misterio Pascual, la relación entre la historia humana y la historia de la salvación… Cuando los cristianos hablamos de la cruz… nos colocamos en el realismo de la esperanza cristiana” (R.F. II. D.2).

c) La primera actitud del laico, inmerso en el mundo por maravillosa voluntad de Dios y único camino de santidad, es descubrir los nuevos signos de los tiempos. No es fácil para quien vive la nerviosidad del tiempo y la angustiosa precipitación de cambios rápidos, profundos y universales. Aquí hace falta pobreza y contemplación. La pobreza nos pone en camino de búsqueda y de escucha(necesidad de los otros); la contemplación nos abre el secreto de las cosas y los hombres y nos da una capacidad muy honda de descubrir y valorar lo esencial (necesidad de Dios). ¿Cuáles son estos signos nuevos? Creo que hay que buscarlos comunitariamente. Entre tanto la Relación Final del Sínodo Extraordinario -que ya nos había señalado como signo nuevo de los tiempos el “secularismo”- nos dice ahora que “los signos de nuestro tiempo son parcialmente distintos de los que se daban en tiempo del Concilio, habiendo aumentado las angustias y ansiedades. Pues hoy crecen por todas partes el hambre, la opresión, la injusticia, la guerra, las torturas y el terrorismo, así como otras formas de violencia de cualquier parte” (R.F.II.D.1). Podríamos añadir a esto el descubrimiento del pobre como sacramento de Cristo y la opción preferencial por los pobres que hoy hace la iglesia en virtud del mandato y del ejemplo de Cristo.

d) Quiero, para terminar esta parte, subrayar la novedad y la especificidad de la evangelización hecha por parte de los laicos. Pertenece a la esencia de su misión, porque pertenece a la esencia de la misión de Cristo y su Iglesia. El Decreto Apostolicam Actuositatem lo recuerda en primer lugar: “Son innumerables las ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación” (A.A. 6). Lo realiza por el testimonio de la vida y el anuncio explícito de Jesús con la palabra. “Tal evangelización -nos dice la Lumen Gentium- adquiere una característica específica y una eficacia singular por el hecho de que se lleva a cabo en las condiciones comunes del mundo” (L.G. 35). La Relación Final del Sínodo nos vuelve a recordar la urgencia de una auténtica evangelización: “La evangelización es la primera función no sólo de los obispos, sino también de los presbíteros y diáconos, más aún, de todos los fieles cristianos” (R.F.II.B.2).

 Entre la Apostolicam Actuositatem y el Sínodo Extraordinario del 85, se celebra el Sínodo Ordinario sobre la Evangelización (74). Hay pasos notables en la penetración del contenido, de los agentes y del estilo de la evangelización. Fruto de la III Asamblea General del Sínodo, es la magnífica Exhortación Apostólica de Pablo VI sobre la evangelización del mundo contemporáneo. Vale la pena recordar lo que Pablo VI escribe sobre los laicos: “Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización. Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial -ésa es la función específica de los pastores- sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas, escondidas pero a la vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas… etc” (E.N. 70).

Hoy se exige una nueva evangelización. En nuestra sociedad secularizada es urgente anunciar a “Cristo y a Cristo crucificado”. Toda la Iglesia -pero de un modo dramático e inmediato los laicos- siente la necesidad de una nueva evangelización: “nueva en el ardor, nueva en los métodos, nueva en la expresión”, dice el papa Juan Pablo II.

 Hay nuevos desafíos para la evangelización: evangelización de la cultura y de las culturas, evangelización del trabajo, evangelización de la familia, evangelización de los jóvenes por los jóvenes, evangelización de la paz, anuncio de la Buena Noticia de Jesús a los países pobres. Todo esto significa una particular interpelación a la Iglesia, pero de modo especial a los laicos cuya vocación y misión se desarrollan en el mundo de las realidades temporales. Hacen falta laicos, con vocación de santidad, llamados a transformar el mundo desde adentro, a modo de fermento, y a ser los verdaderos constructores de la sociedad y auténticos operadores de una paz que tenga sus raíces en la verdad y la justicia, en la libertad y el amor.

Conclusión

Tal vez esta larga exposición no haya respondido plenamente a las expectativas creadas por la enunciación del tema: significación, novedades y perspectivas que aportó el Decreto. He preferido releerlo a través de la Relación Final del último Sínodo Extraordinario: “La Iglesia, a la luz de la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo”.

Me pareció que así se subrayaba mejor la vocación y misión del laico: incorporado a Cristo, miembro de la Iglesia, insertado en el mundo. Y se subrayaban también las fuentes de la espiritualidad apostólica del laico, que son las fuentes mismas de la Iglesia: la Palabra de Dios y la Eucaristía.

Esta celebración del Decreto Apostolicam Actuositatem se hace en plena preparación del próximo Sínodo sobre la “Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, veinte años después del Concilio Vaticano II”. Es necesaria y urgente la participación de todos los laicos; pero, si queremos que el próximo Sínodo sea un verdadero Pentecostés para toda la Iglesia, creo que es indispensable centrar otra vez la reflexión sobre la Iglesia -Misterio de Cristo y Pueblo de Dios-. Sólo desde el interior de una auténtica “eclesiología de comunión” podremos comprender bien la vocación y misión del laico. Insisto también en lo siguiente: que no basta que los laicos se preparen para el Sínodo, hace falta, sobre todo, que la entera comunidad eclesial rece y reflexione sobre el tema. No basta que los laicos tomen conciencia de que son Iglesia. Es necesario que toda la Iglesia respete, promueva y anime esta conciencia. Sólo así tendremos laicos comprometidos que serán a un mismo tiempo ciudadanos del mundo, miembros de la Iglesia y testigos de Cristo. Ese es nuestro mejor augurio y nuestra más gozosa esperanza.

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