Signos de una Iglesia contemplativa (1)

 Año de la vida consagrada

Card. Eduardo Pironio2

Queridísimas Hermanas:

¡Qué alegría me da el Señor al poder celebrar esta Eucaristía con ustedes, y encontrarme así con todos los monasterios de vida contemplativa de esta queri­dísima Colombia; y alargando unp oquitico más la mirada y atravesando todo el horizonte, sentir en esta capilla la presencia fuerte, fecunda, luminosa de toda la vida contemplativa en la Iglesia de hoy! ¡Qué alegría también para ustedes el que, a través de la humilde presencia de un hombre muy pobre, a quien sin embargo Dios amó mucho por la cruz, se hace aquí presente hoy la persona bondadosa del Santo Padre. Quisiera que mi presencia pudiese ser ese signo, que fuese realmente la presencia del Papa, a pesar de toda mi limitación y miseria, del Papa que las ama tanto!

Me impresionó mucho cuando el Papa me llamó a Roma3: yo quería todavía prolongar mi estadía en América Latina, pero él me dijo: “Yo quiero que el 8 de diciembre esté conmigo, porque en ese día nos vamos a consagrar juntos a la Santísima Virgen”. Realmente el 8 de diciembre tuve dos gracias muy grandes del Señor: Por la mañana, la concelebración con el Santo Padre en la Basílica de San Pedro, para hacer con él la consagración a Nuestra Señora. Por la tarde en Santa María la Mayor, la gran Basílica de Nuestra Señora, corazón, diríamos, de las Basílicas consagradas a Nuestra Señora en Roma, el encuentro espiritual e invisible con la vida contemplativa del mundo entero. Allí estaban representadas las comunidades de vida contemplativa, con todo lo que significa la contemplación. El Papa quiso dedicar el 8 de diciembre, décimo aniversario de la clausura del Concilio, por la mañana, a todos los religiosos, religiosas, estudiantes al sacerdocio y novicios; por la tarde, de manera especialísima, a la vida contemplativa. Y yo quisiera que en pequeño, aunque a infinita distancia por mi parte, hoy se reprodujera ese encuentro. Quisiera comprometerlas a ustedes a ir engendrando diariamente la Iglesia. Que la fueran engendrando en la medida de la profundidad del silencio, de la serenidad de la cruz, del gozo, de la caridad.

La vida contemplativa tiene que ser, hoy más que nunca, en la Iglesia de la palabra, de la profecía, en la Iglesia de la encarnación y de la presencia, en la Iglesia del servicio, de la entrega a los hermanos, tiene que ser la fuente original, luminosa, fecunda, de donde nace esa Iglesia profética, esa Iglesia de encarnación, esa Iglesia servidora de la humanidad, esa Iglesia sacramento universal de salvación; pero hay que hacerla nacer desde adentro. Hace muchos años que yo vengo hablando e insistiendo muchísimo en la urgencia de la vida contemplativa para la totalidad de la Iglesia: para el obispo, para el sacerdote, para el religioso o religiosa de vida activa, para el laico. Hace mucho tiempo, porque lo vengo sintiendo como una urgencia del Espíritu. Es necesario que la Iglesia nazca primero adentro, para poder nacer en la historia, como sacramento universal de salvación ante el mundo que espera; pero esto exige que la vida contemplativa viva como María, abierta a la profundidad del silencio, a la serenidad de la cruz, a la alegría del amor. Todo bajo la acción fuerte del Espíritu Santo, que es Espíritu de interioridad, que es Espíritu de alegre inmolación en la cruz, que es Espíritu de generoso servicio en la caridad. La vida contemplativa engendra cotidianamente la Iglesia, en la medida en que, como María, se abre a la Palabra.

Es ponerse en actitud muy pobre, en actitud muy de silencio y muy de disponibilidad, frente a la Palabra que nos es dicha, como se puso María en actitud de mucha pobreza. Sólo a los pobres se les revelan los secretos del Reino. Lo acabamos de escuchar en el hermosísimo Evangelio de hoy: “Padre, te doy gracias, porque todas estas cosas las has reservado para los pequeños, para los humildes, para los pobres; las has ocultado a los sabios”4.

Es cierto. Tiene que haber una penetración en la Palabra del Señor, tiene que haber un estudio, una reflexión en la Palabra del Señor, pero sobre todo, tiene que haber un corazón muy pobre y sencillo, para penetrar contemplativamente la Palabra del Señor.

Yo diría que hay como tres momentos de entrar en la Palabra del Señor: el primer momento es el de la curiosidad: qué dice la Palabra. El segundo momento es un momento técnico: por qué, cómo. Y el tercer momento: qué me dice esta Palabra. Mejor todavía, cómo entra en mí esta Palabra.

En la pobreza de María nació la Palabra. El Espíritu Santo la cubrió con su sombra, porque era pobre, porque era humilde. La Palabra nació en el corazón virginal y pobre de María. Para que la Palabra nazca en los labios y de los labios, desde el corazón del Obispo, del predicador, del evangelizador, del sacerdote, es necesario que antes esa Palabra sea recibida dentro, en la pobreza de un alma contemplativa.

Frente a la Palabra de Dios, después, esa actitud de silencio. Silencio que es encuentro, no un silencio que es vacío; silencio que es comunión muy honda con el Espíritu que engendra la Palabra; silencio que no es evasión, sino que es presencia. Un silencio muy lleno de la Palabra y del Espíritu de Dios. Es María quien guarda todas estas cosas, rumiándolas en su corazón. María del silencio no es María de la abstracción, María del olvido, no; María del silencio, María de la contemplación es María que recibe la Palabra adentro, en la Anunciación; corre en seguida a comunicarla silenciosamente en la Visitación. María del silencio y de la contemplación es María que está constantemente rumiando estas cosas en su corazón, pero que al mismo tiempo entrega la Palabra a los hombres en la Noche Buena de Belén. María del silencio y de la contemplación es María que goza en la contemplación silenciosa del Hijo, pero al mismo tiempo tiene los ojos abiertos a la realidad, a la angustia de los jóvenes esposos en Caná de Galilea, y adelanta la hora de Jesús pidiendo que se realice el milagro. Es el silencio de la contemplación que no nos aleja de la realidad, sino que nos hace verla desde otra perspectiva mucho más honda. Para que la Palabra de Dios nazca en nosotros hace falta una actitud de silencio. Silencio, repito, que no es vacío, sino capacidad para el encuentro, ese silencio que es todo.

Para que la Palabra nazca dentro, hace falta la disponibilidad. Pobreza, silencio, disponibilidad. Esa disponibilidad de Nuestra Señora: “Sí, yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”5. Es decir, hacer que la Palabra nazca en nuestro interior mediante una entrega radical, gozosa, a las exigencias de esa Palabra; entonces seremos netamente felices. Felices; sí, María, porque dijiste que sí, porque te entregaste a la Palabra, porque has creído. Recibir la Palabra con la pobreza, con el silencio, con la disponibilidad de María. Y esa es la palabra que después iluminará, desde el corazón y desde los labios de los evangelizadores, al mundo de hoy que espera.

Pero esa disponibilidad ante la Palabra, esa entrega absoluta a la Palabra, y ese nacimiento de la Palabra, nos lleva a vivir otra cosa, otra dimensión, que es la serenidad, el gozo, la fecundidad de la cruz. La vida contemplativa es una vida inmolada, serena, gozosamente clavada con Cristo en la cruz. Tienen que ser testigos del Reino de Dios, y lo serán en la medida en que el Espíritu de Dios las vaya introduciendo en el Cristo de la Pascua; y ese Cristo de la Pascua es ese Cristo, sabiduría y fuerza, del que habla hoy san Pablo en la primera lectura: “Yo no entiendo otra cosa que Cristo y Cristo crucificado”6. Y ese Cristo crucificado es siempre el Cristo de la muerte y de la Resurrección, es el Cristo del anonadamiento y de la salvación, es el Cristo, Señor de la historia, del cual san Pablo habla en la Carta a los Filipenses en el capítulo 2: siendo Dios no retuvo como presa avara el ser considerado como Dios, sino que se despojó totalmente, se hizo siervo, se anonadó, más todavía, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Y por eso el Padre lo glorificó haciéndolo superior a todo hombre, y le dio un nombre que está sobre todo nombre y ante el cual doblan la rodilla los cielos y la tierra y el abismo, y toda lengua confiesa que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre7. Es el Cristo de la Pascua.

Entonces una vida contemplativa es una vida que vive el gozo, la serenidad, la fuerza, yo diría la fecundidad de la cruz. Sean fuertemente contemplativas desde la luminosidad serena de la cruz. De una cruz vivida en la fecundidad, no de una cruz vivida en el vacío o en la destrucción. Es exclusivamente del corazón de la cruz de donde nace la Iglesia, de donde sale la luz, de donde brota la resurrección. Es exclusivamente desde el interior de la cruz, de donde nace la alegría de la esperanza. Dos realidades que el mundo de hoy necesita: alegría y esperanza. Pero únicamente tienen derecho a ser alegres, únicamente tienen derecho a vivir y proclamar la esperanza, las almas que, como María, viven silenciosas al pie de la cruz. Vivan ustedes la vida contemplativa al pie de la cruz, amen cada vez más hondamente la inmolación de la cruz, dejen que el Señor adorablemente las atornille. ¡Claro que cuesta! Llegan momentos en que uno tiene la tentación de decir (si le pasó a Cristo, ¡cómo no nos va a pasar a nosotros!): “Basta; si es posible que pase de mí este cáliz”, pero en seguida, “no se haga mi voluntad sino la tuya”8.

La cruz hay que vivirla con el gozo de la fecundidad, como aquello que dice san Pablo: “Siento alegría en mi cruz por ustedes, por la Iglesia, porque veo que estoy completando en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo”9. En esta cruz silenciosa, desconocida para otros, tal vez ignorada por los propios hermanos y hermanas, en esta cruz se está engendrando la vida de tantas comunidades de Iglesia, la luz de tantos estadistas de diferentes naciones, se está como gestando la paz, la justicia y el amor que tanto necesitan los pueblos.

Finalmente, la vida contemplativa engendra a la Iglesia, desde la alegría de la caridad, la alegría del amor. La alegría que es caridad y que es inmolación total al Padre, que es radical entrega a Jesucristo. “Para mí vivir es Cristo, el morir una ganancia”10. Vivir sirviéndolo exclusivamente a Él, abiertos desde Él a todos los problemas y necesidades de los hombres, pero vivir con una inmolación muy gozosa, muy honda en el Señor; por eso, vivir desde aquí también el gozo de una pobreza radical, de una obediencia bien madura, bien en la fe, bien en anonadamiento, de una virginidad que ensancha el corazón y de una capacidad universal de amor. Vivir así esta consagración, irradiar la alegría.

Un monasterio contemplativo tiene que ser un testimonio radiante del Dios de la alegría, porque es el Dios del amor. Yo diría que el signo de que una comunidad contemplativa vive hondamente la caridad, la caridad que es inmolación al Padre y es servicio a los demás y unión fraterna, es una alegría muy serena, muy contagiosa. Que el mundo de hoy al llegar a un monasterio contemplativo sienta estas tres cosas, de las cuales tiene mucha hambre: sienta PAZ y se vuelva más sereno: y cualquiera que llegue a un monasterio contemplativo, sea un sacerdote, sea un fiel, sea un no creyente, simplemente con estar, con ver, con participar en una oración, vuelva con un corazón solucionado. ¡Un corazón solucionado!

¿Cómo se hace para solucionar un corazón? Yo no sé. Pero un corazón solucionado es un corazón sereno, un corazón que viene con muchas inquietudes y problemas y, cuando sale, ve que los problemas no se le han resuelto, pero que ya no lo agobian; ve que la cruz no se le ha quitado, pero se le ha vuelto dulce; ve que las lágrimas no se le han secado, pero están regando la vida a manotadas. Vuelve con un corazón sosegado, sereno.

La segunda cosa que vienen a buscar a los monasterios es la ORACIÓN. Cada monasterio contemplativo tiene que ser maestro de oración. Entonces, sin decirlo, cuando lleguen, enseñarles a orar: que salgan de ahí aprendiendo a decir nada más que una palabra: Abba, Padre. Sí, muchas veces.

Pero entonces el monasterio contemplativo tiene que vivir su espíritu de adoración en la expresión de la alegría. Y es ésta la tercera cosa que tiene que resplandecer para el que llega a un monasterio contemplativo. LA ALEGRÍA DE LA ESPERANZA. Sale de un monasterio contemplativo y siente que en el corazón se ha ensanchado el gozo en la esperanza, la alegría en la esperanza, como dice el Apóstol Pablo a los Romanos. Quiero hacerles sentir la alegría de su vocación, la responsabilidad de vivir la vida contemplativa en este momento en que la Iglesia tiene que ser profundidad, tiene que sentirse encarnada en la historia de los pueblos y volverse servidora de la humanidad.

En este momento ustedes tienen que ser el signo de una Iglesia contemplativa, viviendo fuertemente la contemplación. Miremos a María; que ella nos enseñe a vivir esta hora providencial, a comprender una vez más nuestra entrega y a sentir el gozo.

¡Gracias, Señor, porque en mi corazón pobre y sencillo has hecho maravillas! Gracias, Señor, porque cotidianamente en mi corazón pobre y silencioso va naciendo una palabra que el Papa, un obispo, un sacerdote, no sé quién, pronuncia. Gracias, porque yo siento que esa palabra va naciendo hoy en mi corazón, en mi pobreza, en mi silencio y en mi cruz. Gracias, Señor, porque me haces gustar diariamente el sabor pascual de la cruz, y con ella se van formando comunidades apostólicas, misioneras, etc. Gracias, porque me haces vivir todos los días el gozo de la entrega absoluta en el amor de la comunión fraterna, y veo que así se va derramando el Espíritu de amor entre los hombres, que se vuelven más hermanos, y los pueblos, solidarios. ¡Gracias, Padre, por haberme dado vocación contemplativa!

Notas:

 1 Con motivo de la conclusión del Año dedicado a la Vida Consagrada (2 de febrero de 2016), publicamos nuevamente esta significativa Homilía del Card. Pironio, pronunciada en el Encuentro con las comunidades de vida contemplativa, en Bogotá, Colombia, el 26 de febrero de 1976. Publicada previamente en CuadMon 38-39 (1976), pp. 273-276.

2 El Siervo de Dios Cardenal Eduardo Francisco Pironio (1920-1998) nació en la Provincia de Buenos Aires. Ingresó en el Seminario Menor de La Plata y en 1943 fue ordenado sacerdote. Fue Rector del Seminario Metropolitano de Buenos Aires y Decano del Instituto de Teología de la Universidad Católica Argentina. En 1964 fue nombrado Obispo auxiliar de La Plata, par­ticipando como padre conciliar en la III y IV sesión del Concilio Vaticano II. Como secretario general del CELAM, ejerció marcada influencia en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968), que definió el perfil de la Iglesia latinoamericana post-conciliar. Presidente del CELAM, en el año 1972 se le encomendó la diócesis de Mar del Plata hasta que, luego de haber predicado en 1974 los Ejercicios Espirituales al Santo Padre y a la Curia Romana, fue llamado a Roma por el Papa Pablo VI, quien en 1976 lo creó Cardenal. Estuvo a cargo de la Sagrada Congregación para los Religiosos y luego del Pontificio Consejo para los laicos. Tras sus largos y fecundos años al servicio de la Iglesia local, continental y uni­versal, a la que amó con pasión, después de una dolorosa enfermedad falleció en Roma el 5 de febrero de 1998. Fue declarado “siervo de Dios” por la Iglesia católica el 23 de junio de 2006. Sus cualidades de pastor y guía, sus escritos teológicos y espirituales, así como su intensa vida interior, su afabilidad y sencillez hicieron de él un hombre de Dios, un hombre de fe que continúa irradiando luz desde la frontera de la eternidad.  

3 En 1975, el Papa Pablo VI nombró a Mons. Eduardo Pironio (en ese momento Obispo de Mar del Plata), Pro-Prefecto de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares.

4 Cf. Mt 11,25.

5 Lc 1,38.

6 Cf. Ga 6,14.

7 Flp 2,6 ss. (N.d.R.).

8 Cf. Mt 26,39.

9 Cf. Col 1,24.

10 Flp 1,21.

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