Sean signo de la vida nueva

Mensaje a los participantes de la Caravana de la Primavera, Mar del Plata, 21 de septiembre de 1975

1

Mis queridos jóvenes:

¡Bienvenidos y felices estos alegres participantes de la “Caravana de la Primavera”! Yo los saludo con las mismas palabras de San Pablo: “Llegue a ustedes la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Ef 1,2). Sean siempre mensajeros de paz, de alegría y de esperanza.

Hoy les escribo con el mismo cariño y gratitud de siempre. Pero con más confianza que nunca en la generosidad de su respuesta. Sé que no van a fallar al Obispo; porque sé que no quieren fallar al Cristo que los ama, los invita y los compromete.

Me siento Obispo, sucesor de los Apóstoles, y quiero hablarles con la claridad y la firmeza que me vienen del Espíritu. Me siento, también, sencillo hermano y amigo de ustedes y experimento el dolor y la angustia, las posibilidades y urgencias de la hora que vivimos: en la ciudad, en el país y en el mundo.

Esta nueva marcha de la primavera tiene este año características especiales: están claramente dadas por la situación dramática que vive nuestro país y por las exigencias renovadoras del Año Santo Universal. ¡Pareciera una triste paradoja: el año de la reconciliación se ha convertido en el año del enfrentamiento y de la muerte!

2

Este año, mis queridos jóvenes, mi mensaje se reduce a lo siguiente: sean ustedes un signo de la nueva vida y un principio de una nueva sociedad. Sigan siendo un grito profético de que la alegría y la paz son posibles todavía porque es posible el amor; sean, finalmente constructores positivos de la paz.

Hace pocos días llegaba a Roma, después de recorrer 400 kilómetros de marcha extenuante, llevando por turno una gran cruz pesada, una peregrinación de jóvenes italianos provenientes de La Spezia. Al divisar finalmente a Roma, la meta de su sueño y el punto de partida de la renovación y de la reconciliación, se pusieron de rodillas conmovidos. ¡Era todo un signo! En la alocución dominical del 10 de agosto el Papa se refería a ello y decía: “¿será éste un signo de la nueva generación? ¿La generación joven se coloca de nueva a la vanguardia de la esperanza y de la valentía? ¿A la vanguardia de todos nosotros?”

3

Permítanme que yo, Obispo, les haga a ustedes la misma pregunta y los comprometa fuertemente en Cristo: ¿Son capaces de inaugurar tiempos nuevos para nuestra Diócesis, para nuestro país, para el mundo entero? ¿Se comprometen, de veras, a ponerse en la vanguardia de todos los hombres que aman la justicia, desean la paz y quieren una sociedad más fraterna y más humana, construida en la base inconmovible del amor?

Frente a un mundo triste, desgarrado y pesimista, yo quisiera comprometerlos con tres frases del Apóstol San Pablo que resumen la urgencia de mi pedido:

– “Les pido y les recomiendo en nombre del Señor: es preciso despojarse del hombre viejo y revestirse del Hombre Nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef 4,17-24).

Estamos en el Año Santo: de la renovación y reconciliación. Yo les pido a los jóvenes, que son generosos y fuertes, que sean el signo y el principio de una vida nueva. Que sean la imagen y presencia del hombre nuevo: hombre sincero y libre, hombre fraterno y justo, hombre hijo de Dios, hermano de los hombres y señor de las cosas. Si queremos cambiar las estructuras y establecer un mundo nuevo, cambiemos el corazón del hombre, convirtámonos de veras y asumamos un estilo de vida auténticamente cristiano.

– “Sean siempre alegres” (Fil 4,4; 1 Tes 5,16). La alegría profunda e inalterable es el signo del verdadero cristiano. Es fruto del amor y característica de un alma joven. Este Año Santo –año de renovación interior y de reconciliación- el Papa nos ha querido regalar su hermosísima Exhortación Apostólica, sobre la Alegría cristiana. Es un cántico a la alegría divina. Es un compromiso particular para los jóvenes. Yo los quiero comprometer este Año a que esta “Caravana de la Primavera” –signo de una vida nueva en Cristo por el Espíritu- sea por definición un mensaje y una comunicación de alegría honda, inagotable y contagiosa. El mundo se muere de angustia y de tristeza. Necesita y espera el testimonio pascual de los jóvenes que sean de veras “testigos de la Pascua” y por consiguiente, “alegres en la esperanza” (Rom 12,12).

– “Sobre todo, tengan caridad, que es la síntesis de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados porque formamos un solo Cuerpo” (Col 3,14-15).

Aquí está todo: el signo de la vida nueva y la fuente de la alegría cristiana. Si tenemos que renovarnos es en el amor. Si queremos ser testigos de alegría, tenemos que vivir en el amor. Nuestra Argentina está triste. Está triste nuestra pretendida “Ciudad feliz”. Es que, en definitiva, hemos tenido el raro y trágico privilegio de haber matado al Amor. Es decir, marginamos a Cristo, desconocemos al Padre y hemos olvidado al Espíritu.

Mis queridos jóvenes: esta es la hora de ustedes. No la dejen pasar. Esta es la hora de Dios para ustedes. Por eso les hablo con sinceridad y cariño, con urgencia de hermano y con responsabilidad de padre. Les hablo como amigo.

Que esta “Caravana de la Primavera” sea algo definitivamente nuevo en nuestra Ciudad y Diócesis, en nuestro País y Latinoamérica, en el mundo entero. Que la marcha de ustedes sea un mensaje claro y una fuerte invitación a la vida nueva que nace de la conversión, a la alegría que es fruto del amor y a la paz auténtica que es signo bienaventurado de los hijos de Dios (Mt 5,9).

En definitiva, como Obispo, les pido con toda mi alma: queridos jóvenes: en el nombre del Señor Jesús, renueven al mundo en el amor, sean transparentes comunicadores de alegría y de esperanza, trabajen activamente por la paz.

Dios lo quiere así. El mundo lo necesita. Lo reclama la Iglesia. Se lo pide con toda el alma su Obispo. Colóquense a la vanguardia de la esperanza y de la valentía.

Que la Virgen Nuestra Señora, causa de nuestra alegría y madre de la santa esperanza, los acompañe siempre, los aliente en su marcha y los haga inmensamente felices y fecundos, en su generosa tarea apostólica.

Los abrazo y bendigo de corazón en Cristo y María Santísima.

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