Oraciones

SEÑOR, ENSEÑANOS A ORAR

Señor, enséñanos a orar como les enseñaste a los apóstoles.

Que tu imagen orante que busca el desierto, el monte, el lago, las horas más silenciosas para entrar en comunión con el Padre, porque todos te buscan, nos enseñe a orar, conforme a esta imagen tuya.

Que aprendamos a vivir en experiencia del desierto.

Necesitamos momentos muy fuertes de total y absoluto silencio. Señor, revélanos al Padre y esto basta.

Que tengamos una experiencia muy fuerte de la paternidad divina. Que sintamos que el Padre está aquí bien presente.

Señor, danos una conciencia filial mediante el don del Espíritu.

Señor, infunde en nosotros el Espíritu que grite: ¡Abbá, Padre!

Señor, introdúcenos en tu corazón filial para que sintamos al Padre allí y entremos en comunión con su voluntad y así nuestra oración será perfecta.

Señor, invádenos fuertemente con el Espíritu de adopción filial y que nuestra oración sea una simple palabra, como fue el SÍ, PADRE, es decir, toda mi voluntad entregada a la tuya y en la tuya al Padre.

En: La Iglesia, oración y contemplación

SER PRESENCIA

Ser presencia, Señor,
es hablar de Ti sin nombrarte;
callar cuando es preciso que el gesto reemplace la palabra.
Ser luz que ilumina el lenguaje del silencio
y voz, que surgiendo de la vida, no habla.

Es decirle a los demás que estamos cerca,
aunque sea grande la distancia que separa.
Es intuir la esperanza de los otros y simplemente, llenarla.
Es sufrir con el que sufre y desde dentro, mostrarle que Dios
cura nuestras llagas.

Es reír con el que ríe y alegrarse del gozo del hermano porque ama.
Es gritar con la fuerza del Espíritu
la verdad que desde Dios siempre nos salva.
Es vivir expuestos y sin armas, confiando ciegamente en tu Palabra.

Es llevar el «desierto» a los hermanos,
compartir tu Misterio y decirles que los amas.

Es saber escuchar tu lenguaje en silencio.
Y «ver» por ellos cuando la fe pareciera que se apaga.

«Ser presencia», Señor, es saber
esperar tu tiempo
sin apresuramientos y con calma.
Es dar serenidad con una paz muy honda.

Es vivir la tensión del desconcierto
en una Iglesia que, porque crece, cambia.

Es abrirse a los «signos de los tiempos»
manteniéndose fiel a tu Palabra.

Es, en fin, Señor, ser caminante
en el camino poblado de hermanos,
gritando en silencio que estas vivo
y que nos tienes tomados de la mano.


A MARÍA, LA POBRE

«María, tú que fuiste enriquecida por la presencia del Señor en tu pobreza, ayúdanos o desprendernos de todo. Ayúdanos a ser radicalmente pobres, para que comprendamos quiénes son los pobres de hoy, cómo tenemos que ir ellos, cómo tenemos que amarlos, solidarizarnos con ellos, compartir su propio sufrimiento. María, la Pobre, haz que nuestra vida sea un peregrinar de fe, un depender totalmente de la voluntad del Padre. Ayúdanos, Maria, la Pobre, para que nuestra vida sea una constante donación de servicio a nuestros hermanos. Que la pobreza nos haga felices y serviciales, que nos haga verdaderamente libres y fecundos. Que nos haga hombres y mujeres de espe­ranza. Amén”.

FIDELIDAD A NUESTRA HORA

Señor, Tú que eres testigo fiel, Tú fuiste fiel a tu hora, y porque fuiste fiel a tu hora cambió la historia.

Fue fiel María nuestra Madre, la que te acompañó en la hora decisiva de tu cruz y de tu esperanza, en la hora de tu glorificación.

Ayúdanos a ser fieles, fieles a esta hora nuestra, a descubrirla en su riqueza, a asumirla en sus riesgos. Ayúdanos a ser fieles a ti, siempre en exigencia de contemplación, de cruz, de donación generosa a las almas.

Ayúdanos a ser fieles a tu Espíritu.

En: Alegres servidores de la esperanza


GRACIAS POR EL MISTERIO DE LA CRUZ

Señor, gracias por el misterio de tu cruz. Gracias por revelarme el sentido de la cruz en aquel maravilloso diálogo de esperanza con los discípulos cansados de Emaús: “Era necesario pasar todas estas cosas para entrar en la gloria”.

Gracias, Señor, porque me has hecho partícipe de tu cruz. He empezado a participar en el bautismo y esa participación se ha hecho más honda a partir de mi consagración, de mi opción definitiva por ti a través de mi anonadamiento en los tres votos.

Jesús, has querido probarme de un modo especial por la cruz. Yo te doy gracias por ello y te pido que me des serenidad y fuerza; que mi cruz sea para mis hermanos fuente de vida y de resurrección, camino de esperanza.

Gracias por habernos dado a María como madre, por habérmela dado a mí.

Gracias porque en aquella hora, en aquella tarde, tú pensaste en Juan y pensaste también en mí, y al nombrar a Juan, misteriosamente me nombraste también a mí.

Gracias porque en aquella hora le dijiste a ella, a tu madre, que fuera mi madre, que yo era su hijo.

 Gracias porque a mí me dijiste así desde aquel momento: “Ahí tienes a tu madre”. Y yo la siento así, en mi pobreza, en mi enfermedad, en mi debilidad, en mi cruz; yo la siento como madre mía, y esto me hace inmensamente feliz y quiero también como Juan llevármela a mi casa.

En: La Iglesia de la kenosis

A NUESTRA SEÑORA DE LA PASCUA

Señora de la Cruz y la Esperanza.
Señora del Viernes y del Domingo,
Señora de la noche y la mañana
Señora de todas las partidas,
porque eres la Señora

Escúchanos:
Hoy queremos decirte:
«muchas gracias».

Muchas gracias, Señora, por tu Fiat:
por tu completa
disponibilidad de «Esclava».
Por tu pobreza y tu silencio.
Por el gozo de tus siete espadas.
Por el dolor de todas tus partidas
que fueron dando la paz
a tantas almas.

Por haberte quedado con nosotros
a pesar del tiempo
y las distancias
Tú conoces el dolor de la partida
porque tu vida fue siempre despedida.

Por eso fuiste
y fue fecunda tu vida.
Señora del Silencio v de la Cruz.
Señora del Amor y de la Entrega.
Señora de la Palabra recibida
y de la palabra empeñada,
Señora de la Paz y la Esperanza.
Señora de todos los que parten,
porque eres la Señora
del camino y de la Pascua.

Enséñanos, María, la gratitud y el gozo de todas las partidas.
Enséñanos a decir siempre que Sí, con toda el alma.
Entra en la pequeñez de nuestro corazón y pronúncialo Tú misma por nosotros.

Sé el camino de los que parten y
la serenidad de los que quedan Acompáñanos siempre mientras vamos peregrinando juntos hacia el Padre.
Enséñanos que esta vida es siempre una partida.
Siempre un desprendimiento y una ofrenda.
Siempre un tránsito y una Pascua.

Hasta que llegue el tránsito definitivo, la Pascua consumada.
Entonces comprenderemos que para vivir hace falta morir,
para encontrarse plenamente en el Señor hace falta despedirse.
Y que es necesario pasar por muchas cosas para poder entrar en la gloria (Lc 24, 26).

Señora de la Pascua:
en las dos puntas de nuestro camino,
tus dos palabras: fíat y magnificat.
Que aprendamos que la vida es siempre
un «sí» y un «muchas gracias.
Amén. Que así sea.


A LA VIRGEN DE LA NOCHEBUENA Y DE LA PAZ

Señora de la Nochebuena,
Señora del Silencio y de la Espera;
esta noche nos darás otra vez al Niño.

Velaremos contigo hasta que nazca
en la pobreza plena,
en la oración profunda,
en el deseo ardiente.

Cuando los ángeles canten
«Gloria a Dios en lo más alto de los cielos
y paz sobre la tierra
a los hombres amados por él»,
se habrá prendido
una luz nueva en nuestras almas,
habrá prendido una paz inmutable
en nuestros corazones,
y se habrá pintado
una alegría contagiosa en nuestros rostros.

Y nos volveremos a casa en silencio:
iluminando las tinieblas de la noche,
pacificando la nerviosidad de los hombres
y alegrando las tristezas de las cosas.

Después en casa,
celebraremos la Fiesta de la Familia.
Alrededor de la mesa, sencilla y cordial,
nos sentaremos los chicos y los grandes:
rezaremos para agradecer,
conversaremos para recordar,
cantaremos para comunicar,
comeremos el pan y las almendras que nos unen.

Afuera, el mundo seguirá tal como lo mismo.
Tinieblas que apenas quiebran
la palidez de las estrellas.
Angustias que apenas cubren
el silencio vacío de la noche.
Tristezas que apenas disimulan
la lejana melodía de las serenatas.
En algún pueblo no habrá Nochebuena
porque están en guerra.
En algún hogar no habrá Nochebuena
porque están divididos.
En algún corazón no habrá Nochebuena
porque está en pecado.

Señora de la Nochebuena,
Madre de la Luz, Reina de la Paz,
Causa de nuestra alegría,
que en mi corazón nazca
esta noche otra vez Jesús.
Pero para todos:
para mi casa,
para mi pueblo,
para mi patria,
para el mundo entero.

A NUESTRA SEORA DE BELÉN

Señora de Belén,
Señora de la Noche más buena y más esperada.
Señora del Silencio y de la Luz.

Señora de la Paz, la Alegría y la Esperanza. Señora de la sencillez de los pastores
Y de la claridad de los ángeles que cantan
“Gloria a Dios en el cielo, Paz en la tierra a los hombres,

A los hombres que Dios ama”
Señora de los pobres y los niños
Señora de los que no tienen nada,
De los que sufren en soledad
Porque no encuentran comprensión
En ningún alma.

Gracias por habernos dado al Señor en esta Noche.
Por habernos entregado el Pan que nos faltaba.
Gracias por habernos hecho ricos con tu pobreza y tu fidelidad de esclava.
Gracias por tu Silencio que recibe y rumia
y engendra en nosotros la Palabra
Nos sentimos felices esta Noche.

Y con ganas de contagiar esta dicha a muchas almas
De gritar a muchos hombres que se odian:
Que Dios es Padre y los ama.
De gritarles a los que tienen miedo: “No temáis”
Ya los que tiene el corazón cansado
“Adelante. Que Dios te acompaña”

Señora de Belén
Señora de la Noche y la Mañana.
Señora de los campos que despiertan
Porque Jesús ha nacido e la comarca.
Señora de los que peregrinan,
como Tú, sin hallar tampoco una posada.
Enséñanos a ser pobres y pequeños.
A no tener ambición por nada. A desprendernos y a entregarnos.

A ser los Mensajeros de la Paz y la Esperanza.
Que esta Noche la Luz que Tú nos diste
sea el comienzo de una claridad que no se acaba.
Que el amor sustituya a la violencia.
Que haya justicia entre los hombres y los pueblos

Que en la Verdad, la Justicia y el Amor
Se haga la verdadera Paz cristiana
Que esta Noche Jesús nazca en nosotros
Y que al volver después a nuestra casa,
podamos decirles a los hombres
que viven inseguros y sin esperanza
“No temáis. Os traemos la Buena Noticia,
La Alegría para todo el pueblo:
Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido
El Salvador, el Mesías, el Señor.

Así sea


A NUESTRA SEÑORA DE LA RECONCILIACIÓN

Nuestra Señora de la Reconciliación:
Virgen de la fidelidad y del servicio,
de la pobreza y del silencio,
de la nueva creación por el Espíritu.
Madre de los que sufren en la soledad
y buscan en la esperanza.
Señora de los que vuelven a la Casa
y descubren al Padre y al hermano.
Virgen de la Amistad y del Amor,
Señora de la Paz y de la Alianza.
Tú nos diste a Jesús, «el Salvador»,
«el que quita el pecado del mundo»
y lo reconcilia con el Padre por su Sangre.
Él que nos dio la Eucaristía
y nos pidió que nos amáramos.

Gracias por ser así:
Tan sencilla y tan buena,
tan honda en la contemplación
y tan abierta a los problemas de los otros,
tan fiel servidora del Señor
y tan cercana a los hombres
que pecamos.

Gracias por habernos recibido.
Por habernos golpeado el corazón
y enseñado la senda del regreso.
Por habernos serenado en el camino.
Por hacernos sentir que somos hijos.
Olvidamos al Padre que nos ama
y nos hemos encerrado ante el dolor,
la pobreza y la injusticia.

Hoy gozamos
en la paz y la alegría del reencuentro.
Hemos vuelto al Señor que nos libera
y hace nuevos.
Saboreamos adentro su Palabra
y comimos en familia
el Pan de la unidad que da la vida.
De allí nace para todos
el Espíritu de Amor que nos faltaba,
y esa sed de justicia verdadera
que es la raíz de la paz
entre los pueblos.
Gracias por todo,
Madre del Camino y la Esperanza.
Gracias por habernos alcanzado
la reconciliación con Dios
y con los hombres en tu Hijo.

Virgen de la Reconciliación:
Muéstranos al Padre cada día
y a Cristo que vive en los hermanos.
Ayúdanos a comprender las exigencias
del Sermón de la Montaña.
Que seamos sal de la tierra,
luz del mundo,
levadura de Dios para la historia.
Enséñanos a vivir sencillamente
la fecundidad de las Bienaventuranzas.
Que seamos pobres y misericordiosos,
limpios de corazón y serenos en la cruz,
hambrientos de justicia y hacedores de la paz.
Que gritemos al mundo
«Dios es nuestro Padre»
y «todo hombre es nuestro hermano».
Que asumamos sus angustias
y esperanzas.
Que enseñemos a los hombres
descreídos y amargados,
que sólo confían en la ciencia
y en las armas,
y viven la explosiva tentación
de la violencia,
que «la paz es posible todavía
porque es posible el amor».

Nuestra Señora de la Reconciliación,
imagen y principio de la Iglesia :
hoy dejamos en tu corazón,
pobre, silencioso y disponible
esta Iglesia peregrina de la Pascua.
Una Iglesia esencialmente misionera
fermento y alma
de la sociedad en que vivimos,
una Iglesia Profética que sea
el anuncio de que el Reino ya ha llegado.
Una Iglesia de auténticos testigos,
insertada en la historia de los hombres
como presencia salvadora del Señor,
y como fuente de Paz,
de Alegría y de Esperanza.
Amén. Que así sea.

A NUESTRA SEÑORA DE AMÉRICA

Virgen de la esperanza,
Madre de los pobres,
Señora de los que peregrinan: óyenos.

Hoy te pedimos por América,
el continente que tú visitas,
con los pies descalzos,
ofreciéndole la riqueza
del Niño que aprietas en tus brazos.
Un niño pobre, que nos hace ricos.
Un niño esclavo, que nos hace libres.

Virgen de la esperanza:
América despierta.
Sobre sus cerros despunta la luz
de una mañana nueva.
Es el día de la salvación
que ya se acerca.
Sobre los pueblos que marchaban en
tinieblas, ha brillado una gran luz.
Esa luz es el Señor que tú nos diste,
hace mucho, en Belén, a medianoche.
Queremos caminar en la esperanza.

Madre de los pobres
hay mucha miseria entre nosotros.
Falta el pan material en muchas casas.
Falta el pan de la verdad en muchas mentes.
Falta el pan del amor en muchos hombres.
Falta el Pan del Señor en muchos pueblos.
Tú conoces la pobreza y la viviste.
Danos alma de pobres para ser felices.
Pero alivia la miseria de los cuerpos
y arranca del corazón de tantos
hombres el egoísmo que empobrece.

Señora de los que peregrinan:
Somos el Pueblo de Dios
en América.
Somos la Iglesia
que peregrina hacia la Pascua.

Que los obispos tengan
un corazón de padre.
Que los sacerdotes sean
los amigos de Dios para los hombres.
Que los religiosos muestren la alegría
anticipada del Reino de los Cielos.
Que los laicos sean ante el mundo
testigos del Señor resucitado.
Y que caminemos juntos con
todos los hombres y mujeres,
compartiendo sus angustias y esperanzas.
Que los pueblos de América
vayan avanzando hacia el progreso
por los caminos de la paz en la justicia.

Nuestra Señora de América:
ilumina nuestra esperanza,
alivia nuestra pobreza,
peregrina con nosotros,
hacia el Padre.
Así sea.


A MARIA, MADRE DE DIOS

María, Madre de Dios

Te pedimos,

Madre de Dios y Madre nuestra,

que sintamos siempre la paz del Señor,

que nuestra mirada

sea siempre limpia y clara.

Que nuestros labios

pronuncien solamente palabras

de optimismo y de esperanza.

Que nuestro paso sea firme

y nuestra actitud valiente.

Que nuestras manos sean generosas para dar

y prudentes para recibir.

Que nuestro corazón esté

siempre abierto para amar a todos.

Que nuestros pasos se dirijan

hacia el lugar donde puedan ser útiles.

Que nuestra vida sea luminosa y generosa,

como la vuestra,

Santa Madre de Dios.

Amén

A NUESTRA SEÑORA DEL SILENCIO

María, Señora del silencio,
de la escucha y de la comunicación
Madre del Silencio y de la Humanidad,
tú vives perdida y encontrada
en el mar sin fondo del Misterio del Señor.

Eres disponibilidad y receptividad.
Eres fecundidad y plenitud.
Eres atención y solicitud por los hermanos.
Estás vestida de fortaleza.

En ti resplandecen la madurez humana
y la elegancia espiritual.
Eres señora de ti misma
antes de ser señora nuestra
No existe dispersión en ti.

En un acto simple y total,
tu alma, toda inmóvil,
está paralizada e identificada con el Señor.
Estás dentro de Dios, y Dios dentro de ti.

El Misterio Total te envuelve y te penetra,
te posee, ocupa e integra todo tu ser.
Parece que todo quedó paralizado en ti,
todo se identificó contigo:
el tiempo, el espacio, la palabra,
la música, el silencio, la mujer, Dios.

Todo quedó asumido en ti, y divinizado.
Jamás se vio estampa humana
de tanta dulzura,
ni se volverá a ver en la tierra
mujer tan inefablemente evocadora.

Sin embargo, tu silencio no es ausencia
sino presencia
estás abismada en el Señor,
y al mismo tiempo,
atenta a los hermanos, como en Caná.

Nunca la comunicación es tan profunda
como cuando no se dice nada,
y nunca el silencio es tan elocuente
como cuando nada se comunica.

Haznos comprender que el silencio
no es desinterés por los hermanos
sino fuente de energía e irradiación;
no es repliegue sino despliegue,
y que, para derramarse,
es necesario cargarse.

El mundo se ahoga
en el mar de la dispersión,
y no es posible amar a los hermanos
con un corazón disperso.

Haznos comprender que el apostolado,
sin silencio, es alienación;
y que el silencio, sin el apostolado,
es comodidad.

Envuélvenos en el manto de tu silencio,
y comunícanos la fortaleza de tu fe,
la altura de tu esperanza,
y la profundidad de tu amor.

Quédate con los que quedan,
y yente con los que nos vamos.
Oh Madre Admirable del Silencio!

A Nuestra Señora de la Misión

Virgen de la Buena Nueva: recibiste la Palabra y la practicaste.

Por eso fuiste feliz y cambió la historia.

Virgen de la misión y del camino, la que llevó a la casita de Isabel la Salvación y a los campos de Belén la Luz del Mundo.

Gracias por haber sido misionera,

Por haber acompañado a Jesús en el silencio y la obediencia a su Palabra.

Gracias porque tu misión fue hasta la cruz y hasta el Don del Espíritu en Pentecostés.

Allí nació la Iglesia misionera.

Virgen de la Misión: También nosotros viviremos en misión.

Que toda la Iglesia se renueve en el Espíritu.

Que amemos al Padre y al hermano.

Que seamos pobres y sencillos,

presencia de Jesús y testigos de su Pascua.

Que al entrar en cada casa comuniquemos la Paz,

anunciemos el Reino y aliviemos a los que sufren.

Que formemos comunidades Orantes, Fraternas y Misioneras.

Virgen de la Reconciliación: nuestra Iglesia peregrina

quiere proclamar la Fe con la Alegría de la Pascua y gritar al mundo la Esperanza.

Por eso se hunde en tu silencio, tu comunión y tu servicio.

Ven con nosotros a caminar. 

Amén. Que así sea

A LA VIRGEN DE LUJÁN  (en ocasión  de la II Asamblea General del Foro Internacional de la Acción Católica)

Virgen de Luján, Madre de los pobres y los humildes, de los que sufren y esperan: Tú has querido elegir este lugar, en la inmensidad silenciosa de las pampas argentinas, para escuchar nuestras súplicas, serenar nuestros corazones y hablarnos de tu Hijo: “El Salvador de ayer, de hoy y de siempre”.

Este sencillo lugar constituye el corazón espiritual de nuestro pueblo. Hoy llegamos a Tí un pequeño grupo de discípulos, apóstoles y testigos de tu Hijo que nos hemos reunido en estos días en el Forum Internacional de Acción Católica.

Tú has inspirado siempre las grandes empresas de la Acción Católica Argentina y junto a tí fueron creciendo y madurando inolvidables militantes y dirigentes de esta providencial Asociación apostólica de la Iglesia.

 Hoy venimos de lejos y de cerca. Somos rostros distintos y culturas diferentes, con un lenguaje diverso, pero nos entendemos en la misma Palabra de tu Hijo que nos dice a cada uno: “Aquí tienes a tu madre”.

Y así te sentimos, María, como Madre y Señora nuestra. Sólo te pedimos que nos mires y nos escuches. ¡Tendríamos tantas cosas que decirte, tantas penas que contarte, tantas gracias que pedirte! Para nosotros, para nuestros países, para nuestras Iglesias locales.

Pero nos falta el tiempo y las palabras. Sólo nos basta el haber llegado hasta aquí para mirarte y saber que Tú nos miras y nos cambias. Somos jóvenes y adultos, hombres y mujeres, que quieren vivir la Iglesia en el corazón del mundo, como tu Hijo nos lo pide. Bien comprometidos con la hora y el tiempo que vivimos.

Queremos vivir con fidelidad serena, fuerte y humilde, unidos a nuestros Pastores – Obispos y sacerdotes –, a los religiosos y todos los fieles laicos en comunión de Iglesia misionera.

Nos sentimos marcados por el fuego del Espíritu Santo y enviados nuevamente por tu Hijo para anunciar a todas las gentes la Buena Nueva del Reino: el amor del Padre.

Hemos penetrado desde la fe el mundo en que vivimos y nos hemos comprometido a hacer, desde el corazón de una Iglesia comunión, un diálogo y un camino de salvación. Sentimos los desafíos de este siglo que termina y las esperanzas que nos ofrece el nuevo que se acerca.

Virgen de Luján, Madre de Jesús y madre nuestra: hoy dejamos en tu corazón nuestra inquietudes y esperanzas, nuestros dolores y alegrías. Queremos ofrecerte nuestra pobreza, nuestra oración, nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestro amor a la Iglesia insertada en el mundo como sacramento universal de salvación.

Te pedimos que nos hagas fuertes en las dificultades y serenos en los peligros. Tú sabes bien lo que necesitamos: un gran espíritu contemplativo para comprender la pobreza de los hombres y el dolor de los pueblos, una grande capacidad para acoger la Palabra de Dios y ponerla en práctica, una serena fortaleza para abrazar la cruz de tu Hijo y una gozosa capacidad para entregarnos al servicio de nuestros hermanos.

Queremos amar intensamente a la Iglesia y vivir en comunión profunda con nuestro Pastores. Que seamos orantes y misioneros. Que sepamos acoger la Palabra de Dios y contemplarla, ponerla en práctica y comunicarla con el fuego del Espíritu.

María Santísima ayúdanos a ser fieles a nuestra hora. Es una hora “dramática y magnífica”, llena de desafíos y de esperanzas. Se necesitan fieles laicos que vivan la santidad de su Bautismo y el compromiso apostólico de la Confirmación; que vivan con sencillez cotidiana el Misterio Pascual; que no le tengan miedo a la cruz ni al martirio. Que sólo vivan la alegría de la santidad en la comunión misionera de la Iglesia.

Gracias, oh Madre y Señora de Luján, por habernos recibido hoy en tu casa, por habernos mirado y escuchado, por habernos hablado y robustecido, por habernos enseñado a ser Iglesia.

Ahora nos volvemos serenos y fuertes, llenos de alegría y de esperanza. Volvemos a nuestras casas, a nuestros países, a nuestras Iglesias locales, con la seguridad que nos dan estas palabras de tu Hijo: “Aquí tienes a tu madre” y llevamos en el corazón la alegría de repetir contigo a Jesucristo – el de hoy, el de ayer y el de siempre – estas palabras tuyas: “Yo soy la servidora del Señor: que se haga en mí según tu palabra”.

Y nos volvemos a casa llevando tu presencia de madre que nos dice: “Hagan todo lo que él les diga”. Así nos comprometemos y que así sea. Amén. Aleluya.

Card. Eduardo F. Pironio Luján, 14 de septiembre de 1997 II Asamblea Ordinaria del FIAC