La vocación a la santidad

 “Fuente y medida de la acción apostólica y del impulso misionero de los fieles laicos”

“Nos ha elegido en él (en Cristo)… para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor” (Ef 1,4).

“Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16).

1. Ambos textos nos hablan de una elección, de una vocación, de un llamado: “la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad” (Christifideles laici, 16) y la vocación a la misión. En realidad, en el plan de Dios, ambos llamados coinciden: “La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad… la vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión” (Redemptoris missio, 90).

2. Este único llamado –a la santidad y a la misión – tiene su origen en el “amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (Rm 8,39) y “derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5). Por eso la esperanza no falla: la esperanza de nuestra fidelidad a Dios en el itinerario espiritual a la santidad y en la fecundidad apostólica de la misión. En definitiva, nuestra fidelidad se apoya en la inquebrantable fidelidad de Dios: “Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama y es él quien lo hará”(1 Ts 5,23–24). Retengamos todavía dos expresiones de Jesús que iluminan el comienzo y el término de nuestra vocación a la santidad y a la misión: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9); “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21).

3. Pero la vocación a la santidad y a la misión no es solamente “fuente y medida de la acción apostólica y del impulso misionero”, sino primaria y esencialmente el modo único de ser cristiano y de buscar la gloria del Padre. “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos” (Jn 15,8). No eligió para que fuéramos santos “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,6). Es decir, que no sólo debemos ser santos para ser apóstoles y testigos, sino que nuestra santidad es el único modo de reconocer que Dios es santo y que él es lo único que nos interesa en nuestra vida. “El Señor habló a Moisés, diciendo: Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios soy santo” (Lv 19,1–3). San Pedro habla así a la primitiva comunidad cristiana: “Como hijos de obediencia… así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta” (1 P 1,14–15). Cuando el Nuevo Testamento habla de cristianos, los llama simplemente los elegidos, los “amados de Dios, santos y predilectos” (Col 3,12). San Pablo escribe “a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Cor 1,2) y a los romanos escribe: “a todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación” (Rm 1,7).

4. Sabemos que el concilio Vaticano II dedicó, en la Lumen gentium, un capítulo a “la vocación universal a la santidad”. Y es muy significativo que este capítulo esté ubicado inmediatamente después del capítulo sobre los laicos (c. IV) y antes del capítulo dedicado a los religiosos (c. VI). Como queriendo indicar que la santidad no es privilegio de la vida consagrada, sino exigencia fundamental de todo el pueblo de Dios: porque la Iglesia es santa, todos en ella están llamados a la santidad. Es muy significativo, también, que la Christifideles laici comience a describir la dignidad de los fieles laicos (c. I) por su esencial referencia a Cristo (no al mundo) y por su específica vocación a la santidad. Por eso es tan significativa la expresión fieles laicos o cristianos laicos es decir: hombres y mujeres que están injertados en Cristo porque han renacido en él por el agua y el Espíritu Santo en el bautismo, forman parte de la Iglesia como misterio de comunión misionera y viven en el mundo como espacio teológico de su vocación y su misión.

5. Cuando hablamos de espiritualidad laical entendemos siempre el modo específico y concreto con que el fiel laico –hecho Cristo por el bautismo y miembro de la comunión misionera de la Iglesia– vive cotidianamente su vida como respuesta a la novedad de vida impuesta por el bautismo (“así también nosotros vivamos una vida nueva” Rm 6,4) y se compromete a hacer una sociedad nueva en la verdad, la justicia y el amor.

Quisiera brevemente sintetizar en tres puntos algunos elementos centrales del camino espiritual del laico hacia la santidad: la novedad cristiana del bautismo, la experiencia de una Iglesia comunión, la dimensión misionera de la existencia cristiana. Todo, en definitiva, como fruto del Espíritu Santo en quien hemos sido bautizados.

I. La novedad cristiana del bautismo (Christifideles laici, 10)

En la gran noche de la Vigilia pascual hemos recordado la exhortación del apóstol Pablo: “Así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4). La santidad es un camino, en la sencillez y normalidad de lo cotidiano, de novedad en novedad. Desde la novedad inicial del bautismo (“En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”, Jn 3,5), hasta la novedad definitiva de la misión: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos… Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,1–2). Esta novedad pascual del bautismo define la dignidad esencial del cristiano: “No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del bautismo” (Christifideles laici, 10). Recordemos estos tres textos de san Pablo: “El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5,17). “Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,27–28). “Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos” (Col 3,9–11).

De aquí derivamos tres exigencias concretas para la vocación a la santidad del fiel laico:

1. Celebrar cada año la fecha del bautismo, como acontecimiento central, renovando la alegría de ser hijo de Dios, hermano de los hombres, llamado a la libertad. “Para ser libres nos libertó Cristo… Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad”(Gal 5,1.13). Es la alegría esencial que nos recuerda el Papa al terminar el primer capítulo de la Christifideles laici: “Todos los bautizados están invitados a escuchar de nuevoestas palabras de san Agustín: ‘Alegrémonos y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo… Pasmaos y alegraos: (hemos sido hechos Cristo!’” (17).

2. Vivir cotidianamente el bautismo en las realidades temporales, dejándose guiar por el Espíritu:Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14). La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias; es vivir con serenidad y sencillez la fidelidad a las cosas ordinarias. Hoy, como decía Pablo VI, hacen falta los santos de lo cotidiano. El mismo Espíritu de Dios que lleva al cristiano laico a identificarse cada vez más profundamente con Cristo (a hacerlo Cristo), es el que le hace descubrir el paso de Cristo en la historia y lo conduce a ser fiel al designio de salvación: “La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas” (Christifideles laici, 17). La vida según el Espíritu, la santidad, no aleja al fiel laico de las realidades temporales; al contrario, lo hunde en el corazón de la historia, le da una capacidad contemplativa para descubrir el paso del Señor y asumir el sufrimiento de los hombres y le confiere una particular fortaleza apostólica para transformar el mundo. Vive sinceramente en el mundo como en su espacio privilegiado y único de santidad, de evangelización y de misión. El Espíritu Santo va creando en el fiel laico una especial e irrompible unidad interior entre fe y vida, trabajo y adoración, contemplación y política.

3. Esto nos lleva a una última conclusión: la necesidad de ser cristianos pascuales, es decir, renacidos por el bautismo en la Pascua de Jesús, centrados en el misterio pascual, llamados por el Señor a hacer que todo hombre se sienta incorporado al misterio pascual de Jesús (GS). Recordemos el texto de san Pablo: “)Ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva”(Rm 6,3–4).

Ser cristiano pascual no es fácil: supone ser pobre y anonadado, vivir el misterio de la Encarnación, asumir los sentimientos de Jesús, el Servidor (cf. Flp 2,5–11). Cristiano pascual es el hombre de cruz y de esperanza, de abnegación y de servicio, de profundidad interior y de compromiso alegre y generoso. Es, en realidad, el hombre que ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. El cristiano pascual es el hombre de la alegría y la esperanza; el que cotidianamente es capaz de dar la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13).

II. La experiencia de una Iglesia comunión

“En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor 12,13).

Así resume san Pablo la realidad fundamental de una Iglesia comunión; y en su raíz están otra vez el Espíritu Santo y el bautismo. En este contexto –y en esta dimensión de una Iglesia esencialmente “comunión misionera” (Christifideles laici, 32)– hablamos ahora de la vocación a la santidad y de la vida en el Espíritu de los fieles laicos.

Toda vocación es personal, pero se realiza en el interior de una Iglesia comunión. El bautismo nos incorpora simultáneamente al misterio de Cristo y de la Iglesia. El itinerario espiritual de los fieles laicos supone una experiencia muy honda y creciente de la Iglesia comunión: allí se nutre, por la Palabra y la Eucaristía, su vida espiritual. Cuanto más concreta y profunda sea su pertenencia a la comunidad eclesial, más irá creciendo su deseo de santidad y su ardor apostólico y misionero, como respuesta a un Dios que llama y envía. Al mismo tiempo, cuanto más auténtica sea la vida espiritual del laico, abierta simultáneamente a Dios y al mundo, más ayudará a construir la comunidad eclesial, como verdadera comunión. Los santos nacen de una Iglesia comunión, pero la comunión eclesial crece y se edifica con la santidad de los cristianos (pastores, religiosos y religiosas, fieles laicos). Quisiera iluminar esta idea desde tres perspectivas distintas y complementarias: la comunión eclesial, la Palabra y el sacramento, el servicio del sacerdote.

1. La comunión eclesial. “Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia, como lo recuerda el Concilio Vaticano II con la célebre expresión de san Cipriano: ‘La Iglesia universal se presenta como un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’” (cf. Christifideles laici, 18).

No vamos a extendernos en la presentación de la Iglesia como misterio de comunión misionera. Habría que releer el capítulo II de la Christifideles laici (también el capítulo II de la Lumen gentium  sobre la Iglesia “Pueblo de Dios”). Recordemos sólo lo siguiente:

– “que la realidad de la Iglesia–Comunión… representa el contenido central del “misterio” (Christifideles laici, 19); por consiguiente, no puede haber santidad en los fieles laicos sino desde el interior de una Iglesia comunión; es decir, comunión profunda con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. La Iglesia es icono de la Trinidad: manifiesta y hace presente la Trinidad en nosotros. Hubo un tiempo en que la espiritualidad laical vivía muy hondamente la inhabitación de la Trinidad. Habría que volver a estas raíces profundas de “vida en Cristo” (“para mí, la vida es Cristo” Flp 1,21) y de experiencia de la intimidad y cercanía de la Trinidad; “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). Para el fiel laico, que no tiene tiempo u oportunidad para visitar su templo parroquial, qué consoladoras son las palabras de Jesús: “haremos morada en él”, o también la exhortación del apóstol Pablo: “No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16);

– que la comunión eclesial se configura, más precisamente como comunión orgánica… caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida, de los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades… Cada fiel laico se encuentra en relación con todo el cuerpo y le ofrece su propia aportación (cf. Christifideles laici, 20). No puede haber auténtica espiritualidad laical –respuesta fiel y concreta a la llamada de Dios a la santidad – sin este sentido de comunión orgánica que supone fidelidad a los pastores, unidad concreta con todo el pueblo de Dios y humilde y generosa fidelidad a su propio carisma, a su propio don, a su propia llamada;

– que la comunión eclesial –que deriva del Espíritu Santo – no se encierra en sí misma, sino que se abre misioneramente al mundo: como presencia, como dinamismo misionero, como exigencia evangelizadora. Quien vive en la Iglesia de Jesucristo –esencialmente Iglesia de comunión por el Espíritu – siente la urgencia de anunciar y comunicar a Cristo. “Ay de mí, si no predicara el Evangelio”.

2. La Palabra y el sacramento. La comunión es fruto del Espíritu Santo. Pero la fuente inmediata es la Palabra y el sacramento; aquí se nutre cotidianamente la vida espiritual del laico. Quisiera recordar dos textos: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida…, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo” (1Jn 1,1–3). La comunión es fruto del anuncio y el anuncio es fruto de la contemplación. La vida espiritual del laico supone una lectura contemplativa de la Palabra de Dios; hecha a lo pobre, cotidianamente, comunitariamente, personalmente y en familia. “Abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones” (1 Tes 1,6). De María –la pobre, la contemplativa, la disponible – dice Jesús: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11,28). Se trata de escuchar y de acoger, de contemplar y de gustar, de realizar y de comunicar, la Palabra de Dios. Pero, repito, a lo pobre, comunitariamente, bajo el ardor y el gozo del Espíritu Santo. Esta Palabra –acogida, contemplada y compartida – nos lleva a la fecundidad santificadora y comunional del sacramento: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Cor 10,16–17). El crecimiento en la santidad de los fieles laicos exige una lectura cotidiana de la palabra de Dios y una participación (en lo posible, también cotidiana) en la Eucaristía del Señor. Sólo así irán viviendo en la comunión trinitaria de la Iglesia e irán haciendo crecer, en santidad y en misión, la comunión orgánica del pueblo de Dios y del cuerpo de Cristo.

3. El sacerdote. Una palabra, breve y concreta, sobre el servicio del sacerdote en el itinerario espiritual del laico. El ha sido ungido por el Señor para anunciar el Evangelio y presidir la comunión. Pablo habla con orgullo del “Evangelio de gracia, en Cristo Jesús, del cual ha llegado a ser ministro” (cf. Ef 3,7). Su misión es descrita así a los Romanos: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios” (Rm 1,1). Lamentablemente ha disminuido el número de los sacerdotes; más lamentablemente aún se ha perdido el sentido de su misión como ministros del Evangelio y del sacramento (Eucaristía, reconciliación o penitencia, dirección espiritual). Dios puede hacer crecer a los fieles laicos en santidad por otros medios; pero ha querido establecer lazos de especial comunión con los sacerdotes. Los ha ungido sacramentalmente con el Espíritu Santo para hablar de Dios, para comunicar a Dios, para animar y presidir la comunión eclesial. En la vida personal de cada laico (en su itinerario de santidad), como en el crecimiento de una comunidad cristiana o en la vida de un movimiento o una asociación, se hace siempre necesaria la presencia del sacerdote como transparencia y signoeficaz de un Dios que es Padre.

III. La dimensión misionera de la existencia cristiana

“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros… y seréis mis testigos” (Hch 1,8).

Ser santos para la gloria del Padre por el Hijo en la unidad del Espíritu Santo. Pero ser santos para irradiar a Cristo entre los hombres y cambiar la historia. El mundo de hoy exige el paso de los santos: de los santos de lo cotidiano, de los santos normales que ríen y sufren con los hombres, que rezan, anuncian y luchan por construir un mundo nuevo, que aman profundamente a Dios y lo trasmiten en la sinceridad del amor y en la alegría de la esperanza (cf. Rm 12,9–12). La santidad exige en los laicos una profunda unidad interior entre fe y vida, una gran capacidad contemplativa para descubrir la presencia del Señor en la Eucaristía, en la comunidad eclesial y en la historia cotidiana (hecha de sufrimiento y de esperanza) de los hombres.

La dimensión misionera de la existencia cristiana supone tres cosas:

1. Asumir plenamente el misterio de la Encarnación:La Palabra se hizo carne y plantó su morada entre nosotros” (Jn 1,14). Lo cual significa asumir la fragilidad, el dolor y la esperanza de los hombres. Significa, también, vivir cercano a los hombres, comprenderlos, amarlos, servirlos y salvarlos (en el cuerpo y en el alma, en el tiempo y en la eternidad). No se concibe una santidad laical sin esta capacidad real y concreta de estar en el mundo, sin ser del mundo, es decir, de vivir simultáneamente de cara a Dios (“en el seno del Padre”) y de cara a los hombres. La santidad de los fieles laicos es esencialmente una espiritualidad de encarnación. Con todo lo que la encarnación supone de convivir con los hombres, de hablarles de Dios y de sanarlos, de asumir su sufrimiento y de ir haciendo con ellos un camino de esperanza. La espiritualidad misionera es espiritualidad de presencia.

2. Anunciar a los hombres la buena Noticia de Jesús: en la transparencia de la vida y en el anuncio explícito de Jesús: “Se puso a anunciarle la buena nueva de Jesús” (Hch 8,35). Esta nueva evangelización exige hombres nuevos, llenos de sabiduría y de Espíritu Santo. “El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales ni organizar y coordinar las fuerzas eclesiales… Es necesario suscitar un nuevo ‘anhelo de santidad’ entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana” (Redemptoris missio, 90). La espiritualidad misionera es espiritualidad de anuncio y profecía.

3. Experimentar la llamada –urgente y concreta de Jesús – para la misión ad gentes: descubrir contemplativamente los nuevos areópagos donde hace falta hoy anunciar que “Jesús es el Señor para la gloria del Padre”. No hace falta ir muy lejos; basta entrar en su corazón y escuchar la palabra del Señor: “A quién enviaré?”. Y responder con generosidad: “Heme aquí: envíame” (Is 6,8).

Conclusión

Hemos sido llamados para la santidad y la misión; para redimir al hombre y glorificar al Padre; para transformar el mundo viviendo la experiencia de la novedad pascual. He aquí que hago nuevas todas las cosas. La espiritualidad misionera supone presencia de encarnación, anuncio profético de lo nuevo, compromiso evangélico para construir la civilización de la verdad y del amor. La santidad de los fieles laicos –llamados para producir frutos en abundancia – puede sintetizarse en tres páginas del Evangelio: el camino nuevo de las bienaventuranzas (Mt 5,3–12), el mandamiento nuevo del amor (Lc 10,25–37), la oración nueva del “Padre nuestro” (Lc 11,1–13).

Contemplamos a María, la primera discípula del Señor, la primera mujer laica, esposa de José y Madre de Jesús. En ella contemplamos la pobreza y la disponibilidad de esclava, la oración contemplativa y el servicio, la fidelidad a lo cotidiano y a la cruz, la Virgen del camino misionero y la esperanza, la que cambió la historia con la disponibilidad del Fiat y la alegría del Magnificat. La Virgen del silencio contemplativo en Nazareth, de la serena fortaleza en el Calvario, de la disponibilidad misionera al Espíritu de Pentecostés.

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