La santidad de la vida sacerdotal

Todas las grandes crisis actuales –económica, social o política– tienen una raíz común que es una inmensa y dolorosa crisis del espíritu. Prácticamente, crisis de santidad. La restauración de los pueblos tiene que empezar, por eso, por una fuerte invasión de lo sobrenatural en lo humano. “La irresistible invitación hacia el mundo de lo sobrenatural, primer paso para una progresiva renovación religiosa” (PIO XII).

            La ruptura con el orden sobrenatural –patrimonio filosófico de KANT y herencia teológica de LUTERO– nos ha dejado dos funestas consecuencias: odio satánico a lo divino y negación práctica de lo santo, al magnificar demasiado lo humano y lo naturalmente bueno. Pero el único que puede vitalizar a los hombres y redimir a los pueblos no es el Dios abstracto y frío de la Razón sino el Dios Trino de la Revelación cristiana que viene a constituirse para los hombres principio de una vida nueva, enteramente divina, y principio y fin de la historia de los pueblos, que en el desenvolvimiento actual de la economía divina no puede ser más que una marcha progresiva hacia la consumación de la vida trinitaria.

            Esta profunda inmanencia del Dios vivo en el alma de los hombres y en el ritmo de la historia es una fuerte atracción a la santidad. Los individuos y los pueblos, desde que Dios ha querido hacernos partícipes de su naturaleza divina, no consiguen su fin sino santificándose. En el orden sobrenatural presente –único en el que nos situamos de hecho– el ritmo de la vida humana se mueve desde la gracia bautismal –germen de gloria– hasta la radiante consumación de la eternidad. Es un ritmo aceleradamente progresivo de santidad. Los individuos y los pueblos, a medida que van avanzando hacia el fin, deben ir normalmente acelerando su santificación, prácticamente su configuración a Cristo. Porque a medida que van avanzando los años el Cuerpo de Cristo tiene que ir normalmente adquiriendo su talla de varón perfecto, a menos que los individuos y las naciones estén traicionando su propia vocación.

            Normalmente, pues, el hombre tiene que ir configurándose como santo. Y lo mismo la sociedad. Al final de la vida de cada hombre tendría que estar plenamente desarrollado su germen de santidad. Y al final de la historia humana debería haberse alcanzado también la perfección en la santidad colectiva. Sería la grandiosa manifestación de la plenitud de Cristo, la gigantesca visión del gran Cristo formado inicialmente en el seno de María y consumado en el seno del Padre con la muerte del último de los elegidos.

            Las calamidades actuales –tanto el desequilibrio de los individuos como el derrumbe de los pueblos– provienen del desconocimiento o descuido de este fin. La restauración cristiana de los pueblos, que se nos presenta ahora como “la principal necesidad de nuestro tiempo” (PIO XII), exige una restauración en la santidad. Dios está empeñado en ello y dispuesto a multiplicar sus gracias para multiplicar los santos.

            Pero en esta obra divina cuenta con el instrumento humano del sacerdote. Normalmente Dios no santifica sino por sus sacerdotes. Por eso la urgente necesidad de que ellos “brillen entre el pueblo por su santidad insigne”. Entendemos así la paterna preocupación del Papa por exhortarlos “a la santidad, sin la que el ministerio que les está confiado no puede ser fecundo”.

            En esta primera mitad del siglo tenemos tres grandes exhortaciones al Clero: la de PIO X (Haerent animo), la de PIO XI (Ad Catholici Sacerdotii) y la de PIO XII (Menti nostrae). Esta última es un breve tratado de teología sacerdotal en el que, luego de haber delineado las excelencias del gran don del sacerdocio, se exige la santidad de sus miembros por las concretas circunstancias del momento actual con magníficas aplicaciones, bien prácticas, a las necesidades presentes.

            No pretendemos hacer una exposición detallada de la Encíclica. Sólo queremos apuntar, basándonos en ella, la necesidad de la santidad sacerdotal, su esencia y sus enemigos.

A. Necesidad de la santidad sacerdotal

Es urgida en el sacerdote por el Bautismo, por el Orden y por las circunstancias actuales.

1. POR EL BAUTISMO. Todo sacerdote, como todo cristiano, por el solo hecho de su Bautismo está llamado a la santidad. “Esta es la voluntad de Dios: que os santifiquéis” (I Tes 4,3). La santidad cristiana no es ni presunción ni privilegio: es una obligación. La gracia santificante, depositada en el alma del niño por el bautismo, como germen de eternidad, tiende normalmente a desarrollarse en árbol gigantesco de la santidad. Semen arboris in quo est virtus ad totam arborem (I, II, q. 114 a. 3).

            Cada niño es un santo en potencia, con la terrible responsabilidad –para él y para los que lo atienden– de hacer actuar esa potencia. Cada momento de su vida cristiana deberá ser un progresivo desarrollo de ese germen, ya por la participación frecuente en los sacramentos, ya por la práctica constante de las buenas obras, hasta que llegue a la perfecta consumación de la gloria. Los dos días más grandes en la vida del cristiano son, por eso, el de su Bautismo y el de su muerte: iniciación de la vida cristiana y consumación beatífica de la santidad.

            El sacerdote, que debe enseñar a los demás las grandezas de su Bautismo, debe vivirlas intensamente él primero. Grandezas de sentirse hijo de Dios, en las providenciales manos de su Padre, y responsabilidad de ser llamado ineludiblemente a la santidad. “Nos ha llamado a vivir en santidad” (I Tes 4,7).

            2. POR EL ORDEN. Pero donde se le urge más su “santidad insigne”, su “eximia virtud”, es en su Consagración sacerdotal. “Las Ordenes sagradas preexigen la santidad”, dice S. TOMAS. Para el sacerdote hay un tercer día grande, que es el de su Ordenación. Ahora ya no se le disculpa la medianía. “Para ejercer convenientemente las sagradas órdenes –dice S. TOMAS– no basta una bondad cualquiera sino que se requiere una bondad excelente; a fin de que los que, al recibir las Ordenes, son constituidos sobre el pueblo por su jerarquía, también sean superiores por su santidad” (Supl. III q. 35 a. 1 ad 3).

            Es inútil insistir sobre esto. “La honra y dignidad increíble del sacerdote” (S. EPIFANIO) exige su santidad. Su “falta es criminal en el sacerdote” (PIO X). Por eso es su “obligación gravísima” (PIO XII).

            En la Ordenación se nos constituye mediadores. “La esencia del sacerdote católico es ser mediador”: divina populo tradere. A veces perdemos desgraciadamente el sentido de nuestra mediación y entonces o nos separamos egoístamente de los hombres y ejercemos un sacerdocio cerrado (pecado imperdonable en la actual urgente necesidad del pueblo) o nos separamos estérilmente de Dios y nos perdemos infecundamente en un sacerdocio demasiado abierto. Ni lo uno ni lo otro. Somos mediadores y, por consiguiente, debemos mantenernos siempre en permanente contacto con ambos extremos: cuando vamos a Dios que sea por los hombres y cuando nos volvemos a los hombres que sea para Dios.

            S. PABLO nos entrega brevemente la definición del sacerdote: homo Dei (I Tim 6,11), en contraposición al homo peccati. Es un resumen de la definición descriptiva a los Hebreos: “Tomado entre los hombres es constituido en bien de los hombres en lo que concierne a Dios, para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados” (H 5,1).

            El sacerdote es hombre: esto explica su miseria aunque no la disculpa. Pero es hombre escogido y consagrado: esto arguye su grandeza y urge su santificación.

            Ambas definiciones se completan con aquella frase del Apóstol: “Sacerdote del Dios Altísimo […] asemejado al Hijo de Dios” (H 7). Configurado, sobre todo, a su esencial papel de mediador.

            S. PABLO define a Cristo: “Mediador entre Dios y los hombres” (I Tim 2,5). Mediador ontológico por la Encarnación –“el verbo se hizo carne”– Cristo se constituye lazo de unión entre el Padre y los hombres. “Habéis sido acercados por la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz” (Ef 2,13). En el doble juego de su mediación ontológico-moral Cristo glorifica al Padre y redime a los hombres. Glorifica al Padre en la oración silenciosa de las noches profundas de Palestina y en la inmolación sangrienta de su cuerpo; redime a los hombres entregándoles la doctrina y la vida de Padre. “He manifestado tu nombre a los que tú me diste” (J 17,6).

            Así han quedado ellos vivificados y Cristo ha consumado su obra de Mediador. El sacerdote participa de esta función mediadora de Cristo. Glorifica al Padre cuantas veces sube al altar para inmolar y cuantas veces abre las páginas de su Breviario para rezar. Redime a los hombres cuantas veces se acerca a ellos para enseñarles los secretos del Padre como maestro o para comunicarles la vida del padre como santificador.

            Pero esta asimilación a Cristo es su función mediadora urge también la asimilación total a su persona. La persona humana del sacerdote debe ser absorbida por la persona divina de Cristo. Esta será su máxima ganancia, por lo demás; ser absorbido por lo superior, engrandece –dice Santo TOMAS: “dignius autem est alicui quod exsistat in aliquo se digniori, quam quod exsistat per se” (3 q. 2 a. 2 ad 2). Es la suprema impersonalidad de los santos que desarrollan plenamente su persona a medida que pierden su individualidad proveniente de la materia.

            La santificación se impone, pues, al sacerdote por el doble juego de su mediación: glorificar al Padre sin ser Cristo es imposible, y pretender redimir a los hombres sin prolongar a Cristo es absurdo. “Los mediadores entre Dios y el pueblo –dice Santo TOMAS– deben tener limpia conciencia ante Dios y limpia fama ante los hombres”.

            En su mirada a Dios, el sacerdote lo glorifica. Esto supone dos cosas: inmunidad absoluta de pecado y asimilación progresiva a Cristo. Un solo pecado, una sola desviación quiebra todo el concierto de glorificación debido al Padre. Aún el pecado venial, aún la imperfección plenamente admitida es un desorden que provoca ira. Si todo pecado es tremendamente social en el Cuerpo de Cristo, mucho más lo es –y de más terrible resonancia– el pecado de la cabeza. Una negación a Cristo es terriblemente desastrosa; estanca de modo particular todo el desenvolvimiento de Cuerpo de Cristo. Somos los “órganos del desarrollo del mismo Cuerpo de Cristo”.

            En su mirada a los hombres, el sacerdote debe enseñarles la doctrina del Padre y entregarles su vida. Pero únicamente conoce al Padre el Hijo que está en el seno del Padre. Es de la contemplación sabrosa de donde sale la predicación fecunda. “No hablo por mí mismo sino lo que he oído y visto en el Padre”.

            Debe entregar a los hombres la vida del Padre. Pero tiene que estar él primero rebasando vida. No puede limitarse a darle en la fría administración de los sacramentos. Deberá ser él también un sacramento viviente. Debe vivificar por el simple contacto de su persona totalmente absorbida en Cristo. El proceso de vivificación, de santificación, de las almas se realiza siempre de acuerdo a este esquema paulino:

“Habetis forman nostram” (Fil 3,17). Pero la única forma de santificación es Cristo: “Donec formetur Christus” (Gál 4,19). Luego, nuestra persona debe ser absorbida en Cristo: “Mihi vivere Christus” (Fil 1,21). Únicamente así seremos “forma gregis”.

El sacerdote vivifica, santifica, con su sola presencia: presencia sacramental, podríamos llamarla. El sacerdote santifica por simple contagio substancial; irradia a Cristo como un “buen perfume” (II Cor 2,15). Es una “carta de Cristo escrita por el Espíritu Santo para ser leída por todos los hombres” (II Cor 3,2).

Para ello es preciso morir, desaparecer humanamente y ser asumido por Cristo. Vivir, como las hostias de nuestros copones, las especies sacramentales: simples apariencias humanas con substancia de Cristo. Así su actividad, aún sin pretenderlo, será fecunda quasi ex opere operato. Y cuando pasa un sacerdote así, deja siempre la impresión de que ha pasado alguien. Aunque no diga nada, su sola presencia sacramental irá consagrando a los hombres.

3. POR LAS CIRCUNSTANCIAS ACTUALES. “Las necesidades, hoy tan crecidas de la sociedad cristiana, exigen con mayor urgencia la perfección interna del sacerdote”.

Por el lado de Dios, está empeñado más que nunca en multiplicar santos por el instrumento normal del sacerdote.

Por el lado de las almas generosas, hay un deseo profundo de Cristo que no podemos frustrar.

Por el lado de los enemigos, el único alcázar inexpugnable es el de la santidad.

Si alguna vez pudo ser cierto –nunca lo fue– que Dios no nos exigía tanto, ahora vivimos en época en que o somos heroicamente santos o condenamos a esterilidad nuestro ministerio. A los sacerdotes de hoy, ni los enemigos ni los nuestros pueden perdonar una medianía. Deben tender a realizar aquella santidad actual que resplandece sobre todo en los que “parece ser más necesario en nuestro tiempo”, es decir: desinterés en la pobreza, heroísmo en el celibato, abnegación en la obediencia, entrega agotadora en la caridad.

B. Esencia de la santidad sacerdotal

La santidad es una para todos. Fundamentalmente consiste en el desarrollo progresivo de la gracia santificante hasta la plenitud de la gloria; concretamente es una lenta e ininterrumpida configuración a Cristo.

Pero además cada uno tiene su santidad particular, específica, de sacerdote: santidad de maestro, de jefe, de santificador. Aún más, cada sacerdote tiene su santidad personal: santidad de párroco, de profesor, de asesor, de capellán, de obispo, que tiene que realizar en el ambiente, en la época y con los medios señalados por Dios.

Cada uno tiene que realizar el plan fundamental de Dios sobre la base individual del propio temperamento (sin destruirlo, pero encauzándolo) y con los medios personales del propio deber de estado, frente a las circunstancias sociales de su momento. La común vocación del cristiano a la santidad debe realizarla en su especial vocación de sacerdote y en su personal vocación de párroco o de profesor.

Ante todo importa subrayar que la santidad no es más que el progresivo desarrollo de la gracia depositada en el alma el día del Bautismo. Todo el maravilloso organismo sobrenatural de las virtudes y los dones –gratia virtutum et donorum– se pone en movimiento bajo el impulso eficaz de la gracia y tiende normalmente a su consumación en la santidad. La santidad, entonces, es el proceso normal de todo bautizado, y la anormalidad se produce cuando sobreviene el estancamiento. De ahí la responsabilidad –y la facilidad a un tiempo– de nuestra santidad. El sacerdote, como todo bautizado pero con más grave obligación, hace actuar su fe, su esperanza, su caridad y los dones del Espíritu Santo.

Este desarrollo de la gracia santificante, por el ejercicio de las virtudes principalmente teologales y mediante la acción de los dones, nos va dando en concreto una progresiva configuración a Cristo que arranca en la inicial adopción del Bautismo –“Habéis recibido el espíritu de adopción en el cual clamamos Abba, Padre”– y termina en la adopción plena de la eternidad –“Estamos aguardando la perfecta adopción de los hijos de Dios”–.

La gracia santificante nos asimila ontológicamente a Cristo al hacernos partícipes de su naturaleza divina. “Nos ha predestinado para que fuéramos conformes a la imagen de su Hijo”. Todo lo cual es un efecto de la particular predilección divina del Padre “que nos ha predestinado para que fuéramos hijos adoptivos por Jesucristo para la gloria del Padre”.

Esta santidad fundamental, de sucesiva configuración a Cristo, presenta dos aspectos: negativo de muerte y positivo de vida: “Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3).

Particularmente para el sacerdote el aspecto negativo se traduce en muerte total al pecado, al mundo, al propio yo.

Al pecado: “Totalmente inmune de pecado”; sin discutir, habituado quizás a una fría casuística, los límites del pecado.

            Al mundo: “El mundo está crucificado para mí y yo lo estoy para el mundo” (Gál 6,4). Sin contagiarnos de su mentalidad ni de sus actitudes características: mirada superficial de las cosas, falta de equilibrio sobrenatural en los juicios, conversaciones vacías, métodos demasiado humanos de conquista, etc. “No queráis conformaros a este mundo” (Rom 12,2). Es demasiado breve la vida del sacerdote para perderla en reuniones insustanciales que le contagien su vacío.

            Al propio yo: La vida sacerdotal es una sucesiva configuración a Cristo en su triple anonadamiento del Pesebre, de la Cruz y del Sagrario. El Papa insiste particularmente en estos tres renunciamientos: inmolación de la voluntad por la obediencia, renuncias del celibato y despego de los bienes terrenos.

            Llamamos la atención sobre la actualidad de estas tres virtudes fundamentales, materia también de votos.

            La obediencia: Hay dos peligros que enuncia el Papa: afán de novedades entre los menos dotados y austeros y desconexión del propio Obispo (discusión sistemática de su autoridad). Hay un interés particular del demonio en desconectar hoy al sacerdote de la legítima autoridad establecida por Cristo en la Iglesia, en sustraerlo a su gobierno y desviarlo de su magisterio.

            La castidad: Hay también dos peligros aquí: disolución de las costumbres y excesiva libertad en el trato con personas de otro sexo. Por eso importa más que nunca cuidar el celibato sacerdotal que es “el más bello ornamento de nuestro sacerdocio” (Pio X) y “preciosísima perla del sacerdocio católico” (PIO XI).

            La pobreza: llama particularmente la atención la insistencia con que el Papa urge, a los sacerdotes de hoy, el desprendimiento de los bienes terrenos. Ya PIO XI había dicho que la codicia sacerdotal era el mejor aliado que tenían los enemigos de Dios y de la Iglesia. Y PIO XII exige una grandísima fe en la Providencia, ejemplaridad y modestia en el tenor de vida, generosidad hacia los pobres, ayuda particular a los sacerdotes necesitados, aborrecimiento a mezclarse en empresas económicas.

            En su aspecto positivo la santidad sacerdotal es una honda asimilación a Cristo. Toda santidad es cristocéntrica, pero especialmente la sacerdotal. “La vida sacerdotal del mismo modo que deriva de Cristo debe toda y siempre dirigirse a Él”. Esta configuración a Cristo, además de las virtudes antes señaladas, se realiza en la humildad y en el sacrificio o transformación en Cristo víctima.

            Humildad: “Se humilló a Sí mismo” (Fil 2,8). “El comienzo de la perfección cristiana está en la humildad”. Para levantar cualquier construcción de santidad es preciso cavar hondo; pero sobre todo es necesario cuando se trata de asegurar la fertilidad del ministerio sacerdotal. “Si el grano de trigo arrojado en tierra no muere, queda solo; mas si muere produce fruto abundante” (J 12,24). ¡Brillante esterilidad del sacerdocio aplaudido y clamoroso! Ni confiar en sí mismo, ni complacerse en sus talentos, ni buscar el aplauso, ni aspirar a puestos elevados, sino imitar a Cristo que vino para servir y no para ser servido. “Si aún tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo” (Gál 1,10). Las únicas glorias del sacerdote sean las extrañas glorias de San PABLO: su miseria, sus tribulaciones, la Cruz de Cristo (Libenter gloriabor in infirmitatibus meis. Gloriabor in tribulationibus. Mihi autem absit gloriari nisi in Cruce). ¡Sabor divino de las humillaciones que levantan, de los sufrimientos que fecundan, de la Cruz que redime!

            Pero la humildad sacerdotal no es negación, ni cobardía, ni condescendencia, sino verdad, fortaleza, santa intransigencia.

            Sacrificio: “Como toda la vida del Salvador fue ordenada al sacrificio de Sí mismo, así también la vida del sacerdote, que debe reproducir en sí la imagen de Cristo, debe ser con Él, por Él y en Él, un aceptable sacrificio”.

            La configuración del sacerdote a Cristo se consuma en la Cruz. El único lugar cómodo para él es la Cruz: “Donde yo estoy –en la Cruz– conviene que esté mi ministro”. El sacerdote crucificado, hecho víctima no necesita subir al altar para celebrar su Misa: ya está en él. Para el sacerdote no puede haber más dicha que la de sentirse crucificado con Cristo: “Estoy clavado con Cristo en la Cruz” (Gál 2,19).

            Pero la cruz alegremente aceptada, plenamente vivida, sabrosamente gustada. Hay que morder una vez la Cruz para aprender a saborearla; y únicamente cuando la haya saboreado el sacerdote se considerará indigno de ella (lo cual será la perfección de su sacerdocio). La Cruz es la visita más honda de Cristo al alma de su sacerdote y la condición indispensable para la fecundidad de su ministerio. La vida sacerdotal es angustiosamente vacía hasta que el sacerdote no se haya amasado hostia con Cristo.

            Esta crucifixión debe realizarse cotidianamente en el cumplimiento heroico de su deber hasta agotarse. No tiene derecho a su salud ni a su tiempo. La esencia del sacerdote es darse fecundamente, ser devorado por las almas como pan bueno que se come. Hostia que ha sido amasada en la divina molienda del sufrimiento, luego de haber sido encerrado el grano en la fecunda descomposición de la humildad. “Soy trigo de Cristo, debo ser molido por los dientes de las bestias para ser hallado limpio pan de Cristo” (San IGNACIO Mártir).

            El sacrificio sacerdotal se verifica además en la aceptación alegre y generosa de los sufrimientos que maceran su cuerpo, trituran su espíritu o sacuden su alma. Sufrimientos que nacen de la impresión dolorosa de nuestra nada, de las humillaciones injustas de los demás o de las purificaciones providenciales de Dios.

            Por último el sacerdote debe crucificarse en la imposición voluntaria de mortificaciones que “frenen y gobiernen los movimientos del alma”. Somos mediadores que tenemos que pagar por otros y purificarnos a nosotros mismos.

            En esta inmolación con Cristo crucificado se consuma nuestra santidad. Ahora vivimos de veras. “No vivo yo sino que es Cristo el que vive en mi”. Absorción de nuestra vida en Cristo, transubstanciación integral que nos hace vivir con la aparente miseria pero con la misteriosa virtud de las especies sacramentales.

            PERO además de esta santidad general, hay la santidad específica de nuestro ministerio.

            Santidad de maestro: “Es necesario que el Obispo sea doctor” (I Tim 3,2). La santidad comienza por la inteligencia. Para saborear los misterios de Dios y entregarlos al pueblo hay que penetrarlos teológicamente. Se requiere, pues, el esfuerzo penoso del estudio que precede normalmente al sabor regalado de la contemplación. Al sacerdote se le exige la ascesis de una sabiduría ascendente que prepara y reclama la sabiduría descendente de Espíritu. El estudio es una forma específica de santidad sacerdotal en el seminario y en el ministerio; pertenece a su fundamental deber de estado. Debe predicar la verdad íntegra y “la verdad no pretende en ocasiones sino que no se la condene desconociéndola” (TERTULIANO). Santidad de maestro en la piedad sólida, en la predicación, en las clases, en la dirección espiritual.

            Santidad de jefe: El sacerdote debe imprimir un ritmo acelerado de crecimiento en Cristo a las almas que se encuentran con él. Debe equiparlas, mediante una formación sólida, para que ellas a su vez se conviertan en instrumentos santificadores de sus hermanos. El sacerdote es jefe, conductor. Pero lo único que da seguridad, inflexibilidad y eficacia en la conducción es la santidad.

            Santidad de santificador: El sacerdote debe darse a las almas para santificarlas. Por eso la santidad sacerdotal se consuma en la caridad. “Dispensadores de los misterios de Dios”, “apóstoles de la luz”, “apóstoles de la gracia y del perdón”, “deben servir a Jesucristo con perfecta caridad y consagrar todas sus fuerzas a la salvación de los hermanos”. El sacerdote se santifica entregándose para que lo consuman: gastando su inteligencia, quemando su salud, inmolando su tiempo. El sacerdote diocesano se santifica en la lucha heroicamente sostenida de su entrega diaria. “Y yo muy gustosamente gastaré, y a mi mismo me gastaré todo entero por vuestras almas” (II Cor 12,15). O aquello a los Tesalonisenses: “Así nosotros por amor vuestro nos complacíamos en daros no solamente el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, por cuanto habíais llegado a sernos muy queridos” (I Tes 2,8).

            Pero este celo auténtico que lo consume –y que es deseo de glorificación de Dios y de salvación de sus hermanos– tiene que nacer de la verdadera caridad que es unión estrechísima con Dios y amor a Él sobre todas las cosas. De lo contrario gastamos inútilmente las fuerzas condenadas a la infecundidad natural de la “herejía de la acción”.

            FINALMENTE, además de esta santidad, de tipo general cristiano y de tipo específico sacerdotal, tiene el sacerdote que realizar su vocación personal de santidad en base a tal temperamento dado, a tal misión recibida, a tales circunstancias señaladas. Cada santo es una obra distinta de Dios, una maravilla individual de su gracia. El único modelo es Cristo, pero un Cristo vivo que se edifica sobre cada constitución orgánica y para cada época y cada función determinada. El obrero del siglo XX exige de su Asesor una santidad muy distinta de la del profesor universitario de la Edad Media o del monje solitario de la Tebaida.

            Entre los mismos apóstoles –aún prescindiendo de su distinta conformación temperamental y atendiendo sólo a sus misiones diversas– una debió ser la santidad de PABLO y otra la de JUAN o la de SANTIAGO. Una debió ser la santidad, tipo apóstol, de Santo DOMINGO DE GUZMÁN; otra la santidad serena y pacífica, tipo teólogo, de Santo TOMAS.

            Lo importante es que cada cual realice su santidad: el Obispo, el Profesor, el Párroco, el Teniente. Así el Cuerpo de Cristo crecerá armónico y completo en todas sus partes. Pero podríamos señalar quizás, para la época nuestra, una santidad especial que sería la santidad actual del clero diocesano (estamos, creo, en la era del clero diocesano), esencialmente luchador, con estas virtudes fundamentales, más o menos señaladas por el Papa:

  1. Heroicamente celoso hasta agotarse.
  2. Profundamente contemplativo, aún dentro de su acción, evitando la herejía del movimiento.
  3. Alegremente optimista. Vivir y vender nuestro triunfo.
  4. Totalmente anonadado en la humildad, en la obediencia, en la castidad.
  5. Particularmente desprendido de los bienes terrenales.

Esta es la santidad nuestra, para hoy, de tipo fundamentalmente cristiano, pero vivida para las especiales dificultades presentes.

ESTA santidad específica del sacerdote se estructura con la “ayuda de la gracia y de aquellos instrumentos de la gracia que Él mismo ha puesto en nuestra disposición”.

Ante todo el hombre de Dios debe ser hombre de oración. “Si nos preguntáis qué divisas promulgamos al comenzar nuestro Pontificado, para todos los sacerdotes respondemos: Orad, orad más y más, orad con mayor instancia” (PIO XII, 24 de junio de 1939). Oración permanente que es conciencia de la substancial presencia de Dios en el santuario del alma.

Además de la ardiente devoción a la Virgen, que se traduce en el rezo sencillo del rosario sabrosamente meditado de sus distintos misterios, y de la fundamental devoción al Santísimo Sacramento ante el cual empieza y termina su jornada el sacerdote, señalemos particularmente tres formas de oración: La Misa, el Breviario, y la meditación.

La Misa, conscientemente celebrada (con conciencia de mediador) y conscientemente vivida (con conciencia de víctima). El lugar propio del sacerdote es el altar donde sube todos los días con plena conciencia de expiador y de glorificador. Toma la Sangre de Cristo y la ofrece al Padre; se enrojece las manos, se empapa el alma y luego vuelca fecundamente sobre sus hermanos esa Sangre divina de Cristo que expía, que purifica, y que pacifica.

El Breviario, rezado en unión con Cristo y contemplado en silencio. Cristo y la Iglesia rezan en cada momento por los labios de carne del sacerdote. El Breviario pertenece esencialmente a nuestro oficio de mediadores y debe ocupar el primer lugar y las mejores horas. Para el sacerdote es medio eficacísimo de santificación; para Dios es el sacrificium laudis del mediador que glorifica y expía; para las almas es la preparación, en la meditación de las lecciones y en la contemplación de los salmos y de las antífonas, de la predicación sólida y original.

La meditación. “Absolutamente necesaria” (PIO X). “Insustituible” (PIO XII). Dispone a la contemplación y elabora toda una atmósfera sobrenatural donde el sacerdote se siente otro. Allí se aprende a gustar la Liturgia y a penetrar profundamente en los misterios de Cristo. Por eso el sacerdote tiene que meditar siempre y saber meditar. Su meditación ha de ser una simple e ininterrumpida mirada sobre Cristo a través de la penetración directa del Evangelio o de las Epístolas hasta acabar en la simplicidad de una contemplación sabrosa, sin palabras, de Cristo sacramentado o de Cristo crucificado. Una sola cosa –el prólogo de San JUAN, por ejemplo, o el Gloria de la Misa–, un solo texto (Nisi granum frumenti…) pueden suministrar materia para todo un año.

c. Enemigos de la santidad sacerdotal

SEÑALAMOS tres enemigos principales que pueden entorpecer y desfigurar nuestra obra de santificación: Naturalismo, pesimismo y falsificación de la santidad.

Naturalismo ambiental que estanca a las almas en una destructora bonomía. “Debe haber tanta diferencia entre el sacerdote y cualquier hombre bueno como entre el cielo y la tierra” (PIO X). Nos ha hecho demasiado mal la divulgada noción de una simple bondad natural que pretende desarrollar las virtudes humanas en un orden de hecho inexistente; desconocedores, prácticamente negadores, del orden sobrenatural como si no hubiésemos sido divinizados por la gracia. Desde que Cristo vino al mundo ya no hay cosas buenas sino santas. Todo ha quedado consagrado en la Encarnación. La simple bondad natural, al desfigurar la auténtica imagen del único Cristo Hijo de Dios crucificado, destruye más que la abierta oposición y que la fría indiferencia.

Pesimismo sustancial que presenta en el sacerdote una santidad triste o imposible. Más que nunca hace falta que las almas vean hoy en nosotros el optimismo de nuestra santidad y la alegría de nuestro sacerdocio. Que se rompa de una vez esa falsa convicción de que la santidad es un encierro de lúgubres negaciones, frías como losas de sepulcro. Nada más positivo que la santidad y nada más vital que la alegría incomparable de la gracia, de las virtudes teologales y de la perfecta configuración a Cristo crucificado en la heroica entrega de un sacerdocio plenamente vivido. Pero hay que vivirlo. Vivamos el optimismo de nuestra santidad; y vivámoslo con serenidad humana, con equilibrio temperamental y con fe sobrenatural. Aún en medio de nuestras grandes luchas y de nuestros dolorosos fracasos tengamos confianza en nuestras capacidades sobrenaturales y en la eficacia de la gracia sacramental de nuestro sacerdocio.

Falsificación fundamental de la santidad que desfigura la auténtica “renovación en la justicia y en la verdad” bajo las simples apariencias o actitudes postizas. Para ello hace falta una santidad espontánea, propia, que no copia actitudes ajenas ni formas accidentales; una santidad equilibrada, no excéntrica ni desesperada (hace falta mucha serenidad espiritual y mucho equilibrio psíquico para la santidad); una santidad integral que forma al hombre completo y desarrolla íntegramente su personalidad humana con sus virtudes humanas fundamentales: sinceridad, lealtad, virilidad. Para ser santos hay que ser humanamente completos. Por eso el Papa urge esta formación de la personalidad humana desde los primeros años del seminario: que al niño lo acostumbren a guiarse por sí mismo, que lo acostumbren a pensar, que le inculquen espíritu de iniciativa, que lo formen en la honradez y lealtad. La santidad no anula ni momifica; desarrolla las virtudes humanas, y perfecciona los valores humanos y los sacramentaliza.

Conclusión

NOS encontramos en una situación inmejorable para realizar plenamente el precepto de san PABLO a TIMOTEO: “Te exhorto a que reavives el carisma de Dios que por medio de la imposición de mis manos está en ti” (II Tim 1,6).

El mundo de hoy, desengañado de tantas mentiras oficiales, se vuelve desesperadamente a Dios. Tiene hambre de Jesús; de que se le hable de Jesús y de su Padre, de que se le muestre abiertamente a Jesús y a su Padre. Hay un doble clamor en el ambiente revuelto de hoy, que responde al doble clamor de los paganos y de los apóstoles respectivamente en tiempo de Nuestro Señor: “Queremos ver a Jesús” (J 12,21) “Muéstrame al Padre” (J 14,8). Pero los hombres se vuelven, naturalmente, a los sacerdotes para pedírnoslo. En el sacerdote no quieren ver otra cosa que la realización plástica de Jesús. Su única esperanza está ahora, después de haber bebido en tantas cisternas envenenadas y rotas, en el Cristo vivo y encarnado que se hace presente a través de nuestras especies humanas.

Las circunstancias actuales, pues, exigen de modo particular la santidad sacerdotal; especialmente a aquellos “que viven entre el pueblo y conocen sus desgracias, sus penas, sus angustias espirituales y materiales”. Urge que el sacerdote se haga presente. Esta presencia sacerdotal exige un enorme equilibrio humano y una irresistible irradiación de santidad. Pero una santidad actual que podríamos sintetizar, para el clero diocesano, en estos tres puntos:

  1. Santidad de entrega heroica, agotadora, a las almas.
  2. Santidad de contemplativo dentro de la acción. Fuerte vida interior, profundo espíritu de fe.
  3. Santidad de anonadamiento total con particular desprendimiento de todos los bienes terrenos.

En medio de la sociedad actual hemos de hacernos presentes por la santidad de nuestro sacerdocio. Ser sencillamente sacerdotes. Consumaremos así nuestra vida personal y cumpliremos nuestra misión. Al final de la vida, “cuando apareciere Cristo que es nuestra vida”, en nuestros labios sacerdotales se expresará el último grito de glorificación al Padre, declarando consumada nuestra obra y entregando nuestro espíritu en sus manos, y “nuestro cuerpo de humillación será configurado a su cuerpo de gloria”, para ser el gran Cristo total, radiante y transfigurado, gigantesco glorificador de Padre. “Entonces, cuando se manifieste el Príncipe de los pastores, recibiréis la corona inmarcesible de la gloria” (I PEDRO 5,4)

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