La oración, alimento del hombre

Palabras pronunciadas el 21 de mayo 1979.

“Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11,1)
“Señor, muéstranos al Padre y eso basta” (Jn. 14,8)

Parece que es éste el grito más fuerte, más intenso y más constante, de las generaciones nuevas. Los jóvenes desean orar de veras. Una de las características más claras de la juventud actual -al menos en los países del Tercer Mundo- es el hambre sincera de Dios, el deseo de contemplación, la búsqueda de hombres y mujeres -religiosas, sacerdotes, Obispos- que sean verdaderos maestros de oración. Hoy se necesitan “profesionales de la oración”.

Indudablemente que siempre se dio esto en la Iglesia. Nunca faltó el soplo vivificador del Espíritu que “intercede con gemidos inexpresables” y grita en el corazón de los hombres “Abbá, Padre”.

Pero lo nuevo hoy es que esta hambre de oración se manifiesta como uno de “los signos de los tiempos”, porque se da con más universalidad y en jóvenes especialmente comprometidos con la historia, es decir, muchachos y chicas muy normales, que celebran gozosamente la vida (son verdaderamente jóvenes), pero sienten la responsabilidad de participar activamente en la edificación del Reino y con la construcción de un mundo nuevo, donde reinen la verdad, la justicia, la libertad, el amor y la paz.

Basta comprobar los distintos movimientos y grupos de oración que van multiplicándose por todas partes; lo mismo las Vigilias de oración y las prolongadas experiencias de desierto que hoy atraen tan fuertemente a los jóvenes.

Yo encuentro particularmente tres motivos que explican la existencia de este fenómeno tan providencial y tan lleno de esperanza para el mundo:

– la acción profundamente renovadora del Espíritu Santo en el interior de la Iglesia y en la historia de los hombres. Tenemos que convencernos que “nosotros estamos viviendo en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu” (E.N.75);

– una fuerte atracción de los jóvenes hacia los valores esenciales del espíritu (oración, contemplación, sentido de la amistad y del amor, de la verdad y la justicia, de la pobreza evangélica y el generoso servicio a los hermanos;

– una particular expectativa y necesidad de los hombres de hoy: más que nuestra palabra exigen nuestro testimonio, más que en nuestra técnica confían en nuestra sabiduría, más que nuestra actividad esperan nuestra presencia y solidaridad verdadera.

Esto nos muestra que el tiempo de la oración no ha pasado. Y que el mundo de hoy -superficialmente disperso y tecnificado- siente necesidad de respirar profundamente a Dios en la montaña o de encontrarlo en la soledad fecunda del desierto. No para quedarse definitivamente en el desierto -el desierto es siempre un lugar provisorio- sino para volver a los hombres con más equilibrio y fortaleza, con más fuerza de una evangelización plena, con más capacidad de servicio y entrega a los hermanos.

Por eso quiero presentar brevemente estos tres puntos: oración y equilibrio en Dios, oración y profecía, oración y servicio.

1. ORACIÓN Y EQUILIBRIO EN DIOS

“Busco tu rostro, Señor”
“Mírame, Señor, que soy pobre y estoy solo”
“Como la cierva sedienta aspira a las fuentes del agua, así mi alma tiene sed de Ti, oh Dios vivo”

¿Qué significa orar? Entrar en comunicación muy honda -cuanto más silenciosa y profunda más verdadera- con un Padre que está en lo secreto y lo ve todo (Mt. 6,6), con un Maestro que está allí y nos llama (Jn. 11,28), con un Espíritu que habita en nosotros (Rom. 8,9) e intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse (Rom.8,26).

Orar es entrar en comunión gozosa y pronta con la voluntad adorable del Padre: “Padre mío, si es posible, que se aleje de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt. 26,39). Para ello hace falta silencio y disponibilidad, saber escuchar y entregarse con docilidad. “Si, Padre, porque esa fue tu voluntad” (Lc. 10,21). Hace falta, sobre todo, tener una clara conciencia de la paternidad divina y de nuestra correspondiente filiación adoptiva. Cuanto más honda es la conciencia de que “el Padre nos ama” (Jn. 16,27) y está adentro (Mt. 6,6), tanto más simple y breve, más serena y gozosa, resultará la oración. La oración se convierte entonces en la normal respiración del hombre. Nadie puede vivir sin respirar. Nadie puede vivir sin orar.

Así el hombre se establece en equilibrio. El hombre de hoy -tan agitado por exigencias familiares y de trabajo, tan preocupado por situaciones sociales, económicas y políticas, tan tensionado por el miedo que impone la violencia- experimenta una fuerte necesidad de recuperar su equilibrio en la oración. No que pretende “utilizar” al Señor para serenarse, sino que ha descubierto que sólo el encuentro profundo con el Dios vivo pacifica. En la oración el hombre recobra su amistad interior, tan frecuentemente quebrada por la simultánea presión de urgencias muy diversas.

El equilibrio es hoy uno de los valores espirituales de mayor precio. Vale la pena perderlo todo, con tal de ganarlo y poseerlo. Un hombre de equilibrio es buscado hoy como “la perla preciosa” del Evangelio. No porque no se dé, sino porque, por lo general, el hombre equilibrado ama la sencillez y prefiere el ocultamiento. Habla con profundidad y obra con madurez de sabio, cuando lo exige su misión, pero luego prefiere seguir viviendo “su vida escondida con Cristo en Dios” (Col. 3,3).

El equilibrio no es pasividad; es compromiso profundamente meditado y asumido. El equilibrio no es ambigüedad; es opción claramente descubierta y realizada en la madurez del Espíritu. No se trata, por consiguiente, de pretender contentar a todos y, para ello, ir haciendo concesiones contradictorias a una parte y a la otra. Ya S. Pablo rechazaba como anticristiano este tipo de demagogia espiritual- falta de verdadero nervio interior ¿»Piensan que quiero congraciarme con los hombres?. Si quisiera quedar bien con los hombres, no sería servidor de Cristo” (Gal. 1,10). El equilibrio nace de haber centrado su vida exclusivamente en Dios, de haber hecho de Dios “el unicum necessarium”.

La oración nos pone, así, de cara a Dios, de cara al Padre, de cara al Maestro y al Amigo: en actitud de adoración, de silencio y de búsqueda (“busco tu rostro, Señor, Señor”), de escucha de su Palabra (“habla, Señor, que tu siervo escucha”) y de entrega incondicional (“Señor, ¿qué quieres que haga?”).

Cuando la vida se centra verdaderamente en Dios, el hombre sale de su aislamiento penoso y entra en comunión gozosa con el Padre y los hermanos. Ya no se siente solo. Tampoco pienso que hacer oración es evadirse del compromiso con los hombres. Ha descubierto que la oración es esencialmente un encuentro: empieza con la manifestación de Dios en el monte o en el desierto y se prolonga en la predicación de la Buena Noticia y en la curación de los enfermos.

Comprende que toda la vida es oración. Pero que para ello es necesario que la oración se haga el centro de su vida: es decir, su fundamental y constante respiración. Hay que evitar los dos extremos: separar la oración de la vida -la contemplación de la acción- y confundir la rutina cotidiana de las cosas y el trabajo con la oración. Cuando un hombre reza de veras (es decir, cuando tiene momentos fuertes y exclusivos de oración), su vida se hace nueva cada día, se convierte en una constante y clara celebración de la Pascua. El primero que siente si la oración es verdadera es uno mismo: siente adentro la alegría de ser hijo y la serenidad de ser mirado por el Padre. Enseguida lo advierten los que lo rodean: hay algo de particular en su presencia, en sus gestos y palabras, que transmite verdaderamente a Dios.

¿Cómo hacer para orar así? ¿Cómo puede un hombre -sumergido en mil problemas diferentes, invitado por la técnica a buscar otros caminos y tentar otras soluciones- tener coraje para romper con todo y encontrar un tiempo y un lugar privilegiado para orar?

Ante todo, reconocer sus límites, captar con alegría su pobreza, sentir necesidad de otros. Sobre todo, experimentar la urgente necesidad del “Otro”, de Dios, del Padre, del Amigo. Mientras no se tenga nostalgia de Dios, no habrá oración. Y mientras no se sienta hambre de oración, no habrá oración verdadera. La pobreza nos abre a Dios y a los hermanos, nos libera de nosotros mismos -de nuestro orgullo, preocupaciones y angustias, del dolor de nuestra soledad vacía, de nuestro egoísmo y sensualidad- y nos prepara para el encuentro con Dios en la oración, nos hace sentir necesidad de orar.

La oración autentica -personal o comunitaria, espontánea o litúrgica- nos equilibra: porque es un verdadero reposo en Dios. Nuestro verdadero descanso es el Señor; pero no buscado por egoísmo personal -simplemente para llenar nuestro vacío- sino por El mismo, por “su inmensa gloria”. Vale la pena detener el ritmo fatigoso de nuestro trabajo para escucharlo solamente a Él, para estar en silencio con Él, para volver a ofrecernos totalmente a Él.

Es significativo el pasaje evangélico que nos refiere S. Marcos: “Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: “Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco”. Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto” (Mc. 6,30-32). Porque la tarea apostólica es inmensa, porque las preocupaciones del trabajo, de la familia, del orden público, nos agobian -hasta tal punto que no nos queda tiempo ni para pensar con serenidad ni para comer con tranquilidad- por eso es necesario retirarnos a lugares solitarios “para orar”. Así lo hacía Jesús: “Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó y fue a un lugar desierto, para orar. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron le dijeron: “Todos te andan buscando” (Mc. 1,35-36).

Precisamente por eso -porque “todos nos buscan”- hemos de buscar momentos exclusivos de soledad fecunda y de desierto. “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto” (Mt. 4,1). Pero el desierto no es un lugar definitivo, ni una fuga cobarde de los hombres, ni el espacio de una soledad vacía. El desierto es esencialmente el lugar privilegiado del encuentro: con Dios, consigo mismo, con los hombres. El desierto es el lugar de la experiencia de la gracia y el amor del Padre, se escucha la Palabra del Señor y se experimenta la acción transformadora del Espíritu Santo. El desierto nunca puede ser definitivo: de allí se sale para la misión y la construcción de un mundo nuevo, más humano, más fraterno y más divino. Moisés, Elías, Jesús, vivieron profundamente la experiencia del desierto -encuentro personal y directo con el Dios vivo- y regresaron enseguida para la misión.

Para recobrar el equilibrio -después de intensas jornadas de lucha y de trabajo, de éxitos maravillosos y de agudos fracasos, de mucho miedo y de serena alegría- hay que volver al desierto para orar, es decir, para agradecer y adorar, para descansar en Dios y pedir por los hombres, para escuchar en silencio la Palabra y comprometernos de nuevo a realizarla.

Hay una frase en S. Lucas que siempre me llama la atención: “su fama se extendía cada vez mas y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a lugares solitarios para orar” (Lc. 5,15).

2. ORACIÓN Y PROFECÍA

“El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha consagrado por la unción.
El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos”(Lc. 4,18).

¡Qué necesidad tiene el mundo de hoy de verdaderos testigos, de auténticos profetas! Testigos: hombres que hayan convivido con el Señor, que lo hayan visto, escuchado y palpado, y que por eso saben transmitirnos con sencillez, no una doctrina sino una experiencia, e invitarnos a vivir en la alegría de la comunión (cfr. I Jn.1-4). Profetas: hombres particularmente elegidos y consagrados, enviados a proclamar con la sabiduría y fuerza del Espíritu las invariables maravillas del Señor (Hch. 2,11). Hombres fuertes y serenos que saben escuchar a Dios y comprender al hombre; más aún, que sólo comprenden al hombre porque viven en profundidad de contemplación.

Un verdadero profeta anuncia los misterios de Dios en el lenguaje distinto de los hombres. Es, por eso, un hombre que experimenta “la pasión” del Espíritu y recibe en el desierto la Palabra que debe ser transmitida. “Dios dirigió su Palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto” (Lc. 3,2). “Entonces me fue dirigida la palabra del Señor en estos términos: Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado. Yo te constituí profeta de las naciones… Adonde quiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás… Mira que he puesto mis palabras en tu boca” (Jr. 1,4-10).

El mismo Jesús dirá: “La Palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado” (Jn. 14,24).

Un profeta tiene que ser hombre de silencio, de oración, de contemplación. Sólo un contemplativo puede conocer lo que hay en el corazón del hombre y penetrar con la sabiduría del Espíritu la verdad completa.

Hoy urge esta tarea profética en la Iglesia, tarea de evangelización, de anuncio explícito de la Buena Noticia de Jesús. La Evangelización supone una constante meditación de la Palabra de Dios, una permanente actitud contemplativa, un estar continuamente, como María, “a la escucha” de la Palabra de Dios. Supone, también, una coherencia entre su vida y la Palabra; es decir, que el primer modo de evangelizar es el propio testimonio, personal y comunitario. Supone, finalmente, hablar desde la pasión ardiente del Espíritu, no desde una mera brillantez humana o, menos aún, desde una pura agresividad personal. El profeta, el evangelizador, debe ser un hombre de Dios que sólo habla de las cosas de Dios, en el lenguaje de los hombres. Por eso mismo un hombre de oración.

En síntesis diría: el Profeta es un hombre que escucha incesantemente a Dios, que busca conocer al hombre y solidarizarse con él, que habla sólo bajo la serena y honda conducción del Espíritu Santo.

Hay que meditar constantemente el Evangelio, hay que penetrar las Escrituras, sobre todo hay que permanecer en la actitud humilde y pobre de María, la servidora del Señor, que recibe y rumia en silencio la Palabra, la engendra en su Corazón Virginal y la comunica al mundo para su Salvación.

La Evangelización del mundo contemporáneo -tan hambriento de Dios y tan necesitado de una verdadera liberación en Cristo- urge la presencia de misioneros (sacerdotes, religiosos y laicos) que constantemente entreguen a los otros “lo contemplado”, más aún cuya palabra y acción deriven exclusivamente “de la plenitud de la contemplación”.

La Iglesia de la Encarnación y de la Profecía, de la Evangelización y de la Promoción humana, debe ser esencialmente la Iglesia de la contemplación. Por eso el Espíritu Santo hace que vayan necesariamente juntos -cuando son verdaderos- la urgencia de la evangelización y el deseo profundo de la oración. No es simplemente el hecho de que “si Dios no edifica la Casa, en vano se esfuerzan los que trabajan”, sino que la única palabra de salvación que merece ser dicha es la que nace de una profunda interioridad contemplativa.

3. ORACION Y SERVICIO

“No vine a ser servido, sino a servir, y a dar mi vida como rescate por todos” (Mt. 20,28).

Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia va descubriendo, cada vez más que su única misión -continuando la de Jesús- es la evangelización y que su única actitud auténtica es la del servicio: su vocación es, pues, ser la “servidora de la humanidad” (Pablo VI) y estar constantemente dando la vida por los otros. En esto muestra la Iglesia que es “el Sacramento del amor de Dios”. Lo proclama en bellísima fórmula el Concilio: “Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana, al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es “sacramento universal de salvación”, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre” (G.S.45).

Pero esto exige en la totalidad de los miembros de la Iglesia una profunda actitud contemplativa. Ante todo, porque el servicio original que el mundo espera de los cristianos es la revelación y comunicación del misterio de Dios, de la fecundidad de su vida. “No existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hch. 4,12).

El mejor servicio que podemos prestar hoy a los hombres es el de anunciarles -con la potencia del Espíritu y la eficacia del testimonio- que Jesús es el único Camino para llegar al Padre, la única Verdad que nos revela al Padre y el misterio mismo del hombre, la única Vida que nos colma y que El vino a comunicarnos con abundancia (Jn. 10,10).

Hay un servicio que es urgente para los hombres de hoy: es el de enseñarles cómo recobrar la serenidad interior y cómo conseguir el gozo de la reconciliación y de la comunión fraterna. El encuentro con Dios en la oración pacifica los corazones y los armoniza en la paz verdadera. Por eso, insisto en que uno de los servicios más específicos del cristiano auténtico es enseñar a los hombres a orar: “Señor, enséñanos a orar”. “Muéstranos al Padre y eso basta”.

Pero hay algo más todavía. La misma capacidad de servicio se agota o se parcializa si no nace de la profundidad de la contemplación. El gran peligro hoy -ya lo decía Pío XII- es “el cansancio de los buenos”. Nos encontramos en un momento privilegiado de la historia: el Espíritu Santo actúa fuertemente en ella, como actúa maravillosamente en el interior de la Iglesia.

Pero no hay caso: el Misterio Pascual necesita ser constantemente celebrado en su integralidad de muerte y resurrección, de cruz y de esperanza. Y por momentos puede aplastarnos el cansancio de una cruz y hacernos perder la alegría de la muerte. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero cuando muere da mucho fruto” (Jn. 12,24).

El mismo Jesús -cuando siente llegar “la hora” del gran Servicio y de la suprema donación- experimenta una fuerza interior que lo lleva a la soledad del encuentro con el Padre en la oración (Lc. 22,39-44). “En medio de la angustia, el oraba más intensamente. En los momentos decisivos de la entrega -cuando el miedo, la angustia y la tristeza nos rodean como al Señor- no hay más camino que la soledad del desierto y el encuentro con el Padre en la oración. “Si es posible…”.”El discípulo no puede ser más que su Maestro”.

Sólo el verdadero contemplativo no agota nunca su capacidad de servicio; antes al contrario, la ahonda constantemente y recrea maravillosamente con la fuerza transformadora del Espíritu. Su servicio es incansablemente nuevo.

La oración impide que nos cansemos. La oración impide, también, que nos repitamos. Será siempre nuevo nuestro servicio en la medida de nuestra interioridad contemplativa. La oración hace que un servicio cualquiera -el más humilde y escondido- resulte extraordinariamente fecundo. Y la oración hace también que un servicio -repetido todos los días, en aparente monotonía resulte cotidianamente nuevo y nos haga gustar la alegría de una permanente Pascua recreadora.

Finalmente, el servicio que nace de la oración no queda en la superficie del hombre: lo penetra, lo invade todo (alma y cuerpo, tiempo y eternidad). Solamente cuando se vive en permanente actitud contemplativa uno tiene la capacidad para mirar lejos y adentro (desde la interioridad y la eternidad del hombre) y el extraordinario poder para abrir los corazones de los hombres a la acción del Espíritu a fin de que él forme en todos y con todos al Hombre-Nuevo en Jesucristo.

CONCLUSIÓN

Cuando decimos que “la oración es la respiración del hombre” queremos subrayar dos cosas: su actualidad y su fuerza unitiva. ¿Es actual la oración en los tiempos de la técnica, de la urgencia de la promoción humana y de la liberación de los pueblos, de los movimientos apostólicos, de la necesidad de hacernos presentes entre los más pobres y solidarizarnos con su pobreza y sus trabajos? Sí, más que nunca es imprescindible la oración. Diríamos que estos tiempos privilegiados del Espíritu Santo nos invitan y obligan a la oración. Por eso los nuestros -en todos los niveles de la vida eclesial: Obispos y sacerdotes, religiosos y laicos- están fuertemente caracterizados por esta aspiración a la oración. Particularmente los jóvenes nos transmiten esta hambre de contemplación. El hombre no puede vivir sin respirar. Tampoco puede vivir sin orar.

Esto nos lleva a subrayar la fuerza unitiva de la oración y su exigencia: cuando la oración es verdadera -”nadie puede decir que Jesús es el Señor, si no está impulsado por el Espíritu Santo” (I Cor. 12,3)- produce la unidad interior del hombre y hace que se prolongue en la vida. Toda la vida se convierte en Oración. Con tal, sin embargo, que la vida tenga constantemente su punto de referencia en el Señor encontrado en el desierto. Este es el sentido de las exhortaciones de Jesús y de San Pablo: “es necesario orar siempre sin desanimarse” (Lc. 18,1). “Estad siempre alegres. Orad sin cesar” (I Tes. 5,16-17). Es muy significativo aquí, en este texto de Pablo, que la oración vaya unida a la alegría. Y ambas -oración y alegría- con las exigencias de una vida de amor. También Santiago, aunque de manera inversa, conecta la oración con la alegría: “Si alguien está triste, que ore. Si está alegre que cante salmos” (St. 5,13).

Nadie puede vivir sin alegría; nadie puede vivir sin esperanza; nadie puede vivir sin amor. Por eso nadie puede vivir sin Dios.

La oración -encuentro profundo y sereno de comunión con Dios- nos restituye el equilibrio, es fuente viva de nuestra profecía y engendra en nosotros una inagotable capacidad de servicio.

Miramos a María, nuestra Madre; la que recibió la Palabra del Señor y fue feliz (Lc. 1,45), la que “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc.2,19-51), la que no sólo estuvo “a la escucha de la Palabra de Dios” sino que la realizó en su vida (Lc.11,28), la que contempló en doloroso silencio el misterio pascual del Hijo (Jn.19,25-27), la que presidió -en plena comunión apostólica- la oración intensa de los discípulos que esperaban la promesa del Padre (Hch. 1,14).

A Ella nos encomendamos para que nos enseñe a recibir en pobreza y silencio la Palabra, para que nos abra los caminos de una oración contemplativa, para que nos enseñe a vivir y a ser felices, enseñándonos a respirar en Dios, como Ella en Jesús, enseñándonos a orar y a ser “maestros de oración”.

Card. PIRONIO
21 de mayo 1979

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