La Eucaristía en la espiritualidad Laical

Lima, 9 de mayo de 1988

«Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (I Cor. 11, 26).

Cada Eucaristía es una memoria de la cruz pascual de Jesús y una profecía de esperanza. Nuestro mundo necesita urgentemente testigos de la resurrección del Señor y verdaderos profetas de esperanza. Lo necesita nuestro continente pobre y crucificado, pero siempre «continente de esperanza».

«Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva». (Rom 6,4).

El bautismo señala el comienzo de nuestro itinerario de santidad desde la participación en la Pascua de Jesús y para la transformación del mundo. Caminar en una vida nueva significa comprometerse a hacer «una humanidad nueva».

Estos dos textos —que hemos leído en el Triduo Sacro— nos ubican inmediatamente en el tema que queremos presentar: la Eucaristía, celebración del Misterio Pascual, engendra y forma esencialmente «cristianos pascuales», es decir, hombres y mujeres comprometidos con la realidad cotidiana como discípulos y testigos del Señor Resucitado. Hombres y mujeres que viven la riqueza y las exigencias de su bautismo, animados profundamente por el Espíritu Santo, dispuestos a ofrecer cotidianamente —en Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y en la Iglesia, Pueblo Sacerdotal— sus vidas como «culto espiritual» (cfr. Rom. 12,1) al Padre. San Pedro escribe a los primeros cristianos: «acercándoos a él, piedra viva desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (I Pd. 2,4-5).

Un cristiano pascual es alguien que hace «memoria» de Jesús, no sólo recordando sus palabras sino, sobre todo, «asimilando sus sentimientos» (Fil. 2, 4). Lo hace presente en su existencia cotidiana: «no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal. 3,20). No sólo el Cristo, vencedor de la muerte, sino el Cristo, Hijo de Dios e Hijo de María «que murió por nuestros pecados, según las Escrituras» (I Cor.15,3). Es decir el Cristo de la Encarnación que asumió en su carne la totalidad de nuestro ser humano. El Cristo, Palabra de Dios, que estaba en Dios y era Dios, y se hizo carne en las entrañas virginales de María y puso su morada entre nosotros (cfr. Jn. 1,14), para hacer con los hombres —esclavos del pecado y de la muerte, y por eso mismo sometidos a «estructuras de pecado» (Sollicitudo rei socialis, 36)— un camino de liberación y de esperanza. Por eso murió en la cruz «dando su vida como rescate por muchos» (Mt. 20,28) y enseñándonos que «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn. 15,13). Es el Cristo de la Encarnación, el que asumió la fragilidad de nuestra carne y se comprometió a quedarse para siempre con los hombres. «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros… Esta es mi sangre que es derramada por vosotros» (Cfr. Lc. 22,19-20). Es el Cristo de la Eucaristía: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final del mundo». Un cristiano pascual es alguien en quien vive, se trasparenta y se comunica Jesús. Pero en lo cotidiano de su existencia, en la serena e irrompible unidad de una fe coherente, comprometida con los valores evangélicos de la libertad, de la justicia, del amor.

Un cristiano pascual —en comunión profunda con Cristo, el Profeta enviado por el Padre para anunciar y realizar la salvación— anuncia proféticamente, desde el corazón de la Iglesia, las maravillas obradas por Dios y la llegada de su Reino, al mismo tiempo que denuncia con la libertad y el coraje del Espíritu de Pentecostés todo lo que se opone a la plena experiencia y realización de ese Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz (cfr. Prefacio de Cristo Rey). Un cristiano pascual es alguien que experimenta la fuerza irresistible del Apóstol: «Ay de mí, si no predicare el Evangelio» (I Cor. 9,16). Y siente la necesidad de penetrar simultáneamente en el Cristo muerto y resucitado y en la realidad del hombre; de penetrar los nuevos signos de los tiempos y de anunciar a los pobres la Alegre Noticia del Reino. Es la urgencia de una «nueva evangelización» en la que los fieles laicos tienen una responsabilidad muy especial como partícipes en la función profética de Cristo. A esta «función profética de la Iglesia, pertenece también la denuncia de los males y de las injusticias. Pero conviene aclarar que el anuncio es siempre más importante que la denuncia«. (Sollicitudo rei socialis, 41).

Cuando hablo de «cristianos pascuales» no hablo de una categoría privilegiada de laicos; hablo simplemente de la experiencia fundamental de todo bautizado en cuyo interior el Espíritu grita «Abbá, Padre». Porque todo bautizado en Cristo «ha revestido a Cristo» (cfr. Gal. 3,27). Es importante tenerlo presente porque, cuando hablamos de los fieles laicos o de espiritualidad laical, solemos enseguida pensar en un reducido núcleo de laicos privilegiados que pertenecen a movimientos, grupos o asociaciones, o casi exclusivamente en aquellos laicos que juegan un papel decisivo en la comunidad eclesial o en la civil; los que llamamos «laicos comprometidos». Y en verdad que tenemos urgente necesidad de pensar en su especial formación y espiritualidad. Pero cuando hablamos de «espiritualidad laical» (de «vida según el Espíritu») o de «cristianos pascuales» debemos pensar, quizás con más necesidad, en aquella multitud de bautizados —en quienes el Espíritu Santo plantó con el sacramento la semilla de la santidad— pero quizás no saben leer (no han tenido oportunidad de aprenderlo), no tienen posibilidad de contacto con un sacerdote, una religiosa o un catequista. Pienso en los campesinos, en los indígenas, en los pobres de todo tipo. ¿Cómo ayudarlos a que sean conscientemente «cristianos pascuales»? ¿Cómo hacer que la Eucaristía —que no pueden tener por largas semanas o meses— sea también para ellos «como la consumación de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos» (cfr. S. Tomás, 3, 73, 3c).

El tema de la espiritualidad laical, juntamente con el de la formación, ha sido uno de los temas más exigidos y presentes en el último Sínodo de los obispos;; exigidos, sobre todo, por los mismos cristianos laicos que participaron activamente en este grande acontecimiento eclesial. La idea central ha sido siempre «una eclesiología de comunión misionera». En la presentación de mis reflexiones deseo seguir el esquema de la Homilía del Santo Padre en la Misa de la clausura del Sínodo: Iglesia – Misterio, Iglesia – Comunión, Iglesia – Misión. Coincide substancialmente con el esquema de la Relación Final del Sínodo Extraordinario del 1985.

I.- Iglesia – Misterio

(Cristo – Bautismo – Santidad)

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn. 6,51).

¡La vida! El pan vivo, la vida para siempre, la vida del mundo… Cristo es la Vida (cfr. Jn. 14,6) y ha venido para eso: «para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn. 10,10). ¡Cómo resuenan estas palabras y esta promesa hoy, en nuestro continente marcado por la injusticia, la violencia y la muerte! ¡Cómo resuenan en el mundo entero tan martirizado por la cultura de la muerte! Queremos la vida en su integralidad, en su unidad, en su plenitud: vida corporal y espiritual, vida personal y comunitaria, vida del tiempo y la eternidad. Jesús es «el pan vivo».

Si queremos hablar de la «vida espiritual» del cristiano laico —como de todo cristiano— tenemos que comenzar necesariamente por Cristo que es «nuestra vida» (cfr. Col. 3,4) y por el Espíritu Santo que es «Señor y da la vida». El bautismo —por el agua y el Espíritu (cfr. Jn. 3,5)— nos introduce en la muerte y la resurrección de Cristo (cfr. Rom. 6, 3 sgs.); a partir de allí seremos los portadores de la fecundidad de la cruz y los testigos de la esperanza pascual. Entramos a formar parte de los hijos de Dios, de la familia del único Padre, de los verdaderos hermanos de Jesús y de los hombres, de los auténticos testigos de la vida y de la Pascua, testigos serenos y ardientes de cruz pascual, de fraternidad universal, de alegría en la esperanza.

Los Sacramentos de la iniciación cristiana —bautismo, confirmación, eucaristía— marcan esencialmente el itinerario espiritual del cristiano laico. Son sacramentos de una comunión cada vez más íntima y profunda con Dios (la Eucaristía es como la consumación de la vida espiritual), de progresiva configuración con Cristo. Comer el Cuerpo del Señor —nos enseña San Agustín— es dejarnos transformar por El; beber su Sangre es fortalecernos para el martirio. Nadie es verdaderamente cristiano sin esta disponibilidad para el martirio, porque nadie es cristiano si —por la carne y la sangre de Jesús, pan vivo bajado del cielo— no se deja transformar en «testigo fiel», capaz de «dar la vida por sus amigos».

Lo primero en el cristiano laico —lo subrayó fuertemente el último Sínodo— es su «ser mismo de cristiano», de creyente, de fiel, de discípulo del Señor. El acontecimiento esencial y primero —que lo marca con el sello de Cristo, sacerdote, rey y profeta, y lo hace miembro activo de la Iglesia, Pueblo de Dios— es el bautismo. El Bautismo lo ordena esencialmente a la Eucaristía. En tanto lo introduce en la comunión con Cristo, en cuanto lo destina, por la intención de la Iglesia, a la Eucaristía (Santo Tomás). El Bautismo es el principio y la fuente de la vida espiritual, exigencia constantemente renovada de santidad. La Eucaristía nutre y reaviva el deseo de santidad en el cristiano laico (como en todo cristiano) y le hace sentir esta doble responsabilidad y urgencia de su vida espiritual:

a) crecer cotidianamente en Cristo por la fe, la esperanza y la caridad (dejarse asimilar y transformar por Cristo); una fe que es fidelidad y compromiso, una esperanza que es confianza y camino, una caridad que es contemplación y servicio;

b) hacerse evangélicamente presente en las realidades cotidianas de su familia, su trabajo, su profesión, su responsabilidad social y política. Es allí donde debe vivir, con sencillez y alegría, su fidelidad de bautizado laico. La confirmación ha ahondado en él la comunión con Cristo y la responsabilidad de ser testigo de su resurrección en el mundo. La Eucaristía le dará fuerza y transparencia para ese testimonio. La Eucaristía —sacramento de la Nueva Alianza— hace particularmente presente y fecunda la gracia de otro Sacramento de Alianza que sella la mayoría de los cristianos laicos: el Sacramento del Matrimonio.

Ahondamos un poco más en algunos aspectos del cristiano laico, insertado en Cristo por el Bautismo y colocado por vocación divina en la inmediatez concreta de las realidades temporales: el discípulo, el testigo, el servidor. Todo desde la perspectiva de la Eucaristía.

El discípulo: «La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos» (Jn. 15,8). El Señor llama a los que El quiere, para que estén con él y para enviarlos a evangelizar (cfr. Mc. 3,13-15). Lo esencial en el discípulo es escuchar el llamado, acogerlo por la fe, seguirlo en la disponibilidad de la entrega. En la radicalidad de las «bienaventuranzas evangélicas»: ser pobre y misericordioso, tener hambre y sed de justicia, saber cargar cada día la cruz del Maestro y seguirlo, comprometerse a trabajar positivamente por la paz. El discípulo de Jesús entra a formar parte de «la escuela de los discípulos», que es la Iglesia. En la comunidad de los creyentes irá creciendo su fe, su plena adhesión a la doctrina de los apóstoles, su comunión en la fracción del pan y las oraciones (cfr. Hechos 2,42). En la comunidad de los creyentes —»un solo corazón y una sola alma»— irá también percibiendo las necesidades de los pobres y aprenderá a compartir sus bienes. «Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos… No había entre ellos ningún necesitado» (Hech. 4,32- 35). Recordará la recomendación de la comunidad apostólica a San Pablo: «Sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero» (Gal. 2,10). Esta condición de discípulo del cristiano laico exige en él una permanente y esencial relación a la Eucaristía. Deberá seguir al Maestro hasta la cruz; la Eucaristía es la memoria y permanente actualización de la cruz. Deberá escuchar las exigencias cotidianamente nuevas del Maestro; las entenderá, sobre todo, y las acogerá cuando la comunidad de los creyentes se reúna para celebrar la Eucaristía. En ese momento —si la celebración de la Eucaristía es verdadera (cfr. I Cor. 11)— sentirá también el sufrimiento de los hermanos (su pobreza y su miseria, su hambre verdadera de pan y de Dios, de libertad y de justicia, de amor y de paz); y sentirá en su corazón la voz del Señor que, por un lado lo robustece en la Eucaristía, y por otro le manda: «dadles vosotros de comer».

El testigo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hechos 1,8). En el itinerario espiritual del cristiano laico alcanza una importancia particular la Confirmación que lleva a madurez la gracia bautismal de la filiación adoptiva. Es el momento de la profecía, de la opción vocacional y de la gozosa disponibilidad para el martirio. Por un lado la confirmación ahonda la comunión con Dios iniciada en el bautismo y abre horizontes de mayor capacidad y disponibilidad a los discípulos de Jesús para comprender y acoger su palabra. Mayor capacidad para trasmitirla, como testigos, en la coherencia de su vida cotidiana, en sus gestos sencillos y en su palabra profética. La Eucaristía dará coraje sobrenatural —verdadera fortaleza del Espíritu Santo— para ser auténticos profetas de los tiempos nuevos. El mundo de hoy ya no aguanta «las palabras»; sólo acepta y agradece la Palabra de Dios que se hace carne en la vida del testigo («lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos»; I Jn. 1,1-3) o se hace gesto, silencio, sufrimiento o pasión del Espíritu en la palabra serena y ardiente del profeta. Un profeta no sólo dice palabras o hace gestos, un profeta sufre y muere. Por eso los profetas no se inventan ni se improvisan; sólo el Espíritu Santo los consagra y el Señor los alimenta con el doble pan de la vida. «El que venga a mí, no tendrá más hambre y el que crea en mí, no tendrá nunca sed… Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo» (Jn. 6, 35,51). Por eso es tan importante que los discípulos y los testigos participen activamente en la Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía. Es decir, que participen en la integralidad unitaria de la celebración eucarística: el Pan de la Palabra y del Cuerpo del Señor (cfr. Dei Verbum 21).

El servidor: «os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn. 13,15). Es muy significativo el hecho que San Juan —el Evangelista del mandamiento nuevo del amor— no relate la Institución de la Eucaristía, ni del sacerdocio. Pero nos ofrece el texto de la «oración sacerdotal» y nos describe minuciosamente el contexto de la Institución de la Eucaristía: es un contexto de amor («habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo, Jn. 13,1) y de servicio: «Vosotros me llamáis «el Maestro y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn. 13,14). Cada año la Liturgia nos hace revivir este gesto en la Misa de la Cena del Señor: lavar los pies a unos pobres, a unos ancianos, a unos jóvenes. También cada año se descubren «nuevos pobres» («pobres los tendréis siempre entre vosotros») y modos nuevos —más actuales y profundos— de ayudarlos. No se trata simplemente de «compadecerse de los pobres» o de solidarizarse con su miseria: lo esencial es ayudarlos a salir de su pobreza. «Cristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros a fin de enriquecernos con su pobreza» (2 Cor. 8,9). Cuando se habla del cristiano laico como «servidor» es necesario tener presente estas tres cosas:

— asimilarnos profundamente al «Siervo del Señor» que se anonadó desde la encarnación hasta la obediencia de muerte y muerte de cruz (Fil. 2,5 sgs.); el último grado de anonadamiento es la Eucaristía;

— la disponibilidad a dar la vida: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt. 20,28); el modo permanente para Jesús de dar la vida es la Eucaristía hasta que nos dé la vida plena en la visión;

— reproducir en nuestra vida la sencillez y pobreza de María, Madre de Jesús y Madre nuestra, «la humilde servidora del Señor». En Ella y con Ella celebramos cotidianamente la Eucaristía.

II.- Iglesia – Comunión

(Alianza, amor, unidad, reconciliación, paz)

«Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hech. 2,42).

«La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» ( I Cor. 10,16-17).

Hablar de espiritualidad laical es hablar esencialmente de caridad, de unidad, de comunión: con Dios y con los hombres, en el interior de la comunidad eclesial y de la sociedad civil. No podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestros hermanos con quienes convivimos (cfr. I Jn. 4,20). Celebrar la Eucaristía es celebrar la Alianza de Dios con el hombre por la sangre de Jesús, «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre» (I Cor. 11,25); cada Eucaristía es un ahondamiento en la comunión con Dios, iniciada en el bautismo, que tiende a la comunión definitiva y la anticipa. La gracia es «semilla de gloria»; la Eucaristía es el gozoso preludio de la unidad consumada con la Trinidad. Nuestro itinerario espiritual —camino sacramental de santidad— va de comunión en comunión, desde el bautismo a la eternidad: el centro de esta comunión, mientras vivimos, es la Eucaristía. Y el fruto esencial de la Eucaristía es «la unidad del Cuerpo Místico» de Jesús. En la Relación Final del Sínodo Extraordinario de 1985 leíamos: «¿Qué significa la compleja palabra «comunión»? Fundamentalmente se trata de la comunión con Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta comunión se tiene en la Palabra de Dios y en los Sacramentos. El bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión de la Iglesia; la Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. La comunión del Cuerpo eucarístico de Cristo significa y hace, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia». Solemos decir que la Iglesia hace (celebra) la Eucaristía y que la Eucaristía hace (realiza) la Iglesia.

El Sínodo sobre los laicos insistió mucho en una «eclesiología de comunión». Yo anoto: de «comunión misionera».

Esta idea de una «eclesiología de comunión» —que es esencial en los Documentos del Concilio Vaticano II, como lo recordó el último Sínodo Extraordinario— fue central en los trabajos del Sínodo sobre la vocación y misión de los laicos. Sólo al interior de una eclesiología de comunión se puede entender la identidad del cristiano laico, su camino de santidad, sus exigencias de participación en la misión evangelizadora de la Iglesia, su formación, su espiritualidad. En la Homilía de clausura del último Sínodo el Papa nos decía: «La Eucaristía es la fuente y el culmen, el signo y la realidad, la constatación y la profecía de esta portentosa comunión de consanguinidad en la vida del Resucitado. La comunión del Cuerpo eucarístico de Cristo —de hecho— significa y produce, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cfr. Lumen gentium, 10 y 16)».

Cuando relacionamos la Eucaristía con la comunión, en relación especial con la espiritualidad laical, queremos subrayar particularmente estos aspectos:

a) la Eucaristía celebra esencialmente la Alianza de amor de Dios con el hombre que da origen al nuevo Pueblo de Dios: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre» (I Cor. 11,25). Es la verdadera realización de la promesa: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer. 31,33); «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez. 36,28). Esta Nueva Alianza —asegurada por la Ley interior del Espíritu— compromete nuestra fidelidad: a Dios y a nuestros hermanos;

b) la Eucaristía hace la comunidad cristiana como una fraternidad evangélica: la hace crecer en el amor, mejor aún, la hace posible como comunidad de amor en el Espíritu. Cuando la celebración de la Eucaristía es auténtica —y en ella los fieles participan «consciente, activa y fructuosamente» (Sacrosanctum Concilium 11)— la comunidad cristiana crece viva y operante. El corazón de una comunidad cristiana —orante, fraterna, misionera, comprometida y servicial— es indudablemente la Eucaristía;

c) la Eucaristía pone al cristiano laico de cara a Dios, en actitud de humildad, de gratitud, de adoración. Todo para «gloria de la Trinidad». Pero, al mismo tiempo, lo compromete para introducir los frutos de la Eucaristía (unidad, reconciliación, paz) en el mundo. Todo para la salvación integral, para la liberación plena del hombre y de todos los hombres; la Eucaristía engendra necesariamente la solidariedad humana y de los pueblos;

d) la Eucaristía sensibiliza a toda la Iglesia ante la situación de pobreza y de toda clase de miseria material, moral y espiritual. En el último Sínodo dijeron los Obispos: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidariedad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios» (Mensaje, 4). En su última Encíclica el Papa ha vuelto a hablar sobre «la opción o amor preferencial por los pobres. Esta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia» (Sollicitudo rei socialis, 42).

e) No se puede celebrar la Eucaristía si no es desde un corazón abierto a la comunión fraterna. Una comunidad desunida o enfrentada no puede celebrar «dignamente» la Eucaristía. San Pablo reprueba a los cristianos que se reúnen sin compartir su pan con los que «pasan hambre», mientras ellos comen primero su propia cena y se embriagan: «eso ya no es comer la Cena del Señor… En eso no os alabo» (I Cor. 11,20). La Eucaristía supone una disponibilidad total para el perdón y la acogida, para el servicio y la donación. Esto nos lleva a pensar en un sacramento indispensable para la celebración de la Eucaristía y la construcción de la comunidad eclesial y humana: la Reconciliación o Penitencia. «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti; deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda» (Mt. 5,23-24).

f) Lo anterior nos lleva a otra exigencia de la Eucaristía en la vida espiritual del cristiano laico: vivir a fondo las bienaventuranzas evangélicas, ser principalmente operadores de paz, instrumentos de reconciliación en la verdad y la justicia, hombres nuevos —libres, fuertes, hermanos— comprometidos a transformar el mundo desde adentro: sencillamente, cotidianamente, como luz, sal y fermento; la comunión con Cristo nos hunde en la comunión misionera con el mundo y nos compromete a realizar (ese es el sentido más profundo de «la misión» del laico) la comunión de toda la humanidad con Dios;

g) la idea de comunión eclesial en la vida espiritual del laico nos sugiere otra exigencia de la Eucaristía: la inserción real y concreta de los diferentes grupos, movimientos, asociaciones, en la Iglesia local, en sus necesidades y proyectos pastorales. La parroquia, la diócesis, deben ser siempre los espacios normales de crecimiento espiritual y apostólico de los laicos en torno a la Palabra y la Eucaristía del Obispo. Ese es en definitiva, el misterio de la iglesia particular en el que se realiza la Iglesia universal, la única Iglesia de Cristo (cfr. Christus Dominus 11); el Sínodo ha insistido en el valor de la parroquia como espacio de formación y de crecimiento espiritual; pero ha subrayado la vitalidad misionera de las comunidades eclesiales de base como expresión y espacio privilegiado de comunión eclesial.

h) Finalmente me gusta recordar que la Eucaristía es «pan entregado y sangre derramada por nosotros». Es esencialmente la ofrenda de Cristo al Padre: «para eso vine al mundo», para que los hombres fueran reconciliados con el Padre por la sangre de la cruz. Pero la Eucaristía es, también esencialmente, «el pan vivo bajado del cielo, la propia carne de Jesús para la vida del mundo» (cfr. Jn. 5). En el relato de San Pablo —que es el testimonio más antiguo de la Institución de la Eucaristía— Jesús nos dice: «Este es mi Cuerpo que se da por vosotros…» «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre» (cfr. I Cor. 11, 23-26). El Evangelista San Lucas concreta algo más: «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros… Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc. 23, 19-20). «Cuerpo que se da o es entregado, sangre que es derramada» por nosotros. Eso explica todo el misterio de Jesús, su encarnación, su vida y predicación, sus milagros, su pasión y su muerte, su resurrección, su ascensión a los cielos, la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Jesús es esencialmente el don del Padre: «Dios amó tanto el mundo que dio a su Hijo…» La Eucaristía es el don de Jesús a la Iglesia y al mundo: «no hay amor más grande que dar la vida…» Cuando Jesús parte el pan a los discípulos de Emaús, ellos lo reconocen por el gesto: «este es Aquel que se da, el que se dio una vez para siempre».

La Eucaristía —que se hace en nosotros comunión con la Trinidad y con los hombres— cambia totalmente al hombre; cuando entra en el cuerpo del cristiano lo hace necesariamente «ofrenda» y «don». Ofrenda al Padre, don a los hombres. En la gran Noche de la Vigilia Pascual —donde hemos celebrado el Misterio Pascual de Jesús y su actualización en el Bautismo y la Eucaristía— la Liturgia termina con esta bellísima oración: «infunde en nosotros, oh Padre, el Espíritu de tu caridad, para que nutridos con los sacramentos pascuales vivamos concordes en el vínculo de tu amor» (Oración después de la Comunión). Es el único modo de transformar el mundo y de construir juntos la nueva civilización del amor.

III.- Iglesia – Misión

«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc. 16, 15).

«El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (Lc. 4,18).

Ambos textos nos ponen en urgencia misionera y nos explican el modo: consagrados por el Espíritu (en el bautismo y la confirmación), nutridos con el Cuerpo del Señor en la Eucaristía, salimos para anunciar a todos los hombres (especialmente a los pobres, a los ciegos, a los oprimidos) la Buena Nueva de Jesús, la Palabra de Dios hecha carne en el seno de María, el Salvador del mundo, el Señor de la historia. «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado… fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (I Cor. 1,23-24). Es toda la exigencia y el dinamismo de la «nueva evangelización».

En la Eucaristía hemos «comido al Crucificado» (sabiduría y fuerza de Dios); hemos celebrado comunitariamente el Misterio Pascual de Jesús, nos hemos comprometido a anunciar la muerte de Jesús, a proclamar su resurrección, en espera de su venida; hemos vuelto a ser misteriosamente ungidos por el Espíritu de Pentecostés —que brota del resucitado presente en la Eucaristía y que es Espíritu de comunión y de fortaleza, de presencia y de servicio, de testimonio y de profecía— y ahora nos volvemos a poner en camino: en la monotonía del camino cotidiano, en la sacralidad del trabajo y del sufrimiento cotidiano, en la alegría del encuentro y del servicio cotidiano, en la serena e inquebrantable esperanza de la vuelta del Señor. La Eucaristía nos ha hecho fuertes para el camino, para dar sentido de eternidad a todo lo que hacemos y decimos, para seguir «haciendo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre» (Col. 3,17), mientras seguimos comprometidamente «aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador Nuestro Jesucristo» (Tito 2,13). La Eucaristía nos hace presente la eternidad (vivimos anticipadamente la escatología) y al mismo tiempo impide que nos evadamos del tiempo y de la historia.

La Eucaristía que hemos celebrado es «para la vida del mundo»; de ese mundo, herido por el pecado pero ya redimido en esperanza, que debe ser definitivamente transformado en Cristo (cfr. Rom. 8,18 sgs). La Eucaristía continúa en la coherencia de nuestra vida, en el compromiso concreto de nuestra fe, en la concretez de nuestra caridad. «Como yo lo he hecho, hacedlo también vosotros». Introduce en la historia de los hombres el fermento del amor y echa fuera la violencia.

La Eucaristía —pan vivo para la vida del mundo— nos pone en esencial y constante actitud misionera: ir, entrar en el mundo, cambiarlo. Toda la Iglesia, por el misterio de la Encarnación del Verbo, «posee una auténtica dimensión secular», recordaba el Papa al cerrar el último Sínodo citando una famosa frase de Pablo VI. Pero añadía enseguida: «La realización de esta dimensión secular, de por sí común a todos los bautizados, tiene una forma peculiar de actuación en el fiel laico. El Concilio la llamó «índole secular». Y nos decía esta frase tan significativa y comprometedora: «He aquí, entonces, al fiel laico lanzado hacia las fronteras de la historia: la familia, la cultura, el mundo del trabajo, los bienes económicos, la política, la ciencia, la técnica, la comunicación social…» etc. Es el mundo de las realidades temporales donde el cristiano laico vive cotidianamente su vocación a la santidad y busca transformar la historia.

Quiero sencillamente señalar tres cosas:

a) en la Eucaristía celebramos «el sacrificio» de Jesús, hacemos «memoria de su muerte». Esto nos impulsa a asumir nuestro propio sufrimiento y nuestra cruz, a hacernos profundamente solidarios con los sufrimientos, la cruz y la muerte de nuestros hermanos. Prolongamos los frutos de la Eucaristía y preparamos la ofrenda victimal para la próxima Eucaristía. Todo en un clima de pascua, es decir, de serenidad, de alegría y de esperanza. En cada Eucaristía ofrecemos el pan y el vino, frutos de la tierra y de la vid, pero frutos también del trabajo de los hombres; es toda la creación —la humanidad entera— que se ofrece al Padre;

b) en la Eucaristía celebramos «la presencia»de Jesús:

Jesús se hace real y corporalmente presente en la Eucaristía y permanece allí mientras duren las especies del pan y del vino. Jesús está allí. Es un modo sacramental y único de estar presente. Esto nos lleva a recordar dos exigencias:

— exigencia de adoración: como modo privilegiado de oración contemplativa; es un momento en que acogemos al Señor «en nuestra propia casa» ( cfr. Lc. 10,34); asimilamos en silencio su palabra y nos entregamos como ofrenda total y como don gozoso. De un momento de adoración, prolongado y silencioso, se sale más fuerte, más sereno, más comprometido; lástima que se haya perdido un poco el sentido de la adoración eucarística; quizás porque se lo consideró demasiado un momento intimista y desprendido de la realidad trágica y urgente de la historia;

— exigencia de «buscar y descubrir» al Señor. El encuentro con el Señor en la Eucaristía se realiza en la pura fe: «creo, Señor, pero aumenta mi fe». Esa misma fe nos lleva a descubrir otras presencias del Señor —reales, también, aunque no sacramentales— que comprometen nuestra vida, nuestro trabajo apostólico, nuestra madurez cristiana en la caridad. No me refiero ahora a las distintas presencias del Señor en la Liturgia (cfr. Sacrosanctum Concilium, 7), que retoma y describe maravillosamente Paolo VI en la «Mysterium Fidei» (cfr. M.F., Enchiridion Vaticanum, II, nn.421-424). Me refiero a otros tipos de presencia del Señor que el fiel laico descubre (o debe descubrir) desde la fe:

  • la presencia del Señor en su familia, en su trabajo, en su profesión. «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18,20). «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt. 28,20);
  • la presencia del Señor en los acontecimientos de la historia, aún los más humanamente contradictorios y absurdos; «Soy yo, no tengáis miedo» (Jn. 6,20);
  • la presencia del Señor en los pobres, en los enfermos, en los necesitados: «Cuánto hicisteis con uno de estos hermanos míos, más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt. 28,40).

c) en la Eucaristía celebramos «el sacramento» —signo y presencia real— del Resucitado. De allí parte la energía para una «nueva evangelización», hecha de una lectura evangélica de la historia, de una experiencia más profunda de Jesucristo, muerto y resucitado, de una pasión más ardiente del Espíritu de Pentecostés. Allí se contempla y adora la presencia del Cristo «anonadado» (encarnación, vida entregada, cruz, muerte , resurrección) y se toman fuerzas para asumir el sufrimiento de los hombres e introducir en ellos dinamismo de esperanza y de resurrección. Además «el sacramento» —presencia real, corporal y sustancial de Cristo entre nosotros— nos invita al cambio interior y produce en quienes lo recibimos una real «transformación»; sucede como con el pan y el vino de la consagración: quedan las «apariencias», pero la realidad es Cristo (también en nosotros, la Eucaristía no quita nuestra apariencia humana, pero la realidad substancial es Cristo).

Conclusión

«Señor, danos siempre de ese pan» (Jn. 6,34). Es el grito de los hombres, de la Iglesia, de los cristianos laicos.

«Pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo», la Eucaristía introduce profundamente en nosotros a Cristo, «nuestra Vida», y obra la plena comunión con Dios a la que fuimos llamados; pero para que, transformados en Cristo, seamos portadores de la Vida de Cristo al mundo.

«Cuerpo entregado, sangre derramada», la Eucaristía nos hunde en el misterio de la Nueva Alianza —de la perfecta e indestructible comunión con la Trinidad— que hace cotidianamente a la Iglesia como «comunión misionera» (es decir: como comunión de hermanos, en el Hijo por el Espíritu Santo), la introduce en lo cotidiano de la historia para preparar «los cielos nuevos y la tierra nueva donde habitará la justicia». En esta irrompible comunión de amor —»un solo corazón y una sola alma», porque «todos hemos participado de un mismo pan»— cada uno experimenta la irresistible necesidad de hacer de su vida una ofrenda radical a Dios y un don gozoso a sus hermanos.

«Anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva». Comer el Cuerpo del Señor —celebrar auténticamente la Eucaristía— es comprometer y hacer segura nuestra profecía de esperanza. El Papa nos urge a una «nueva evangelización»; el mundo espera verdaderos profetas y testigos, comunidades auténticas de discípulos de Jesús (que conviven comunitariamente con El y evangelizan); espera una «Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres» (Med. 5, 15). Hace 20 años la Iglesia en América Latina se comprometió así con el Señor. Lo reiteró después en Puebla, de una forma más orgánica y profunda. Y por eso comenzó a sentirse una Iglesia viva, operante, creíble. La Iglesia de la Pascua (anonadada, pobre y perseguida, pero llena de esperanza): la Iglesia del Espíritu de Pentecostés, la Iglesia de la Eucaristía, la Iglesia de Maria. En Ella —que nos dio la carne y la sangre de la Eucaristía— ponemos nuestra confianza y comprometemos nuestra disponibilidad. «Ave verum corpus natum de Maria Virgine».

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