Identidad del laico


Palabras pronunciadas por el Cardenal Pironio en la apertura del Primer Encuentro de Laicos Centroamericanos, en San José de Costa Rica el 20 de julio de 1984.

Quisiera ofrecerles una sencilla reflexión sobre la identidad del laico, su compromiso apostólico en la Iglesia y en el mundo de hoy. Una sencilla reflexión que quiero hacerla muy fraternalmente desde el corazón de la Palabra de Dios. Por eso, si ustedes me lo permiten, yo quisiera leerles dos textos de la Sagrada Escritura que conocen perfectamente pero que hoy los escuchamos jun tos como una invitación a nuestro compromiso.

a) 1 Cor. 12,4-7; 12-13; 27

        El primero es de San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, capítulo 12, versículos 4 al 7, versículos 12-13 y 27. Pablo dice (yo no voy a comentarlo, simplemente lo leo porque todos lo conocemos bien): “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo. Diversidad de ministerios pero el Señor es el mismo. Diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común”. Pablo termina diciendo: “vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno por su parte”.

        Yo creo que cada uno de nosotros reconocemos nuestra identidad desde la fidelidad a una vocación y a una misión específica dentro de la común vocación y misión de la misma Iglesia. La Iglesia no tiene otra misión que la de Cristo, que es anunciar la llegada del Reino, provocar la conversión de los corazones y la adhesión de la fe. Cada uno de nosotros la realiza desde su vocación específica: el obispo, el sacerdote, el religioso, la religiosa, el laico. Desde su identidad particular, como miembro del Pueblo de Dios, que vive en el mundo y transforma el mundo desde adentro, como fermento. “Pero todos formamos el mismo Pueblo de Dios, el mismo Cuerpo de Cristo, el mismo templo del Espíritu”.

b) I Pe. 2,4-5; 9-10

        El otro texto es el de la Primera Carta de San Pedro, capítulo 2, versículos 4 y 5,9 y 10. Texto que conocemos también muy bien, pero que es bueno que hoy lo acojamos juntos. “Acercándonos a Él –Cristo– Piedra Viva desechada por los hombres pero elegida, preciosa ante Dios. También vosotros, como piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz. Vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois el Pueblo de Dios”. Quiero insistir, con respecto a este texto, en tres cosas muy simples. Primero, que hay que acercarse a Cristo que es Piedra Viva. Es todo el compromiso de una renovación interior, profunda, en Cristo que hace que el laico sea “testigo de la Iglesia en el corazón del mundo, testigo del mundo en el corazón de la Iglesia”, como lo define admirablemente el Documento de Puebla (786). Que hace que el laico sea una presencia de Cristo, pero insertado profundamente en las estructuras temporales según Dios. “Acercándonos a Cristo que es la Piedra Viva”.

        En segundo lugar, San Pedro dice “vosotros, como piedras vivas”. O sea, vosotros ahora tenéis que vivir vuestra vocación, pero con el dinamismo de la fe, de la esperanza, de la caridad. Con el dinamismo que os infunde el Espíritu Santo a través de sus dones. Ser piedras vivas. Nos preguntamos, entonces, si realmente somos piedras vivas. Sí somos piedras vivas porque Cristo, que es nuestra Vida, vive en nosotros. Sí somos piedras vivas porque vivimos la comunión fraterna. Sí somos piedras vivas porque nuestra vida la comunicamos, la transmitimos. No somos testigos de una cultura de muerte, somos constructores de una civilización de la vida como decía el Papa en el Jubileo de los jóvenes. Somos anunciadores de la vida y comunicadores de la vida. “Vosotros, como piedras vivas”.

        La tercera idea de este texto de San Pedro nos presenta un pueblo que anuncia a los demás las maravillas de Dios. Es el compromiso evangelizador. Todo laico está llamado a evangelizar a través del testimonio personal, del testimonio comunitario, a través del compromiso con la propia profesión, con la propia familia, con la propia actividad.

        A la luz de estos dos textos yo quiero proponerles la identidad del laico en la Iglesia y en el mundo de hoy desde estas tres perspectivas. Las enumero tan sólo, pues ustedes las conocen suficientemente.

I.  “Ser en Cristo”

        Primera perspectiva: la perspectiva sacramental cristiana. El laico es Cristo. El Concilio recoge las palabras de San Agustín: “para vosotros soy el Obispo, con vosotros soy el cristiano”. Todo cristiano es Cristo. Todo cristiano puede repetir con verdad aquella afirmación de San Pablo, que no es una experiencia mística, sino una elemental experiencia cristiana. “Estoy crucificado con Cristo, por eso vivo, pero no soy yo el que vive, sino Cristo que vive en mí”. ¡Identidad sacramental cristiana! Nuestro ser en Cristo comienza siendo una participación en el Cristo sacerdote, en el Cristo profeta, en el Cristo Rey. Por medio del Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, la Reconciliación, el Matrimonio, es decir, por medio de los Sacramentos que van haciendo crecer esta vida de Cristo en nosotros, nuestro ser en Cristo. ¿Qué es un laico? Es Cristo que prolonga su misión, su presencia, su vida en el interior de las estructuras humanas, temporales. Nuestro ser en Cristo que nos hace pensar que la palabra que decimos no es nuestra, sino de Aquel que nos llamó y nos envía. “Como el Padre me amó, yo los he amado a ustedes; como el Padre me envió, yo los he enviado a ustedes”. Nuestro ser en Cristo supone una permanente referencia a Cristo. No podemos hablar de un laico constructor de un mundo nuevo, de una civilización del amor, si no es partiendo de esta cotidiana experiencia evangélica del Cristo que vive, que crece, que se manifiesta, que salva, en definitiva, que libera en nosotros y por medio de nosotros. “Nuestro vivir es Cristo”.

II.  “Ser en la Iglesia” y “ser Iglesia”

        La segunda perspectiva de nuestra identidad es la perspectiva eclesial. Nuestro ser Iglesia y ser en la Iglesia.

        Nuestro ser Iglesia: lo proclamamos constantemente, y los laicos tienen derecho a esta reafirmación que el Concilio Vaticano II nos ha manifestado muy claramente. Nosotros no sólo pertenecemos o seguimos a la Iglesia. Nosotros somos Iglesia. Toda la Iglesia es Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Esta Iglesia es esencialmente comunión. La define así el Concilio Vaticano II: “comunión de los hombres entre sí, comunión de los hombres con Dios”. Esta Iglesia es esencialmente “Sacramento universal de Salvación”. Es decir: manifestación y comunicación de un Dios que ama y por eso salva. Sacramento universal de Salvación significa sentirnos enviados por Cristo para salvar, para transformar las estructuras temporales.

        Pero nuestro “ser Iglesia”, supone “ser en la Iglesia”, en comunión profunda con los Pastores, siguiendo su magisterio, empezando por el del Papa, Pastor de los Pastores. Por eso estos días intentaremos hacer como una relectura de los diversos mensajes que el Papa fue dando en su viaje apostólico a Centroamérica. Mensajes que, en definitiva, como él mismo lo dice desde el principio, constituyen un único mensaje, pronunciado en distintos lugares, en diferentes países, dirigiéndose a distintos sectores y vocaciones en la Iglesia, pero tienen una unidad global irrompible.

        Ser en la Iglesia con los demás, con los sacerdotes, con los otros laicos, miembros del Pueblo de Dios, pertenezcan a otras asociaciones, o simplemente sean laicos que viven su esperanza cristiana en el mundo sin pertenecer a ningún organismo determinado.

        Es muy importante este “ser en la Iglesia” y “ser Iglesia”, porque a mí me parece que el núcleo central del mensaje del Papa en su viaje a Centroamérica, se puede reducir a esto: verdad, unidad, construcción de un mundo nuevo en la civilización del amor. Verdad, o sea claridad en nuestra irrompible fidelidad a Cristo. Unidad, comunión en el interior de la Iglesia para la unidad de los pueblos. Compromiso en la construcción de un mundo más justo, más fraterno, más humano.

III.  “Ser en el mundo”

        La tercera perspectiva es la identidad secular. “En el mundo”, pero “sin ser del mundo”. O, como decía antes con la expresión de Puebla, ser “hombres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia”.

        ¿Qué supone esta identidad secular? Supone vivir la propia secularidad sin clericalismos ni secularismos. Sin clericalismos: el laico no es un cristiano de segundo orden que simplemente sirve en la liturgia o se refugia en los círculos intraeclesiales. Un laico es el hombre que vive comprometido con su familia, con su profesión, con la realidad histórica, cultural, social, económica, política. Es un hombre que siente la alegría de su vocación de laico, de estar en el mundo. Que no está allí porque no pudo ser sacerdote ni religioso. Está allí porque nació para ello. Está allí porque Dios lo hizo venir al mundo en un determinado momento de la historia y en un determinado contexto geográfico. Lo hizo nacer para ser laico, es decir, para ser una presencia específica de Cristo hoy y en este mundo concreto de Centroamérica. Ninguno de ustedes puede decir: ¡qué pena, si hubiese tenido más capacidad, hubiese sido sacerdote, hubiese sido religioso o religiosa! No. El Señor te ha hecho nacer y te ha sellado con el bautismo para que seas cristiano en esta Centroamérica de hoy, tan agitada y tan llena de esperanza y allí anuncies las maravillas de Aquel que te hizo pasar del reino de las tinieblas a su admirable luz.

        Vivir la secularidad sin clericalismos. Pero también sin secularismos. Es el otro extremo: la pérdida de nuestro ser en Cristo, de nuestro ser en la Iglesia; el vaciamiento de nuestra fe y del Evangelio. Por eso esta triple identidad que yo quiero presentarles no es una identidad fragmentaria. Las tres dimensiones se dan juntas, es decir, nuestro ser en Cristo, nuestro ser Iglesia y ser en la Iglesia, y nuestro estar en el mundo, constituyen una sola identidad esencial del laico.

        No quiero entretenerme más porque esto ya pasa de “palabras introductorias”. Pero quiero insistirles que vivan la propia secularidad, que construyan el Reino de Dios en su dimensión temporal, que santifiquen el mundo desde adentro a modo de fermento. Para eso, que vivan profundamente en Cristo y sean plenamente Iglesia.

Conclusión

        Quiero concluir con esta expresión del Concilio que ustedes conocen muy bien. “Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y un signo del Dios vivo” (L.G. 38). Yo les pediría con toda el alma que sean testigos de la resurrección del Señor y signos de un Dios vivo. Por consiguiente, testigos desde la cruz, pero siempre testigos de esperanza.

        Encomendamos este encuentro a la protección de María, Nuestra Madre. Lo dijo ya quien abrió con hermosas palabras nuestro encuentro. Nos encomendamos a María, aquí de un modo especial a Nuestra Señora de los Ángeles en cuyo Santuario celebramos el último día. Que sea un encuentro verdaderamente en el Espíritu de Cristo, es decir, un encuentro de oración, de fraternidad evangélica, de compromiso auténtico en lo que el Papa llama una nueva civilización de la verdad y del amor.

        Yo termino. Pero no me resisto a la tentación de leer, en la apertura de este primer encuentro de laicos centroamericanos, lo que el Santo Padre recomendaba en Haití a todos los Obispos de América Latina como uno de los “presupuestos fundamentales para la nueva evangelización”: “No solamente la carencia de sacerdotes, sino también y sobre todo la autocomprensión de la Iglesia en América Latina, a la luz del Vaticano II y de Puebla, hablan con fuerza sobre el lugar de los laicos en la Iglesia y en la sociedad. El aproximarse el 500 aniversario de vuestra evangelización debe encontrar a los obispos, juntamente con sus Iglesias, empeñados en formar un número creciente de laicos prontos a colaborar eficazmente en la obra evangelizadora”.

        Con esta clara exhortación del Papa y frente al desafío de esta hora centroamericana nos entregamos generosos a nuestro trabajo. Nos ilumina el Espíritu, nos acompaña María y llena de entusiasmo fraternal el Dios de la consolación y la esperanza.

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