Espiritualidad sacerdotal

Introducción

            1. No hay más que una espiritualidad cristiana, la de realizar plenamente el Evangelio. Ello nos irá dando una progresiva transformación en Cristo por la acción santificadora del Espíritu.

            No hay más que una sola vocación definitiva: la de ser santos. “Nos eligió en Él para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia” (Ef 14). “La voluntad de Dios es que sean santos… Dios nos llamó a la santidad” (1 Tes 4,3-7). “Así como Aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta” (1 Pe 1,15).

            La espiritualidad cristiana arranca del Bautismo, supone el ahondamiento cotidiano de la gracia de adopción filial y desemboca en la perfecta similitud con Cristo en la gloria. Pero es fundamentalmente la acción del Espíritu Santo que va grabando en nosotros la imagen de Cristo “primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29). La santidad es más tarea de Dios que del esfuerzo del hombre. Dios es el que produce en nosotros “el querer y el hacer para cumplir su designio de amor” (Flp 2,13).

            Realizar la santidad -tender a la perfección por los caminos de la espiritualidad evangélica- es vivir en la sencillez de lo cotidiano la fe, la esperanza y la caridad. Ahí está todo. En definitiva los santos serán los que “han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en Nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia” (1 Tes 1,3).

            Al cristiano se el exige fidelidad al Evangelio. Es decir, que viva a fondo el espíritu de las Bienaventuranzas (Mt 5,3 ss). Que ame a Dios con todo su corazón y al prójimo como a sí mismo (Mt 22,34 ss). Que esté siempre alegre y ore sin interrupción (1 Tes 5,16-17). Ser verdaderamente pobre, amar la cruz y saborear el silencio de la oración, es válido para todo el mundo.

            2. Pero es cierto que el sacerdote tiene un modo específico (también un camino propio) de tender a la santidad. El mismo ejercicio del ministerio sacerdotal es esencialmente santificador. “Los presbíteros conseguirán propiamente la santidad ejerciendo sincera e infatigablemente en el Espíritu de Cristo su triple función” (PO 13).

            La particular configuración con Cristo Sacerdote le impone una manera nueva (también una exigencia nueva) de ser santo. Especialmente consagrado por el Espíritu Santo el sacerdote expresa a Cristo -lo contiene y comunica- con características propias.

            Es válido para todo bautizado el grito de San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2,20). Pero el sacerdote lo realiza con particular intensidad. También son válidas para todo cristiano las palabras del Apóstol: “Evidentemente ustedes son una carta de Cristo” (2 Co 3,3). Pero el sacerdote lo es de un modo único y original.

            El sacerdote dice una relación especial con Cristo como “imagen del Dios invisible”, como “Servidor de Yavé”, como “Buen Pastor”. Eso nos marcará tres líneas fundamentales de nuestra espiritualidad sacerdotal:

            * el sacerdote como “misterio de amor”;

            * el sacerdote “servidor de Cristo para los hombres”;

            * “la caridad pastoral”: centro y alma de nuestra espiritualidad.

3. Lo específico de la espiritualidad sacerdotal deriva de que el sacerdote es el hombre consagrado por el Espíritu Santo para hacer y presidir la comunión en la Iglesia. Es el instrumento del Espíritu, “principio de unidad en la comunión”.

            Ello exige una particular comunión con el Obispo, de cuya consagración y misión participa. La espiritualidad sacerdotal -como toda la Teología del presbítero- está en vinculación muy estrecha con la Teología y la espiritualidad del Obispo.

            Sobre todo, exige una comunión muy honda con Cristo Sacerdote y Cabeza, con el Misterio Pascual de su muerte y su resurrección. La espiritualidad del sacerdote es, de un modo especial, la del testigo de la Pascua. Por eso supone la cruz, la alegría y la esperanza. Por eso, también, la permanente comunicación del Espíritu de Pentecostés.

I. Fieles al evangelio

4. Lo primero que nos pide el Evangelio es que seamos verdaderamente pobres. Con la radical pobreza de Nuestra Señora.

Sólo así conseguiremos comprender las exigencias absolutas del Evangelio (porque el Evangelio es revelado solamente a los sencillos: Mt 11,25-27) y nos animaremos a comprometer definitivamente nuestra fidelidad. De la pobreza surge la confianza (“para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible” Mt 19,26). Y la confianza engendra la completa disponibilidad (Lc 1,38).

Hemos complicado mucho las cosas. Ya no entendemos exigencias tan claras como estas: “sean perfectos como es perfecto en Padre que está en el cielo” (Mt 5,48). “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz cada día y que me siga” (Lc 9, 23-24). “Si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo” (Mc 9,47). O si las entendemos, nos parecen que son cosas irrealizables en el mundo secularizado en que vivimos. Se nos contagia la angustia y el escándalo de los discípulos: “¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6,60)

En concreto podemos preguntarnos: ¿sigue siendo válido que el sacerdote es “el hombre de Dios”? ¿Qué sentido tiene su irrenunciable vocación a la santidad? ¿Cómo hablar de silencio y de oración, de anonadamiento y de cruz, de obediencia y de virginidad? Si estas cosas perdieron su sentido ya no vale nuestra vida consagrada y es absurdo nuestro oscuro ministerio.

Pero hemos de ubicarnos en una perspectiva esencialmente distinta: la perspectiva única de la fe y de la totalidad del Evangelio. No podemos reducir el Evangelio a ciertas cosas, o interpretarlo desde las cambiantes circunstancias de la historia. Al contrario: es la luz del Evangelio la que debe penetrar en los signos actuales de los tiempos.

5. El llamado de Cristo es absoluto: “Vende todo lo que tienes, ven y sígueme” (Mt 19,21). Exige siempre una respuesta total y definitiva: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9,62). Los apóstoles tienen conciencia de lo absoluto del llamado y la respuesta: “Nosotros lo hemos dejado todo” (Mt 19,27).

En la vocación del sacerdote -como en la de los Apóstoles- se da siempre el carácter absoluto de la vocación de Abraham: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1).

Sólo en la plenitud de la fe -la misma fe que hizo feliz a María (Lc 1,45) – puede captarse lo absoluto del llamado y entrenarse en la obediencia sin preguntar demasiado: “Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba” (Hb 11,8).

            6. Los sacerdotes hemos de ser verdaderamente pobres. Saber que el momento que nos toca vivir es muy difícil. Se nos pide todo. Pero Dios obra maravillas en las almas pobres.

            Antes los hombres nos miraban con veneración y con respeto. Hoy nos miran con indiferencia o con lástima. Antes lo esperaban todo de nosotros. Hoy no les interesa el Cristo que les ofrecemos. Surge entonces la peligrosa tentación de “falsificar la Palabra de Dios” (2 Co 4,1), de asimilarnos a la inestabilidad de su mundo (Rm 12,2) o de presentarles un Cristo demasiado humano (Ef 4,20): “No es este el Cristo que ustedes han aprendido”.

            No es ese el camino para salvar al hombre. Ni siquiera es el modo de llenar sus aspiraciones más profundas. En el fondo, el mundo espera de nosotros que seamos fieles a nuestra original vocación de testigos de lo Absoluto. Que no desfiguremos “el lenguaje de la cruz” (1 Co 17,25).

            Que manifestemos a Dios en la totalidad de nuestra vida. Que enseñemos a los hombres cómo es aún posible la alegría y la esperanza, la fidelidad a la palabra empeñada, la inmolación cotidiana a la voluntad del Padre y la donación generosa a los hermanos. Es decir, que les mostremos cómo para ganar la vida hay que perderla (Mt 16,25), cómo para comprar el Reino hay que venderlo todo (Mt 13,44-46), cómo para ser fecundo hay que enterrarse (Jn 12,24), cómo para entrar en la gloria hay que saborear la cruz (Lc 24,26), cómo para amar de veras hay que aprender a dar la vida por los amigos (Jn 15,13).

            No tiene sentido nuestra existencia sacerdotal sin una completa fidelidad al Evangelio. Lo cual implica silencio y soledad, anonadamiento y cruz, servicio y donación. Implica el heroísmo de dar cotidianamente la vida. Es relativamente fácil, quizás, darla en un solo momento solemne de nuestra existencia. Es más difícil consumirla en lo sencillo, en lo oculto, en la monotonía de lo diario.

            7. Ser fieles al Evangelio implica esencialmente vivir y comunicar la alegría profunda del Misterio Pascual. Allí se centra el ministerio y vida de los presbíteros. Lo anuncian con la Palabra, lo realizan en la Eucaristía, lo expresan en la totalidad de su existencia. El sacerdote es el hombre del Misterio Pascual.

            Es el testigo de la Resurrección del Señor. Con todo lo que supone de cruz y de esperanza, de desprendimiento y pobreza, de anonadamiento y de muerte, de donación y de servicio, de exaltación, de fecundidad y de vida. Con todo lo que la Pascua implica de serenidad interior, de coraje y de luz. Porque la Pascua adquiere su plenitud en Pentecostés donde se nos comunica la paz, la fortaleza y la claridad del Espíritu.

            Hemos de ser fieles al Evangelio. Todo sacerdote, como Pablo, es “servidor de Jesucristo, llamado para ser apóstol, y elegido para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1,1).

            Esta fidelidad -hoy tan dolorosamente sacudida- nos está pidiendo a los sacerdotes esta fundamental actitud de la Virgen, Nuestra Señora: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28).

Ahí está todo: entregarnos con generosidad a la totalidad absoluta del Evangelio.

No sólo en parte. Recibir en la pobreza, rumiar en el silencio, realizar en la disponibilidad, la Palabra que nos ha sido dicha. Esa misma Palabra que los hombres esperan, para ser salvos, de nuestros labios de profetas, de nuestro corazón de testigos.

Dicho de otro modo más sencillo: los hombres quieren ver a Jesús en el sacerdote (Jn 12,21). Porque, en el fondo, el clamor es siempre el mismo: “Muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn 14,8).

II. Consagrados por el Espíritu

            8. Recibimos en la ordenación sacerdotal el “Espíritu de santidad”. Espíritu de Luz, de Fortaleza y de Amor. Espíritu de la profecía y del testimonio. Espíritu de la Pascua. Espíritu de la alegría, la paz y la esperanza. Fuimos consagrados por el Espíritu del Señor para hacer la comunión entre los hombres (Is 42,1; 61,1). La vida y el ministerio del sacerdote sólo tienen sentido desde una particular “consagración” y “conducción” del Espíritu como en Cristo.

            Cristo ha sido ungido sacerdote, en el seno virginal de Nuestra Señora, por el Espíritu Santo (Lc 1,35). El Espíritu lo consagró para llevar al Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la liberación y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos (Is 61,1-2; Lc 4,18-20). En la vida y en el ministerio de Cristo, todo ocurre bajo la conducción del Espíritu (Lc 4,1). Sobre todo, ocurre “por obra del Espíritu Santo” el Misterio Pascual de una sangre que se ofrece a Dios para purificarnos y darnos nueva vida (Hb 9,14).

            Si hemos de ser fieles al Evangelio -para descubrir las líneas fundamentales de una auténtica espiritualidad sacerdotal- hemos de esforzarnos por entender también las exigencias nuevas de la Iglesia y las actuales expectativas de los hombres. Siempre es el mismo Espíritu del Señor Jesús el que recrea constantemente a la Iglesia y nos habla a través de los signos de los tiempos. Por eso hay un modo nuevo de expresar a Cristo ante los hombres.

            Pero lo fundamental para el sacerdote es que lo exprese. Que sea verdaderamente Cristo para la gloria del Padre y la redención de los hombres. En cierto sentido el misterio de cada sacerdote “es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria” (Col 1,27).

            9. No tiene sentido nuestra vida sino en esencial relación con la consagración y misión de Cristo. Aquel, “a quien el Padre santificó y envió al mundo” (Jn 10,36), es el que nos eligió a nosotros (Jn 15,16), nos hizo partícipes de la unción del Espíritu y nos envió a los hombres: “Como Tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo” (Jn 17,18).

            El mundo trae sus problemas. Tiene sus riquezas y sus riesgos. Lo sabe Cristo, quien previene a sus enviados: “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: “el servidor no es más grande que su Señor” (Jn 15,18-20).

            Por eso Cristo le pide al Padre que no los saque del mundo, sino que los preserve del Maligno. Sobre todo, que los consagre en la verdad (Jn 17,15-17). La fidelidad a la Palabra es la verdad. Toda consagración exige separación, dedicación exclusiva, sacrificio.

El sacerdote está ubicado en el mundo. Lo ama y lo padece. Lo entiende, lo asume y lo redime. Pero su corazón está segregado y consagrado totalmente a Dios por el Espíritu. Su misión está dentro de los hombres y no fuera: “ustedes son la sal de la tierra, la luz del mundo” (Mt 5,13-14).

Pero sólo será auténtico testigo de la Pascua si es ungido por “la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8). Ni la palabra del sacerdote será fuego, ni su presencia claridad de Dios, ni sus gestos comunicadores de esperanza, si el Espíritu no lo cambia interiormente en Jesucristo.

10. Lo esencial está aquí: “Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza” (PO 2).

La consagración del Espíritu nos marca de un modo definitivo. Nos cambia radicalmente en Cristo, dejándonos sin embargo la experiencia de lo frágil y la posibilidad misma del pecado (Hb 5,2-3). El Espíritu nos da la seguridad, pero nos deja la sensación serena de lo pequeño y de lo pobre. Nos ilumina interiormente, pero nos impone la búsqueda, el estudio y la consulta. Nos robustece con su potencia sobrehumana, pero nos hace sentir la necesidad constante de los otros.

La unción del Espíritu Santo nos configura con Cristo Sacerdote. Nos da capacidad para obrar en nombre de Cristo Cabeza.

11. Todo lo de Cristo -santificado por el Espíritu- nos resulta modelo o tipo sacerdotal. Pero hay tres cosas que debemos señalar con preferencia:

-lo absoluto del sacerdocio de Cristo; es decir, el carácter radical de sus relaciones con el Padre.

            Cristo vino para llamar a los pecadores (Mt 9,13), para buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15,24), para que el mundo se salve por él (Jn 3,17). Por eso multiplica el pan, cura a los enfermos, resucita a los muertos. Es decir, a Cristo le interesa el hombre y sus problemas, su felicidad y liberación definitiva.

            Pero, fundamentalmente, a Cristo le interesa el Padre: su gloria y su voluntad. Cristo se mueve sólo en el línea de Aquel que lo ha enviado. Por eso rehuye el liderazgo político (Jn 6,15; 18,36) o el arbitraje puramente humano (Lc 12,13-14).

            La esfera de Cristo es exclusivamente la del Padre. De aquí la importancia esencial del silencio, la soledad y la oración. De aquí la libertad frente a los poderes temporales o a la interpretación injusta de sus actitudes. De aquí el valor absoluto de su cruz y de su muerte: “Para que conozca el mundo que yo amo al Padre” (Jn 14,31);

-la universalidad del amor de Cristo. Siente preferencia por los pobres, los enfermos, los

pecadores. Pero su amor no es exclusivo. Come también con los ricos, como Zaqueo o Simón; conversa con los intelectuales, como Nicodemo; ama con predilección a Juan (Jn 13,23), al joven que lo interpela (Mc 10,21) y a la acogedora familia de Betania (Jn 11,5). Su amor abarca la totalidad del hombre: cura las dolencias, perdona los pecados, elige a los apóstoles. Finalmente, es un amor que se da hasta el extremo (Jn 13,1) y se expresa en la donación de la vida por los amigos (Jn 15,13);

-el sentido del total desprendimiento y la pobreza. La vive como experiencia fundamental: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde apoyar la cabeza” (Mt 8,20). Así se nos revela la generosidad de Cristo quien “siendo rico se hizo pobre por nosotros a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Co 8,9).

La proclama como condición interior para poseer el Reino: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mt 5,3). La exige, sobre todo, de los apóstoles o misioneros del Reino: “No llevan nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas” (Lc 9,3). Es la única forma de seguirlo y poseerlo. Para ganar a Cristo -conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta tener el privilegio de asemejarse a él en su muerte- hay que perder todas las cosas y tenerlas como basura (Flp 3,8-11).

Cristo exige constantemente de sus apóstoles la fe, el desprendimiento y el servicio. En una palabra: Cristo exige absolutamente todo. Una vez más: Sólo quien entienda, por la fe, lo absoluto de la gracia y del pedido podrá ser capaz de entregarse con alegría. Precisamente con respecto a la virginidad dice Jesús: “No todos entienden esto, sino solamente aquellos a quienes les fue dado comprender” (Mt 19,11).

III. Misterio de amor

12. La figura del sacerdote no puede ser comprendida y aceptada sino desde la fe. De lo contrario resulta absurda su exigencia (su obediencia y su cruz, su silencio y su virginidad). Esencialmente, como Cristo, será “signo de contradicción” (Lc 2,34). Si pretendemos juzgarlo humanamente será siempre “escándalo” y “locura” (1 Co 1,23).

Pero la fe nos ubica al sacerdote en el corazón del misterio divino, que es misterio de amor. “Dios es amor” (1 Jn 4,16). Lo primero que revela el sacerdote es que “Dios amó tanto al mundo, que le dio a su Hijo único” (Jn 3,16). Una existencia sacerdotal es, como Cristo, una donación del Padre y un signo de que Dios no quiere la condenación del mundo, sino que el mundo se salve por él (Jn 3,17).

No tiene sentido nuestro sacerdocio sino en el contexto esencial del amor. El sacerdote es un hombre a quien Cristo amó de una manera única: “Como el Padre me amó, también yo los he amado” (Jn 15,9). Por eso se adelantó a elegirlo: “No son ustedes los que me eligieron, sino Yo el que los elegí” (Jn 15,16). Por eso le comunicó su misma misión: “Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21). Cuando se dice que el sacerdote expresa a Cristo, es lo mismo que decir que expresa el amor del Padre.

El Espíritu Santo consagró al sacerdote para la revelación y la donación extrema del amor. Si no tiene capacidad de amar como Jesús, no puede ser sacerdote. Si no sabe compadecerse de la multitud fatigada y abatida (Mt 9,36) o de la muchedumbre que padece hambre (Mt 15,32), si no sabe conmoverse ante el dolor (Lc 7,13) y llorar ante la muerte (Jn 11,35), no puede ser sacerdote. Si la indiferencia seca su corazón, no puede vivir el misterio de su virginidad consagrada. Sólo en la absoluta posesión del Espíritu de Amor es posible el gozo del celibato sacerdotal.

13. El sacerdote es sacramento del amor de Dios. Expresa y realiza el amor de Dios a los hombres. Es signo de que Dios es esencialmente amor (Ex 34,6; 1 Jn 4,16) y ha entrado por amor en la historia. Su predicación se resume en esto:

“Les hablaré claramente del Padre. Él los ama (Jn 16,26-27). Nos da seguridad en la iniciativa enteramente gratuita del amor del Padre: “El amor no está en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como expiación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10).

Sólo en esta perspectiva esencial del amor se comprenderán las exigencias absolutas del silencio, la obediencia, la virginidad y la cruz. El amor exige profundidad interior, unidad en la comunión, fecundidad en la muerte, universal donación en la caridad.

El silencio es indispensable para entrar en la intimidad divina. Para descubrir también el misterio del hombre. Para recibir la Palabra que debe ser proclamada como testimonio. Para hablar al Padre “como conviene” (Rm 8,26). Por eso lo realiza el Espíritu en nosotros.

Hay todavía dos aspectos que merecen ser subrayados cuando hablamos del sacerdote como “misterio de amor”: la paternidad y la amistad. El sacerdote es “sacramento de la paternidad divina”. Es también “el amigo de Dios para los hombres”. Indiquemos solamente algunos puntos.

14. Sacramento de la paternidad divina. Si hay un nombre que merece ser dado al sacerdote (mucho más, al Obispo) es el de “padre”. Es verdad: sólo Dios el Padre (Mt 23,9). Sólo Dios es Bueno (Mc 10,18). Sólo Cristo es el Maestro y el Señor (Jn 13,14). Como sólo Cristo es Sacerdote. Pero así como Cristo es “imagen del Padre” (Col 1,15; Hb 1,3) y el que lo ha visto a Él, “ha visto al Padre” (Jn 14,9), también el sacerdote (que es sacramento de Cristo) expresa y realiza la fecundidad del Padre. Es un grito permanente de que Dios es Padre. “Por eso doblo mis rodillas delante del Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15).

El mundo necesita hoy experimentar a Dios como Padre y a Cristo como Señor de la historia. No puede concebir a Dios demasiado lejos y a Cristo demasiado extraño. No pude sentirse solo, abandonado y huérfano. Por eso, si el sacerdote es verdaderamente “padre” (sin la desfigurada imagen del “paternalismo”), su presencia es bendecida y su ministerio buscado.

El sacerdote engendra por la Palabra y el Sacramento. “Aunque tengan diez mil preceptores en Cristo, no tienen muchos padres: soy yo quien los ha engendrado en Cristo Jesús, mediante la predicación del Evangelio” (1 Co 4,15). Pero no basta comunicar la vida. Hace falta la educación en la fe y el crecimiento progresivo en Cristo: “hijos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente los dolores del parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (Ga 4,19).

Es extraordinariamente bueno ser padre. Llena de plenitud y gozo la existencia sacerdotal. Pero es tremendamente difícil. Porque la verdadera paternidad exige una donación total de nosotros mismos, hecha en la sencillez cotidiana de lo sobrenatural.

Un verdadero padre necesita: sabiduría para ver, bondad para comprender, firmeza para conducir. Sobre todo, un verdadero padre supone ser permanente testimonio: “Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11,1).

15. Sacramento de la amistad divina. Otro de los elementos que más aprecian y buscan los contemporáneos: la amistad verdadera. Cristo establece una relación profunda con sus sacerdotes: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he revelado todo lo que aprendí de mi Padre” (Jn 15,15). La amistad con Cristo supone dos cosas: cumplir sus preceptos y saborear los secretos del Padre. Eso es entrar en comunión, por Cristo, con el Padre. Lo cual es obra del Espíritu.

El sacerdote se vuelve así en “amigo de Dios para los hombres”. No un amigo cualquiera. No un simple compañero de ruta. Como Abraham “el amigo de Dios” (St 2,23). Que creyó en Él y se puso en camino sin saber a dónde iba (Hb 11,8).

Bien cerca y adentro de los hombres. Que los interprete, acompañe y redima. Pero que les comunique constantemente a Dios, que los lleve a Dios, que esté en comunión ininterrumpida con Dios para expresarlo en su Palabra, en sus gestos, en su simple presencia.

¿Qué es un amigo? El que sabe escuchar con interés. El que sabe hablar con oportunidad. El que va haciendo el camino con el amigo.

Escuchar con interés: es hacer nuestros los problemas de los otros, asumir sus angustias, aliviar la cruz de los hermanos. El sacerdote lo recibe todo en silencio, lo guarda, lo transforma en oración. No es fácil hacerlo cotidianamente y con todos.

Hablar con oportunidad: es decir la palabra justa en el momento necesario. La palabra que ilumina, que levanta o que serena. No se trata de decir muchas cosas. Un silencio es, a veces, más fecundo y consolador que la palabra.

Hacer el camino con el amigo: no basta señalar la ruta con el dedo; hay que hacerla cotidianamente con los hermanos. Acercarse a ellos, descubrir su tristeza y desaliento, interpretarles la Escritura, partirles el pan (Lc 24,13 ss).

¡Qué difícil ir haciendo el camino de todos los hombres con la invariable serenidad del primer día o el gozo incontenible del primer encuentro! Sin embargo el Espíritu nos consagró para que fuéramos “a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a vendar los corazones rotos” (Is 61,1).

IV. Servidor de Cristo para los hombres

16. Unos de los aspectos que marcan más claramente la espiritualidad del sacerdote hoy es su condición de “servidor”. De aquí derivan muchas exigencias frente a Cristo y a los hombres.

El sacerdote recibió el “ministerio de la comunidad” (LG 20). Es constituido “próvido colaborador del orden episcopal, ayuda e instrumento suyo, para servir al Pueblo de Dios” (LG 28).

La espiritualidad sacerdotal se inscribe hoy esencialmente en la línea del servicio. Es entrar en las riquezas y exigencias del “Servidor de Yavé”, de Cristo “que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt 20,28).

El sacerdote es “servidor de Jesucristo, elegido para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1,1). “Los hombres deben considerarnos servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4,1). “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor, y nosotros no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús” (2 Co 4,5).

No hay más que un modo de servir plenamente a los hombres: servir a Jesucristo. Como no hay más que un modo de servir auténticamente a Jesucristo: servir a los hombres. “Les he dado el ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13,15).

17. ¿Qué es servir? Es poner la totalidad de nuestros dones y carismas -la totalidad de nuestra vida- en plena disponibilidad para el bien integral de los hermanos. Servir es dar todo lo que tenemos. Mejor, todo lo que somos. Servir es entregar cotidianamente la existencia. Es estar dispuestos a dar la vida por los amigos.

Lo primero que nos pide el servicio de los hombres es que los sintamos verdaderamente hermanos. Y que ellos nos sientan plenamente hombres. Con una gran capacidad de entenderlos, de amarlos, de asumir sus angustias y esperanzas. “Alegrarse con los que están alegres, y llorar con los que lloran” (Rm 12,15). Servir a los hombres es compartir su dolor y su pobreza, descubrir sus aspiraciones, atender a sus aspiraciones.

La espiritualidad sacerdotal exige una personalidad humana muy rica. Desarrollar el sentido sagrado de los auténticos valores humanos: la sinceridad y la justicia, la firmeza y la fidelidad, la sencillez y la amistad, el desprendimiento y la generosidad, la alegría y el equilibrio, el coraje y la lealtad.

Esto no es lo único ni lo principal. Es cierto. Pero está en la base de una plena transformación en Cristo. Es una exigencia de la salvadora presencia en el mundo de los testigos de la Pascua. “No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida más que de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran extraños a su vida y a sus condiciones” (PO 2).

18. Pero hay un modo de servir específico del sacerdote: como ministro de la Palabra y de la Eucaristía, como poseedor de una autoridad sagrada. En cualquiera de las tres funciones el sacerdote “sirve” haciendo y presidiendo la comunidad cristiana.

Por la Palabra sirve a los hombres abriéndoles “los misterios del Reino de los cielos” (Mt 13,11), marcándoles el camino de las Bienaventuranzas (Mt 5,3-11), subrayándoles el mandamiento principal (Mt 22,34-40). Los sirve, sobre todo, convocándolos en asamblea de Dios: “El Pueblo de Dios se reúne, ante todo, por la Palabra de Dios vivo, que absolutamente hay que esperar de la boca de los sacerdotes” (PO 4).

Pero él mismo debe hacerse servidor de la Palabra. Debe tener “lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora” (Is 50,4). La Palabra debe entrar en el sacerdote como Luz y como Fuego. Debe ser engendrada en su corazón (como en María), antes que nazca en sus labios de profeta. Debe escuchar en silencio. Debe orar y contemplar mucho. Debe recibir con pobreza la Palabra y entregarse a ella con generosidad.

De este modo el ministerio de la Palabra es esencialmente santificador (PO 13). Porque participa directamente de la caridad de Dios, se hace voz del único Maestro y es poseído por el ardor del Espíritu.

19. Por la Eucaristía sirve a los hombres consagrando “el pan vivo, bajado del cielo” y comunicándoles la carne de Cristo “para la vida del mundo” (Jn 6,51). Pero, sobre todo, realizando por la Eucaristía la comunidad eclesial. Por la Eucaristía “vive y crece continuamente la Iglesia” (LG 26). “Ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (PO 6). Por lo mismo, la función esencial del presbítero -que preside y hace la comunidad- es la celebración de la Eucaristía (LG 28; PO 5). Inclusive su tarea evangelizadora tiende a culminar esencialmente en la Eucaristía.

Pero aquí también el sacerdote debe convertirse él mismo en servidor de la Eucaristía. Dejarse transformar en el Cristo Pascual, asumir su esencial condición de víctima, asimilar su alma de “Buen Pastor” que da cotidianamente la vida, entrar en comunión profunda con Cristo, con el Obispo y su presbiterio, con todos los cristianos, con el mundo.

Celebrar bien la Eucaristía es preparar una Asamblea cristiana donde se coma verdaderamente “la Cena del Señor”, sin divisiones que rompan el único Cuerpo de Cristo (1 Co 11,17-33). La Eucaristía engendra la unidad. Pero la Eucaristía -comunión con el cuerpo y con la sangre de Cristo- es sacrilegio si no existe comunión con los hermanos: “somos un solo pan y un solo cuerpo todos los que participamos del mismo pan” (1 Co 10,16-17). Servir la Eucaristía, para el sacerdote, es purificar su indiferencia y su egoísmo y dejarse invadir por el Espíritu de caridad.

20. Finalmente el sacerdote sirve por la autoridad sagrada que ha recibido directamente de Cristo. Su autoridad no viene de la comunidad. Pero está esencialmente a su servicio. “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22,27), dice el Señor. Cristo subrayó el carácter servicial de la autoridad: no como dueños o dominantes, sino como siervos y esclavos. “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes” (Mt 20,24-28). Es el ejemplo de Cristo: “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” (Jn 13,14). San Pedro recoge la lección y la transmite: “Exhorto a los presbíteros, siendo yo también presbítero y en mi condición de testigo de los sufrimientos de Cristo… apacienten el Rebaño que les ha sido confiado; velen por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no queriendo dominar a los que les han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño” (1 Pe 5,1-3).

Son todas las exigencias de la “caridad pastoral”. Ejercer la autoridad, como Cristo, es tener alma de “buen Pastor”. La autoridad exige del sacerdote una especial actitud de servicio. Pero -aquí también queremos subrayarlo- este servicio está hecho de sabiduría, de bondad y de firmeza.

21. La espiritualidad del sacerdote – “servidor de Cristo para los hombres”- nos es claramente anticipada en los cuatro cánticos del “Siervo de Yavé” (Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-11; 52,13-53,12). Destaquemos solamente algunos puntos:

* Seguridad y confianza del Siervo:

“He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él” (Is 42,1).

“Yo, Yavé, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé” (Is 42,6).

“Yavé desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre… Me escondió en el hueco de su mano… Me plasmó desde el seno materno para siervo suyo” (Is 49, 1-2.5a).

* Misión del Siervo:

“Te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas” (Is 42,6-7).

“Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra” (Is 49,6).

* Condiciones del Siervo:

“El Señor Yavé me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos” (Is 50,4).

“No vociferará ni alzará el tono. No partirá la caña quebrada, ni apagará la mecha mortecina” (Is 42,2-3).

“Varón de dolores y sabedor de dolencias… Herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas” (Is 52,3-5).

V. La caridad pastoral

22. Constituye el centro de la espiritualidad sacerdotal. Es la caridad del “buen Pastor”, conocedor personal de sus ovejas, pronto a dar la vida por ellas, con inquietud misionera por las extrañas (Jn 10,14-16), siempre dispuesto a buscar y cargar sobre sus hombros a la extraviada (Lc 15,4-7).

Ezequiel profetiza contra los malos pastores que se apacientan a sí mismos (Ez 34,1 ss). Que se toman la leche de las ovejas, se visten con su lana, sacrifican las más pingües. Que no fortalecen a las débiles, no cuidan a las enfermas, no curan a las heridas, no tornan a las descarriadas, no buscan a las perdidas. Que dominan con violencia y con dureza. También Jeremías grita contra los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas (Jr 23,1 ss).

El salmo 22 nos pinta a Yavé, solícito Pastor de su pueblo. “Yavé es mi Pastor, nada me falta”. Cristo realizará, en su Persona, el consolador anuncio de Ezequiel: “Aquí estoy yo. Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34,11). La imagen de Cristo “el buen Pastor” marcará el cumplimiento de las profecías. Y señalará a los pastores de la Iglesia la profundidad espiritual de su donación a los hombres.

23. La caridad pastoral sintetiza la espiritualidad sacerdotal. Como la caridad en general “es la síntesis de la perfección” (Col 3,14).

Por eso el Concilio reduce todo a la caridad pastoral. El ministerio mismo es esencialmente santificador porque la triple función sacerdotal supone y engendra “la caridad del Buen Pastor” (PO 13). La unidad de vida de los presbíteros (contemplación y acción) se obtiene mediante “el ejercicio de la caridad pastoral” (PO 14). Sobre todo, “la caridad pastoral” ilumina las exigencias absolutas de la humildad y la obediencia (PO 15), de la virginidad consagrada (PO 16), de la pobreza sacerdotal (PO 17).

24. ¿Qué es la caridad Pastoral? Podríamos describirla como la entrega heroica y gozosa a la voluntad del Padre, que nos lleva a una generosa y sencilla donación a los hombres, en sacramental comunión con nuestros hermanos.

Esencialmente la caridad pastoral es vivir en comunión. Si el sacerdote es el hombre elegido y consagrado para hacer y presidir la comunión, se entiende por qué la caridad pastoral es el alma de su espiritualidad. Toda su vida ha de ser inmolación y ofrenda, donación y servicio, obediencia y comunicación.

La caridad pastoral se realiza así en tres planos: el de Dios, el de los hombres, el del Obispo con su presbiterio.

El sacerdote vive en permanente comunión con Dios (en esencial actitud de inmolación y ofrenda) por la intensidad de la oración, la serenidad de la cruz, la sencillez oculta de lo cotidiano. Vivir en permanente actitud de Fiat. Sentir la alegría de la fidelidad.

La comunión salvadora con los hombres (actitud de donación y de servicio) exige en el sacerdote un gozoso morir a sí mismo, una particular sensibilidad por los problemas humanos, una inalterable disponibilidad para escuchar, interpretar, y entregarse generosamente a los demás. Lo cual supone una perfecta libertad interior y una capacidad muy honda de amor universal.

La comunión con el Obispo y su presbiterio exige vivir a fondo una “obediencia responsable y voluntaria” (PO 15) y la misteriosa fecundidad de una auténtica amistad sacerdotal. Obediencia y amistad son exigencias de una profunda comunión sacramental, de una misma participación en la consagración y misión de Cristo Sacerdote, y no simple conveniencia o reclamo de una acción pastoral más eficaz. La amistad sacerdotal es una gracia. Es signo de la presencia del Espíritu que santifica. Los presbíteros están todos unidos entre sí “por una íntima fraternidad sacramental” (PO 8). El sacerdote no sólo debe obedecer y respetar a su Obispo. Antes que todo debe quererlo de veras. Como a padre, hermano y amigo (LG 28; PO 7).

25. En la caridad pastoral encuentran su sentido -particularmente hoy- tres exigencias absolutas del sacerdote: su actitud contemplativa, su obediencia, su celibato.

Hay valores absolutos que no pueden ser perdidos: el silencio, la oración, la contemplación. Exigen ser vividos de una manera nueva, más honda y más auténtica. Pero toda la Iglesia -esencialmente comprometida con el hombre y encarnada en su mundo- debe asumir hoy un alma contemplativa. Sólo en el silencio se engendra la Palabra que merece ser anunciada. Sólo la oración nos equilibra en Dios. Sólo la contemplación nos capacita para entender al hombre. Sigue siendo válida la actitud de Cristo orante (Lc 3,21; 5,15-16; 6,12; 11,1-4; 22,39 ss; Jn 17; Lc 9,28).

El momento sacerdotal actual está caracterizado por una lamentable pérdida de la capacidad del silencio, del valor de la oración, del sentido de la contemplación.

El silencio es necesario como capacidad indispensable para el encuentro equilibrado con nosotros mismos, para asimilar hondamente la Palabra que hemos de anunciar, para aprender a dialogar de veras con los otros. Las cosas grandes ocurren siempre en la plenitud del silencio. La oración es indispensable para participar en el tiempo el gozo de la visión, para no perder la profundidad interior, para evitar el cansancio o la monotonía de la acción, para tener algo siempre nuevo que ofrecer a los hombres. La contemplación es necesaria para realizar bien nuestra función profética, para descifrar los signos de los tiempos, para que se forme en nosotros un permanente estado de disponibilidad, de comunión y de servicio.

Pero que el silencio esté lleno de la Palabra. La oración sea un grito inefable del Espíritu (Rm 8,26). Y la contemplación sea reposo activo en la visión del Padre.

El sacerdote hoy debe amar la fecundidad del silencio. Sólo merece ser dicha la palabra que brota del silencio, pero sólo es fecundo el silencio que termina en una palabra.

Debe saborear, en la intensidad de la oración, el encuentro con el Padre. “Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó y fue a un lugar solitario, para orar” (Mc 1,35). “Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios” (Lc 6,12). En la era del ruido, la acción y la palabra, Cristo nos enseña el silencio, la soledad y la oración.

Oración que sea un encuentro personal con el Señor. Oración que sea asimilar en silencio la Escritura. Oración que sea buscar juntos -en la meditación comunitaria del Evangelio- los caminos del Espíritu. Lo importante no es pensar o decir mucho. Lo importante es callar, ofrecerse y contemplar. Escuchar al Señor y dejar que el Espíritu se posesione de nuestro silencio y grite: Abba, Padre. En la vida del sacerdote lo verdaderamente esencial es “el clima de oración”. Pero para ello es indispensable tener momentos de tranquilidad para el diálogo exclusivo con el Padre.

26. Otra exigencia absoluta del sacerdote: la obediencia. Sólo es válida en la medida en que sea una inmolación a Dios. Sólo tiene sentido como “comunión” de Iglesia (PO 15).Para una obediencia auténtica, madura y responsable, se requieren estas tres cosas:

-una profunda actitud de fe. Solamente desde allí puede tener el hombre el coraje de arrancarse, de morir, de ponerse en camino como Abraham, de entregarse en plenitud como María;

-una sencilla actitud de amor. “Para que sepa el mundo que yo amo al Padre y conforme al mandato que me dio mi Padre así obro” (Jn 14,31). Lo que precisamente vale, en el misterio de la cruz y de la muerte del Señor, es su espontánea inmolación al Padre por amor. Sólo puede obedecer de veras quien ama y se siente personalmente amado. María pudo decir que Sí porque tuvo experiencia de haber hallado gracia a los ojos de Dios;

-una sincera actitud de diálogo. La obediencia debe ser leal, franca, sincera. Tener la valentía sobrenatural de decir las cosas y manifestar nuestras inquietudes. Buscar juntos con el Superior el plan del Padre. La obediencia puede ser quebrada por rebeldía (no hacer lo que nos mandan). Pero también por indiferencia o cobardía (no hablar cuando debemos).

27. Finalmente, la caridad pastoral da sentido a nuestra virginidad consagrada. Sólo puede ser entendida en un contexto de amor. Y de amor absoluto. El Señor tiene derecho a una forma de amor exclusivo. No es que el celibato sea intrínsecamente esencial a nuestro ministerio. Pero “es signo y estímulo de la caridad pastoral y fuente peculiar de la fecundidad espiritual en el mundo” (PO 16). La virginidad consagrada es inmolación y ofrenda gozosa a Dios, donación y servicio generoso a los hermanos, paternidad espiritual. A través de ella el sacerdote se hace luminoso testigo de la esperanza escatológica, revelador de los bienes invisibles, profeta de los bienes futuros.

Pero importa vivir el celibato como plenitud de vida y de amor, no como negación o como muerte. El celibato sacerdotal es un modo de vivir anticipadamente la resurrección. Es un modo de expresar sensiblemente la fecundidad de la Pascua. Por eso hay que vivirlo en la alegría del Misterio Pascual.

Conclusión

Con la Virgen Fiel

28. La profundidad interior de un sacerdote -fruto del Espíritu de Amor que nos fue dado (Rm 5,5) y que inhabita en nosotros (Rm 5,5)- se revela normalmente en la palabra que anuncia, en la serenidad que comunica, en la alegría pascual que transparenta.

Esto es hoy fundamental en nuestro ministerio. Los hombres lo necesitan y lo buscan. En definitiva, que seamos para ellos los hombres de Dios, que les expresemos a Cristo, que hagamos con ellos el camino como testigos de lo Absoluto.

Más que nadie el sacerdote debe ser el sencillo artesano de la paz (Mt 5,9). En un mundo de tensiones y violencias. Más que nunca su presencia -superando desalientos y cansancios- debe ser un mensaje de esperanza y de alegría. Es decir, un mensaje de la Pascua que él encarna. “Que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu Santo” (Rm 15,13).

29. Hoy los hombres se mueven en la incertidumbre, la angustia y el miedo. Los sacerdotes padecen también esta experiencia. Es el precio doloroso de la hora tan rica que vivimos: tan llena de búsquedas auténticas, de exigencias tan claras del Señor y de la presencia misteriosa de su Espíritu.

Una hora que nos pide total generosidad, fortaleza y equilibrio. Hemos de comprender y amar esta hora nuestra sacerdotal. Con sus luces y sus sombras, sus posibilidades y sus riesgos, su fecundidad y su cruz. Hemos de comprometer en ella nuestra fidelidad.

Fidelidad a Cristo que nos ha llamado de una manera absoluta. Fidelidad a la Iglesia cuya comunión realizamos y presidimos como instrumentos del Espíritu. Fidelidad a los hombres para cuya salvación integral fuimos constituidos humildes servidores.

30. la hora sacerdotal de Cristo fue marcada por una singular presencia del Espíritu Santo y de María. También la nuestra.

En el seno virginal de Nuestra Señora el Espíritu Santo ungió a Jesucristo Sacerdote. También a nosotros.

En la pobreza de la Virgen el Espíritu engendró la fidelidad a la Palabra: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1,38). Para servir plenamente a los hombres, hay que entregarse con generosidad al Padre, como María.

En la pobreza y el silencio virginal de Nuestra Señora encontraremos siempre los sacerdotes el camino de la sencilla disponibilidad para ser fieles. “Feliz de ti porque has creído” (Lc 1,45).

Comprenderemos, sobre todo, que el único verdaderamente Fiel es el Señor. “Que Él, el Dios de la paz, los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser –espíritu, alma y cuerpo– hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es Fiel, y es Él quien lo hará” (1 Ts 5,23-24).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *