Enviados por Jesús para cambiar el mundo

Publicado en L’Osservatore Romano 13/1/1995. p.10 (22).

Al aproximarnos a la celebración de la Jornada mundial de la juventud, resuena con fuerza en nuestros oídos y en nuestro corazón la invitación de Jesús, de la que el Papa Juan Pablo II se ha hecho eco dirigiéndose a los jóvenes y a las jóvenes del mundo: “Como el padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21).

Consagrados en el bautismo, participando de las funciones de Cristo profeta, sacerdote y rey, todos los cristianos estamos llamados a formar la Iglesia, misterio de comunión misionera. No podemos separar estos dos aspectos indisolublemente unidos: la comunión y la misión. Cuanto más crece desde dentro (mediante la palabra y el sacramento) la comunidad eclesial, tanto más la Iglesia se hace misionera; y cuanto más la Iglesia, por la fuerza del Espíritu, vive en la comunidad de los hombres, tanto más crece interiormente como comunidad de fe, de esperanza y de amor. Jesús nos envía, en una Iglesia-comunión, para cambiar el mundo.

Enviados por Jesús

No somos nosotros quienes elegimos nuestra misión. Es el Señor que nos consagra y nos envía: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado a que vayáis y deis fruto, y un fruto que permanezca” (Jn 15,16). Es evidente que la convocatoria a una nueva evangelización y la urgencia eclesial del dinamismo misionero nos vienen de los desafíos de nuestro momento histórico, “dramático y magnífico” (cf. Christifideles laici, 3). Pero es necesario penetrar mediante la fe en una nueva y suplicante presencia de Jesús en la historia: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20,7); “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación” (Mc 16,15). Es el mismo Señor quien nos llama y nos compromete: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado; y profeta de las naciones te constituí” (Jer 1,5).

Hoy el Señor nos ha elegido y nos ha enviado. Las llamadas urgentes y esenciales no nos llegan simplemente de la Iglesia o de los cambios históricos. Nos llegan directamente de Jesucristo que nos habla en lo más íntimo, a través del Magisterio de la Iglesia y de las situaciones difíciles de los hombres. “Ve, yo te envío, yo estaré contigo” (cf . Ex 3,10.12). El Señor llama y envía hoy de una forma nueva y comprometedora.

Ser conscientes de que es Jesús quien envía supone vivir una intimidad indisoluble con él: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5); estar seguros de la presencia del Señor: “No temáis” (Mc 6,50); “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); moverse siempre en la óptica de la misión integral de Jesús, que envió a sus apóstoles “a proclamar el Reino de Dios y a curar… Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la buena nueva y curando por todas partes” (Lc 9,2.6).

En una Iglesia-comunión

Nos entusiasma el hecho de ser una Iglesia que esencialmente es misterio de comunión misionera, pero tenemos que sacar las consecuencias de esto y, sobre todo, llevarlas a la práctica. El que la Iglesia sea misterio significa una referencia esencial a Jesucristo y, por él, a la Trinidad. La Iglesia no es una simple institución democrática, ni reproduce simplemente un modelo humano; sobre todo es un icono de la Trinidad: ha sido constituida sobre el modelo de la comunión trinitaria y lo comunica. El fin último de la Iglesia es la comunión definitiva con la Trinidad: el camino es Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Por eso, cuando se habla de Iglesia-comunión, es necesario hacer la referencia esencial a Jesucristo: la Iglesia es “Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria” (Col 1,27).

Pero la comunión exige la participación activa de todos los fieles en la edificación de la Iglesia y en la construcción de la sociedad humana. Es un derecho-deber sacramental, radicado en el bautismo, en la confirmación y en la participación en la Eucaristía, y no simplemente una delegación de funciones. Cada cristiano tiene el deber-derecho irrenunciable de evangelizar: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor 9,16).

En nuestro tiempo, sobre todo, se les pide a los cristianos que asuman con generosidad el protagonismo de la nueva evangelización. Una de las exigencias de la Iglesia-comunión, que podremos experimentar más directamente en Manila, es la apertura ecuménica hacia otras confesiones cristianas y la colaboración y diálogo de vida con las grandes religiones (budismo, hinduismo, islam), difundidas en la mayor parte de los pueblos asiáticos. Esta apertura exige de nosotros un gran respeto y un gran esfuerzo de conocimiento serio de sus enseñanzas, una colaboración de testimonio y trabajo para la construcción de una nueva sociedad, siempre sobre la base de una perfecta fidelidad al espíritu de las bienaventuranzas evangélicas y a la irrenunciable misión de proclamar abiertamente la buena noticia del reino de Dios hecho ya presente en la persona de Jesús y en el misterio de la Iglesia.

Para vivir una Iglesia de comunión misionera es necesario tener una unión profunda entre la fe y la vida, para que el compromiso en la existencia cotidiana nazca de una profunda experiencia evangélica. Hay que evitar el doble riesgo de vaciar la fe o de desencarnar nuestro mensaje. Para eso es necesario vivir una espiritualidad auténtica que lleve a un camino de santidaden la cotidianidad de la vida y de la acción, haciendo vivir concretamente las bienaventuranzas y la sinceridad del amor.

Para cambiar el mundo

Jesús ha venido al mundo para hacer nuevas todas las cosas. “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). Jesús coloca a su Iglesia en esta misma dimensión misionera y redentora. Su misión en el mundo es anunciar, preparar y esperar “nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia” (2 Pe 3,13). Precisamente por esto se necesitan “hombres nuevos, creados según Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (cf. Ef 4,24; Col 3,9-11). Para los fieles laicos –y en esta hora sobre todo para los jóvenes – es urgente vivir y expresar la radical novedad cristiana que deriva del bautismo (cf. Chl, 10).

Profundamente insertados en Cristo, hechos miembros vivos de una Iglesia-comunión misionera, los cristianos están invitados cotidianamente por Jesús, en su Iglesia, a transformar el mundo. “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21). Las palabras de la oración sacerdotal de Jesús son válidas para todos los discípulos: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo… No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno” (Jn 17,18.15).

Todo nace de una doble predilección de Jesús: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros” (Jn 15,9) y “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21). El Señor nos elige y nos destina para ir y llevar fruto en abundancia: éste es el único modo de ser discípulos. Pero para llevar fruto hay que permanecer en él y permitir que él permanezca en nosotros (cf. Jn 15,5-8).

En la celebración de la Jornada mundial de Manila, guiados por la mano del Papa Juan Pablo II, Dios, Padre y creador de todos, nos confirme en su amor y en su esperanza, nos colme de gozo y de paz (cf. Rm 15,13) y nos lleve a ser fieles a nuestra misión, a nuestro tiempo y a nuestra sociedad.

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