El religioso, hombre de oración

La vida litúrgica y la oración personal como exigencia de la consagración y principio de fecundidad apostólica

“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).

“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn 14,8).

Es relativamente fácil hablar sobre la oración. Más difícil es aprender a orar de veras. Sobre todo porque la oración exige mucho silencio y pobreza, y no estamos acostumbrados a ser verdaderamente pobres y a vivir en silencio. Por más que necesitamos escuchar a Dios y percibir adentro su cercanía.

Digo “relativamente” fácil porque tampoco es muy simple hablar de la oración. Solamente un hombre de oración puede hablar bien de la oración. Sólo desde una experiencia profunda y continua de Dios se puede hablar de Dios como testigos y discípulos.

“Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1 Jn 1,1-4).

La oración sólo es posible desde un corazón sencillamente filial. Por eso rezan bien las almas simples: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Lc 19,21).

La primera condición para orar bien es tener clara conciencia de nuestra situación de hijos, una fuerte experiencia de la paternidad y cercanía de Dios: “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto” (Mt 6,6). Lo importante en la oración es que es un encuentro silencioso con el Padre “que está allí”. Por eso no hay oración verdadera si no es desde el Espíritu Santo: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene: mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26).

El Espíritu Santo nos hace orar “en Cristo Jesús”. Metidos profundamente en Él y “en su nombre”. “Aquel día –cuando descienda el Espíritu de la Verdad y de la Consolación e inhabite en vosotros– pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios” (Jn 16,26-27). El Espíritu Santo –que es “el Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá!, Padre” (Rom 8,16; Gal 4,6)– nos hunde en Cristo Jesús y nos hace asumir su alma filial glorificadora del Padre y servidora de los hombres. Nuestra oración se hace así un encuentro con el Padre desde el corazón filial de Cristo Jesús.

Para entender nuestra oración (y para aprender a orar de veras) hay que mirar a Jesús. El Evangelista San Lucas, sobre todo, nos presenta a Jesús en oración. La contemplación del “Cristo orante” –en el desierto o la soledad del monte– nos introduce en los secretos de una oración verdaderamente filial, de una oración que nace de la experiencia del Padre, que mira el sufrimiento de los hombres y que alcanza su máxima expresión en el misterio de su cruz. Los discípulos aprendieron a orar porque lo vieron a Jesús orando. “Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseño a sus discípulos»” (Lc 11,1). Se trata de una oración nueva (el Padre Nuestro) o de un modo nuevo de orar (animados por Espíritu Santo).

Nos interesa, sobre todo, subrayar la oración de Cristo en una doble experiencia, profunda e inminente, del Misterio Pascual: la oración sacerdotal (Jn 17) y la agonía en el Huerto de los Olivos (Lc 22,39-46). Ambas oraciones están impregnadas de la experiencia del “Padre”. Ambas también van marcadas por la cercanía de la cruz. En ambas se comprende que orar, en definitiva, es entrar por amor en comunión profunda con la voluntad del Padre. “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42).

En esta oración de Cristo en el Huerto de los Olivos me impresionan tres cosas: la oración en sí (que es una total entrega a la voluntad del Padre), la intensidad del sufrimiento (de la agonía, la angustia, el miedo y la tristeza), la necesidad de la cercanía silenciosa y vigilante de los amigos: “¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación” (Lc 22,46).

La oración sacerdotal es la gran oración de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, en la inminencia de su Pasión, pidiendo al Padre por la unidad y santificación de la Grey (en ella particularmente de los Pastores) y por la reconciliación del mundo en el amor y la paz.

También para nosotros la oración está íntimamente ligada a una experiencia profunda del Misterio Pascual: en su doble fase de muerte y resurrección, de cruz y de esperanza. La oración –en la vida litúrgica o en su expresión personal– es un modo privilegiado de entrar en el Misterio Pascual de Jesús: entrar en comunión con sus sufrimientos y participar en la potencia de su Resurrección (cf. Fil 3,10). La oración se da siempre al interior de una comunidad verdaderamente pascual, es decir, donde Jesús resucitado reúne en su nombre a los discípulos y donde el Espíritu Santo actúa y vivifica. Tal es la imagen de la primera comunidad cristiana: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones… Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu” (Hech 2,42-46).

Pero de un modo único y privilegiado está unida al Misterio Pascual de Jesús la oración del religioso. Su vida tiene que ser una celebración continua y transparente del Misterio Pascual: fue elegido, consagrado y enviado al mundo para eso. Para ser testigo claro y concreto de que Jesús murió, resucitó y sigue haciendo el camino de los hombres.

La alegría pascual de un religioso, enamorado de Cristo y de su vocación, depende de la intensidad serena y honda de su oración: “Cuando oréis, no habléis mucho” (Mt 6,7). El religioso es, por definición, el hombre de la Pascua: testigo de la “novedad pascual”, anuncio del Reino definitivo.

El religioso debe ser un “hombre de oración”: porque su ser mismo, su vida, su presencia, tiene que ser una palabra de Dios. No importa tanto lo que hace (las “obras” en que se ocupa, las tareas pastorales o apostólicas que desempeña). Lo verdaderamente importante es él mismo, la radicalidad de su consagración, la viva transparencia de Dios. Los hombres buscan reconocer en él la imagen cercana de Jesús: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Un Cristo que les habla del Padre y de su Reino. Un Cristo servidor que esté siempre pronto, desde su pobreza y serenidad contemplativa, a dar la vida por sus amigos.

Pero más que “hombres” de oración, los hombres necesitan y buscan un verdadero “maestro” de oración. Alguien que les hable de Dios, desde Dios mismo; pero, sobre todo, alguien que los introduzca directamente en Dios. Hoy los jóvenes tienen hambre de oración y de una oración verdadera: hecha al Dios vivo desde la experiencia de una realidad fuerte, desde el corazón de una humanidad que sufre y espera, que ofrece y adora. Una oración que escucha y goza, que habla, se entrega y se comunica. Hoy los jóvenes son particularmente exigentes en esto: en la pobreza, en la oración, en la alegría del servicio. Por eso Jesús educó particularmente a sus discípulos en el desprendimiento, en la oración, en la caridad fraterna. Los religiosos deben ser para los hombres “testigos” de un Dios que “plantó su tienda en medio de nosotros” (Jn 1,14).

1. Oración y Misterio Pascual

Quisiera subrayar algo que me parece esencial: la particular relación que existe entre la oración del religioso y la expresión en su vida del Misterio Pascual. Sabemos que, en definitiva, toda la vida cristiana tiene su fuente allí: fuimos sepultados con Cristo en su muerte, hechos partícipes de su resurrección, para que “también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6,4). La oración cristiana arranca de esta novedad en Cristo por el Espíritu Santo. Por eso es una oración nueva; y en cierto sentido, aun siendo la misma, el Espíritu Santo la hace cotidianamente nueva en nosotros. La contemplación del Misterio Pascual se hace cada vez más honda; su misma celebración resulta cada vez más fuerte: nos vamos dando cuenta de que el Misterio Pascual crece en nosotros o que nosotros nos vamos metiendo cada vez más profundamente en el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús.

De un modo especial esto ocurre en la vida del religioso. El religioso es un signo de “la novedad pascual”; por eso su vida es un claro anuncio de la “vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), un testimonio profético del Reino y un llamado permanente a la conversión y a la esperanza (Mc 1,15). Pero, para que su existencia comprometida sea una permanente y clara celebración de la Pascua, el religioso necesita ser un hombre de oración; es decir, alguien que escucha en silencio la Palabra y asume con serenidad la cruz. Alguien capaz de celebrar en sí mismo –en la unidad de su persona: alma y cuerpo– el misterio de una perfecta oblación al Padre y de una gozosa donación a los hermanos. La celebración cotidiana del Misterio Pascual impide que la unidad interior del religioso se quiebre. Y hace que sea fecunda su inmolación continua y silenciosa.

Ahondemos un poco más en este aspecto del Misterio Pascual en la vida del religioso y sus exigencias y modo de oración.

La vida consagrada es una celebración continua del Misterio Pascual, un anuncio explícito de lo definitivamente nuevo que nos trae Cristo en su Encarnación Redentora. La Vigilia Pascual celebra particularmente esta novedad que nos manifiesta y comunica Cristo “el Hombre Nuevo”. “El que está en Cristo es una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5,17).

La “novedad pascual” le viene exigida particularmente al religioso por lo siguiente:

•      su consagración es un ahondamiento de la consagración bautismal; por eso, es un modo nuevo de “revestir a Cristo” (Gal 3,27) más profundamente. Por eso, también, la exigencia particular de una “vida nueva” (Rom 6,4). Será una vida particularmente vivida en “la sinceridad del amor” (Rom 12,9).

•      su especial incorporación a Jesucristo muerto y resucitado lo hace testigo de los bienes invisibles: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo… Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,1-4). La novedad está aquí, en que la vida del religioso tiene que ser un llamado permanente a los hombres para que vivan en actitud de ofrenda y de servicio, de inmolación al Padre y de donación a los hermanos;

•      finalmente, el religioso es testigo del Reino definitivo, de la vida nueva consumada. Enseña a valorar las cosas temporales y a amar la historia (por eso, no desencarna sino que compromete a los hombres), pero abre el camino a la esperanza verdadera. Siendo un hombre de su tiempo y de su patria enseña que “nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Fil 3,20-21).

La vida consagrada, como expresión cotidiana de la novedad pascual, exige una gran fidelidad al Misterio de la muerte y resurrección de Jesús: ser fieles a la Alianza, vivir la consagración en plenitud de amor, ser ministros de reconciliación, irradiar la alegría de la esperanza. Que los hombres nos vean muy cercanos, pero en una real transparencia del Señor; que nos sientan verdaderamente servidores, pero porque nuestra vida ha quedado definitivamente encadenada a Cristo; que comprendan que la esperanza que les comunicamos nace para nosotros de la fecundidad de la cruz.

Esto exige de nosotros una oración auténtica: que sea una verdadera interiorización y celebración del Misterio Pascual. Nos hace bien meditar el Himno pascual de anonadamiento de Jesús: Cristo, siendo Dios, asume la condición de siervo, se hace en todo semejante a los hombres, obedece hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso el Padre lo glorifica y constituye Señor del universo (cf. Fil 2,5-11).

Pero cuando decimos “interiorización en el Misterio Pascual” no nos limitamos sólo a la muerte y resurrección del Señor: entendemos toda su “obra”, la que le encomendó el Padre, es decir, su mensaje y su misión. Nos hace bien contemplar a Jesús predicando el Reino y curando a los enfermos, como nos hace bien verlo orar, tener hambre y cansancio, hablarnos del Padre e invitándonos al amor fraterno.

Hay algo que nos hace penetrar experimentalmente en el Misterio Pascual de Jesús cuando rezamos: es la cruz. Se aprende a orar desde la experiencia de la cruz. De hecho, en Cristo, el momento más intenso y filial de su oración es el de la agonía en el Huerto: “Padre…”. Fue, también, hondo y esperanzado su grito desde la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 21). Intensa, serena y confiada su última oración: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Para gustar el misterio de la cruz hay que ser hombre de oración. Pero la cruz nos enseña a orar. Con intensidad, con brevedad, con confianza. La oración es un encuentro con el Señor y al Señor lo encontramos en la cruz.

Hay momentos en que sólo podemos meditar en estos textos:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Lc 9,23).

“Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere queda solo” (Jn 12,24).

“Aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento” (Heb 5,8).

“Para mí no hay más gloria que la cruz de Nuestro Señor Jesucristo…” (Gal 6,14).

“Me alegro por los padecimientos que soporto… y completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

Nunca nos arrepentiremos de haber sufrido. De la cruz nace siempre la alegría y la esperanza, nace la fecundidad para la Iglesia y la reconciliación para el mundo, nace una oración profunda, serena, confiada. No es que vayamos a la oración para evitar la cruz o para olvidarla; vamos a la oración para entrar en “comunión con sus padecimientos” (Fil 3,10) y para gustar en silencio la “sabiduría y la potencia de Jesús Crucificado” (1 Cor 1,24).

El religioso es “hombre” y “maestro” de oración. Es “experto en oración”. Anotemos algunos puntos de reflexión sobre el porqué de la oración en el religioso:

•      para que descubra, viva y goce su identidad. El religioso se define por un radical seguimiento de Jesucristo; por eso, su llamado a una comunión muy íntima con el Señor. “A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). Su vida y actividad apostólica, su sentir profundamente humano, lo pondrían en medio de los hombres, al servicio de ellos. Pero su identidad arranca de una particular e intransferible participación en el Misterio Pascual de Cristo. Se realizó en el momento de su consagración una Alianza irrompible de amor con el Señor. El religioso necesita sentir en el silencio la fidelidad de Dios y renovar la suya. Necesita saber que Dios está allí y no falla nunca. “Fiel es el que os llama y es él quien lo hará” (1 Tes 5,24);

•      para que viva con inquebrantable serenidad y contagiosa alegría la experiencia de Dios que se lo pidió todo; para que no se canse de ser ante los hombres un auténtico profeta de esperanza. Esto es particularmente necesario para los hombres de hoy que se agitan y tienen miedo. Sólo una vida centrada en Dios es inconmoviblemente serena;

•      para que su presencia sea siempre la de aquel que “ha visto al Invisible” (Heb 11,27), es decir, que pueda hacernos más cercano al Dios Todopoderoso y Eterno, al Padre de las misericordias, al Dios clemente y fiel. A través de una persona que reza bien uno tiene la impresión de que está tocando lo invisible, más aún, que lo invisible se hace profundamente humano: “La vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio” (1 Jn 1,2);

•      para que nos atestigüe que el Reino ya está en medio de nosotros y que caminamos hacia su consumación, o mejor, que el Reino viene a nosotros y hace falta acogerlo con corazón pobre y misericordioso, manso y puro, hambriento de justicia y operador de paz (Mt 5,3-12). Sólo así se es capaz de transformar el mundo y ofrecerlo a Dios (LG 31). Vivir la radicalidad de las Bienaventuranzas es ser testigo luminoso y transparente de la novedad pascual, es ayudar a hacer un mundo más fraterno y más humano, es construir concretamente la “civilización del amor” (Pablo VI). Pero, para ello, hace falta ser hombres de oración, de gran interioridad con el Señor, profundamente contemplativos, amantes del desierto, a la escucha siempre de la Palabra de Dios, que saben celebrar cotidianamente, en el Sacramento y en la vida, el Misterio Pascual de la muerte y resurrección del Señor y anunciar en la esperanza su venida.

2. Oración y unidad interior

Desde esta viva y permanente celebración del Misterio Pascual, en el Sacramento y en la vida, adquiere fuerza de unidad nuestra oración. Es una la oración misma: en su celebración litúrgica y en su expresión personal. En la meditación, en la contemplación, en la oración vocal. En la oración comunitaria, en la oración silenciosa, en la oración compartida. Compartimos, a veces, nuestro silencio en una misma asimilación de la Palabra de Dios o en una misma adoración. El Espíritu Santo –que produce en nosotros un silencio activo para recibir la Palabra y grita en nuestro interior: Abbá, Padre– nos lleva a penetrar cada vez más profundamente el Misterio Pascual de Jesús, a realizarlo en nuestra vida y a celebrarlo en el Sacramento. Él da unidad a nuestra oración y hace, también, que nuestra vida resulte inquebrantablemente una; que no se quiebre nuestra unidad interior: que no haya momentos para adorar y momentos para servir, momentos para contemplar y momentos para trabajar, momentos para Dios y momentos para el hombre. Esto produce inevitables y dolorosas tensiones en nosotros y nos impide ser plenamente nosotros mismos: simultáneamente hijos de Dios (preocupados por su gloria) y hermanos de los hombres (atentos a su miseria y a su salvación).

Podemos preguntarnos todavía: ¿cómo hacer para que el religioso, hombre de oración, sea simultáneamente (y en virtud de la misma oración) hermano entre los hombres, cercano a los que sufren, servidor de los que esperan? Insistimos en una verdad muy simple: sólo los contemplativos tienen una capacidad muy honda y concreta de intuir necesidades, como María en Caná o en la Visitación, y de ayudar eficaz e incansablemente a superarlas. Un hombre verdaderamente contemplativo es profundamente humano: porque vive de cara a Dios, nunca puede vivir de espaldas al hombre. El contemplativo, que vive siempre sumergido en Dios, descubre sencillamente al hombre, lo ama, lo sirve, es capaz de dar la vida por él.

Cuando la oración es verdadera –la litúrgica y la personal– nos introduce profundamente en el misterio del hombre. Cuanto más contemplativos, más auténticos solidarios de los que sufren, más humanos. Por otra parte, el dolor de los hermanos nos lleva a la oración, nos enseña a orar desde la experiencia de su cruz. Los religiosos que trabajan en hospitales o en ambientes populares, en medio de gente que sufre, se sienten fuertemente llamados a la oración: no como una forma de evadir el problema o distraerse, sino como el único modo de asumir el dolor y ser capaces de redimirlo en Jesucristo. Otra vez la experiencia de la cruz (en este caso, de los hermanos) nos enseña a orar.

Esto exige en el religioso una fuerte unidad interior que da el Espíritu Santo a los que se la piden con humildad y que se tiene cuando todo se percibe desde la fe, es decir, desde la sublime sabiduría de Jesucristo. Allí quedan integradas todas las cosas: “todo es vuestro; vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Cor 3,21-23).

Hay un riesgo en la oración del religioso, como en la de cualquier otro cristiano: convertirse en centro de la oración. Pedimos desde nosotros y para nosotros. Olvidamos que la única oración válida se hace siempre desde el Espíritu Santo. Es Él el que en nuestro interior grita “Abbá, Padre” y nos hace escuchar con serenidad el clamor de nuestros hermanos. Por eso –si dejamos de lado la oración del Espíritu en nosotros– puede ocurrirnos lo siguiente: o convertimos la oración en una simple protesta humana sin esperanza (un modo de gritarle a los hombres nuestra decepción o nuestro desprecio) o hacemos de la oración un cómodo refugio de nuestra pereza o nuestro miedo (como si el hablar con Dios nos dispensara de escuchar el dolor de los hermanos y de comprometer nuestra fidelidad en redimirlos).

La unidad interior supone una permanente respuesta de fe, de esperanza y de caridad a un Dios que se nos está constantemente revelando. Cuando hablamos del religioso como hombre y maestro de oración no entendemos fijar momentos o determinar modos. Es un modo normal de respirar permanentemente en Dios y de hacerlo presente. Para lo cual, ciertamente, serán necesarios momentos fuertes y exclusivos de desierto: es decir, períodos y espacios inviolables en que nos separamos físicamente de los hombres y nos disponemos a escuchar exclusivamente al Señor que nos habla en el silencio. No siempre es fácil ni tranquilo. Vienen mezcladas, al principio, las voces de los hombres y las nuestras con la voz de Dios. “Si hoy escucharais la voz de Dios, no endurezcáis vuestro corazón”.

La oración nos pone en comunicación profunda con el Señor; más aún, nos introduce en el misterio de una comunión muy íntima con Dios. En el silencio recibimos y acogemos la Palabra. Viene a nosotros –a nuestra pobreza–, la acogemos en silencio y la realizamos en la disponibilidad. Nos entregamos a ella. Engendramos la Palabra en la Iglesia: para ser anunciada y comunicada como “Palabra de salvación”, “Palabra de reconciliación”, “Palabra de gracia”.

Los momentos fuertes de oración tienden a unificar nuestro interior. Ayudan a serenarnos y centrarnos. Nos hacen luminosos, serenos y fuertes. Impiden que nos dispersemos. El servicio al prójimo –el mismo anuncio explícito del Evangelio y la acción apostólica– pueden crear en nosotros dolorosas tensiones, momentos de excesiva preocupación humana, falta de una verdadera y constante serenidad y alegría. La oración nos unifica interiormente y nos hace capaces de construir la comunión y de trabajar en la unidad. La unidad en la Iglesia, la unidad con los hombres, la unidad en el Instituto.

Quiero subrayar tres aspectos o niveles de esta unidad:

a)    unidad interior entre fe y vida, oración y actividad apostólica, contemplación y acción. Hasta que la contemplación no sea nuestro modo normal de vivir, seguirán los dualismos y tensiones en nuestra vida. Seguiremos fragmentando nuestro horario: momentos para la oración y momentos para el trabajo, momentos de soledad en Dios y momentos de servicio a los hermanos. Debe haber en nuestra vida espacios reservados al puro silencio; pero el silencio debe engendrar constantemente nuestra palabra y nuestra acción.

b)    unidad fundamental en el amor a Dios y al prójimo. La vida religiosa debe expresar la unidad fundamental de este único precepto: “Amarás al Señor tu Dios…”. No podemos separar dos realidades de un mismo misterio: adoración de Dios y servicio a los hermanos. Cuanto más profunda y verdadera sea nuestra adoración, más auténtico, eficaz y concreto será nuestro servicio. Cuanto más descubramos a Dios en el hermano, tanto más fácilmente daremos nuestra vida por él.

c)    unidad esencial –desde la comunión de Iglesia– entre la consagración y la misión: la opción única y esencial por Cristo y la opción preferencial por los pobres, la vida según el Espíritu y la inserción evangélica en el mundo. Dios vino para salvar al mundo: “Tanto amó Dios al mundo…” (Jn 3,16-17). El mundo no existe sino para acoger a Dios, adorarlo y darle gracias. Hacen falta contemplativos que sepan descubrir en el mundo las huellas evidentes de Dios. Hacen falta, también, operadores de paz que sepan construir, desde la pobreza y la contemplación, un mundo más fraterno y más humano donde se revele fácilmente para todos la bondad, la sabiduría, y la potencia de Dios.

Esta unidad la produce en nosotros el Espíritu Santo. En la medida en que se la pidamos con intensidad y nos abramos a ella en la humildad. La unidad exige en nosotros mucha pobreza, mucha humildad, mucha muerte.

Finalmente, esta unidad se construye en base a la Palabra, a la Eucaristía, a la Comunidad. Son aspectos esenciales en la vida del religioso. Es preciso subrayar esta profunda experiencia de Dios en una comunidad religiosa. En torno a la Palabra se reúne la Asamblea: la recoge en la pobreza, la contempla en el silencio, se entrega comunitariamente a ella en la generosidad plena del amor. Hace bien escuchar juntos, en la profundidad de un mismo silencio, la misma Palabra del Señor que nos invita al desierto, al servicio o a la cruz. La Eucaristía nos hace participar plenamente en el Misterio Pascual de Jesús, nos configura a su muerte, nos hace partícipes de su resurrección; nos transmite la vida eterna (Jn 6,54) y nos hace sus testigos (1 Jn 1,2). La misma Eucaristía hace que se forme una verdadera fraternidad evangélica donde haya “un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32). Una comunidad verdadera es siempre fruto de la oración. Pero también es cierto que no hay oración auténtica –verdadera vida contemplativa– sino al interior de una gozosa fraternidad evangélica. Dios habla y su Palabra es fecundamente acogida en medio de una comunidad auténticamente pascual. ¿Cómo sería una comunidad pascual? Como la describen los Hechos de los Apóstoles: “Acudían a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hech 2,42).

3. Oración, consagración, fecundidad apostólica

La vida consagrada exige mucha oración. Es una exigencia intrínseca de la Alianza Pascual: “La llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2,16). La oración es una exigencia del amor; por eso, cuando el amor es más intenso (la plenitud es la cruz) la oración es más breve y silenciosa; resulta, casi, una simple mirada de amor en que solamente se goza, se escucha y se ofrece. Es el momento más íntimo de comunión fecunda con el Señor: “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh” (Os 2,21-22). No se trata de un conocimiento teórico del Señor, sino de una experiencia muy honda de su amor. Es “la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas” –de que habla San Pablo en su carta a los Filipenses–: “Conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerse semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3,8-11).

Cuando la oración es concebida así –como una experiencia muy honda del Señor en el desierto, en la cruz o en la tarea cotidiana, como un modo privilegiado de vivir en Él y de entrar en comunión con su voluntad–, deja de considerarse un medio: es un fin. Porque en definitiva el fin es este: vivir en comunión con la Trinidad Santísima (desde allí, con los hombres) y hacer que nuestra alegría sea completa (cf. 1 Jn 1,3-4).

No se puede vivir a fondo la radicalidad de las Bienaventuranzas si no es en un clima permanente de oración. Es el único modo de ser verdaderamente pobre, limpio de corazón y constructor positivo de la paz. Las Bienaventuranzas sólo pueden ser entendidas y practicadas desde la sabiduría simple de un corazón contemplativo. Sólo un contemplativo sabe ser pobre; como sólo el pobre puede ser verdaderamente contemplativo. Podemos construir toda una sublime doctrina sobre las Bienaventuranzas, hablar magníficamente de ellas, pero sin comprender todavía su sabiduría y su fuerza transformadora, sin tener todavía el coraje de practicarlas. Indudablemente Jesús pensó en María cuando habló de las Bienaventuranzas.

El seguimiento radical de Cristo, por los consejos evangélicos, exige mucha oración. No es que la oración sea exclusivamente necesaria para ser pobres, castos y obedientes. Es que sólo desde la oración se comprende el sentido de la pobreza, la fecundidad de la castidad consagrada y la madurez plena de la obediencia. Seguir a Jesús es subir con Él al monte (Lc 6,12) o buscarlo en la soledad en que vive: “Maestro, ¿dónde moras?” (Jn 1,38). El seguimiento radical de Cristo exige momentos privilegiados de desierto (Lc 4,1), de servicio integral a los hombres (Jn 13,15) y de cruz. Todo ello es posible desde la profundidad de la oración.

La consagración nos lleva a vivir profundamente la vida litúrgica y la oración personal. Quisiera subrayar la relación que existe entre la celebración de la Eucaristía y la consagración religiosa.

Ante todo el misterio mismo de la Eucaristía encierra todo un sentido de inmolación y de donación que se realiza en la vida consagrada: vida hecha don al Padre y a los hermanos. La vida consagrada es una oblación radical a Dios y un don generoso a los hombres. La Eucaristía nos lo recuerda y lo ahonda en nosotros. Nos hace más capaces de ofrecernos y de darnos.

Hay tres momentos en la celebración de la Eucaristía que quiero subrayar en relación con la vida consagrada: la Liturgia de la Palabra, la Liturgia de la Eucaristía y la Comunión. Como en la Liturgia de la Palabra Dios viene a nosotros y nos habla (“arráncate”, “sal de tu tierra”, “alégrate”); nosotros acogemos en el silencio su llamado y respondemos en la fe y la disponibilidad (“heme aquí, porque me has llamado”; “Yo soy la servidora del Señor: hágase en mí lo que has dicho”; “Señor, ¿qué quieres que haga?”). Nos sentimos inmensamente felices de haber sido llamados y elegidos; experimentamos adentro la alegría profunda del Sí.

Luego viene la Liturgia de la Eucaristía: es una fiesta, un sacrificio, una transformación. Fiesta de una inmolación gozosa “pro mundi vita”. Sacrificio fecundo para la reconciliación y la paz. Transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pasa eso en la vida consagrada: gozo y fiesta de la entrega, inmolación fecunda, transformación en Cristo. Más que nadie el religioso grita con San Pablo: “Con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19-20).

Finalmente la Comunión: es una participación muy honda y cotidianamente nueva en la muerte y resurrección de Jesús (en su Misterio Pascual); es, también, el gozo de entrar más concretamente en comunión con los hombres y comunicarles el don de la paz. En definitiva, la Eucaristía desemboca en ello (y también la vida consagrada): hacer más profunda la comunión con Dios y más verdadera la fraternidad con los hombres. Otra vez volvemos a lo mismo: la vida consagrada expresa y celebra, en el sacramento y en la vida cotidiana, el Misterio Pascual de Jesús: es, al mismo tiempo, oblación y servicio, adoración y entrega, ofrenda al Padre y anuncio a los hombres de la Resurrección de Cristo.

Fuimos llamados para comunicar al mundo “la alegría de la esperanza” (Rom 12,12). Solamente podemos hacerlo desde la intimidad ininterrumpida con el Padre. Tenemos que gritar al mundo la sinceridad del amor” (Rom 12,9). Solamente podemos hacerlo desde la fecundidad del desierto. Dios nos llamó para ser testigos privilegiados de su Resurrección (por consiguiente, de su esperanza): “A este Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que cominos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos” (Hech 10,40-41).

No se trata simplemente de una conexión externa: porque el consagrado ha hecho profesión de lo divino, tiene que dedicarse más a la oración. Se trata de una exigencia interna de la propia consagración y misión: “Aquel a quien el Padre consagró y envió al mundo” (Jn 10,16). La oración, litúrgica y personal, es un momento fuerte de la experiencia de la Alianza, es una celebración de la Alianza. La oración es un reconocimiento explícito de que Dios es lo único que importa (Mt 6,33).

Hay algo en lo cual quiero insistir todavía: es el sentido de la adoración. Lo hemos olvidado un poco; tal vez apremiados por la urgencia de la evangelización (sin darnos cuenta que adorar es un modo privilegiado y fecundo de evangelizar). Toda la vida del religioso tiene que adquirir esa dimensión profunda, constante, clara, de adoración, de una permanente invitación a la adoración: “Venid, adoremos al Señor”. No es una invitación a la inactividad o a la evasión, sino al momento más pleno y gozoso de una actividad fecunda. Adorar no es simplemente estar delante del Señor de una manera pasiva. Es reconocer que solamente en Él se puede realizar, en un solo acto, la oblación de nuestro ser, nuestra existencia llega a su plenitud. Lamentablemente hemos perdido el sentido de la adoración. Hemos redescubierto formas nuevas, externamente más dinámicas, de oración; pero hemos dejado un poco de lado el silencio activo en que el Espíritu Santo obra, el Señor habla y el alma se ofrece totalmente en silencio. La adoración significa reconocimiento y gratitud, experiencia de la cercanía de Dios y alabanza (“te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”), inmolación plena de sí mismo y perfecta disponibilidad de servicio. En la adoración sentimos el dolor y la esperanza de la humanidad; sentimos también la presencia del “Dios Padre Todopoderoso” y Santo. La adoración nos lleva a asumir con gozo nuestra pobreza, a sentir redimida nuestra miseria, a ofrecernos al Padre con todo lo que somos y podemos. Es el momento de mayor silencio y de más entera disponibilidad: “Yo soy la sierva del Señor, que se haga en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Es preciso revalorizar el sentido de la adoración al Santísimo Sacramento: por Cristo, con Él y en Él nos ofrecemos e inmolamos. Nuestra vida, radicalmente insertada en Cristo Sacerdote y Víctima, se hace ofrenda y don.

La adoración prolonga y hace más honda y personal la misma oración litúrgica. ¡Qué sentido de comunión eclesial en la Liturgia de las Horas! ¡Vox Ecclesiae, Vox Christi, Vox mundi! Pero esto exige que recitemos los salmos “con sabiduría”, como nos recuerda San Benito, y que “estemos en la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestros labios” (RB 19). Todo esto supone una previa y serena penetración en la Palabra de Dios: leer antes los textos, interiorizarlos, gustarlos, asimilarlos. En el mismo momento de la oración litúrgica hay una fuerte acción del Espíritu Santo que nos hace descubrir y gustar sentidos nuevos, cada vez más profundos. Es un fruto evidente de la presencia del Señor Resucitado en medio de la asamblea litúrgica reunida en su nombre: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

Pero la oración litúrgica no obra por magia propia. Supone dos cosas: corazones pobres y disponibles, abiertos a comprender y asimilar la Palabra, los gestos, el canto. Supone, como diría San Benito, “pureza de corazón y compunción de lágrimas” (RB 20). Supone también una verdadera comunidad evangélica; sobre todo en la Eucaristía: la Eucaristía construye la Iglesia, pero la Iglesia celebra y hace la Eucaristía.

Pero cuando hablamos de vida litúrgica no entendemos sólo la celebración de la Eucaristía y la Liturgia de las Horas. Entendemos toda la vida de la Iglesia en sus momentos fuertes: Navidad (Adviento), Pascua (Cuaresma), Pentecostés. Cuando decimos que el religioso es hombre y maestro de oración, entendemos que es alguien que sabe transmitir a los demás su profunda vivencia del “tiempo litúrgico”, es decir, que sabe abrir a sus hermanos –a la gente más simple y sencilla del pueblo– los secretos y los compromisos de estos misterios. No es alguien que simplemente goza en estos tiempos, sino alguien que llama a compartir su propia experiencia y su propio compromiso. En definitiva, llama a la vida nueva (la vida en Cristo Jesús por el Espíritu), a experimentar el gozo de la novedad pascual y a comunicarla. Lo cual constituye “el alma de todo apostolado”.

Cuando hablamos de la oración como “principio de fecundidad apostólica” no es que queramos “mediatizar” la oración. Ya lo hemos dicho: la oración no es un medio sino un fin. Es el modo concreto de entrar profunda y sabrosamente en Dios: de estar con Él, escucharlo, experimentar su comunicación y ofrecernos. Pero es verdad que la oración nos prepara para la tarea apostólica (Jesús en los cuarenta días del desierto), nos mantiene en ella (Jesús que “de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración”: Mc 1,35) y nos da infalible eficacia: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

Hay grandes proyectos pastorales, grandes guías y maestros, pero si no hay energía interior que viene del Espíritu a través de la oración todo queda paralizado. Los santos son un ejemplo. La oración es principio de fecundidad apostólica ante todo por la intimidad profunda, por la comunión íntima, que supone con Dios. Hacer el bien apostólicamente es comunicar a Dios, sólo puede hacerlo quien vive permanentemente en Él, quien respira en Él. Sólo puede hablar constantemente de Dios, con claridad convincente, quien vive de Dios.

Además, la fecundidad apostólica supone actitudes personales en el apóstol: la serenidad y la alegría permanentes, el equilibrio, la claridad y sencillez, la fuerza convincente del testimonio. Eso lo puede hacer sólo quien “ha visto al Señor”, quien ha contemplado y palpado la Palabra de la Vida.

Hay un momento en que la vida consagrada y actividad apostólica exigen, sobre todo, la serenidad fecunda de la oración: cuando el Señor nos hace experimentar adorablemente el aparente fracaso de la cruz. Es entonces cuando la oración nos retoma y nos serena, nos hace fuertes y nos recuerda:

“¡Salve, oh Cruz, nuestra única esperanza!” “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…”. “Era necesario pasar por todas esas cosas…”. “Por eso el Señor lo exaltó y le dio un nombre superior a todo nombre”.

Aquí la oración vuelve a conectarse, en la vida del religioso, con el Misterio Pascual: sólo las almas que viven silenciosas al pie de la cruz, como María, son felices y fecundas. Es decir, que la verdadera alegría y la fecundidad apostólica nacen de la contemplación y la cruz. La oración nos ayuda a asumir la cruz. Pero la cruz nos enseña a orar de veras: porque la oración, en definitiva, es un encuentro con el Señor. Y al Señor no lo encontramos sino en la Cruz Pascual. Jesús nos enseña a orar –y a obedecer– en la escuela del sufrimiento.

Conclusión

“El que vive en Cristo es una nueva creación: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor 5,17). El religioso –hombre de la alianza y del amor, hombre de la cruz y la esperanza, hombre de la adoración y del servicio– es un signo transparente de la “novedad pascual”: de los bienes invisibles que nos trajo Cristo “el Hombre Nuevo”, del Reino ya presente y cuya consumación esperamos, “de los cielos nuevos y la nueva tierra, en los que habitará la justicia” (2 Pe 3,13).

Es el hombre de la Pascua. Por eso, el hombre de la oración. Llamado a celebrar en su vida el Misterio Pascual de Jesús (Rom 6,4), el religioso manifiesta en la oración personal y litúrgica que “su vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,4) y anuncia a los hombres que “el Reino de Dios ya ha llegado” a nosotros (Lc 11,20); al mismo tiempo es un grito de esperanza en la venida de Jesús (“Maran atha”: 1 Cor 16,22; “Sí, vengo pronto. Amén. ¡Ven, Señor Jesús!”: Apoc 22,20) cuando el vencedor del pecado y de la muerte –Cristo Jesús, el Hijo de Dios y de María, el Señor de la historia– llegue de nuevo para entregar “a Dios Padre el reino” consumado y sea “Dios todo en todas las cosas” (1 Cor 15,24-28).

Enviado a dar frutos que permanezcan (cf. Jn 15,16), el religioso siente que para comunicar la alegría de la salvación a los hombres de nuestro tiempo debe vivir profundamente sumergido en Cristo por la acción transformadora del Espíritu Santo. Debe ser un contemplativo: es la única forma de ser un testigo y de “mantenerse firme como si viera al Invisible” (Heb 11,27).

Todo esto lo inspiramos y apoyamos en María, “modelo de la consagración”, la contemplativa, la “Virgen orante”, la “Virgen de la escucha”, la que fue proclamada feliz por recibir la Palabra de Dios y realizarla (Lc 11,27).

Ella acogió en su pobreza, en su silencio, en su disponibilidad, la Palabra de Dios que le vino en la Anunciación (Lc 1,38); Ella la contempló serena y fuerte en la Cruz (Jn 19,25-27); Ella la engendró de nuevo para la Iglesia y el mundo, en Pentecostés: “Consagrados a la oración… con María, la Madre de Jesús” (Hech 1,14).

Sea Ella nuestra maestra de oración y nuestra Madre. En su corazón contemplativo aprenderemos a ser pobres y felices; aprenderemos a adorar en silencio y a servir con generosidad; aprenderemos a realizar constantemente la voluntad del Padre, a seguir fielmente a Jesús y a ser sus testigos.

Que Ella nos enseñe a recibir cotidianamente en la fe la Palabra (Anunciación) y a entregarla en la alegría del servicio (Visitación). Que nos haga profundamente contemplativos: capaces de guardar todas estas cosas y meditarlas en el corazón (cf. Lc 2,19).

Solamente así gustaremos cada día del gozo de nuestra consagración y la fecundidad de nuestra misión.

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