El Espíritu Santo y la Iglesia en américa latina

Editorial del Boletín del CELAM N° 22, junio de 1969. Publicado también en Palabra. Revista de la ACA, 2° época, N° 19, junio de 1969, en Escritos Pastorales. Madrid, BAC,1973 y en Profeta de esperanza. Buenos Aires, Acción Católica Argentina, 2002

Pentecostés –plenitud del Misterio Pascual – significa siempre para la Iglesia el “acontecimiento” que abre una esperanza, crea un compromiso e infunde una energía nueva.

Este año nos llega Pentecostés en un momento particularmente grave y decisivo: para la Iglesia Universal y, muy especialmente, para nuestra Iglesia Latinoamericana. Por eso los Pastores hemos esperado este año Pentecostés con más ansia y seguridad que nunca. Con el deseo de una docilidad profunda a la acción misteriosa del Espíritu.

Pero, ¿qué significa Pentecostés para nosotros? No quisiera entrar demasiado en la dimensión teológica del “acontecimiento” (aunque ¿es posible no hacerlo?). De todos modos, prefiero hacer otra cosa. Prefiero presentar a modo de sencillas reflexiones de esperanza, cuál ha de ser la acción del Espíritu Santo en el momento actual de nuestra Iglesia en América Latina. Porque los laicos dicen qué esperan de los sacerdotes. Y los sacerdotes dicen qué esperan de los Obispos. A los Obispos nos queda, entonces, decir qué esperamos del Espíritu Santo (no sólo para nosotros, sino para todo el Pueblo de Dios en América Latina).

I. Un poco más de coraje

“En el mundo tendréis mucho que sufrir; pero tened coraje. Yo he vencido al mundo” Cf. Jn 16, 33.

El momento es difícil. Se ahondan las tensiones, se multiplican las crisis. Pareciera que la Iglesia se resquebrajara. Empezamos a sentir miedo, tristeza y angustia. Nos volvemos pesimistas.

            Es la misma sensación de los Apóstoles al vivir el misterio de la Cruz, antes de Pentecostés. Pero vino sobre ellos “la fuerza del Espíritu Santo” Cf. Act 1,8 y los hizo audaces testigos del Señor resucitado.

Nos hace falta a todos, en esta hora, la fortaleza sobrehumana del Espíritu. Para que el miedo no nos aplaste ni nos tumbe el desaliento. Para que sintamos, más fuertemente que nunca, la presencia actuante del Señor de la gloria: “Yo estaré siempre con vosotros” Cf. Mt 28,20. Para que las crisis no nos asusten, las tensiones no nos desequilibren y los riesgos no nos paralicen.

Esperamos, entonces, del Espíritu Santo la fortaleza que nos asegura en la esperanza.

II. Un poco más de claridad

“El Espíritu de Verdad os hará conocer toda la verdad” Cf. Jn 16,13.

Hay demasiada confusión entre nosotros. La hay en el mundo entero. Confusión de ideas y principios. Confusión de métodos y acción. Todos estamos buscando, sin ver todavía claro. Y todos buscamos con la misma fidelidad al Señor, con el mismo amor a la Iglesia, con el mismo deseo de interpretar bien el momento de los hombres.

Cuando el Espíritu desciende sobre los Apóstoles, en Pentecostés, los “introduce en la Verdad completa”. Les descubre la interioridad del misterio de Jesús y el alcance de todas sus exigencias. Les hace entender, sobre todo, el sentido de la cruz.

Hoy nos hace falta, más que nunca, el Espíritu de la Verdad que nos “enseñe todo” Cf. Jn 14,26. El Espíritu de profecía que nos lleve a proclamar, en la lengua de los hombres las invariables “maravillas de Dios” Cf. Act 2,11. Que nos enseñe a leer en “los signos de los tiempos” el Plan adorable del Padre. Que nos ayude a interpretar profundamente al hombre desde la única perspectiva del Verbo Encarnado. Que nos lleve a penetrar sabiamente (lo cual es “sabiduría”) en la “Verdad inmutable” para incorporar “profetas” –con todo lo que la profecía tiene de carisma, de compromiso y de riesgo– en el tiempo nuevo de los hombres. Que nos enseñe a hablar con audacia serena y a callar con sobrenatural prudencia.

Esperamos, entonces, del Espíritu Santo, “la luz beatísima” que nos haga ver claro en un horizonte oscuro y nos lleve a hablar con precisión divina en un momento confuso.

III. Más capacidad de diálogo

Casi se ha vuelto un slogan hablar del diálogo. Los Obispos nos hemos comprometido a “institucionalizar el diálogo”. Dios nos enseñará el camino. Porque dialogar no es fácil. Es fácil, sí, escribir páginas enteras y hacer interminables monólogos sobre cómo tiene que hacerse el diálogo. Lo verdaderamente difícil es el diálogo mismo. Apenas estamos aprendiendo.

Dialogar no es simplemente escuchar (aunque lo hagamos con sinceridad y cariño). Dialogar es entrar, en cuanto sea posible, en el pensamiento y el corazón del otro. Es, en cierto sentido, asumir generosamente al otro. Para ello hace falta ser pobre, desprenderse y aprender a morir. Lo cual no es fácil, aunque lo queramos de veras.

Sólo cuando el Espíritu hizo radicalmente pobre a María entró Ella en la Palabra que le fue anunciada y entró en Ella la Palabra que “plantó su tienda entre nosotros”. Este fue el verdadero y substancial diálogo que empezó la Alianza Nueva. Sólo cuando el Espíritu de Pentecostés despojó a los Apóstoles de su mentalidad carnal pudieron entrar ellos en la interioridad de Jesús (hablar con Él y escucharlo con un sentido espiritual y nuevo) y captar el lenguaje distinto de los hombres para entregarles luego la única “palabra de salvación”.

Hoy hace falta que el Espíritu nos enseñe a dialogar. Mejor aún, que Él mismo dialogue en nosotros y desde nosotros. Para que el diálogo sea especie de recreación y enriquecimiento mutuo. Para que el diálogo no sea una sucesión, más o menos serena, de monólogos cerrados. Para que el diálogo no sea, sobre todo, una lamentable táctica de hacer que el otro piense y actúe como queremos nosotros. ¿No es cierto que, a veces, creemos que el Obispo dialoga porque simplemente nos llama o nos visita o nos escucha? Pero, ¿no es cierto, también, que con más frecuencia creemos nosotros que dialogamos porque le hacemos aceptar al Obispo lo que a nosotros nos parece? El diálogo es otra cosa.

El Espíritu Santo –que hizo posible el diálogo, en Cristo, entre Dios y el hombre – es quien ha de crear en todos una capacidad bien honda de diálogo. Para ello deberá hacernos más pobres y desprendidos, más simples y generosos.

Por eso esperamos, para nuestra Iglesia, al Espíritu “que habló por los Profetas” y que es el único que interpreta lo que hay en “lo profundo del hombre”.

IV. Más capacidad de comunión

“Tratad de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz” Cf. Ef 4,3.

Cada vez descubrimos mejor a la Iglesia como “comunión”. Cada vez experimentamos más las ansias de los hombres hacia la unidad. Y, sin embargo, cada vez se hace más difícil la unión entre nosotros. Nos esforzamos por lograr la unidad entre cristianos, y los católicos nos despedazamos dentro. Buscamos la unión con el mundo, y las tensiones crecen entre los diversos sectores de la única Iglesia. Cada vez se hace más difícil la autoridad y la obediencia. Cada vez se hace más honda la separación de los carismas. Antes la Iglesia era sólo la Jerarquía. Ahora la Iglesia son sólo los laicos (o, mejor aún, somos “nosotros” o soy “yo”).

Pentecostés trajo la gracia de superar la dispersión del Babel. No uniformó las lenguas, sino que las multiplicó. Pero era el mismo Espíritu el que hablaba, “en distintas lenguas”, las mismas “maravillas de Dios”. (Pedro y Pablo escriben “distinto” y “discuten” duramente), pero el Espíritu Santo crea en todos “un solo corazón y una sola alma” Cf. Act 4,32. Y toda la Iglesia de Pentecostés se manifiesta al mundo como la “comunidad del Señor” que permanece unida en la “enseñanza de los Apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” Cf. Act 2,42.

El Espíritu Santo deberá crear, entre nosotros, la comunión profunda de la única Iglesia que peregrina en América Latina con carismas y funciones distintas. Con mentalidades y temperamentos diversos (unos demasiado audaces, otros demasiado tímidos, unos demasiado lentos, otros demasiado impacientes). Pero todos igualmente fieles al mismo Evangelio (sin parcializarlo o desfigurarlo, con su fundamental exigencia de cruz y renunciamiento, de compromiso y servicio). Todos igualmente dóciles al mismo Espíritu que reparte sus dones “como Él quiere” Cf. 1 Co 12,11.

Esperamos al Espíritu Santo: no para que nos haga iguales, sino para que nos haga hermanos. Esperamos al Espíritu de Amor para que nos haga un solo Cuerpo.

V. Espíritu de conversión

Vivimos un momento en que todos tenemos que convertirnos. Cambiar nuestra mentalidad y nuestras actitudes. Es una exigencia de la cercanía inminente del Reino Cf. Mc 1,15.

Toda la Iglesia tiene que ponerse en actitud de conversión. Lo cual supone, ante todo, tomar conciencia serena de un pecado que llevamos dentro (“si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando” Cf. 1 Jn 1,8). Supone, también descubrir que hay un pecado en los hombres, en sus actitudes o instituciones, del cual somos todos, en un sentido o en otro, cómplices y responsables.

Es lo que a veces llamamos “situación de pecado” (injusticias, desigualdad, insensibilidad ante el dolor y la pobreza etc.).

La fuerza renovadora del Espíritu, en Pentecostés, provoca las primeras conversiones. Predica Pedro, en la misma hora de Pentecostés sobre la misteriosa efusión del Espíritu, y los invita a la conversión. “Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil” Cf. Act 2,41.

La conversión se realiza, primero, en los mismos Apóstoles ( es decir, en el interior mismo de la Iglesia, en los primeros Obispos y en los primeros discípulos). El Espíritu de Pentecostés crea en ellos un “corazón nuevo”.

Ya había habido en ellos una primera conversión, por el llamado mismo de Jesús. Pero era necesaria ahora esta conversión definitiva del Espíritu, para que mostraran verdaderamente al Señor en el rostro de la Iglesia joven. Cambiaron de mentalidad: ahora entendían a Jesús de otra manera, ahora comprendían los misterios del Reino. También hablaban de una manera nueva. Su lenguaje, que los hombres misteriosamente entendían, expresaba “la locura de la Cruz” Cf. 1 Co 1,13.

Hoy hace falta que el Espíritu Santo nos convierta a todos. Que descienda sobre su Iglesia y la purifique, preparando la belleza perfecta de la Jerusalén nueva del Apocalipsis Cf. Ap 21,2. Que se posesione plenamente de nosotros, que nos queme con su fuego, que deje en nosotros corazones nuevos: con una gran capacidad de amor a Dios y a los hombres, con deseos ardientes de inmolarnos y de darnos, de dejarnos crucificar con Cristo y de ofrecer la vida “para la salvación del mundo”.

Todo esto (y mucho más) es lo que esperamos del Espíritu Santo para nuestra Iglesia en América Latina. En estos precisos días de un Pentecostés nuevo. Que nos dé coraje, que nos ilumine para ver claro, que dialogue en nosotros, que nos ayude a vivir en comunión, que nos convierta.

Todo esto (y mucho más) es lo que estamos seguros que obrará en nosotros el Espíritu. Porque Cristo nos lo prometió enviar desde el Padre. Porque la Iglesia en América Latina se comprometió, solemnemente, hace poco, en Medellín, a recibirlo y a comunicarlo. Y porque todos lo esperamos –con más urgencia y seguridad que nunca – en la comunión fraterna, en la oración silenciosa, con María la Madre de Jesús Cf. Act 1,14.

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