El camino de la Acción Católica en la Iglesia y el mundo

A la luz de la Christifideles Laici para la nueva evangelización.

Viena, 30 de octubre de 1994

“El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo”(Rm 15,13)

Estas son mis primeras palabras de saludo y augurio para todos vosotros los que asistís a este II Forum Internacional de la Acción Católica. Mi deseo es que el Espíritu Santo obre profundamente en nuestros corazones produciendo una sobreabundancia de paz, de alegría y de esperanza. Esa esperanza que “no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”(Rm 5,5).

A esta esperanza yo los invitaba –con palabras de Juan Pablo II- en mi reflexión para el Forum de 1991. “Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo”(R.M. 86). Pero es una esperanza que nos abre a nuevos horizontes, a nuevos compromisos, a nuevos pasos en el camino de evangelización y de misión de la Acción Católica.

Uno de los signos de esta “gran primavera cristiana” lo constituye la autoconciencia que la Iglesia va teniendo de sí misma en todos sus miembros: laicos, presbíteros y religiosos. La Iglesia como Misterio, como Comunión, como Misión; o dicho con una frase que me es particularmente querida y que lo sintetiza todo: la Iglesia como Misterio de comunión misionera. Con el reciente Sínodo sobre la Vida Consagrada –que acaba de concluirse ayer- se cerró una magnífica reflexión sobre la “circularidad de comunión” que había empezado con el Sínodo sobre los Laicos (87), se continuó en el Sínodo sobre la formación de los sacerdotes (90) –sacerdotes que viven, sirven y comunican el Misterio- y se concluye ahora con una reflexión (meditación contemplativa) sobre este don de Dios a su Iglesia que es la Vida Consagrada: en sus diversas formas de Vida Religiosa e Institutos Seculares, vida monástica y vida apostólica, vírgenes y eremitas, nuevas formas de vida consagrada. El Espíritu de Dios está obrando fuertemente en su Iglesia “en esta magnifica y dramática hora de la historia, ante la llegada del tercer milenio” (Ch.L. 3)

Otro de los signos de esta “gran primavera cristiana” es la creciente participación de los fieles laicos en la misión evangelizadora de la Iglesia. Su ardiente deseo de una fuerte espiritualidad laical (hambre de la Palabra de Dios – Lectio Divina – y de los sacramentos), compromiso creciente de participación en la edificación de la comunidad eclesial y de la construcción de la nueva sociedad. Podríamos señalar, de modo especial, entre estos signos positivos de esperanza el impacto que producen en los jóvenes las Jornadas Mundiales de la Juventud. Constituyen un momento fuerte de evangelización, un signo evidente y práctico de comunión eclesial y una particular invitación a la renovación interior (manifestada en un creciente deseo de santidad y, en muchos casos, un momento decisivo de opción vocacional, sacerdotal o religiosa).

Finalmente yo me atrevo a colocar entre estos signos claros de esperanza cristiana la nueva y más profunda conciencia de la Acción Católica como privilegiada forma de asociación eclesial “en unión muy estrecha con la Jerarquía” y especialmente partícipe de su misión apostólica. No en vano en el Concilio Vaticano II recordaba a los Obispos el deber de promover las distintas formas de apostolados de los laicos, “y señaladamente a la Acción Católica” (Ch.D. 17; cfr.A.A.20). Lo mismo ha hecho el Papa Juan Pablo II en la Christifideles Laici, recogiendo la Propuesta 13 de los Padres Sinodales: “Entre las diversas formas  apostólicas de los laicos que tienen una particular relación con la Jerarquía, los Padres Sinodales han recordado explícitamente diversos movimientos y asociaciones de Acción Católica” (ChL 31). Es evidente que la Acción Católica – con diversas modalidades quizás de acuerdo a países y culturas diferentes- ha marcado fuertemente el inicio de la participación de los laicos en la misión de la Iglesia y ha significado el comienzo de una forma asociativa especial que ha hecho crecer y madurar la comunidad cristiana. Sin disminuir la fuerza testimonial y evangelizadora de los nuevos movimientos eclesiales – que “representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha” (RM 72)- no hay que olvidarse que “fue particularmente la promoción de la Acción Católica, por parte de Pío XI, la que abrió un capítulo decisivo en el desarrollo del trabajo de los laicos en el campo religioso, social, cultural, político y hasta económico. La experiencia histórica y la profundización doctrinal de la Acción Católica prepararon  nuevas levas, abrieron nuevas perspectivas, encendieron nuevas llamas” (Juan Pablo II, 21-9-9-4). En el camino de la Acción Católica hubo luces y sombras, momentos de desorientación y de cansancio, temores quizás de haber quedado superada por los nuevos tiempos y exigencias eclesiales. Creo que ha llegado el momento providencial del Espíritu Santo para una renovación más profunda en lo espiritual, en lo doctrinal, en su compromiso apostólico y misionero. A esto ayudará ciertamente la celebración del Forum –sobre el cual volveremos al final- y que quiere abrir a otros países la fecundidad de una experiencia asociativa tan rica en frutos y tan prometedora de esperanzas- Yo quiero señalar, a la luz de Christifideles Laici, algunas exigencias y esperanzas en este camino de la Acción Católica: formación, comunión, audacia y profecía en el Espíritu.

 

I.             Formación para una nueva evangelización

Se ha  dicho siempre que la Acción Católica debe ser una “escuela de formación”. Y la experiencia nos dice que lo ha sido. Generaciones de fieles laicos han sido profundamente formados en la escuela de la Acción Católica: de aquí surgieron familias profundamente cristianas, vocaciones sacerdotales y religiosas, laicos comprometidos en los campos de cultura, de la educación, de la economía y de la política. Sin embargo, a veces se ha acusado a la Acción Católica de ser simplemente “una escuela”, es decir, de encerrarse en sí misma, de formar en un espiritualismo desencarnado (sin relacionarlo con lo cotidiano de la vida y el compromiso con las realidades temporales) o en una mera estructuración doctrinal (una teología abstracta, profunda pero desconectada de las situaciones nuevas, personales, familiares o de los pueblos). Creo que las acusaciones han sido muchas veces injustas; pero algo de verdad tenían (como lo tenía, también, la formación que se daba en algunos Seminarios e Institutos Religiosos). Precisamente por eso, en los tres últimos Sínodos (laicos, presbíteros, religiosos) se ha insistido tanto la urgencia de una formación integral, inicial y permanente.

Una formación para la nueva evangelización supone:

a.- Formación para la comunión. La Iglesia es esencialmente comunión misionera. Lo cual supone, para la Acción Católica principalmente, comunión afectiva y efectiva con los pastores. Como toda comunión es a veces sufriente, pero siempre es rica y fecunda. Es comunión con los pastores, a nivel parroquial y diocesano, comunión con las distintas realidades del Pueblo de Dios. Una particular sensibilidad eclesial y capacidad de comunión con las diversas formas asociativas: movimientos, grupos, asociaciones;

b.- formación para la unidad interior entre fe y vida: a fin de que el anuncio explícito de Cristo vaya unido al testimonio, la evangelización a la promoción humana, el servicio a la profecía, la acción misionera a la oración contemplativa;

c.- formación para la construcciónde comunidades eclesiales maduras”(ChL 34); comunidades de fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos y vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana (cfr. ChL 33);

d.- formación en la doctrina social de la Iglesia. “Es absolutamente indispensable…un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia… Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas y universidades”(ChL 60). La Doctrina Social de la Iglesia forma parte de la Teología Moral (cfr.S.R.5);

e.- formación para un crecimiento interior en el itinerario progresivo de santidad. Volvemos a un tema que es muy propio de la Acción Católica: que sea “escuela de espiritualidad y de santidad”. “Hoy el mundo necesita el paso de los santos”. Santos de lo cotidiano (Pablo VI).

II.            Comunión para la nueva evangelización

La comunión está en el comienzo y en el término de la nueva evangelización. “La comunión es misionera y la misión es para la comunión”(ChL 32). Diría que es el centro, el corazón, de la nueva evangelización. Digo el corazón por dos motivos:

  1. porque la evangelización supone la Palabra y la Eucaristía;
  • y porque el Espíritu Santo ( que es Espíritu de amor, de unidad, de comunión) es el “Protagonista de la misión”(R.M.cap.V). “La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del Espíritu Santo”(ChL 20).

Pero quiero referirme ahora a la comunión como principio y término de la nueva evangelización aplicándolo de un modo especial a la Acción Católica. “Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia”. La Iglesia, como la define el Concilio Vaticano II con palabras de San Cipriano, es “un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (L.G.4). Precisamente por eso la Iglesia es expresión e imagen (verdadero icono) de la Trinidad. Y es toda la Iglesia la que recibe –en su esencial e irrompible comunión- la misión evangelizadora de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”(Mc 16 15; cfr. Mt 28, 18-20).

Es toda la Iglesia – Misterio de Comunión Misionera- la que está recibiendo hoy de Jesús Resucitado, por intermedio de Pablo VI y de Juan Pablo II, el nuevo mandato evangelizador y misionero: “Id, también, vosotros a mi viña”(sed Iglesia comunión); “Id por todo el mundo”(sed Iglesia misionera).

Para la Acción Católica, este llamado a la comunión eclesial y este mandato misionero tiene una exigencia especial que sintetizo así:

  • vivir en íntima comunión con la Trinidad que nos habita y con Cristo que nos envía y es la Vid de la cual todos somos sarmientos: intensificar la Vida espiritual en la Lectio Divina y la Eucaristía; la comunión crece y se manifiesta en la medida en que se vive “en Cristo Jesús” y “en el Espíritu Santo”;
  • vivir con particular devoción el Misterio de la Iglesia Particular: estáis insertados en la Iglesia de Cristo que se realiza en vuestra Diócesis y en vuestra Parroquia, en comunión perfecta con la Iglesia Universal que preside Pedro. Os recuerdo las palabras de San Pablo: “Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien también vosotros estáis siendo juntamennte edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu”( Ef 2, 19-22). Vivir la Iglesia, sentir la Iglesia, amar la Iglesia, en su realidad concreta, inmediata, total; la única Iglesia edificada sobre los Apóstoles y siendo Cristo la piedra angular;
  • participar activamente en el plan pastoral de la Diócesis, en comunión orgánica con los pastores: preparación, realización, evaluación;
  • estar evangélicamente en el mundo –tratando de compartir el sufrimiento y la esperanza de los hombres y de leer desde la fe los nuevos signos de los tiempos para llevarlos a los Pastores e interpretarlos con ellos-. Es un modo de realizar así una comunión salvadora con el mundo; de hacer presente la única Iglesia de Cristo en el corazón del mundo; como reza el lema de este Forum: “Hombres y mujeres de la Iglesia en el corazón del mundo. Hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia” ( cfr. E.N. 70: “El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes”)
  • ir descubriendo y ocupando los nuevos areópagos donde la Iglesia tiene que proclamar la Buena Nueva de Jesús con el nuevo ardor del Espíritu Santo (medios de comunicación, campo de la cultura, deportes, mundo del trabajo y tiempo libre). Ir creando espacios de presencia, de testimonio, de evangelización misionera.

III.          Audacia y profecía en el espíritu

“El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha

ungido para anunciar a los pobres la Buena

Nueva”( Lc 4, 18; cfr. Is 61, 1-2)

Quiero volver a un tema, ya insinuado más arriba, y que está en el corazón de la nueva evangelización y en el corazón de la Acción Católica: “la vida en Cristo”, “la vida en el Espíritu”. La nueva evangelización exige testigos ardientes y profetas creíbles. Estamos en una época de martirio. Se necesita audacia y profecía. Quisiera recordar brevemente algunas exigencias de una espiritualidad laical que es muy propia de la Acción Católica y es esencial para la nueva evangelización.

  1. Dimensión contemplativa de toda actividad apostólica y misionera. Es una exigencia interior del Espíritu que habita en nosotros. El Espíritu nos hace profetas (es decir, “la boca de Dios”; no somos nosotros los que hablamos, sino el Espíritu que habita en nosotros y habla por nosotros) y el Espíritu nos hace testigos (“recibiréis la fuerza del Espíritu y seréis mis testigos”, Hch 1,8). Esta dimensión contemplativa supone:
  • la meditación continua de la Palabra de Dios; la Lectio Divina;

–   la oración contemplativa que supone momentos de silencio y de oración, de pura experiencia de Dios en la naturaleza, en el trabajo, en los pobres, en la cruz;

–  el amor por el desierto, la soledad, el retiro. “El Espíritu lo condujo al desierto”(Mc 1, 12). Hoy hay hambre de silencio, de búsqueda de Dios en el desierto, de oración. La Acción Católica se caracterizó siempre por la necesidad y gozo de los Ejercicios Espirituales.

  • Espiritualidad de encarnación. “La palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14). La contemplación no nos aleja de la realidad; antes al contrario, nos introduce en ella y crea en nosotros capacidades más hondas para asumir el sufrimiento de los hombres. La dimensión contemplativa nos hace profundamente serenos, luminosos, transparentes. Más cercanos a los pobres y más llenos de la audacia y la profecía del Espíritu. Es decir, más capaces de denunciar las injusticias, de combatir las violencias y de proclamar la fuerza transformadora de las bienaventuranzas; es decir, nos hace más serenamente fuertes y comprometidos.
  • Crecimiento cotidiano en la vida sacramental. Engendrados en Cristo por el Bautismo (“creados en Cristo Jesús”, Ef 2, 19), vamos creciendo hacia la santidad en la fidelidad al Dios de lo cotidiano: “así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta” (1 Pd. 1, 15). El Sínodo extraordinario del ‘85 –que tanto nos ayudó a descubrir el Misterio de la Iglesia comunión misionera- nos dejaba la siguiente recomendación: “Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia. Hoy tenemos una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios” (Rel.F.II, A4; cfr. ChL 16).

La Acción Católica nos ayudó a descubrir la riqueza inagotable del Bautismo y nuestra vocación fundamental a la santidad. La Confirmación nos ungió con la fuerza del Espíritu para el testimonio y la profecía. “Vosotros seréis mis testigos” (Hch 1, 8). La Eucaristía nos asimila cotidianamente al Plan de Vida y nos construye como Iglesia Comunión: “La copa de bendición que bendecimos ¿ no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿ no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Cor 10, 16-17). El Sacramento de la Reconciliación nos ayuda a recomponer la unidad que hemos perdido y nos hace gustar más profundamente la comunión con Dios en su Iglesia para la salvación del mundo.

Esta fuerte vida sacramental –que tiene sus raíces en el Bautismo y su centro en la Eucaristía- ha sido siempre la fuente de la irradiación pascual de la Acción Católica, de su fecundidad apostólica y de su irrompible comunión con la Iglesia.

Quiero insistir en esto: que la fuerza de la Acción Católica ha sido siempre su unión con la Jerarquía y su fidelidad a la oración y a la vida sacramental. Vivir la novedad cristiana del Bautismo en la participación activa en la Eucaristía; dejarnos purificar por la gracia renovadora de la Reconciliación y renovar cada día la fuerza siempre actuante de la Confirmación. Pero que no quedemos luego cómodamente instalados frente a un Dios que nos hace felices, sino ir cotidianamente al mundo (con sus situaciones nuevas y sus nuevos desafíos) con el renovado ardor del Espíritu Santo para anunciar explícitamente a Jesús y construir su Reino. Pablo VI, de inolvidable memoria, después de haber definido ala Acción Católica como “escuela de santidad” y de haber mostrado su lugar teológico en la estructura eclesial (“ministerialidad laical”), afirmaba: “La Acción Católica tiene que descubrir de nuevo la pasión por el anuncio del Evangelio, única salvación posible para un mundo que de otro modo caería en la desesperación” (25-4-77).

Conclusión

            Volvemos ahora, para terminar con una palabra de esperanza, a este Forum que nos convoca y estamos celebrando. El Pontificio Consejo para los Laicos lo ha animado con entusiasmo desde el primer momento. Lo considera siempre como un lugar de encuentro, de intercambio de dones, de colaboración mutua, de promoción de la Acción Católica. De ninguna manera piensa en un super organismo internacional que tenga funciones directivas sobre las asociaciones locales, nacionales. Sería desnaturalizar la identidad propia de la Acción Católica, es decir, su relación esencial hacia la Jerarquía local, sus orientaciones y programas pastorales.

            Pero quisiera indicar algunas pistas –ya ciertamente recorridas por vosotros- y que me parecen deben marcar el camino de este Forum:

  1. que la propuesta de esta forma asociativa de la Acción Católica –tan recomendada por el Concilio Vaticano II (cfr. A.A.20) y tan querida por los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II- sea hecha siempre en el marco de una Iglesia Misterio de Comunión Misionera. Es decir, que viva y ame la Iglesia comunión; contagie y expanda su amor; lo haga presente y sensible.
  • que sea siempre un punto de referencia; humilde y disponible, para la comunión con otras formas asociativas, movimientos y grupos que Dios ha suscitado en estos últimos años en la Iglesia; que se muestre siempre como imagen de comunión de todas las fuerzas laicales en torno a los Pastores y sus proyectos pastorales; para que no sólo haya simplemente laicos, sino un laicado. Hoy día se siente necesidad y urgencia de organicidad en el laicado. Lo pide la situación del mundo y lo exige la fecundidad de una Iglesia comunión.
  • que se haga, con mucha humildad pero con gran fuerza misionera, sin ánimo proselitista pero con coraje y amor de Iglesia la propuesta de la Acción Católica en aquellos países de Europa Centro-Oriental que buscan formas de organización para los cristianos laicos, adultos y jóvenes; la circunstancia de realizarse este Forum en Viena es verdaderamente providencial.
  • que se visite con amor filial, respeto y obediencia, a los Obispos. Sin ellos no puede haber Acción Católica. Lo mismo convendría hacer con los sacerdotes –sobre todo párrocos- y con los seminaristas. No se trata de vender una mercadería, sino de recordar y ofrecer, con gratitud y alegría, un verdadero don de Dios a su Iglesia que quiere ser comunión misionera.
  • finalmente –y creo que es lo principal- que se muestre la imagen de una Acción Católica rejuvenecida, fiel a su tradición original, pero abierta a las exigencias de la historia, profundamente invadida por el Espíritu de Dios, que es Espíritu de comunión y de profecía, Espíritu de santidad y de servicio, Espíritu de pasión evangelizadora y misionera. El mundo espera hombres y mujeres nuevos –inmersos en lo cotidiano desde una profunda experiencia con Dios- que anuncien explícitamente la Buena Nueva de Jesús con la audacia profética del Espíritu. Pero que lo hagan orgánicamente, como expresión de una Iglesia comunión, fuertemente comprometida en la construcción de una sociedad fraterna y solidaria. Comprometida en la construcción de la civilización de la verdad y el amor.

Dejamos todo en el corazón de María, nuestra Madre y Madre de la Iglesia, en cuyas entrañas virginales “la Palabra se hizo carne y plantó su Morada entre nosotros”(Jn 1,14).

El camino de la Acción Católica coincide con el camino de María: camino de fidelidad y de servicio, de silencio contemplativo y de cruz, de alegría y de esperanza. Es siempre el camino fecundo del Fiat y del Magnificat. De acción de gracias y de entrega total y generosa. Nos acompañe siempre María con la gozosa disponibilidad de los discípulos, con el ardor de los testigos y con la serena fortaleza de los mártires.

Eduardo F. Cardenal Pironio

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