Signos de una Iglesia contemplativa (1)

 Año de la vida consagrada

Card. Eduardo Pironio2

Queridísimas Hermanas:

¡Qué alegría me da el Señor al poder celebrar esta Eucaristía con ustedes, y encontrarme así con todos los monasterios de vida contemplativa de esta queri­dísima Colombia; y alargando unp oquitico más la mirada y atravesando todo el horizonte, sentir en esta capilla la presencia fuerte, fecunda, luminosa de toda la vida contemplativa en la Iglesia de hoy! ¡Qué alegría también para ustedes el que, a través de la humilde presencia de un hombre muy pobre, a quien sin embargo Dios amó mucho por la cruz, se hace aquí presente hoy la persona bondadosa del Santo Padre. Quisiera que mi presencia pudiese ser ese signo, que fuese realmente la presencia del Papa, a pesar de toda mi limitación y miseria, del Papa que las ama tanto!

Me impresionó mucho cuando el Papa me llamó a Roma3: yo quería todavía prolongar mi estadía en América Latina, pero él me dijo: “Yo quiero que el 8 de diciembre esté conmigo, porque en ese día nos vamos a consagrar juntos a la Santísima Virgen”. Realmente el 8 de diciembre tuve dos gracias muy grandes del Señor: Por la mañana, la concelebración con el Santo Padre en la Basílica de San Pedro, para hacer con él la consagración a Nuestra Señora. Por la tarde en Santa María la Mayor, la gran Basílica de Nuestra Señora, corazón, diríamos, de las Basílicas consagradas a Nuestra Señora en Roma, el encuentro espiritual e invisible con la vida contemplativa del mundo entero. Allí estaban representadas las comunidades de vida contemplativa, con todo lo que significa la contemplación. El Papa quiso dedicar el 8 de diciembre, décimo aniversario de la clausura del Concilio, por la mañana, a todos los religiosos, religiosas, estudiantes al sacerdocio y novicios; por la tarde, de manera especialísima, a la vida contemplativa. Y yo quisiera que en pequeño, aunque a infinita distancia por mi parte, hoy se reprodujera ese encuentro. Quisiera comprometerlas a ustedes a ir engendrando diariamente la Iglesia. Que la fueran engendrando en la medida de la profundidad del silencio, de la serenidad de la cruz, del gozo, de la caridad.

La vida contemplativa tiene que ser, hoy más que nunca, en la Iglesia de la palabra, de la profecía, en la Iglesia de la encarnación y de la presencia, en la Iglesia del servicio, de la entrega a los hermanos, tiene que ser la fuente original, luminosa, fecunda, de donde nace esa Iglesia profética, esa Iglesia de encarnación, esa Iglesia servidora de la humanidad, esa Iglesia sacramento universal de salvación; pero hay que hacerla nacer desde adentro. Hace muchos años que yo vengo hablando e insistiendo muchísimo en la urgencia de la vida contemplativa para la totalidad de la Iglesia: para el obispo, para el sacerdote, para el religioso o religiosa de vida activa, para el laico. Hace mucho tiempo, porque lo vengo sintiendo como una urgencia del Espíritu. Es necesario que la Iglesia nazca primero adentro, para poder nacer en la historia, como sacramento universal de salvación ante el mundo que espera; pero esto exige que la vida contemplativa viva como María, abierta a la profundidad del silencio, a la serenidad de la cruz, a la alegría del amor. Todo bajo la acción fuerte del Espíritu Santo, que es Espíritu de interioridad, que es Espíritu de alegre inmolación en la cruz, que es Espíritu de generoso servicio en la caridad. La vida contemplativa engendra cotidianamente la Iglesia, en la medida en que, como María, se abre a la Palabra.

Es ponerse en actitud muy pobre, en actitud muy de silencio y muy de disponibilidad, frente a la Palabra que nos es dicha, como se puso María en actitud de mucha pobreza. Sólo a los pobres se les revelan los secretos del Reino. Lo acabamos de escuchar en el hermosísimo Evangelio de hoy: “Padre, te doy gracias, porque todas estas cosas las has reservado para los pequeños, para los humildes, para los pobres; las has ocultado a los sabios”4.

Es cierto. Tiene que haber una penetración en la Palabra del Señor, tiene que haber un estudio, una reflexión en la Palabra del Señor, pero sobre todo, tiene que haber un corazón muy pobre y sencillo, para penetrar contemplativamente la Palabra del Señor.

Yo diría que hay como tres momentos de entrar en la Palabra del Señor: el primer momento es el de la curiosidad: qué dice la Palabra. El segundo momento es un momento técnico: por qué, cómo. Y el tercer momento: qué me dice esta Palabra. Mejor todavía, cómo entra en mí esta Palabra.

En la pobreza de María nació la Palabra. El Espíritu Santo la cubrió con su sombra, porque era pobre, porque era humilde. La Palabra nació en el corazón virginal y pobre de María. Para que la Palabra nazca en los labios y de los labios, desde el corazón del Obispo, del predicador, del evangelizador, del sacerdote, es necesario que antes esa Palabra sea recibida dentro, en la pobreza de un alma contemplativa.

Frente a la Palabra de Dios, después, esa actitud de silencio. Silencio que es encuentro, no un silencio que es vacío; silencio que es comunión muy honda con el Espíritu que engendra la Palabra; silencio que no es evasión, sino que es presencia. Un silencio muy lleno de la Palabra y del Espíritu de Dios. Es María quien guarda todas estas cosas, rumiándolas en su corazón. María del silencio no es María de la abstracción, María del olvido, no; María del silencio, María de la contemplación es María que recibe la Palabra adentro, en la Anunciación; corre en seguida a comunicarla silenciosamente en la Visitación. María del silencio y de la contemplación es María que está constantemente rumiando estas cosas en su corazón, pero que al mismo tiempo entrega la Palabra a los hombres en la Noche Buena de Belén. María del silencio y de la contemplación es María que goza en la contemplación silenciosa del Hijo, pero al mismo tiempo tiene los ojos abiertos a la realidad, a la angustia de los jóvenes esposos en Caná de Galilea, y adelanta la hora de Jesús pidiendo que se realice el milagro. Es el silencio de la contemplación que no nos aleja de la realidad, sino que nos hace verla desde otra perspectiva mucho más honda. Para que la Palabra de Dios nazca en nosotros hace falta una actitud de silencio. Silencio, repito, que no es vacío, sino capacidad para el encuentro, ese silencio que es todo.

Para que la Palabra nazca dentro, hace falta la disponibilidad. Pobreza, silencio, disponibilidad. Esa disponibilidad de Nuestra Señora: “Sí, yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”5. Es decir, hacer que la Palabra nazca en nuestro interior mediante una entrega radical, gozosa, a las exigencias de esa Palabra; entonces seremos netamente felices. Felices; sí, María, porque dijiste que sí, porque te entregaste a la Palabra, porque has creído. Recibir la Palabra con la pobreza, con el silencio, con la disponibilidad de María. Y esa es la palabra que después iluminará, desde el corazón y desde los labios de los evangelizadores, al mundo de hoy que espera.

Pero esa disponibilidad ante la Palabra, esa entrega absoluta a la Palabra, y ese nacimiento de la Palabra, nos lleva a vivir otra cosa, otra dimensión, que es la serenidad, el gozo, la fecundidad de la cruz. La vida contemplativa es una vida inmolada, serena, gozosamente clavada con Cristo en la cruz. Tienen que ser testigos del Reino de Dios, y lo serán en la medida en que el Espíritu de Dios las vaya introduciendo en el Cristo de la Pascua; y ese Cristo de la Pascua es ese Cristo, sabiduría y fuerza, del que habla hoy san Pablo en la primera lectura: “Yo no entiendo otra cosa que Cristo y Cristo crucificado”6. Y ese Cristo crucificado es siempre el Cristo de la muerte y de la Resurrección, es el Cristo del anonadamiento y de la salvación, es el Cristo, Señor de la historia, del cual san Pablo habla en la Carta a los Filipenses en el capítulo 2: siendo Dios no retuvo como presa avara el ser considerado como Dios, sino que se despojó totalmente, se hizo siervo, se anonadó, más todavía, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Y por eso el Padre lo glorificó haciéndolo superior a todo hombre, y le dio un nombre que está sobre todo nombre y ante el cual doblan la rodilla los cielos y la tierra y el abismo, y toda lengua confiesa que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre7. Es el Cristo de la Pascua.

Entonces una vida contemplativa es una vida que vive el gozo, la serenidad, la fuerza, yo diría la fecundidad de la cruz. Sean fuertemente contemplativas desde la luminosidad serena de la cruz. De una cruz vivida en la fecundidad, no de una cruz vivida en el vacío o en la destrucción. Es exclusivamente del corazón de la cruz de donde nace la Iglesia, de donde sale la luz, de donde brota la resurrección. Es exclusivamente desde el interior de la cruz, de donde nace la alegría de la esperanza. Dos realidades que el mundo de hoy necesita: alegría y esperanza. Pero únicamente tienen derecho a ser alegres, únicamente tienen derecho a vivir y proclamar la esperanza, las almas que, como María, viven silenciosas al pie de la cruz. Vivan ustedes la vida contemplativa al pie de la cruz, amen cada vez más hondamente la inmolación de la cruz, dejen que el Señor adorablemente las atornille. ¡Claro que cuesta! Llegan momentos en que uno tiene la tentación de decir (si le pasó a Cristo, ¡cómo no nos va a pasar a nosotros!): “Basta; si es posible que pase de mí este cáliz”, pero en seguida, “no se haga mi voluntad sino la tuya”8.

La cruz hay que vivirla con el gozo de la fecundidad, como aquello que dice san Pablo: “Siento alegría en mi cruz por ustedes, por la Iglesia, porque veo que estoy completando en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo”9. En esta cruz silenciosa, desconocida para otros, tal vez ignorada por los propios hermanos y hermanas, en esta cruz se está engendrando la vida de tantas comunidades de Iglesia, la luz de tantos estadistas de diferentes naciones, se está como gestando la paz, la justicia y el amor que tanto necesitan los pueblos.

Finalmente, la vida contemplativa engendra a la Iglesia, desde la alegría de la caridad, la alegría del amor. La alegría que es caridad y que es inmolación total al Padre, que es radical entrega a Jesucristo. “Para mí vivir es Cristo, el morir una ganancia”10. Vivir sirviéndolo exclusivamente a Él, abiertos desde Él a todos los problemas y necesidades de los hombres, pero vivir con una inmolación muy gozosa, muy honda en el Señor; por eso, vivir desde aquí también el gozo de una pobreza radical, de una obediencia bien madura, bien en la fe, bien en anonadamiento, de una virginidad que ensancha el corazón y de una capacidad universal de amor. Vivir así esta consagración, irradiar la alegría.

Un monasterio contemplativo tiene que ser un testimonio radiante del Dios de la alegría, porque es el Dios del amor. Yo diría que el signo de que una comunidad contemplativa vive hondamente la caridad, la caridad que es inmolación al Padre y es servicio a los demás y unión fraterna, es una alegría muy serena, muy contagiosa. Que el mundo de hoy al llegar a un monasterio contemplativo sienta estas tres cosas, de las cuales tiene mucha hambre: sienta PAZ y se vuelva más sereno: y cualquiera que llegue a un monasterio contemplativo, sea un sacerdote, sea un fiel, sea un no creyente, simplemente con estar, con ver, con participar en una oración, vuelva con un corazón solucionado. ¡Un corazón solucionado!

¿Cómo se hace para solucionar un corazón? Yo no sé. Pero un corazón solucionado es un corazón sereno, un corazón que viene con muchas inquietudes y problemas y, cuando sale, ve que los problemas no se le han resuelto, pero que ya no lo agobian; ve que la cruz no se le ha quitado, pero se le ha vuelto dulce; ve que las lágrimas no se le han secado, pero están regando la vida a manotadas. Vuelve con un corazón sosegado, sereno.

La segunda cosa que vienen a buscar a los monasterios es la ORACIÓN. Cada monasterio contemplativo tiene que ser maestro de oración. Entonces, sin decirlo, cuando lleguen, enseñarles a orar: que salgan de ahí aprendiendo a decir nada más que una palabra: Abba, Padre. Sí, muchas veces.

Pero entonces el monasterio contemplativo tiene que vivir su espíritu de adoración en la expresión de la alegría. Y es ésta la tercera cosa que tiene que resplandecer para el que llega a un monasterio contemplativo. LA ALEGRÍA DE LA ESPERANZA. Sale de un monasterio contemplativo y siente que en el corazón se ha ensanchado el gozo en la esperanza, la alegría en la esperanza, como dice el Apóstol Pablo a los Romanos. Quiero hacerles sentir la alegría de su vocación, la responsabilidad de vivir la vida contemplativa en este momento en que la Iglesia tiene que ser profundidad, tiene que sentirse encarnada en la historia de los pueblos y volverse servidora de la humanidad.

En este momento ustedes tienen que ser el signo de una Iglesia contemplativa, viviendo fuertemente la contemplación. Miremos a María; que ella nos enseñe a vivir esta hora providencial, a comprender una vez más nuestra entrega y a sentir el gozo.

¡Gracias, Señor, porque en mi corazón pobre y sencillo has hecho maravillas! Gracias, Señor, porque cotidianamente en mi corazón pobre y silencioso va naciendo una palabra que el Papa, un obispo, un sacerdote, no sé quién, pronuncia. Gracias, porque yo siento que esa palabra va naciendo hoy en mi corazón, en mi pobreza, en mi silencio y en mi cruz. Gracias, Señor, porque me haces gustar diariamente el sabor pascual de la cruz, y con ella se van formando comunidades apostólicas, misioneras, etc. Gracias, porque me haces vivir todos los días el gozo de la entrega absoluta en el amor de la comunión fraterna, y veo que así se va derramando el Espíritu de amor entre los hombres, que se vuelven más hermanos, y los pueblos, solidarios. ¡Gracias, Padre, por haberme dado vocación contemplativa!

Notas:

 1 Con motivo de la conclusión del Año dedicado a la Vida Consagrada (2 de febrero de 2016), publicamos nuevamente esta significativa Homilía del Card. Pironio, pronunciada en el Encuentro con las comunidades de vida contemplativa, en Bogotá, Colombia, el 26 de febrero de 1976. Publicada previamente en CuadMon 38-39 (1976), pp. 273-276.

2 El Siervo de Dios Cardenal Eduardo Francisco Pironio (1920-1998) nació en la Provincia de Buenos Aires. Ingresó en el Seminario Menor de La Plata y en 1943 fue ordenado sacerdote. Fue Rector del Seminario Metropolitano de Buenos Aires y Decano del Instituto de Teología de la Universidad Católica Argentina. En 1964 fue nombrado Obispo auxiliar de La Plata, par­ticipando como padre conciliar en la III y IV sesión del Concilio Vaticano II. Como secretario general del CELAM, ejerció marcada influencia en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968), que definió el perfil de la Iglesia latinoamericana post-conciliar. Presidente del CELAM, en el año 1972 se le encomendó la diócesis de Mar del Plata hasta que, luego de haber predicado en 1974 los Ejercicios Espirituales al Santo Padre y a la Curia Romana, fue llamado a Roma por el Papa Pablo VI, quien en 1976 lo creó Cardenal. Estuvo a cargo de la Sagrada Congregación para los Religiosos y luego del Pontificio Consejo para los laicos. Tras sus largos y fecundos años al servicio de la Iglesia local, continental y uni­versal, a la que amó con pasión, después de una dolorosa enfermedad falleció en Roma el 5 de febrero de 1998. Fue declarado “siervo de Dios” por la Iglesia católica el 23 de junio de 2006. Sus cualidades de pastor y guía, sus escritos teológicos y espirituales, así como su intensa vida interior, su afabilidad y sencillez hicieron de él un hombre de Dios, un hombre de fe que continúa irradiando luz desde la frontera de la eternidad.  

3 En 1975, el Papa Pablo VI nombró a Mons. Eduardo Pironio (en ese momento Obispo de Mar del Plata), Pro-Prefecto de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares.

4 Cf. Mt 11,25.

5 Lc 1,38.

6 Cf. Ga 6,14.

7 Flp 2,6 ss. (N.d.R.).

8 Cf. Mt 26,39.

9 Cf. Col 1,24.

10 Flp 1,21.

María, Madre de la Iglesia y signo de nuestra esperanza

Siempre es gozoso celebrar fies­tas de Nuestra Señora. Se nos lle­na el corazón filial de una alegría muy honda y contagiosa. Sentimos su presencia maternal en nuestra vi­da. Más cuando estamos contem­plando el misterio de la Iglesia; cuando estamos meditando en esa fe vi­va, que se llama oración, el miste­rio de la Iglesia.

NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA

La esperanza es camino y María nos enseña a subir y nos lleva al Monte Santo que es Cristo. La es­peranza es tensión hacia la meta de­finitiva y María nos abre, glorifica­da ya en el cielo, esa meta definiti­va. Allí, en el Reino consumado, está nuestro verdadero nombre, el nom­bre que alcanzaremos un día cuan­do entremos en el reposo definitivo del Padre; y María es luz que anti­cipa esta esperanza para todos los que peregrinan. Ella es signo de espe­ranza cierta, como la llama el Con­cilio.

María es la nubecilla  bíblica que se va agrandando hasta cubrir el cie­lo y dejar caer la lluvia sobre la tie­rra. María de Nazaret, la pequeña, la pobre, misteriosamente fecunda por la acción del Espíritu Santo, de­ja caer la lluvia que es Cristo el Señor, el salvador de los hombres, nuestra paz, nuestra única esperan­za. ¡Cómo se nos ensancha el corazón en María de la Esperanza, cuando sentimos también nosotros el co­razón demasiado reseco y demasia­do sediento, como la tierra de Israel, como la Galilea, cuando recibió la lluvia misteriosa del Profeta!

Sedientos estaban los siglos cuan­do el ángel se apareció en Galilea a una mujer pobre y le dijo que pron­to iba a venir la lluvia, que pronto iba a nacer la paz, el Salvador, que pronto se iban a cumplir los tiem­pos señalados por el Padre, la ple­nitud de los tiempos, y que de Ella nacería Alguien que nos traería la paz, la salvación y la vida. Esto nos lle­na de esperanza.

Nuestra Señora de la Esperanza nos abre de nuevo el corazón a una esperanza firmísima. Cuando vemos que nos queda largo camino por an­dar podemos sentir la tentación del miedo y de la duda. Porque ahora que estamos en el monte estamos bien; pe­ro cuando bajemos y empecemos a pi­sar otra vez las espinas de cada día y experimentemos el calor del desierto y se nos vayan llagando los pies y nos vayamos sintiendo más solos, y el tra­bajo nos golpee y las contradicciones nos hieran, todo será distinto.

La Iglesia que creemos, que ama­mos, que gustamos; esa Iglesia que somos, que llena tan hondamente nuestro corazón y nuestra boca; esa Iglesia que gritamos a cada rato, esa misma es la Iglesia que después, cuando bajemos de la montaña san­ta, tenemos que gritar, que proclamar, que testificar y que construir con todos los hombres nuestros hermanos, con los Obispos, con el Papa, con los sacerdotes, con los niños, con los jóvenes, con los obreros, con toda la gente que espera nuestro descenso del monte. Allí donde está Nuestra Seño­ra allí están Cristo y la Iglesia.

Estas tres dimensiones tienen que iluminar el misterio de nuestra vida consagrada. La Iglesia nace en la plenitud de fe de María en la Anunciación; en su ardor de caridad, en la Cruz; en su plena docilidad al Espíritu, en Pentecostés. Son como los tres momentos del nacimiento de la Iglesia: la Anunciación, el Cal­vario, Pentecostés. Tres momentos de progresivo nacimiento de la Igle­sia, y en los tres está María, en los tres está el Espíritu Santo formando progresivamente a Cristo. El Cris­to, Hijo de Dios, que toma, de las entrañas virginales de Maria, la fra­gilidad de nuestra carne.[223]

EN LA ANUNCIACIÓN

En ese momento de la Anunciación está María con su sí, con su fiat, está la plenitud de su fe. Maria que dice sí. Y dice que porque sabe que Dios, que es amor, se lo pide, y sa­be que ese Dios que es amor y se lo pide, lo puede todo. Entonces no du­da y le dice sí: «Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mi según tu palabra». La Iglesia nace de la plenitud de fe de María, en la sen­cillez de su total, generoso, radi­cal a la Palabra. Cambió la historia cuando María dijo sí. Va a llegar el momento en que la nube, preñada de Cristo, se abra sin partirse, sin que­brarse. En la virginidad nos dará la luz, la alegría, la paz, la esperanza, porque María dijo que sí. Por eso Isabel le dirá: «Bienaventurada tú por­que has creído, porque dijiste que sí.

 También bienaventurados nosotros, Maria, porque tú dijiste que sí.

Es el momento de renovar la determinación y la alegría de nuestro sí. En la plenitud de fe de nuestro corazón nacerá la Iglesia. Esa Igle­sia que debemos llevar después en misión, que debemos gritar a todos los hombres.

Señor, cuántas cosas me has mos­trado, cuántos horizontes me has abierto. Yo cierro los ojos, y como María de Nazaret, te digo que sí, para que la Iglesia empiece a nacer en mi corazón. Yo te digo que sí con toda el alma. Señor, creo, te digo que sí, soy tu siervo: hágase en mi según tu palabra.

EN EL CALVARIO

El segundo momento de este na­cimiento de la Iglesia es el ardor de caridad de Maria, ardor de amor. ¿Cuándo se expresa más plenamen­te ese amor? En la donación de la Cruz; ahí está el signo más pleno del amor. Y ahí, del costado de Cris­to que se da, que muere por amor al Padre y a los hombres, nace la Igle­sia simbolizada en la sangre y en el agua: Bautismo y Eucaristía, Espíritu Santo en el agua y en el fuego. Nace la Iglesia del costado de Cris­to y allí esta Maria, serena, al pie de la Cruz.

En este amor de María nace, tam­bién para nosotros, la Iglesia. Gra­cias, María, porque también allí di­jiste que sí. Pero, gracias porque no fue solamente en la cruz, porque tu amor se hizo contemplación, pri­mero, y servicio a los hermanos, des­pués; porque tu amor se hizo redención siempre y culminó en la cruz. Se hizo contemplación en el amor y se hace profundidad, inten­sidad, intimidad y convivencia con Él.

HACER DE NUESTRA VIDA UN DON
«María, tú que fuiste enriquecida por la presencia del Señor en tu pobreza, ayúdanos o desprendernos de todo. Ayúdanos a ser radicalmente pobres, para que comprendamos quiénes son los po­bres de hoy, cómo tenemos que ir ellos, cómo tenemos que amarlos, solidarizarnos con ellos, com­partir su propio sufrimiento. Maria, la Pobre, haz que nuestra vida sea un peregrinar de fe, un de­pender totalmente de la voluntad del Padre. Ayúdanos, Maria, la Pobre, para que nuestra vida sea una constante donación de servicio a nuestros hermanos. Que la pobreza nos haga felices y servi­ciales, que nos haga verdaderamente libres y fecundos. Que nos haga hombres y mujeres de espe­ranza. Amén”.

El amor de María se hizo primero contem­plación y después ser­vicio a los hermanos. En ese proceso se hizo profundidad, intensi­dad, intimidad y convi­vencia con el Espíritu

María que guarda todas estas co­sas y las conserva en su corazón. El amor se ha hecho contemplación, pero el amor se ha hecho después ser­vicio en María, que sale presurosa hacia la montaña donde está Isabel para llevarle la presencia de Cristo, del Salvador; para ha­cer caer, anticipada­mente, algunas goti­tas de esa lluvia que ha sido engendrada en Ella y por Ella. El amor se hace servicio en Caná de Galilea cuando María antici­pa, en cierto modo, la hora de Jesús, resol­viendo un problema a los jóvenes esposos. El amor de María siempre se hizo servi­cio.

El amor de María se hace redención cuando nos entrega a Jesús en una inmolación total, en pura fe, par­tiéndosele el alma en un sufrimien­to tremendo, en un martirio espiri­tual, sólo posible en una grandeza tan fuerte corno la pequeñez de Maria. En esa inmolación se da la redención, el amor que se ha ce redención en la Iglesia.

¡Cuánto tenemos que aprender! Maria, enséñanos también a noso­tros a vivir así. Hemos pensado en la Cruz; hemos meditado, hemos descubierto y saboreado el misterio de la Cruz; ayúdanos a que nazca en nuestro corazón la Iglesia.

EN EL CENÁCULO

Y después, Pentecostés. Llega el momento de la Iglesia misionera, apostólica, evangelizadora; de la Iglesia profética. que sale del Cenáculo. Allí esta María, que preside la comunión y la oración de los apóstoles. La Iglesia nace en la plena do­cilidad de María al Espíritu. Desde entonces será María de la Esperan­za, la que nos iluminará, porque empezará la Iglesia a peregrinar sa­liendo del Cenáculo: a Jerusalén, a Gali­lea, a Samaria, hacia todos los confines de la tierra. Y María estará misteriosamente presente como Nues­tra Señora del Cami­no, de la Esperanza. No sólo mientras vivió, sino también aho­ra, glorificada en cuerpo y alma en los cielos, siendo espe­ranza cierta, va acom­pañando a esta Igle­sia nuestra que peregrina en la cruz, proclamando la muerte del Señor y anticipando su venida.

María del Camino, de la Espe­ranza, en plena docilidad al Espíritu, dejándose invadir plenamente y conducir por Él. Porque el camino de la esperanza es una peregrinación en el Espíritu. Que también no­sotros, Señora, nos dejemos invadir plenamente por el Espíritu, que se­amos dóciles, sencillos, gozosamente fieles al Espíritu Santo. Que cami­nemos en la fe inquebrantable de la esperanza, que contagiemos la es­peranza a los demás; que contigo, María, lleguemos al monte de la es­peranza, donde reinaremos y goza­remos en la comunión definitiva del Padre, a quien dijiste que sí; del Hi­jo, a quien nos trajiste al mundo; del Espíritu, por quien te dejaste con­ducir.

Tratto da: Vida Religiosa, vol. 10, (2006)5, maggio, pp. 222/225.

El religioso, hombre de oración

La vida litúrgica y la oración personal como exigencia de la consagración y principio de fecundidad apostólica

“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).

“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn 14,8).

Es relativamente fácil hablar sobre la oración. Más difícil es aprender a orar de veras. Sobre todo porque la oración exige mucho silencio y pobreza, y no estamos acostumbrados a ser verdaderamente pobres y a vivir en silencio. Por más que necesitamos escuchar a Dios y percibir adentro su cercanía.

Digo “relativamente” fácil porque tampoco es muy simple hablar de la oración. Solamente un hombre de oración puede hablar bien de la oración. Sólo desde una experiencia profunda y continua de Dios se puede hablar de Dios como testigos y discípulos.

“Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1 Jn 1,1-4).

La oración sólo es posible desde un corazón sencillamente filial. Por eso rezan bien las almas simples: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Lc 19,21).

La primera condición para orar bien es tener clara conciencia de nuestra situación de hijos, una fuerte experiencia de la paternidad y cercanía de Dios: “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto” (Mt 6,6). Lo importante en la oración es que es un encuentro silencioso con el Padre “que está allí”. Por eso no hay oración verdadera si no es desde el Espíritu Santo: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene: mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26).

El Espíritu Santo nos hace orar “en Cristo Jesús”. Metidos profundamente en Él y “en su nombre”. “Aquel día –cuando descienda el Espíritu de la Verdad y de la Consolación e inhabite en vosotros– pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios” (Jn 16,26-27). El Espíritu Santo –que es “el Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá!, Padre” (Rom 8,16; Gal 4,6)– nos hunde en Cristo Jesús y nos hace asumir su alma filial glorificadora del Padre y servidora de los hombres. Nuestra oración se hace así un encuentro con el Padre desde el corazón filial de Cristo Jesús.

Para entender nuestra oración (y para aprender a orar de veras) hay que mirar a Jesús. El Evangelista San Lucas, sobre todo, nos presenta a Jesús en oración. La contemplación del “Cristo orante” –en el desierto o la soledad del monte– nos introduce en los secretos de una oración verdaderamente filial, de una oración que nace de la experiencia del Padre, que mira el sufrimiento de los hombres y que alcanza su máxima expresión en el misterio de su cruz. Los discípulos aprendieron a orar porque lo vieron a Jesús orando. “Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseño a sus discípulos»” (Lc 11,1). Se trata de una oración nueva (el Padre Nuestro) o de un modo nuevo de orar (animados por Espíritu Santo).

Nos interesa, sobre todo, subrayar la oración de Cristo en una doble experiencia, profunda e inminente, del Misterio Pascual: la oración sacerdotal (Jn 17) y la agonía en el Huerto de los Olivos (Lc 22,39-46). Ambas oraciones están impregnadas de la experiencia del “Padre”. Ambas también van marcadas por la cercanía de la cruz. En ambas se comprende que orar, en definitiva, es entrar por amor en comunión profunda con la voluntad del Padre. “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42).

En esta oración de Cristo en el Huerto de los Olivos me impresionan tres cosas: la oración en sí (que es una total entrega a la voluntad del Padre), la intensidad del sufrimiento (de la agonía, la angustia, el miedo y la tristeza), la necesidad de la cercanía silenciosa y vigilante de los amigos: “¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación” (Lc 22,46).

La oración sacerdotal es la gran oración de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, en la inminencia de su Pasión, pidiendo al Padre por la unidad y santificación de la Grey (en ella particularmente de los Pastores) y por la reconciliación del mundo en el amor y la paz.

También para nosotros la oración está íntimamente ligada a una experiencia profunda del Misterio Pascual: en su doble fase de muerte y resurrección, de cruz y de esperanza. La oración –en la vida litúrgica o en su expresión personal– es un modo privilegiado de entrar en el Misterio Pascual de Jesús: entrar en comunión con sus sufrimientos y participar en la potencia de su Resurrección (cf. Fil 3,10). La oración se da siempre al interior de una comunidad verdaderamente pascual, es decir, donde Jesús resucitado reúne en su nombre a los discípulos y donde el Espíritu Santo actúa y vivifica. Tal es la imagen de la primera comunidad cristiana: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones… Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu” (Hech 2,42-46).

Pero de un modo único y privilegiado está unida al Misterio Pascual de Jesús la oración del religioso. Su vida tiene que ser una celebración continua y transparente del Misterio Pascual: fue elegido, consagrado y enviado al mundo para eso. Para ser testigo claro y concreto de que Jesús murió, resucitó y sigue haciendo el camino de los hombres.

La alegría pascual de un religioso, enamorado de Cristo y de su vocación, depende de la intensidad serena y honda de su oración: “Cuando oréis, no habléis mucho” (Mt 6,7). El religioso es, por definición, el hombre de la Pascua: testigo de la “novedad pascual”, anuncio del Reino definitivo.

El religioso debe ser un “hombre de oración”: porque su ser mismo, su vida, su presencia, tiene que ser una palabra de Dios. No importa tanto lo que hace (las “obras” en que se ocupa, las tareas pastorales o apostólicas que desempeña). Lo verdaderamente importante es él mismo, la radicalidad de su consagración, la viva transparencia de Dios. Los hombres buscan reconocer en él la imagen cercana de Jesús: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Un Cristo que les habla del Padre y de su Reino. Un Cristo servidor que esté siempre pronto, desde su pobreza y serenidad contemplativa, a dar la vida por sus amigos.

Pero más que “hombres” de oración, los hombres necesitan y buscan un verdadero “maestro” de oración. Alguien que les hable de Dios, desde Dios mismo; pero, sobre todo, alguien que los introduzca directamente en Dios. Hoy los jóvenes tienen hambre de oración y de una oración verdadera: hecha al Dios vivo desde la experiencia de una realidad fuerte, desde el corazón de una humanidad que sufre y espera, que ofrece y adora. Una oración que escucha y goza, que habla, se entrega y se comunica. Hoy los jóvenes son particularmente exigentes en esto: en la pobreza, en la oración, en la alegría del servicio. Por eso Jesús educó particularmente a sus discípulos en el desprendimiento, en la oración, en la caridad fraterna. Los religiosos deben ser para los hombres “testigos” de un Dios que “plantó su tienda en medio de nosotros” (Jn 1,14).

1. Oración y Misterio Pascual

Quisiera subrayar algo que me parece esencial: la particular relación que existe entre la oración del religioso y la expresión en su vida del Misterio Pascual. Sabemos que, en definitiva, toda la vida cristiana tiene su fuente allí: fuimos sepultados con Cristo en su muerte, hechos partícipes de su resurrección, para que “también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6,4). La oración cristiana arranca de esta novedad en Cristo por el Espíritu Santo. Por eso es una oración nueva; y en cierto sentido, aun siendo la misma, el Espíritu Santo la hace cotidianamente nueva en nosotros. La contemplación del Misterio Pascual se hace cada vez más honda; su misma celebración resulta cada vez más fuerte: nos vamos dando cuenta de que el Misterio Pascual crece en nosotros o que nosotros nos vamos metiendo cada vez más profundamente en el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús.

De un modo especial esto ocurre en la vida del religioso. El religioso es un signo de “la novedad pascual”; por eso su vida es un claro anuncio de la “vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), un testimonio profético del Reino y un llamado permanente a la conversión y a la esperanza (Mc 1,15). Pero, para que su existencia comprometida sea una permanente y clara celebración de la Pascua, el religioso necesita ser un hombre de oración; es decir, alguien que escucha en silencio la Palabra y asume con serenidad la cruz. Alguien capaz de celebrar en sí mismo –en la unidad de su persona: alma y cuerpo– el misterio de una perfecta oblación al Padre y de una gozosa donación a los hermanos. La celebración cotidiana del Misterio Pascual impide que la unidad interior del religioso se quiebre. Y hace que sea fecunda su inmolación continua y silenciosa.

Ahondemos un poco más en este aspecto del Misterio Pascual en la vida del religioso y sus exigencias y modo de oración.

La vida consagrada es una celebración continua del Misterio Pascual, un anuncio explícito de lo definitivamente nuevo que nos trae Cristo en su Encarnación Redentora. La Vigilia Pascual celebra particularmente esta novedad que nos manifiesta y comunica Cristo “el Hombre Nuevo”. “El que está en Cristo es una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5,17).

La “novedad pascual” le viene exigida particularmente al religioso por lo siguiente:

•      su consagración es un ahondamiento de la consagración bautismal; por eso, es un modo nuevo de “revestir a Cristo” (Gal 3,27) más profundamente. Por eso, también, la exigencia particular de una “vida nueva” (Rom 6,4). Será una vida particularmente vivida en “la sinceridad del amor” (Rom 12,9).

•      su especial incorporación a Jesucristo muerto y resucitado lo hace testigo de los bienes invisibles: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo… Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,1-4). La novedad está aquí, en que la vida del religioso tiene que ser un llamado permanente a los hombres para que vivan en actitud de ofrenda y de servicio, de inmolación al Padre y de donación a los hermanos;

•      finalmente, el religioso es testigo del Reino definitivo, de la vida nueva consumada. Enseña a valorar las cosas temporales y a amar la historia (por eso, no desencarna sino que compromete a los hombres), pero abre el camino a la esperanza verdadera. Siendo un hombre de su tiempo y de su patria enseña que “nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Fil 3,20-21).

La vida consagrada, como expresión cotidiana de la novedad pascual, exige una gran fidelidad al Misterio de la muerte y resurrección de Jesús: ser fieles a la Alianza, vivir la consagración en plenitud de amor, ser ministros de reconciliación, irradiar la alegría de la esperanza. Que los hombres nos vean muy cercanos, pero en una real transparencia del Señor; que nos sientan verdaderamente servidores, pero porque nuestra vida ha quedado definitivamente encadenada a Cristo; que comprendan que la esperanza que les comunicamos nace para nosotros de la fecundidad de la cruz.

Esto exige de nosotros una oración auténtica: que sea una verdadera interiorización y celebración del Misterio Pascual. Nos hace bien meditar el Himno pascual de anonadamiento de Jesús: Cristo, siendo Dios, asume la condición de siervo, se hace en todo semejante a los hombres, obedece hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso el Padre lo glorifica y constituye Señor del universo (cf. Fil 2,5-11).

Pero cuando decimos “interiorización en el Misterio Pascual” no nos limitamos sólo a la muerte y resurrección del Señor: entendemos toda su “obra”, la que le encomendó el Padre, es decir, su mensaje y su misión. Nos hace bien contemplar a Jesús predicando el Reino y curando a los enfermos, como nos hace bien verlo orar, tener hambre y cansancio, hablarnos del Padre e invitándonos al amor fraterno.

Hay algo que nos hace penetrar experimentalmente en el Misterio Pascual de Jesús cuando rezamos: es la cruz. Se aprende a orar desde la experiencia de la cruz. De hecho, en Cristo, el momento más intenso y filial de su oración es el de la agonía en el Huerto: “Padre…”. Fue, también, hondo y esperanzado su grito desde la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 21). Intensa, serena y confiada su última oración: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Para gustar el misterio de la cruz hay que ser hombre de oración. Pero la cruz nos enseña a orar. Con intensidad, con brevedad, con confianza. La oración es un encuentro con el Señor y al Señor lo encontramos en la cruz.

Hay momentos en que sólo podemos meditar en estos textos:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Lc 9,23).

“Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere queda solo” (Jn 12,24).

“Aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento” (Heb 5,8).

“Para mí no hay más gloria que la cruz de Nuestro Señor Jesucristo…” (Gal 6,14).

“Me alegro por los padecimientos que soporto… y completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

Nunca nos arrepentiremos de haber sufrido. De la cruz nace siempre la alegría y la esperanza, nace la fecundidad para la Iglesia y la reconciliación para el mundo, nace una oración profunda, serena, confiada. No es que vayamos a la oración para evitar la cruz o para olvidarla; vamos a la oración para entrar en “comunión con sus padecimientos” (Fil 3,10) y para gustar en silencio la “sabiduría y la potencia de Jesús Crucificado” (1 Cor 1,24).

El religioso es “hombre” y “maestro” de oración. Es “experto en oración”. Anotemos algunos puntos de reflexión sobre el porqué de la oración en el religioso:

•      para que descubra, viva y goce su identidad. El religioso se define por un radical seguimiento de Jesucristo; por eso, su llamado a una comunión muy íntima con el Señor. “A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). Su vida y actividad apostólica, su sentir profundamente humano, lo pondrían en medio de los hombres, al servicio de ellos. Pero su identidad arranca de una particular e intransferible participación en el Misterio Pascual de Cristo. Se realizó en el momento de su consagración una Alianza irrompible de amor con el Señor. El religioso necesita sentir en el silencio la fidelidad de Dios y renovar la suya. Necesita saber que Dios está allí y no falla nunca. “Fiel es el que os llama y es él quien lo hará” (1 Tes 5,24);

•      para que viva con inquebrantable serenidad y contagiosa alegría la experiencia de Dios que se lo pidió todo; para que no se canse de ser ante los hombres un auténtico profeta de esperanza. Esto es particularmente necesario para los hombres de hoy que se agitan y tienen miedo. Sólo una vida centrada en Dios es inconmoviblemente serena;

•      para que su presencia sea siempre la de aquel que “ha visto al Invisible” (Heb 11,27), es decir, que pueda hacernos más cercano al Dios Todopoderoso y Eterno, al Padre de las misericordias, al Dios clemente y fiel. A través de una persona que reza bien uno tiene la impresión de que está tocando lo invisible, más aún, que lo invisible se hace profundamente humano: “La vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio” (1 Jn 1,2);

•      para que nos atestigüe que el Reino ya está en medio de nosotros y que caminamos hacia su consumación, o mejor, que el Reino viene a nosotros y hace falta acogerlo con corazón pobre y misericordioso, manso y puro, hambriento de justicia y operador de paz (Mt 5,3-12). Sólo así se es capaz de transformar el mundo y ofrecerlo a Dios (LG 31). Vivir la radicalidad de las Bienaventuranzas es ser testigo luminoso y transparente de la novedad pascual, es ayudar a hacer un mundo más fraterno y más humano, es construir concretamente la “civilización del amor” (Pablo VI). Pero, para ello, hace falta ser hombres de oración, de gran interioridad con el Señor, profundamente contemplativos, amantes del desierto, a la escucha siempre de la Palabra de Dios, que saben celebrar cotidianamente, en el Sacramento y en la vida, el Misterio Pascual de la muerte y resurrección del Señor y anunciar en la esperanza su venida.

2. Oración y unidad interior

Desde esta viva y permanente celebración del Misterio Pascual, en el Sacramento y en la vida, adquiere fuerza de unidad nuestra oración. Es una la oración misma: en su celebración litúrgica y en su expresión personal. En la meditación, en la contemplación, en la oración vocal. En la oración comunitaria, en la oración silenciosa, en la oración compartida. Compartimos, a veces, nuestro silencio en una misma asimilación de la Palabra de Dios o en una misma adoración. El Espíritu Santo –que produce en nosotros un silencio activo para recibir la Palabra y grita en nuestro interior: Abbá, Padre– nos lleva a penetrar cada vez más profundamente el Misterio Pascual de Jesús, a realizarlo en nuestra vida y a celebrarlo en el Sacramento. Él da unidad a nuestra oración y hace, también, que nuestra vida resulte inquebrantablemente una; que no se quiebre nuestra unidad interior: que no haya momentos para adorar y momentos para servir, momentos para contemplar y momentos para trabajar, momentos para Dios y momentos para el hombre. Esto produce inevitables y dolorosas tensiones en nosotros y nos impide ser plenamente nosotros mismos: simultáneamente hijos de Dios (preocupados por su gloria) y hermanos de los hombres (atentos a su miseria y a su salvación).

Podemos preguntarnos todavía: ¿cómo hacer para que el religioso, hombre de oración, sea simultáneamente (y en virtud de la misma oración) hermano entre los hombres, cercano a los que sufren, servidor de los que esperan? Insistimos en una verdad muy simple: sólo los contemplativos tienen una capacidad muy honda y concreta de intuir necesidades, como María en Caná o en la Visitación, y de ayudar eficaz e incansablemente a superarlas. Un hombre verdaderamente contemplativo es profundamente humano: porque vive de cara a Dios, nunca puede vivir de espaldas al hombre. El contemplativo, que vive siempre sumergido en Dios, descubre sencillamente al hombre, lo ama, lo sirve, es capaz de dar la vida por él.

Cuando la oración es verdadera –la litúrgica y la personal– nos introduce profundamente en el misterio del hombre. Cuanto más contemplativos, más auténticos solidarios de los que sufren, más humanos. Por otra parte, el dolor de los hermanos nos lleva a la oración, nos enseña a orar desde la experiencia de su cruz. Los religiosos que trabajan en hospitales o en ambientes populares, en medio de gente que sufre, se sienten fuertemente llamados a la oración: no como una forma de evadir el problema o distraerse, sino como el único modo de asumir el dolor y ser capaces de redimirlo en Jesucristo. Otra vez la experiencia de la cruz (en este caso, de los hermanos) nos enseña a orar.

Esto exige en el religioso una fuerte unidad interior que da el Espíritu Santo a los que se la piden con humildad y que se tiene cuando todo se percibe desde la fe, es decir, desde la sublime sabiduría de Jesucristo. Allí quedan integradas todas las cosas: “todo es vuestro; vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Cor 3,21-23).

Hay un riesgo en la oración del religioso, como en la de cualquier otro cristiano: convertirse en centro de la oración. Pedimos desde nosotros y para nosotros. Olvidamos que la única oración válida se hace siempre desde el Espíritu Santo. Es Él el que en nuestro interior grita “Abbá, Padre” y nos hace escuchar con serenidad el clamor de nuestros hermanos. Por eso –si dejamos de lado la oración del Espíritu en nosotros– puede ocurrirnos lo siguiente: o convertimos la oración en una simple protesta humana sin esperanza (un modo de gritarle a los hombres nuestra decepción o nuestro desprecio) o hacemos de la oración un cómodo refugio de nuestra pereza o nuestro miedo (como si el hablar con Dios nos dispensara de escuchar el dolor de los hermanos y de comprometer nuestra fidelidad en redimirlos).

La unidad interior supone una permanente respuesta de fe, de esperanza y de caridad a un Dios que se nos está constantemente revelando. Cuando hablamos del religioso como hombre y maestro de oración no entendemos fijar momentos o determinar modos. Es un modo normal de respirar permanentemente en Dios y de hacerlo presente. Para lo cual, ciertamente, serán necesarios momentos fuertes y exclusivos de desierto: es decir, períodos y espacios inviolables en que nos separamos físicamente de los hombres y nos disponemos a escuchar exclusivamente al Señor que nos habla en el silencio. No siempre es fácil ni tranquilo. Vienen mezcladas, al principio, las voces de los hombres y las nuestras con la voz de Dios. “Si hoy escucharais la voz de Dios, no endurezcáis vuestro corazón”.

La oración nos pone en comunicación profunda con el Señor; más aún, nos introduce en el misterio de una comunión muy íntima con Dios. En el silencio recibimos y acogemos la Palabra. Viene a nosotros –a nuestra pobreza–, la acogemos en silencio y la realizamos en la disponibilidad. Nos entregamos a ella. Engendramos la Palabra en la Iglesia: para ser anunciada y comunicada como “Palabra de salvación”, “Palabra de reconciliación”, “Palabra de gracia”.

Los momentos fuertes de oración tienden a unificar nuestro interior. Ayudan a serenarnos y centrarnos. Nos hacen luminosos, serenos y fuertes. Impiden que nos dispersemos. El servicio al prójimo –el mismo anuncio explícito del Evangelio y la acción apostólica– pueden crear en nosotros dolorosas tensiones, momentos de excesiva preocupación humana, falta de una verdadera y constante serenidad y alegría. La oración nos unifica interiormente y nos hace capaces de construir la comunión y de trabajar en la unidad. La unidad en la Iglesia, la unidad con los hombres, la unidad en el Instituto.

Quiero subrayar tres aspectos o niveles de esta unidad:

a)    unidad interior entre fe y vida, oración y actividad apostólica, contemplación y acción. Hasta que la contemplación no sea nuestro modo normal de vivir, seguirán los dualismos y tensiones en nuestra vida. Seguiremos fragmentando nuestro horario: momentos para la oración y momentos para el trabajo, momentos de soledad en Dios y momentos de servicio a los hermanos. Debe haber en nuestra vida espacios reservados al puro silencio; pero el silencio debe engendrar constantemente nuestra palabra y nuestra acción.

b)    unidad fundamental en el amor a Dios y al prójimo. La vida religiosa debe expresar la unidad fundamental de este único precepto: “Amarás al Señor tu Dios…”. No podemos separar dos realidades de un mismo misterio: adoración de Dios y servicio a los hermanos. Cuanto más profunda y verdadera sea nuestra adoración, más auténtico, eficaz y concreto será nuestro servicio. Cuanto más descubramos a Dios en el hermano, tanto más fácilmente daremos nuestra vida por él.

c)    unidad esencial –desde la comunión de Iglesia– entre la consagración y la misión: la opción única y esencial por Cristo y la opción preferencial por los pobres, la vida según el Espíritu y la inserción evangélica en el mundo. Dios vino para salvar al mundo: “Tanto amó Dios al mundo…” (Jn 3,16-17). El mundo no existe sino para acoger a Dios, adorarlo y darle gracias. Hacen falta contemplativos que sepan descubrir en el mundo las huellas evidentes de Dios. Hacen falta, también, operadores de paz que sepan construir, desde la pobreza y la contemplación, un mundo más fraterno y más humano donde se revele fácilmente para todos la bondad, la sabiduría, y la potencia de Dios.

Esta unidad la produce en nosotros el Espíritu Santo. En la medida en que se la pidamos con intensidad y nos abramos a ella en la humildad. La unidad exige en nosotros mucha pobreza, mucha humildad, mucha muerte.

Finalmente, esta unidad se construye en base a la Palabra, a la Eucaristía, a la Comunidad. Son aspectos esenciales en la vida del religioso. Es preciso subrayar esta profunda experiencia de Dios en una comunidad religiosa. En torno a la Palabra se reúne la Asamblea: la recoge en la pobreza, la contempla en el silencio, se entrega comunitariamente a ella en la generosidad plena del amor. Hace bien escuchar juntos, en la profundidad de un mismo silencio, la misma Palabra del Señor que nos invita al desierto, al servicio o a la cruz. La Eucaristía nos hace participar plenamente en el Misterio Pascual de Jesús, nos configura a su muerte, nos hace partícipes de su resurrección; nos transmite la vida eterna (Jn 6,54) y nos hace sus testigos (1 Jn 1,2). La misma Eucaristía hace que se forme una verdadera fraternidad evangélica donde haya “un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32). Una comunidad verdadera es siempre fruto de la oración. Pero también es cierto que no hay oración auténtica –verdadera vida contemplativa– sino al interior de una gozosa fraternidad evangélica. Dios habla y su Palabra es fecundamente acogida en medio de una comunidad auténticamente pascual. ¿Cómo sería una comunidad pascual? Como la describen los Hechos de los Apóstoles: “Acudían a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hech 2,42).

3. Oración, consagración, fecundidad apostólica

La vida consagrada exige mucha oración. Es una exigencia intrínseca de la Alianza Pascual: “La llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2,16). La oración es una exigencia del amor; por eso, cuando el amor es más intenso (la plenitud es la cruz) la oración es más breve y silenciosa; resulta, casi, una simple mirada de amor en que solamente se goza, se escucha y se ofrece. Es el momento más íntimo de comunión fecunda con el Señor: “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh” (Os 2,21-22). No se trata de un conocimiento teórico del Señor, sino de una experiencia muy honda de su amor. Es “la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas” –de que habla San Pablo en su carta a los Filipenses–: “Conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerse semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3,8-11).

Cuando la oración es concebida así –como una experiencia muy honda del Señor en el desierto, en la cruz o en la tarea cotidiana, como un modo privilegiado de vivir en Él y de entrar en comunión con su voluntad–, deja de considerarse un medio: es un fin. Porque en definitiva el fin es este: vivir en comunión con la Trinidad Santísima (desde allí, con los hombres) y hacer que nuestra alegría sea completa (cf. 1 Jn 1,3-4).

No se puede vivir a fondo la radicalidad de las Bienaventuranzas si no es en un clima permanente de oración. Es el único modo de ser verdaderamente pobre, limpio de corazón y constructor positivo de la paz. Las Bienaventuranzas sólo pueden ser entendidas y practicadas desde la sabiduría simple de un corazón contemplativo. Sólo un contemplativo sabe ser pobre; como sólo el pobre puede ser verdaderamente contemplativo. Podemos construir toda una sublime doctrina sobre las Bienaventuranzas, hablar magníficamente de ellas, pero sin comprender todavía su sabiduría y su fuerza transformadora, sin tener todavía el coraje de practicarlas. Indudablemente Jesús pensó en María cuando habló de las Bienaventuranzas.

El seguimiento radical de Cristo, por los consejos evangélicos, exige mucha oración. No es que la oración sea exclusivamente necesaria para ser pobres, castos y obedientes. Es que sólo desde la oración se comprende el sentido de la pobreza, la fecundidad de la castidad consagrada y la madurez plena de la obediencia. Seguir a Jesús es subir con Él al monte (Lc 6,12) o buscarlo en la soledad en que vive: “Maestro, ¿dónde moras?” (Jn 1,38). El seguimiento radical de Cristo exige momentos privilegiados de desierto (Lc 4,1), de servicio integral a los hombres (Jn 13,15) y de cruz. Todo ello es posible desde la profundidad de la oración.

La consagración nos lleva a vivir profundamente la vida litúrgica y la oración personal. Quisiera subrayar la relación que existe entre la celebración de la Eucaristía y la consagración religiosa.

Ante todo el misterio mismo de la Eucaristía encierra todo un sentido de inmolación y de donación que se realiza en la vida consagrada: vida hecha don al Padre y a los hermanos. La vida consagrada es una oblación radical a Dios y un don generoso a los hombres. La Eucaristía nos lo recuerda y lo ahonda en nosotros. Nos hace más capaces de ofrecernos y de darnos.

Hay tres momentos en la celebración de la Eucaristía que quiero subrayar en relación con la vida consagrada: la Liturgia de la Palabra, la Liturgia de la Eucaristía y la Comunión. Como en la Liturgia de la Palabra Dios viene a nosotros y nos habla (“arráncate”, “sal de tu tierra”, “alégrate”); nosotros acogemos en el silencio su llamado y respondemos en la fe y la disponibilidad (“heme aquí, porque me has llamado”; “Yo soy la servidora del Señor: hágase en mí lo que has dicho”; “Señor, ¿qué quieres que haga?”). Nos sentimos inmensamente felices de haber sido llamados y elegidos; experimentamos adentro la alegría profunda del Sí.

Luego viene la Liturgia de la Eucaristía: es una fiesta, un sacrificio, una transformación. Fiesta de una inmolación gozosa “pro mundi vita”. Sacrificio fecundo para la reconciliación y la paz. Transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pasa eso en la vida consagrada: gozo y fiesta de la entrega, inmolación fecunda, transformación en Cristo. Más que nadie el religioso grita con San Pablo: “Con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19-20).

Finalmente la Comunión: es una participación muy honda y cotidianamente nueva en la muerte y resurrección de Jesús (en su Misterio Pascual); es, también, el gozo de entrar más concretamente en comunión con los hombres y comunicarles el don de la paz. En definitiva, la Eucaristía desemboca en ello (y también la vida consagrada): hacer más profunda la comunión con Dios y más verdadera la fraternidad con los hombres. Otra vez volvemos a lo mismo: la vida consagrada expresa y celebra, en el sacramento y en la vida cotidiana, el Misterio Pascual de Jesús: es, al mismo tiempo, oblación y servicio, adoración y entrega, ofrenda al Padre y anuncio a los hombres de la Resurrección de Cristo.

Fuimos llamados para comunicar al mundo “la alegría de la esperanza” (Rom 12,12). Solamente podemos hacerlo desde la intimidad ininterrumpida con el Padre. Tenemos que gritar al mundo la sinceridad del amor” (Rom 12,9). Solamente podemos hacerlo desde la fecundidad del desierto. Dios nos llamó para ser testigos privilegiados de su Resurrección (por consiguiente, de su esperanza): “A este Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que cominos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos” (Hech 10,40-41).

No se trata simplemente de una conexión externa: porque el consagrado ha hecho profesión de lo divino, tiene que dedicarse más a la oración. Se trata de una exigencia interna de la propia consagración y misión: “Aquel a quien el Padre consagró y envió al mundo” (Jn 10,16). La oración, litúrgica y personal, es un momento fuerte de la experiencia de la Alianza, es una celebración de la Alianza. La oración es un reconocimiento explícito de que Dios es lo único que importa (Mt 6,33).

Hay algo en lo cual quiero insistir todavía: es el sentido de la adoración. Lo hemos olvidado un poco; tal vez apremiados por la urgencia de la evangelización (sin darnos cuenta que adorar es un modo privilegiado y fecundo de evangelizar). Toda la vida del religioso tiene que adquirir esa dimensión profunda, constante, clara, de adoración, de una permanente invitación a la adoración: “Venid, adoremos al Señor”. No es una invitación a la inactividad o a la evasión, sino al momento más pleno y gozoso de una actividad fecunda. Adorar no es simplemente estar delante del Señor de una manera pasiva. Es reconocer que solamente en Él se puede realizar, en un solo acto, la oblación de nuestro ser, nuestra existencia llega a su plenitud. Lamentablemente hemos perdido el sentido de la adoración. Hemos redescubierto formas nuevas, externamente más dinámicas, de oración; pero hemos dejado un poco de lado el silencio activo en que el Espíritu Santo obra, el Señor habla y el alma se ofrece totalmente en silencio. La adoración significa reconocimiento y gratitud, experiencia de la cercanía de Dios y alabanza (“te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”), inmolación plena de sí mismo y perfecta disponibilidad de servicio. En la adoración sentimos el dolor y la esperanza de la humanidad; sentimos también la presencia del “Dios Padre Todopoderoso” y Santo. La adoración nos lleva a asumir con gozo nuestra pobreza, a sentir redimida nuestra miseria, a ofrecernos al Padre con todo lo que somos y podemos. Es el momento de mayor silencio y de más entera disponibilidad: “Yo soy la sierva del Señor, que se haga en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Es preciso revalorizar el sentido de la adoración al Santísimo Sacramento: por Cristo, con Él y en Él nos ofrecemos e inmolamos. Nuestra vida, radicalmente insertada en Cristo Sacerdote y Víctima, se hace ofrenda y don.

La adoración prolonga y hace más honda y personal la misma oración litúrgica. ¡Qué sentido de comunión eclesial en la Liturgia de las Horas! ¡Vox Ecclesiae, Vox Christi, Vox mundi! Pero esto exige que recitemos los salmos “con sabiduría”, como nos recuerda San Benito, y que “estemos en la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestros labios” (RB 19). Todo esto supone una previa y serena penetración en la Palabra de Dios: leer antes los textos, interiorizarlos, gustarlos, asimilarlos. En el mismo momento de la oración litúrgica hay una fuerte acción del Espíritu Santo que nos hace descubrir y gustar sentidos nuevos, cada vez más profundos. Es un fruto evidente de la presencia del Señor Resucitado en medio de la asamblea litúrgica reunida en su nombre: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

Pero la oración litúrgica no obra por magia propia. Supone dos cosas: corazones pobres y disponibles, abiertos a comprender y asimilar la Palabra, los gestos, el canto. Supone, como diría San Benito, “pureza de corazón y compunción de lágrimas” (RB 20). Supone también una verdadera comunidad evangélica; sobre todo en la Eucaristía: la Eucaristía construye la Iglesia, pero la Iglesia celebra y hace la Eucaristía.

Pero cuando hablamos de vida litúrgica no entendemos sólo la celebración de la Eucaristía y la Liturgia de las Horas. Entendemos toda la vida de la Iglesia en sus momentos fuertes: Navidad (Adviento), Pascua (Cuaresma), Pentecostés. Cuando decimos que el religioso es hombre y maestro de oración, entendemos que es alguien que sabe transmitir a los demás su profunda vivencia del “tiempo litúrgico”, es decir, que sabe abrir a sus hermanos –a la gente más simple y sencilla del pueblo– los secretos y los compromisos de estos misterios. No es alguien que simplemente goza en estos tiempos, sino alguien que llama a compartir su propia experiencia y su propio compromiso. En definitiva, llama a la vida nueva (la vida en Cristo Jesús por el Espíritu), a experimentar el gozo de la novedad pascual y a comunicarla. Lo cual constituye “el alma de todo apostolado”.

Cuando hablamos de la oración como “principio de fecundidad apostólica” no es que queramos “mediatizar” la oración. Ya lo hemos dicho: la oración no es un medio sino un fin. Es el modo concreto de entrar profunda y sabrosamente en Dios: de estar con Él, escucharlo, experimentar su comunicación y ofrecernos. Pero es verdad que la oración nos prepara para la tarea apostólica (Jesús en los cuarenta días del desierto), nos mantiene en ella (Jesús que “de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración”: Mc 1,35) y nos da infalible eficacia: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

Hay grandes proyectos pastorales, grandes guías y maestros, pero si no hay energía interior que viene del Espíritu a través de la oración todo queda paralizado. Los santos son un ejemplo. La oración es principio de fecundidad apostólica ante todo por la intimidad profunda, por la comunión íntima, que supone con Dios. Hacer el bien apostólicamente es comunicar a Dios, sólo puede hacerlo quien vive permanentemente en Él, quien respira en Él. Sólo puede hablar constantemente de Dios, con claridad convincente, quien vive de Dios.

Además, la fecundidad apostólica supone actitudes personales en el apóstol: la serenidad y la alegría permanentes, el equilibrio, la claridad y sencillez, la fuerza convincente del testimonio. Eso lo puede hacer sólo quien “ha visto al Señor”, quien ha contemplado y palpado la Palabra de la Vida.

Hay un momento en que la vida consagrada y actividad apostólica exigen, sobre todo, la serenidad fecunda de la oración: cuando el Señor nos hace experimentar adorablemente el aparente fracaso de la cruz. Es entonces cuando la oración nos retoma y nos serena, nos hace fuertes y nos recuerda:

“¡Salve, oh Cruz, nuestra única esperanza!” “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…”. “Era necesario pasar por todas esas cosas…”. “Por eso el Señor lo exaltó y le dio un nombre superior a todo nombre”.

Aquí la oración vuelve a conectarse, en la vida del religioso, con el Misterio Pascual: sólo las almas que viven silenciosas al pie de la cruz, como María, son felices y fecundas. Es decir, que la verdadera alegría y la fecundidad apostólica nacen de la contemplación y la cruz. La oración nos ayuda a asumir la cruz. Pero la cruz nos enseña a orar de veras: porque la oración, en definitiva, es un encuentro con el Señor. Y al Señor no lo encontramos sino en la Cruz Pascual. Jesús nos enseña a orar –y a obedecer– en la escuela del sufrimiento.

Conclusión

“El que vive en Cristo es una nueva creación: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor 5,17). El religioso –hombre de la alianza y del amor, hombre de la cruz y la esperanza, hombre de la adoración y del servicio– es un signo transparente de la “novedad pascual”: de los bienes invisibles que nos trajo Cristo “el Hombre Nuevo”, del Reino ya presente y cuya consumación esperamos, “de los cielos nuevos y la nueva tierra, en los que habitará la justicia” (2 Pe 3,13).

Es el hombre de la Pascua. Por eso, el hombre de la oración. Llamado a celebrar en su vida el Misterio Pascual de Jesús (Rom 6,4), el religioso manifiesta en la oración personal y litúrgica que “su vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,4) y anuncia a los hombres que “el Reino de Dios ya ha llegado” a nosotros (Lc 11,20); al mismo tiempo es un grito de esperanza en la venida de Jesús (“Maran atha”: 1 Cor 16,22; “Sí, vengo pronto. Amén. ¡Ven, Señor Jesús!”: Apoc 22,20) cuando el vencedor del pecado y de la muerte –Cristo Jesús, el Hijo de Dios y de María, el Señor de la historia– llegue de nuevo para entregar “a Dios Padre el reino” consumado y sea “Dios todo en todas las cosas” (1 Cor 15,24-28).

Enviado a dar frutos que permanezcan (cf. Jn 15,16), el religioso siente que para comunicar la alegría de la salvación a los hombres de nuestro tiempo debe vivir profundamente sumergido en Cristo por la acción transformadora del Espíritu Santo. Debe ser un contemplativo: es la única forma de ser un testigo y de “mantenerse firme como si viera al Invisible” (Heb 11,27).

Todo esto lo inspiramos y apoyamos en María, “modelo de la consagración”, la contemplativa, la “Virgen orante”, la “Virgen de la escucha”, la que fue proclamada feliz por recibir la Palabra de Dios y realizarla (Lc 11,27).

Ella acogió en su pobreza, en su silencio, en su disponibilidad, la Palabra de Dios que le vino en la Anunciación (Lc 1,38); Ella la contempló serena y fuerte en la Cruz (Jn 19,25-27); Ella la engendró de nuevo para la Iglesia y el mundo, en Pentecostés: “Consagrados a la oración… con María, la Madre de Jesús” (Hech 1,14).

Sea Ella nuestra maestra de oración y nuestra Madre. En su corazón contemplativo aprenderemos a ser pobres y felices; aprenderemos a adorar en silencio y a servir con generosidad; aprenderemos a realizar constantemente la voluntad del Padre, a seguir fielmente a Jesús y a ser sus testigos.

Que Ella nos enseñe a recibir cotidianamente en la fe la Palabra (Anunciación) y a entregarla en la alegría del servicio (Visitación). Que nos haga profundamente contemplativos: capaces de guardar todas estas cosas y meditarlas en el corazón (cf. Lc 2,19).

Solamente así gustaremos cada día del gozo de nuestra consagración y la fecundidad de nuestra misión.

La alegría del corazón

“Un corazón alegre es la vida del hombre y el gozo alarga el número de sus días”

(Eclo 30, 22).

He abierto la Sagrada Escritura buscando un tema para proponer a la vida consagrada como principio de meditación y oración. Salió, sin pensarlo, la página del Sirácida en que nos habla de “la alegría del corazón” (Eclo 30,21-25). Me pareció providencial. Hoy hace falta que nos hablen de la alegría; pero de la alegría profunda y duradera, la que nace de la contemplación y la cruz, la que es fruto del amor, de ese amor de Dios que “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5). San Pablo enumera esta alegría entre los primeros frutos del Espíritu: “amor, alegría, paz” (Gál 5,22).

Los que hemos nacido de Dios –los que somos hijos y experimentamos el amor del Padre– no tenemos derecho a vivir en la tristeza. Mucho menos lo tenemos los que hemos sido particularmente alcanzados por Cristo Jesús (Flp 3,12), es decir, providencialmente amados y consagrados para testificar el amor.

I

“No dejes que la tristeza se apodere de ti ni te atormente en tus cavilaciones” (Eclo 30,21). Se me ocurre que la tristeza se apodera de nosotros cuando nos falta oración o cuando nos encerramos peligrosamente en nosotros mismos. Los discípulos de Emaús “conversaban y discutían” entre ellos, pero algo impedía que sus ojos reconocieran a Jesús que caminaba con ellos: “se detuvieron con el semblante triste” (Lc 24,15-17). La tristeza enturbia los ojos de la fe y nos impide ver a Jesús que camina con nosotros, que está dentro de nosotros, nos habla y nos sostiene. El Apóstol Santiago nos da una receta práctica, de efectos inmediatos: “Si alguien está afligido, que ore. Si está alegre, que cante salmos” (Sant 5,13). La oración nos serena y hace fuertes –porque el Señor está allí–, nos ilumina por dentro y dilata el corazón. Por eso los contemplativos poseen el secreto de la verdadera alegría.

“Aparta lejos de ti la tristeza, porque la tristeza fue la perdición de muchos y no se saca de ella ningún provecho” (Eclo 30,23). La tristeza aprisiona el corazón y lo paraliza. Es lo mismo estar triste que estar muerto: no se tienen energías para seguir viviendo; mucho menos, para seguir andando. Cuando en el alma de un cristiano entra la tristeza todo se oscurece alrededor de él. “Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!” (Mt 6,23). Cuando en una comunidad entra el demonio de la tristeza, la comunidad misma se destruye. El signo definitivo de la comunidad primitiva –“un solo corazón y una sola alma”– era que vivían “íntimamente unidos, frecuentaban a diario el templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hech 2,46).

La alegría profunda y serena es el signo característico de un alma que vive en Dios. “Sé en quien he puesto mi confianza” (1 Tim 1,12). Abandonar en Dios nuestros problemas es signo de sabiduría: “alma mía, recobra la calma, porque el Señor ha sido bueno contigo” (Sal 114,7). Pero nosotros seguimos enredándonos en nuestros propios problemas, nos complicamos pensando en lo que dirán los otros o cómo seremos juzgados por los hombres. El único que nos juzga es Dios.

“La envidia y la ira acortan la vida y las preocupaciones hacen envejecer antes de tiempo” (Eclo 30,24). ¡Cuánta serenidad nos da el contentarnos con lo que somos y tenemos! ¡Cuánto daño nos hace mirar a los demás con envidia o con soberbia! ¡Y cuánto mal podemos hacer a nuestro prójimo! “No temáis a los que matan el cuerpo”, dice Jesús, “temed, más bien, a los que tienen poder para matar el alma”. ¡Y es tan terriblemente fácil matar el alma de nuestro hermano! Puede haber una tristeza en nosotros por el bien ajeno; esta tristeza nos lleva a la envidia, la envidia al juicio superficial y rápido, a la murmuración y a la calumnia. Matar el alma de nuestro hermano significa quitarle o reducirle la posibilidad de hacer el bien. Un alma grande experimenta siempre una alegría profunda por el bien de sus hermanos. Lo agradece interiormente a Dios y trata de comunicarlo a sus amigos. Siente la necesidad de “alegrarse con los que se alegran, y llorar con los que lloran” (Rom 12,15). Si queremos gozar de la estima de los otros esforcémonos por “amar con sinceridad” (Rom 12,9). Si queremos hacer el bien, mantengámonos sencillos y pobres. ¡Qué bien hace una persona simple y sencilla que se alegra siempre del bien del prójimo, porque está acostumbrada a descubrir en los otros el rostro transparente de Dios!

“Un hombre de corazón alegre tiene buen apetito y lo que come le hace provecho” (Eclo 30,25). Es muy sabia y concreta esta última reflexión del Sirácida sobre “la alegría del corazón”. La angustia, la preocupación excesiva, la envidia y la tristeza nos ponen agrios, tensos, insoportables. Nada nos cae bien, y nosotros nos convertimos en críticos inaguantables de nuestros hermanos. “La alegría del corazón” nos abre capacidades inmensas de comprensión y de amor, de admiración y de amistad.

II

Pero esta “alegría del corazón” adquiere una dimensión más profunda y duradera con la venida de Jesús. Él vino para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia (cf. Jn 10,10). Precisamente una parte esencial de esa vida –y, al mismo tiempo, su más clara manifestación y su fruto más inmediato– es “la alegría del corazón”. Es que nadie es capaz de vivir sin alegría. La alegría forma parte de ese pan que pedimos cada día para seguir viviendo. El Nuevo Testamento se abre, precisamente, con una invitación a la alegría: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Es la alegría primera y fundamental: saber que Dios nos ama privilegiadamente y que está dentro de nosotros. A esta alegría esencial corresponde el gozo íntimo de nuestra fidelidad: “Yo soy la servidora del Señor”… “Feliz de ti por haber creído” (Lc 1,38.45).

María siente la responsabilidad de hacer felices a los otros. Comprende que el pueblo esperaba esta alegría y que no puede guardarla un solo minuto para ella. Por eso “María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá” (Lc 1,39). María es objeto de una alegría preferencial: “Alégrate, llena de gracia”. Pero sabe muy bien que Ella no es el término de esta alegría. Dios la convierte –¡como lo hace siempre con nosotros!– en “instrumento” providencial de esta alegría. Lo dirá Isabel, “llena del Espíritu Santo”: “Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno” (Lc 1,44). Es que cuando una persona –como María o como nosotros en Ella– recibe de veras a Jesús, lo lleva en silencio y lo comunica sencillamente en el don de sí mismo a los demás, hace inmensamente felices a los otros, les hace sentir que algo nuevo se les sacude adentro como principio y signo de nueva creación.

Lo expresa María en el Magníficat: “Me llamarán feliz” (Lc 1,48). Podemos, entonces, comprender por qué Jesús comienza el sermón de la montaña hablando de la alegría y la felicidad del Reino y cómo, en la descripción de las bienaventuranzas, Jesús piensa en su Madre y nos descubre su secreto. La vida de María, la pobre, es la realización más perfecta de las bienaventuranzas. Por eso Jesús hará de Ella el mejor elogio de su fidelidad y de su gozo: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28).

El mensaje de Jesús –aun proponiendo la penitencia y la cruz– es siempre una invitación a la alegría del Reino. Es esencialmente la “Buena Noticia” del amor del Padre, “manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,39).

“La alegría del corazón” se convierte así en la señal más evidente de la presencia del Señor en nosotros. Aun en los momentos de mayor oscuridad y cruz. Hay Alguien adentro que nos asegura que “esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Porque el Señor nos hace la gracia de participar en la fecundidad de su propio sufrimiento. Eso nos serena y nos hace felices, aunque la cruz lastime nuestra naturaleza frágil como lastimó los hombros de Jesús. “Alégrense en la medida en que puedan compartir los sufrimientos de Cristo. Así, cuando se manifieste su gloria, ustedes también desbordarán de gozo y de alegría” (1 Pe 4,13). A medida que crece nuestra configuración con Cristo es normal que aumenten las tribulaciones; lo cual hace que nuestra alegría se purifique, se vuelva más honda y más serena, más contagiosa y duradera, más inequívocamente cristiana. Ya no es más nuestra alegría, sino la de Cristo en nosotros: “Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto” (Jn 15,11). Un verdadero discípulo de Cristo sabe reconocer al Señor –y llenarse de alegría– a través de sus llagas glorificadas (cf. Jn 20,20).

Pero esto exige de nosotros una actitud profundamente contemplativa. La oración es fuente de alegría porque nos pone en íntima comunión con Dios: nos hace saborear su Palabra y gozar de la consolación del Espíritu. La oración nos libera de la tristeza porque nos arranca de nosotros mismos y nos hace vivir más puramente en Dios, nos hace salir de nuestra soledad oscura para entrar en gozosa comunión con el “Padre de las luces” (Sant 1,17) y el “Dios de todo consuelo” (2 Cor 1,3). Es interesante –nos hace mucho bien– meditar, todo íntegro, este texto de San Pablo (2 Cor 1,3-7). El “consuelo” nos viene de Dios, se da aun en medio de fuertes tribulaciones, y nos responsabiliza para confortar a los que sufren. “Si sufrimos, es para consuelo y salvación de ustedes; si somos consolados, también es para consuelo de ustedes, y esto les permite soportar con constancia los mismos sufrimientos que nosotros padecemos”.

Sólo un contemplativo como San Pablo –por otra parte incansable y ardiente “heraldo, apóstol y maestro de la Buena Noticia” (2 Tim 1,11)– puede sentirse enamorado de la cruz hasta el punto de descubrir allí el secreto de su alegría: “Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes” (Col 1,24). La oración nos serena y simplifica, nos ayuda a salir de la obsesión de nuestros problemas personales, nos hace mirar las cosas desde Dios y, a luz de la eternidad, nos abre al verdadero problema de nuestros hermanos y al sufrimiento del mundo. Nos sentimos libres y felices. Nuestra alegría es tan honda que experimentamos necesidad de compartirla. Por eso la alegría verdadera aumenta nuestros amigos. Pero supone una raíz muy profunda de contemplación y de cruz.

Finalmente “la alegría del corazón” nos abre a la esperanza porque nos ayuda a descubrir siempre lo positivo de las cosas y de los hombres e impide que nos encerremos en lo exclusivamente negativo. Un hombre de esperanza es necesariamente alegre; pero un hombre alegre tiene siempre el corazón dispuesto a la esperanza. La alegría y la esperanza van inseparablemente unidas. Por eso San Pablo nos exhorta: “Sean alegres en la esperanza” (Rom 12,12) y nos augura: “que el Dios de la Esperanza os llene de alegría” (Rom 15,13). Una persona triste encuentra inevitablemente manchas en el sol; una persona alegre sabe descubrir en la noche el sendero que trazan las estrellas. Hay personas que sienten el raro gusto (¡extraña vocación!) de buscar defectos, señalar peligros, anunciar calamidades. Vale mucho más anunciar explícitamente a Jesucristo, alentar a los hombres a que sigan caminando sin cansarse y preparar su corazón para la alegría del encuentro definitivo. “La alegría del corazón” nos hace gustar adentro la seguridad de que Cristo vino, resucitó y vive. Nos ayuda a caminar en la esperanza y pone constantemente en nuestros labios esta súplica ardiente y serena: “Ven, Señor Jesús” (Apoc 22,20). San Pablo conecta fundamentalmente la alegría con la esperanza en estas palabras tantas veces repetidas y meditadas: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense… El Señor está cerca” (Flp 4,4-5). Con lo cual nos enseña a pensar que, a medida que vamos llegando al final, nuestra alegría se hace más honda, más inconmovible, más perfecta.

III

Quisiera añadir algo, muy brevemente, sobre “la alegría del corazón” de la vida consagrada. Aquí todo depende de la intensidad con que se viva el misterio pascual. Porque la vida consagrada está allí: es una participación nueva, más honda y más plena, en el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. Lo que empezó a ser realidad en el bautismo (Rom 6,3-5), se ahonda en esta “consagración peculiar que se funda íntimamente en la consagración bautismal y la expresa más plenamente” (Perfectae Caritatis 5).

“La alegría del corazón” supone aquí vivir la experiencia de un Dios Amor que entra privilegiadamente en nuestra vida y nos invita a dejarlo todo para seguirlo radicalmente a Él, realizar con Él una alianza de amor y ser para los hombres claros testigos del Reino, amigos de Dios, servidores y profetas. Nuestro camino normal es el del amor, la pobreza y la cruz (Lc 9,23). En la medida en que vivamos con serenidad las exigencias cotidianas del amor, la radicalidad de la pobreza y la fecundidad de la cruz, seremos inmensamente felices e irradiaremos la alegría de nuestra consagración. Nuestro estilo normal de vida es el de las bienaventuranzas. No se concibe una vida consagrada sino en la perfección de “una alegría que nadie nos podrá quitar” (Jn 16,22). La gente sencilla tiene una capacidad muy grande para percibir en nosotros la alegría y descubrir su verdadero secreto. Las comunidades auténticas, que viven en la oración y el amor, se manifiestan enseguida por la sencillez y alegría del corazón. No es extraño que se multipliquen sus vocaciones y que las jóvenes las busquen como lugar de oración.

Fundamentalmente “la alegría del corazón” depende de la fidelidad: de la experiencia profunda de la fidelidad a Dios (“El que los llama es fiel, y así lo hará”: 1 Tes 5,24) y de la conciencia clara de nuestra humilde respuesta de amor: “Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero” (Jn 21,17). Basta, para ser feliz, saber que Dios no falla nunca y que nosotros queremos permanecer fieles a su Alianza. Dios nos ha ligado para siempre “con ataduras de amor” (Os 11,4).

La consagración establece una comunión muy profunda con el Señor. Lo cual engendra alegría en el corazón: es la alegría propia de quien experimenta siempre la cercanía del Amigo y llena su soledad humana con la presencia del Señor que habla en el silencio y obra incesantemente por su Espíritu de amor y de consolación. Esta misma comunión con Dios es la que establece las bases fundamentales para la formación de una verdadera comunidad fraterna, que sea espacio privilegiado para el amor del Padre y signo eficaz de la presencia de Jesús: “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18,20). No hay peligro de que esta comunidad se encierre en sí misma, porque está abierta esencialmente a Dios. Tampoco hay peligro de que se disperse en una acogida superficial de los hermanos, porque la profunda comunión con Dios impide que se pierda el tiempo (¡y la riqueza de valores consagrados!) en conversaciones inútiles o en tratos exclusivamente humanos. Desde el interior de una comunidad auténtica –contemplativa o de vida apostólica– surge siempre una invitación a participar en la alegría profunda de quienes descubrieron el “tesoro escondido” o la “perla preciosa” y lo vendieron todo para comprarlos y gozarlos (Mt 13,44-46). ¡Siempre hace bien acercarse a una comunidad religiosa que vive, con sencillez y alegría, los valores esenciales de su consagración! Se percibe fácilmente allí la alegría incontenible de la alianza, de la comunión, de la oración.

De aquí surge la alegría de la misión. Todos nos sentimos “enviados” al mundo de hoy, desde el interior de una Iglesia esencialmente “misionera”. También –¡y yo diría en primer lugar!– los contemplativos. Para todos es válido el precepto de Jesús: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15). Pero es claro que cada uno debe realizar esta misión desde su vocación privilegiada en la Iglesia, desde la irrenunciable fidelidad a su propio carisma. Una monja carmelita anuncia el Evangelio de un modo distinto a como lo hace un misionero claretiano. Esto es evidente, aunque ambos –la carmelita y el claretiano– tengan que ser fuertemente misioneros y profundamente contemplativos. Y ambos, muy atentos y dóciles a lo que les pide hoy el Señor y a lo que hoy pasa en la Iglesia y en el mundo.

“La alegría del corazón” nos lleva a vivir nuestra misión con un espíritu cotidianamente nuevo. Las tareas pueden ser siempre las mismas (en un convento o en una vida intensamente apostólica), pero la misión es nueva cada día. Eso mantiene fresco y fuerte el corazón. Cada día el Señor nos llama de nuevo y nos envía. Cada día nosotros respondemos con Isaías: “¡Aquí estoy: envíame!” (Is 6,8). El mundo no es exactamente igual cada día, como no son exactamente iguales los hombres, sus inquietudes interiores, su estado de ánimo, sus aspiraciones. Si queremos ser fieles a nuestra misión debemos dejar que el Espíritu Santo nos haga nuevos cada día. Y así seremos siempre jóvenes y felices.

* * *

La vida consagrada es una invitación a “la alegría del corazón”. Es un llamado a ser felices en el seguimiento radical de Cristo y en la vivencia cotidiana de las bienaventuranzas. Pero tiene que ser vivida desde el interior del misterio pascual. Comprenderemos así –y sobre todo la gustaremos– la alegría de la cruz y la esperanza, de la alianza y la comunión, de la consagración y la misión, de la contemplación y el servicio. Se acabarían así las complicaciones inútiles de los que estamos adentro, y las compasiones absurdas con que nos acompañan algunos desde fuera. La vida consagrada –vivida en la simplicidad absoluta del radical seguimiento de Cristo muerto y resucitado– es inagotable fuente de alegría.

Termino citando estas hermosísimas palabras de San Juan en el prólogo de su primera Carta:

“Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que nuestra alegría sea completa” (1 Jn 1,3-4).