La oración, alimento del hombre

Palabras pronunciadas el 21 de mayo 1979.

“Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11,1)
“Señor, muéstranos al Padre y eso basta” (Jn. 14,8)

Parece que es éste el grito más fuerte, más intenso y más constante, de las generaciones nuevas. Los jóvenes desean orar de veras. Una de las características más claras de la juventud actual -al menos en los países del Tercer Mundo- es el hambre sincera de Dios, el deseo de contemplación, la búsqueda de hombres y mujeres -religiosas, sacerdotes, Obispos- que sean verdaderos maestros de oración. Hoy se necesitan “profesionales de la oración”.

Indudablemente que siempre se dio esto en la Iglesia. Nunca faltó el soplo vivificador del Espíritu que “intercede con gemidos inexpresables” y grita en el corazón de los hombres “Abbá, Padre”.

Pero lo nuevo hoy es que esta hambre de oración se manifiesta como uno de “los signos de los tiempos”, porque se da con más universalidad y en jóvenes especialmente comprometidos con la historia, es decir, muchachos y chicas muy normales, que celebran gozosamente la vida (son verdaderamente jóvenes), pero sienten la responsabilidad de participar activamente en la edificación del Reino y con la construcción de un mundo nuevo, donde reinen la verdad, la justicia, la libertad, el amor y la paz.

Basta comprobar los distintos movimientos y grupos de oración que van multiplicándose por todas partes; lo mismo las Vigilias de oración y las prolongadas experiencias de desierto que hoy atraen tan fuertemente a los jóvenes.

Yo encuentro particularmente tres motivos que explican la existencia de este fenómeno tan providencial y tan lleno de esperanza para el mundo:

– la acción profundamente renovadora del Espíritu Santo en el interior de la Iglesia y en la historia de los hombres. Tenemos que convencernos que “nosotros estamos viviendo en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu” (E.N.75);

– una fuerte atracción de los jóvenes hacia los valores esenciales del espíritu (oración, contemplación, sentido de la amistad y del amor, de la verdad y la justicia, de la pobreza evangélica y el generoso servicio a los hermanos;

– una particular expectativa y necesidad de los hombres de hoy: más que nuestra palabra exigen nuestro testimonio, más que en nuestra técnica confían en nuestra sabiduría, más que nuestra actividad esperan nuestra presencia y solidaridad verdadera.

Esto nos muestra que el tiempo de la oración no ha pasado. Y que el mundo de hoy -superficialmente disperso y tecnificado- siente necesidad de respirar profundamente a Dios en la montaña o de encontrarlo en la soledad fecunda del desierto. No para quedarse definitivamente en el desierto -el desierto es siempre un lugar provisorio- sino para volver a los hombres con más equilibrio y fortaleza, con más fuerza de una evangelización plena, con más capacidad de servicio y entrega a los hermanos.

Por eso quiero presentar brevemente estos tres puntos: oración y equilibrio en Dios, oración y profecía, oración y servicio.

1. ORACIÓN Y EQUILIBRIO EN DIOS

“Busco tu rostro, Señor”
“Mírame, Señor, que soy pobre y estoy solo”
“Como la cierva sedienta aspira a las fuentes del agua, así mi alma tiene sed de Ti, oh Dios vivo”

¿Qué significa orar? Entrar en comunicación muy honda -cuanto más silenciosa y profunda más verdadera- con un Padre que está en lo secreto y lo ve todo (Mt. 6,6), con un Maestro que está allí y nos llama (Jn. 11,28), con un Espíritu que habita en nosotros (Rom. 8,9) e intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse (Rom.8,26).

Orar es entrar en comunión gozosa y pronta con la voluntad adorable del Padre: “Padre mío, si es posible, que se aleje de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt. 26,39). Para ello hace falta silencio y disponibilidad, saber escuchar y entregarse con docilidad. “Si, Padre, porque esa fue tu voluntad” (Lc. 10,21). Hace falta, sobre todo, tener una clara conciencia de la paternidad divina y de nuestra correspondiente filiación adoptiva. Cuanto más honda es la conciencia de que “el Padre nos ama” (Jn. 16,27) y está adentro (Mt. 6,6), tanto más simple y breve, más serena y gozosa, resultará la oración. La oración se convierte entonces en la normal respiración del hombre. Nadie puede vivir sin respirar. Nadie puede vivir sin orar.

Así el hombre se establece en equilibrio. El hombre de hoy -tan agitado por exigencias familiares y de trabajo, tan preocupado por situaciones sociales, económicas y políticas, tan tensionado por el miedo que impone la violencia- experimenta una fuerte necesidad de recuperar su equilibrio en la oración. No que pretende “utilizar” al Señor para serenarse, sino que ha descubierto que sólo el encuentro profundo con el Dios vivo pacifica. En la oración el hombre recobra su amistad interior, tan frecuentemente quebrada por la simultánea presión de urgencias muy diversas.

El equilibrio es hoy uno de los valores espirituales de mayor precio. Vale la pena perderlo todo, con tal de ganarlo y poseerlo. Un hombre de equilibrio es buscado hoy como “la perla preciosa” del Evangelio. No porque no se dé, sino porque, por lo general, el hombre equilibrado ama la sencillez y prefiere el ocultamiento. Habla con profundidad y obra con madurez de sabio, cuando lo exige su misión, pero luego prefiere seguir viviendo “su vida escondida con Cristo en Dios” (Col. 3,3).

El equilibrio no es pasividad; es compromiso profundamente meditado y asumido. El equilibrio no es ambigüedad; es opción claramente descubierta y realizada en la madurez del Espíritu. No se trata, por consiguiente, de pretender contentar a todos y, para ello, ir haciendo concesiones contradictorias a una parte y a la otra. Ya S. Pablo rechazaba como anticristiano este tipo de demagogia espiritual- falta de verdadero nervio interior ¿»Piensan que quiero congraciarme con los hombres?. Si quisiera quedar bien con los hombres, no sería servidor de Cristo” (Gal. 1,10). El equilibrio nace de haber centrado su vida exclusivamente en Dios, de haber hecho de Dios “el unicum necessarium”.

La oración nos pone, así, de cara a Dios, de cara al Padre, de cara al Maestro y al Amigo: en actitud de adoración, de silencio y de búsqueda (“busco tu rostro, Señor, Señor”), de escucha de su Palabra (“habla, Señor, que tu siervo escucha”) y de entrega incondicional (“Señor, ¿qué quieres que haga?”).

Cuando la vida se centra verdaderamente en Dios, el hombre sale de su aislamiento penoso y entra en comunión gozosa con el Padre y los hermanos. Ya no se siente solo. Tampoco pienso que hacer oración es evadirse del compromiso con los hombres. Ha descubierto que la oración es esencialmente un encuentro: empieza con la manifestación de Dios en el monte o en el desierto y se prolonga en la predicación de la Buena Noticia y en la curación de los enfermos.

Comprende que toda la vida es oración. Pero que para ello es necesario que la oración se haga el centro de su vida: es decir, su fundamental y constante respiración. Hay que evitar los dos extremos: separar la oración de la vida -la contemplación de la acción- y confundir la rutina cotidiana de las cosas y el trabajo con la oración. Cuando un hombre reza de veras (es decir, cuando tiene momentos fuertes y exclusivos de oración), su vida se hace nueva cada día, se convierte en una constante y clara celebración de la Pascua. El primero que siente si la oración es verdadera es uno mismo: siente adentro la alegría de ser hijo y la serenidad de ser mirado por el Padre. Enseguida lo advierten los que lo rodean: hay algo de particular en su presencia, en sus gestos y palabras, que transmite verdaderamente a Dios.

¿Cómo hacer para orar así? ¿Cómo puede un hombre -sumergido en mil problemas diferentes, invitado por la técnica a buscar otros caminos y tentar otras soluciones- tener coraje para romper con todo y encontrar un tiempo y un lugar privilegiado para orar?

Ante todo, reconocer sus límites, captar con alegría su pobreza, sentir necesidad de otros. Sobre todo, experimentar la urgente necesidad del “Otro”, de Dios, del Padre, del Amigo. Mientras no se tenga nostalgia de Dios, no habrá oración. Y mientras no se sienta hambre de oración, no habrá oración verdadera. La pobreza nos abre a Dios y a los hermanos, nos libera de nosotros mismos -de nuestro orgullo, preocupaciones y angustias, del dolor de nuestra soledad vacía, de nuestro egoísmo y sensualidad- y nos prepara para el encuentro con Dios en la oración, nos hace sentir necesidad de orar.

La oración autentica -personal o comunitaria, espontánea o litúrgica- nos equilibra: porque es un verdadero reposo en Dios. Nuestro verdadero descanso es el Señor; pero no buscado por egoísmo personal -simplemente para llenar nuestro vacío- sino por El mismo, por “su inmensa gloria”. Vale la pena detener el ritmo fatigoso de nuestro trabajo para escucharlo solamente a Él, para estar en silencio con Él, para volver a ofrecernos totalmente a Él.

Es significativo el pasaje evangélico que nos refiere S. Marcos: “Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: “Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco”. Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto” (Mc. 6,30-32). Porque la tarea apostólica es inmensa, porque las preocupaciones del trabajo, de la familia, del orden público, nos agobian -hasta tal punto que no nos queda tiempo ni para pensar con serenidad ni para comer con tranquilidad- por eso es necesario retirarnos a lugares solitarios “para orar”. Así lo hacía Jesús: “Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó y fue a un lugar desierto, para orar. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron le dijeron: “Todos te andan buscando” (Mc. 1,35-36).

Precisamente por eso -porque “todos nos buscan”- hemos de buscar momentos exclusivos de soledad fecunda y de desierto. “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto” (Mt. 4,1). Pero el desierto no es un lugar definitivo, ni una fuga cobarde de los hombres, ni el espacio de una soledad vacía. El desierto es esencialmente el lugar privilegiado del encuentro: con Dios, consigo mismo, con los hombres. El desierto es el lugar de la experiencia de la gracia y el amor del Padre, se escucha la Palabra del Señor y se experimenta la acción transformadora del Espíritu Santo. El desierto nunca puede ser definitivo: de allí se sale para la misión y la construcción de un mundo nuevo, más humano, más fraterno y más divino. Moisés, Elías, Jesús, vivieron profundamente la experiencia del desierto -encuentro personal y directo con el Dios vivo- y regresaron enseguida para la misión.

Para recobrar el equilibrio -después de intensas jornadas de lucha y de trabajo, de éxitos maravillosos y de agudos fracasos, de mucho miedo y de serena alegría- hay que volver al desierto para orar, es decir, para agradecer y adorar, para descansar en Dios y pedir por los hombres, para escuchar en silencio la Palabra y comprometernos de nuevo a realizarla.

Hay una frase en S. Lucas que siempre me llama la atención: “su fama se extendía cada vez mas y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a lugares solitarios para orar” (Lc. 5,15).

2. ORACIÓN Y PROFECÍA

“El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha consagrado por la unción.
El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos”(Lc. 4,18).

¡Qué necesidad tiene el mundo de hoy de verdaderos testigos, de auténticos profetas! Testigos: hombres que hayan convivido con el Señor, que lo hayan visto, escuchado y palpado, y que por eso saben transmitirnos con sencillez, no una doctrina sino una experiencia, e invitarnos a vivir en la alegría de la comunión (cfr. I Jn.1-4). Profetas: hombres particularmente elegidos y consagrados, enviados a proclamar con la sabiduría y fuerza del Espíritu las invariables maravillas del Señor (Hch. 2,11). Hombres fuertes y serenos que saben escuchar a Dios y comprender al hombre; más aún, que sólo comprenden al hombre porque viven en profundidad de contemplación.

Un verdadero profeta anuncia los misterios de Dios en el lenguaje distinto de los hombres. Es, por eso, un hombre que experimenta “la pasión” del Espíritu y recibe en el desierto la Palabra que debe ser transmitida. “Dios dirigió su Palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto” (Lc. 3,2). “Entonces me fue dirigida la palabra del Señor en estos términos: Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado. Yo te constituí profeta de las naciones… Adonde quiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás… Mira que he puesto mis palabras en tu boca” (Jr. 1,4-10).

El mismo Jesús dirá: “La Palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado” (Jn. 14,24).

Un profeta tiene que ser hombre de silencio, de oración, de contemplación. Sólo un contemplativo puede conocer lo que hay en el corazón del hombre y penetrar con la sabiduría del Espíritu la verdad completa.

Hoy urge esta tarea profética en la Iglesia, tarea de evangelización, de anuncio explícito de la Buena Noticia de Jesús. La Evangelización supone una constante meditación de la Palabra de Dios, una permanente actitud contemplativa, un estar continuamente, como María, “a la escucha” de la Palabra de Dios. Supone, también, una coherencia entre su vida y la Palabra; es decir, que el primer modo de evangelizar es el propio testimonio, personal y comunitario. Supone, finalmente, hablar desde la pasión ardiente del Espíritu, no desde una mera brillantez humana o, menos aún, desde una pura agresividad personal. El profeta, el evangelizador, debe ser un hombre de Dios que sólo habla de las cosas de Dios, en el lenguaje de los hombres. Por eso mismo un hombre de oración.

En síntesis diría: el Profeta es un hombre que escucha incesantemente a Dios, que busca conocer al hombre y solidarizarse con él, que habla sólo bajo la serena y honda conducción del Espíritu Santo.

Hay que meditar constantemente el Evangelio, hay que penetrar las Escrituras, sobre todo hay que permanecer en la actitud humilde y pobre de María, la servidora del Señor, que recibe y rumia en silencio la Palabra, la engendra en su Corazón Virginal y la comunica al mundo para su Salvación.

La Evangelización del mundo contemporáneo -tan hambriento de Dios y tan necesitado de una verdadera liberación en Cristo- urge la presencia de misioneros (sacerdotes, religiosos y laicos) que constantemente entreguen a los otros “lo contemplado”, más aún cuya palabra y acción deriven exclusivamente “de la plenitud de la contemplación”.

La Iglesia de la Encarnación y de la Profecía, de la Evangelización y de la Promoción humana, debe ser esencialmente la Iglesia de la contemplación. Por eso el Espíritu Santo hace que vayan necesariamente juntos -cuando son verdaderos- la urgencia de la evangelización y el deseo profundo de la oración. No es simplemente el hecho de que “si Dios no edifica la Casa, en vano se esfuerzan los que trabajan”, sino que la única palabra de salvación que merece ser dicha es la que nace de una profunda interioridad contemplativa.

3. ORACION Y SERVICIO

“No vine a ser servido, sino a servir, y a dar mi vida como rescate por todos” (Mt. 20,28).

Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia va descubriendo, cada vez más que su única misión -continuando la de Jesús- es la evangelización y que su única actitud auténtica es la del servicio: su vocación es, pues, ser la “servidora de la humanidad” (Pablo VI) y estar constantemente dando la vida por los otros. En esto muestra la Iglesia que es “el Sacramento del amor de Dios”. Lo proclama en bellísima fórmula el Concilio: “Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana, al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es “sacramento universal de salvación”, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre” (G.S.45).

Pero esto exige en la totalidad de los miembros de la Iglesia una profunda actitud contemplativa. Ante todo, porque el servicio original que el mundo espera de los cristianos es la revelación y comunicación del misterio de Dios, de la fecundidad de su vida. “No existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hch. 4,12).

El mejor servicio que podemos prestar hoy a los hombres es el de anunciarles -con la potencia del Espíritu y la eficacia del testimonio- que Jesús es el único Camino para llegar al Padre, la única Verdad que nos revela al Padre y el misterio mismo del hombre, la única Vida que nos colma y que El vino a comunicarnos con abundancia (Jn. 10,10).

Hay un servicio que es urgente para los hombres de hoy: es el de enseñarles cómo recobrar la serenidad interior y cómo conseguir el gozo de la reconciliación y de la comunión fraterna. El encuentro con Dios en la oración pacifica los corazones y los armoniza en la paz verdadera. Por eso, insisto en que uno de los servicios más específicos del cristiano auténtico es enseñar a los hombres a orar: “Señor, enséñanos a orar”. “Muéstranos al Padre y eso basta”.

Pero hay algo más todavía. La misma capacidad de servicio se agota o se parcializa si no nace de la profundidad de la contemplación. El gran peligro hoy -ya lo decía Pío XII- es “el cansancio de los buenos”. Nos encontramos en un momento privilegiado de la historia: el Espíritu Santo actúa fuertemente en ella, como actúa maravillosamente en el interior de la Iglesia.

Pero no hay caso: el Misterio Pascual necesita ser constantemente celebrado en su integralidad de muerte y resurrección, de cruz y de esperanza. Y por momentos puede aplastarnos el cansancio de una cruz y hacernos perder la alegría de la muerte. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero cuando muere da mucho fruto” (Jn. 12,24).

El mismo Jesús -cuando siente llegar “la hora” del gran Servicio y de la suprema donación- experimenta una fuerza interior que lo lleva a la soledad del encuentro con el Padre en la oración (Lc. 22,39-44). “En medio de la angustia, el oraba más intensamente. En los momentos decisivos de la entrega -cuando el miedo, la angustia y la tristeza nos rodean como al Señor- no hay más camino que la soledad del desierto y el encuentro con el Padre en la oración. “Si es posible…”.”El discípulo no puede ser más que su Maestro”.

Sólo el verdadero contemplativo no agota nunca su capacidad de servicio; antes al contrario, la ahonda constantemente y recrea maravillosamente con la fuerza transformadora del Espíritu. Su servicio es incansablemente nuevo.

La oración impide que nos cansemos. La oración impide, también, que nos repitamos. Será siempre nuevo nuestro servicio en la medida de nuestra interioridad contemplativa. La oración hace que un servicio cualquiera -el más humilde y escondido- resulte extraordinariamente fecundo. Y la oración hace también que un servicio -repetido todos los días, en aparente monotonía resulte cotidianamente nuevo y nos haga gustar la alegría de una permanente Pascua recreadora.

Finalmente, el servicio que nace de la oración no queda en la superficie del hombre: lo penetra, lo invade todo (alma y cuerpo, tiempo y eternidad). Solamente cuando se vive en permanente actitud contemplativa uno tiene la capacidad para mirar lejos y adentro (desde la interioridad y la eternidad del hombre) y el extraordinario poder para abrir los corazones de los hombres a la acción del Espíritu a fin de que él forme en todos y con todos al Hombre-Nuevo en Jesucristo.

CONCLUSIÓN

Cuando decimos que “la oración es la respiración del hombre” queremos subrayar dos cosas: su actualidad y su fuerza unitiva. ¿Es actual la oración en los tiempos de la técnica, de la urgencia de la promoción humana y de la liberación de los pueblos, de los movimientos apostólicos, de la necesidad de hacernos presentes entre los más pobres y solidarizarnos con su pobreza y sus trabajos? Sí, más que nunca es imprescindible la oración. Diríamos que estos tiempos privilegiados del Espíritu Santo nos invitan y obligan a la oración. Por eso los nuestros -en todos los niveles de la vida eclesial: Obispos y sacerdotes, religiosos y laicos- están fuertemente caracterizados por esta aspiración a la oración. Particularmente los jóvenes nos transmiten esta hambre de contemplación. El hombre no puede vivir sin respirar. Tampoco puede vivir sin orar.

Esto nos lleva a subrayar la fuerza unitiva de la oración y su exigencia: cuando la oración es verdadera -”nadie puede decir que Jesús es el Señor, si no está impulsado por el Espíritu Santo” (I Cor. 12,3)- produce la unidad interior del hombre y hace que se prolongue en la vida. Toda la vida se convierte en Oración. Con tal, sin embargo, que la vida tenga constantemente su punto de referencia en el Señor encontrado en el desierto. Este es el sentido de las exhortaciones de Jesús y de San Pablo: “es necesario orar siempre sin desanimarse” (Lc. 18,1). “Estad siempre alegres. Orad sin cesar” (I Tes. 5,16-17). Es muy significativo aquí, en este texto de Pablo, que la oración vaya unida a la alegría. Y ambas -oración y alegría- con las exigencias de una vida de amor. También Santiago, aunque de manera inversa, conecta la oración con la alegría: “Si alguien está triste, que ore. Si está alegre que cante salmos” (St. 5,13).

Nadie puede vivir sin alegría; nadie puede vivir sin esperanza; nadie puede vivir sin amor. Por eso nadie puede vivir sin Dios.

La oración -encuentro profundo y sereno de comunión con Dios- nos restituye el equilibrio, es fuente viva de nuestra profecía y engendra en nosotros una inagotable capacidad de servicio.

Miramos a María, nuestra Madre; la que recibió la Palabra del Señor y fue feliz (Lc. 1,45), la que “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc.2,19-51), la que no sólo estuvo “a la escucha de la Palabra de Dios” sino que la realizó en su vida (Lc.11,28), la que contempló en doloroso silencio el misterio pascual del Hijo (Jn.19,25-27), la que presidió -en plena comunión apostólica- la oración intensa de los discípulos que esperaban la promesa del Padre (Hch. 1,14).

A Ella nos encomendamos para que nos enseñe a recibir en pobreza y silencio la Palabra, para que nos abra los caminos de una oración contemplativa, para que nos enseñe a vivir y a ser felices, enseñándonos a respirar en Dios, como Ella en Jesús, enseñándonos a orar y a ser “maestros de oración”.

Card. PIRONIO
21 de mayo 1979

Reflexión teológica sobre el sacerdote

Introducción: La Hora Sacerdotal

            1– Cristo vivió intensamente su hora. Era la hora del Padre para Él. No la había elegido Cristo ni programado en sus detalles. Era simplemente “la plenitud de los tiempos” (Gál 4,4). La vivió Cristo en su esencial actitud sacerdotal: la gloria del Padre en la redención de los hombres. Era ésta “la obra” (Jn 17,4).

            Cristo nos enseña a vivir lo nuestro. Esta hora sacerdotal –tan particularmente dura y difícil, tan llena de tensiones y de riesgos, tan dolorosamente oscura y sacudida– es la hora de Dios para nosotros. No hemos de temerla ni eludirla. Hemos de comprenderla, amarla y asumirla en toda su riqueza. Lo primero que se nos pide es que no nos angustiemos: “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27).

            Nos preocupa la crisis sacerdotal: falta de vocaciones, abandono del ministerio, desorientación en los sacerdotes. Ello engendra, en muchos casos, ambigüedad, desprestigio o desconfianza. Quisiéramos que lo sacerdotal –tan tradicionalmente estable y supramundano– no fuera sacudido por el cambio. Pero el sacerdote, interiormente consagrado por el Espíritu, sigue estando en el mundo (Jn 17,15). La historicidad forma parte esencial de su estructura. Es lógico que la rapidez y la profundidad de las transformaciones lo conmuevan.

            La fragilidad de su condición humana lo hace providencialmente capaz de sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados” (Hb 5,2). Lo humano es su riqueza y su peligro. Si nos escandalizamos demasiado es porque aún no hemos entendido el misterio de la Iglesia. Si condicionamos la adhesión personal de nuestra fe a la claridad de una figura indiscutida es porque todavía no nos hemos dejado “alcanzar por Cristo” (Flp 3,12) o seguimos siendo “niños en Cristo” (1 Cor 3,1).

            2– Hemos de afrontar esta hora sacerdotal con realismo, con serenidad, con esperanza. Pero con la esperanza cristiana, que es esencialmente activa y creadora, constante y comprometida.

            El problema no es exclusivo de los sacerdotes. Ni siquiera es primordial de ellos. Fundamentalmente es de todo el Pueblo de Dios. Lo primero siempre –en una verdadera teología del sacerdote– es el Pueblo de Dios: el sacerdote surge de su seno y es vuelto a él como su servidor. Cuando hablamos de crisis sacerdotales, hemos de plantearnos antes las crisis mismas de la comunidad cristiana. El sacerdote es con frecuencia un signo y fruto de esa crisis. Además hemos de preguntarnos qué está haciendo el Pueblo de Dios –de verdaderamente válido y esencial– para ayudar al sacerdote a superar sus problemas. ¿Simplemente rezar? ¡Si al menos lo hiciéramos bien!

            Pero ¿no hay toda una responsabilidad activa de la comunidad cristiana frente a sus pastores? ¿No ocurre a veces que los cristianos “monopolizan” al sacerdote para el servicio exclusivo de su salvación? ¿No lo dejan con frecuencia en peligrosa “soledad” porque el sacerdote vive de lo sobrenatural y lo invisible? ¿O tal vez no le contagian fácilmente su propia superficialidad o mundanismo? ¿No son a veces los cristianos los principales responsables de la sensación de fracaso, desubicación o inutilidad de los sacerdotes?

            El sacerdote es un don gratuito de Dios, manifestación del amor del Padre. Pero el Espíritu Santo lo elige, lo consagra y lo sostiene en el corazón de una comunidad verdaderamente sacerdotal y misionera.

            3– San Juan nos habla de “la hora” de Jesús. Es importante comprenderla en su fecundidad divina. Es importante, también, iluminar con su luz la hora nuestra sacerdotal.

            En Caná de Galilea, Jesús advierte a su Madre: “Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,4).En el templo pretenden detenerlo, pero “todavía no había llegado su hora” (Jn 7,30; 8,20). La inminencia de la hora es anunciada por Jesús: “Ha llegado la hora”(Jn 12,23). O también: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora” (Jn 13,1). Finalmente: “Padre, ha llegado la hora” (Jn 17,1).

            ¿Qué es esta “hora” misteriosa de Jesús? Es la hora sacerdotal por excelencia: la hora de su glorificación por la cruz, la hora de la fecundidad de su misión, la hora de la reconciliación de los hombres con el Padre. “Llega la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,23-25).

            Es la hora de la Pascua. Por lo mismo, es la hora de la cruz y la esperanza, del anonadamiento y la exaltación (Flp 2,7-11), de la máxima donación por sus amigos (Jn 15,13) del supremo servicio hasta la muerte (Mt 20,28), de la definitiva glorificación por el Espíritu de la Verdad que nos comunicará desde el Padre (Jn 16,13-15).

            Humanamente es la hora del absurdo. La hora de la cruz que no se entiende (Mt 16,21-23; Lc 9,44-45; 18,31-34). La hora de la tristeza, de la angustia y del miedo (Mt 26,37-38; Mc 14,33-34; Lc 22,44). La hora de la soledad (Mt 26,40) diríamos que es la hora de la crisis: “Padre mío, si es posible que pase de mí este cáliz… (Mt 26,39). Coincide en parte con “la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22,53).

            Por eso Cristo –que ardientemente deseaba el bautismo de esta hora (Lc 12,49-50)– se siente profundamente sacudido. “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? Padre, líbrame de esta hora. ¡Si he llegado a esta hora para eso!” (Jn 12,27).

            Cristo amó esta hora. Se entregó al Padre definitivamente en ella (Jn 14,31). Los hombres fueron reconciliados con el Padre y pacificados por la sangre de su cruz (Col 1,20).

Esta hora sacerdotal de Cristo –la de la fecundidad de su Misterio Pascual– estuvo señalada por la presencia de María (Jn 2,1ss; 19,25-26) y consumada por la entrega del Espíritu de vida (Jn 7,37-39; 19,30).

            4– Es preciso que el sacerdote viva “su hora”. Que asuma con generosidad “el tiempo y el momento” (Hch 1,7) que el Padre dispuso por amor.

            Es también para el sacerdote la hora de su Pascua: una hora de dolor y agonía, de anonadamiento y de muerte, de incertidumbre y de búsqueda. Una hora de luz y de esperanza, de fecundidad y de gozo, de suprema donación y de servicio. Dios nos lo pide absolutamente todo. Únicamente desde la perspectiva de lo Absoluto de Dios –y de nuestra entrega sin cálculos– podrán disiparse muchas de nuestras dudas y serenarse nuestros ánimos.

            Porque es cierto que el momento es duro para el sacerdote. Lleno de oscuridad y de miedo, de tristeza y de angustia, de soledad y de cansancio. También, lleno de búsqueda sincera, de generosa autenticidad, de fidelidad al Evangelio, docilidad al Espíritu y compromiso con el mundo.

            El sacerdote quiere de veras servir a un mundo que ya no lo comprende. Es el “hombre de Dios”, testigo de lo Absoluto, presencia del Señor resucitado. Pero ¿qué significa eso para un mundo “secularizado” que proclama “la muerte de Dios”? El Evangelio del Reino no llega a preocupar al hombre que conquista los espacios ni le interesa la salvación que le ofrecen los sacerdotes. El sacerdote se siente desubicado y solo, incomprendido y raro, o apenas dolorosamente compadecido. Pareciera que el mundo ya no lo necesita.

            5– También la Iglesia ha cambiado. Una mejor penetración en el Misterio de la Iglesia y una mayor adaptación a las circunstancias concretas de la historia le han impuesto al sacerdote una profunda revisión de sus estructuras mentales, en sus hábitos tradicionales, en sus actitudes pastorales. Se han modificado sus relaciones con los laicos y con el mundo. Ya no es el único dueño de la misión salvífica de la Iglesia. Ya no posee el monopolio de la verdad, de la palabra, del profetismo. No es el único sacerdote. No es el único apóstol. Todo el Pueblo de Dios es sacerdotal, profético y real.

            Entonces se pregunta con sinceridad ante Dios quién es él, qué significa para el mundo su existencia, cuál es su misión específica en la Iglesia. Con frecuencia no se formula explícitamente estas preguntas. Pero las padece en su interior sin expresarlas.

            En el fondo, el problema es éste: su identidad sacerdotal. En el momento de la promoción del laicado, ¿no se oscurece un poco la figura del sacerdote ministerial? Cuando se urge tanto a la Iglesia que se incorpore al proceso de la historia y se encarne en la comunidad humana, ¿qué sentido tiene la existencia de este hombre segregado del mundo, ajeno a una profesión y a una familia?

            Por eso hace falta profundizar la naturaleza y la misión del sacerdote ministerial. Buscar las líneas fundamentales para una auténtica Teología del Presbítero. Creo que ello es sólo posible desde esta triple perspectiva:

            I– El Sacerdocio único de Cristo;

            II– La Iglesia Pueblo Sacerdotal;

            III– El Servidor de la comunidad.

I– El Sacerdocio único de Cristo

            6– No entenderemos nunca al sacerdote si lo desvinculamos de la consagración y misión de Cristo. De su relación esencial y directa con la Persona de Cristo único Sacerdote.

            Todo arranca de aquí: “Como el Padre me amó, Yo también os he amado a vosotros” (Jn 15,9). “Como el Padre me envió, también Yo os envío” (Jn 20,21).

            Esto explica la trascendencia única de nuestra misión. No sucedemos a Cristo. Lo prolongamos. No hay más que un único y eterno sacerdote: Cristo. Pero Él vive en nosotros y actúa por nuestro ministerio. Obraremos siempre “in persona Christi”: sea que anunciemos la Palabra, celebremos la Eucaristía o conduzcamos la comunidad de los creyentes. Nuestra misión es ésta: hacer posible que Cristo siga manifestándose en la historia como “el único Mediador entre Dios y los hombres” (1 Tim 2,5); “el único que salva” (Hch 4,12).

            Esto explica también el carácter definitivo de nuestra consagración. Algo ha sido cambiado de modo absoluto en nuestro interior. Hemos quedado marcados para siempre con “el sello” de Cristo. Seguimos siendo frágiles y necesitamos ofrecer cotidianamente sacrificios “por los pecados propios igual que por los del pueblo” (Hebr 5,3). Pero el Espíritu Santo nos configuró de un modo esencialmente nuevo a Jesucristo y nos consagró de un modo irrevocable a Dios. “Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma que puedan obrar en la persona de Cristo Cabeza” (PO 2). No es una simple destinación externa para el cumplimiento transitorio de una función. Es la comunicación interna de poderes irrevocables que capacitan para reproducir “la imagen de Cristo, Sumo y eterno Sacerdote” y participar en su oficio de “único Mediador” (LG 28).

            Esto explica también nuestra seguridad y compromiso. Cristo vive en nosotros para que lo comuniquemos y obremos en su nombre. Nuestro ministerio arranca de una elección amorosa y de un llamado definitivo. No se trata de un gusto personal de una iniciativa nuestra o de una exigencia de la comunidad. Se trata de una respuesta generosa a Alguien que nos ha llamado. Y que tiene derecho a esperar la totalidad absoluta de nuestra respuesta. “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado a que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16). Estas palabras nos tranquilizan (Cristo sabía nuestra pobreza), pero también nos comprometen.

            7– El Concilio conecta siempre el ministerio sacerdotal con la consagración y misión de Cristo (LG 28; CD 1; PO 2). Aquel a quien el Padre “santificó y envió al mundo” (Jn 10,36), nos hizo partícipes de su ministerio.

            Es preciso insistir un poco en esta consagración y misión sacerdotal de Cristo.

            La carta a los Hebreos –que nos describe el Sacerdocio único de Cristo– subraya particularmente tres aspectos:

            a) La consumación del sacerdocio de Cristo. Pertenece esencialmente a la misión del sacerdote llevar la comunidad al reposo definitivo de Dios (en esto también Cristo es superior a Moisés). Cristo asegura inicialmente la llegada al Padre de todos los hombres a través de su propia humanidad glorificada. “Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos –Jesús, el Hijo de Dios– mantengamos firmes la fe que profesamos” (Hebr 4,14). “Presentose Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta… y penetró en el santuario una vez para siempre… consiguiendo una redención eterna” (Heb 9,11-24).

            Lo fundamental es esto: que la humanidad glorificada de Cristo nos asegura la redención y la comunicación de los bienes futuros. “Este es el punto capital de cuanto venimos diciendo, que tenemos un Sumo Sacerdote tal, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Heb 8,1).

            Este aspecto ilumina la trascendencia esencial de nuestro ministerio. Realizamos nuestro sacerdocio en la historia. Pero no somos sacerdotes para el tiempo ni para los bienes visibles. Nos sentimos solidarios con los hombres. Pero nuestra misión se ubica en la línea del sacramento: expresamos y comunicamos la vida eterna que ya nos ha sido en parte anticipada.

            b) Lo profundamente humano del Sacerdocio de Cristo. “Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo” (Heb 2,17-18). “No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4,15). Por lo mismo Cristo asume la debilidad de nuestra carne, la intensidad de la cruz, el gusto de la muerte. Aprende a obedecer “en la escuela del sufrimiento” (Heb 5,8).

            Este aspecto nos lo acerca mucho a Cristo. Lo introduce plenamente en el corazón de los hombres. Ilumina, además la problemática esencialmente humana de los sacerdotes. Todo sacerdote es entresacado de los hombres y vuelto a los hombres (Heb 5,1). Deberá ser un “segregado” pero no un “separado”. “No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida más que de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran extraños a su vida y a sus condiciones” (PO 3).

            Es decir, lo humano en el Sacerdocio de Cristo explica nuestra debilidad y al mismo tiempo urge y orienta nuestra inserción en el mundo.

            c) La perennidad del Sacerdocio de Cristo. Su Sacerdocio es único y se prolonga ahora en los ministros elegidos. “Este posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre” (Heb 7,25). La carta a los Hebreos insiste en que Cristo se ofreció “de una vez para siempre” (Heb 7,27; 10,10), que se trata de “un solo sacrificio”, de “una sola oblación”, mediante la cual “ha llevado a la perfección para siempre a los santificados” (Heb 10,11-14), y “se convirtió en causa de salvación eterna” (Heb 5,9).

            El único Sacerdote es Cristo. La única Víctima es Cristo. Nosotros participamos en su sacerdocio de un modo nuevo (también en condición de víctima) y nos sentimos especialmente revestidos de su Persona, sus poderes y sus funciones.

            Esto nos tranquiliza porque Él “está siempre vivo”. Pero también nos compromete porque Él es “santo, inocente, incontaminado” (Heb 7,25-26). Nos mantiene en una esencial actitud de humildad y dependencia: somos simplemente el Sacramento del Sacerdocio único de Cristo.

            8– Conviene subrayar ahora la actitud fundamental del alma sacerdotal de Cristo: Cristo es esencialmente “el enviado” del Padre. Por eso obrará siempre en la línea de ese envío. No vino para hacer su voluntad sino la del Padre que lo ha enviado (Jn 3,34; 5,30; 6,38). La Palabra que anuncia no es suya sino del que lo ha enviado (Jn 14,24).

            Lo que interesa a Cristo es “la gloria del Padre”. Es el movimiento radical de su sacerdocio. “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Jn 17,4). Cristo se manifiesta como el “camino” al Padre, la “imagen” del Padre, “una sola cosa” con el Padre (Jn 14,5-11). Irá a la cruz “para que conozca el mundo que amo al Padre” (Jn 14,31).

            Pero el Padre envió a su Hijo al mundo “para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,17). La salvación plena de los hombres entra en el dinamismo esencial del sacerdocio único de Cristo. No vino a llamar a los justos sino a los pecadores (Mt 9,13). Fue enviado a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15,24). Cristo anuncia la Buena Nueva del Reino (Mt 1,15), “quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), cura a los enfermos, expulsa a los demonios y resucita a los muertos. Todo esto es tarea sacerdotal. Tiende a salvar al hombre y al mundo. A hacer que todas las cosas queden definitivamente recapituladas en Él (Ef 1,10).

9– El sacerdocio de Cristo se inscribe en la línea del servidor de Yavé (Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-11; 52,13-53,12).

            Es ungido por el Espíritu y enviado por el Padre para “anunciar la Buena Nueva a los pobres, vendar los corazones rotos, proclamar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad” (Is 6,1; Lc 4,18-19).

            La misión del Siervo es “ser alianza del pueblo y luz de las gentes, abrir los ojos ciegos, sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas” (Is 42,6-7).

            Será preciso que el Siervo pase por el misterio de una cruz y de una muerte. Sólo así “verá luz y justificará a muchos” (Is 53,11). Deberá ser “varón de dolores y sabedor de dolencias”, “herido por nuestras rebeldías, y molido por nuestras culpas”, “entregado a expiación” para poder ver descendencia.

            Es el camino pascual del sacerdocio de Cristo. Allí tiene esencialmente que desembocar. El mismo se nos describe como el que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20,28).

            Pero el fruto sacerdotal por excelencia del Misterio Pascual de Jesucristo ha sido la comunicación del Espíritu Santo.

            10– El sacerdocio de Cristo está marcado –en sus tres etapas principales– por una especial presencia y efusión del Espíritu Santo.

            a) La Encarnación señala el comienzo del sacerdocio de Cristo. Allí es consagrado sacerdote, en el seno virginal de Nuestra Señora por virtud del Espíritu Santo (Lc 1,35). Es la unción predicha para el Siervo de Yavé (Is 42,1; 61,1). Cristo recibe entonces la plenitud del Espíritu (Is 11,2).

            b) La Teofanía del Jordán indica la iniciación del ministerio apostólico y misionero de Cristo Sacerdote. Sobre Él desciende el Espíritu Santo, en forma visible, como un signo de la completa efusión del Espíritu de profecía (Lc 3,22). La vida pública de Cristo (su ministerio sacerdotal hecho de palabras y de gestos salvíficos) se hará bajo la conducción permanente del Espíritu.

            c) El Misterio Pascual –muerte, resurrección, ascensión– marca la culminación del sacerdocio de Cristo. Cristo –Mediador único de la Alianza Nueva– se ofrecerá a Sí mismo a Dios “por el Espíritu eterno” a fin de purificarnos con su Sangre y convertirnos en culto de Dios vivo (Heb 9,14).

            Mediador de la Nueva Alianza –que es la Alianza del Espíritu– Cristo glorificado a la derecha del Padre comunicará a los hombres (a toda la creación) el fruto esencial de su sacerdocio: el Espíritu Santo. Por eso Pentecostés es el acontecimiento sacerdotal por excelencia: consuma el misterio sacerdotal de Cristo, consagra definitivamente a los apóstoles para el ministerio y forma en el Pueblo de Dios la comunidad profética y sacerdotal de los tiempos mesiánicos.

II – La Iglesia, pueblo sacerdotal

            11– El sacerdocio único de Cristo pasa, ante todo, a la totalidad del Pueblo de Dios. Es toda la Iglesia la que es constituida –mediante la comunicación del Espíritu de Pentecostés– en Cuerpo Sacerdotal de Cristo.

            Esto es explícito en la doctrina del Concilio: “El Señor Jesús, a quien el Padre santificó y envió al mundo, hizo partícipe a todo su Cuerpo místico de la unción del Espíritu con que Él está ungido; puesto que en El todos los fieles se constituyen en sacerdocio santo y real, ofrecen a Dios, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales, y anuncian el poder de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (PO 2).

            “Cristo, Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, a su nuevo Pueblo lo hizo reino y sacerdotes para Dios, su Padre” (LG 10).

            El sacerdote ministerial surge de un Pueblo sacerdotal y es destinado a su servicio. La misión esencial del sacerdote será “el ministerio” de esta comunidad sacerdotal. No es que la elección y los poderes vengan de la comunidad. “Nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por Dios” (Heb 5,4). El “don espiritual” que nos capacita para el ministerio nos ha sido conferido “por la imposición de las manos del presbiterio” (1 Tim 4,14; 2 Tim 1,6). Es Cristo quien nos envía desde el Padre al Espíritu que nos hace “testigos” de su Pascua (Hch 1,8).

            Pero Cristo nos elige del seno de la comunidad de sus discípulos (Lc 6,13). “Llamó a los que Él quiso” (Mc 3,13) y después de haberlos instruido y revestido de poderes especiales, los envió a proclamar que “el Reino de los cielos está cerca” (Mt 10,7). El proceso de Cristo es éste: la comunidad, los doce, Pedro.

            El sacerdote actúa sólo en nombre de Cristo quien lo reviste del poder sagrado del Orden para ofrecer el sacrificio, perdonar los pecados y hacer que los fieles se congreguen todos en un solo cuerpo (PO 2). De todos modos –en el comienzo y en el término de su tarea– la vida y el ministerio de los presbíteros están esencialmente relacionados con la comunidad cristiana sacerdotal, profética y real.

            12– Es preciso, por lo mismo, subrayar las riquezas y exigencias de este Pueblo de Dios Sacerdotal. Dios pudo salvarnos individualmente. Pero quiso hacernos, en Cristo, un solo Pueblo santo. Un pueblo consagrado, de exclusiva pertenencia de Dios, insertado en la historia y la comunidad humana. Un Pueblo mesiánico que es “germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano” (LG 9). Un Pueblo que es esencialmente “comunión” de vida, de caridad y de verdad.

            Es importante subrayar esta idea de “comunión” en la totalidad de los miembros de la Iglesia. Es la comunión con Dios, con los cristianos, con el mundo. La Iglesia –Pueblo Sacerdotal– se encarna en el mundo para redimirlo. Pero sólo lo hace como comunidad cristiana, signo de la presencia del Señor (AG 15).

            Nuestro ministerio sacerdotal está esencialmente relacionado con la Iglesia como comunión. Porque al sacerdote le corresponde precisamente realizar y presidir esta comunión, como expresión visible del Espíritu, que es “el principio de la unidad en la comunión” (LG 13).

            Además, se entenderán mejor las exigencias sacerdotales de comunión con el Obispo, los presbíteros y los laicos. Hay una comunidad cristiana elemental a la que todos igualmente pertenecemos, en la que todos tenemos una misma dignidad de hijos, una misma vocación de santos, una misma responsabilidad de apóstoles. Aunque sean distintos los carismas y diferentes las funciones.

            13– Este Pueblo único es sacerdotal. Dios nos hizo “un Reino de sacerdotes” (Apoc 1,6; 5,10). Ya en la Antigua Alianza fue preparado: “Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,6). Pero fue definitivamente constituido en Cristo. Sobre Él, “piedra viva”, fuimos edificados “para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo”. Es el Pueblo de Dios que formamos como “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que nos ha llamado de las tinieblas a su luz “admirable” (1 Pe 2,4-10).

            Señalaremos algunas riquezas de este sacerdocio común de los fieles.

            “Es una verdadera participación –aunque esencialmente distinta de la del sacerdote ministerial– en el único sacerdocio de Cristo” (LG 10). Cada bautizado ha sido realmente consagrado por la unción del Espíritu para un sacerdocio santo. Por lo mismo, todo en la vida del cristiano es esencialmente sacerdotal. Todo adquiere la dimensión sacerdotal del alma de Cristo: la gloria del Padre y la redención del mundo.

            En virtud de este sacerdocio real cada cristiano (todo el Pueblo de Dios) concurre activamente “en la oblación de la Eucaristía” y ofrece su cuerpo a Dios como “víctima viva y verdadero culto espiritual” (Rom 12,1). Esto impone al cristiano el deber de una progresiva configuración a Cristo, un crecimiento en la santidad, que es el modo fundamental de ir poniendo en acción el sacerdocio recibido.

            En virtud también de este sacerdocio los cristianos “consagran a Dios al mundo mismo” (LG 34). La construcción cotidiana de la ciudad temporal se convierte en ofrenda espiritual agradable a Dios por Jesucristo (1 Pe 2,5), porque es hecha por hombres “consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo” (LG 34).

            14– El sacerdocio de Cristo en su Iglesia es esencialmente profético y real. Es todo el Pueblo de Dios el que “participa del don profético de Cristo” (LG 12). Los carismas los distribuye el Espíritu en la Iglesia “como Él quiere” (1 Cor 12,11). Esto nos sugiere tres cosas:

            a) que el Pueblo de Dios tiene “el sentido de la fe” y la universalidad de los fieles “no puede fallar en sus creencias” (LG 12). Corresponde, por consiguiente, al sacerdote (también al Obispo) auscultar este sentido profético del Pueblo;

            b) que el sacerdocio común de los fieles tiende a la proclamación de “las maravillas de Dios” (Hch 2,11), al anuncio de “Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe 2,9). El testimonio de la Pascua es exigencia de la consagración bautismal y de la unción del Espíritu de la Promesa (Hch 1,8). El Pueblo de Dios –que ha recibido “la unción del Santo” (1 Jn 2,20)– tiene siempre algo que decir: al mundo y a los Pastores;

            c) que el sacerdote ministerial –al servicio de la comunidad sacerdotal de los creyentes– debe llevar a los cristianos a la madurez de su fe, a la perfección de su caridad, al compromiso activo de su esperanza. Es decir, que el sacerdote ha recibido “el ministerio de la comunidad” (LG 20) para hacer el Pueblo Sacerdotal de Dios.

            15– Algo más deberíamos añadir. Si toda la Iglesia es Pueblo Sacerdotal de Dios, la extraordinaria grandeza del presbítero es su “diaconía” o su “servicio”. Presidimos en nombre del Señor para hacer su comunión. La riqueza de la Palabra y el poder del Sacramento que nos han sido encomendados es simplemente como a “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4,1). Lo único que se nos pide es fidelidad a nuestro ministerio. No puede haber en nuestra existencia o acción algo que nos distancie de la comunidad. Lo que nos distingue es el “servicio” que nace de una consagración. “Siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5).

            Pero también es cierto que la comunidad cristiana –de cuyo seno sacerdotal surge el ministro que la preside– es responsable de la grandeza espiritual y de la fecundidad apostólica de sus presbíteros. A todo el Pueblo de Dios interesa que sus ministros sean verdaderamente una presencia encarnada del Señor. De todo el Pueblo Sacerdotal depende que los sacerdotes seamos exclusivamente los “servidores de Jesucristo” (Rom 1,1) para anunciar el Evangelio de Dios.

            No es que los sacerdotes dependan, en su eficacia ministerial como en sus poderes, de la comunidad cristiana. Pero sí que ella tiene una responsabilidad especial en la santidad de sus pastores, en la fecundidad de sus tareas. De todos modos el ministerio sacerdotal no se concibe sino como el Servicio de Cristo para la construcción de su Pueblo.

III– El servidor de la comunidad

            16– Los polos que definen la vida y el ministerio de los sacerdotes son Cristo y la Comunidad. Dicho de otra manera, son Dios y el Mundo. El sacerdote es el hombre enviado por Dios para redimir a sus hermanos. Es una frase demasiado repetida. Pero el sacerdote no tiene sentido sin Cristo y sin los hombres. Es siervo de Cristo para los hombres. O servidor de los hombres para la gloria del Padre. Por eso el sacerdote es presencia de Dios. Pero también es síntesis de lo humano.

            Esencialmente la figura del sacerdote –paradójica figura de lo Absoluto en un mundo secularizado– se inserta en una triple comunidad: la cristiana (el Pueblo sacerdotal del que surge y al que sirve), la sacerdotal (la fraternidad sacramental del presbítero con su Obispo) y la humana (el mundo de los hombres y su historia). No se concibe el sacerdote sino en relación fundamental con la comunidad. El mismo es el hombre que expresa y realiza la comunión. Es el Sacramento de Cristo que une lo humano con lo divino.

            ¿Puede entenderse un sacerdote que no sea, como Cristo, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15)? ¿Puede entenderse un sacerdote que no sea “semejante en todo a sus hermanos” (Heb 2,17)?

            Plenamente hombre: con su riqueza y sus riesgos, con su potencia y sus límites, con su capacidad dolorosa de comprender y de errar. Dispuesto a entender nuestras debilidades (porque El mismo las padece), a saborear el sufrimiento y la muerte, a asumir las angustias y esperanzas de los hombres. “Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).

            Pero, también, plenamente Cristo: con su serenidad y su fuerza, con su inmolación y su ofrenda, con su donación y su servicio. Viviendo sólo para la gloria del Padre en la generosa entrega a los hermanos. Saboreando el gusto de la cruz (Gál 6,14) y de dar la vida por los amigos (Jn 15,13).

            17– Podríamos describir al sacerdote como: el hombre particularmente elegido por el Señor y consagrado por el Espíritu –que lo configura a Cristo Sumo Sacerdote y lo hace ministro de Cristo Cabeza, mediante una potestad sagrada– para servir al Pueblo Sacerdotal de Dios, en orden a la formación de una auténtica comunidad de salvación.

            Expliquemos un poco esta descripción provisoria.

            – Lo humano es esencial al sacerdote. Cristo, para serlo, debió asumir la fragilidad de nuestra carne. “Tomado entre los hombres” (Heb 5,1).

            – Pero es un hombre llamado. “Yo os elegí a vosotros” (Jn 15,16). Es el misterio de una respuesta definitiva, de un compromiso irrevocable. El Señor tiene derecho a elegir de una manera absoluta. Lo hizo con los Apóstoles.

            – La unción del Espíritu Santo lo consagra para siempre. Lo sella en Cristo para la eternidad. No es una destinación transitoria. Toca la esencia de su ser y lo transforma. Además es una consagración que lo afirma y compromete. Lo hace fundamentalmente santo y santificador. Lo convierte en instrumento del Espíritu.

            -El Sacerdote queda configurado a Cristo Sacerdote (partícipe de su mediación única) y ministro de Cristo Cabeza. Le toca armar y presidir la comunidad. Vivificarla siempre mediante el don del Espíritu.

            -Se le confiere al sacerdote una potestad sagrada. No es un simple título o función. Celebrar la Eucaristía, perdonar los pecados, anunciar de modo original el Reino, conducir seguramente los hombres al Padre, supone un poder nuevo y exclusivo que es comunicado al sacerdote por la infusión particular del Espíritu.

            -Pero lo propio del sacerdote es servir. Ante todo a Cristo. Desde allí, al Pueblo Sacerdotal y a toda la comunidad humana. No se entiende el ministerio sacerdotal sino en la línea esencial de la “diaconía”. También él, como Cristo, “no vino a ser servido sino a servir” (Mt 20,28). “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5).

            -El servicio sacerdotal se concreta en la formación de una comunidad de salvación. La Palabra, la Eucaristía, la Autoridad Sagrada, tienden esencialmente a esto: a crear una “comunidad de fe, de esperanza, de caridad” (LG 8). El sacerdote es el hombre que hace la comunión: de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Es signo del Espíritu Santo que es, en la Iglesia, “principio de unidad en la comunión” (LG 13). No se trata simplemente de una comunidad de salvados. Se trata esencialmente de una Iglesia que es “Sacramento universal de salvación” (LG 48).

            18– Lo específico del sacerdote –lo que lo distingue del laico y religioso, lo que lo asimila al Obispo– es construir y presidir la comunidad. Ejerciendo el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, el sacerdote congrega “la familia de Dios como una fraternidad animada y dirigida hacia la unidad” (LG 28). Si Cristo constituye ministros en su Iglesia, en favor de los hombres, es para que los fieles “se fundan en un solo cuerpo” (PO 2).

            A esto tiende el ministerio de la Palabra. “El Pueblo de Dios se congrega, ante todo, por la palabra del Dios vivo, que absolutamente hay que esperar de la boca de los sacerdotes” (PO 4). Este es el primer servicio –hoy tan absolutamente imprescindible– del sacerdote a los hombres. Anunciar a los hombres a Jesús. Proclamarles la Buena Nueva del Reino. Llamarlos a la conversión. Esta es su “obligación principal” para constituir e incrementar el Pueblo de Dios (PO 2).

            A esto también tiende la celebración de la Eucaristía, “fuente y cima de toda evangelización” (PO 5). No hay auténtica comunidad cristiana “si no tiene como raíz y quicio la celebración de la sagrada Eucaristía” (PO 6). Por eso culmina aquí “el ministerio de los presbíteros” (PO 2). Porque “su oficio sagrado lo ejercitan sobre todo en el culto eucarístico o comunión” (LG 28).

            Finalmente la tarea del pastor “no se limita al cuidado particular de los fieles, sino que se extiende propiamente también a la formación de la auténtica comunidad cristiana” (PO 6).

            Para ello es preciso que el sacerdote sepa discernir los carismas y armonizarlos. Es preciso, también, que sea un auténtico “educador de la fe” que lleve a los cristianos a “cultivar su propia vocación” y a que vivan con “la libertad con que Cristo nos liberó” (PO 6).

            No se trata de presidir la comunidad como quien manda, sino como quien sirve.

            19– Para entender bien la Teología del Presbítero hay que subrayar todavía estas tres cosas:

            a) Cristo, cuya consagración y misión participa. Hay que ubicar al sacerdote esencialmente en la línea del “santificado y enviado”. En la perspectiva esencial del Servidor de Yavé. Hay que analizar a fondo los cuatro cánticos de Isaías. Allí el sacerdote se nos presenta como: el elegido, formado y consagrado por el Espíritu; llamado para alianza del pueblo y luz de las gentes; que recibió oído y lengua de discípulo; que no esquivó el hombro a la cruz; que cargó con la dolencia de todos los hombres; que esperó, en la tarde de la crucifixión, la madrugada de la Pascua.

            b) El Obispo, cuya “función ministerial se ha confiado a los presbíteros” (PO 2). No se entiende la función sacerdotal sin el Obispo. “En los Obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo Nuestro Señor está presente” (LG 21). Los Obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad” (LG 20).

            Los sacerdotes son ungidos por el Espíritu Santo como “próvidos colaboradores del orden episcopal, como ayuda e instrumento suyo llamados para servir al pueblo de Dios” (LG 28). Por la fundamental comunión en el mismo sacerdocio y ministerio, los obispos deberán considerar a sus sacerdotes “como hermanos y amigos”. Algo más todavía: “como necesarios colaboradores y consejeros en el ministerio” (PO 7). Esto es serio, ciertamente. Los presbíteros “hacen presente al Obispo” (LG 28) en sus celebraciones. Pero el Obispo no puede obrar sin sus presbíteros.

            Desde la comunión episcopal se entiende la relación de los sacerdotes entre sí. No los une una simple amistad profesional o una común necesidad pastoral. Están unidos por una “íntima fraternidad sacramental” (PO 8). No se concibe un sacerdote solo o cerrado. La soledad sacerdotal es un contrasentido. La auténtica amistad sacerdotal no es una simple necesidad humana. Es una intrínseca exigencia sacramental.

            c) La comunidad humana, a cuya salvación está destinado el sacerdote. Su servicio al Pueblo de Dios es para comprometerlo en la salvación de los hombres. No puede el sacerdote sentirse “extraño” a los hombres. Dios tiene que darle una capacidad muy honda para entenderlos, una generosidad original para entregarse.

            A los laicos los deberá considerar como “discípulos del Señor, hermanos entre hermanos” (PO 9). Ciertamente deberá sentir su responsabilidad única de “padre y maestro”. Los deberá permanentemente engendrar en Cristo y hacer madurar en el Evangelio (1 Cor 4,15). Pero sentirá en lo hondo la fundamental comunión cristiana. “Para vosotros soy el Obispo. Con vosotros, el cristiano” (S. Agustín).

            El sacerdote –sacramento de Cristo y miembro de la comunidad humana– deberá sentir el gozo de la presencia del Señor y la expectativa ansiosa de los hombres. Él está para descifrar evangélicamente al mundo, comprender a los hombres y entregarles salvadoramente a Jesucristo.

            20– Podemos comprender ahora la identidad esencial de los presbíteros. Señalar lo específico que distingue el sacerdocio ministerial del sacerdocio común de los cristianos. Ambos participan en el único sacerdocio de Cristo. Ambos se relacionan con la misión salvífica de la Iglesia. Se ordenan el uno para el otro. Pero “su diferencia es esencial, no sólo gradual” (LG 10).

            Lo específicamente distinto del sacerdocio ministerial podríamos describirlo así:

            a) es una consagración especial que nos configura a Cristo Sacerdote, para obrar públicamente en la persona de Cristo Cabeza (PO 2);

            b) la unción del Espíritu Santo nos marca con un carácter especial y nos confiere una potestad sagrada (LG 10; PO 2) que nos capacita “para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados”, en orden a que los fieles se fundan en un solo cuerpo (PO 2);

            c) nos destina esencialmente –participando en la consagración y misión del Obispo– al ministerio de la comunidad (LG 20). Lo específicamente nuestro es esto: servir al Pueblo Sacerdotal construyéndolo y presidiéndolo como comunión en Cristo.

            “El sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad de que goza, forma y rige al Pueblo Sacerdotal, realiza en la persona de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo” (LG 10). “El ministerio de los presbíteros, por estar unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo” (PO 2).

Conclusión

            21– Nos preguntamos al terminar: ¿tiene sentido el sacerdote en un mundo secularizado? ¿Sigue siendo “el hombre de Dios”? ¿Esperan algo de él los despreocupados hombres de nuestro tiempo? ¿Tiene algo específico que hacer en una Iglesia que es toda ella Pueblo Sacerdotal y que promueve tan intensamente el apostolado de los laicos?

            Para entender la respuesta hemos de sintetizar algunas cosas descriptas:

            – El sacerdote sólo se entiende desde Cristo y para el servicio de la comunidad. Consagrado por el Espíritu y enviado por el Padre para que sea, como Cristo, “imagen de Dios invisible” (Col 1,15). Más que nunca debe ser “el hombre de Dios”; pero del Dios verdadero del Evangelio: del Dios que es Padre, del Dios que es Amor, del Dios que entró en la historia para asumirla y recapitular en sí todas las cosas. El mundo sólo rechaza al Dios despreocupado de los hombres, extraño a sus problemas, alejado de la historia.

            -Enviado por el Padre para salvar al mundo, el sacerdote reviste esencialmente la imagen de Cristo, “el Servidor de Yavé”. Ha sido destinado para “alianza del pueblo y luz de las gentes”. Debe tener una inmensa capacidad para asumir “las culpas, las dolencias, las heridas” de los hombres. El modo concreto de servir es “dar la vida”. En este sentido debe ser “el hombre de los hombres”.

            -El sacerdote es esencialmente “el hombre de la comunidad”: de la comunidad cristiana a la que forma y preside, de la comunidad humana a la que sirve y asume, de la comunidad sacerdotal en la que se siente sacramentalmente insertado como “hermano y amigo”, como “próvido cooperador”, como “órgano y ayuda”, como “necesario consejero” del obispo.

            El Pueblo sacerdotal espera mucho de los sacerdotes. Más que nunca sin duda. La madurez cristiana de los laicos –su compromiso evangélico en el mundo– está exigiendo el servicio irreemplazable de la Palabra y la Eucaristía del sacerdote. Pero una Palabra que ha sido antes engendrada en el corazón por el Espíritu. Una Eucaristía que ha sido profundamente asimilada.

            Sólo así se construye la comunidad y se forman los testigos. Sólo así comprenderán los hombres que “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7,16).

Eduardo F. Pironio
Obispo
Secretario general del CELAM

Espiritualidad sacerdotal

Introducción

            1. No hay más que una espiritualidad cristiana, la de realizar plenamente el Evangelio. Ello nos irá dando una progresiva transformación en Cristo por la acción santificadora del Espíritu.

            No hay más que una sola vocación definitiva: la de ser santos. “Nos eligió en Él para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia” (Ef 14). “La voluntad de Dios es que sean santos… Dios nos llamó a la santidad” (1 Tes 4,3-7). “Así como Aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta” (1 Pe 1,15).

            La espiritualidad cristiana arranca del Bautismo, supone el ahondamiento cotidiano de la gracia de adopción filial y desemboca en la perfecta similitud con Cristo en la gloria. Pero es fundamentalmente la acción del Espíritu Santo que va grabando en nosotros la imagen de Cristo “primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29). La santidad es más tarea de Dios que del esfuerzo del hombre. Dios es el que produce en nosotros “el querer y el hacer para cumplir su designio de amor” (Flp 2,13).

            Realizar la santidad -tender a la perfección por los caminos de la espiritualidad evangélica- es vivir en la sencillez de lo cotidiano la fe, la esperanza y la caridad. Ahí está todo. En definitiva los santos serán los que “han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en Nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia” (1 Tes 1,3).

            Al cristiano se el exige fidelidad al Evangelio. Es decir, que viva a fondo el espíritu de las Bienaventuranzas (Mt 5,3 ss). Que ame a Dios con todo su corazón y al prójimo como a sí mismo (Mt 22,34 ss). Que esté siempre alegre y ore sin interrupción (1 Tes 5,16-17). Ser verdaderamente pobre, amar la cruz y saborear el silencio de la oración, es válido para todo el mundo.

            2. Pero es cierto que el sacerdote tiene un modo específico (también un camino propio) de tender a la santidad. El mismo ejercicio del ministerio sacerdotal es esencialmente santificador. “Los presbíteros conseguirán propiamente la santidad ejerciendo sincera e infatigablemente en el Espíritu de Cristo su triple función” (PO 13).

            La particular configuración con Cristo Sacerdote le impone una manera nueva (también una exigencia nueva) de ser santo. Especialmente consagrado por el Espíritu Santo el sacerdote expresa a Cristo -lo contiene y comunica- con características propias.

            Es válido para todo bautizado el grito de San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2,20). Pero el sacerdote lo realiza con particular intensidad. También son válidas para todo cristiano las palabras del Apóstol: “Evidentemente ustedes son una carta de Cristo” (2 Co 3,3). Pero el sacerdote lo es de un modo único y original.

            El sacerdote dice una relación especial con Cristo como “imagen del Dios invisible”, como “Servidor de Yavé”, como “Buen Pastor”. Eso nos marcará tres líneas fundamentales de nuestra espiritualidad sacerdotal:

            * el sacerdote como “misterio de amor”;

            * el sacerdote “servidor de Cristo para los hombres”;

            * “la caridad pastoral”: centro y alma de nuestra espiritualidad.

3. Lo específico de la espiritualidad sacerdotal deriva de que el sacerdote es el hombre consagrado por el Espíritu Santo para hacer y presidir la comunión en la Iglesia. Es el instrumento del Espíritu, “principio de unidad en la comunión”.

            Ello exige una particular comunión con el Obispo, de cuya consagración y misión participa. La espiritualidad sacerdotal -como toda la Teología del presbítero- está en vinculación muy estrecha con la Teología y la espiritualidad del Obispo.

            Sobre todo, exige una comunión muy honda con Cristo Sacerdote y Cabeza, con el Misterio Pascual de su muerte y su resurrección. La espiritualidad del sacerdote es, de un modo especial, la del testigo de la Pascua. Por eso supone la cruz, la alegría y la esperanza. Por eso, también, la permanente comunicación del Espíritu de Pentecostés.

I. Fieles al evangelio

4. Lo primero que nos pide el Evangelio es que seamos verdaderamente pobres. Con la radical pobreza de Nuestra Señora.

Sólo así conseguiremos comprender las exigencias absolutas del Evangelio (porque el Evangelio es revelado solamente a los sencillos: Mt 11,25-27) y nos animaremos a comprometer definitivamente nuestra fidelidad. De la pobreza surge la confianza (“para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible” Mt 19,26). Y la confianza engendra la completa disponibilidad (Lc 1,38).

Hemos complicado mucho las cosas. Ya no entendemos exigencias tan claras como estas: “sean perfectos como es perfecto en Padre que está en el cielo” (Mt 5,48). “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz cada día y que me siga” (Lc 9, 23-24). “Si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo” (Mc 9,47). O si las entendemos, nos parecen que son cosas irrealizables en el mundo secularizado en que vivimos. Se nos contagia la angustia y el escándalo de los discípulos: “¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6,60)

En concreto podemos preguntarnos: ¿sigue siendo válido que el sacerdote es “el hombre de Dios”? ¿Qué sentido tiene su irrenunciable vocación a la santidad? ¿Cómo hablar de silencio y de oración, de anonadamiento y de cruz, de obediencia y de virginidad? Si estas cosas perdieron su sentido ya no vale nuestra vida consagrada y es absurdo nuestro oscuro ministerio.

Pero hemos de ubicarnos en una perspectiva esencialmente distinta: la perspectiva única de la fe y de la totalidad del Evangelio. No podemos reducir el Evangelio a ciertas cosas, o interpretarlo desde las cambiantes circunstancias de la historia. Al contrario: es la luz del Evangelio la que debe penetrar en los signos actuales de los tiempos.

5. El llamado de Cristo es absoluto: “Vende todo lo que tienes, ven y sígueme” (Mt 19,21). Exige siempre una respuesta total y definitiva: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9,62). Los apóstoles tienen conciencia de lo absoluto del llamado y la respuesta: “Nosotros lo hemos dejado todo” (Mt 19,27).

En la vocación del sacerdote -como en la de los Apóstoles- se da siempre el carácter absoluto de la vocación de Abraham: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1).

Sólo en la plenitud de la fe -la misma fe que hizo feliz a María (Lc 1,45) – puede captarse lo absoluto del llamado y entrenarse en la obediencia sin preguntar demasiado: “Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba” (Hb 11,8).

            6. Los sacerdotes hemos de ser verdaderamente pobres. Saber que el momento que nos toca vivir es muy difícil. Se nos pide todo. Pero Dios obra maravillas en las almas pobres.

            Antes los hombres nos miraban con veneración y con respeto. Hoy nos miran con indiferencia o con lástima. Antes lo esperaban todo de nosotros. Hoy no les interesa el Cristo que les ofrecemos. Surge entonces la peligrosa tentación de “falsificar la Palabra de Dios” (2 Co 4,1), de asimilarnos a la inestabilidad de su mundo (Rm 12,2) o de presentarles un Cristo demasiado humano (Ef 4,20): “No es este el Cristo que ustedes han aprendido”.

            No es ese el camino para salvar al hombre. Ni siquiera es el modo de llenar sus aspiraciones más profundas. En el fondo, el mundo espera de nosotros que seamos fieles a nuestra original vocación de testigos de lo Absoluto. Que no desfiguremos “el lenguaje de la cruz” (1 Co 17,25).

            Que manifestemos a Dios en la totalidad de nuestra vida. Que enseñemos a los hombres cómo es aún posible la alegría y la esperanza, la fidelidad a la palabra empeñada, la inmolación cotidiana a la voluntad del Padre y la donación generosa a los hermanos. Es decir, que les mostremos cómo para ganar la vida hay que perderla (Mt 16,25), cómo para comprar el Reino hay que venderlo todo (Mt 13,44-46), cómo para ser fecundo hay que enterrarse (Jn 12,24), cómo para entrar en la gloria hay que saborear la cruz (Lc 24,26), cómo para amar de veras hay que aprender a dar la vida por los amigos (Jn 15,13).

            No tiene sentido nuestra existencia sacerdotal sin una completa fidelidad al Evangelio. Lo cual implica silencio y soledad, anonadamiento y cruz, servicio y donación. Implica el heroísmo de dar cotidianamente la vida. Es relativamente fácil, quizás, darla en un solo momento solemne de nuestra existencia. Es más difícil consumirla en lo sencillo, en lo oculto, en la monotonía de lo diario.

            7. Ser fieles al Evangelio implica esencialmente vivir y comunicar la alegría profunda del Misterio Pascual. Allí se centra el ministerio y vida de los presbíteros. Lo anuncian con la Palabra, lo realizan en la Eucaristía, lo expresan en la totalidad de su existencia. El sacerdote es el hombre del Misterio Pascual.

            Es el testigo de la Resurrección del Señor. Con todo lo que supone de cruz y de esperanza, de desprendimiento y pobreza, de anonadamiento y de muerte, de donación y de servicio, de exaltación, de fecundidad y de vida. Con todo lo que la Pascua implica de serenidad interior, de coraje y de luz. Porque la Pascua adquiere su plenitud en Pentecostés donde se nos comunica la paz, la fortaleza y la claridad del Espíritu.

            Hemos de ser fieles al Evangelio. Todo sacerdote, como Pablo, es “servidor de Jesucristo, llamado para ser apóstol, y elegido para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1,1).

            Esta fidelidad -hoy tan dolorosamente sacudida- nos está pidiendo a los sacerdotes esta fundamental actitud de la Virgen, Nuestra Señora: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28).

Ahí está todo: entregarnos con generosidad a la totalidad absoluta del Evangelio.

No sólo en parte. Recibir en la pobreza, rumiar en el silencio, realizar en la disponibilidad, la Palabra que nos ha sido dicha. Esa misma Palabra que los hombres esperan, para ser salvos, de nuestros labios de profetas, de nuestro corazón de testigos.

Dicho de otro modo más sencillo: los hombres quieren ver a Jesús en el sacerdote (Jn 12,21). Porque, en el fondo, el clamor es siempre el mismo: “Muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn 14,8).

II. Consagrados por el Espíritu

            8. Recibimos en la ordenación sacerdotal el “Espíritu de santidad”. Espíritu de Luz, de Fortaleza y de Amor. Espíritu de la profecía y del testimonio. Espíritu de la Pascua. Espíritu de la alegría, la paz y la esperanza. Fuimos consagrados por el Espíritu del Señor para hacer la comunión entre los hombres (Is 42,1; 61,1). La vida y el ministerio del sacerdote sólo tienen sentido desde una particular “consagración” y “conducción” del Espíritu como en Cristo.

            Cristo ha sido ungido sacerdote, en el seno virginal de Nuestra Señora, por el Espíritu Santo (Lc 1,35). El Espíritu lo consagró para llevar al Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la liberación y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos (Is 61,1-2; Lc 4,18-20). En la vida y en el ministerio de Cristo, todo ocurre bajo la conducción del Espíritu (Lc 4,1). Sobre todo, ocurre “por obra del Espíritu Santo” el Misterio Pascual de una sangre que se ofrece a Dios para purificarnos y darnos nueva vida (Hb 9,14).

            Si hemos de ser fieles al Evangelio -para descubrir las líneas fundamentales de una auténtica espiritualidad sacerdotal- hemos de esforzarnos por entender también las exigencias nuevas de la Iglesia y las actuales expectativas de los hombres. Siempre es el mismo Espíritu del Señor Jesús el que recrea constantemente a la Iglesia y nos habla a través de los signos de los tiempos. Por eso hay un modo nuevo de expresar a Cristo ante los hombres.

            Pero lo fundamental para el sacerdote es que lo exprese. Que sea verdaderamente Cristo para la gloria del Padre y la redención de los hombres. En cierto sentido el misterio de cada sacerdote “es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria” (Col 1,27).

            9. No tiene sentido nuestra vida sino en esencial relación con la consagración y misión de Cristo. Aquel, “a quien el Padre santificó y envió al mundo” (Jn 10,36), es el que nos eligió a nosotros (Jn 15,16), nos hizo partícipes de la unción del Espíritu y nos envió a los hombres: “Como Tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo” (Jn 17,18).

            El mundo trae sus problemas. Tiene sus riquezas y sus riesgos. Lo sabe Cristo, quien previene a sus enviados: “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: “el servidor no es más grande que su Señor” (Jn 15,18-20).

            Por eso Cristo le pide al Padre que no los saque del mundo, sino que los preserve del Maligno. Sobre todo, que los consagre en la verdad (Jn 17,15-17). La fidelidad a la Palabra es la verdad. Toda consagración exige separación, dedicación exclusiva, sacrificio.

El sacerdote está ubicado en el mundo. Lo ama y lo padece. Lo entiende, lo asume y lo redime. Pero su corazón está segregado y consagrado totalmente a Dios por el Espíritu. Su misión está dentro de los hombres y no fuera: “ustedes son la sal de la tierra, la luz del mundo” (Mt 5,13-14).

Pero sólo será auténtico testigo de la Pascua si es ungido por “la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8). Ni la palabra del sacerdote será fuego, ni su presencia claridad de Dios, ni sus gestos comunicadores de esperanza, si el Espíritu no lo cambia interiormente en Jesucristo.

10. Lo esencial está aquí: “Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza” (PO 2).

La consagración del Espíritu nos marca de un modo definitivo. Nos cambia radicalmente en Cristo, dejándonos sin embargo la experiencia de lo frágil y la posibilidad misma del pecado (Hb 5,2-3). El Espíritu nos da la seguridad, pero nos deja la sensación serena de lo pequeño y de lo pobre. Nos ilumina interiormente, pero nos impone la búsqueda, el estudio y la consulta. Nos robustece con su potencia sobrehumana, pero nos hace sentir la necesidad constante de los otros.

La unción del Espíritu Santo nos configura con Cristo Sacerdote. Nos da capacidad para obrar en nombre de Cristo Cabeza.

11. Todo lo de Cristo -santificado por el Espíritu- nos resulta modelo o tipo sacerdotal. Pero hay tres cosas que debemos señalar con preferencia:

-lo absoluto del sacerdocio de Cristo; es decir, el carácter radical de sus relaciones con el Padre.

            Cristo vino para llamar a los pecadores (Mt 9,13), para buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15,24), para que el mundo se salve por él (Jn 3,17). Por eso multiplica el pan, cura a los enfermos, resucita a los muertos. Es decir, a Cristo le interesa el hombre y sus problemas, su felicidad y liberación definitiva.

            Pero, fundamentalmente, a Cristo le interesa el Padre: su gloria y su voluntad. Cristo se mueve sólo en el línea de Aquel que lo ha enviado. Por eso rehuye el liderazgo político (Jn 6,15; 18,36) o el arbitraje puramente humano (Lc 12,13-14).

            La esfera de Cristo es exclusivamente la del Padre. De aquí la importancia esencial del silencio, la soledad y la oración. De aquí la libertad frente a los poderes temporales o a la interpretación injusta de sus actitudes. De aquí el valor absoluto de su cruz y de su muerte: “Para que conozca el mundo que yo amo al Padre” (Jn 14,31);

-la universalidad del amor de Cristo. Siente preferencia por los pobres, los enfermos, los

pecadores. Pero su amor no es exclusivo. Come también con los ricos, como Zaqueo o Simón; conversa con los intelectuales, como Nicodemo; ama con predilección a Juan (Jn 13,23), al joven que lo interpela (Mc 10,21) y a la acogedora familia de Betania (Jn 11,5). Su amor abarca la totalidad del hombre: cura las dolencias, perdona los pecados, elige a los apóstoles. Finalmente, es un amor que se da hasta el extremo (Jn 13,1) y se expresa en la donación de la vida por los amigos (Jn 15,13);

-el sentido del total desprendimiento y la pobreza. La vive como experiencia fundamental: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde apoyar la cabeza” (Mt 8,20). Así se nos revela la generosidad de Cristo quien “siendo rico se hizo pobre por nosotros a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Co 8,9).

La proclama como condición interior para poseer el Reino: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mt 5,3). La exige, sobre todo, de los apóstoles o misioneros del Reino: “No llevan nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas” (Lc 9,3). Es la única forma de seguirlo y poseerlo. Para ganar a Cristo -conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta tener el privilegio de asemejarse a él en su muerte- hay que perder todas las cosas y tenerlas como basura (Flp 3,8-11).

Cristo exige constantemente de sus apóstoles la fe, el desprendimiento y el servicio. En una palabra: Cristo exige absolutamente todo. Una vez más: Sólo quien entienda, por la fe, lo absoluto de la gracia y del pedido podrá ser capaz de entregarse con alegría. Precisamente con respecto a la virginidad dice Jesús: “No todos entienden esto, sino solamente aquellos a quienes les fue dado comprender” (Mt 19,11).

III. Misterio de amor

12. La figura del sacerdote no puede ser comprendida y aceptada sino desde la fe. De lo contrario resulta absurda su exigencia (su obediencia y su cruz, su silencio y su virginidad). Esencialmente, como Cristo, será “signo de contradicción” (Lc 2,34). Si pretendemos juzgarlo humanamente será siempre “escándalo” y “locura” (1 Co 1,23).

Pero la fe nos ubica al sacerdote en el corazón del misterio divino, que es misterio de amor. “Dios es amor” (1 Jn 4,16). Lo primero que revela el sacerdote es que “Dios amó tanto al mundo, que le dio a su Hijo único” (Jn 3,16). Una existencia sacerdotal es, como Cristo, una donación del Padre y un signo de que Dios no quiere la condenación del mundo, sino que el mundo se salve por él (Jn 3,17).

No tiene sentido nuestro sacerdocio sino en el contexto esencial del amor. El sacerdote es un hombre a quien Cristo amó de una manera única: “Como el Padre me amó, también yo los he amado” (Jn 15,9). Por eso se adelantó a elegirlo: “No son ustedes los que me eligieron, sino Yo el que los elegí” (Jn 15,16). Por eso le comunicó su misma misión: “Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21). Cuando se dice que el sacerdote expresa a Cristo, es lo mismo que decir que expresa el amor del Padre.

El Espíritu Santo consagró al sacerdote para la revelación y la donación extrema del amor. Si no tiene capacidad de amar como Jesús, no puede ser sacerdote. Si no sabe compadecerse de la multitud fatigada y abatida (Mt 9,36) o de la muchedumbre que padece hambre (Mt 15,32), si no sabe conmoverse ante el dolor (Lc 7,13) y llorar ante la muerte (Jn 11,35), no puede ser sacerdote. Si la indiferencia seca su corazón, no puede vivir el misterio de su virginidad consagrada. Sólo en la absoluta posesión del Espíritu de Amor es posible el gozo del celibato sacerdotal.

13. El sacerdote es sacramento del amor de Dios. Expresa y realiza el amor de Dios a los hombres. Es signo de que Dios es esencialmente amor (Ex 34,6; 1 Jn 4,16) y ha entrado por amor en la historia. Su predicación se resume en esto:

“Les hablaré claramente del Padre. Él los ama (Jn 16,26-27). Nos da seguridad en la iniciativa enteramente gratuita del amor del Padre: “El amor no está en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como expiación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10).

Sólo en esta perspectiva esencial del amor se comprenderán las exigencias absolutas del silencio, la obediencia, la virginidad y la cruz. El amor exige profundidad interior, unidad en la comunión, fecundidad en la muerte, universal donación en la caridad.

El silencio es indispensable para entrar en la intimidad divina. Para descubrir también el misterio del hombre. Para recibir la Palabra que debe ser proclamada como testimonio. Para hablar al Padre “como conviene” (Rm 8,26). Por eso lo realiza el Espíritu en nosotros.

Hay todavía dos aspectos que merecen ser subrayados cuando hablamos del sacerdote como “misterio de amor”: la paternidad y la amistad. El sacerdote es “sacramento de la paternidad divina”. Es también “el amigo de Dios para los hombres”. Indiquemos solamente algunos puntos.

14. Sacramento de la paternidad divina. Si hay un nombre que merece ser dado al sacerdote (mucho más, al Obispo) es el de “padre”. Es verdad: sólo Dios el Padre (Mt 23,9). Sólo Dios es Bueno (Mc 10,18). Sólo Cristo es el Maestro y el Señor (Jn 13,14). Como sólo Cristo es Sacerdote. Pero así como Cristo es “imagen del Padre” (Col 1,15; Hb 1,3) y el que lo ha visto a Él, “ha visto al Padre” (Jn 14,9), también el sacerdote (que es sacramento de Cristo) expresa y realiza la fecundidad del Padre. Es un grito permanente de que Dios es Padre. “Por eso doblo mis rodillas delante del Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15).

El mundo necesita hoy experimentar a Dios como Padre y a Cristo como Señor de la historia. No puede concebir a Dios demasiado lejos y a Cristo demasiado extraño. No pude sentirse solo, abandonado y huérfano. Por eso, si el sacerdote es verdaderamente “padre” (sin la desfigurada imagen del “paternalismo”), su presencia es bendecida y su ministerio buscado.

El sacerdote engendra por la Palabra y el Sacramento. “Aunque tengan diez mil preceptores en Cristo, no tienen muchos padres: soy yo quien los ha engendrado en Cristo Jesús, mediante la predicación del Evangelio” (1 Co 4,15). Pero no basta comunicar la vida. Hace falta la educación en la fe y el crecimiento progresivo en Cristo: “hijos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente los dolores del parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (Ga 4,19).

Es extraordinariamente bueno ser padre. Llena de plenitud y gozo la existencia sacerdotal. Pero es tremendamente difícil. Porque la verdadera paternidad exige una donación total de nosotros mismos, hecha en la sencillez cotidiana de lo sobrenatural.

Un verdadero padre necesita: sabiduría para ver, bondad para comprender, firmeza para conducir. Sobre todo, un verdadero padre supone ser permanente testimonio: “Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11,1).

15. Sacramento de la amistad divina. Otro de los elementos que más aprecian y buscan los contemporáneos: la amistad verdadera. Cristo establece una relación profunda con sus sacerdotes: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he revelado todo lo que aprendí de mi Padre” (Jn 15,15). La amistad con Cristo supone dos cosas: cumplir sus preceptos y saborear los secretos del Padre. Eso es entrar en comunión, por Cristo, con el Padre. Lo cual es obra del Espíritu.

El sacerdote se vuelve así en “amigo de Dios para los hombres”. No un amigo cualquiera. No un simple compañero de ruta. Como Abraham “el amigo de Dios” (St 2,23). Que creyó en Él y se puso en camino sin saber a dónde iba (Hb 11,8).

Bien cerca y adentro de los hombres. Que los interprete, acompañe y redima. Pero que les comunique constantemente a Dios, que los lleve a Dios, que esté en comunión ininterrumpida con Dios para expresarlo en su Palabra, en sus gestos, en su simple presencia.

¿Qué es un amigo? El que sabe escuchar con interés. El que sabe hablar con oportunidad. El que va haciendo el camino con el amigo.

Escuchar con interés: es hacer nuestros los problemas de los otros, asumir sus angustias, aliviar la cruz de los hermanos. El sacerdote lo recibe todo en silencio, lo guarda, lo transforma en oración. No es fácil hacerlo cotidianamente y con todos.

Hablar con oportunidad: es decir la palabra justa en el momento necesario. La palabra que ilumina, que levanta o que serena. No se trata de decir muchas cosas. Un silencio es, a veces, más fecundo y consolador que la palabra.

Hacer el camino con el amigo: no basta señalar la ruta con el dedo; hay que hacerla cotidianamente con los hermanos. Acercarse a ellos, descubrir su tristeza y desaliento, interpretarles la Escritura, partirles el pan (Lc 24,13 ss).

¡Qué difícil ir haciendo el camino de todos los hombres con la invariable serenidad del primer día o el gozo incontenible del primer encuentro! Sin embargo el Espíritu nos consagró para que fuéramos “a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a vendar los corazones rotos” (Is 61,1).

IV. Servidor de Cristo para los hombres

16. Unos de los aspectos que marcan más claramente la espiritualidad del sacerdote hoy es su condición de “servidor”. De aquí derivan muchas exigencias frente a Cristo y a los hombres.

El sacerdote recibió el “ministerio de la comunidad” (LG 20). Es constituido “próvido colaborador del orden episcopal, ayuda e instrumento suyo, para servir al Pueblo de Dios” (LG 28).

La espiritualidad sacerdotal se inscribe hoy esencialmente en la línea del servicio. Es entrar en las riquezas y exigencias del “Servidor de Yavé”, de Cristo “que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt 20,28).

El sacerdote es “servidor de Jesucristo, elegido para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1,1). “Los hombres deben considerarnos servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4,1). “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor, y nosotros no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús” (2 Co 4,5).

No hay más que un modo de servir plenamente a los hombres: servir a Jesucristo. Como no hay más que un modo de servir auténticamente a Jesucristo: servir a los hombres. “Les he dado el ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13,15).

17. ¿Qué es servir? Es poner la totalidad de nuestros dones y carismas -la totalidad de nuestra vida- en plena disponibilidad para el bien integral de los hermanos. Servir es dar todo lo que tenemos. Mejor, todo lo que somos. Servir es entregar cotidianamente la existencia. Es estar dispuestos a dar la vida por los amigos.

Lo primero que nos pide el servicio de los hombres es que los sintamos verdaderamente hermanos. Y que ellos nos sientan plenamente hombres. Con una gran capacidad de entenderlos, de amarlos, de asumir sus angustias y esperanzas. “Alegrarse con los que están alegres, y llorar con los que lloran” (Rm 12,15). Servir a los hombres es compartir su dolor y su pobreza, descubrir sus aspiraciones, atender a sus aspiraciones.

La espiritualidad sacerdotal exige una personalidad humana muy rica. Desarrollar el sentido sagrado de los auténticos valores humanos: la sinceridad y la justicia, la firmeza y la fidelidad, la sencillez y la amistad, el desprendimiento y la generosidad, la alegría y el equilibrio, el coraje y la lealtad.

Esto no es lo único ni lo principal. Es cierto. Pero está en la base de una plena transformación en Cristo. Es una exigencia de la salvadora presencia en el mundo de los testigos de la Pascua. “No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida más que de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran extraños a su vida y a sus condiciones” (PO 2).

18. Pero hay un modo de servir específico del sacerdote: como ministro de la Palabra y de la Eucaristía, como poseedor de una autoridad sagrada. En cualquiera de las tres funciones el sacerdote “sirve” haciendo y presidiendo la comunidad cristiana.

Por la Palabra sirve a los hombres abriéndoles “los misterios del Reino de los cielos” (Mt 13,11), marcándoles el camino de las Bienaventuranzas (Mt 5,3-11), subrayándoles el mandamiento principal (Mt 22,34-40). Los sirve, sobre todo, convocándolos en asamblea de Dios: “El Pueblo de Dios se reúne, ante todo, por la Palabra de Dios vivo, que absolutamente hay que esperar de la boca de los sacerdotes” (PO 4).

Pero él mismo debe hacerse servidor de la Palabra. Debe tener “lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora” (Is 50,4). La Palabra debe entrar en el sacerdote como Luz y como Fuego. Debe ser engendrada en su corazón (como en María), antes que nazca en sus labios de profeta. Debe escuchar en silencio. Debe orar y contemplar mucho. Debe recibir con pobreza la Palabra y entregarse a ella con generosidad.

De este modo el ministerio de la Palabra es esencialmente santificador (PO 13). Porque participa directamente de la caridad de Dios, se hace voz del único Maestro y es poseído por el ardor del Espíritu.

19. Por la Eucaristía sirve a los hombres consagrando “el pan vivo, bajado del cielo” y comunicándoles la carne de Cristo “para la vida del mundo” (Jn 6,51). Pero, sobre todo, realizando por la Eucaristía la comunidad eclesial. Por la Eucaristía “vive y crece continuamente la Iglesia” (LG 26). “Ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (PO 6). Por lo mismo, la función esencial del presbítero -que preside y hace la comunidad- es la celebración de la Eucaristía (LG 28; PO 5). Inclusive su tarea evangelizadora tiende a culminar esencialmente en la Eucaristía.

Pero aquí también el sacerdote debe convertirse él mismo en servidor de la Eucaristía. Dejarse transformar en el Cristo Pascual, asumir su esencial condición de víctima, asimilar su alma de “Buen Pastor” que da cotidianamente la vida, entrar en comunión profunda con Cristo, con el Obispo y su presbiterio, con todos los cristianos, con el mundo.

Celebrar bien la Eucaristía es preparar una Asamblea cristiana donde se coma verdaderamente “la Cena del Señor”, sin divisiones que rompan el único Cuerpo de Cristo (1 Co 11,17-33). La Eucaristía engendra la unidad. Pero la Eucaristía -comunión con el cuerpo y con la sangre de Cristo- es sacrilegio si no existe comunión con los hermanos: “somos un solo pan y un solo cuerpo todos los que participamos del mismo pan” (1 Co 10,16-17). Servir la Eucaristía, para el sacerdote, es purificar su indiferencia y su egoísmo y dejarse invadir por el Espíritu de caridad.

20. Finalmente el sacerdote sirve por la autoridad sagrada que ha recibido directamente de Cristo. Su autoridad no viene de la comunidad. Pero está esencialmente a su servicio. “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22,27), dice el Señor. Cristo subrayó el carácter servicial de la autoridad: no como dueños o dominantes, sino como siervos y esclavos. “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes” (Mt 20,24-28). Es el ejemplo de Cristo: “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” (Jn 13,14). San Pedro recoge la lección y la transmite: “Exhorto a los presbíteros, siendo yo también presbítero y en mi condición de testigo de los sufrimientos de Cristo… apacienten el Rebaño que les ha sido confiado; velen por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no queriendo dominar a los que les han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño” (1 Pe 5,1-3).

Son todas las exigencias de la “caridad pastoral”. Ejercer la autoridad, como Cristo, es tener alma de “buen Pastor”. La autoridad exige del sacerdote una especial actitud de servicio. Pero -aquí también queremos subrayarlo- este servicio está hecho de sabiduría, de bondad y de firmeza.

21. La espiritualidad del sacerdote – “servidor de Cristo para los hombres”- nos es claramente anticipada en los cuatro cánticos del “Siervo de Yavé” (Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-11; 52,13-53,12). Destaquemos solamente algunos puntos:

* Seguridad y confianza del Siervo:

“He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él” (Is 42,1).

“Yo, Yavé, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé” (Is 42,6).

“Yavé desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre… Me escondió en el hueco de su mano… Me plasmó desde el seno materno para siervo suyo” (Is 49, 1-2.5a).

* Misión del Siervo:

“Te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas” (Is 42,6-7).

“Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra” (Is 49,6).

* Condiciones del Siervo:

“El Señor Yavé me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos” (Is 50,4).

“No vociferará ni alzará el tono. No partirá la caña quebrada, ni apagará la mecha mortecina” (Is 42,2-3).

“Varón de dolores y sabedor de dolencias… Herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas” (Is 52,3-5).

V. La caridad pastoral

22. Constituye el centro de la espiritualidad sacerdotal. Es la caridad del “buen Pastor”, conocedor personal de sus ovejas, pronto a dar la vida por ellas, con inquietud misionera por las extrañas (Jn 10,14-16), siempre dispuesto a buscar y cargar sobre sus hombros a la extraviada (Lc 15,4-7).

Ezequiel profetiza contra los malos pastores que se apacientan a sí mismos (Ez 34,1 ss). Que se toman la leche de las ovejas, se visten con su lana, sacrifican las más pingües. Que no fortalecen a las débiles, no cuidan a las enfermas, no curan a las heridas, no tornan a las descarriadas, no buscan a las perdidas. Que dominan con violencia y con dureza. También Jeremías grita contra los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas (Jr 23,1 ss).

El salmo 22 nos pinta a Yavé, solícito Pastor de su pueblo. “Yavé es mi Pastor, nada me falta”. Cristo realizará, en su Persona, el consolador anuncio de Ezequiel: “Aquí estoy yo. Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34,11). La imagen de Cristo “el buen Pastor” marcará el cumplimiento de las profecías. Y señalará a los pastores de la Iglesia la profundidad espiritual de su donación a los hombres.

23. La caridad pastoral sintetiza la espiritualidad sacerdotal. Como la caridad en general “es la síntesis de la perfección” (Col 3,14).

Por eso el Concilio reduce todo a la caridad pastoral. El ministerio mismo es esencialmente santificador porque la triple función sacerdotal supone y engendra “la caridad del Buen Pastor” (PO 13). La unidad de vida de los presbíteros (contemplación y acción) se obtiene mediante “el ejercicio de la caridad pastoral” (PO 14). Sobre todo, “la caridad pastoral” ilumina las exigencias absolutas de la humildad y la obediencia (PO 15), de la virginidad consagrada (PO 16), de la pobreza sacerdotal (PO 17).

24. ¿Qué es la caridad Pastoral? Podríamos describirla como la entrega heroica y gozosa a la voluntad del Padre, que nos lleva a una generosa y sencilla donación a los hombres, en sacramental comunión con nuestros hermanos.

Esencialmente la caridad pastoral es vivir en comunión. Si el sacerdote es el hombre elegido y consagrado para hacer y presidir la comunión, se entiende por qué la caridad pastoral es el alma de su espiritualidad. Toda su vida ha de ser inmolación y ofrenda, donación y servicio, obediencia y comunicación.

La caridad pastoral se realiza así en tres planos: el de Dios, el de los hombres, el del Obispo con su presbiterio.

El sacerdote vive en permanente comunión con Dios (en esencial actitud de inmolación y ofrenda) por la intensidad de la oración, la serenidad de la cruz, la sencillez oculta de lo cotidiano. Vivir en permanente actitud de Fiat. Sentir la alegría de la fidelidad.

La comunión salvadora con los hombres (actitud de donación y de servicio) exige en el sacerdote un gozoso morir a sí mismo, una particular sensibilidad por los problemas humanos, una inalterable disponibilidad para escuchar, interpretar, y entregarse generosamente a los demás. Lo cual supone una perfecta libertad interior y una capacidad muy honda de amor universal.

La comunión con el Obispo y su presbiterio exige vivir a fondo una “obediencia responsable y voluntaria” (PO 15) y la misteriosa fecundidad de una auténtica amistad sacerdotal. Obediencia y amistad son exigencias de una profunda comunión sacramental, de una misma participación en la consagración y misión de Cristo Sacerdote, y no simple conveniencia o reclamo de una acción pastoral más eficaz. La amistad sacerdotal es una gracia. Es signo de la presencia del Espíritu que santifica. Los presbíteros están todos unidos entre sí “por una íntima fraternidad sacramental” (PO 8). El sacerdote no sólo debe obedecer y respetar a su Obispo. Antes que todo debe quererlo de veras. Como a padre, hermano y amigo (LG 28; PO 7).

25. En la caridad pastoral encuentran su sentido -particularmente hoy- tres exigencias absolutas del sacerdote: su actitud contemplativa, su obediencia, su celibato.

Hay valores absolutos que no pueden ser perdidos: el silencio, la oración, la contemplación. Exigen ser vividos de una manera nueva, más honda y más auténtica. Pero toda la Iglesia -esencialmente comprometida con el hombre y encarnada en su mundo- debe asumir hoy un alma contemplativa. Sólo en el silencio se engendra la Palabra que merece ser anunciada. Sólo la oración nos equilibra en Dios. Sólo la contemplación nos capacita para entender al hombre. Sigue siendo válida la actitud de Cristo orante (Lc 3,21; 5,15-16; 6,12; 11,1-4; 22,39 ss; Jn 17; Lc 9,28).

El momento sacerdotal actual está caracterizado por una lamentable pérdida de la capacidad del silencio, del valor de la oración, del sentido de la contemplación.

El silencio es necesario como capacidad indispensable para el encuentro equilibrado con nosotros mismos, para asimilar hondamente la Palabra que hemos de anunciar, para aprender a dialogar de veras con los otros. Las cosas grandes ocurren siempre en la plenitud del silencio. La oración es indispensable para participar en el tiempo el gozo de la visión, para no perder la profundidad interior, para evitar el cansancio o la monotonía de la acción, para tener algo siempre nuevo que ofrecer a los hombres. La contemplación es necesaria para realizar bien nuestra función profética, para descifrar los signos de los tiempos, para que se forme en nosotros un permanente estado de disponibilidad, de comunión y de servicio.

Pero que el silencio esté lleno de la Palabra. La oración sea un grito inefable del Espíritu (Rm 8,26). Y la contemplación sea reposo activo en la visión del Padre.

El sacerdote hoy debe amar la fecundidad del silencio. Sólo merece ser dicha la palabra que brota del silencio, pero sólo es fecundo el silencio que termina en una palabra.

Debe saborear, en la intensidad de la oración, el encuentro con el Padre. “Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó y fue a un lugar solitario, para orar” (Mc 1,35). “Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios” (Lc 6,12). En la era del ruido, la acción y la palabra, Cristo nos enseña el silencio, la soledad y la oración.

Oración que sea un encuentro personal con el Señor. Oración que sea asimilar en silencio la Escritura. Oración que sea buscar juntos -en la meditación comunitaria del Evangelio- los caminos del Espíritu. Lo importante no es pensar o decir mucho. Lo importante es callar, ofrecerse y contemplar. Escuchar al Señor y dejar que el Espíritu se posesione de nuestro silencio y grite: Abba, Padre. En la vida del sacerdote lo verdaderamente esencial es “el clima de oración”. Pero para ello es indispensable tener momentos de tranquilidad para el diálogo exclusivo con el Padre.

26. Otra exigencia absoluta del sacerdote: la obediencia. Sólo es válida en la medida en que sea una inmolación a Dios. Sólo tiene sentido como “comunión” de Iglesia (PO 15).Para una obediencia auténtica, madura y responsable, se requieren estas tres cosas:

-una profunda actitud de fe. Solamente desde allí puede tener el hombre el coraje de arrancarse, de morir, de ponerse en camino como Abraham, de entregarse en plenitud como María;

-una sencilla actitud de amor. “Para que sepa el mundo que yo amo al Padre y conforme al mandato que me dio mi Padre así obro” (Jn 14,31). Lo que precisamente vale, en el misterio de la cruz y de la muerte del Señor, es su espontánea inmolación al Padre por amor. Sólo puede obedecer de veras quien ama y se siente personalmente amado. María pudo decir que Sí porque tuvo experiencia de haber hallado gracia a los ojos de Dios;

-una sincera actitud de diálogo. La obediencia debe ser leal, franca, sincera. Tener la valentía sobrenatural de decir las cosas y manifestar nuestras inquietudes. Buscar juntos con el Superior el plan del Padre. La obediencia puede ser quebrada por rebeldía (no hacer lo que nos mandan). Pero también por indiferencia o cobardía (no hablar cuando debemos).

27. Finalmente, la caridad pastoral da sentido a nuestra virginidad consagrada. Sólo puede ser entendida en un contexto de amor. Y de amor absoluto. El Señor tiene derecho a una forma de amor exclusivo. No es que el celibato sea intrínsecamente esencial a nuestro ministerio. Pero “es signo y estímulo de la caridad pastoral y fuente peculiar de la fecundidad espiritual en el mundo” (PO 16). La virginidad consagrada es inmolación y ofrenda gozosa a Dios, donación y servicio generoso a los hermanos, paternidad espiritual. A través de ella el sacerdote se hace luminoso testigo de la esperanza escatológica, revelador de los bienes invisibles, profeta de los bienes futuros.

Pero importa vivir el celibato como plenitud de vida y de amor, no como negación o como muerte. El celibato sacerdotal es un modo de vivir anticipadamente la resurrección. Es un modo de expresar sensiblemente la fecundidad de la Pascua. Por eso hay que vivirlo en la alegría del Misterio Pascual.

Conclusión

Con la Virgen Fiel

28. La profundidad interior de un sacerdote -fruto del Espíritu de Amor que nos fue dado (Rm 5,5) y que inhabita en nosotros (Rm 5,5)- se revela normalmente en la palabra que anuncia, en la serenidad que comunica, en la alegría pascual que transparenta.

Esto es hoy fundamental en nuestro ministerio. Los hombres lo necesitan y lo buscan. En definitiva, que seamos para ellos los hombres de Dios, que les expresemos a Cristo, que hagamos con ellos el camino como testigos de lo Absoluto.

Más que nadie el sacerdote debe ser el sencillo artesano de la paz (Mt 5,9). En un mundo de tensiones y violencias. Más que nunca su presencia -superando desalientos y cansancios- debe ser un mensaje de esperanza y de alegría. Es decir, un mensaje de la Pascua que él encarna. “Que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu Santo” (Rm 15,13).

29. Hoy los hombres se mueven en la incertidumbre, la angustia y el miedo. Los sacerdotes padecen también esta experiencia. Es el precio doloroso de la hora tan rica que vivimos: tan llena de búsquedas auténticas, de exigencias tan claras del Señor y de la presencia misteriosa de su Espíritu.

Una hora que nos pide total generosidad, fortaleza y equilibrio. Hemos de comprender y amar esta hora nuestra sacerdotal. Con sus luces y sus sombras, sus posibilidades y sus riesgos, su fecundidad y su cruz. Hemos de comprometer en ella nuestra fidelidad.

Fidelidad a Cristo que nos ha llamado de una manera absoluta. Fidelidad a la Iglesia cuya comunión realizamos y presidimos como instrumentos del Espíritu. Fidelidad a los hombres para cuya salvación integral fuimos constituidos humildes servidores.

30. la hora sacerdotal de Cristo fue marcada por una singular presencia del Espíritu Santo y de María. También la nuestra.

En el seno virginal de Nuestra Señora el Espíritu Santo ungió a Jesucristo Sacerdote. También a nosotros.

En la pobreza de la Virgen el Espíritu engendró la fidelidad a la Palabra: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1,38). Para servir plenamente a los hombres, hay que entregarse con generosidad al Padre, como María.

En la pobreza y el silencio virginal de Nuestra Señora encontraremos siempre los sacerdotes el camino de la sencilla disponibilidad para ser fieles. “Feliz de ti porque has creído” (Lc 1,45).

Comprenderemos, sobre todo, que el único verdaderamente Fiel es el Señor. “Que Él, el Dios de la paz, los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser –espíritu, alma y cuerpo– hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es Fiel, y es Él quien lo hará” (1 Ts 5,23-24).