Pueblo de Dios

Publicado en: Jóvenes, amigos míos… Madrid, BAC, 1999. p.159-168

I. Comentario del texto: la idea central es ésta: «ustedes, que antes no eran un pueblo, ahora son el Pueblo de Dios» (1 Pe 2,10). Volveremos sobre esta idea. Pero digamos de entrada que este «Pueblo de Dios» es la Iglesia (cf. LG 2). «Este pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo… La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios… Tiene por Ley el nuevo mandamiento del amor… y como fin, el dilatar más y más el Reino de Dios» (LG 9).

            a) Es un pueblo de santos («raza elegida», «nación santa»), es decir, de hombres y mujeres que han sido «reengendrados» en Cristo por el bautismo. Han renacido «a una esperanza viva» (cf. 1 Pe 1,3). Están llamados, por eso, a la santidad: «Así como Aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo» (1 Pe 1,15-16). No tengan miedo a la santidad; la semilla ya ha sido sembrada en nuestra alma por el bautismo. San Pablo llama «santos» a los que han sido bautizados: «como elegidos de Dios, sus santos y amados» (Col 3,12). El principio de nuestra santidad es el Espíritu Santo que nos ha sido dado y que habita en nosotros. Se trata de la santidad de lo cotidiano.

            b) Es un pueblo sacerdotal («ustedes son… un sacerdocio real»). Hay que tomar cada día más conciencia de nuestra participación bautismal en el sacerdocio de Cristo. Lo cual supone tres cosas:

            –tener conciencia viva de ir construyendo juntos la comunidad eclesial en comunión con los sacerdotes ordenados;

            –ir ofreciendo un «culto espiritual» a Dios, asumiendo sacerdotalmente todas nuestras actividades, cruces y esperanzas; toda nuestra vida hecha ofrenda, como nos lo indica San Pablo: «Yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como un culto espiritual que deben ofrecer» (Rom 12,1);

            –participar en la misión evangelizadora y santificadora del mundo, con conciencia de ir viviendo y ejerciendo el sacerdocio bautismal. La misma construcción de la ciudad temporal –como nueva civilización de la vida, de la verdad y del amor – es obra del sacerdocio común de los fieles bajo la guía de los Pastores.

            c) Es un pueblo profético («un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz»). Es la dignidad y urgencia profética de todo bautizado: «Ustedes son la luz del mundo… Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes» (Mt 5,14.16). Es la exigencia que nos recuerda San Pablo: «Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan con hijos de la luz» (Ef 5,8). La participación bautismal en Cristo Profeta supone estas dos urgencias:

            –acoger en el silencio contemplativo la Palabra de Dios: «Tú iras adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene… Yo pongo mis palabras en tu boca» (Jer 1,7-9). «Tú les comunicarás mis palabras… abre tu boca y come lo que yo te daré» (Ez 2,7-8). «Yo no hablo por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó» (Jn 12,49-50);

            –anunciar con el testimonio y la palabra, bajo el fuego y el impulso del Espíritu, la Buena Noticia del Reino: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15).

            II. Yo quisiera presentar la Iglesia bajo algunas imágenes que son realidades complementarias de un mismo Misterio: la Iglesia Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo, Comunión Misionera. Me detendré luego en esta última.

            a) Pueblo de Dios. Es una realidad bíblica esencial que nos ofrece tres aspectos fundamentales: primero, dinamismo histórico; segundo, continuidad y novedad con respecto al antiguo Pueblo de Dios, Israel, y tercero, inserción en la realidad histórica de nuestro pueblo pobre (con todo lo que tiene de búsqueda propia identidad cultural, de solidaridad y fraternidad universal). Anoto algunos textos que pueden ayudarnos:

            –En la primera Alianza con Israel, Dios dice a Moisés: «Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada» (Ex 19,5-6). Puede apreciarse la similitud con el texto de San Pedro que hemos citado al principio.

            –Una nueva alianza –interior e irrompible – nos presenta Jeremías, después del retorno de los deportados de Babilonia: «Ésta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor –: pondré mi ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo» (Jer 31,34).

            –El profeta Ezequiel nos describe más detallada e interiormente esta nueva Alianza, de la cual surgirá el nuevo Pueblo de Dios: «Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré… los rociaré con agua pura… Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo; les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes… Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios» (Ez 36,23-28). Lo nuevo en Ezequiel es la infusión del Espíritu que asegura nuestra fidelidad a la Alianza Nueva.

            –Pero la verdadera Alianza Nueva es la que sella Jesús con su sangre: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes» (Lc 22,20). Nos dirá San Pedro: «Ustedes saben que fueron rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto» (1 Pe 1,18-19); San Pablo nos dice: «En Cristo Jesús, ustedes los que antes estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo» (Ef 2,13);

            –Este nuevo Pueblo de Dios es santo (Cristo es su Cabeza, su Jefe, su Pastor; el Espíritu habita en él, lo santifica, le distribuye su gracia, dones y carismas, lo guía incesantemente hacia la unidad definitiva) y está profundamente insertado en la historia de los hombres, no marcha paralelamente o fuera de ellos, no es extraño a sus sufrimientos y esperanzas, sino que ha sido constituido en el mundo como «un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad» (LG 9).

            b) Cuerpo de Cristo. Es la imagen que más utiliza San Pablo, el gran apóstol y maestro de la Iglesia. «Yo fui constituido ministro de la Iglesia… este misterio, que es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria» (Col 1,25-27). «Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo» (1 Cor 12,27). De este Cuerpo nos dice Pablo:

            –que es uno y múltiple. Uno porque es Cristo. Pluriforme, porque «todos hemos recibido un mismo Espíritu» (1 Cor 12,13). «Así como el cuerpo tiene muchos miembros y, sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo» (1 Cor 12,12-13). De aquí la urgencia de la unidad eclesial, de la colaboración, de la comunión;

            –de aquí la urgencia de acoger con alegría los diversos dones y carismas en la Iglesia, de ser fieles a ellos y de respetar y amar el carisma de los otros: «En la Iglesia hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores» (1 Cor 12,28). En la Carta a los Romanos nos dice San Pablo que la diversidad de los miembros (por consiguiente, de los dones o carismas) dice relación de «los unos a los otros»: «Así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros con diversas funciones, también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo, y en lo que respecta a cada uno, somos miembros los unos de los otros» (Rom 12,4-5). Por consiguiente, en Cristo, en la Iglesia:

            • alegrarme por mi carisma, mi vocación, mi movimiento, y ser fiel a las exigencias del Señor;

            • pero interesarme, alegrarme, por el crecimiento del carisma de los otros, de su vocación en la Iglesia; ayudarlos a que crezcan fieles a la comunión;

            • dejarme invadir por el Espíritu de la comunión: «un solo Cuerpo, un solo Espíritu, una misma esperanza» (cf. Ef 4,1-6);

            –de aquí, también, la urgencia de hacer crecer en la unidad del amor el único Cuerpo de Cristo: «Viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente unidos a Cristo. Es la Cabeza, y de él todo el cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor» (Ef 4,15-16).

            c) Templo del Espíritu Santo. Es la imagen-realidad que nos presenta hoy el Apóstol San Pedro en el texto que hemos proclamado. Nos exhorta a ser «piedras vivas», edificadas sobre «la piedra angular», «piedra viva», que es Cristo, para construir así «una casa espiritual» (templo vivo), donde podamos «ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo». Subrayamos algunas cosas:

            –Cristo es «la piedra angular, elegida y preciosa», sobre la que debemos edificarnos como «piedras vivas». Sólo viviremos por la Palabra, la Eucaristía y el Amor. El Espíritu Santo nos ayudará a gustar la Palabra, a alimentarnos de la Eucaristía, a «amarnos con sinceridad como hermanos» (cf. 1 Pe 1,22-23);

            –pero Cristo es, también, «la piedra que los constructores rechazaron» y se convirtió para ellos en «piedra de tropiezo y roca de escándalo». Es la suerte de los que no escuchan la Palabra y no creen en ella. No pueden tener la Vida, no pueden vivir de veras, no pueden contagiar la alegría de la Vida. «Felices, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» (Lc 11,28). Son las palabras con que Jesús proclama la verdadera dignidad, la fe y la felicidad de su madre, la joven María de Nazareth. Ella recordaría entonces –como las recordará dolorosamente al pie de la cruz– las misteriosas palabras del anciano profeta del templo: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel: será signo de contradicción» (Lc 2,34). Esto nos indica que la opción por Cristo, «nuestra vida», supone autenticidad, fortaleza, generosidad, pobreza, desprendimiento y cruz. Da mucha pena comprobar cómo muchos jóvenes que un día optaron por Cristo, Vida nuestra, se dejaron convencer por «los falsos maestros de la vida», no aceptaron las exigencias del Evangelio, tropezaron con la piedra angular, se escandalizaron por las palabras de Jesús con respecto a su propia carne hecha Eucaristía (no las entendieron porque les faltaba fe y coraje en el seguimiento). «Desde ese momento –escribe San Juan – muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo» (Jn 6,66). Creo que hoy el Señor –frente a determinadas exigencias que implica su seguimiento – les pregunta a ustedes: «¿También ustedes quieren irse?». Yo estoy seguro que ustedes responderán con las palabras de Simón Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 67-68). Una confesión de fe así, frente a la Palabra y a la Eucaristía, es una verdadera y radical opción por Cristo «vida nuestra» (Col 3,4). Sólo así podrán convertirse en «piedras vivas» que, edificados sobre «la piedra angular» que es Cristo, construirán la Iglesia «templo santo de Dios». «En él –dice San Pablo – todo el edificio, bien trabado, va creciendo para construir un templo santo en el Señor. En él, también ustedes son incorporados al edificio para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,21-22);

            –hay otro texto del Apóstol San Pablo que nos habla de la Iglesia, comunidad cristiana, como «templo del Espíritu Santo»: «El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo… ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo» (1 Cor 3,10-17).

            III. La Iglesia «comunión misionera». El Concilio nos ha hablado de la Iglesia como «Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo». Es una trilogía que aparece en casi todos los principales documentos. Pero las tres expresiones se refieren a una idea fundamental del Concilio: la Iglesia como comunión. A partir del Sínodo de 1985 se ha vuelto a insistir en la Iglesia comunión: «La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio» (ChL 19).

            Quiero señalar algunos aspectos de esta «comunión»:

            1. Se trata fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo.

a) Es la comunión con la Trinidad para el anuncio misionero de la Palabra (cf. 1 Jn 1,1-4).

b) El Bautismo es la puerta. La Eucaristíaes el culmen.

c) Es don del Espíritu Santo («todos hemos bebido en un mismo Espíritu»). «La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud y, al mismo tiempo, a vivir con profundo sentido de responsabilidad» (ChL 20).

            2. Es la comunión orgánica, presidida por los Pastores, del único Pueblo de Dios. «Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1 Cor. 12,13):

            a) inserción eclesial en la comunión eclesial: parroquia, diócesis, Iglesia universal. Vivir con generosidad el misterio de la Iglesia. «Ubi Petrus, ibi Ecclesia; ubi Ecclesia, ibi Christus»;

            b) comunión y coordinación con los restantes miembros del Pueblo de Dios: asociaciones, movimientos, grupos, laicos aislados. Ver juntos la realidad y comprometerse juntos. No formar «iglesias paralelas» o «una iglesia dentro de la Iglesia»;

            c) comunión eclesial con el mundo. La Iglesia como «sacramento universal de salvación». Presencia evangélica en el mundo, dinamismo misionero, sentido ecuménico, solidaridad universal.

            3. Comunión misionera. Es una expresión feliz que asume la Christifideles laici, n. 32: «La comunión genera comunión, y esencialmente se configura como comunión misionera… La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión». Cuando hablamos de «comunión misionera» entendemos lo siguiente:

            a) que la Iglesia no está hecha para sí misma, sino para ser «signo e instrumento (sacramento) de la salvación universal». De ahí la urgencia de su presencia dinámica y actividad misionera en el mundo. Toda la Iglesia es «sal de la tierra» y «luz del mundo». Toda la Iglesia tiene esencialmente una «dimensión secular» (vive en el mundo, actúa en el mundo, está enviada al mundo para transformarlo), aunque a niveles distintos (obispos y presbíteros, religiosos y religiosas, fieles laicos: a ellos compete, de modo específico, su misión «secular»);

            b) que toda la Iglesia debe abrirse, particularmente hoy, a una dimensión misionera: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15). Se nos exige a todos la «nueva evangelización» y el «dinamismo misionero ad gentes». «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16). Nos reconfortan estas palabras del Papa: «La labor evangelizadora de los laicos está cambiando la vida eclesial… La misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales» (RM 2);

            c) que la nueva evangelización tiende a la formación de comunidades eclesiales maduras (al mismo tiempo las supone) (cf. ChL 34). «Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe… de una fe confesada… celebrada… vivida» (ChL 33). Todo esto supone y exige una interrelación esencial entre «comunión» y «misión» en la Iglesia. Ambas (comunión y misión) tienen sus raíces en el mismo Cristo: insertados en Cristo por el Espíritu Santo. «Yo los elegí y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn 15,16). Pero la condición esencial es ésta: «permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes… El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto» (Jn 15,4-5). Y permanecer en Cristo exige vivir de la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56).

            Así conectamos el tema de la Catequesis de hoy (Como Iglesia) con el de ayer (En Cristo) y con el de mañana (Para la vida del mundo).

Conclusión

            Quiero terminar esta Catequesis con tres llamadas:

            a) a vivir profundamente en oración: «Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos». Sean jóvenes que aman y buscan la contemplación: personalmente y en grupos. Sin Cristo no hay Iglesia. Sin la Palabra de Dios y sin la Eucaristía, no hay comunión eclesial;

            b) a descubrir, amar y realizar el Misterio de la Iglesia allí donde está y se realiza (parroquia, diócesis, como presencia de la Iglesia universal). Amen intensamente la Iglesia local: con sus pastores, los religiosos y religiosas, todos los fieles laicos;

            c) a vivir en Iglesia como María y en María. Ella es «imagen y principio» de la Iglesia. En Ella nació la Iglesia, porque en Ella nació «Jesús, llamado el Cristo» (Mt 1,16). Pero vivir en María y como María, para ser Iglesia que da la Vida, supone ponerse en el corazón pobre y contemplativo de María, donde se percibe y se goza su fidelidad a la Palabra, a la Cruz y al Espíritu Santo.

La vocación a la santidad

 “Fuente y medida de la acción apostólica y del impulso misionero de los fieles laicos”

“Nos ha elegido en él (en Cristo)… para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor” (Ef 1,4).

“Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16).

1. Ambos textos nos hablan de una elección, de una vocación, de un llamado: “la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad” (Christifideles laici, 16) y la vocación a la misión. En realidad, en el plan de Dios, ambos llamados coinciden: “La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad… la vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión” (Redemptoris missio, 90).

2. Este único llamado –a la santidad y a la misión – tiene su origen en el “amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (Rm 8,39) y “derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5). Por eso la esperanza no falla: la esperanza de nuestra fidelidad a Dios en el itinerario espiritual a la santidad y en la fecundidad apostólica de la misión. En definitiva, nuestra fidelidad se apoya en la inquebrantable fidelidad de Dios: “Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama y es él quien lo hará”(1 Ts 5,23–24). Retengamos todavía dos expresiones de Jesús que iluminan el comienzo y el término de nuestra vocación a la santidad y a la misión: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9); “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21).

3. Pero la vocación a la santidad y a la misión no es solamente “fuente y medida de la acción apostólica y del impulso misionero”, sino primaria y esencialmente el modo único de ser cristiano y de buscar la gloria del Padre. “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos” (Jn 15,8). No eligió para que fuéramos santos “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,6). Es decir, que no sólo debemos ser santos para ser apóstoles y testigos, sino que nuestra santidad es el único modo de reconocer que Dios es santo y que él es lo único que nos interesa en nuestra vida. “El Señor habló a Moisés, diciendo: Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios soy santo” (Lv 19,1–3). San Pedro habla así a la primitiva comunidad cristiana: “Como hijos de obediencia… así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta” (1 P 1,14–15). Cuando el Nuevo Testamento habla de cristianos, los llama simplemente los elegidos, los “amados de Dios, santos y predilectos” (Col 3,12). San Pablo escribe “a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Cor 1,2) y a los romanos escribe: “a todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación” (Rm 1,7).

4. Sabemos que el concilio Vaticano II dedicó, en la Lumen gentium, un capítulo a “la vocación universal a la santidad”. Y es muy significativo que este capítulo esté ubicado inmediatamente después del capítulo sobre los laicos (c. IV) y antes del capítulo dedicado a los religiosos (c. VI). Como queriendo indicar que la santidad no es privilegio de la vida consagrada, sino exigencia fundamental de todo el pueblo de Dios: porque la Iglesia es santa, todos en ella están llamados a la santidad. Es muy significativo, también, que la Christifideles laici comience a describir la dignidad de los fieles laicos (c. I) por su esencial referencia a Cristo (no al mundo) y por su específica vocación a la santidad. Por eso es tan significativa la expresión fieles laicos o cristianos laicos es decir: hombres y mujeres que están injertados en Cristo porque han renacido en él por el agua y el Espíritu Santo en el bautismo, forman parte de la Iglesia como misterio de comunión misionera y viven en el mundo como espacio teológico de su vocación y su misión.

5. Cuando hablamos de espiritualidad laical entendemos siempre el modo específico y concreto con que el fiel laico –hecho Cristo por el bautismo y miembro de la comunión misionera de la Iglesia– vive cotidianamente su vida como respuesta a la novedad de vida impuesta por el bautismo (“así también nosotros vivamos una vida nueva” Rm 6,4) y se compromete a hacer una sociedad nueva en la verdad, la justicia y el amor.

Quisiera brevemente sintetizar en tres puntos algunos elementos centrales del camino espiritual del laico hacia la santidad: la novedad cristiana del bautismo, la experiencia de una Iglesia comunión, la dimensión misionera de la existencia cristiana. Todo, en definitiva, como fruto del Espíritu Santo en quien hemos sido bautizados.

I. La novedad cristiana del bautismo (Christifideles laici, 10)

En la gran noche de la Vigilia pascual hemos recordado la exhortación del apóstol Pablo: “Así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4). La santidad es un camino, en la sencillez y normalidad de lo cotidiano, de novedad en novedad. Desde la novedad inicial del bautismo (“En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”, Jn 3,5), hasta la novedad definitiva de la misión: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos… Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,1–2). Esta novedad pascual del bautismo define la dignidad esencial del cristiano: “No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del bautismo” (Christifideles laici, 10). Recordemos estos tres textos de san Pablo: “El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5,17). “Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,27–28). “Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos” (Col 3,9–11).

De aquí derivamos tres exigencias concretas para la vocación a la santidad del fiel laico:

1. Celebrar cada año la fecha del bautismo, como acontecimiento central, renovando la alegría de ser hijo de Dios, hermano de los hombres, llamado a la libertad. “Para ser libres nos libertó Cristo… Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad”(Gal 5,1.13). Es la alegría esencial que nos recuerda el Papa al terminar el primer capítulo de la Christifideles laici: “Todos los bautizados están invitados a escuchar de nuevoestas palabras de san Agustín: ‘Alegrémonos y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo… Pasmaos y alegraos: (hemos sido hechos Cristo!’” (17).

2. Vivir cotidianamente el bautismo en las realidades temporales, dejándose guiar por el Espíritu:Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14). La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias; es vivir con serenidad y sencillez la fidelidad a las cosas ordinarias. Hoy, como decía Pablo VI, hacen falta los santos de lo cotidiano. El mismo Espíritu de Dios que lleva al cristiano laico a identificarse cada vez más profundamente con Cristo (a hacerlo Cristo), es el que le hace descubrir el paso de Cristo en la historia y lo conduce a ser fiel al designio de salvación: “La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas” (Christifideles laici, 17). La vida según el Espíritu, la santidad, no aleja al fiel laico de las realidades temporales; al contrario, lo hunde en el corazón de la historia, le da una capacidad contemplativa para descubrir el paso del Señor y asumir el sufrimiento de los hombres y le confiere una particular fortaleza apostólica para transformar el mundo. Vive sinceramente en el mundo como en su espacio privilegiado y único de santidad, de evangelización y de misión. El Espíritu Santo va creando en el fiel laico una especial e irrompible unidad interior entre fe y vida, trabajo y adoración, contemplación y política.

3. Esto nos lleva a una última conclusión: la necesidad de ser cristianos pascuales, es decir, renacidos por el bautismo en la Pascua de Jesús, centrados en el misterio pascual, llamados por el Señor a hacer que todo hombre se sienta incorporado al misterio pascual de Jesús (GS). Recordemos el texto de san Pablo: “)Ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva”(Rm 6,3–4).

Ser cristiano pascual no es fácil: supone ser pobre y anonadado, vivir el misterio de la Encarnación, asumir los sentimientos de Jesús, el Servidor (cf. Flp 2,5–11). Cristiano pascual es el hombre de cruz y de esperanza, de abnegación y de servicio, de profundidad interior y de compromiso alegre y generoso. Es, en realidad, el hombre que ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. El cristiano pascual es el hombre de la alegría y la esperanza; el que cotidianamente es capaz de dar la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13).

II. La experiencia de una Iglesia comunión

“En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor 12,13).

Así resume san Pablo la realidad fundamental de una Iglesia comunión; y en su raíz están otra vez el Espíritu Santo y el bautismo. En este contexto –y en esta dimensión de una Iglesia esencialmente “comunión misionera” (Christifideles laici, 32)– hablamos ahora de la vocación a la santidad y de la vida en el Espíritu de los fieles laicos.

Toda vocación es personal, pero se realiza en el interior de una Iglesia comunión. El bautismo nos incorpora simultáneamente al misterio de Cristo y de la Iglesia. El itinerario espiritual de los fieles laicos supone una experiencia muy honda y creciente de la Iglesia comunión: allí se nutre, por la Palabra y la Eucaristía, su vida espiritual. Cuanto más concreta y profunda sea su pertenencia a la comunidad eclesial, más irá creciendo su deseo de santidad y su ardor apostólico y misionero, como respuesta a un Dios que llama y envía. Al mismo tiempo, cuanto más auténtica sea la vida espiritual del laico, abierta simultáneamente a Dios y al mundo, más ayudará a construir la comunidad eclesial, como verdadera comunión. Los santos nacen de una Iglesia comunión, pero la comunión eclesial crece y se edifica con la santidad de los cristianos (pastores, religiosos y religiosas, fieles laicos). Quisiera iluminar esta idea desde tres perspectivas distintas y complementarias: la comunión eclesial, la Palabra y el sacramento, el servicio del sacerdote.

1. La comunión eclesial. “Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia, como lo recuerda el Concilio Vaticano II con la célebre expresión de san Cipriano: ‘La Iglesia universal se presenta como un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’” (cf. Christifideles laici, 18).

No vamos a extendernos en la presentación de la Iglesia como misterio de comunión misionera. Habría que releer el capítulo II de la Christifideles laici (también el capítulo II de la Lumen gentium  sobre la Iglesia “Pueblo de Dios”). Recordemos sólo lo siguiente:

– “que la realidad de la Iglesia–Comunión… representa el contenido central del “misterio” (Christifideles laici, 19); por consiguiente, no puede haber santidad en los fieles laicos sino desde el interior de una Iglesia comunión; es decir, comunión profunda con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. La Iglesia es icono de la Trinidad: manifiesta y hace presente la Trinidad en nosotros. Hubo un tiempo en que la espiritualidad laical vivía muy hondamente la inhabitación de la Trinidad. Habría que volver a estas raíces profundas de “vida en Cristo” (“para mí, la vida es Cristo” Flp 1,21) y de experiencia de la intimidad y cercanía de la Trinidad; “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). Para el fiel laico, que no tiene tiempo u oportunidad para visitar su templo parroquial, qué consoladoras son las palabras de Jesús: “haremos morada en él”, o también la exhortación del apóstol Pablo: “No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16);

– que la comunión eclesial se configura, más precisamente como comunión orgánica… caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida, de los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades… Cada fiel laico se encuentra en relación con todo el cuerpo y le ofrece su propia aportación (cf. Christifideles laici, 20). No puede haber auténtica espiritualidad laical –respuesta fiel y concreta a la llamada de Dios a la santidad – sin este sentido de comunión orgánica que supone fidelidad a los pastores, unidad concreta con todo el pueblo de Dios y humilde y generosa fidelidad a su propio carisma, a su propio don, a su propia llamada;

– que la comunión eclesial –que deriva del Espíritu Santo – no se encierra en sí misma, sino que se abre misioneramente al mundo: como presencia, como dinamismo misionero, como exigencia evangelizadora. Quien vive en la Iglesia de Jesucristo –esencialmente Iglesia de comunión por el Espíritu – siente la urgencia de anunciar y comunicar a Cristo. “Ay de mí, si no predicara el Evangelio”.

2. La Palabra y el sacramento. La comunión es fruto del Espíritu Santo. Pero la fuente inmediata es la Palabra y el sacramento; aquí se nutre cotidianamente la vida espiritual del laico. Quisiera recordar dos textos: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida…, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo” (1Jn 1,1–3). La comunión es fruto del anuncio y el anuncio es fruto de la contemplación. La vida espiritual del laico supone una lectura contemplativa de la Palabra de Dios; hecha a lo pobre, cotidianamente, comunitariamente, personalmente y en familia. “Abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones” (1 Tes 1,6). De María –la pobre, la contemplativa, la disponible – dice Jesús: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11,28). Se trata de escuchar y de acoger, de contemplar y de gustar, de realizar y de comunicar, la Palabra de Dios. Pero, repito, a lo pobre, comunitariamente, bajo el ardor y el gozo del Espíritu Santo. Esta Palabra –acogida, contemplada y compartida – nos lleva a la fecundidad santificadora y comunional del sacramento: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Cor 10,16–17). El crecimiento en la santidad de los fieles laicos exige una lectura cotidiana de la palabra de Dios y una participación (en lo posible, también cotidiana) en la Eucaristía del Señor. Sólo así irán viviendo en la comunión trinitaria de la Iglesia e irán haciendo crecer, en santidad y en misión, la comunión orgánica del pueblo de Dios y del cuerpo de Cristo.

3. El sacerdote. Una palabra, breve y concreta, sobre el servicio del sacerdote en el itinerario espiritual del laico. El ha sido ungido por el Señor para anunciar el Evangelio y presidir la comunión. Pablo habla con orgullo del “Evangelio de gracia, en Cristo Jesús, del cual ha llegado a ser ministro” (cf. Ef 3,7). Su misión es descrita así a los Romanos: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios” (Rm 1,1). Lamentablemente ha disminuido el número de los sacerdotes; más lamentablemente aún se ha perdido el sentido de su misión como ministros del Evangelio y del sacramento (Eucaristía, reconciliación o penitencia, dirección espiritual). Dios puede hacer crecer a los fieles laicos en santidad por otros medios; pero ha querido establecer lazos de especial comunión con los sacerdotes. Los ha ungido sacramentalmente con el Espíritu Santo para hablar de Dios, para comunicar a Dios, para animar y presidir la comunión eclesial. En la vida personal de cada laico (en su itinerario de santidad), como en el crecimiento de una comunidad cristiana o en la vida de un movimiento o una asociación, se hace siempre necesaria la presencia del sacerdote como transparencia y signoeficaz de un Dios que es Padre.

III. La dimensión misionera de la existencia cristiana

“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros… y seréis mis testigos” (Hch 1,8).

Ser santos para la gloria del Padre por el Hijo en la unidad del Espíritu Santo. Pero ser santos para irradiar a Cristo entre los hombres y cambiar la historia. El mundo de hoy exige el paso de los santos: de los santos de lo cotidiano, de los santos normales que ríen y sufren con los hombres, que rezan, anuncian y luchan por construir un mundo nuevo, que aman profundamente a Dios y lo trasmiten en la sinceridad del amor y en la alegría de la esperanza (cf. Rm 12,9–12). La santidad exige en los laicos una profunda unidad interior entre fe y vida, una gran capacidad contemplativa para descubrir la presencia del Señor en la Eucaristía, en la comunidad eclesial y en la historia cotidiana (hecha de sufrimiento y de esperanza) de los hombres.

La dimensión misionera de la existencia cristiana supone tres cosas:

1. Asumir plenamente el misterio de la Encarnación:La Palabra se hizo carne y plantó su morada entre nosotros” (Jn 1,14). Lo cual significa asumir la fragilidad, el dolor y la esperanza de los hombres. Significa, también, vivir cercano a los hombres, comprenderlos, amarlos, servirlos y salvarlos (en el cuerpo y en el alma, en el tiempo y en la eternidad). No se concibe una santidad laical sin esta capacidad real y concreta de estar en el mundo, sin ser del mundo, es decir, de vivir simultáneamente de cara a Dios (“en el seno del Padre”) y de cara a los hombres. La santidad de los fieles laicos es esencialmente una espiritualidad de encarnación. Con todo lo que la encarnación supone de convivir con los hombres, de hablarles de Dios y de sanarlos, de asumir su sufrimiento y de ir haciendo con ellos un camino de esperanza. La espiritualidad misionera es espiritualidad de presencia.

2. Anunciar a los hombres la buena Noticia de Jesús: en la transparencia de la vida y en el anuncio explícito de Jesús: “Se puso a anunciarle la buena nueva de Jesús” (Hch 8,35). Esta nueva evangelización exige hombres nuevos, llenos de sabiduría y de Espíritu Santo. “El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales ni organizar y coordinar las fuerzas eclesiales… Es necesario suscitar un nuevo ‘anhelo de santidad’ entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana” (Redemptoris missio, 90). La espiritualidad misionera es espiritualidad de anuncio y profecía.

3. Experimentar la llamada –urgente y concreta de Jesús – para la misión ad gentes: descubrir contemplativamente los nuevos areópagos donde hace falta hoy anunciar que “Jesús es el Señor para la gloria del Padre”. No hace falta ir muy lejos; basta entrar en su corazón y escuchar la palabra del Señor: “A quién enviaré?”. Y responder con generosidad: “Heme aquí: envíame” (Is 6,8).

Conclusión

Hemos sido llamados para la santidad y la misión; para redimir al hombre y glorificar al Padre; para transformar el mundo viviendo la experiencia de la novedad pascual. He aquí que hago nuevas todas las cosas. La espiritualidad misionera supone presencia de encarnación, anuncio profético de lo nuevo, compromiso evangélico para construir la civilización de la verdad y del amor. La santidad de los fieles laicos –llamados para producir frutos en abundancia – puede sintetizarse en tres páginas del Evangelio: el camino nuevo de las bienaventuranzas (Mt 5,3–12), el mandamiento nuevo del amor (Lc 10,25–37), la oración nueva del “Padre nuestro” (Lc 11,1–13).

Contemplamos a María, la primera discípula del Señor, la primera mujer laica, esposa de José y Madre de Jesús. En ella contemplamos la pobreza y la disponibilidad de esclava, la oración contemplativa y el servicio, la fidelidad a lo cotidiano y a la cruz, la Virgen del camino misionero y la esperanza, la que cambió la historia con la disponibilidad del Fiat y la alegría del Magnificat. La Virgen del silencio contemplativo en Nazareth, de la serena fortaleza en el Calvario, de la disponibilidad misionera al Espíritu de Pentecostés.

El camino de la Acción Católica en la Iglesia y el mundo

A la luz de la Christifideles Laici para la nueva evangelización.

Viena, 30 de octubre de 1994

“El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo”(Rm 15,13)

Estas son mis primeras palabras de saludo y augurio para todos vosotros los que asistís a este II Forum Internacional de la Acción Católica. Mi deseo es que el Espíritu Santo obre profundamente en nuestros corazones produciendo una sobreabundancia de paz, de alegría y de esperanza. Esa esperanza que “no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”(Rm 5,5).

A esta esperanza yo los invitaba –con palabras de Juan Pablo II- en mi reflexión para el Forum de 1991. “Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo”(R.M. 86). Pero es una esperanza que nos abre a nuevos horizontes, a nuevos compromisos, a nuevos pasos en el camino de evangelización y de misión de la Acción Católica.

Uno de los signos de esta “gran primavera cristiana” lo constituye la autoconciencia que la Iglesia va teniendo de sí misma en todos sus miembros: laicos, presbíteros y religiosos. La Iglesia como Misterio, como Comunión, como Misión; o dicho con una frase que me es particularmente querida y que lo sintetiza todo: la Iglesia como Misterio de comunión misionera. Con el reciente Sínodo sobre la Vida Consagrada –que acaba de concluirse ayer- se cerró una magnífica reflexión sobre la “circularidad de comunión” que había empezado con el Sínodo sobre los Laicos (87), se continuó en el Sínodo sobre la formación de los sacerdotes (90) –sacerdotes que viven, sirven y comunican el Misterio- y se concluye ahora con una reflexión (meditación contemplativa) sobre este don de Dios a su Iglesia que es la Vida Consagrada: en sus diversas formas de Vida Religiosa e Institutos Seculares, vida monástica y vida apostólica, vírgenes y eremitas, nuevas formas de vida consagrada. El Espíritu de Dios está obrando fuertemente en su Iglesia “en esta magnifica y dramática hora de la historia, ante la llegada del tercer milenio” (Ch.L. 3)

Otro de los signos de esta “gran primavera cristiana” es la creciente participación de los fieles laicos en la misión evangelizadora de la Iglesia. Su ardiente deseo de una fuerte espiritualidad laical (hambre de la Palabra de Dios – Lectio Divina – y de los sacramentos), compromiso creciente de participación en la edificación de la comunidad eclesial y de la construcción de la nueva sociedad. Podríamos señalar, de modo especial, entre estos signos positivos de esperanza el impacto que producen en los jóvenes las Jornadas Mundiales de la Juventud. Constituyen un momento fuerte de evangelización, un signo evidente y práctico de comunión eclesial y una particular invitación a la renovación interior (manifestada en un creciente deseo de santidad y, en muchos casos, un momento decisivo de opción vocacional, sacerdotal o religiosa).

Finalmente yo me atrevo a colocar entre estos signos claros de esperanza cristiana la nueva y más profunda conciencia de la Acción Católica como privilegiada forma de asociación eclesial “en unión muy estrecha con la Jerarquía” y especialmente partícipe de su misión apostólica. No en vano en el Concilio Vaticano II recordaba a los Obispos el deber de promover las distintas formas de apostolados de los laicos, “y señaladamente a la Acción Católica” (Ch.D. 17; cfr.A.A.20). Lo mismo ha hecho el Papa Juan Pablo II en la Christifideles Laici, recogiendo la Propuesta 13 de los Padres Sinodales: “Entre las diversas formas  apostólicas de los laicos que tienen una particular relación con la Jerarquía, los Padres Sinodales han recordado explícitamente diversos movimientos y asociaciones de Acción Católica” (ChL 31). Es evidente que la Acción Católica – con diversas modalidades quizás de acuerdo a países y culturas diferentes- ha marcado fuertemente el inicio de la participación de los laicos en la misión de la Iglesia y ha significado el comienzo de una forma asociativa especial que ha hecho crecer y madurar la comunidad cristiana. Sin disminuir la fuerza testimonial y evangelizadora de los nuevos movimientos eclesiales – que “representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha” (RM 72)- no hay que olvidarse que “fue particularmente la promoción de la Acción Católica, por parte de Pío XI, la que abrió un capítulo decisivo en el desarrollo del trabajo de los laicos en el campo religioso, social, cultural, político y hasta económico. La experiencia histórica y la profundización doctrinal de la Acción Católica prepararon  nuevas levas, abrieron nuevas perspectivas, encendieron nuevas llamas” (Juan Pablo II, 21-9-9-4). En el camino de la Acción Católica hubo luces y sombras, momentos de desorientación y de cansancio, temores quizás de haber quedado superada por los nuevos tiempos y exigencias eclesiales. Creo que ha llegado el momento providencial del Espíritu Santo para una renovación más profunda en lo espiritual, en lo doctrinal, en su compromiso apostólico y misionero. A esto ayudará ciertamente la celebración del Forum –sobre el cual volveremos al final- y que quiere abrir a otros países la fecundidad de una experiencia asociativa tan rica en frutos y tan prometedora de esperanzas- Yo quiero señalar, a la luz de Christifideles Laici, algunas exigencias y esperanzas en este camino de la Acción Católica: formación, comunión, audacia y profecía en el Espíritu.

 

I.             Formación para una nueva evangelización

Se ha  dicho siempre que la Acción Católica debe ser una “escuela de formación”. Y la experiencia nos dice que lo ha sido. Generaciones de fieles laicos han sido profundamente formados en la escuela de la Acción Católica: de aquí surgieron familias profundamente cristianas, vocaciones sacerdotales y religiosas, laicos comprometidos en los campos de cultura, de la educación, de la economía y de la política. Sin embargo, a veces se ha acusado a la Acción Católica de ser simplemente “una escuela”, es decir, de encerrarse en sí misma, de formar en un espiritualismo desencarnado (sin relacionarlo con lo cotidiano de la vida y el compromiso con las realidades temporales) o en una mera estructuración doctrinal (una teología abstracta, profunda pero desconectada de las situaciones nuevas, personales, familiares o de los pueblos). Creo que las acusaciones han sido muchas veces injustas; pero algo de verdad tenían (como lo tenía, también, la formación que se daba en algunos Seminarios e Institutos Religiosos). Precisamente por eso, en los tres últimos Sínodos (laicos, presbíteros, religiosos) se ha insistido tanto la urgencia de una formación integral, inicial y permanente.

Una formación para la nueva evangelización supone:

a.- Formación para la comunión. La Iglesia es esencialmente comunión misionera. Lo cual supone, para la Acción Católica principalmente, comunión afectiva y efectiva con los pastores. Como toda comunión es a veces sufriente, pero siempre es rica y fecunda. Es comunión con los pastores, a nivel parroquial y diocesano, comunión con las distintas realidades del Pueblo de Dios. Una particular sensibilidad eclesial y capacidad de comunión con las diversas formas asociativas: movimientos, grupos, asociaciones;

b.- formación para la unidad interior entre fe y vida: a fin de que el anuncio explícito de Cristo vaya unido al testimonio, la evangelización a la promoción humana, el servicio a la profecía, la acción misionera a la oración contemplativa;

c.- formación para la construcciónde comunidades eclesiales maduras”(ChL 34); comunidades de fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos y vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana (cfr. ChL 33);

d.- formación en la doctrina social de la Iglesia. “Es absolutamente indispensable…un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia… Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas y universidades”(ChL 60). La Doctrina Social de la Iglesia forma parte de la Teología Moral (cfr.S.R.5);

e.- formación para un crecimiento interior en el itinerario progresivo de santidad. Volvemos a un tema que es muy propio de la Acción Católica: que sea “escuela de espiritualidad y de santidad”. “Hoy el mundo necesita el paso de los santos”. Santos de lo cotidiano (Pablo VI).

II.            Comunión para la nueva evangelización

La comunión está en el comienzo y en el término de la nueva evangelización. “La comunión es misionera y la misión es para la comunión”(ChL 32). Diría que es el centro, el corazón, de la nueva evangelización. Digo el corazón por dos motivos:

  1. porque la evangelización supone la Palabra y la Eucaristía;
  • y porque el Espíritu Santo ( que es Espíritu de amor, de unidad, de comunión) es el “Protagonista de la misión”(R.M.cap.V). “La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del Espíritu Santo”(ChL 20).

Pero quiero referirme ahora a la comunión como principio y término de la nueva evangelización aplicándolo de un modo especial a la Acción Católica. “Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia”. La Iglesia, como la define el Concilio Vaticano II con palabras de San Cipriano, es “un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (L.G.4). Precisamente por eso la Iglesia es expresión e imagen (verdadero icono) de la Trinidad. Y es toda la Iglesia la que recibe –en su esencial e irrompible comunión- la misión evangelizadora de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”(Mc 16 15; cfr. Mt 28, 18-20).

Es toda la Iglesia – Misterio de Comunión Misionera- la que está recibiendo hoy de Jesús Resucitado, por intermedio de Pablo VI y de Juan Pablo II, el nuevo mandato evangelizador y misionero: “Id, también, vosotros a mi viña”(sed Iglesia comunión); “Id por todo el mundo”(sed Iglesia misionera).

Para la Acción Católica, este llamado a la comunión eclesial y este mandato misionero tiene una exigencia especial que sintetizo así:

  • vivir en íntima comunión con la Trinidad que nos habita y con Cristo que nos envía y es la Vid de la cual todos somos sarmientos: intensificar la Vida espiritual en la Lectio Divina y la Eucaristía; la comunión crece y se manifiesta en la medida en que se vive “en Cristo Jesús” y “en el Espíritu Santo”;
  • vivir con particular devoción el Misterio de la Iglesia Particular: estáis insertados en la Iglesia de Cristo que se realiza en vuestra Diócesis y en vuestra Parroquia, en comunión perfecta con la Iglesia Universal que preside Pedro. Os recuerdo las palabras de San Pablo: “Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien también vosotros estáis siendo juntamennte edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu”( Ef 2, 19-22). Vivir la Iglesia, sentir la Iglesia, amar la Iglesia, en su realidad concreta, inmediata, total; la única Iglesia edificada sobre los Apóstoles y siendo Cristo la piedra angular;
  • participar activamente en el plan pastoral de la Diócesis, en comunión orgánica con los pastores: preparación, realización, evaluación;
  • estar evangélicamente en el mundo –tratando de compartir el sufrimiento y la esperanza de los hombres y de leer desde la fe los nuevos signos de los tiempos para llevarlos a los Pastores e interpretarlos con ellos-. Es un modo de realizar así una comunión salvadora con el mundo; de hacer presente la única Iglesia de Cristo en el corazón del mundo; como reza el lema de este Forum: “Hombres y mujeres de la Iglesia en el corazón del mundo. Hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia” ( cfr. E.N. 70: “El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes”)
  • ir descubriendo y ocupando los nuevos areópagos donde la Iglesia tiene que proclamar la Buena Nueva de Jesús con el nuevo ardor del Espíritu Santo (medios de comunicación, campo de la cultura, deportes, mundo del trabajo y tiempo libre). Ir creando espacios de presencia, de testimonio, de evangelización misionera.

III.          Audacia y profecía en el espíritu

“El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha

ungido para anunciar a los pobres la Buena

Nueva”( Lc 4, 18; cfr. Is 61, 1-2)

Quiero volver a un tema, ya insinuado más arriba, y que está en el corazón de la nueva evangelización y en el corazón de la Acción Católica: “la vida en Cristo”, “la vida en el Espíritu”. La nueva evangelización exige testigos ardientes y profetas creíbles. Estamos en una época de martirio. Se necesita audacia y profecía. Quisiera recordar brevemente algunas exigencias de una espiritualidad laical que es muy propia de la Acción Católica y es esencial para la nueva evangelización.

  1. Dimensión contemplativa de toda actividad apostólica y misionera. Es una exigencia interior del Espíritu que habita en nosotros. El Espíritu nos hace profetas (es decir, “la boca de Dios”; no somos nosotros los que hablamos, sino el Espíritu que habita en nosotros y habla por nosotros) y el Espíritu nos hace testigos (“recibiréis la fuerza del Espíritu y seréis mis testigos”, Hch 1,8). Esta dimensión contemplativa supone:
  • la meditación continua de la Palabra de Dios; la Lectio Divina;

–   la oración contemplativa que supone momentos de silencio y de oración, de pura experiencia de Dios en la naturaleza, en el trabajo, en los pobres, en la cruz;

–  el amor por el desierto, la soledad, el retiro. “El Espíritu lo condujo al desierto”(Mc 1, 12). Hoy hay hambre de silencio, de búsqueda de Dios en el desierto, de oración. La Acción Católica se caracterizó siempre por la necesidad y gozo de los Ejercicios Espirituales.

  • Espiritualidad de encarnación. “La palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14). La contemplación no nos aleja de la realidad; antes al contrario, nos introduce en ella y crea en nosotros capacidades más hondas para asumir el sufrimiento de los hombres. La dimensión contemplativa nos hace profundamente serenos, luminosos, transparentes. Más cercanos a los pobres y más llenos de la audacia y la profecía del Espíritu. Es decir, más capaces de denunciar las injusticias, de combatir las violencias y de proclamar la fuerza transformadora de las bienaventuranzas; es decir, nos hace más serenamente fuertes y comprometidos.
  • Crecimiento cotidiano en la vida sacramental. Engendrados en Cristo por el Bautismo (“creados en Cristo Jesús”, Ef 2, 19), vamos creciendo hacia la santidad en la fidelidad al Dios de lo cotidiano: “así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta” (1 Pd. 1, 15). El Sínodo extraordinario del ‘85 –que tanto nos ayudó a descubrir el Misterio de la Iglesia comunión misionera- nos dejaba la siguiente recomendación: “Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia. Hoy tenemos una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios” (Rel.F.II, A4; cfr. ChL 16).

La Acción Católica nos ayudó a descubrir la riqueza inagotable del Bautismo y nuestra vocación fundamental a la santidad. La Confirmación nos ungió con la fuerza del Espíritu para el testimonio y la profecía. “Vosotros seréis mis testigos” (Hch 1, 8). La Eucaristía nos asimila cotidianamente al Plan de Vida y nos construye como Iglesia Comunión: “La copa de bendición que bendecimos ¿ no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿ no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Cor 10, 16-17). El Sacramento de la Reconciliación nos ayuda a recomponer la unidad que hemos perdido y nos hace gustar más profundamente la comunión con Dios en su Iglesia para la salvación del mundo.

Esta fuerte vida sacramental –que tiene sus raíces en el Bautismo y su centro en la Eucaristía- ha sido siempre la fuente de la irradiación pascual de la Acción Católica, de su fecundidad apostólica y de su irrompible comunión con la Iglesia.

Quiero insistir en esto: que la fuerza de la Acción Católica ha sido siempre su unión con la Jerarquía y su fidelidad a la oración y a la vida sacramental. Vivir la novedad cristiana del Bautismo en la participación activa en la Eucaristía; dejarnos purificar por la gracia renovadora de la Reconciliación y renovar cada día la fuerza siempre actuante de la Confirmación. Pero que no quedemos luego cómodamente instalados frente a un Dios que nos hace felices, sino ir cotidianamente al mundo (con sus situaciones nuevas y sus nuevos desafíos) con el renovado ardor del Espíritu Santo para anunciar explícitamente a Jesús y construir su Reino. Pablo VI, de inolvidable memoria, después de haber definido ala Acción Católica como “escuela de santidad” y de haber mostrado su lugar teológico en la estructura eclesial (“ministerialidad laical”), afirmaba: “La Acción Católica tiene que descubrir de nuevo la pasión por el anuncio del Evangelio, única salvación posible para un mundo que de otro modo caería en la desesperación” (25-4-77).

Conclusión

            Volvemos ahora, para terminar con una palabra de esperanza, a este Forum que nos convoca y estamos celebrando. El Pontificio Consejo para los Laicos lo ha animado con entusiasmo desde el primer momento. Lo considera siempre como un lugar de encuentro, de intercambio de dones, de colaboración mutua, de promoción de la Acción Católica. De ninguna manera piensa en un super organismo internacional que tenga funciones directivas sobre las asociaciones locales, nacionales. Sería desnaturalizar la identidad propia de la Acción Católica, es decir, su relación esencial hacia la Jerarquía local, sus orientaciones y programas pastorales.

            Pero quisiera indicar algunas pistas –ya ciertamente recorridas por vosotros- y que me parecen deben marcar el camino de este Forum:

  1. que la propuesta de esta forma asociativa de la Acción Católica –tan recomendada por el Concilio Vaticano II (cfr. A.A.20) y tan querida por los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II- sea hecha siempre en el marco de una Iglesia Misterio de Comunión Misionera. Es decir, que viva y ame la Iglesia comunión; contagie y expanda su amor; lo haga presente y sensible.
  • que sea siempre un punto de referencia; humilde y disponible, para la comunión con otras formas asociativas, movimientos y grupos que Dios ha suscitado en estos últimos años en la Iglesia; que se muestre siempre como imagen de comunión de todas las fuerzas laicales en torno a los Pastores y sus proyectos pastorales; para que no sólo haya simplemente laicos, sino un laicado. Hoy día se siente necesidad y urgencia de organicidad en el laicado. Lo pide la situación del mundo y lo exige la fecundidad de una Iglesia comunión.
  • que se haga, con mucha humildad pero con gran fuerza misionera, sin ánimo proselitista pero con coraje y amor de Iglesia la propuesta de la Acción Católica en aquellos países de Europa Centro-Oriental que buscan formas de organización para los cristianos laicos, adultos y jóvenes; la circunstancia de realizarse este Forum en Viena es verdaderamente providencial.
  • que se visite con amor filial, respeto y obediencia, a los Obispos. Sin ellos no puede haber Acción Católica. Lo mismo convendría hacer con los sacerdotes –sobre todo párrocos- y con los seminaristas. No se trata de vender una mercadería, sino de recordar y ofrecer, con gratitud y alegría, un verdadero don de Dios a su Iglesia que quiere ser comunión misionera.
  • finalmente –y creo que es lo principal- que se muestre la imagen de una Acción Católica rejuvenecida, fiel a su tradición original, pero abierta a las exigencias de la historia, profundamente invadida por el Espíritu de Dios, que es Espíritu de comunión y de profecía, Espíritu de santidad y de servicio, Espíritu de pasión evangelizadora y misionera. El mundo espera hombres y mujeres nuevos –inmersos en lo cotidiano desde una profunda experiencia con Dios- que anuncien explícitamente la Buena Nueva de Jesús con la audacia profética del Espíritu. Pero que lo hagan orgánicamente, como expresión de una Iglesia comunión, fuertemente comprometida en la construcción de una sociedad fraterna y solidaria. Comprometida en la construcción de la civilización de la verdad y el amor.

Dejamos todo en el corazón de María, nuestra Madre y Madre de la Iglesia, en cuyas entrañas virginales “la Palabra se hizo carne y plantó su Morada entre nosotros”(Jn 1,14).

El camino de la Acción Católica coincide con el camino de María: camino de fidelidad y de servicio, de silencio contemplativo y de cruz, de alegría y de esperanza. Es siempre el camino fecundo del Fiat y del Magnificat. De acción de gracias y de entrega total y generosa. Nos acompañe siempre María con la gozosa disponibilidad de los discípulos, con el ardor de los testigos y con la serena fortaleza de los mártires.

Eduardo F. Cardenal Pironio

Comprometidos con la esperanza

Encuentro nacional de laicos. Punta de Tralca. 1986.

Llamados a la santidad para la transformación del mundo

Introducción

El próximo Sínodo sobre la “vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”, veinte años después del Concilio Vaticano II”, será el gran Sínodo. Con tal que el tema vuelva a ser la Iglesia: la Iglesia como Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios y Templo del Espíritu Santo. En su comunión fecunda, descubrirmás profundamente la identidad del laico, las exigencias de su formación y su espiritualidad, la urgencia de su participación en la misión evangelizadora de la Iglesia. No se puede separar la reflexión sobre los laicos de una eclesiología integral. Precisamente por eso insisto en que la preparación del próximo Sínodo no puede ser hecha sólo por los laicos: se correría el riesgo de parcializar uno solo de los elementos (muy importante, por cierto). Es toda la comunidad eclesial, la que debe empeñarse (pastores, religiosos/as, laicos). Se me ocurre pensar en el próximo Sínodo con la misma responsabilidad y esperanza -por lo mismo, con la misma alegría y frutos- que el Sínodo sobre la Evangelización.

El Sínodo Extraordinario que acabamos de celebrar -pese a su sorpresa y su brevedad- no significó una ruptura en la preparación para el Sínodo sobre los laicos. Creo que iluminó el camino y orientó nuestra búsqueda. Aunque habló poco de los laicos, nos enseñó a pensarlos en una eclesiología de comunión. Se retomaron las grandes líneas del Concilio en un contexto de unidad eclesial que se expresó así: “La Iglesia, a la luz de la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo”. Vuelven a ocupar su puesto de pilares esenciales e insustituibles del Concilio las cuatro grandes Constituciones Lumen Gentium, Dei Verbum, Sacrosanctum Concilium, Gaudium et Spes. La Iglesia -concebida como misterio de comunión cristocéntrica y trinitaria- vuelve a retomar su ubicación esencial frente a Cristo y al mundo: simultáneamente es una Iglesia que adora a la Trinidad y salva al hombre, que vive de Cristo y lo comunica, que se inserta en el mundo y lo transforma. Es una Iglesia que puede ser presentada con el Concilio en estas tres expresiones: sacramento del Cristo pascual, sacramento de comunión, sacramento universal de salvación. Sólo al interior de esta Iglesia -que se nutre de la Palabra de Dios y celebra la Eucaristía del Señor- nosotros podemos buscar las grandes líneas para una verdadera espiritualidad laical. La espiritualidad del laico es esencialmente una espiritualidad eclesial: una espiritualidad cristocéntrica, de comunión, de compromiso.

Trataremos de subrayar algunos aspectos de esta espiritualidad laical, siguiendo sobre todo las líneas de la Relación Final del último Sínodo Extraordinario. No se trata de hacer un comentario, sino más vale de recoger algunas líneas esenciales para una auténtica espiritualidad laical en torno a estos tres puntos: el laico es una eclesiología cristocéntrica, el laico es una eclesiología de comunión, el laico es una eclesiología de misión o de esperanza.

I. El laico en una eclesiología cristocéntrica

Comenzamos por un texto que directamente enuncia el contenido esencial del Evangelio de Pablo, pero que podemos aplicarlo al Misterio de la Iglesia: “que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria” (Col 1, 27).

Esto es lo primero y esencial: la Iglesia es el misterio de Cristo entre nosotros y con nosotros. Es lo que dice Jesús: “Yo soy la vid; vuestro los sarmientos” (Jn 15, 5). “Yo en ellos y tú en mí (Juan 17, 23).

El Sínodo Extraordinario ha insistido mucho, frente al fenómeno del secularismo, en el misterio de Cristo en la Iglesia o de la Iglesia en Cristo. “Toda la importancia de la Iglesia deriva de su conexión con Cristo” (R.F. II. A.3). La Relación Final tiene una frase aparentemente dura, pero muy significativa: “La Iglesia se hace más creíble, si hablando menos de sí misma, predica más y más a Cristo crucificado y lo testifica con su vida. De este modo la Iglesia es como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la comunión con Dios y también de la comunión y reconciliación de los hombres entre sí. El anuncio sobre la Iglesia, como lo describe el Concilio Vaticano II, es trinitario y cristocéntrico” (R.F. II.A.2).

Esta eclesiología cristocéntrica nos hace pensar en la vocación y la misión del laico en términos de relación esencial con Cristo. El Bautismo nos sumerge en la muerte y la resurrección de Cristo (Cfr. Rm 6, 3-5); más aun, nos hace revestir a Cristo (Cfr. Ga. 3, 27). No somos nosotros los que vivimos, sino que Cristo vive en nosotros (Cfr. Ga 2, 20). Nuestra vida es Cristo (Flp. 1, 21). Es Cristo quien nos elige y nos envía (Cfr. Jn15,16). La relación Final nos recuerda que “hay que promover la espiritualidad propia de los laicos fundada en el Bautismo” (R.F. II.A.5).

A primera vista pareciera que el Sínodo Extraordinario replegara la Iglesia hacia adentro, alejándola del mundo, reproduciendo un esquema dualista y maniqueo. Ma parece,, en cambio, que la ha llevado a su verdadero centro de comunidad misionera: Cristo, el Hijo de Dios, enviado al mundo para salvar al mundo. Es una respuesta, por un lado, al fenómeno del secularismo, y por otro, al hambre de Dios y de oración que caracteriza a los jóvenes de hoy.

Por eso la apremiante invitación a la santidad que recoge la doctrina conciliar sobre la vocación universal a la santidad (L.G. V). “Hoy necesitamos fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos” (R.F. II. A. 4). Cuando hablamos de este llamado a la santidad para transformar el mundo, queremos subrayar la índole secular de la santidad laical, realizada en pleno mundo, a través de las comunes condiciones de la vida familiar, profesional y social, con miras a transformar el mundo desde adentro, a modo de fermento (Cfr. L.G. 31). Para el laico, el único modo de crecer en Cristo hacia la santidad es vivir con plenitud de amor lo cotidiano. Pero sabemos que, en definitiva, la santidad no se realiza sólo en la transformación del mundo, sino también en el crecimiento personal en Cristo y en la edificación de la comunidad cristiana. Sabemos, también, que el camino hacia la santidad es cotidianamente nuevo (nunca se es definitivamente santo sino en el cielo) y que está orientado “a la gloria del Padre”. No se es santo sólo para transformar al mundo, sino ante todo y esencialmente para glorificar a la Trinidad Santísima. Es en esa línea en que san Pablo nos recuerda que Dios nos eligió para que fuéramos santos e inmaculados en su presencia por el amor, haciéndonos sus hijos adoptivos para alabanza de la gloria de su gracia (Cfr Ef. 1,3 así pues, ).

En esta dimensión esencial de una eclesiología cristocéntrica -por consiguiente, de una espiritualidad laical esencialmente radicada en Jesucristo- quisiera subrayar estos cinco elementos: el Espíritu Santo, el discípulo de Jesús (el creyente, el fiel), la experiencia del amor de Dios, el Misterio Pascual, las bienaventuranzas (particularmente sintetizadas en la pobreza evangélica):

a) El cristiano laico es, ante todo, una creatura nueva que ha nacido en Cristo por el Espíritu Santo. Su camino de santidad es un crecimiento en Cristo “de novedad en novedad”. La santidad se dará cuando el cristiano haya alcanzado la novedad definitiva. En ese camino está, ante todo, el Espíritu Santo: los que son Hijos de Dios son conducidos por el Espíritu (Cfr. Rm 8, 3). Es el Espíritu de la libertad interior, de la plegaria filial, de la fortaleza y el testimonio, de la verdad y del amor. Es el espíritu que va haciendo nuevas todas las cosas; en el Espíritu que obra la unidad interior.

b) El cristiano laico es “el creyente”, el fiel, el discípulo. Su camino de santidad es un camino de crecimiento en la obediencia de la fe. Como María la creyente, la fiel, la discípula, la humilde servidora del Señor. Por eso, la vida de un laico cristiano es una continua acogida de la Palabra de Dios: escucharla, acogerla, contemplarla, realizarla, comunicarla. “Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la realizan” (Laico. 11, 27). Es el hombre que camina buscando e irradiando al Invisible, tratando de penetrar en la fe los nuevos signos de los tiempos. La primera condición para transformar el mundo es saber interpretar el designio providencial de Dios en las cosas y los hombres. El verdadero parentesco de Jesús -sus discípulos- está compuesto por aquellos que hacen la voluntad del Padre que lo ha enviado (Cfr Mc. 3, 31-35).

c) Uno de los aspectos centrales en la vida espiritual del laico -y modo fundamental de su testimonio- es la experiencia y comunicación del amor de Dios. “Nosotros hemos reconocido y creído en el amor que Dios ha tenido por nosotros” (I Jn 4, 16). En un mundo que siente, por un lado, el frío del secularismo, y por otro, el hambre hondo de Dios, esta experiencia de un Padre tan íntimo y cercano, cuyo amor ilumina y penetra todo el dramatismo de la historia humana, es esencialmente original y urgente. Abrir a los hombres la esperanza cristiana, gritando al mundo el amor del Padre: “nada ni nadie podrá arrancarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Nuestro Señor” (Rm 8, 39).

d) Toda vida cristiana es una celebración del Misterio Pascual de Jesús. Fuimos bautizados en su muerte y en su resurrección para que caminemos en un nuevo estilo de vida (Rm 6). El misterio pascual -del que todo cristiano tiene que ser anunciador y testigo (Hech 1,8) en el mundo -da sentido a nuestra cruz y engendra nuestra esperanza. Volveremos a ello cuando hablemos de la “teología de la cruz”.

e) Finalmente, el camino de toda santidad pasa necesariamente por el corazón de las bienaventuranzas evangélicas. Hacen del cristiano una espléndida transparencia de Jesús. Los jóvenes de hoy aman mucho esta página del Evangelio, meditada en el contexto del sermón de la montaña. De un modo especial, son sensibles a la pobreza evangélica que es como la síntesis de todas las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas tienen que ser leídas a la luz del Misterio Pascual de Jesús y del mandamiento nuevo del amor. Alcanzan su más concreta realización en María la pobre, “la humilde servidora del Señor”.

II. El laico es una eclesiología de comunión

“La eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio… Desde el Concilio Vaticano II se ha hecho mucho para que se entendiera más claramente a la Iglesia como comunión y se llevara esta idea más concretamente a la vida” (R.F. II. C.1). ¿Qué significa para un laico vivir en concreto una eclesiología de comunión? ¿Cómo expresarla en la vida?

El camino de santidad pasa necesariamente por las exigencias de comunión. Es, también, un duro camino para una comunión gozosa. la santidad es comunión. Una espiritualidad de comunión es, ante todo, una espiritualidad de unión íntima con Cristo y por Cristo con el Padre en el Espíritu Santo. Es el sentido básico que la Relación Final da de “la compleja palabra de comunión”. “Fundamentalmente se trata de la comunión con Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta comunión se tiene en la Palabra de Dios y en los Sacramentos. El Bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión de la Iglesia; la Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. La comunión del Cuerpo eucarístico de Cristo significa y hace, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (R.F. II C.1).

Tratemos de descifrar algunos aspectos de esta espiritualidad de comunión.

a) Ante todo la exigencia de una comunión trinitaria: hemos nacido en el Bautismo para esta comunión con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. El destino final del hombre es el gozo definitivo de la comunión; fuimos hechos para la comunión: con Dios y con los hombres. Nuestro camino espiritual es un progresivo ahondamiento de comunión. El mismo anuncio apostólico es para crear esta comunión: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo” (I Jn1,3). Esta comunión es fruto del “Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Cfr. Rm 5,5) y que habita en nosotros (Rm 8,9).

b) Esta comunión se alimenta de la Palabra y el Sacramento (sobre todo, la Eucaristía). Son las fuentes de las que vive la Iglesia (Cfr. R.F. II.B). Insistimos en la Palabra de Dios; leída, interiorizada, gustada, realizada, anunciada. La vida espiritual del laico no sólo crece cuando la Palabra de Dios es escuchada y escogida, sino cuando es proclamada y comunicada. La evangelización, cuando es verdadera, enriquece ante todo a los propios evangelizadores: los pone necesariamente en camino de conversión, de reconciliación y de servicio. “La evangelización es la primera función no sólo de los obispos, sino también de los presbíteros y diáconos, más aún, de todos los fieles cristianos” (RF.II.B.2); pero la evangelización supone testigos, mártires, profetas, que han visto y oído, han sido interiormente quemados por el Espíritu y se han hecho “la boca de Dios” y su presencia entre los hombres. Si la Palabra de Dios es acogida en comunidad -al menos en la comunión de dos o tres reunidos en nombre de Jesús- se hace penetrante como espada de dos filos. La otra fuente de la vida espiritual del laico es la Liturgia (principio y fuente de todo apostolado); pero hace falta una profunda interiorización y una viva participación en el Misterio Pascual de Jesús. El Misterio Pascual -con sus exigencias de muerte y de resurrección, de cruz y de esperanza- vuelve a aparecer aquí como el centro de toda espiritualidad cristiana.

c) Esto nos lleva necesariamente a hablar de la oración. En cierto modo es el fruto más precioso y la plenitud gozosa de la santidad; pero, al mismo tiempo, es condición y exigencia de un camino Espíritu Santo: “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). La oración que es alimentada por la Palabra de Dios y alcanza su culmen en la Eucaristía; pero, también, la oración cotidiana: la que hacemos en casa, en el trabajo, en el camino; la que es silencio de escucha y generosidad de aceptación y de ofrenda. Cuando se habla de la oración del laico, pueden surgir dificultades: falta de tiempo o de espacios de recogimiento. Hasta que no hayamos comprendido que la oración no es sólo un punto de partida (condición para nuestro apostolado) o sólo un punto de llegada (gozo de la contemplación), sino un clima normal en el que permanentemente nos movemos y respiramos, no habremos aprendido a orar bien. Si la oración es sólo un “momento” que divide y distiende nuestra jornada, la oración será siempre molesta, precipitada, superficial. Hay que aprender a respirar en Dios, como respiramos en nuestra atmósfera natural, casi sin darnos cuenta. Esto nos lo da el Espíritu Santo que gime en nosotros con gemidos inefables (Rm 8,27). Entre tanto, sentir hondos deseos de orar (más todavía, de ser hondamente contemplativos) y suplicar al Señor: “Señor, enséñanos a orar” (Laico 11,1).

d) Cuando hablamos de espiritualidad laical en una eclesiología de comunión también queremos subrayar los siguientes aspectos:

-exigencia de una relación filial, fraterna, de amistad con los pastores. El Concilio Vaticano II lo pidió tanto. Lamentablemente no hemos avanzado mucho: o por desconocimiento de los laicos o por desconfianza de los pastores. Es necesario que los laicos acepten con amor a sus pastores (y los ayuden así a crear una eclesiología de comunión), y que los pastores escuchen y animen a sus laicos (y así los ayuden a madurar espiritualmente y a ser miembros activos de la comunión eclesial). Esto exige mucha humildad, mucho respeto, mucho amor en Jesucristo.

-necesidad de poner en marcha, con autenticidad y en concreto, los organismos de participación y comunión: consejos pastorales, parroquiales y diocesanos, consejos nacionales y diocesanos de laicos, etc. Lamentablemente no han sido todavía constituidos o no han empezado a funcionar bien. Son un espacio normal donde podría desarrollarse bien la formación y espiritualidad laicales. Son, también, un medio excelente para descubrir en concreto el misterio de una Iglesia comunión y hacer crecer la responsabilidad de la participación en la única misión evangelizadora de la Iglesia;

-exigencias de una más honda comunión (unidad y coordinación) entre los diversos movimientos y asociaciones. Lamentablemente no damos siempre una verdadera imagen de la presencia de Jesús y de una Iglesia creíble. Falta más humildad, más pobreza, más hambre de verdad y de caridad. Hace falta agradecer con alegría el don recibido y ponerlo enseguida al servicio de la comunidad, sin absolutizar las propias opciones ni condenar con superficialidad la de los otros;

-aprovechar algunos espacios privilegiados de formación y espiritualidad laical. Ante todo, la parroquia: creo que es allí donde se va dando la oportunidad de un crecimiento constante y comunitario de la personalidad cristiana. Es allí donde el bautizado va creciendo cotidianamente como creyente: se va haciendo más discípulo de Jesús en el seno de una comunidad concreta que es cada día más fraterna, más comprometida, más misionera. Luego, las comunidades eclesiales de base, donde las exigencias de comunión se hacen más inmediatas, por la experiencia del don de Dios en la Palabra y la Eucaristía y por la comprensión del sufrimiento y la esperanza de los hombres. Si estas comunidades de base son verdaderamente eclesiales, es decir, “si verdaderamente viven en la unidad de la Iglesia, son verdadera expresión de comunión más profunda. Por ello, dan una gran esperanza para la vida de la Iglesia (RF.II, C.6);

-por último, esta comunión que empieza siendo esencialmente una unidad vital con Jesucristo (“Vosotros en mí y yo en vosotros”) y se expresa admirablemente en la fraternidad evangélica de los que “tienen un solo corazón y una sola alma”, se abre a una comunión misionera -de presencia, de encarnación, de salvación- con el mundo y la entera comunidad humana: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo” (Jn 17,18). Pero de ello hablaremos en la tercera parte.

III. El laico en una eclesiología de misión y esperanza

La Iglesia es definida por el Concilio Vaticano II como “sacramento universal de salvación”, en cuanto “manifiesta y al mismo tiempo realiza el Misterio del Amor de Dios al hombre (G.S. 45). Es aquí donde particularmente se manifiesta la vocación y misión del laico: bautizado en Cristo, hecho miembro activo del Pueblo de Dios que es la Iglesia, insertado en el mundo como lugar privilegiado de santidad, de trabajo apostólico, de construcción de la sociedad. “La Iglesia como comunión es sacramento para la salvación del mundo” (R.F. II. D.1).

Si quisiéramos subrayar algunos puntos esenciales para una espiritualidad del laico como “constructor de la sociedad”, diríamos:

a) Necesidad de descubrir el mundo -con sus luces y sus sombras, con sus riesgos y sus posibilidades, con su sufrimiento, su pecado y su esperanza –como el lugar indicado por Dios al laico para su crecimiento interior en la santidad y su tarea apostólica en la Iglesia. Es decir, que es allí -en la familia, el trabajo, la escuela, el ámbito de la cultura y el deporte, del ocio y de los medios de comunicación, de lo social y lo político- donde entrará especialmente en una profunda comunicación con Dios, anunciará a sus hermanos la Buena Nueva del reino y transformará las estructuras de injusticia y de pecado, preparando la humanidad nueva y construyendo con todos los hombres de buena voluntad una nueva civilización de la verdad y del amor. Todo intento de escapar a la responsabilidad de las tareas cotidianas, cierra el camino para una comunicación honda y concreta con el Señor; dificulta el crecimiento en la santidad.

b) Necesidad de descubrir en el mundo, para responder a ellos evangélicamente, los nuevos signos de los tiempos. Tienen particular incidencia en la vida de los laicos, inmediatamente comprometidos en la reorganización del orden temporal según Dios o en el anuncio de la Buena nueva del reino en el lenguaje concreto de los hombres. Los nuevos signos de los tiempos son un desafío para la santidad de los laicos, para su vida espiritual cotidiana. Pero son, también, una constante revelación de Dios y de su designio de salvación; por consiguiente, son un continuo llamado a seguir creciendo en Cristo, a ser cotidianamente fieles, a servir con generosidad a los hermanos. Junto al gran nuevo signo de los tiempos que es el secularismo -que nos ha vaciado de Dios y nos ha hecho perder, aun en el ámbito de la Iglesia, el sentido de lo sacro y la propia identidad cristiana- el Sínodo Extraordinario nos indica otros que hacen aumentar “las angustias y las ansiedades”: “hoy crecen por todas partes el hambre, la opresión, la injusticia, la guerra, las torturas y el terrorismo, así como otras formas de violencia de cualquier clase”(RF II. D.1). Esto nos lleva a pensar, como lo indica el Sínodo, en la necesidad de “una reflexión teológica nueva y más profunda, que interprete tales signos a la luz del Evangelio” (ibíd.); pero nos lleva a pensar, también, en la necesidad de un verdadero espíritu contemplativo -de una capacidad muy honda de contemplación- que haga posible al laico una lectura evangélica de los nuevos signos de los tiempos. También esto entra dentro de la responsabilidad específica de los laicos: saber presentar a los pastores una visión inmediata y concreta de la realidad histórica.

c) Sorpresivamente para muchos, el Sínodo introduce aquí -cuando habla de la relación Iglesia-mundo- el tema de la teología de la cruz. Algunos pensaron que sería mejor incluirlo en la primera parte, cuando se habla del Misterio de Cristo. Sin embargo, se descubre enseguida la oportunidad de ubicarlo aquí: es el modo mejor de comprender el Misterio redentor de Jesús y el Misterio de la Iglesia como “sacramento universal de salvación”. Hace falta mirar al mundo en una perspectiva de redención: de salvación ya realizada por Jesucristo en la cruz (hemos sido reconciliados con el Padre por medio de la cruz), pero aún no acabada hasta que vuelva Jesús para entregar el reino al Padre; todavía queda, en el mundo, el pecado, el sufrimiento, la muerte. Han sido radicalmente vencidos por Jesús en su misterio Pascual, pero aún hace falta completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo; hace falta seguir celebrando -en la Eucaristía y en nuestra vida- la muerte y la resurrección de Jesús, anunciando su venida. Es el único modo de comprender en profundidad la relación Iglesia – mundo (en cuyo interior se realiza específicamente la vocación y la misión del laico): sin separarlos, pero sin confundirlos. Se evita así una visión maniquea y pesimista del mundo; se evita, también, una visión superficialmente optimista. “Nos parece que en las dificultades actuales Dios quiere enseñarnos, de manera más profunda, el valor, la importancia y la centralidad de la cruz de Jesucristo. Por ello, hay que explicar, a la luz del Misterio Pascual, la relación entre la historia humana y la historia de la salvación” (RF.II.D.2). En realidad, una “teología de la cruz” es siempre una “teología de la esperanza”. En ella tenemos que beber cotidianamente los cristianos, que somos los discípulos del Crucificado: “quien quiera ser mi discípulo… que tome cotidianamente su cruz y que me siga”. El laico está particularmente llamado a ser en el mundo “un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y un signo del Dios vivo” (L.G. 38). Hoy hacen falta profetas y testigos: testigos de la resurrección y profetas de esperanza; pero el único modo de gritar la esperanza es desde la cruz: “Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros” (Col 1, 24). Es el único modo de iluminar y de asumir el sufrimiento de los otros: “En cuanto a mí, Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo” (Ga 6,14).

d) Una auténtica espiritualidad laical se inscribe necesariamente en la apertura misionera de la Iglesia para la salvación integral del mundo (Cfr. RF. II. D.3). Lo cual supone:

Capacidad de una constante renovación por la fuerza misteriosa del Espíritu. Es el mundo -con sus cambios rápidos, profundos y universales- el que nos presenta constantemente nuevos desafíos; pero es Cristo el que nos invita a convertirnos y a creer cada día de nuevo en la Buena Noticia; y es sustancialmente el Espíritu Santo el que nos hace, todos los días “nueva creatura” en Jesucristo. Nuestra renovación se hace conforme a la imagen de Jesucristo, no del mundo: “no os acomodéis al mundo presente” (Rm 12,2).

Capacidad de diálogo: al interior de la Iglesia, con las otras confesiones cristianas, con los no cristianos, con los no creyentes, con el mundo. Una verdadera espiritualidad laical es una espiritualidad de diálogo: saber escuchar y acoger al Señor, saber escuchar y acoger a los demás; para eso hace falta mucha humildad, mucha pobreza, mucha oración. En realidad, los únicos que saben dialogar bien -porque están acostumbrados a escuchar- son los contemplativos.

e) Por último, quiero introducir un tema que es esencial en todo camino de espiritualidad: la pobreza. Jesús “siendo rico se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza” (Cfr. II Co 8,9). Este tema interesa en particular a las jóvenes generaciones; los jóvenes sienten fuertemente la invitación de Jesús a dejarlo todo y darlo a los pobres; sienten, también, la necesidad de vivir en la Iglesia una “opción preferencial por los pobres”. El Sínodo Extraordinario incluye un numeral relativo a este tema (Cfr. RF. II D. 6). El Evangelio se hace más cercano y transparente en la persona de los pobres. El pobre sintetiza la imagen serena y esperanzadora de los que sufren y confían en el Señor. Desde esta actitud de desprendimiento y de libertad interior, los cristianos reconocen más fácilmente la persona de Jesús en los que sufren y se sienten impulsados a llevar a los pobres las inefables riquezas del Reino.

Conclusión

Terminamos nuestra reflexión contemplando a María la pobre, la creyente, la fiel discípula del Señor. Ella fue proclamada feliz por haber creído (Cfr. Lc 1), porque supo acoger la Palabra de Dios y realizarla (Cfr. Lc 11,27), porque dejó que el Espíritu Santo grabara en Ella la limpidez de las bienaventuranzas. Ella es la imagen y el principio de la Iglesia: Iglesia cristocéntrica, Iglesia de comunión, Iglesia de esperanza. María es modelo de toda vida cristiana; lo es particularmente para el laico que vive en lo cotidiano su camino de fidelidad. Supo lo que es la pobreza, la cruz, la peregrinación en la fe. La vida de María no tiene cosas extraordinarias: lo extraordinario en Ella es haber vivido con fidelidad gozosa todo el camino de Jesús: camino de anonadamiento y cruz, camino de silencio y evangelización, camino de Misterio Pascual y de comunicación al mundo del don del Espíritu Santo. Toda espiritualidad cristiana es esencialmente cristológica, eclesial y mariana. En María el Espíritu Santo hizo su obra perfecta; comenzó a diseñar en Ella “la nueva creación”. En Ella y por Ella -esposa y madre virginal-, el Espíritu nos dio a Jesús, “Imagen del Dios invisible, primogénito de toda la creación” (Col. 1,15), por quien el Padre nos eligió desde toda la eternidad para ser santos en el amor, “eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Cfr. Ef. 1,3-6). Ahora esperamos que el mismo Espíritu complete la obra comenzada: “quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús” (Flp. 1,6).

Oración inicial del Sr. Cardenal E. Pironio

Señor, confiamos en ti y te amamos, queremos vivir siempre en la esperanza; en la esperanza que es camino hacia un encuentro definitivo, en la esperanza que es confianza en tu presencia de Señor Resucitado, en la esperanza que es compromiso comunitario. Señor, queremos esperar de veras y ser sembradores de esperanza. Tú nos envías ahora tu espíritu de diálogo para que nos escuchemos mutuamente. Tú nos das un corazón abierto a la verdad y has sembrado en el corazón de los demás. Nadie tiene la verdad completa, sólo tú Señor eres la Verdad, sólo tú eres el Santo, nosotros estamos simplemente en camino compartiendo juntos, por eso te pedimos que envíes tu espíritu de diálogo sobre nosotros, espíritu de mucha serenidad, de mucha veracidad, de mucha autenticidad, de disponibilidad sobre todo para escuchar y acoger tu palabra; tú, oh Cristo, que como Palabra de Dios te hiciste carne en las entrañas virginales de María, madre tuya y madre nuestra, y que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía del Sr. Cardenal Eduardo Pironio

Dichosos, alégrense, estén contentos. Estas palabras de Jesús a sus discípulos y a toda la muchedumbre, vuelven a sonar en nuestro corazón preocupado, pero lleno de esperanza, en esta tarde. Dichosos, el Señor no nos llama a la tristeza, nos llama a la alegría. El Señor no nos llama a la muerte, nos llama a la vida. El Señor no nos llama a la angustia, nos llama a la esperanza. Por eso, mis queridos hermanos y hermanas, esta tarde dejamos que caigan adentro otra vez las ocho bienaventuranzas que acabamos de escuchar. Es el Señor que vuelve a invitarnos a esta alegría del Evangelio y a transmitir el gozo de la Buena Nueva en el mundo. Son laicos, queridos hermanos, y por vocación están insertados en medio de las realidades temporales y allí tienen que construir, mediante la profesión, mediante la vida cotidiana, el reino del Señor. Ser hombres de Iglesia en el corazón del mundo, ser hombres del mundo en el corazón de la Iglesia. Yo quiero recoger en esta tarde, en toda la liturgia que vamos celebrando, por los laicos, tres expresiones. La primera es tomada de la oración y habla del fermento en el mundo. La segunda está tomada de la primera lectura y nos habla del Espíritu de Cristo. La tercera es el Evangelio y nos llama a ser pobres en el espíritu, de alma, pobres, para poder comprender, amar, servir, dar la vida por los pobres. Fermento en el mundo. La oración. La vocación del laico. No están en el mundo porque quieren, no están en el mundo porque son cristianos de segundo orden; están en el mundo porque allí se va realizando en el corazón de la historia y a través de las realidades del tiempo, el reino que empezó Jesús y que tendrá su consumación cuando Él vuelva.

Qué bueno esta tarde, queridos hermanos laicos, que ustedes sientan y agradezcan esta vocación a ser fermento en el mundo. La oración habla de la fuerza del Evangelio como fermento en el mundo. Supone entonces que ustedes tienen que dejarse revestir de esa fuerza del Evangelio, que la tienen que acoger, meditar, saborear, vivir, para ser sinceros y coherentes testigos del Señor en el mundo, realizando, a través de la profesión –dice la oración– el reino del Señor. Agradezcan y agradecemos todos esta vocación providencial del laico que encuentra en el mundo su espacio privilegiado de santidad y de servicio apostólico, es decir, su modo único de tender a la santidad y de construir una civilización nueva de la verdad y del amor.

Cuando Jesús acaba precisamente de anunciar las bienaventuranzas dice a sus discípulos: Ustedes son la luz del mundo, ustedes son la sal de la tierra, levadura de Dios, fermento de Dios en el mundo, pero fermento de Dios, luz de Dios salva el reino sumergido plenamente en el mundo con la fuerza del Evangelio.

Segunda frase, el Espíritu de Cristo. Toda la primera lectura nos habla de vivir en el Espíritu de Cristo, de dejarnos conducir por el Espíritu de Cristo. El Espíritu habita en nosotros, es el Espíritu el que vencerá a la muerte y nos conducirá a la resurrección porque es el Espíritu de Cristo que ya venció la muerte y es ahora, el Señor de la historia. Qué bueno es dejarnos inundar de este Espíritu. Nuestra vida cristiana es una vida según el Espíritu, por consiguiente es el Espíritu de la vida y de la paz, lo acabamos de escuchar en la primera lectura. Es el Espíritu que va haciéndonos crecer como hijos y, por consiguiente, como hermanos. Es el Espíritu que nos va haciendo descubrir constantemente las maravillas del Padre en la creación y la presencia del Cristo que padece en nuestros hermanos que sufren. Es el Espíritu de Cristo el que, en los momentos de cansancio y de desaliento, nos llena de fortaleza y nos da de nuevo el coraje para seguir caminando, para seguir salvando, para seguir anunciando: el reino de Dios llegó, que hay que cambiar y creer en la buena noticia.

El Espíritu de Cristo, dice Pablo, habita en nosotros, es el espíritu, entonces, de la interioridad, de la contemplación, de la oración. No les asuste esta palabra, la contemplación. Laico sumergido en las realidades temporales tiene que estar lleno de esa capacidad contemplativa que le hace descubrir la presencia del Señor de la historia, en todos los acontecimientos, incluso humanamente absurdos, que le hace descubrir y acoger la presencia del Señor en el enfermo, en el anciano, en el que sufre, en el pobre. El Espíritu de Cristo que habita en nosotros llena nuestro corazón de la esperanza, porque es el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos y que habita en nosotros. Espíritu de esperanza, mis hermanos y amigos.

Finalmente, felices los pobres. Todas las bienaventuranzas podemos resumirlas en esta de los pobres, de los pequeños, de los humildes; de aquellos que viven desprendidos y en camino, que viven olvidándose y entregándose, que viven como descolgándose de sí mismos y de las cosas para colgarse profundamente del Señor, confiar exclusivamente en Él. Únicamente así tendrán un corazón lleno de compasión, un corazón limpio, un corazón hambriento y sediento de justicia. Únicamente así tendrán el coraje de comprometerse cotidianamente a construir la paz. Únicamente así tendrán la serenidad y la alegría para afrontar la cruz y la persecución; no tengan miedo. El Evangelio termina diciendo: Alégrense, estén contentos.

En el Evangelio de san Lucas, cuando habla de las bienaventuranzas termina, después de haber enumerado cuatro bienaventuranzas, termina con cuatro maldiciones; es un poco duro hablar en los labios de Jesús de maldición, pero hay una que siempre me hace impresión, es la última. El Señor dice: Ay de ustedes si los hombres hablan siempre bien de ustedes; es decir, que estamos disponibles para el sufrimiento y para la cruz, porque hemos sido llamados a ser los testigos del amor y los artífices de la paz y los profetas de la esperanza. No tengamos miedo si a nosotros también nos persiguen y nos crucifican como al Señor, no puede el discípulo ser mayor que el Maestro y el servidor más grande que su Señor. Yo pido a María, en quien el Espíritu grabó la transparencia de las bienaventuranzas, en quien, fiel discípula del Señor, Jesús diría, se inspiró, para proponer las bienaventuranzas a sus discípulos; pido a María Santísima que nos dé a nosotros también un corazón pobre, humilde, fuerte, hambriento y sediento de justicia, limpio, misericordioso, dispuesto a la lucha –porque tiene que ser testimonio de resurrección y de comunión fraterna–. María nos acompañe, que así sea.

Sábado 16 de Agosto de 1986.

Alocución al II congreso mundial de institutos seculares

Del 25 al 28 de agosto de 1980 se realiza en Roma el  II Congreso Mundial de los Institutos Seculares. Ciento quince de los ciento treinta y tres Institutos con aprobación eclesial envían representantes. Los trescientos cincuenta congresistas provienen de treinta y cuatro países, esparcidos en los cinco continentes. El tema es: «La evangelización y los Institutos Seculares a la luz de la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi».

    El Congreso en una muestra de la variedad y riqueza de la experiencia espiritual y apostólica de cada Instituto, de la voluntad de conocimiento mutuo y de comunión fraterna, del interés por encontrar cauces comunes de desarrollo y de servicio eclesial.

    El Cardenal Pironio, en su discurso de apertura, señala la importancia del Congreso, realizado en «un momento privilegiado para la misión de la Iglesia», ya que el mundo experimenta hoy la necesidad de la salvación. De esta misión participan los Institutos: «en la relación esencial de una Iglesia hecha para salvar al hombre (a todo el hombre y a todos los hombres) y transformar el mundo desde dentro para la gloria del Padre».

    La fidelidad a la propia identidad constituye una condición ineludible. Dirigiéndose a los miembros laicos de los Institutos les encarece que asuman plenamente la condición laical, sin sentirse disminuidos o «clericalizados» por la consagración. En un segundo aspecto señala el sentido eclesial que debe animar a los Institutos. La vitalidad y fecundidad de los mismos depende de descubrir y asumir las necesidades de las Iglesias locales y universales, de la colaboración con los Pastores, de la fidelidad al modo propio de ser Iglesia. Todo ello animado por una profunda vida en y para Cristo, configurándose con El por la realización de la voluntad del Padre en medio de las normales condiciones de la vida cotidiana.

    Con palabras cálidas concluye su discurso, invitando a mirar al mundo con esperanza y a escuchar a Cristo con pobreza y disponibilidad.

    De esta manera el Card. Pironio regala nuevamente a los Institutos Seculares riquezas espirituales hondas y les manifiesta su sincero afecto y apoyo.

Contenido del documento    Queridos amigos:

    Sea esta una sencilla palabra de esperanza dicha por quien pretende conocerlos y los ama; dicha también, por quien, en nombre del Papa Juan Pablo II, tiene el privilegio y la responsabilidad de servirles. Permítanme que  los salude con las palabras de san Pablo a los filipenses: «Llegue a vosotros la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Yo doy gracias a Dios cada vez que os recuerdo, siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos, pensando en la colaboración que prestasteis a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora» (Flp. 1,2-5).

    Vuestro Congreso se abre -bajo la inspiración del Espíritu Santo y la protección de María, modelo de consagración secular- en un momento privilegiado para la misión de la Iglesia: un mundo que tiene hambre de la Palabra de Dios, que siente necesidad de la presencia transformadora de la Iglesia, que pide razón de su esperanza, que interroga a la Iglesia sobre la verdad y el amor, la justicia y la paz, la libertad y la comunión. El mundo desafía a la Iglesia en aquello que le es propio y esencial: la transmisión explícita de la Buena Noticia de Jesús para la conversión de los corazones y la construcción de una nueva sociedad.

    Es aquí precisamente donde se inserta, en el misterio de una Iglesia comunión, el providencial ministerio laical de los Institutos Seculares: en la relación esencial de una Iglesia hecha para salvar al hombre (a todo el hombre y a todos los hombres) y transformar el mundo desde dentro para la gloria del Padre. «No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (GS 3).

    Permitidme, al comenzar este congreso que yo juzgo de trascendental importancia para el futuro de los Institutos Seculares (su vitalidad interior, la eficacia de su misión y el imprescindible despertar de nuevas vocaciones), que yo les recuerde tres cosas: la fidelidad a su propia identidad como laicos consagrados, el sentido eclesial de su vida y de su misión evangelizadora, la urgencia de una profunda vida en Cristo, el Enviado del Padre y Salvador de los hombres.
 

I. Fidelidad a su propia identidad

    Sean plenamente ustedes mismos. No teman perder su irrenunciable identidad como laicos si viven radicalmente en el mundo la libertad interior y la plenitud del amor que dan los consejos evangélicos.

    La consagración no los quita del mundo: sólo los inserta más profundamente, de un modo nuevo, en el Cristo de la Pascua, llevando a mayor madurez y plenitud la consagración esencial del Bautismo. Vivir a fondo el Bautismo para un laico consagrado, es comprometerse de un modo nuevo a ser en el mundo una legible «carta de Cristo», escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne; es decir, en los corazones (2 Cor. 3,3).

    Sean fieles a su «secularidad consagrada», es decir: vivan la irrompible unidad de esta vocación única y original en la Iglesia. No se sientan laicos disminuidos, laicos de segunda categoría, laicos clericalizados, extraña mezcla de laico y religioso: siéntanse plenamente laicos comprometidos directamente en la construcción del mundo desde un seguimiento radical de Cristo. Para el mismo trabajo de evangelización -tan estrechamente unida a la promoción humana integral y a la liberación plena en Jesucristo- es imprescindible que ustedes vivan, con toda generosidad y normalidad cotidiana, los dos términos de una indivisible vocación: la «consagración secular». Para ello han sido amados y elegidos, consagrados y enviados.
 

II. Sentido eclesial de su vida y misión evangelizadora

    Es toda la Iglesia la que ha acogido en estos últimos años el don de los Institutos Seculares. Desde Pío XII hasta Juan Pablo II. Recordemos particularmente los mensajes de Pablo VI, tan llenos de luz, de calor humano, de sentido eclesial.

    La «consagración secular» es un modo privilegiado de ser Iglesia. Particularmente Iglesia «Sacramento universal de Salvación». Pertenecen, por consiguiente, a la santidad de la Iglesia. No a su estructura jerárquica, pero sí a su vida.

    Es necesario que los miembros de los Institutos Seculares vivan con intensidad el misterio de la Iglesia; tanto a nivel universal como a nivel particular. Descubrir, amar y asumir todos los problemas y las esperanzas, las urgencias misioneras de las diversas Iglesias locales. La vitalidad evangelizadora de un Instituto Secular depende de su profundo y concreto sentido de Iglesia.

    De aquí la necesidad de caminar -en la directa transmisión de la Buena Nueva a los pobres- con los Pastores, en efectiva comunión con sus orientaciones y con las exigencias y expectativas de todo el Pueblo de Dios.

    Los Institutos Seculares constituyen un modo providencial de ser Iglesia; lo cual supone dos cosas: que se reconozca y respete su identidad específica, y que su misión se realice desde el interior de una Iglesia -esencialmente comunión y participación- enviada por Jesucristo al mundo a anunciar la Buena Noticia a los pobres.
 

III. Profunda vida en Cristo, enviado del Padre

   «Yo estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal. 2, 19-20).

    La vida y el crecimiento de un Instituto Secular dependen esencialmente de los cosas: de su realismo histórico (compromiso real con la vida de la ciudad: familia y trabajo, cultura, sociedad y política) y de su profunda inserción en Cristo. Lo cual -para un miembro de un Instituto Secular- supone lo siguiente: el seguimiento radical de Cristo por los consejos evangélicos (sin quitarlo por eso, del contexto histórico del mundo) y una progresiva configuración con Cristo por la oración, la cruz, la realización cotidiana de la voluntad del Padre.

    La oración se realiza siempre en un contexto «secular», no religioso ni monacal. Lo cual no significa que no sea auténtica. Es siempre una concreta y perfecta comunión con la voluntad del Padre. Es hecha desde el interior del mundo, en las normales condiciones de vida. Pero notará momentos -difíciles y austeros- de separación y desierto. No se puede vivir en permanente clima de contemplación, sino a partir de tiempos fuertes y exclusivos de oración.

    Vivir en Cristo para la transformación del mundo. Vivir de Cristo para la clara y fuerte profecía del hombre: nació Jesús, nuestra «feliz esperanza».
 

    Queridos amigos: van a comenzar sus trabajos. Miren al mundo en que están sumergidos -como luz, como sal, como fermento- y que los interpela; miren al mundo con realismo y esperanza. Escuchen y reciban a Cristo que los elige, los consagra y los envía. Escuchen a Cristo con pobreza y disponibilidad. Amen a la Iglesia y expresen en el mundo su presencia.

   «Sean sinceros en el amor, alegres en la esperanza, fuertes en la tribulación, perseverantes en la oración» (Rom. 12, 9-12). «Que el Dios de la Paz los consagre plenamente» (1 Tes. 5, 23) y que los acompañe siempre María, la Virgen de la esperanza y del  camino, de la fidelidad y del servicio, de la radical entrega al Padre por Cristo en el corazón de la historia.
 

    Card. Eduardo F. Pironio,
    Prefecto de la Sagrada Congregación para Religiosos e Institutos Seculares,
    Agosto de 1980

La Eucaristía en la espiritualidad Laical

Lima, 9 de mayo de 1988

«Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (I Cor. 11, 26).

Cada Eucaristía es una memoria de la cruz pascual de Jesús y una profecía de esperanza. Nuestro mundo necesita urgentemente testigos de la resurrección del Señor y verdaderos profetas de esperanza. Lo necesita nuestro continente pobre y crucificado, pero siempre «continente de esperanza».

«Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva». (Rom 6,4).

El bautismo señala el comienzo de nuestro itinerario de santidad desde la participación en la Pascua de Jesús y para la transformación del mundo. Caminar en una vida nueva significa comprometerse a hacer «una humanidad nueva».

Estos dos textos —que hemos leído en el Triduo Sacro— nos ubican inmediatamente en el tema que queremos presentar: la Eucaristía, celebración del Misterio Pascual, engendra y forma esencialmente «cristianos pascuales», es decir, hombres y mujeres comprometidos con la realidad cotidiana como discípulos y testigos del Señor Resucitado. Hombres y mujeres que viven la riqueza y las exigencias de su bautismo, animados profundamente por el Espíritu Santo, dispuestos a ofrecer cotidianamente —en Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y en la Iglesia, Pueblo Sacerdotal— sus vidas como «culto espiritual» (cfr. Rom. 12,1) al Padre. San Pedro escribe a los primeros cristianos: «acercándoos a él, piedra viva desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (I Pd. 2,4-5).

Un cristiano pascual es alguien que hace «memoria» de Jesús, no sólo recordando sus palabras sino, sobre todo, «asimilando sus sentimientos» (Fil. 2, 4). Lo hace presente en su existencia cotidiana: «no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal. 3,20). No sólo el Cristo, vencedor de la muerte, sino el Cristo, Hijo de Dios e Hijo de María «que murió por nuestros pecados, según las Escrituras» (I Cor.15,3). Es decir el Cristo de la Encarnación que asumió en su carne la totalidad de nuestro ser humano. El Cristo, Palabra de Dios, que estaba en Dios y era Dios, y se hizo carne en las entrañas virginales de María y puso su morada entre nosotros (cfr. Jn. 1,14), para hacer con los hombres —esclavos del pecado y de la muerte, y por eso mismo sometidos a «estructuras de pecado» (Sollicitudo rei socialis, 36)— un camino de liberación y de esperanza. Por eso murió en la cruz «dando su vida como rescate por muchos» (Mt. 20,28) y enseñándonos que «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn. 15,13). Es el Cristo de la Encarnación, el que asumió la fragilidad de nuestra carne y se comprometió a quedarse para siempre con los hombres. «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros… Esta es mi sangre que es derramada por vosotros» (Cfr. Lc. 22,19-20). Es el Cristo de la Eucaristía: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final del mundo». Un cristiano pascual es alguien en quien vive, se trasparenta y se comunica Jesús. Pero en lo cotidiano de su existencia, en la serena e irrompible unidad de una fe coherente, comprometida con los valores evangélicos de la libertad, de la justicia, del amor.

Un cristiano pascual —en comunión profunda con Cristo, el Profeta enviado por el Padre para anunciar y realizar la salvación— anuncia proféticamente, desde el corazón de la Iglesia, las maravillas obradas por Dios y la llegada de su Reino, al mismo tiempo que denuncia con la libertad y el coraje del Espíritu de Pentecostés todo lo que se opone a la plena experiencia y realización de ese Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz (cfr. Prefacio de Cristo Rey). Un cristiano pascual es alguien que experimenta la fuerza irresistible del Apóstol: «Ay de mí, si no predicare el Evangelio» (I Cor. 9,16). Y siente la necesidad de penetrar simultáneamente en el Cristo muerto y resucitado y en la realidad del hombre; de penetrar los nuevos signos de los tiempos y de anunciar a los pobres la Alegre Noticia del Reino. Es la urgencia de una «nueva evangelización» en la que los fieles laicos tienen una responsabilidad muy especial como partícipes en la función profética de Cristo. A esta «función profética de la Iglesia, pertenece también la denuncia de los males y de las injusticias. Pero conviene aclarar que el anuncio es siempre más importante que la denuncia«. (Sollicitudo rei socialis, 41).

Cuando hablo de «cristianos pascuales» no hablo de una categoría privilegiada de laicos; hablo simplemente de la experiencia fundamental de todo bautizado en cuyo interior el Espíritu grita «Abbá, Padre». Porque todo bautizado en Cristo «ha revestido a Cristo» (cfr. Gal. 3,27). Es importante tenerlo presente porque, cuando hablamos de los fieles laicos o de espiritualidad laical, solemos enseguida pensar en un reducido núcleo de laicos privilegiados que pertenecen a movimientos, grupos o asociaciones, o casi exclusivamente en aquellos laicos que juegan un papel decisivo en la comunidad eclesial o en la civil; los que llamamos «laicos comprometidos». Y en verdad que tenemos urgente necesidad de pensar en su especial formación y espiritualidad. Pero cuando hablamos de «espiritualidad laical» (de «vida según el Espíritu») o de «cristianos pascuales» debemos pensar, quizás con más necesidad, en aquella multitud de bautizados —en quienes el Espíritu Santo plantó con el sacramento la semilla de la santidad— pero quizás no saben leer (no han tenido oportunidad de aprenderlo), no tienen posibilidad de contacto con un sacerdote, una religiosa o un catequista. Pienso en los campesinos, en los indígenas, en los pobres de todo tipo. ¿Cómo ayudarlos a que sean conscientemente «cristianos pascuales»? ¿Cómo hacer que la Eucaristía —que no pueden tener por largas semanas o meses— sea también para ellos «como la consumación de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos» (cfr. S. Tomás, 3, 73, 3c).

El tema de la espiritualidad laical, juntamente con el de la formación, ha sido uno de los temas más exigidos y presentes en el último Sínodo de los obispos;; exigidos, sobre todo, por los mismos cristianos laicos que participaron activamente en este grande acontecimiento eclesial. La idea central ha sido siempre «una eclesiología de comunión misionera». En la presentación de mis reflexiones deseo seguir el esquema de la Homilía del Santo Padre en la Misa de la clausura del Sínodo: Iglesia – Misterio, Iglesia – Comunión, Iglesia – Misión. Coincide substancialmente con el esquema de la Relación Final del Sínodo Extraordinario del 1985.

I.- Iglesia – Misterio

(Cristo – Bautismo – Santidad)

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn. 6,51).

¡La vida! El pan vivo, la vida para siempre, la vida del mundo… Cristo es la Vida (cfr. Jn. 14,6) y ha venido para eso: «para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn. 10,10). ¡Cómo resuenan estas palabras y esta promesa hoy, en nuestro continente marcado por la injusticia, la violencia y la muerte! ¡Cómo resuenan en el mundo entero tan martirizado por la cultura de la muerte! Queremos la vida en su integralidad, en su unidad, en su plenitud: vida corporal y espiritual, vida personal y comunitaria, vida del tiempo y la eternidad. Jesús es «el pan vivo».

Si queremos hablar de la «vida espiritual» del cristiano laico —como de todo cristiano— tenemos que comenzar necesariamente por Cristo que es «nuestra vida» (cfr. Col. 3,4) y por el Espíritu Santo que es «Señor y da la vida». El bautismo —por el agua y el Espíritu (cfr. Jn. 3,5)— nos introduce en la muerte y la resurrección de Cristo (cfr. Rom. 6, 3 sgs.); a partir de allí seremos los portadores de la fecundidad de la cruz y los testigos de la esperanza pascual. Entramos a formar parte de los hijos de Dios, de la familia del único Padre, de los verdaderos hermanos de Jesús y de los hombres, de los auténticos testigos de la vida y de la Pascua, testigos serenos y ardientes de cruz pascual, de fraternidad universal, de alegría en la esperanza.

Los Sacramentos de la iniciación cristiana —bautismo, confirmación, eucaristía— marcan esencialmente el itinerario espiritual del cristiano laico. Son sacramentos de una comunión cada vez más íntima y profunda con Dios (la Eucaristía es como la consumación de la vida espiritual), de progresiva configuración con Cristo. Comer el Cuerpo del Señor —nos enseña San Agustín— es dejarnos transformar por El; beber su Sangre es fortalecernos para el martirio. Nadie es verdaderamente cristiano sin esta disponibilidad para el martirio, porque nadie es cristiano si —por la carne y la sangre de Jesús, pan vivo bajado del cielo— no se deja transformar en «testigo fiel», capaz de «dar la vida por sus amigos».

Lo primero en el cristiano laico —lo subrayó fuertemente el último Sínodo— es su «ser mismo de cristiano», de creyente, de fiel, de discípulo del Señor. El acontecimiento esencial y primero —que lo marca con el sello de Cristo, sacerdote, rey y profeta, y lo hace miembro activo de la Iglesia, Pueblo de Dios— es el bautismo. El Bautismo lo ordena esencialmente a la Eucaristía. En tanto lo introduce en la comunión con Cristo, en cuanto lo destina, por la intención de la Iglesia, a la Eucaristía (Santo Tomás). El Bautismo es el principio y la fuente de la vida espiritual, exigencia constantemente renovada de santidad. La Eucaristía nutre y reaviva el deseo de santidad en el cristiano laico (como en todo cristiano) y le hace sentir esta doble responsabilidad y urgencia de su vida espiritual:

a) crecer cotidianamente en Cristo por la fe, la esperanza y la caridad (dejarse asimilar y transformar por Cristo); una fe que es fidelidad y compromiso, una esperanza que es confianza y camino, una caridad que es contemplación y servicio;

b) hacerse evangélicamente presente en las realidades cotidianas de su familia, su trabajo, su profesión, su responsabilidad social y política. Es allí donde debe vivir, con sencillez y alegría, su fidelidad de bautizado laico. La confirmación ha ahondado en él la comunión con Cristo y la responsabilidad de ser testigo de su resurrección en el mundo. La Eucaristía le dará fuerza y transparencia para ese testimonio. La Eucaristía —sacramento de la Nueva Alianza— hace particularmente presente y fecunda la gracia de otro Sacramento de Alianza que sella la mayoría de los cristianos laicos: el Sacramento del Matrimonio.

Ahondamos un poco más en algunos aspectos del cristiano laico, insertado en Cristo por el Bautismo y colocado por vocación divina en la inmediatez concreta de las realidades temporales: el discípulo, el testigo, el servidor. Todo desde la perspectiva de la Eucaristía.

El discípulo: «La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos» (Jn. 15,8). El Señor llama a los que El quiere, para que estén con él y para enviarlos a evangelizar (cfr. Mc. 3,13-15). Lo esencial en el discípulo es escuchar el llamado, acogerlo por la fe, seguirlo en la disponibilidad de la entrega. En la radicalidad de las «bienaventuranzas evangélicas»: ser pobre y misericordioso, tener hambre y sed de justicia, saber cargar cada día la cruz del Maestro y seguirlo, comprometerse a trabajar positivamente por la paz. El discípulo de Jesús entra a formar parte de «la escuela de los discípulos», que es la Iglesia. En la comunidad de los creyentes irá creciendo su fe, su plena adhesión a la doctrina de los apóstoles, su comunión en la fracción del pan y las oraciones (cfr. Hechos 2,42). En la comunidad de los creyentes —»un solo corazón y una sola alma»— irá también percibiendo las necesidades de los pobres y aprenderá a compartir sus bienes. «Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos… No había entre ellos ningún necesitado» (Hech. 4,32- 35). Recordará la recomendación de la comunidad apostólica a San Pablo: «Sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero» (Gal. 2,10). Esta condición de discípulo del cristiano laico exige en él una permanente y esencial relación a la Eucaristía. Deberá seguir al Maestro hasta la cruz; la Eucaristía es la memoria y permanente actualización de la cruz. Deberá escuchar las exigencias cotidianamente nuevas del Maestro; las entenderá, sobre todo, y las acogerá cuando la comunidad de los creyentes se reúna para celebrar la Eucaristía. En ese momento —si la celebración de la Eucaristía es verdadera (cfr. I Cor. 11)— sentirá también el sufrimiento de los hermanos (su pobreza y su miseria, su hambre verdadera de pan y de Dios, de libertad y de justicia, de amor y de paz); y sentirá en su corazón la voz del Señor que, por un lado lo robustece en la Eucaristía, y por otro le manda: «dadles vosotros de comer».

El testigo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hechos 1,8). En el itinerario espiritual del cristiano laico alcanza una importancia particular la Confirmación que lleva a madurez la gracia bautismal de la filiación adoptiva. Es el momento de la profecía, de la opción vocacional y de la gozosa disponibilidad para el martirio. Por un lado la confirmación ahonda la comunión con Dios iniciada en el bautismo y abre horizontes de mayor capacidad y disponibilidad a los discípulos de Jesús para comprender y acoger su palabra. Mayor capacidad para trasmitirla, como testigos, en la coherencia de su vida cotidiana, en sus gestos sencillos y en su palabra profética. La Eucaristía dará coraje sobrenatural —verdadera fortaleza del Espíritu Santo— para ser auténticos profetas de los tiempos nuevos. El mundo de hoy ya no aguanta «las palabras»; sólo acepta y agradece la Palabra de Dios que se hace carne en la vida del testigo («lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos»; I Jn. 1,1-3) o se hace gesto, silencio, sufrimiento o pasión del Espíritu en la palabra serena y ardiente del profeta. Un profeta no sólo dice palabras o hace gestos, un profeta sufre y muere. Por eso los profetas no se inventan ni se improvisan; sólo el Espíritu Santo los consagra y el Señor los alimenta con el doble pan de la vida. «El que venga a mí, no tendrá más hambre y el que crea en mí, no tendrá nunca sed… Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo» (Jn. 6, 35,51). Por eso es tan importante que los discípulos y los testigos participen activamente en la Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía. Es decir, que participen en la integralidad unitaria de la celebración eucarística: el Pan de la Palabra y del Cuerpo del Señor (cfr. Dei Verbum 21).

El servidor: «os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn. 13,15). Es muy significativo el hecho que San Juan —el Evangelista del mandamiento nuevo del amor— no relate la Institución de la Eucaristía, ni del sacerdocio. Pero nos ofrece el texto de la «oración sacerdotal» y nos describe minuciosamente el contexto de la Institución de la Eucaristía: es un contexto de amor («habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo, Jn. 13,1) y de servicio: «Vosotros me llamáis «el Maestro y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn. 13,14). Cada año la Liturgia nos hace revivir este gesto en la Misa de la Cena del Señor: lavar los pies a unos pobres, a unos ancianos, a unos jóvenes. También cada año se descubren «nuevos pobres» («pobres los tendréis siempre entre vosotros») y modos nuevos —más actuales y profundos— de ayudarlos. No se trata simplemente de «compadecerse de los pobres» o de solidarizarse con su miseria: lo esencial es ayudarlos a salir de su pobreza. «Cristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros a fin de enriquecernos con su pobreza» (2 Cor. 8,9). Cuando se habla del cristiano laico como «servidor» es necesario tener presente estas tres cosas:

— asimilarnos profundamente al «Siervo del Señor» que se anonadó desde la encarnación hasta la obediencia de muerte y muerte de cruz (Fil. 2,5 sgs.); el último grado de anonadamiento es la Eucaristía;

— la disponibilidad a dar la vida: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt. 20,28); el modo permanente para Jesús de dar la vida es la Eucaristía hasta que nos dé la vida plena en la visión;

— reproducir en nuestra vida la sencillez y pobreza de María, Madre de Jesús y Madre nuestra, «la humilde servidora del Señor». En Ella y con Ella celebramos cotidianamente la Eucaristía.

II.- Iglesia – Comunión

(Alianza, amor, unidad, reconciliación, paz)

«Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hech. 2,42).

«La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» ( I Cor. 10,16-17).

Hablar de espiritualidad laical es hablar esencialmente de caridad, de unidad, de comunión: con Dios y con los hombres, en el interior de la comunidad eclesial y de la sociedad civil. No podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestros hermanos con quienes convivimos (cfr. I Jn. 4,20). Celebrar la Eucaristía es celebrar la Alianza de Dios con el hombre por la sangre de Jesús, «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre» (I Cor. 11,25); cada Eucaristía es un ahondamiento en la comunión con Dios, iniciada en el bautismo, que tiende a la comunión definitiva y la anticipa. La gracia es «semilla de gloria»; la Eucaristía es el gozoso preludio de la unidad consumada con la Trinidad. Nuestro itinerario espiritual —camino sacramental de santidad— va de comunión en comunión, desde el bautismo a la eternidad: el centro de esta comunión, mientras vivimos, es la Eucaristía. Y el fruto esencial de la Eucaristía es «la unidad del Cuerpo Místico» de Jesús. En la Relación Final del Sínodo Extraordinario de 1985 leíamos: «¿Qué significa la compleja palabra «comunión»? Fundamentalmente se trata de la comunión con Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta comunión se tiene en la Palabra de Dios y en los Sacramentos. El bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión de la Iglesia; la Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. La comunión del Cuerpo eucarístico de Cristo significa y hace, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia». Solemos decir que la Iglesia hace (celebra) la Eucaristía y que la Eucaristía hace (realiza) la Iglesia.

El Sínodo sobre los laicos insistió mucho en una «eclesiología de comunión». Yo anoto: de «comunión misionera».

Esta idea de una «eclesiología de comunión» —que es esencial en los Documentos del Concilio Vaticano II, como lo recordó el último Sínodo Extraordinario— fue central en los trabajos del Sínodo sobre la vocación y misión de los laicos. Sólo al interior de una eclesiología de comunión se puede entender la identidad del cristiano laico, su camino de santidad, sus exigencias de participación en la misión evangelizadora de la Iglesia, su formación, su espiritualidad. En la Homilía de clausura del último Sínodo el Papa nos decía: «La Eucaristía es la fuente y el culmen, el signo y la realidad, la constatación y la profecía de esta portentosa comunión de consanguinidad en la vida del Resucitado. La comunión del Cuerpo eucarístico de Cristo —de hecho— significa y produce, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cfr. Lumen gentium, 10 y 16)».

Cuando relacionamos la Eucaristía con la comunión, en relación especial con la espiritualidad laical, queremos subrayar particularmente estos aspectos:

a) la Eucaristía celebra esencialmente la Alianza de amor de Dios con el hombre que da origen al nuevo Pueblo de Dios: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre» (I Cor. 11,25). Es la verdadera realización de la promesa: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer. 31,33); «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez. 36,28). Esta Nueva Alianza —asegurada por la Ley interior del Espíritu— compromete nuestra fidelidad: a Dios y a nuestros hermanos;

b) la Eucaristía hace la comunidad cristiana como una fraternidad evangélica: la hace crecer en el amor, mejor aún, la hace posible como comunidad de amor en el Espíritu. Cuando la celebración de la Eucaristía es auténtica —y en ella los fieles participan «consciente, activa y fructuosamente» (Sacrosanctum Concilium 11)— la comunidad cristiana crece viva y operante. El corazón de una comunidad cristiana —orante, fraterna, misionera, comprometida y servicial— es indudablemente la Eucaristía;

c) la Eucaristía pone al cristiano laico de cara a Dios, en actitud de humildad, de gratitud, de adoración. Todo para «gloria de la Trinidad». Pero, al mismo tiempo, lo compromete para introducir los frutos de la Eucaristía (unidad, reconciliación, paz) en el mundo. Todo para la salvación integral, para la liberación plena del hombre y de todos los hombres; la Eucaristía engendra necesariamente la solidariedad humana y de los pueblos;

d) la Eucaristía sensibiliza a toda la Iglesia ante la situación de pobreza y de toda clase de miseria material, moral y espiritual. En el último Sínodo dijeron los Obispos: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidariedad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios» (Mensaje, 4). En su última Encíclica el Papa ha vuelto a hablar sobre «la opción o amor preferencial por los pobres. Esta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia» (Sollicitudo rei socialis, 42).

e) No se puede celebrar la Eucaristía si no es desde un corazón abierto a la comunión fraterna. Una comunidad desunida o enfrentada no puede celebrar «dignamente» la Eucaristía. San Pablo reprueba a los cristianos que se reúnen sin compartir su pan con los que «pasan hambre», mientras ellos comen primero su propia cena y se embriagan: «eso ya no es comer la Cena del Señor… En eso no os alabo» (I Cor. 11,20). La Eucaristía supone una disponibilidad total para el perdón y la acogida, para el servicio y la donación. Esto nos lleva a pensar en un sacramento indispensable para la celebración de la Eucaristía y la construcción de la comunidad eclesial y humana: la Reconciliación o Penitencia. «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti; deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda» (Mt. 5,23-24).

f) Lo anterior nos lleva a otra exigencia de la Eucaristía en la vida espiritual del cristiano laico: vivir a fondo las bienaventuranzas evangélicas, ser principalmente operadores de paz, instrumentos de reconciliación en la verdad y la justicia, hombres nuevos —libres, fuertes, hermanos— comprometidos a transformar el mundo desde adentro: sencillamente, cotidianamente, como luz, sal y fermento; la comunión con Cristo nos hunde en la comunión misionera con el mundo y nos compromete a realizar (ese es el sentido más profundo de «la misión» del laico) la comunión de toda la humanidad con Dios;

g) la idea de comunión eclesial en la vida espiritual del laico nos sugiere otra exigencia de la Eucaristía: la inserción real y concreta de los diferentes grupos, movimientos, asociaciones, en la Iglesia local, en sus necesidades y proyectos pastorales. La parroquia, la diócesis, deben ser siempre los espacios normales de crecimiento espiritual y apostólico de los laicos en torno a la Palabra y la Eucaristía del Obispo. Ese es en definitiva, el misterio de la iglesia particular en el que se realiza la Iglesia universal, la única Iglesia de Cristo (cfr. Christus Dominus 11); el Sínodo ha insistido en el valor de la parroquia como espacio de formación y de crecimiento espiritual; pero ha subrayado la vitalidad misionera de las comunidades eclesiales de base como expresión y espacio privilegiado de comunión eclesial.

h) Finalmente me gusta recordar que la Eucaristía es «pan entregado y sangre derramada por nosotros». Es esencialmente la ofrenda de Cristo al Padre: «para eso vine al mundo», para que los hombres fueran reconciliados con el Padre por la sangre de la cruz. Pero la Eucaristía es, también esencialmente, «el pan vivo bajado del cielo, la propia carne de Jesús para la vida del mundo» (cfr. Jn. 5). En el relato de San Pablo —que es el testimonio más antiguo de la Institución de la Eucaristía— Jesús nos dice: «Este es mi Cuerpo que se da por vosotros…» «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre» (cfr. I Cor. 11, 23-26). El Evangelista San Lucas concreta algo más: «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros… Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc. 23, 19-20). «Cuerpo que se da o es entregado, sangre que es derramada» por nosotros. Eso explica todo el misterio de Jesús, su encarnación, su vida y predicación, sus milagros, su pasión y su muerte, su resurrección, su ascensión a los cielos, la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Jesús es esencialmente el don del Padre: «Dios amó tanto el mundo que dio a su Hijo…» La Eucaristía es el don de Jesús a la Iglesia y al mundo: «no hay amor más grande que dar la vida…» Cuando Jesús parte el pan a los discípulos de Emaús, ellos lo reconocen por el gesto: «este es Aquel que se da, el que se dio una vez para siempre».

La Eucaristía —que se hace en nosotros comunión con la Trinidad y con los hombres— cambia totalmente al hombre; cuando entra en el cuerpo del cristiano lo hace necesariamente «ofrenda» y «don». Ofrenda al Padre, don a los hombres. En la gran Noche de la Vigilia Pascual —donde hemos celebrado el Misterio Pascual de Jesús y su actualización en el Bautismo y la Eucaristía— la Liturgia termina con esta bellísima oración: «infunde en nosotros, oh Padre, el Espíritu de tu caridad, para que nutridos con los sacramentos pascuales vivamos concordes en el vínculo de tu amor» (Oración después de la Comunión). Es el único modo de transformar el mundo y de construir juntos la nueva civilización del amor.

III.- Iglesia – Misión

«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc. 16, 15).

«El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (Lc. 4,18).

Ambos textos nos ponen en urgencia misionera y nos explican el modo: consagrados por el Espíritu (en el bautismo y la confirmación), nutridos con el Cuerpo del Señor en la Eucaristía, salimos para anunciar a todos los hombres (especialmente a los pobres, a los ciegos, a los oprimidos) la Buena Nueva de Jesús, la Palabra de Dios hecha carne en el seno de María, el Salvador del mundo, el Señor de la historia. «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado… fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (I Cor. 1,23-24). Es toda la exigencia y el dinamismo de la «nueva evangelización».

En la Eucaristía hemos «comido al Crucificado» (sabiduría y fuerza de Dios); hemos celebrado comunitariamente el Misterio Pascual de Jesús, nos hemos comprometido a anunciar la muerte de Jesús, a proclamar su resurrección, en espera de su venida; hemos vuelto a ser misteriosamente ungidos por el Espíritu de Pentecostés —que brota del resucitado presente en la Eucaristía y que es Espíritu de comunión y de fortaleza, de presencia y de servicio, de testimonio y de profecía— y ahora nos volvemos a poner en camino: en la monotonía del camino cotidiano, en la sacralidad del trabajo y del sufrimiento cotidiano, en la alegría del encuentro y del servicio cotidiano, en la serena e inquebrantable esperanza de la vuelta del Señor. La Eucaristía nos ha hecho fuertes para el camino, para dar sentido de eternidad a todo lo que hacemos y decimos, para seguir «haciendo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre» (Col. 3,17), mientras seguimos comprometidamente «aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador Nuestro Jesucristo» (Tito 2,13). La Eucaristía nos hace presente la eternidad (vivimos anticipadamente la escatología) y al mismo tiempo impide que nos evadamos del tiempo y de la historia.

La Eucaristía que hemos celebrado es «para la vida del mundo»; de ese mundo, herido por el pecado pero ya redimido en esperanza, que debe ser definitivamente transformado en Cristo (cfr. Rom. 8,18 sgs). La Eucaristía continúa en la coherencia de nuestra vida, en el compromiso concreto de nuestra fe, en la concretez de nuestra caridad. «Como yo lo he hecho, hacedlo también vosotros». Introduce en la historia de los hombres el fermento del amor y echa fuera la violencia.

La Eucaristía —pan vivo para la vida del mundo— nos pone en esencial y constante actitud misionera: ir, entrar en el mundo, cambiarlo. Toda la Iglesia, por el misterio de la Encarnación del Verbo, «posee una auténtica dimensión secular», recordaba el Papa al cerrar el último Sínodo citando una famosa frase de Pablo VI. Pero añadía enseguida: «La realización de esta dimensión secular, de por sí común a todos los bautizados, tiene una forma peculiar de actuación en el fiel laico. El Concilio la llamó «índole secular». Y nos decía esta frase tan significativa y comprometedora: «He aquí, entonces, al fiel laico lanzado hacia las fronteras de la historia: la familia, la cultura, el mundo del trabajo, los bienes económicos, la política, la ciencia, la técnica, la comunicación social…» etc. Es el mundo de las realidades temporales donde el cristiano laico vive cotidianamente su vocación a la santidad y busca transformar la historia.

Quiero sencillamente señalar tres cosas:

a) en la Eucaristía celebramos «el sacrificio» de Jesús, hacemos «memoria de su muerte». Esto nos impulsa a asumir nuestro propio sufrimiento y nuestra cruz, a hacernos profundamente solidarios con los sufrimientos, la cruz y la muerte de nuestros hermanos. Prolongamos los frutos de la Eucaristía y preparamos la ofrenda victimal para la próxima Eucaristía. Todo en un clima de pascua, es decir, de serenidad, de alegría y de esperanza. En cada Eucaristía ofrecemos el pan y el vino, frutos de la tierra y de la vid, pero frutos también del trabajo de los hombres; es toda la creación —la humanidad entera— que se ofrece al Padre;

b) en la Eucaristía celebramos «la presencia»de Jesús:

Jesús se hace real y corporalmente presente en la Eucaristía y permanece allí mientras duren las especies del pan y del vino. Jesús está allí. Es un modo sacramental y único de estar presente. Esto nos lleva a recordar dos exigencias:

— exigencia de adoración: como modo privilegiado de oración contemplativa; es un momento en que acogemos al Señor «en nuestra propia casa» ( cfr. Lc. 10,34); asimilamos en silencio su palabra y nos entregamos como ofrenda total y como don gozoso. De un momento de adoración, prolongado y silencioso, se sale más fuerte, más sereno, más comprometido; lástima que se haya perdido un poco el sentido de la adoración eucarística; quizás porque se lo consideró demasiado un momento intimista y desprendido de la realidad trágica y urgente de la historia;

— exigencia de «buscar y descubrir» al Señor. El encuentro con el Señor en la Eucaristía se realiza en la pura fe: «creo, Señor, pero aumenta mi fe». Esa misma fe nos lleva a descubrir otras presencias del Señor —reales, también, aunque no sacramentales— que comprometen nuestra vida, nuestro trabajo apostólico, nuestra madurez cristiana en la caridad. No me refiero ahora a las distintas presencias del Señor en la Liturgia (cfr. Sacrosanctum Concilium, 7), que retoma y describe maravillosamente Paolo VI en la «Mysterium Fidei» (cfr. M.F., Enchiridion Vaticanum, II, nn.421-424). Me refiero a otros tipos de presencia del Señor que el fiel laico descubre (o debe descubrir) desde la fe:

  • la presencia del Señor en su familia, en su trabajo, en su profesión. «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18,20). «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt. 28,20);
  • la presencia del Señor en los acontecimientos de la historia, aún los más humanamente contradictorios y absurdos; «Soy yo, no tengáis miedo» (Jn. 6,20);
  • la presencia del Señor en los pobres, en los enfermos, en los necesitados: «Cuánto hicisteis con uno de estos hermanos míos, más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt. 28,40).

c) en la Eucaristía celebramos «el sacramento» —signo y presencia real— del Resucitado. De allí parte la energía para una «nueva evangelización», hecha de una lectura evangélica de la historia, de una experiencia más profunda de Jesucristo, muerto y resucitado, de una pasión más ardiente del Espíritu de Pentecostés. Allí se contempla y adora la presencia del Cristo «anonadado» (encarnación, vida entregada, cruz, muerte , resurrección) y se toman fuerzas para asumir el sufrimiento de los hombres e introducir en ellos dinamismo de esperanza y de resurrección. Además «el sacramento» —presencia real, corporal y sustancial de Cristo entre nosotros— nos invita al cambio interior y produce en quienes lo recibimos una real «transformación»; sucede como con el pan y el vino de la consagración: quedan las «apariencias», pero la realidad es Cristo (también en nosotros, la Eucaristía no quita nuestra apariencia humana, pero la realidad substancial es Cristo).

Conclusión

«Señor, danos siempre de ese pan» (Jn. 6,34). Es el grito de los hombres, de la Iglesia, de los cristianos laicos.

«Pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo», la Eucaristía introduce profundamente en nosotros a Cristo, «nuestra Vida», y obra la plena comunión con Dios a la que fuimos llamados; pero para que, transformados en Cristo, seamos portadores de la Vida de Cristo al mundo.

«Cuerpo entregado, sangre derramada», la Eucaristía nos hunde en el misterio de la Nueva Alianza —de la perfecta e indestructible comunión con la Trinidad— que hace cotidianamente a la Iglesia como «comunión misionera» (es decir: como comunión de hermanos, en el Hijo por el Espíritu Santo), la introduce en lo cotidiano de la historia para preparar «los cielos nuevos y la tierra nueva donde habitará la justicia». En esta irrompible comunión de amor —»un solo corazón y una sola alma», porque «todos hemos participado de un mismo pan»— cada uno experimenta la irresistible necesidad de hacer de su vida una ofrenda radical a Dios y un don gozoso a sus hermanos.

«Anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva». Comer el Cuerpo del Señor —celebrar auténticamente la Eucaristía— es comprometer y hacer segura nuestra profecía de esperanza. El Papa nos urge a una «nueva evangelización»; el mundo espera verdaderos profetas y testigos, comunidades auténticas de discípulos de Jesús (que conviven comunitariamente con El y evangelizan); espera una «Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres» (Med. 5, 15). Hace 20 años la Iglesia en América Latina se comprometió así con el Señor. Lo reiteró después en Puebla, de una forma más orgánica y profunda. Y por eso comenzó a sentirse una Iglesia viva, operante, creíble. La Iglesia de la Pascua (anonadada, pobre y perseguida, pero llena de esperanza): la Iglesia del Espíritu de Pentecostés, la Iglesia de la Eucaristía, la Iglesia de Maria. En Ella —que nos dio la carne y la sangre de la Eucaristía— ponemos nuestra confianza y comprometemos nuestra disponibilidad. «Ave verum corpus natum de Maria Virgine».

Vocación y Misión del Laicado

Madrid, 7 de abril de 1986

Deseo comenzar con dos textos -uno de la Sagrada Escritura y otro del Concilio- que siempre me han impresionado y que nos pondrán enseguida en un clima de sencillez, de fraternidad y de contemplación. Porque no quiero hacer una conferencia -el título me resulta demasiado pretencioso-, sino ofrecer simplemente algunos puntos de reflexión sobre la vocación y la misión del laicado hoy a veinte años del Concilio, y en particular de la promulgación del Decreto Apostolicam Actuositatem.

Ambos textos nos ubican en un clima de testimonio pascual que hemos vivido intensamente en estos días, clima que debe ser el normal y cotidiano de los verdaderos discípulos de Jesús: aquellos que viven, en las comunes condiciones de la vida, la profunda experiencia del Misterio Pascual de Jesús y por eso saben transmitir con espontaneidad, en su casa y en su trabajo, el gozo de las bienaventuranzas. Cristianos nuevos, cristianos pascuales, amigos de Dios y profetas de esperanza.

San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: Vosotros sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones (2 Co 3,3).

La Lumen Gentium termina toda la teología sobre el laicado expuesta en el capítulo 4º con esta hermosísima expresión: “Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y un signo del Dios vivo” (L.G. 38). ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de hoy de poder leer una verdadera carta de Cristo en la persona y los gestos comunes de cada cristiano! ¡Y cuánta necesidad de experimentar la cercanía de testigos ardientes del Resucitado -testigos, por eso, de una esperanza inquebrantable-, señales concretas de un Dios viviente!: Yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho (Mt 28,5). El apóstol comienza siendo una profunda experiencia de Jesús resucitado y una normal comunicación a los demás de lo que ha visto y tocado: María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que Él le había dicho esas palabras (Jn 20,18).

Quiero hacer todavía tres observaciones previas:

a) Una relectura del Decreto Apostolicam Actuositatemtiene que ser hecha desde la situación dramática y esperanzadora que vive la historia, tratando de discernir en el espíritu los nuevos signos de los tiempos y buscando con realismo evangélico cuáles son “las circunstancias actuales” que “piden un apostolado seglar más intenso y más amplio” (A.A. 1). Siempre es verdadero que “la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado” (A.A.2) y que “el apostolado de los seglares, que brota de la esencia misma de su vocación cristiana, nunca puede faltar en la Iglesia” (A.A. 1). Podemos preguntarnos si esta conciencia se ha hecho más clara y comprometida; podemos también preguntarnos si el apostolado de los laicos se ha realizado en su dimensión esencial de edificar la comunidad eclesial y de construir la sociedad temporal; podemos finalmente preguntarnos cuáles son hoy los espacios más urgentes para un apostolado laical y cuál es el estilo nuevo para una nueva evangelización de la cultura.

b) Una relectura del Decreto Apostolicam Actuositatem tiene que ser hecha desde la armónica profundización de otros textos conciliares, particularmente Lumen Gentium y Gaudium Spes, pero también Dei Verbum (que fue providencialmente promulgado el mismo día que la Apostolicam Actuositatem) y Sacrosanctum Concilium. Cumpliríamos así lo que los obispos nos han pedido en el reciente Sínodo Extraordinario: “Hay que atribuir especial atención a las cuatro Constituciones mayores del Concilio, que son la clave de interpretación de los otros Decretos y declaraciones” (R.F. 1,5).

c) Esto nos lleva a la tercera reflexión preliminar: no podemos releer la Apostolicam Actuositatem sino desde el contexto de la Relación Final del Sínodo Extraordinario: “La Iglesia, a la luz de la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo”. Estánresumidas aquí las cuatro Constituciones que son como los cuatro grandes pilares del Concilio. De esta reflexión final quiero ahora subrayar tres fases que animan y comprometen nuestra esperanza. Los obispos escriben: “Hemos celebrado unánimemente el Concilio Vaticano II como una gracia de Dios y un don del Espíritu Santo” (R.F. 1, 2). “No se puede en modo alguno afirmar que todo lo que ha sucedido después del Concilio, haya ocurrido a causa del Concilio” (R.F. 3). “Por ello, hemos determinado seguir avanzando por el mismo camino que nos indicó el Concilio” (R.F. 1,2).

Siguiendo las líneas de la Relación Final quiero proponer tres puntos de reflexión sobre la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo hoy, siempre desde el Decreto Apostolicam Actuositatem: los laicos en una eclesiología cristocéntrica y trinitaria, los laicos en una eclesiología de comunión, los laicos en una eclesiología de salvación.

I. Los laicos en una eclesiología cristocéntrica

El primer punto en que insiste el Decreto conciliar sobre el apostolado de los laicos es su referencia esencial a Cristo: “el deber y el derecho del laico al apostolado deriva de su misma unión con Cristo Cabeza. Insertos por el Bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo  el que los destina al apostolado. Son consagrados como sacerdocio real y nación santa para ofrecer hostias espirituales en todas sus obras y para dar testimonio de Cristo en todo el mundo” (A.A.3). Es decir, el laico debe sentirse llamado por Cristo, consagrado por el Espíritu, para anunciar a los hombres la Alegre Noticia de Jesús. No somos nosotros los que hemos elegido a Jesús; es Él quien nos ha elegido a nosotros (Cfr. Juan 15) para que seamos testigos de la resurrección del Señor (Cfr. Hech. 1,8). Nuestro apostolado está directamente unido a Cristo, por la mediación de su Iglesia, para la salvación del mundo. Los tres términos son inseparables para la vida y la misión del laico: Cristo, la Iglesia y el mundo. Cuando el Decreto Apostolicam Actuositatem habla de la espiritualidad del laico, recuerda lo siguiente: “Cristo, enviado por el Padre, es la fuente y origen de todo el apostolado de la Iglesia. Es, por ello, evidente que la fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital de los seglares con Cristo” (A.A.4).

El Sínodo Extraordinario recuerda que la Iglesia es, ante todo, el Misterio de Cristo. Por haberla vaciado de su contenido esencial, Cristo, la Iglesia dejó de ser para muchos -en especial para los jóvenes- “luz de los pueblos”. “La Iglesia se hace más creíble, si hablando menos de sí misma, predica más y más a Cristo crucificado y lo testifica con su vida” (R.F. II, A, 2). Esto es particularmente importante cuando se habla de los laicos cuya vocación y misión se definen desde su “ser en Cristo” para la salvación del mundo. La Iglesia es definida como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. La dimensión cristológica y trinitaria es esencial a la Iglesia si no queremos vaciarla de su contenido y su fuerza salvadora. Hoy más que nunca es necesario subrayar la identidad secular del laico, el cristiano que vive su propia vocación en el mundo y desde allí trata de santificar y transformar el mundo “desde adentro, a modo de fermento” (Cfr. L.G. 31). Pero la relación con Cristo es esencial; de lo contrario, caeríamos en el secularismo. “Toda la importancia de la Iglesia deriva de su conexión con Cristo” (R.F. II. A.3). Es necesario recordar la descripción que la Lumen Gentium hace del laico: un fiel incorporado a Cristo por el Bautismo, integrado en el pueblo de Dios y hecho partícipe, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, que ejerce en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano (Cfr. L.G. 31). La identidad integral del laico es dada por la coexistencia simultánea de estas tres notas esenciales: su ser en Cristo, su ser Iglesia y en la Iglesia, su ser en el mundo.

El Sínodo Extraordinario recuerda la primera definición conciliar de la Iglesia: “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (L.G.1). De aquí deriva la llamada universal a la santidad. “Hoy necesitamos fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos” (R.F. II, A. 4). Es interesante subrayar que la Apostolicam Actuositatem, después de haber puesto los fundamentos del apostolado seglar, pase enseguida a hablarnos de “la espiritualidad seglar en orden al apostolado”. Este punto es esencial: “la fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital de los seglares con Cristo” (A.A. 4). Es la aplicación concreta de la exigencia del Señor: “el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

Deseo ahora señalar algunos aspectos de la espiritualidadlaical:

a) Ante todo la permanente apertura y la disponibilidad a la acción del Espíritu Santo que habita en nosotros, nos conduce como a hijos y grita en nuestro corazón con gemidos inefables. Es el Espíritu de la unidad interior, particularmente necesario para el laico cuya vida tiene que moverse en forma simultánea en la esfera de lo divino y de lo humano; más aun, el único modo para él de estar en lo divino es insertarse profundamente en el ámbito de las realidades temporales; y el único modo auténtico de estar en lo humano es vivir serena y plenamente en Cristo: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí” (Ga 2,20). El Espíritu es el Espíritu de la Verdad que nos introduce en la verdad completa de Cristo, de la Iglesia, del hombre. Es el espíritu de la fortaleza y del coraje, el que nos desprende de las cosas temporales pero nos hace amarlas y vivirlas con intensidad creadora, el que nos impide que nos cansemos. Es el Espíritu que anima y robustece nuestra esperanza. Creo que es esencial para el laico, comprometido cotidianamente con las realidades temporales, dejarse conducir por el Espíritu Santo que nos une interiormente y que nos desprende y nos compromete al mismo tiempo.

b) El crecimiento continuo de las tres virtudes teologales: la fe con obras, el amor con fatigas y la esperanza en Nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia (1 Tes 1, 3). El decreto Apostolicam Actuositatem subrayaeldinamismo de las virtudes teologales. Es esencial que el laico mire al mundo desde la luminosidad de la fe: es el único modo de verlo en su realidad global. Desde la fe puede descubrir el ritmo de la historia y discernir a cada instante los permanentemente nuevos signos de los tiempos. La esperanza nos pone en constante tensión de los bienes definitivos; no nos arranca del tiempo, al contrario, nos ayuda a valorarlo en su densidad real y en su proyección a lo eterno. La caridad nos ayuda a vivir intensamente nuestro amor a Dios y al prójimo, nuestro sentido de adoración y de servicio. Nos pone, sobre todo, en una gozosa donación de nosotros mismos al servicio de los más necesitados: “tenía hambre y me disteis de comer… etc”. “La caridad de Dios que se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo que nos ha sido dado, capacita a los seglares para expresar realmente en su vida el espíritu de las bienaventuranzas” (A.A.4).

c) Uno de los aspectos esenciales de la espiritualidad laical es la oración, la contemplación. Es una de las exigencias fundamentales para conservar el equilibrio y mantener la esperanza. La contemplación nos entregará, cada vez más, una capacidad muy honda de comprender, de sufrir, de darnos incansablemente. No hay hombres más realistas que los contemplativos; no hay gente más equilibrada y serena que los que saben rezar. Pero no es fácil; para nadie, pero mucho menos aún para los que viven sumergidos en el mundo. El Maestro interior es siempre el Espíritu que grita en nuestro corazón: “Abba, Padre”. Hay que pedir con los Apóstoles: “Señor, enséñanos a orar”.

d) Una auténtica espiritualidad laical se nutre de estas dos fuentes de la Iglesia: la Palabra de Dios y los Sacramentos. Lo recuerda de un modo particular el Sínodo Extraordinario (R.F.II.B). Hace falta penetrar cotidianamente la Palabra de Dios y participar en forma activa de la Eucaristía.

e) Finalmente, hace falta intensificar el amor filial a María Santísima. El decreto nos recuerda: “El modelo perfecto de esta espiritualidad apostólica es la Santísima Virgen María, reina de los Apóstoles, la cual, mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador” (A.A.4).

II. Los laicos en una eclesiología de comunión

Vosotros sois el Cuerpo de Cristo (1 Co. 12,27).

Llama la atención la insistencia con que la Apostolicam Actuositatem recomienda el apostolado organizado “como signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo” (A.A. 18). La vocación y la misión de los laicos no tienen sentido sino desde una “eclesiología de comunión”. Ya dijimos antes que el laico tiene que vivir simultáneamente estas tres notas esenciales: ser en Cristo, ser Iglesia y en la Iglesia, ser en el mundo. Quiero ahora insistir en lo segundo: ser Iglesia y en la Iglesia. El laico nace en Cristo por el ministerio de la Iglesia y en el seno de una Iglesia. El crecimiento en Cristo por la santidad se realiza simultáneamente por una más profunda y viva inserción en la Iglesia y por una mayor presencia en el ámbito de las realidades temporales. La unidad irrompible de estas tres dimensiones es tal que cualquier desequilibrio puede traer sentido de frustración, de mediocridad o de aislamiento. El camino de santidad y de plenitud humana en el laico pasa siempre por el corazón de la comunidad eclesial -vive en ella y de ella- y por la generosidad en el ámbito de las realidades temporales.

El Sínodo Extraordinario ha insistido fuertemente sobre esta “eclesiología de comunión”. “La eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio” (R.F. II. C.1). En definitiva, es toda la teología paulina del Cuerpo de Cristo (Rm 12, I Co 12) o la maravillosa teología bíblica del Pueblo de Dios. No hay que perder la riqueza de esta doctrina conciliar tan profundamente descripta en el capítulo II de la Lumen Gentium. “Desde el Concilio Vaticano II se ha hecho mucho para que se entendiera más claramente a la Iglesia como comunión y se llevara esta idea más concretamente a la vida” (R,F. II. C.1).

Quiero subrayar algunos aspectos y sacar algunas consecuencias de esta “eclesiología de comunión”:

a) Ante todo, la concepción misma de “comunión”. Quizás estos dos textos de la Escritura (uno de Juan y otro de Pablo) nos ayuden a comprender mejor la idea de comunión: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1 Jn 1, 3-4). La alegría del apóstol y evangelista Juan es ésta: que el testimonio y el anuncio de la Palabra de Vida -contemplada, tocada, gustada- lleve a producir, en los cristianos, una más íntima unión con la Trinidad y una más gozosa unidad en la comunidad eclesial. El otro texto es de Pablo: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10, 16-17). La idea central de Pablo es la misma que la de Juan: la comunión se realiza en Cristo (participando en su sangre y en su cuerpo) y esta comunión se manifiesta en la comunidad cristiana. Más aún, es el único modo de construirla. Es interesante subrayar que la misma idea vuelve -expresada en otra forma- en el capítulo II cuando Pablo nos narra la institución de la Eucaristía: “Cuando os reunís, pues, en común, eso ya no es comer la Cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga” (1 Co 11, 20-21). La Eucaristía supone una verdadera comunidad y hace la comunión de la Iglesia.

Esta primera descripción de la comunión -como unión con Cristo por los Sacramentos- es esencial para comprender una verdadera “eclesiología de comunión”. Vale la pena citar un largo texto de la Relación Final: ¿Qué significa la compleja palabra comunión? Fundamentalmente se trata de la comunión con Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta comunión se tiene en la Palabra de Dios y en los Sacramentos. El Bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión de la Iglesia”. (Podríamos completar con las palabras de Pablo: “porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un solo Espíritu”: 1 Co 12, 113). Prosigue el texto sinodal: “La Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana. La comunión del Cuerpo eucarístico de Cristo significa y hace, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia” (R.F. II. B. 1).

Quiere decir que la comunión no es primariamente una estructura, sino una profunda realidad sacramental que expresa y comunica la vida trinitaria: comunión fecunda y cercana del Padre, del Hijo y del Espíritu que habitan en aquellos que guardan la Palabra de Cristo (Cfr. Jn 14, 23).Pero significa tambiénqueestaíntima realidad sacramental, fruto del Espíritu que habita en nosotros, tiene que manifestarse necesariamente en estructuras visibles de comunión y de participación en la Iglesia. La Iglesia es sacramento -signo e instrumento- de comunión.

b) Esto nos lleva a pensar, desde la perspectiva de la comunión eclesial, en la unidad de misión en la Iglesia. “Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión” (A.A. 2). En la Lumen Gentium leíamos: “Por tanto, el Pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: un Señor, una fe, un Bautismo. Es común la dignidad de los miembros que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de filiación; común la llamada a la perfección… Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo” (L.G. 32). Quiere decir que los laicos no son simplemente invitados al apostolado: tienen deber y derecho de ejercer en la Iglesia su función sacerdotal, profética y real. El apostolado no es para ellos facultativo o provisorio: se es apóstol en la medida en que se es cristiano. “Los seglares, por su parte, al haber recibido participación en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les atañe en la misión total del Pueblo de Dios” (A.A. 2).

Es verdad, sin embargo, que la misma y única misión evangelizadora de la Iglesia la realizan en modo distinto los pastores, los religiosos y los laicos. Pero es útil y necesario subrayar la unidad de la misión, que se basa en la unidad sacramental con Cristo y la Iglesia.

c) Una tercera consecuencia, de orden humano y pastoral, de esta “eclesiología de comunión” es la relación entre los laicos y los pastores. Se ha avanzado bastante, pero todavía queda mucho por hacer. Todavía hay demasiada desconfianza hacia los seglares, se les desconoce su legítima autonomía en el ámbito de las cosas temporales, se tiene miedo a su palabra y a su profecía. Queda todavía demasiado “clericalismo” por ambas partes: o por desconfianza de los pastores o por búsqueda cómoda de excesivo tutelaje y proteccionismo de los laicos. Falta en muchas ocasiones la palabra profética de los laicos, es verdad que tienen que vivir en plena comunión con los pastores y recibir de ellos la iluminación magisterial que por oficio les compete en nombre del Señor, pero es verdad también que “Cristo, el gran Profeta” cumple su misión profética, no sólo a través de la Jerarquía, “sino también por medio de los laicos, a quienes consiguientemente constituye en testigos de la fe y de la gracia de la palabra para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social” (L.G. 35). El Concilio insiste en una relación humana-pastoral en la línea de una verdadera paternidad, fraternidad y amistad. Una “eclesiología de comunión” exige un tipo de relación entre pastores y laicos que yo llamaría sacramental y humana. La Relación Final nos dice: “A partir del Concilio Vaticano II hay felizmente un nuevo estilo de colaboración en la Iglesia entre laicos y clérigos. El espíritu de disponibilidad con que muchísimos seglares se han ofrecido al servicio de la Iglesia, debe contarse entre los mejores frutos del Concilio. En esto se da una nueva experiencia de que todos somos Iglesia” (R.F.II.C.6). Falta todavía indicar que la misma disponibilidad se exige en la conciencia de los pastores, para que reconozcan, respeten y animen la función específica e irremplazable de los laicos en la Iglesia. Mientras la Lumen Gentium recuerda: “Saben los pastores que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar a los fieles y reconocer sus servicios y carismas de tal suerte que todos, a su modo, cooperan unánimemente en la obra común”(L.G. 30), la Apostolicam Actuositatem nos dice palabras más claras: “Los seglares tienen su parte activa en la vida y en la acción de la Iglesia, como partícipes del oficio de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey. Su acción dentro de la comunidades de la Iglesia es tan necesaria, que sin ella el propio apostolado de los pastores no puede conseguir la mayoría de las veces plenamente su efecto” (A.A. 10).

d) Uno de los aspectos de esta “eclesiología de comunión” es la participación efectiva de los laicos en las estructuras de comunión: consejo pastoral diocesano y parroquial. Quizás sea éste el mejor camino para expresar y ahondar plenamente la comunión eclesial. Por exigencia de comunión, los laicos tienen que participar en la elaboración, en la ejecución de los proyectos -por mejor disponibilidad que tengan- no participan plenamente en la misión salvífica de la Iglesia, ni ayudan a crear una verdadera “eclesiología de comunión”. Los laicos deben ser la voz del mundo en el corazón de la Iglesia; lo cual supone para ellos la responsabilidad de discernir en las realidades temporales y el derecho y el deber de transmitir, con veracidad y coraje, el fruto de su discernimiento a la comunidades eclesiología. Cuando habla de la formación, el Decreto Apostolicam Actuositatem nos dice: “El seglar se incorpora profunda y ardorosamente a la realidad misma del orden temporal y acepta participar con eficacia en los asuntos de esta esfera, y al mismo tiempo, como miembro vivo y testigo de la Iglesia, hace a ésta presente y actuante en el seno de las realidades temporales” (A-A. 29).

e) Por último, quiero señalar muy brevemente los organismos de coordinación y comunión que se van creando, con mucho fruto y mayor promesa, en algunas partes. Se trata de los Consejos nacionales, diocesanos y parroquiales de laicos. No es lo mismo que los Consejos pastorales. Tampoco coincide con las Comisiones Episcopales para laicos. Se trata de organismos fundamentalmente laicales, en íntima comunión con los pastores, cuya finalidad sería coordinar los esfuerzos de tantas asociaciones y movimientos y el apostolado de tantos laicos que no pertenecen de modo explícito a grupos apostólicos. Hoy es particularmente necesario esto, cuando el Espíritu de Dios ha suscitado en la Iglesia una variada y rica manifestación de nuevas asociaciones y movimientos. Hace falta coordinarlos y ayudarlos a integrarse plenamente en la comunión eclesial. Creo que esto también pertenece a una auténtica “eclesiología de comunión”.

III. Los laicos en una eclesiología de salvación

La cuarta parte de la Relación Final del Sínodo Extraordinario está dedicada -lamentablemente no en extenso a la “misión de la Iglesia en el mundo”. Comienza así: “la Iglesia como comunión es sacramento para la salvación del mundo” (R.F.II.D.1). Sería la parte que más interesa a los laicos porque define particularmente su vocación y misión en la Iglesia. Toda la Iglesia es enviada al mundo para reconciliarlo con el Padre. Toda la Iglesia es un Cristo “Sacramento universal de salvación”.

Pero es cierto que “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (L.G. 31). Lo específico del laico es su “ser en el mundo”, inseparablemente unido a su “ser en Cristo” y a su “ser Iglesia y en la Iglesia”. Que se me permita insistir en esta unidad y simultaneidad de los tres aspectos que componen la identidad del laico. El laico vive la vocación a la santidad y su dimensión eclesial desde el interior del mundo, “a modo de fermento”. La tarea apostólica la realiza el laico particularmente en el mundo -con corazón de Iglesia y como discípulo de Cristo- tratando “de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios” (L.G. 31).

El decreto Apostolicam Actuositatem sintetiza el apostolado de los laicos en estas dos líneas: de evangelización y de renovación del orden temporal. Volveré después a la evangelización. Quiero ahora recordar esta frase del Decreto: “los seglares acepten como obligación propia el instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden, dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana” (A.A. 7).

Deseo ahora insistir en algunos puntos:

a) El apostolado de los laicos -como su vocación y misión en general- se sitúa en la relación Iglesia-mundo. Son los laicos “los hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y los hombres del mundo en el corazón de la Iglesia”. Los laicos son, por definición, los profetas de Dios en el mundo, y son la voz del sufrimiento del mundo para la Iglesia. Pero se trata de una relación salvífica, de redención, de transformación en Cristo del mundo de las realidades temporales, de ayudar a construir una “humanidad nueva”, una “nueva sociedad” más justa, más humana, más cristiana. Esto evitaría un fácil encandilamiento frente a las realidades temporales y una superficial contemplación del mundo que nos llevaría a “evacuar la cruz de Cristo” y a vaciar de contenido cristiano y eclesial nuestro apostolado. Lamentablemente esto ha pasado con muchos laicos comprometidos y con algunas asociaciones católicas. Un optimismo fácil y superficial nos hizo olvidar la realidad del mal y del Maligno. Es preciso mirar al mundo desde la fe y el dinamismo transformador de la esperanza cristiana: hemos sido redimidos en esperanza, pero la creación entera sigue todavía gimiendo como en dolores de parto hasta que el Señor vuelva y se manifieste definitivamente la gloria de Cristo sobre los hombres (Cfr. Rm 8, 18-25). Sólo entonces -cuando el último enemigo, que es la muerte, haya sido vencido- Cristo entregará el reino al Padre (Cfr I Co 15, 26-28).

b) Esto nos lleva a pensar en una teología de la cruz. Es extraño que el Sínodo Extraordinario haya introducido aquí una breve reflexión sobre este tema. Algunos sinodales habían pedido que de esto se hablara en la primera parte, cuando se habla del Misterio de Cristo en la Iglesia. Parecería más lógico. Sin embargo, me parece inspirado y providencial que se hable de cruz pascual cuando se mira al mundo. Creo que el don más original que la Iglesia puede ofrecer al mundo es la realidad central del Misterio Pascual de Jesús muerto y resucitado. Es en la cruz donde el Hijo nos reconcilió con el Padre, nos pacificó con su sangre y nos hizo un solo pueblo, un “Hombre Nuevo” en Jesús. Hoy hace falta que nunca predicar a Cristo crucificado -sabiduría y potencia de Dios- y asumir, en la cruz, la esperanza que nunca desfallece. Por un lado, se ilumina el misterio del sufrimiento humano -hoy tan dramáticamente multiplicado y experimentado-; por otro, se nos recuerda el amor de Aquel que dio la vida por sus amigos. Sólo a la luz del Misterio Pascual se entiende, se asume y se celebra el dolor de los hombres y nuestra cruz de cada día. Una Teología de la Cruz es esencialmente una teología de la esperanza. Nos dice la Relación Final del Sínodo: “Nos parece que en las dificultades actuales Dios quiere enseñarnos, de manera más profunda, el valor, la importancia y la centralidad de la cruz de Jesucristo. Por ello, hay que explicar, a la luz del Misterio Pascual, la relación entre la historia humana y la historia de la salvación… Cuando los cristianos hablamos de la cruz… nos colocamos en el realismo de la esperanza cristiana” (R.F. II. D.2).

c) La primera actitud del laico, inmerso en el mundo por maravillosa voluntad de Dios y único camino de santidad, es descubrir los nuevos signos de los tiempos. No es fácil para quien vive la nerviosidad del tiempo y la angustiosa precipitación de cambios rápidos, profundos y universales. Aquí hace falta pobreza y contemplación. La pobreza nos pone en camino de búsqueda y de escucha(necesidad de los otros); la contemplación nos abre el secreto de las cosas y los hombres y nos da una capacidad muy honda de descubrir y valorar lo esencial (necesidad de Dios). ¿Cuáles son estos signos nuevos? Creo que hay que buscarlos comunitariamente. Entre tanto la Relación Final del Sínodo Extraordinario -que ya nos había señalado como signo nuevo de los tiempos el “secularismo”- nos dice ahora que “los signos de nuestro tiempo son parcialmente distintos de los que se daban en tiempo del Concilio, habiendo aumentado las angustias y ansiedades. Pues hoy crecen por todas partes el hambre, la opresión, la injusticia, la guerra, las torturas y el terrorismo, así como otras formas de violencia de cualquier parte” (R.F.II.D.1). Podríamos añadir a esto el descubrimiento del pobre como sacramento de Cristo y la opción preferencial por los pobres que hoy hace la iglesia en virtud del mandato y del ejemplo de Cristo.

d) Quiero, para terminar esta parte, subrayar la novedad y la especificidad de la evangelización hecha por parte de los laicos. Pertenece a la esencia de su misión, porque pertenece a la esencia de la misión de Cristo y su Iglesia. El Decreto Apostolicam Actuositatem lo recuerda en primer lugar: “Son innumerables las ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación” (A.A. 6). Lo realiza por el testimonio de la vida y el anuncio explícito de Jesús con la palabra. “Tal evangelización -nos dice la Lumen Gentium- adquiere una característica específica y una eficacia singular por el hecho de que se lleva a cabo en las condiciones comunes del mundo” (L.G. 35). La Relación Final del Sínodo nos vuelve a recordar la urgencia de una auténtica evangelización: “La evangelización es la primera función no sólo de los obispos, sino también de los presbíteros y diáconos, más aún, de todos los fieles cristianos” (R.F.II.B.2).

 Entre la Apostolicam Actuositatem y el Sínodo Extraordinario del 85, se celebra el Sínodo Ordinario sobre la Evangelización (74). Hay pasos notables en la penetración del contenido, de los agentes y del estilo de la evangelización. Fruto de la III Asamblea General del Sínodo, es la magnífica Exhortación Apostólica de Pablo VI sobre la evangelización del mundo contemporáneo. Vale la pena recordar lo que Pablo VI escribe sobre los laicos: “Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización. Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial -ésa es la función específica de los pastores- sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas, escondidas pero a la vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas… etc” (E.N. 70).

Hoy se exige una nueva evangelización. En nuestra sociedad secularizada es urgente anunciar a “Cristo y a Cristo crucificado”. Toda la Iglesia -pero de un modo dramático e inmediato los laicos- siente la necesidad de una nueva evangelización: “nueva en el ardor, nueva en los métodos, nueva en la expresión”, dice el papa Juan Pablo II.

 Hay nuevos desafíos para la evangelización: evangelización de la cultura y de las culturas, evangelización del trabajo, evangelización de la familia, evangelización de los jóvenes por los jóvenes, evangelización de la paz, anuncio de la Buena Noticia de Jesús a los países pobres. Todo esto significa una particular interpelación a la Iglesia, pero de modo especial a los laicos cuya vocación y misión se desarrollan en el mundo de las realidades temporales. Hacen falta laicos, con vocación de santidad, llamados a transformar el mundo desde adentro, a modo de fermento, y a ser los verdaderos constructores de la sociedad y auténticos operadores de una paz que tenga sus raíces en la verdad y la justicia, en la libertad y el amor.

Conclusión

Tal vez esta larga exposición no haya respondido plenamente a las expectativas creadas por la enunciación del tema: significación, novedades y perspectivas que aportó el Decreto. He preferido releerlo a través de la Relación Final del último Sínodo Extraordinario: “La Iglesia, a la luz de la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo”.

Me pareció que así se subrayaba mejor la vocación y misión del laico: incorporado a Cristo, miembro de la Iglesia, insertado en el mundo. Y se subrayaban también las fuentes de la espiritualidad apostólica del laico, que son las fuentes mismas de la Iglesia: la Palabra de Dios y la Eucaristía.

Esta celebración del Decreto Apostolicam Actuositatem se hace en plena preparación del próximo Sínodo sobre la “Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, veinte años después del Concilio Vaticano II”. Es necesaria y urgente la participación de todos los laicos; pero, si queremos que el próximo Sínodo sea un verdadero Pentecostés para toda la Iglesia, creo que es indispensable centrar otra vez la reflexión sobre la Iglesia -Misterio de Cristo y Pueblo de Dios-. Sólo desde el interior de una auténtica “eclesiología de comunión” podremos comprender bien la vocación y misión del laico. Insisto también en lo siguiente: que no basta que los laicos se preparen para el Sínodo, hace falta, sobre todo, que la entera comunidad eclesial rece y reflexione sobre el tema. No basta que los laicos tomen conciencia de que son Iglesia. Es necesario que toda la Iglesia respete, promueva y anime esta conciencia. Sólo así tendremos laicos comprometidos que serán a un mismo tiempo ciudadanos del mundo, miembros de la Iglesia y testigos de Cristo. Ese es nuestro mejor augurio y nuestra más gozosa esperanza.

Enviados por Jesús para cambiar el mundo

Publicado en L’Osservatore Romano 13/1/1995. p.10 (22).

Al aproximarnos a la celebración de la Jornada mundial de la juventud, resuena con fuerza en nuestros oídos y en nuestro corazón la invitación de Jesús, de la que el Papa Juan Pablo II se ha hecho eco dirigiéndose a los jóvenes y a las jóvenes del mundo: “Como el padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21).

Consagrados en el bautismo, participando de las funciones de Cristo profeta, sacerdote y rey, todos los cristianos estamos llamados a formar la Iglesia, misterio de comunión misionera. No podemos separar estos dos aspectos indisolublemente unidos: la comunión y la misión. Cuanto más crece desde dentro (mediante la palabra y el sacramento) la comunidad eclesial, tanto más la Iglesia se hace misionera; y cuanto más la Iglesia, por la fuerza del Espíritu, vive en la comunidad de los hombres, tanto más crece interiormente como comunidad de fe, de esperanza y de amor. Jesús nos envía, en una Iglesia-comunión, para cambiar el mundo.

Enviados por Jesús

No somos nosotros quienes elegimos nuestra misión. Es el Señor que nos consagra y nos envía: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado a que vayáis y deis fruto, y un fruto que permanezca” (Jn 15,16). Es evidente que la convocatoria a una nueva evangelización y la urgencia eclesial del dinamismo misionero nos vienen de los desafíos de nuestro momento histórico, “dramático y magnífico” (cf. Christifideles laici, 3). Pero es necesario penetrar mediante la fe en una nueva y suplicante presencia de Jesús en la historia: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20,7); “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación” (Mc 16,15). Es el mismo Señor quien nos llama y nos compromete: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado; y profeta de las naciones te constituí” (Jer 1,5).

Hoy el Señor nos ha elegido y nos ha enviado. Las llamadas urgentes y esenciales no nos llegan simplemente de la Iglesia o de los cambios históricos. Nos llegan directamente de Jesucristo que nos habla en lo más íntimo, a través del Magisterio de la Iglesia y de las situaciones difíciles de los hombres. “Ve, yo te envío, yo estaré contigo” (cf . Ex 3,10.12). El Señor llama y envía hoy de una forma nueva y comprometedora.

Ser conscientes de que es Jesús quien envía supone vivir una intimidad indisoluble con él: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5); estar seguros de la presencia del Señor: “No temáis” (Mc 6,50); “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); moverse siempre en la óptica de la misión integral de Jesús, que envió a sus apóstoles “a proclamar el Reino de Dios y a curar… Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la buena nueva y curando por todas partes” (Lc 9,2.6).

En una Iglesia-comunión

Nos entusiasma el hecho de ser una Iglesia que esencialmente es misterio de comunión misionera, pero tenemos que sacar las consecuencias de esto y, sobre todo, llevarlas a la práctica. El que la Iglesia sea misterio significa una referencia esencial a Jesucristo y, por él, a la Trinidad. La Iglesia no es una simple institución democrática, ni reproduce simplemente un modelo humano; sobre todo es un icono de la Trinidad: ha sido constituida sobre el modelo de la comunión trinitaria y lo comunica. El fin último de la Iglesia es la comunión definitiva con la Trinidad: el camino es Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Por eso, cuando se habla de Iglesia-comunión, es necesario hacer la referencia esencial a Jesucristo: la Iglesia es “Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria” (Col 1,27).

Pero la comunión exige la participación activa de todos los fieles en la edificación de la Iglesia y en la construcción de la sociedad humana. Es un derecho-deber sacramental, radicado en el bautismo, en la confirmación y en la participación en la Eucaristía, y no simplemente una delegación de funciones. Cada cristiano tiene el deber-derecho irrenunciable de evangelizar: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor 9,16).

En nuestro tiempo, sobre todo, se les pide a los cristianos que asuman con generosidad el protagonismo de la nueva evangelización. Una de las exigencias de la Iglesia-comunión, que podremos experimentar más directamente en Manila, es la apertura ecuménica hacia otras confesiones cristianas y la colaboración y diálogo de vida con las grandes religiones (budismo, hinduismo, islam), difundidas en la mayor parte de los pueblos asiáticos. Esta apertura exige de nosotros un gran respeto y un gran esfuerzo de conocimiento serio de sus enseñanzas, una colaboración de testimonio y trabajo para la construcción de una nueva sociedad, siempre sobre la base de una perfecta fidelidad al espíritu de las bienaventuranzas evangélicas y a la irrenunciable misión de proclamar abiertamente la buena noticia del reino de Dios hecho ya presente en la persona de Jesús y en el misterio de la Iglesia.

Para vivir una Iglesia de comunión misionera es necesario tener una unión profunda entre la fe y la vida, para que el compromiso en la existencia cotidiana nazca de una profunda experiencia evangélica. Hay que evitar el doble riesgo de vaciar la fe o de desencarnar nuestro mensaje. Para eso es necesario vivir una espiritualidad auténtica que lleve a un camino de santidaden la cotidianidad de la vida y de la acción, haciendo vivir concretamente las bienaventuranzas y la sinceridad del amor.

Para cambiar el mundo

Jesús ha venido al mundo para hacer nuevas todas las cosas. “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). Jesús coloca a su Iglesia en esta misma dimensión misionera y redentora. Su misión en el mundo es anunciar, preparar y esperar “nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia” (2 Pe 3,13). Precisamente por esto se necesitan “hombres nuevos, creados según Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (cf. Ef 4,24; Col 3,9-11). Para los fieles laicos –y en esta hora sobre todo para los jóvenes – es urgente vivir y expresar la radical novedad cristiana que deriva del bautismo (cf. Chl, 10).

Profundamente insertados en Cristo, hechos miembros vivos de una Iglesia-comunión misionera, los cristianos están invitados cotidianamente por Jesús, en su Iglesia, a transformar el mundo. “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21). Las palabras de la oración sacerdotal de Jesús son válidas para todos los discípulos: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo… No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno” (Jn 17,18.15).

Todo nace de una doble predilección de Jesús: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros” (Jn 15,9) y “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21). El Señor nos elige y nos destina para ir y llevar fruto en abundancia: éste es el único modo de ser discípulos. Pero para llevar fruto hay que permanecer en él y permitir que él permanezca en nosotros (cf. Jn 15,5-8).

En la celebración de la Jornada mundial de Manila, guiados por la mano del Papa Juan Pablo II, Dios, Padre y creador de todos, nos confirme en su amor y en su esperanza, nos colme de gozo y de paz (cf. Rm 15,13) y nos lleve a ser fieles a nuestra misión, a nuestro tiempo y a nuestra sociedad.

Identidad del laico


Palabras pronunciadas por el Cardenal Pironio en la apertura del Primer Encuentro de Laicos Centroamericanos, en San José de Costa Rica el 20 de julio de 1984.

Quisiera ofrecerles una sencilla reflexión sobre la identidad del laico, su compromiso apostólico en la Iglesia y en el mundo de hoy. Una sencilla reflexión que quiero hacerla muy fraternalmente desde el corazón de la Palabra de Dios. Por eso, si ustedes me lo permiten, yo quisiera leerles dos textos de la Sagrada Escritura que conocen perfectamente pero que hoy los escuchamos jun tos como una invitación a nuestro compromiso.

a) 1 Cor. 12,4-7; 12-13; 27

        El primero es de San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, capítulo 12, versículos 4 al 7, versículos 12-13 y 27. Pablo dice (yo no voy a comentarlo, simplemente lo leo porque todos lo conocemos bien): “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo. Diversidad de ministerios pero el Señor es el mismo. Diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común”. Pablo termina diciendo: “vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno por su parte”.

        Yo creo que cada uno de nosotros reconocemos nuestra identidad desde la fidelidad a una vocación y a una misión específica dentro de la común vocación y misión de la misma Iglesia. La Iglesia no tiene otra misión que la de Cristo, que es anunciar la llegada del Reino, provocar la conversión de los corazones y la adhesión de la fe. Cada uno de nosotros la realiza desde su vocación específica: el obispo, el sacerdote, el religioso, la religiosa, el laico. Desde su identidad particular, como miembro del Pueblo de Dios, que vive en el mundo y transforma el mundo desde adentro, como fermento. “Pero todos formamos el mismo Pueblo de Dios, el mismo Cuerpo de Cristo, el mismo templo del Espíritu”.

b) I Pe. 2,4-5; 9-10

        El otro texto es el de la Primera Carta de San Pedro, capítulo 2, versículos 4 y 5,9 y 10. Texto que conocemos también muy bien, pero que es bueno que hoy lo acojamos juntos. “Acercándonos a Él –Cristo– Piedra Viva desechada por los hombres pero elegida, preciosa ante Dios. También vosotros, como piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz. Vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois el Pueblo de Dios”. Quiero insistir, con respecto a este texto, en tres cosas muy simples. Primero, que hay que acercarse a Cristo que es Piedra Viva. Es todo el compromiso de una renovación interior, profunda, en Cristo que hace que el laico sea “testigo de la Iglesia en el corazón del mundo, testigo del mundo en el corazón de la Iglesia”, como lo define admirablemente el Documento de Puebla (786). Que hace que el laico sea una presencia de Cristo, pero insertado profundamente en las estructuras temporales según Dios. “Acercándonos a Cristo que es la Piedra Viva”.

        En segundo lugar, San Pedro dice “vosotros, como piedras vivas”. O sea, vosotros ahora tenéis que vivir vuestra vocación, pero con el dinamismo de la fe, de la esperanza, de la caridad. Con el dinamismo que os infunde el Espíritu Santo a través de sus dones. Ser piedras vivas. Nos preguntamos, entonces, si realmente somos piedras vivas. Sí somos piedras vivas porque Cristo, que es nuestra Vida, vive en nosotros. Sí somos piedras vivas porque vivimos la comunión fraterna. Sí somos piedras vivas porque nuestra vida la comunicamos, la transmitimos. No somos testigos de una cultura de muerte, somos constructores de una civilización de la vida como decía el Papa en el Jubileo de los jóvenes. Somos anunciadores de la vida y comunicadores de la vida. “Vosotros, como piedras vivas”.

        La tercera idea de este texto de San Pedro nos presenta un pueblo que anuncia a los demás las maravillas de Dios. Es el compromiso evangelizador. Todo laico está llamado a evangelizar a través del testimonio personal, del testimonio comunitario, a través del compromiso con la propia profesión, con la propia familia, con la propia actividad.

        A la luz de estos dos textos yo quiero proponerles la identidad del laico en la Iglesia y en el mundo de hoy desde estas tres perspectivas. Las enumero tan sólo, pues ustedes las conocen suficientemente.

I.  “Ser en Cristo”

        Primera perspectiva: la perspectiva sacramental cristiana. El laico es Cristo. El Concilio recoge las palabras de San Agustín: “para vosotros soy el Obispo, con vosotros soy el cristiano”. Todo cristiano es Cristo. Todo cristiano puede repetir con verdad aquella afirmación de San Pablo, que no es una experiencia mística, sino una elemental experiencia cristiana. “Estoy crucificado con Cristo, por eso vivo, pero no soy yo el que vive, sino Cristo que vive en mí”. ¡Identidad sacramental cristiana! Nuestro ser en Cristo comienza siendo una participación en el Cristo sacerdote, en el Cristo profeta, en el Cristo Rey. Por medio del Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, la Reconciliación, el Matrimonio, es decir, por medio de los Sacramentos que van haciendo crecer esta vida de Cristo en nosotros, nuestro ser en Cristo. ¿Qué es un laico? Es Cristo que prolonga su misión, su presencia, su vida en el interior de las estructuras humanas, temporales. Nuestro ser en Cristo que nos hace pensar que la palabra que decimos no es nuestra, sino de Aquel que nos llamó y nos envía. “Como el Padre me amó, yo los he amado a ustedes; como el Padre me envió, yo los he enviado a ustedes”. Nuestro ser en Cristo supone una permanente referencia a Cristo. No podemos hablar de un laico constructor de un mundo nuevo, de una civilización del amor, si no es partiendo de esta cotidiana experiencia evangélica del Cristo que vive, que crece, que se manifiesta, que salva, en definitiva, que libera en nosotros y por medio de nosotros. “Nuestro vivir es Cristo”.

II.  “Ser en la Iglesia” y “ser Iglesia”

        La segunda perspectiva de nuestra identidad es la perspectiva eclesial. Nuestro ser Iglesia y ser en la Iglesia.

        Nuestro ser Iglesia: lo proclamamos constantemente, y los laicos tienen derecho a esta reafirmación que el Concilio Vaticano II nos ha manifestado muy claramente. Nosotros no sólo pertenecemos o seguimos a la Iglesia. Nosotros somos Iglesia. Toda la Iglesia es Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Esta Iglesia es esencialmente comunión. La define así el Concilio Vaticano II: “comunión de los hombres entre sí, comunión de los hombres con Dios”. Esta Iglesia es esencialmente “Sacramento universal de Salvación”. Es decir: manifestación y comunicación de un Dios que ama y por eso salva. Sacramento universal de Salvación significa sentirnos enviados por Cristo para salvar, para transformar las estructuras temporales.

        Pero nuestro “ser Iglesia”, supone “ser en la Iglesia”, en comunión profunda con los Pastores, siguiendo su magisterio, empezando por el del Papa, Pastor de los Pastores. Por eso estos días intentaremos hacer como una relectura de los diversos mensajes que el Papa fue dando en su viaje apostólico a Centroamérica. Mensajes que, en definitiva, como él mismo lo dice desde el principio, constituyen un único mensaje, pronunciado en distintos lugares, en diferentes países, dirigiéndose a distintos sectores y vocaciones en la Iglesia, pero tienen una unidad global irrompible.

        Ser en la Iglesia con los demás, con los sacerdotes, con los otros laicos, miembros del Pueblo de Dios, pertenezcan a otras asociaciones, o simplemente sean laicos que viven su esperanza cristiana en el mundo sin pertenecer a ningún organismo determinado.

        Es muy importante este “ser en la Iglesia” y “ser Iglesia”, porque a mí me parece que el núcleo central del mensaje del Papa en su viaje a Centroamérica, se puede reducir a esto: verdad, unidad, construcción de un mundo nuevo en la civilización del amor. Verdad, o sea claridad en nuestra irrompible fidelidad a Cristo. Unidad, comunión en el interior de la Iglesia para la unidad de los pueblos. Compromiso en la construcción de un mundo más justo, más fraterno, más humano.

III.  “Ser en el mundo”

        La tercera perspectiva es la identidad secular. “En el mundo”, pero “sin ser del mundo”. O, como decía antes con la expresión de Puebla, ser “hombres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia”.

        ¿Qué supone esta identidad secular? Supone vivir la propia secularidad sin clericalismos ni secularismos. Sin clericalismos: el laico no es un cristiano de segundo orden que simplemente sirve en la liturgia o se refugia en los círculos intraeclesiales. Un laico es el hombre que vive comprometido con su familia, con su profesión, con la realidad histórica, cultural, social, económica, política. Es un hombre que siente la alegría de su vocación de laico, de estar en el mundo. Que no está allí porque no pudo ser sacerdote ni religioso. Está allí porque nació para ello. Está allí porque Dios lo hizo venir al mundo en un determinado momento de la historia y en un determinado contexto geográfico. Lo hizo nacer para ser laico, es decir, para ser una presencia específica de Cristo hoy y en este mundo concreto de Centroamérica. Ninguno de ustedes puede decir: ¡qué pena, si hubiese tenido más capacidad, hubiese sido sacerdote, hubiese sido religioso o religiosa! No. El Señor te ha hecho nacer y te ha sellado con el bautismo para que seas cristiano en esta Centroamérica de hoy, tan agitada y tan llena de esperanza y allí anuncies las maravillas de Aquel que te hizo pasar del reino de las tinieblas a su admirable luz.

        Vivir la secularidad sin clericalismos. Pero también sin secularismos. Es el otro extremo: la pérdida de nuestro ser en Cristo, de nuestro ser en la Iglesia; el vaciamiento de nuestra fe y del Evangelio. Por eso esta triple identidad que yo quiero presentarles no es una identidad fragmentaria. Las tres dimensiones se dan juntas, es decir, nuestro ser en Cristo, nuestro ser Iglesia y ser en la Iglesia, y nuestro estar en el mundo, constituyen una sola identidad esencial del laico.

        No quiero entretenerme más porque esto ya pasa de “palabras introductorias”. Pero quiero insistirles que vivan la propia secularidad, que construyan el Reino de Dios en su dimensión temporal, que santifiquen el mundo desde adentro a modo de fermento. Para eso, que vivan profundamente en Cristo y sean plenamente Iglesia.

Conclusión

        Quiero concluir con esta expresión del Concilio que ustedes conocen muy bien. “Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y un signo del Dios vivo” (L.G. 38). Yo les pediría con toda el alma que sean testigos de la resurrección del Señor y signos de un Dios vivo. Por consiguiente, testigos desde la cruz, pero siempre testigos de esperanza.

        Encomendamos este encuentro a la protección de María, Nuestra Madre. Lo dijo ya quien abrió con hermosas palabras nuestro encuentro. Nos encomendamos a María, aquí de un modo especial a Nuestra Señora de los Ángeles en cuyo Santuario celebramos el último día. Que sea un encuentro verdaderamente en el Espíritu de Cristo, es decir, un encuentro de oración, de fraternidad evangélica, de compromiso auténtico en lo que el Papa llama una nueva civilización de la verdad y del amor.

        Yo termino. Pero no me resisto a la tentación de leer, en la apertura de este primer encuentro de laicos centroamericanos, lo que el Santo Padre recomendaba en Haití a todos los Obispos de América Latina como uno de los “presupuestos fundamentales para la nueva evangelización”: “No solamente la carencia de sacerdotes, sino también y sobre todo la autocomprensión de la Iglesia en América Latina, a la luz del Vaticano II y de Puebla, hablan con fuerza sobre el lugar de los laicos en la Iglesia y en la sociedad. El aproximarse el 500 aniversario de vuestra evangelización debe encontrar a los obispos, juntamente con sus Iglesias, empeñados en formar un número creciente de laicos prontos a colaborar eficazmente en la obra evangelizadora”.

        Con esta clara exhortación del Papa y frente al desafío de esta hora centroamericana nos entregamos generosos a nuestro trabajo. Nos ilumina el Espíritu, nos acompaña María y llena de entusiasmo fraternal el Dios de la consolación y la esperanza.