Jóvenes, Pueblo de Dios

Publicado en: Jóvenes, amigos míos… Madrid, BAC, 1999. p.159-168

I. Comentario del texto: la idea central es ésta: «ustedes, que antes no eran un pueblo, ahora son el Pueblo de Dios» (1 Pe 2,10). Volveremos sobre esta idea. Pero digamos de entrada que este «Pueblo de Dios» es la Iglesia (cf. LG 2). «Este pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo… La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios… Tiene por Ley el nuevo mandamiento del amor… y como fin, el dilatar más y más el Reino de Dios» (LG 9).

            a) Es un pueblo de santos («raza elegida», «nación santa»), es decir, de hombres y mujeres que han sido «reengendrados» en Cristo por el bautismo. Han renacido «a una esperanza viva» (cf. 1 Pe 1,3). Están llamados, por eso, a la santidad: «Así como Aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo» (1 Pe 1,15-16). No tengan miedo a la santidad; la semilla ya ha sido sembrada en nuestra alma por el bautismo. San Pablo llama «santos» a los que han sido bautizados: «como elegidos de Dios, sus santos y amados» (Col 3,12). El principio de nuestra santidad es el Espíritu Santo que nos ha sido dado y que habita en nosotros. Se trata de la santidad de lo cotidiano.

            b) Es un pueblo sacerdotal («ustedes son… un sacerdocio real»). Hay que tomar cada día más conciencia de nuestra participación bautismal en el sacerdocio de Cristo. Lo cual supone tres cosas:

            –tener conciencia viva de ir construyendo juntos la comunidad eclesial en comunión con los sacerdotes ordenados;

            –ir ofreciendo un «culto espiritual» a Dios, asumiendo sacerdotalmente todas nuestras actividades, cruces y esperanzas; toda nuestra vida hecha ofrenda, como nos lo indica San Pablo: «Yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como un culto espiritual que deben ofrecer» (Rom 12,1);

            –participar en la misión evangelizadora y santificadora del mundo, con conciencia de ir viviendo y ejerciendo el sacerdocio bautismal. La misma construcción de la ciudad temporal –como nueva civilización de la vida, de la verdad y del amor – es obra del sacerdocio común de los fieles bajo la guía de los Pastores.

            c) Es un pueblo profético («un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz»). Es la dignidad y urgencia profética de todo bautizado: «Ustedes son la luz del mundo… Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes» (Mt 5,14.16). Es la exigencia que nos recuerda San Pablo: «Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan con hijos de la luz» (Ef 5,8). La participación bautismal en Cristo Profeta supone estas dos urgencias:

            –acoger en el silencio contemplativo la Palabra de Dios: «Tú iras adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene… Yo pongo mis palabras en tu boca» (Jer 1,7-9). «Tú les comunicarás mis palabras… abre tu boca y come lo que yo te daré» (Ez 2,7-8). «Yo no hablo por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó» (Jn 12,49-50);

            –anunciar con el testimonio y la palabra, bajo el fuego y el impulso del Espíritu, la Buena Noticia del Reino: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15).

            II. Yo quisiera presentar la Iglesia bajo algunas imágenes que son realidades complementarias de un mismo Misterio: la Iglesia Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo, Comunión Misionera. Me detendré luego en esta última.

            a) Pueblo de Dios. Es una realidad bíblica esencial que nos ofrece tres aspectos fundamentales: primero, dinamismo histórico; segundo, continuidad y novedad con respecto al antiguo Pueblo de Dios, Israel, y tercero, inserción en la realidad histórica de nuestro pueblo pobre (con todo lo que tiene de búsqueda propia identidad cultural, de solidaridad y fraternidad universal). Anoto algunos textos que pueden ayudarnos:

            –En la primera Alianza con Israel, Dios dice a Moisés: «Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada» (Ex 19,5-6). Puede apreciarse la similitud con el texto de San Pedro que hemos citado al principio.

            –Una nueva alianza –interior e irrompible – nos presenta Jeremías, después del retorno de los deportados de Babilonia: «Ésta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor –: pondré mi ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo» (Jer 31,34).

            –El profeta Ezequiel nos describe más detallada e interiormente esta nueva Alianza, de la cual surgirá el nuevo Pueblo de Dios: «Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré… los rociaré con agua pura… Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo; les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes… Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios» (Ez 36,23-28). Lo nuevo en Ezequiel es la infusión del Espíritu que asegura nuestra fidelidad a la Alianza Nueva.

            –Pero la verdadera Alianza Nueva es la que sella Jesús con su sangre: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes» (Lc 22,20). Nos dirá San Pedro: «Ustedes saben que fueron rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto» (1 Pe 1,18-19); San Pablo nos dice: «En Cristo Jesús, ustedes los que antes estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo» (Ef 2,13);

            –Este nuevo Pueblo de Dios es santo (Cristo es su Cabeza, su Jefe, su Pastor; el Espíritu habita en él, lo santifica, le distribuye su gracia, dones y carismas, lo guía incesantemente hacia la unidad definitiva) y está profundamente insertado en la historia de los hombres, no marcha paralelamente o fuera de ellos, no es extraño a sus sufrimientos y esperanzas, sino que ha sido constituido en el mundo como «un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad» (LG 9).

            b) Cuerpo de Cristo. Es la imagen que más utiliza San Pablo, el gran apóstol y maestro de la Iglesia. «Yo fui constituido ministro de la Iglesia… este misterio, que es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria» (Col 1,25-27). «Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo» (1 Cor 12,27). De este Cuerpo nos dice Pablo:

            –que es uno y múltiple. Uno porque es Cristo. Pluriforme, porque «todos hemos recibido un mismo Espíritu» (1 Cor 12,13). «Así como el cuerpo tiene muchos miembros y, sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo» (1 Cor 12,12-13). De aquí la urgencia de la unidad eclesial, de la colaboración, de la comunión;

            –de aquí la urgencia de acoger con alegría los diversos dones y carismas en la Iglesia, de ser fieles a ellos y de respetar y amar el carisma de los otros: «En la Iglesia hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores» (1 Cor 12,28). En la Carta a los Romanos nos dice San Pablo que la diversidad de los miembros (por consiguiente, de los dones o carismas) dice relación de «los unos a los otros»: «Así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros con diversas funciones, también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo, y en lo que respecta a cada uno, somos miembros los unos de los otros» (Rom 12,4-5). Por consiguiente, en Cristo, en la Iglesia:

            • alegrarme por mi carisma, mi vocación, mi movimiento, y ser fiel a las exigencias del Señor;

            • pero interesarme, alegrarme, por el crecimiento del carisma de los otros, de su vocación en la Iglesia; ayudarlos a que crezcan fieles a la comunión;

            • dejarme invadir por el Espíritu de la comunión: «un solo Cuerpo, un solo Espíritu, una misma esperanza» (cf. Ef 4,1-6);

            –de aquí, también, la urgencia de hacer crecer en la unidad del amor el único Cuerpo de Cristo: «Viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente unidos a Cristo. Es la Cabeza, y de él todo el cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor» (Ef 4,15-16).

            c) Templo del Espíritu Santo. Es la imagen-realidad que nos presenta hoy el Apóstol San Pedro en el texto que hemos proclamado. Nos exhorta a ser «piedras vivas», edificadas sobre «la piedra angular», «piedra viva», que es Cristo, para construir así «una casa espiritual» (templo vivo), donde podamos «ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo». Subrayamos algunas cosas:

            –Cristo es «la piedra angular, elegida y preciosa», sobre la que debemos edificarnos como «piedras vivas». Sólo viviremos por la Palabra, la Eucaristía y el Amor. El Espíritu Santo nos ayudará a gustar la Palabra, a alimentarnos de la Eucaristía, a «amarnos con sinceridad como hermanos» (cf. 1 Pe 1,22-23);

            –pero Cristo es, también, «la piedra que los constructores rechazaron» y se convirtió para ellos en «piedra de tropiezo y roca de escándalo». Es la suerte de los que no escuchan la Palabra y no creen en ella. No pueden tener la Vida, no pueden vivir de veras, no pueden contagiar la alegría de la Vida. «Felices, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» (Lc 11,28). Son las palabras con que Jesús proclama la verdadera dignidad, la fe y la felicidad de su madre, la joven María de Nazareth. Ella recordaría entonces –como las recordará dolorosamente al pie de la cruz– las misteriosas palabras del anciano profeta del templo: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel: será signo de contradicción» (Lc 2,34). Esto nos indica que la opción por Cristo, «nuestra vida», supone autenticidad, fortaleza, generosidad, pobreza, desprendimiento y cruz. Da mucha pena comprobar cómo muchos jóvenes que un día optaron por Cristo, Vida nuestra, se dejaron convencer por «los falsos maestros de la vida», no aceptaron las exigencias del Evangelio, tropezaron con la piedra angular, se escandalizaron por las palabras de Jesús con respecto a su propia carne hecha Eucaristía (no las entendieron porque les faltaba fe y coraje en el seguimiento). «Desde ese momento –escribe San Juan – muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo» (Jn 6,66). Creo que hoy el Señor –frente a determinadas exigencias que implica su seguimiento – les pregunta a ustedes: «¿También ustedes quieren irse?». Yo estoy seguro que ustedes responderán con las palabras de Simón Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 67-68). Una confesión de fe así, frente a la Palabra y a la Eucaristía, es una verdadera y radical opción por Cristo «vida nuestra» (Col 3,4). Sólo así podrán convertirse en «piedras vivas» que, edificados sobre «la piedra angular» que es Cristo, construirán la Iglesia «templo santo de Dios». «En él –dice San Pablo – todo el edificio, bien trabado, va creciendo para construir un templo santo en el Señor. En él, también ustedes son incorporados al edificio para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,21-22);

            –hay otro texto del Apóstol San Pablo que nos habla de la Iglesia, comunidad cristiana, como «templo del Espíritu Santo»: «El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo… ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo» (1 Cor 3,10-17).

            III. La Iglesia «comunión misionera». El Concilio nos ha hablado de la Iglesia como «Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo». Es una trilogía que aparece en casi todos los principales documentos. Pero las tres expresiones se refieren a una idea fundamental del Concilio: la Iglesia como comunión. A partir del Sínodo de 1985 se ha vuelto a insistir en la Iglesia comunión: «La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio» (ChL 19).

            Quiero señalar algunos aspectos de esta «comunión»:

            1. Se trata fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo.

a) Es la comunión con la Trinidad para el anuncio misionero de la Palabra (cf. 1 Jn 1,1-4).

b) El Bautismo es la puerta. La Eucaristía es el culmen.

c) Es don del Espíritu Santo («todos hemos bebido en un mismo Espíritu»). «La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud y, al mismo tiempo, a vivir con profundo sentido de responsabilidad» (ChL 20).

            2. Es la comunión orgánica, presidida por los Pastores, del único Pueblo de Dios. «Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1 Cor. 12,13):

            a) inserción eclesial en la comunión eclesial: parroquia, diócesis, Iglesia universal. Vivir con generosidad el misterio de la Iglesia. «Ubi Petrus, ibi Ecclesia; ubi Ecclesia, ibi Christus»;

            b) comunión y coordinación con los restantes miembros del Pueblo de Dios: asociaciones, movimientos, grupos, laicos aislados. Ver juntos la realidad y comprometerse juntos. No formar «iglesias paralelas» o «una iglesia dentro de la Iglesia»;

            c) comunión eclesial con el mundo. La Iglesia como «sacramento universal de salvación». Presencia evangélica en el mundo, dinamismo misionero, sentido ecuménico, solidaridad universal.

            3. Comunión misionera. Es una expresión feliz que asume la Christifideles laici, n. 32: «La comunión genera comunión, y esencialmente se configura como comunión misionera… La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión». Cuando hablamos de «comunión misionera» entendemos lo siguiente:

            a) que la Iglesia no está hecha para sí misma, sino para ser «signo e instrumento (sacramento) de la salvación universal». De ahí la urgencia de su presencia dinámica y actividad misionera en el mundo. Toda la Iglesia es «sal de la tierra» y «luz del mundo». Toda la Iglesia tiene esencialmente una «dimensión secular» (vive en el mundo, actúa en el mundo, está enviada al mundo para transformarlo), aunque a niveles distintos (obispos y presbíteros, religiosos y religiosas, fieles laicos: a ellos compete, de modo específico, su misión «secular»);

            b) que toda la Iglesia debe abrirse, particularmente hoy, a una dimensión misionera: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15). Se nos exige a todos la «nueva evangelización» y el «dinamismo misionero ad gentes». «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16). Nos reconfortan estas palabras del Papa: «La labor evangelizadora de los laicos está cambiando la vida eclesial… La misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales» (RM 2);

            c) que la nueva evangelización tiende a la formación de comunidades eclesiales maduras (al mismo tiempo las supone) (cf. ChL 34). «Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe… de una fe confesada… celebrada… vivida» (ChL 33). Todo esto supone y exige una interrelación esencial entre «comunión» y «misión» en la Iglesia. Ambas (comunión y misión) tienen sus raíces en el mismo Cristo: insertados en Cristo por el Espíritu Santo. «Yo los elegí y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn 15,16). Pero la condición esencial es ésta: «permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes… El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto» (Jn 15,4-5). Y permanecer en Cristo exige vivir de la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56).

            Así conectamos el tema de la Catequesis de hoy (Como Iglesia) con el de ayer (En Cristo) y con el de mañana (Para la vida del mundo).

Conclusión

            Quiero terminar esta Catequesis con tres llamadas:

            a) a vivir profundamente en oración: «Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos». Sean jóvenes que aman y buscan la contemplación: personalmente y en grupos. Sin Cristo no hay Iglesia. Sin la Palabra de Dios y sin la Eucaristía, no hay comunión eclesial;

            b) a descubrir, amar y realizar el Misterio de la Iglesia allí donde está y se realiza (parroquia, diócesis, como presencia de la Iglesia universal). Amen intensamente la Iglesia local: con sus pastores, los religiosos y religiosas, todos los fieles laicos;

            c) a vivir en Iglesia como María y en María. Ella es «imagen y principio» de la Iglesia. En Ella nació la Iglesia, porque en Ella nació «Jesús, llamado el Cristo» (Mt 1,16). Pero vivir en María y como María, para ser Iglesia que da la Vida, supone ponerse en el corazón pobre y contemplativo de María, donde se percibe y se goza su fidelidad a la Palabra, a la Cruz y al Espíritu Santo.

Sean signo de la vida nueva

Mensaje a los participantes de la Caravana de la Primavera, Mar del Plata, 21 de septiembre de 1975

1

Mis queridos jóvenes:

¡Bienvenidos y felices estos alegres participantes de la “Caravana de la Primavera”! Yo los saludo con las mismas palabras de San Pablo: “Llegue a ustedes la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Ef 1,2). Sean siempre mensajeros de paz, de alegría y de esperanza.

Hoy les escribo con el mismo cariño y gratitud de siempre. Pero con más confianza que nunca en la generosidad de su respuesta. Sé que no van a fallar al Obispo; porque sé que no quieren fallar al Cristo que los ama, los invita y los compromete.

Me siento Obispo, sucesor de los Apóstoles, y quiero hablarles con la claridad y la firmeza que me vienen del Espíritu. Me siento, también, sencillo hermano y amigo de ustedes y experimento el dolor y la angustia, las posibilidades y urgencias de la hora que vivimos: en la ciudad, en el país y en el mundo.

Esta nueva marcha de la primavera tiene este año características especiales: están claramente dadas por la situación dramática que vive nuestro país y por las exigencias renovadoras del Año Santo Universal. ¡Pareciera una triste paradoja: el año de la reconciliación se ha convertido en el año del enfrentamiento y de la muerte!

2

Este año, mis queridos jóvenes, mi mensaje se reduce a lo siguiente: sean ustedes un signo de la nueva vida y un principio de una nueva sociedad. Sigan siendo un grito profético de que la alegría y la paz son posibles todavía porque es posible el amor; sean, finalmente constructores positivos de la paz.

Hace pocos días llegaba a Roma, después de recorrer 400 kilómetros de marcha extenuante, llevando por turno una gran cruz pesada, una peregrinación de jóvenes italianos provenientes de La Spezia. Al divisar finalmente a Roma, la meta de su sueño y el punto de partida de la renovación y de la reconciliación, se pusieron de rodillas conmovidos. ¡Era todo un signo! En la alocución dominical del 10 de agosto el Papa se refería a ello y decía: “¿será éste un signo de la nueva generación? ¿La generación joven se coloca de nueva a la vanguardia de la esperanza y de la valentía? ¿A la vanguardia de todos nosotros?”

3

Permítanme que yo, Obispo, les haga a ustedes la misma pregunta y los comprometa fuertemente en Cristo: ¿Son capaces de inaugurar tiempos nuevos para nuestra Diócesis, para nuestro país, para el mundo entero? ¿Se comprometen, de veras, a ponerse en la vanguardia de todos los hombres que aman la justicia, desean la paz y quieren una sociedad más fraterna y más humana, construida en la base inconmovible del amor?

Frente a un mundo triste, desgarrado y pesimista, yo quisiera comprometerlos con tres frases del Apóstol San Pablo que resumen la urgencia de mi pedido:

– “Les pido y les recomiendo en nombre del Señor: es preciso despojarse del hombre viejo y revestirse del Hombre Nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef 4,17-24).

Estamos en el Año Santo: de la renovación y reconciliación. Yo les pido a los jóvenes, que son generosos y fuertes, que sean el signo y el principio de una vida nueva. Que sean la imagen y presencia del hombre nuevo: hombre sincero y libre, hombre fraterno y justo, hombre hijo de Dios, hermano de los hombres y señor de las cosas. Si queremos cambiar las estructuras y establecer un mundo nuevo, cambiemos el corazón del hombre, convirtámonos de veras y asumamos un estilo de vida auténticamente cristiano.

– “Sean siempre alegres” (Fil 4,4; 1 Tes 5,16). La alegría profunda e inalterable es el signo del verdadero cristiano. Es fruto del amor y característica de un alma joven. Este Año Santo –año de renovación interior y de reconciliación- el Papa nos ha querido regalar su hermosísima Exhortación Apostólica, sobre la Alegría cristiana. Es un cántico a la alegría divina. Es un compromiso particular para los jóvenes. Yo los quiero comprometer este Año a que esta “Caravana de la Primavera” –signo de una vida nueva en Cristo por el Espíritu- sea por definición un mensaje y una comunicación de alegría honda, inagotable y contagiosa. El mundo se muere de angustia y de tristeza. Necesita y espera el testimonio pascual de los jóvenes que sean de veras “testigos de la Pascua” y por consiguiente, “alegres en la esperanza” (Rom 12,12).

– “Sobre todo, tengan caridad, que es la síntesis de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados porque formamos un solo Cuerpo” (Col 3,14-15).

Aquí está todo: el signo de la vida nueva y la fuente de la alegría cristiana. Si tenemos que renovarnos es en el amor. Si queremos ser testigos de alegría, tenemos que vivir en el amor. Nuestra Argentina está triste. Está triste nuestra pretendida “Ciudad feliz”. Es que, en definitiva, hemos tenido el raro y trágico privilegio de haber matado al Amor. Es decir, marginamos a Cristo, desconocemos al Padre y hemos olvidado al Espíritu.

Mis queridos jóvenes: esta es la hora de ustedes. No la dejen pasar. Esta es la hora de Dios para ustedes. Por eso les hablo con sinceridad y cariño, con urgencia de hermano y con responsabilidad de padre. Les hablo como amigo.

Que esta “Caravana de la Primavera” sea algo definitivamente nuevo en nuestra Ciudad y Diócesis, en nuestro País y Latinoamérica, en el mundo entero. Que la marcha de ustedes sea un mensaje claro y una fuerte invitación a la vida nueva que nace de la conversión, a la alegría que es fruto del amor y a la paz auténtica que es signo bienaventurado de los hijos de Dios (Mt 5,9).

En definitiva, como Obispo, les pido con toda mi alma: queridos jóvenes: en el nombre del Señor Jesús, renueven al mundo en el amor, sean transparentes comunicadores de alegría y de esperanza, trabajen activamente por la paz.

Dios lo quiere así. El mundo lo necesita. Lo reclama la Iglesia. Se lo pide con toda el alma su Obispo. Colóquense a la vanguardia de la esperanza y de la valentía.

Que la Virgen Nuestra Señora, causa de nuestra alegría y madre de la santa esperanza, los acompañe siempre, los aliente en su marcha y los haga inmensamente felices y fecundos, en su generosa tarea apostólica.

Los abrazo y bendigo de corazón en Cristo y María Santísima.