Latinoamérica: «Iglesia de la pascua»

Eduardo F. Pironio, Obispo de Mar del Plata y Secretario General del CELAM

INTRODUCCIÓN

            1. Una interpretación de la Iglesia Latinoamericana debe ser hecha desde la fe. Es el único modo de penetrarla en su profundidad sacramental y en el dinamismo interior del Espíritu que la invade y la mueve. El único modo de entenderla en su realidad sin desfigurarla en su misión.

            Pero más que un estudio o análisis de nuestra Iglesia esto es una sencilla meditación hecha desde el interior de su vida y su misterio.

            No se trata simplemente de describir una realidad -con sus luces y sombras- o de enumerar superficialmente los principales problemas o proyectos. Podríamos caer fácilmente -según la perspectiva en que nos coloquemos- en la desesperación o en la euforia. En todo caso, sería una autoconsideración que nos cierra a la comunión verdadera con la única Iglesia de Jesucristo.

            El primer error sería «latinoamericanizar» la Iglesia y erigirnos en maestros críticos o modelos. En este sentido, hemos de cuidarnos de exagerar el misterio y el prodigio de una Iglesia Latinoamericana.

            Desde la fe nos esforzamos por descubrir el designio de Dios en nuestra Iglesia. Por entender y asumir «el tiempo y el momento» (Hech. 1,7). Penetramos en la situación concreta de nuestros problemas para ubicarnos en el contexto de la historia de la salvación. La Iglesia -Sacramento primordial de Cristo- es la actualización cotidiana de la salvación.

            Una interpretación auténtica de la Iglesia Latinoamericana supone siempre esta triple consideración:

            – su perfecta fidelidad a Cristo.

            – su respuesta evangélica a la realidad global del Continente y

            – su generosa comunión con la totalidad de la Iglesia Universal.

            2. La Iglesia Latinoamericana está viviendo su hora: hora de cruz y esperanza, de posibilidades y riesgos, de responsabilidad y compromiso. Conviene que la comprendamos, amemos y vivamos con la intensidad comunitaria. El Espíritu Santo está obrando maravillas en nuestra pobreza. No es para que nos sintamos felices y descansemos, sino para que comprometamos generosamente nuestra entrega.

            Incluso esta hora providencial de nuestra Iglesia no puede ser vivida por nosotros solos o solamente para nosotros. Aquí entra fundamentalmente el Misterio de la Comunión.

            La Iglesia Latinoamericana debe ser fiel a su designio: su fisonomía propia y su vocación original. El Espíritu Santo la irá desarrollando en la fecundidad de su dinamismo propio. Irá despertando en todos la inquietud de la búsqueda y el compromiso en la tarea creadora. No podemos simplemente importar o repetir esquemas. Hemos de ser fieles al Espíritu y hacer que la Iglesia Latinoamericana sea plenamente ella misma.

            Para ello necesita la riqueza espiritual de las Iglesias hermanas. En el sentido fundamental de la ayuda indispensable: promover el crecimiento interior de cada Iglesia para que pueda ser fiel a su vocación específica.

            Puede haber dos modos de paralizar la vida de una Iglesia: dejarla totalmente librada a su energía juvenil o pretender aprisionarla en moldes extraños.

            Pero hay otro modo -y eso ya depende de nosotros mismo- de desfigurar nuestra Iglesia o asfixiarla: vivir hacia adentro, demasiado preocupados por lo nuestro, no ofrecer generosamente nuestra pobreza a la variada riqueza de la Iglesia Universal. Siempre hay nuevos dones del Espíritu en la dolorosa penuria de nuestras Iglesias jóvenes. Iremos madurando nuestra Iglesia en la medida de la apertura y la donación. Pablo escribe de las Iglesias de Macedonia: «Su rebosante alegría y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad» (2Cor. 8,2).

            3. Es evidente que la Iglesia Latinoamericana está viviendo una etapa nueva y providencial de su historia. Lo señaló Pablo VI en su visita a América Latina: «Por una convergencia de circunstancias proféticas, se inaugura hoy con esta visita un nuevo período de la vida eclesiástica» (Discurso de Apertura de la II Conferencia Episcopal Latinoamericana, Bogotá, 24-VIII-68). Los Obispos Latinoamericanos lo afirmaron también en su «Mensaje a los Pueblos de América Latina»: «Creemos que estamos en una nueva era histórica. Ella exige claridad para ver, lucidez para diagnosticar y solidaridad para actuar».

            Lo que fundamentalmente marca esta hora providencial de nuestra Iglesia es una particular efusión del Espíritu de Pentecostés. De allí el anhelo de la conversión y la solidez de la esperanza. No entenderíamos lo que está pasando en la Iglesia Latinoamericana si sólo lo explicáramos como un intento superficial de actualización o como simple fruto de presiones históricas. Hay algo más profundo y definitivo: dios se está manifestando de un modo nuevo y comprometiendo la transformación interior de cada hombre.

            Esta manifestación de Dios tiene -entre otras- dos expresiones concretas:

a) las aspiraciones legítimas de los pueblos que interpelan evangélicamente a la Iglesia y

b) la mayor conciencia que la Iglesia Latinoamericana va adquiriendo de la globalidad de su misión esencialmente religiosa.

            En lo primero citemos simplemente dos textos de los Documentos de Medellín.

            – «Estamos en el umbral de una nueva época histórica de nuestro Continente, llena de una anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva» (Introd. 4).

            – «Un sordo clamor brota de millones de hombre, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte» (Pobreza 2).

            En síntesis: aspiración a lo libre, a lo personal, a lo comunitario. Anhelo de participación, personalización, liberación.

            En lo segundo, recordemos lo que nos enseña el Concilio: «La misión de la Iglesia es esencialmente religiosa, pero por lo mismo profundamente humana» (G.S. 11). ¿Cuáles son las dimensiones humanas del mensaje evangélico y las exigencias históricas de lo religioso y eterno?

            Cuando decimos que la hora de la Iglesia Latinoamericana está fundamentalmente marcada por una particular efusión del Espíritu de Pentecostés queremos encuadrarla en un contexto esencialmente salvífico. Queremos decir que la imagen de la Iglesia Latinoamericana no puede ser definida desde una perspectiva simplemente socio-económica y política. Lo que importa en ella es el Sacramento -es decir, el signo e instrumento- del Señor Resucitado.

            Por lo mismo es preciso partir -si queremos entender bien el misterio de la iglesia Latinoamericana- de un auténtico acto de fe en la acción fecunda del Espíritu Santo. Por un lado nos impulsa a la conversión (mediante una profunda asimilación a Cristo Muerto y Resucitado) y a la contemplación. Por el otro lado, nos impulsa a la misión y al testimonio: la Iglesia debe ser en el mundo fermento de transformación y signo del Dios verdadero.

            Todo lo cual es exigencia y fruto de comunión. Esto nos lleva a presentar la imagen de la Iglesia Latinoamericana –«Iglesia de Pascua»-, bajo tres aspectos esenciales y concretos: IGLESIA DEL ACONTECIMIENTO DE PENTECOSTÉS, IGLESIA PROFÉTICA, IGLESIA LIBERADORA DEL HOMBRE.

La expresión «Iglesia Pascual» la tomamos de los Documentos de Medellín: «que se presenta cada vez más nítido en América Latina el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres» (Juventud 15).

            Pero, ¿qué significa una Iglesia Pascual? Una Iglesia del desprendimiento y la pobreza, del anonadamiento y la cruz, de la fecundidad y la esperanza.

1.- IGLESIA DEL ACONTECIMIENTO DE PENTECOSTÉS

                                    «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hechos 2,4).

            4. Lo primero que es preciso subrayar en la Iglesia Latinoamericana es su fidelidad al Espíritu. Le interesa el hombre, la liberación de los pueblos, la construcción activa de la historia. Pero desde las exigencias radicales del Evangelio, en perspectiva fundamental de fe, en esencial tensión escatológica.

            Sería falso concebir el momento de la Iglesia Latinoamericana fuera del ámbito específico de la salvación. Pero de una salvación que tiene su único principio en Cristo (Hechos 4,12) y que abarca la totalidad del hombre y de su historia.

            Pentecostés -plenitud del Misterio Pascual- no es una simple celebración del Espíritu o una conmemoración histórica de su descendimiento. Es una «acontecimiento» que -por la particular efusión del Espíritu Santo- «manifiesta» la Iglesia (L.G. 2) y la hace «sacramento universal de salvación» (L.G. 48).

            Se repite permanentemente en la Iglesia. Pero hay momentos providencialmente salvíficos en que la Iglesia experimenta la fecundidad y el compromiso del acontecimiento de Pentecostés: con lo que pone de sinceridad la conversión, de profundidad en la comunión y de irresistible dinamismo en la misión.

            La Iglesia se siente entonces verdadero Sacramento del Señor y fermento de Dios para la transformación de los pueblos. «Germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación» (L.G. 9).

            Lo que está sucediendo en la Iglesia de América Latina no es fruto de la improvisación de algunos o del talento y esfuerzo de los hombres. Es esencialmente obra del Espíritu Santo que nos llama a todos a la conversión y nos hace experimentar la angustia de los pueblos que esperan nuestro servicio y el testimonio cotidiano de nuestra fe.

            5. Insistimos en el hecho de la conversión. Por allí comienza la búsqueda de los caminos nuevos, la exigencia de los cambios fundamentales y el compromiso evangélico de los cristianos en la transformación del mundo.

            Tal conversión -fruto interior del Espíritu- supone una fe madura y activa, una esperanza firma y creadora, una caridad ardiente y concreta (1Tes. 1,3). Es el sentido del «hombre nuevo paulino (Col. 3,10) que exige despojarse de lo anterior para revestir auténticamente a Cristo «el Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef. 4,24).

            Mientras peregrina en el tiempo la Iglesia se va rejuveneciendo y renovando con la fuerza del Evangelio y la acción incesante del Espíritu (L.G. 4). Porque tiene conciencia de que es «al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» (L.G. 8).

            Pero hay momentos en la historia en que este llamado a la conversión es más urgente. Lo vivimos como un compromiso solemnemente anunciado. Los Obispos dijimos en Medellín: «Durante estos días nos hemos congregado, movidos por el Espíritu del Señor, para orientar una vez más las tareas de la Iglesia en un afán de conversión y de servicio. Hemos visto que nuestro compromiso más urgente es purificarnos en el espíritu del Evangelio todos los miembros e instituciones de la Iglesia Católica» (Mensaje a los Pueblos de América Latina).

            Pienso fundamentalmente tres cosas:

– los cristianos no habíamos asimilado profundamente a Jesucristo (conocíamos superficialmente el Evangelio o habíamos estudiado técnicamente a Cristo sin saborearlo en su misterio);

– divorciamos la fe de la vida (nos contentamos con proclamar la fe o celebrarla en la Liturgia, pero sin realizarla en lo concreto del amor y la justicia);

– por lo mismo, habíamos perdido la sensibilidad cristiana frente a las angustias de los hombres, no supimos iluminar sus esperanzas y nos desentendimos de la construcción positiva de la historia.

            Una Iglesia del acontecimiento de Pentecostés debe ser una Iglesia de la conversión: pero de la vuelta fundamental a Cristo -cuya sencilla transparencia seremos- y a las exigencias radicales del Sermón de la Montaña. Ser perfectos como el Padre (Mt. 5,48). Realizar la plenitud de la justicia nueva (Mt. 5,20 s. gs.). Comprometernos a ser verdaderamente sal de la tierra y luz del mundo (Mt. 5,13-16). Vivir cotidianamente el espíritu de las Bienaventuranzas Evangélicas (Mt. 5,1 sgs.). Es el único modo de ser cristianos, expresar la Iglesia y transformar al mundo.

            Esta conversión -lo confesamos con sincera fidelidad al Espíritu- la sentimos como urgencia y la hemos comenzado. Pero falta mucho todavía. No somos perfectos- Como Pablo «corremos para alcanzarlo, sabiendo que nosotros mismos hemos sido ya alcanzados por Cristo Jesús» (Fil. 3,12 sgs.).

            6. Pentecostés nos asegura un particular revestimiento del Espíritu de la Verdad, de la Fortaleza y del Amor. Lo vamos experimentando, en diversas formas y niveles, en la fisonomía, inquietudes y tareas de nuestra Iglesia Latinoamericana.

            El Espíritu de la Verdad nos introduce en Cristo, nos descubre el misterio del hombre, nos interpreta la historia. Es Espíritu de interioridad, de oración y de diálogo. En Él la Iglesia se ubica en asimiladora actitud contemplativa frente a la Palabra: la recibe, la rumia y la comunica.

            La Iglesia Latinoamericana -Iglesia de la misión y del servicio, de la actividad y la presencia, de la comprensión del hombre y solidaridad con la historia- se asienta y nutre en la interioridad. Busca ser una Iglesia contemplativa. Por eso la reflexión de sus teólogos y la sabrosa meditación de la Palabra revelada.

            El Espíritu de Fortaleza nos comunica la audacia equilibrada y el sereno fuego de los testigos. Por un lado nos quema la Palabra que no puede ser adulterada y omitida. Por otro, se acentúan los riesgos, crecen las tensiones y se multiplican las dificultades. Vivimos en un Continente cargado de esperanzas, pero lleno de conflicto, desesperación y violencia. Esto puede contagiar a la Iglesia la desastrosa tentación del desaliento, el pesimismo y la desesperanza. En un contexto así es muy fácil replegarse en el silencio o convertirse en «profetas de calamidades» (Juan XXIII).

            Necesitamos experimentar en nosotros la inquebrantable firmeza del Espíritu y comunicar a los hombres la seguridad que viene de Pentecostés. Hace muchísimo daño a la Iglesia la duda, el miedo y la tristeza. La Iglesia Latina recoge y proclama la exhortación de Pablo VI en Bogotá: «No temáis. Esta es para la Iglesia una hora de ánimo y de confianza en el Señor» (Pablo VI, Bogotá, 24-VIII-68).

            El Espíritu de Amor engendra en nosotros la capacidad de ofrenda y de servicio. Construye, sobre todo, la Iglesia comunión: «unión íntima con Dios y unidad de todo el género humano» (L.G. 1). La Iglesia en América Latina experimenta hoy la urgencia de su respuesta salvadora al hombre y de su misión religiosa en el mundo.

            Puede correr el riego -en algunos de sus miembros o en la insistencia de algunas actitudes- de «secularizarse» (perdiendo así su esencial condición de fermento o volviéndose «sal insípida»), así como antes corrió con frecuencia el riesgo de «deshumanizarse» (olvidando el sentido de la Encarnación de Cristo).

            El Espíritu del Amor nos recuerda la inseparabilidad práctica de las dos dimensiones del mandamiento principal (Mt. 22,34-40; 1Jn. 4,20).

            Hoy la Iglesia de América Latina -revestida del Espíritu del Amor- se siente particularmente llamada a vivir y expresar la comunión: Dios y el hombre, Liturgia y promoción, Evangelio y Eucaristía. Esa es su gracia y su responsabilidad. Esa es también -lo diremos en la conclusión- la providencial finalidad del CELAM».

            7. Pero la Iglesia del acontecimiento de Pentecostés nos sugiere otra cosa: lo que en definitiva cuenta es el Espíritu Santo. Lo cual nos trasmite la seguridad y el desprendimiento de la Iglesia. Es decir, el sentido total de la esperanza.

            La Iglesia Latinoamericana es una Iglesia pobre: en bienes materiales, en riqueza de tradición, en talentos personales.

            Pero la pobreza es precisamente la fuente de su fecundidad. Quizá sea eso lo que esperaban de ella otras Iglesias. Porque la pobreza abre fundamentalmente a Dios.

            Una Iglesia pobre sólo cuenta en las armas del Espíritu. No se apoya en los recursos materiales, en los poderes temporales ni siquiera en las posibilidades humanas de sus miembros. Sólo cuenta la infalible eficacia del Espíritu. El hombre se salva por la fuerza del Evangelio (Rom. 1,16), la sabiduría de la cruz (1Cor. 1,24) y el poder del Espíritu (Lc. 24,29; 1,35).

            La pobreza es parte de nuestra vocación latinoamericana. Si se la entiende bien define el rostro peculiar de nuestra Iglesia desposeída y en camino, liberada de ataduras y consciente de sus límites, apoyada en Dios y transparente al Señor Resucitado. No sólo es un modo de solidarizarse con los que sufren o manifestar su protesta. Es ante todo un signo de que el Señor ha llegado y la seguridad de que el Reino de Dios ha entrado en la historia.

            Pero la pobreza tiene que ser asumida en el gozo y el silencio. La proclamación solemne la destruye, engendra en el corazón la amargura y suscita en los hombres la rebeldía. Una Iglesia verdaderamente pobre tiene hambre de Dios y experimenta la alegría del servicio. Es la Iglesia de la esperanza y de la caridad. Porque su preocupación salvadora es el hombre, su única riqueza es Cristo y su única potencia es el Espíritu Santo.

2.- IGLESIA PROFÉTICA

«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creadora» (Mc. 16,15).

            8. La misión es esencial a la Iglesia. Toda ella es enviada por Cristo al mundo para ser «sacramento universal de salvación» (A.G. 1). La actividad misionera de la Iglesia es exigencia radical de la comunión.

            La Iglesia de América Latina -providencialmente Iglesia de la Pascua- siente hoy la urgencia de proclamar el Evangelio. En la totalidad de sus miembros el Espíritu despierta y anima el carisma de la profecía. Por eso asume como principal tarea la evangelización plena de los pueblos.

            Hay dos principios que la impulsan a ello:

            – uno teológico: la fe supone la proclamación de la Palabra (Rom. 10,14);

            – otro histórico: tenemos un Continente bautizado pero apenas superficialmente evangelizado.

            Cuando decimos «evangelización plena» entendemos el anuncio de la totalidad del Evangelio. Hemos de ser fieles a las exigencias del Mensaje y a su transmisión integral y clara.

            No somos dueños de la Palabra sino ministros. Es válida para todo profeta la exhortación de Dios a Jeremías: «Todo lo que te mande dirás… mira que he puesto mis palabras en tu boca» (Jer. 1,7-9). Ni siquiera Cristo -el Profeta grande- se siente con derecho a inventar la doctrina o modificar las palabras. «Yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar» (Jn. 12,40).

            Desde una situación concreta intentamos penetrar la Palabra y actualizar el Evangelio; pero sin pretender disimular sus exigencias o torcer la potencia del Espíritu.

            Una evangelización plena significa otra cosa: que la proclamación auténtica del Evangelio -que suscita y madura la fe- tienda esencialmente a su culminación en la Eucaristía.

            No podemos separar -mucho menos oponer- Evangelio y Sacramento, Iglesia Profética e Iglesia Cultural. San Pablo nos habla -como responsabilidad y gracia de su ministerio- de la «Liturgia del Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo» (Rom. 15,16).

            Finalmente una Evangelización plena supone desembocar en el compromiso práctico de la fe. Engendrar la fe en el corazón de los cristianos es comprometerlos para la vida. Es el sentido del reproche de Santiago: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga ‘tengo fe’, si no tiene obras?… Pruébame tu fe sin obras y yo te probará por las obras mi fe» (Sant. 2,14 sgs.).

            Es decir, que la evangelización plena -si es auténtica proclamación de la Palabra en el Espíritu- comunica a los hombres el misterio total de Dios que se revela en Cristo, desentraña la dimensión humana del acontecimiento de la salvación y compromete a los cristianos en la promoción integral de todo el hombre y de todos los hombres.

            No podemos simplemente identificar Evangelización y promoción humana. Pero tampoco podemos separarlos demasiado. La fe alcanza su perfeccionamiento en la realización práctica de la justicia y la caridad. Y por allí avanza el camino de la Paz.

            9. La Iglesia de América Latina se enfrenta ahora con dos urgencias concretas en orden a la evangelización de sus pueblos: una interiorización en la fe (lo cual supone iluminación, purificación, maduración y compromiso) y una interpretación, desde la fe, de la realidad global latinoamericana.

            La urgencia de evangelización no es sólo nuestra. Es una exigencia del Espíritu en la Iglesia Universal. Pero en América Latina -continente vasto y nuevo- la sentimos con dramática insistencia. Allí se nos plantea precisamente la necesidad de multiplicar los agentes de la evangelización (sacerdotes, religiosos y laicos) y de revisar las diversas formas de transmisión del mensaje (predicación, catequesis, liturgia, medios de comunicación social).

            Falta, en muchos casos, una elemental aproximación a la fe. Aún en zonas pobladas y centrales. No es simplemente problema de marginación o de distancia. Es ausencia de sentido religioso, insensibilidad frente a los valores del espíritu, falta de interés ante la proclamación del Evangelio. Dios ha dejado de ser un elemento necesario o práctico.

            Indudablemente han influido los cambios rápidos y universales que afectaron profundamente los sistemas de vida y modificaron la perspectiva religiosa. Pero ha habido también una presentación abstracta y desencarnada del mensaje cristiano, una imagen fría de Dios como extraño al mundo, lejano de la historia y descomprometido con los hombres. No era el Dios vivo de la Revelación, manifestado en Cristo -imagen del padre- (Col. 1,15; Heb. 1,3), permanentemente Fiel a sus promesas y presente entre nosotros hasta el final (Mt. 28,20).

            Falta, sobre todo, profundidad en la fe. Depende, en parte, de carencia de corazones limpios y desprendidos, los únicos capaces de ver a Dios (Mt. 5,8) y de acoger en la pobreza la revelación del Padre (Mt. 11,25).

            Pero principalmente depende de una falta de reflexión auténtica y de una penetración más simple y cotidiana en la Palabra de Dios. La vida se siente desconectada de la fe (con mucha frecuencia hasta opuesta a la fe y como su negación práctica).

            No se ha llegado a provocar en la conciencia adulta una opción personal y definitiva. La fe seguirá siendo algo extraño y añadido. Algo que se «siente», se «celebra» o se «practica» por momentos. Pero no algo definitivamente nuevo y esencial que da sentido único a la existencia cotidiana, a la misión concreta y al relacionamiento con el prójimo.

            Cuando la fe es profunda todo cambia en la vida del cristiano. Porque Cristo es Alguien para él, y también el hombre es quien Cristo se manifiesta (Mt. 25). Desde la fe se aprende a interpretar la historia como designio de salvación. Lo cual es importante entre nosotros. Es urgente penetrar desde la fe la realidad global latinoamericana.

            Hay un hecho que particularmente nos preocupa. Los jóvenes -que constituyen un verdadero cuerpo social en América Latina- se sienten fuertemente interpelados en su fe por la situación penosa que viven nuestros pueblos (marginados y oprimidos) y sus legítimas aspiraciones a la liberación. Hay en ellos una especial sensibilidad para descubrir el grito del Espíritu en este signo de los tiempos.

            Pero con frecuencia perciben que la única forma de vivir la fe -de ser cristianos- es comprometerse con la revolución y la violencia. Falta aquí una interiorización de la fe, una profundización auténtica en el Evangelio, una verdadera interpretación de los hechos en el contexto de la salvación.

            10. Esto nos lleva a explicitar el sentido de una Iglesia Profética. Hoy la urgimos con insistencia en América Latina. Y podemos decir que es una de las características fundamentales de nuestra Iglesia como Iglesia de la Pascua.

            Afortunadamente el espíritu nos hace sentir, como responsabilidad y como gracia, la necesidad de asumir generosamente nuestra función profética. Quizás pudiéramos incluso decir -sin que ello signifique superioridad o dominio- que la Iglesia de América Latina se manifiesta al mundo como la Iglesia de la profecía. Es decir, que su grito profético es hoy una vocación suya para la totalidad de la Iglesia Universal. No precisamente por prestigio o mérito de nuestra Iglesia, sino por la particular situación que vive el Continente.

            Pero hemos de entender bien la Profecía. No se trata simplemente de denunciar las injusticias o gritar el pecado de los hombres. Esto entra también en la tarea del profeta, si es auténtico, pero no es lo único ni lo primero.

            Además «la pasión» del profeta es el Espíritu Santo, no la agresividad humana. Precisamente una de las características más claras del verdadero profeta es la conciencia de sus límites y la dolorosa experiencia de su impotencia y su miedo (Cfr. Jr. 1,4-10; Is. 6,1 sgs.; Ez. 2). De ahí su resistencia y la tentación de evadirse de la misión encomendada.

            El profeta es el hombre del Espíritu que anuncia en su nombre las cosas de Dios. El profeta es hombre de oración y fiel a la transformación personal de la Palabra. El profeta es pobre y revestido de la fortaleza del Espíritu. El profeta ama profundamente a todos sus hermanos y golpea evangélicamente su corazón para salvarlos.

            Cuando hablamos de nuestra Iglesia Latinoamericana como Iglesia Profética queremos entender la Profecía en tres sentidos:

            – Como proclamación de las maravillas de Dios en el lenguaje diverso de los hombres. Es el acontecimiento profético de Pentecostés cuando el Espíritu Santo llena a los Apóstoles y anuncia así los tiempos definitivos (Hechos 2). El contenido de esta comunicación profética es el hecho de la Resurrección de Jesús a Quien el Padre constituyó «Señor y Cristo» (Hechos 2,36). Su fruto es la conversión y la constitución de la comunidad cristiana primitiva (Hechos 2,37-47).

            – Como interpretación salvífica de la historia. Es decir como lectura de los acontecimientos humanos en el contexto de la historia de la salvación. El profeta intuye en designio de Dios y descubre en cada momento el paso de Jesús, el Señor de la historia. Compromete así a los hombres a la entrega práctica de la fe en la transformación del mundo.

            – Como llamado evangélico a la conversión. Desde la manifestación de dios y el anuncio de la inminencia del Reino, el profeta llama a la conversión y señala sus caminos (Mt. 3,1 sgs.). Es el sentido de la misión de Juan el Bautista -el más grande de los profetas antiguos (Lc. 7,23)- que «proclama un bautismo de conversión para perdón de los pecados» (Lc. 3,3 sgs.) y revela a Cristo que ya está en medio de los hombres y es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn. 1,26-29).

            Una Iglesia profética denuncia claramente las injusticias con la audacia del Espíritu. Pero solamente lo hace cuando -consciente de su fragilidad y su pobreza- se ha dejado revestir plenamente por el Espíritu de la Santidad y ha revelado totalmente a Cristo.

            11. Por lo mismo, una Iglesia profética necesita ahondar -desde la profundidad interior del Espíritu- en dos elementos esenciales: la fe y la oración. Por allí tiene que caminar la Iglesia en América Latina como Iglesia de la Pascua.

            Ante todo, la fe: como respuesta a Dios y seguridad en su Palabra. Como entrega y confianza. La Iglesia de América Latina siente hoy un llamado especial a ser «germen firmísimo de unidad, esperanza y salvación» (L.G. 9) en el Continente. Debe ser fiel, como María «Feliz, porque has creído» (Lc. 1,45). Los pueblos latinoamericanos esperan de nuestra Iglesia -Obispos, presbíteros, religiosos y laicos- los frutos concretos de una fe que es iluminación, testimonio y compromiso.

            Pero además, la Iglesia Latinoamericana tiene que transmitir su fe en la Resurrección de Cristo. Creer que Cristo Resucitó es tener seguridad que Cristo vive: en la Iglesia como su Sacramento, en el mundo como Señor de la historia, en el rostro de cada hombre que peregrina en la búsqueda.

            Finalmente, la oración. Una Iglesia Profética tiene que ser necesariamente contemplativa. Sólo podemos anunciar la Palabra de Vida que contemplaron nuestros ojos y tocaron nuestras manos. «Lo que hemos visto y oído». Sólo así -de un anuncio profético que narre de la experiencia de los contemplado- se puede esperar el fruto de una Iglesia comunión que engendre gozo y esperanza (1Jn. 1,1-4).

3.- IGLESIA LIBERADORA DEL HOMBRE

«Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos» (Lc. 4,18)

            12. Hay una conexión muy íntima -muy evangélica y pascual- entre la consagración del Espíritu, el anuncio de la Buena Nueva a los pobres y la proclamación de la liberación a los cautivos (Is. 61,1). Es la relación intrínseca entre el acontecimiento de Pentecostés, la proclamación auténtica del Evangelio y la liberación plena de los oprimidos. La misma liberación es fruto de la proclamación del Evangelio.

            Una de las características fundamentales de nuestra Iglesia Latinoamericana -uno de sus compromisos más solemnes y constantes- es el de la liberación. Tema bíblico y pascual que es preciso entender en su plenitud y su riqueza. Podemos abusar del término. Podemos, también, vaciarlo de su contenido integral y salvífico.

            La «liberación» constituye una de las ideas claves de los Documentos de Medellín. Diríamos que el momento latinoamericano está marcado por un anhelo creciente de liberación y un compromiso religioso de la Iglesia. La Iglesia tiene que ser una respuesta a este llamado del Espíritu manifestado en la aspiración de los hombres y el grito de los pueblos.

            Pero la «liberación» -plenamente entendida- es también el centro de la historia de la salvación y el fruto concreto de la Pascua. Por eso la Iglesia latinoamericana -si experimenta de veras su vocación original como Iglesia de Pascua- tiene que ser necesariamente liberadora de los hombres.

            Pero, ¿qué es la liberación? Es la realización en el tiempo de la salvación integral que nos trajo Cristo en esencial tensión escatológica. Se va haciendo en la historia, a través del compromiso de fe de los cristianos, pero se consumará en la gloria.

            Por un lado la liberación implica el sacudimiento de toda servidumbre (empezando por el pecado que esclaviza: Jn. 8,33) opresión o dependencia injusta. Por otro es la creación de condiciones tales que hagan posible al hombre ser el sujeto activo de su propia historia.

            En términos bíblicos la liberación coincide con la redención. Pero extendida a la totalidad del hombre, los pueblos y el cosmos.

            Es la creación del «hombre nuevo» (Ef. 2,15; 4,24; Col. 3,10), renacido de lo alto por la acción del Espíritu (Jn. 3,5) y revestido de Cristo (Gal. 3,27). Es el hombre que ha hecho en Cristo «una nueva creación» (2Cor. 5,17) y que vive ahora, como hijo de Dios, según el Espíritu que habita en él, lo conduce, grita en su interior al Padre y lo lleva a la manifestación perfecta y a la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom. 8).

            El hombre nuevo es el hijo de Dios; su forma es Cristo, su principio interior el Espíritu, su término la gloria definitiva del Padre. Es el hombre libre, fraterno, señor de las cosas.

            Cuando en América Latina hablamos de «liberación» no queremos encerrarnos en el ámbito de lo puramente socio-económico y político. Al menos no es ese el concepto evangélico que proclamamos. Sería una forma de ateísmo moderno (G.S. 20). Tampoco queremos limitarnos a la formación de un hombre nuevo según el esquema provisorio de una temporal proyección histórica (G.S. 10).

            Nos interesa la totalidad del hombre, la globalidad de su salvación, la riqueza plena de su libertad en Cristo (Gal. 5,1).

            Pero tampoco excluimos -antes al contrario lo exige la unidad del hombre y la misión esencialmente salvadora de Cristo- la serie de acondicionamientos temporales que permiten al hombre realizar su vocación divina, ser dueño de su destino, reflejar verdaderamente la imagen de Dios y desarrollar «la semilla del Verbo» (A.G. 11) plantada en su interior desde el principio. «El evangelio anuncia y proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes que derivan, en última instancia, del pecado» (G.S. 41).

            La liberación, en su sentido pleno, abarca la totalidad del hombre: alma y cuerpo, tiempo y eternidad, persona y comunidad. Se inscribe en el dinamismo escatológico de la redención que nos describe Pablo en la Carta a los Romanos. No sólo el hombre -que posee ya las primicias del Espíritu- sino todo el cosmos redimido en esperanza ansía vivamente y marcha hacia la liberación perfecta y consumada. Se dará cuando Cristo vuelva y -sometido el último enemigo que es la muerte- entregue al Padre el Reino definitivo «para que Dios sea todo en todo» (1Cor. 15,28).

            13. Para entender la liberación cristiana es preciso penetrarla y descubrirla desde el interior del Ministerio Pascual de Cristo. Cristo es el que vino a «quitar el pecado del mundo» (Jn. 1,29), a «salvar a su pueblo de sus pecados» (Mt. 2,21) y «dar su vida como rescate por muchos» (Mt. 20,28). Es el sentido de su Encarnación Redentora, de su predicación del Reino y de la manifestación de su gloria en los milagros, de su vida y de su muerte, de su cruz y su resurrección. Cristo ha venido para quebrar el imperio del dominio y para arrancarnos de la esclavitud del pecado, de la ley y de la muerte (Rom. 8,2).

            Para ello nos comunicó «la verdad» que nos libera (Jn. 8,32) e infundió en nosotros «un agua que salta hasta la vida eterna» (Jn. 4,14). Somos libres por el Espíritu de adopción que recibimos (Rom. 8,15) como fruto de la glorificación de Cristo por la cruz (Jn. 7,39). Allí alcanza su plenitud la historia de la salvación que empieza con la liberación de Israel de «la casa de la servidumbre» (Ex. 13,3).

            Pero el misterio Pascual de Cristo recrea totalmente al hombre -lo hace integralmente nuevo y «llamado a la libertad» (Gal. 5,23)- y lo libera de toda servidumbre derivada del pecado: egoísmo, ignorancia, hambre, miseria, injusticia, muerte.

            Cristo no se contenía con perdonar los pecados o predicar la Buena Nueva del Reino; multiplica los panes, cura a los enfermos, y resucita a los muertos. Es que a Cristo le interesa la totalidad del hombre y la integralidad de su salvación. La Iglesia prolonga ahora la misión salvadora del Señor (G.S. 3).

            14. Pero más que una explicación teológica del sentido mismo de la liberación yo quisiera describir el modo cómo interpela hoy a la Iglesia en América Latina y cuál es -en la actividad de la esperanza y la fecundidad de las Bienaventuranzas Evangélicas- el camino para la liberación cristiana del Continente.

            Hay una manifestación de Dios en el despertar de la conciencia de nuestros pueblos. La Iglesia lo asume con audacia en el Espíritu para impedir que se autodestruyan en la desesperación.

            Por un lado los hombres descubren su situación infrahumana, su marginación, su dependencia injusta (en todos los niveles: socio-económico, político, cultural, etc.). La Iglesia -como «conciencia crítica» (Sínodo 71) desde la profundidad del Evangelio- la define como «situación de pecado» (Med. Paz 2,1). Hay un estado de injusticia estructurada que clama al cielo (P.P. 30).

            Corresponde a la Iglesia -por exigencia de su misión esencialmente religiosa- denunciarlo y provocar la conversión. Es tarea primordial de la Iglesia «quitar el pecado del mundo»: del corazón de los hombres, o del interior de las instituciones. Proclama el cambio radical y urgente de las estructuras (P.P. 32); pero sin incitar a la violencia ni alentar la desesperación o la amargura. Grita la conversión y crea una conciencia nueva con la fuerza del Evangelio y el poder del Espíritu. Sigue creyendo en la infalible eficacia de la Palabra y de la acción de Dios. Aunque hayamos perdido la confianza en la palabra y la promesa de los hombres.

            Por otro lado, los hombres y los pueblos descubren su vocación divina y el sentido de la historia. Se siente urgidos a ser sujetos activos de la realización de su destino. No pueden dejar de ser ellos mismos. No pueden traicionar -por pereza o por servidumbre- su vocación única y suprema (G.S. 22). No pueden contemplar pasivamente desde fuera cómo se va haciendo la historia sin ellos. No pueden autodestruirse como persona o como pueblos. No pueden apagar «la imagen de Dios» en su vida o en su tarea.

            La Iglesia se siente también aquí comprometida: a revelar a los hombres la globalidad de su dignidad personal (P.P. 13), a alentar y facilitar la realización de su vocación divina, a solidarizarse con sus angustias y esperanzas. Tiene que ser «el alma de la sociedad» (G.S. 40).

            Aquí entra, sobre todo, la urgencia concreta del compromiso de fe de los cristianos. «Lo que el alma en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo» (Epist. a Diogneto: Cfr. L.G. 38). La fidelidad del cristiano a sus tareas temporales -construyendo así la historia con espíritu evangélico- es expresión práctica de su fe y manifestación de su perfecta fidelidad al prójimo y a Dios (G.S. 43).

            15. Este es el camino evangélico para la liberación cristiana del continente. Hay entre nosotros -incluso en el interior de la Iglesia misma- una especie de cansancio y desaliento. El único camino que se abre es la desesperada tentación de violencia. Resulta estéril la palabra, lento el cambio, improbable la conversión.

            Pero entonces tendríamos que negar el Evangelio, desconfiar de la fecundidad de la cruz y renunciar a la infalible eficacia de la Palabra.

            Por eso hace falta, más que nunca, insistir en la actividad creadora de la esperanza cristiana y en el poder transformador de las Bienaventuranzas Evangélicas.

            La esperanza es tensión escatológica; supone desprendimiento y vigilia. Pero es, también, Creación y compromiso. «La esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales» (G.S. 21). Mientras esperamos «los cielos nuevos y la tierra nueva en que habitará la justicia» (II Pet. 3,31) se nos exige construir la historia y transformar el mundo. La esperanza cristiana es actividad y comunión en el camino.

            Hace falta comunicar a los hombres desalentados la seguridad de la Resurrección, la permanente presencia de Cristo Señor del universo y la continua actividad del Espíritu Santo en el interior de la historia. Hay que gritarles a los hombres que el Reino de Dios está en medio de nosotros y que exige conversión y entrega en la fe (Mc. 1,15).

            Estamos viviendo en América Latina un capítulo -muy duro y difícil, pero extraordinariamente fecundo- de la historia de la salvación. Con tal que todos lo asumamos como gracia y como llamado. Es posible la paz. Porque es posible la justicia y el amor. Porque es infalible el Evangelio.

            Si se vive el dinamismo creador de la esperanza cristiana -que no es espera pasiva y ociosa, sino seguridad y compromiso, actividad y firmeza- llegará para América Latina la hora de la liberación anhelada. Pero no basta la esperanza de unos pocos. Tiene que ser la esperanza de la Iglesia.

            Se nos exige a todos los cristianos que seamos enteramente fieles al Sermón de la Montaña. Que vivamos a fondo las Bienaventuranzas Evangélicas. Hasta ahora las hemos aprendido y enseñado; pero falta celebrarlas en la vida. No somos verdaderamente pobres, ni mansos, ni misericordiosos. No tenemos hambre, sincera de justicia. No hemos amado a Dios con toda el alma, ni hemos descubierto a Cristo en los hermanos. Por eso no hemos saboreado la cruz ni hemos servido de veras a los hombres.

            Los pueblos esperan de nosotros la liberación. O la ofrecemos nosotros por la fecundidad pacificadora del Evangelio o la intentan ellos por los caminos de la violencia.

            El momento que vive América Latina -momento de salvación y de gracia- es definitivo. Y es el desafío más grande para la Iglesia: o el Evangelio es una utopía o los cristianos no vivimos el Evangelio. Porque el único camino para la liberación verdadera pasa siempre por la Pascua de Jesús -anonadamiento y resurrección, cruz y esperanza- y se prolonga entre nosotros por el espíritu transformador de las Bienaventuranzas Evangélicas.

CONCLUSIÓN

            16. Esta es la Iglesia de América Latina que hoy va descubriendo su fisonomía propia y -desde su pobreza- busca ser fiel a su vocación original. Se siente particularmente comprometida por el Señor, evangélicamente interpelada por las aspiraciones de los pueblos y penetrada por el Espíritu de Pentecostés. Es la Iglesia de la Pascua: Iglesia en comunión y en esperanza, Iglesia de la profecía y del testimonio. Iglesia de la novedad pascual y la misión. Iglesia-Sacramento del Señor Resucitado.

            Va naciendo entre nosotros como nación en María: en la pobreza, en el silencio, en la disponibilidad. En Ella -la Virgen Fiel, «la humilde servidora del Señor» (L.G. 56)- aprende y asegura su propia fidelidad: al Espíritu que la cubre con su sombra (Lc. 1,35) y a los hombres que esperan su servicio (Mt. 20,28).

            Uno de los signos de la acción de Dios en América Latina -providencia inspiración del Espíritu a su Iglesia- ha sido la creación del CELAM. Precisamente su naturaleza teológica es esa: expresar y hacer la comunión entre las Iglesias Particulares. No es una estructura de gobierno -superconferencia- sino organismo de servicio. Fundamentalmente es un alma y un espíritu.

            La esencia del CELAM es manifestar y promover la colegialidad episcopal al servicio de la comunión de los fieles. Mucho antes que el Concilio definiera la colegialidad episcopal -y que el Sínodo de los Obispos la profundizara- ya el CELAM la vivía y realizaba. Fue intuición providencial y don de Dios a nuestra Iglesia. Sentimos por eso el gozo de una gracia y la responsabilidad de un compromiso.

            El CELAM no es la Iglesia de América Latina. No la agota en la plenitud de su riqueza ni en la totalidad de sus perspectivas. Pero la expresa en la originalidad de su búsqueda y en fuerza transformadora de su presencia: como Sacramento del Señor, como Sacramento de unidad, como Sacramento universal de salvación.

            Si hubiéramos de sintetizar los frutos alcanzados por el CELAM señalaríamos los siguientes:

            – haber creado un sentido de colegialidad episcopal, y de comunión de Iglesias Particulares;

            – haber ayudado a descubrir el rostro propio de la Iglesia Latinoamericana y su vocación original en el contexto de comunión de la Iglesia Universal;

            – haber impulsado el dinamismo de presencia de la Iglesia en la actual transformación del Continente;

            – haber promovido la reflexión teológico-pastoral propia sobre la realidad global latinoamericana;

            – haber ofrecido su pensamiento autóctono y su experiencia simple a la variada riqueza de la Iglesia Universal.

            Así vivimos la comunión en el Espíritu (2. 13,13). Necesitamos ser pobres y generosos. Pobres para recibir con alegría; generosos para dar con sencillez.

            En América Latina experimentamos más que nunca la necesidad de una Iglesia Comunión. Por eso les pedimos en el Señor que nos ayuden: a pensar y construir esta Iglesia de esperanza. Por eso, también, les ofrecemos esto poco que somos y tenemos. Son los dones de Dios en nuestra Iglesia de la Pascua.

            Esta Iglesia que se expresa en la unidad de la enseñanza y la comunión, de la fracción del pan y las oraciones (Hechos 2,42).

            Formamos un solo cuerpo porque hemos bebido todos de un solo Espíritu (1Cor. 12,13).

            Desde América Latina -Continente de cruz y de esperanza- es el único anuncio que ofrecemos y la única invitación que formulamos: que vivamos todos en comunión, que nuestra comunión sea con el Padre y con su Hijo, Jesucristo, para que el mundo experimente la fecundidad salvadora de nuestro gozo completo en el Espíritu (1Jn. 1,3-4).

El Espíritu Santo y la Iglesia en américa latina

Editorial del Boletín del CELAM N° 22, junio de 1969. Publicado también en Palabra. Revista de la ACA, 2° época, N° 19, junio de 1969, en Escritos Pastorales. Madrid, BAC,1973 y en Profeta de esperanza. Buenos Aires, Acción Católica Argentina, 2002

Pentecostés –plenitud del Misterio Pascual – significa siempre para la Iglesia el “acontecimiento” que abre una esperanza, crea un compromiso e infunde una energía nueva.

Este año nos llega Pentecostés en un momento particularmente grave y decisivo: para la Iglesia Universal y, muy especialmente, para nuestra Iglesia Latinoamericana. Por eso los Pastores hemos esperado este año Pentecostés con más ansia y seguridad que nunca. Con el deseo de una docilidad profunda a la acción misteriosa del Espíritu.

Pero, ¿qué significa Pentecostés para nosotros? No quisiera entrar demasiado en la dimensión teológica del “acontecimiento” (aunque ¿es posible no hacerlo?). De todos modos, prefiero hacer otra cosa. Prefiero presentar a modo de sencillas reflexiones de esperanza, cuál ha de ser la acción del Espíritu Santo en el momento actual de nuestra Iglesia en América Latina. Porque los laicos dicen qué esperan de los sacerdotes. Y los sacerdotes dicen qué esperan de los Obispos. A los Obispos nos queda, entonces, decir qué esperamos del Espíritu Santo (no sólo para nosotros, sino para todo el Pueblo de Dios en América Latina).

I. Un poco más de coraje

“En el mundo tendréis mucho que sufrir; pero tened coraje. Yo he vencido al mundo” Cf. Jn 16, 33.

El momento es difícil. Se ahondan las tensiones, se multiplican las crisis. Pareciera que la Iglesia se resquebrajara. Empezamos a sentir miedo, tristeza y angustia. Nos volvemos pesimistas.

            Es la misma sensación de los Apóstoles al vivir el misterio de la Cruz, antes de Pentecostés. Pero vino sobre ellos “la fuerza del Espíritu Santo” Cf. Act 1,8 y los hizo audaces testigos del Señor resucitado.

Nos hace falta a todos, en esta hora, la fortaleza sobrehumana del Espíritu. Para que el miedo no nos aplaste ni nos tumbe el desaliento. Para que sintamos, más fuertemente que nunca, la presencia actuante del Señor de la gloria: “Yo estaré siempre con vosotros” Cf. Mt 28,20. Para que las crisis no nos asusten, las tensiones no nos desequilibren y los riesgos no nos paralicen.

Esperamos, entonces, del Espíritu Santo la fortaleza que nos asegura en la esperanza.

II. Un poco más de claridad

“El Espíritu de Verdad os hará conocer toda la verdad” Cf. Jn 16,13.

Hay demasiada confusión entre nosotros. La hay en el mundo entero. Confusión de ideas y principios. Confusión de métodos y acción. Todos estamos buscando, sin ver todavía claro. Y todos buscamos con la misma fidelidad al Señor, con el mismo amor a la Iglesia, con el mismo deseo de interpretar bien el momento de los hombres.

Cuando el Espíritu desciende sobre los Apóstoles, en Pentecostés, los “introduce en la Verdad completa”. Les descubre la interioridad del misterio de Jesús y el alcance de todas sus exigencias. Les hace entender, sobre todo, el sentido de la cruz.

Hoy nos hace falta, más que nunca, el Espíritu de la Verdad que nos “enseñe todo” Cf. Jn 14,26. El Espíritu de profecía que nos lleve a proclamar, en la lengua de los hombres las invariables “maravillas de Dios” Cf. Act 2,11. Que nos enseñe a leer en “los signos de los tiempos” el Plan adorable del Padre. Que nos ayude a interpretar profundamente al hombre desde la única perspectiva del Verbo Encarnado. Que nos lleve a penetrar sabiamente (lo cual es “sabiduría”) en la “Verdad inmutable” para incorporar “profetas” –con todo lo que la profecía tiene de carisma, de compromiso y de riesgo– en el tiempo nuevo de los hombres. Que nos enseñe a hablar con audacia serena y a callar con sobrenatural prudencia.

Esperamos, entonces, del Espíritu Santo, “la luz beatísima” que nos haga ver claro en un horizonte oscuro y nos lleve a hablar con precisión divina en un momento confuso.

III. Más capacidad de diálogo

Casi se ha vuelto un slogan hablar del diálogo. Los Obispos nos hemos comprometido a “institucionalizar el diálogo”. Dios nos enseñará el camino. Porque dialogar no es fácil. Es fácil, sí, escribir páginas enteras y hacer interminables monólogos sobre cómo tiene que hacerse el diálogo. Lo verdaderamente difícil es el diálogo mismo. Apenas estamos aprendiendo.

Dialogar no es simplemente escuchar (aunque lo hagamos con sinceridad y cariño). Dialogar es entrar, en cuanto sea posible, en el pensamiento y el corazón del otro. Es, en cierto sentido, asumir generosamente al otro. Para ello hace falta ser pobre, desprenderse y aprender a morir. Lo cual no es fácil, aunque lo queramos de veras.

Sólo cuando el Espíritu hizo radicalmente pobre a María entró Ella en la Palabra que le fue anunciada y entró en Ella la Palabra que “plantó su tienda entre nosotros”. Este fue el verdadero y substancial diálogo que empezó la Alianza Nueva. Sólo cuando el Espíritu de Pentecostés despojó a los Apóstoles de su mentalidad carnal pudieron entrar ellos en la interioridad de Jesús (hablar con Él y escucharlo con un sentido espiritual y nuevo) y captar el lenguaje distinto de los hombres para entregarles luego la única “palabra de salvación”.

Hoy hace falta que el Espíritu nos enseñe a dialogar. Mejor aún, que Él mismo dialogue en nosotros y desde nosotros. Para que el diálogo sea especie de recreación y enriquecimiento mutuo. Para que el diálogo no sea una sucesión, más o menos serena, de monólogos cerrados. Para que el diálogo no sea, sobre todo, una lamentable táctica de hacer que el otro piense y actúe como queremos nosotros. ¿No es cierto que, a veces, creemos que el Obispo dialoga porque simplemente nos llama o nos visita o nos escucha? Pero, ¿no es cierto, también, que con más frecuencia creemos nosotros que dialogamos porque le hacemos aceptar al Obispo lo que a nosotros nos parece? El diálogo es otra cosa.

El Espíritu Santo –que hizo posible el diálogo, en Cristo, entre Dios y el hombre – es quien ha de crear en todos una capacidad bien honda de diálogo. Para ello deberá hacernos más pobres y desprendidos, más simples y generosos.

Por eso esperamos, para nuestra Iglesia, al Espíritu “que habló por los Profetas” y que es el único que interpreta lo que hay en “lo profundo del hombre”.

IV. Más capacidad de comunión

“Tratad de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz” Cf. Ef 4,3.

Cada vez descubrimos mejor a la Iglesia como “comunión”. Cada vez experimentamos más las ansias de los hombres hacia la unidad. Y, sin embargo, cada vez se hace más difícil la unión entre nosotros. Nos esforzamos por lograr la unidad entre cristianos, y los católicos nos despedazamos dentro. Buscamos la unión con el mundo, y las tensiones crecen entre los diversos sectores de la única Iglesia. Cada vez se hace más difícil la autoridad y la obediencia. Cada vez se hace más honda la separación de los carismas. Antes la Iglesia era sólo la Jerarquía. Ahora la Iglesia son sólo los laicos (o, mejor aún, somos “nosotros” o soy “yo”).

Pentecostés trajo la gracia de superar la dispersión del Babel. No uniformó las lenguas, sino que las multiplicó. Pero era el mismo Espíritu el que hablaba, “en distintas lenguas”, las mismas “maravillas de Dios”. (Pedro y Pablo escriben “distinto” y “discuten” duramente), pero el Espíritu Santo crea en todos “un solo corazón y una sola alma” Cf. Act 4,32. Y toda la Iglesia de Pentecostés se manifiesta al mundo como la “comunidad del Señor” que permanece unida en la “enseñanza de los Apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” Cf. Act 2,42.

El Espíritu Santo deberá crear, entre nosotros, la comunión profunda de la única Iglesia que peregrina en América Latina con carismas y funciones distintas. Con mentalidades y temperamentos diversos (unos demasiado audaces, otros demasiado tímidos, unos demasiado lentos, otros demasiado impacientes). Pero todos igualmente fieles al mismo Evangelio (sin parcializarlo o desfigurarlo, con su fundamental exigencia de cruz y renunciamiento, de compromiso y servicio). Todos igualmente dóciles al mismo Espíritu que reparte sus dones “como Él quiere” Cf. 1 Co 12,11.

Esperamos al Espíritu Santo: no para que nos haga iguales, sino para que nos haga hermanos. Esperamos al Espíritu de Amor para que nos haga un solo Cuerpo.

V. Espíritu de conversión

Vivimos un momento en que todos tenemos que convertirnos. Cambiar nuestra mentalidad y nuestras actitudes. Es una exigencia de la cercanía inminente del Reino Cf. Mc 1,15.

Toda la Iglesia tiene que ponerse en actitud de conversión. Lo cual supone, ante todo, tomar conciencia serena de un pecado que llevamos dentro (“si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando” Cf. 1 Jn 1,8). Supone, también descubrir que hay un pecado en los hombres, en sus actitudes o instituciones, del cual somos todos, en un sentido o en otro, cómplices y responsables.

Es lo que a veces llamamos “situación de pecado” (injusticias, desigualdad, insensibilidad ante el dolor y la pobreza etc.).

La fuerza renovadora del Espíritu, en Pentecostés, provoca las primeras conversiones. Predica Pedro, en la misma hora de Pentecostés sobre la misteriosa efusión del Espíritu, y los invita a la conversión. “Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil” Cf. Act 2,41.

La conversión se realiza, primero, en los mismos Apóstoles ( es decir, en el interior mismo de la Iglesia, en los primeros Obispos y en los primeros discípulos). El Espíritu de Pentecostés crea en ellos un “corazón nuevo”.

Ya había habido en ellos una primera conversión, por el llamado mismo de Jesús. Pero era necesaria ahora esta conversión definitiva del Espíritu, para que mostraran verdaderamente al Señor en el rostro de la Iglesia joven. Cambiaron de mentalidad: ahora entendían a Jesús de otra manera, ahora comprendían los misterios del Reino. También hablaban de una manera nueva. Su lenguaje, que los hombres misteriosamente entendían, expresaba “la locura de la Cruz” Cf. 1 Co 1,13.

Hoy hace falta que el Espíritu Santo nos convierta a todos. Que descienda sobre su Iglesia y la purifique, preparando la belleza perfecta de la Jerusalén nueva del Apocalipsis Cf. Ap 21,2. Que se posesione plenamente de nosotros, que nos queme con su fuego, que deje en nosotros corazones nuevos: con una gran capacidad de amor a Dios y a los hombres, con deseos ardientes de inmolarnos y de darnos, de dejarnos crucificar con Cristo y de ofrecer la vida “para la salvación del mundo”.

Todo esto (y mucho más) es lo que esperamos del Espíritu Santo para nuestra Iglesia en América Latina. En estos precisos días de un Pentecostés nuevo. Que nos dé coraje, que nos ilumine para ver claro, que dialogue en nosotros, que nos ayude a vivir en comunión, que nos convierta.

Todo esto (y mucho más) es lo que estamos seguros que obrará en nosotros el Espíritu. Porque Cristo nos lo prometió enviar desde el Padre. Porque la Iglesia en América Latina se comprometió, solemnemente, hace poco, en Medellín, a recibirlo y a comunicarlo. Y porque todos lo esperamos –con más urgencia y seguridad que nunca – en la comunión fraterna, en la oración silenciosa, con María la Madre de Jesús Cf. Act 1,14.

América latina: hacia una iglesia pascual

por Eduardo PIRONIO, Secretario General del CELAM
Del O.R. del 11 de abril de 1971 / n.119/ p.12

HOY LA IGLESIA de América Latina va descubriendo su fisonomía propia. No que antes no la tuviera y expresara. Siempre la Iglesia de América Latina experimentó y ofreció el carisma original con que la revistió el Espíritu.

Pero es cierto que hoy hemos tomado particular conciencia de nuestra vocación específica y de nuestra riqueza propia. Nos interesa de un modo particular descubrir y presentar la identidad esencial de la Iglesia Latinoamericana. Vamos comprendiendo mejor que “la indivisa catolicidad de la Iglesia” está compuesta por la “variedad de las Iglesias locales” (L.G., 23). Corresponde –no por superioridad y autoprestigio, sino por responsabilidad y servicio– que nosotros vivamos auténticamente lo nuestro. Cada Iglesia –en perfecta y plena comunión de Espíritu con la Iglesia universal– debe ser fiel a su vocación y a su tarea. Debe desarrollar su riqueza y manifestar su estilo. Es el único modo de ser fieles al Espíritu y de ofrecer a los hombres de una determinada cultura la presencia encarnada de Jesús, el invariable Señor de la historia.

Por eso hablamos de la Iglesia Latinoamericana como de una “Iglesia Pascual”. ¿En qué sentido y por qué? ¿No es acaso pascual la Iglesia que peregrina en Asia o en Europa? Ciertamente que sí. Ya que, en definitiva, toda Iglesia es esencialmente pascual. La Iglesia nace de la Pascua de Jesús, la expresa y celebra en su misterio, la anticipa en su semilla del Reino. Esencialmente la Iglesia es la Alianza que brota de la Pascua de la cruz. ¿Puede concebirse una Iglesia que no sea el Sacramento del Señor Resucitado? ¿Puede entenderse una Iglesia –puede construirse y vivir– si no proclama centralmente la muerte y resurrección de Jesús anunciando su venida?

¿Por qué entonces nos apropiamos el carácter pascual para nuestra Iglesia? Porque es la Iglesia de la esperanza, del anonadamiento y del Espíritu. Es decir, una Iglesia joven y renovada, que saborea la fecundidad de la pobreza y se apoya sólo en la fuerza interior del Espíritu. También otras Iglesias lo hacen. Por eso el aspecto pascual no es “exclusivo” de la Iglesia Latinoamericana, pero sí “característico”. Es una exigencia especial de nuestra Iglesia. Sobre todo en la hora que vivimos.

LA EXPRESION la tomamos de los Documentos de Medellín. Como respuesta a “un llamado de Dios” –que nos interpela a través de “los legítimos y vehementes reclamos pastorales de la juventud”– los obispos hemos pedido una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres (M. 5, 15).

No es circunstancial que este texto lo encontremos precisamente en el mensaje a los jóvenes y que el rostro de una Iglesia auténticamente pascual aparezca como la única respuesta a sus exigencias.

La Iglesia Latinoamericana debe ser, de un modo especial, la Iglesia de la Pascua. Se ha comprometido de un modo solemne a la liberación plena del hombre y de los pueblos. Se ha comprometido a realizar la Pascua. Porque la liberación, entendida en su exigencia bíblica fundamental, es esencialmente un tema pascual. Con tal, sin embargo, que la entendamos en la totalidad religiosa y escatológica de Cristo y su Evangelio.

Por lo mismo, la Iglesia Latinoamericana se ofrece en las exigencias pascuales de la pobreza, la libertad y la misión.

La Iglesia de la Pascua no es precisamente una Iglesia “triunfalista” o “del poder”. Todo lo contrario. Una Iglesia pascual es ante todo una Iglesia del anonadamiento y la crucifixión, la pobreza, la persecución y la muerte. Es la Iglesia de la esperanza y la alegría. Pero en la profundidad verdadera que da la cruz y el silencio. Porque hay un modo de perder el valor del sufrimiento y el sabor de la pobreza: sacarlos del ámbito sagrado de “lo secreto” (cfr. Mt. 6, 4-18).

No es tampoco la Iglesia del “automartirio”. Hoy corremos el riesgo los cristianos de sucumbir a la extraña tentación de proclamarnos los permanentes “perseguidos por la justicia” (Mt. 5, 10). La Iglesia Pascual es la que nace del enterramiento silencioso y de la muerte oculta del grano de trigo (Jn. 12, 24). Saborea la fecundidad de la persecución pero no la provoca sin motivos.

ESTA ES “la hora” de la Iglesia Latinoamericana. Es preciso que la comprendamos con gozo y humildad. No es la hora de la superioridad y del prestigio. Como si tuviéramos que enseñar y dominar a los otros. Como si las demás Iglesias debieran aprender de nosotros a ser fieles. Como si fuéramos los únicos que hemos conocido “el tiempo y el momento” (Hech. 1, 7).

Es la hora de la responsabilidad y el compromiso, la conciencia, la renovación y el servicio. La hora de comprender que ha llegado a nosotros “el tiempo favorable y el día de la salvación” (II Cor. 6, 2). La hora de conocer, en la sencillez cotidiana de los signos de los tiempos, que este es el momento de “nuestra visita” (Lc. 19, 44).

El tema de “la hora” de Jesús es eminentemente pascual. Está esencialmente orientado hacia su muerte y su resurrección. Desde Caná hasta la Cruz el anuncio y la proximidad de “la hora” va cargando de sentido pascual el Evangelio de san Juan (Jn. 2, 4; 7, 30; 8, 20; 12, 23; 13, 1; 17, 1). Está directamente conectado con el tema del Espíritu (Jn. 7, 39; 19, 30-34). También con la presencia de María “imagen y principio de la Iglesia” (L.G. 63 y 68). Es interesante señalar que los dos únicos momentos en que san Juan habla de la Virgen son los marcados por “la hora” misteriosa de Jesús (Jn. 2,1 y ss.; 19, 25-27).

La hora de Jesús es esencialmente hora de anonadamiento y crucifixión, exaltación y esperanza. Es la hora de la comunicación del Espíritu a través de su humanidad glorificada.

¿Pero qué es esta hora nuestra en América Latina? ¿Por qué insistimos tanto en que ésta es la hora de nuestra Iglesia?

Porque el Espíritu está obrando en nosotros de un modo nuevo y despertando energías y responsabilidades ocultas. Porque el Padre nos descubre la urgencia y totalidad de su plan de salvación sobre nosotros y nuestros pueblos. Porque el Señor nos lo está pidiendo absolutamente todo. No es una hora de superioridad sino de servicio.

Hay tres aspectos que marcan hoy a nuestra Iglesia de un modo profundo y original:

–una mayor conciencia de que debe descubrir y promover su riqueza propia (pensamiento teológico, acción pastoral, compromiso evangelizador, etc.);

–una urgencia mayor de hacerse presente en el desarrollo integral o liberación plena de los pueblos (superación del clásico dualismo que separaba fe y vida y que constituye “uno de los más graves errores de nuestra época” (G.S. 43));

–una particular vocación a la experiencia y manifestación de la colegialidad (expresar la Iglesia en comunión).

¿Cómo seria esta Iglesia pascual?

1 Ante todo –y fundamentalmente– la Iglesia delacontecimiento de Pentecostés (Hech 2, 1 ss), es decir, la Iglesia que se siente “llena del Espíritu Santo”, que sólo confía en las armas del Espíritu y sólo tiende a expresar al Señor Resucitado. Con lo cual decimos una Iglesia pobre, una Iglesia libre, una Iglesia segura. No con la seguridad humana del prestigio y del poder, sino con la firmeza inquebrantable del Espíritu. Decimos, también, una Iglesia de “la caridad, la alegría y la paz”, que son los frutos primeros del Espíritu (Gál. 5, 22).

2 Luego, una Iglesia joven, una Iglesia nueva.

Lo original en Pascua es “la nueva creación” (II Cor. 5, 17; Ef. 2, 10). Una Iglesia pascual siente necesariamente la urgencia de lo nuevo. Pero de lo definitivamente nuevo. Lo nuevo en Cristo por el Espíritu. Lo escatológico. Una Iglesia que se forma en el “solo Hombre nuevo” (Ef. 2, 15), Cristo, a cuya imagen debe ser creado “el hombre nuevo” según las exigencias totales del Espíritu (Ef. 4, 23-24; Col 3, 19).

La Iglesia Latinoamericana es una Iglesia joven, una Iglesia nueva. Pero no es sólo una novedad histórica la nuestra (llevamos pocos siglos de existencia). Se trata de la novedad profunda en el Espíritu. Es la renovación pascual obrada en nosotros por el Concilio y por Medellín. Es la Iglesia que hace de la juventud –en un Continente predominantemente joven– una de sus más urgentes prioridades pastorales.

3 Una Iglesia en comunión. Precisamente el fruto de la Pascua es el Espíritu de la comunión. Pentecostés engendra en los discípulos un solo corazón y una sola alma (Hech. 4, 32). La imagen de la comunidad primitiva, nacida de la Pascua de Jesús, es ésta: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech. 2, 42).

Es la comunión entre sí de los Pastores, de las iglesias particulares, de los pueblos nuevos. Es la comunión del Pueblo de Dios con el Cristo glorioso y con la totalidad de los hombres.

Por eso, todo cuanto se haga entre nosotros por expresar y realizar la verdadera comunión en el Espíritu, es ir preparando el rostro de una Iglesia auténticamente pascual.

4 Una Iglesia en esperanza. Pentecostés nos hizo heraldos de una acontecimiento de salvación. Testigos de la Resurrección del Señor (Hech. 1, 22). Proclamamos que, a este Jesús Dios lo ha hecho “Señor y Cristo” (Hech. 2, 36). Ese es el permanente mensaje pascual de la Iglesia.

Si hay algo que nos comunica Pascua es la inquebrantable solidez de la esperanza. Nace así la Iglesia de la luz y la firmeza. La Iglesia de la seguridad y la alegría. Expresión de la permanente presencia de Cristo Señor de la historia. “Cristo entre vosotros, esperanza de la gloria” (Col. 1,27).

La Iglesia pascual es esencialmente la Iglesia de la esperanza. Con todo lo que la esperanza implica para la Iglesia: de compromiso y camino, de realización y de espera, de tensión y anticipo. La Iglesia se afirma en el acontecimiento de Pentecostés.

5 Una Iglesia en misión. Es la Iglesia que sale del Cenáculo impulsada por el Espíritu. “Como me envió mi Padre, así os envío yo” (Jn. 20, 21). “Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 19-20). Es la Iglesia que ora y peregrina, que sufre y profetiza,que es aprisionada y libera, que muere y da la vida. Es la Iglesia que se siente fuertemente invadida por el Espíritu para dar testimonio de la resurrección “desde Jerusalén… hasta los confines de la tierra” (Hech. 1,8).

6 Una Iglesia profética, evangelizadora. La plenitud de los tiempos mesiánicos se señala
–según el testimonio de Pedro en el día mismo de Pentecostés– por el cumplimiento de lo que dijo el profeta Joel: “Derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas” (Hech. 2, 16 y ss).

Es la Iglesia que anuncia “la Buena Noticia de Jesús” (Hech. 8, 35). La que proclama que el Reino de Dios ha llegado e invita a los hombres a la conversión y a la fe (Mc. 1, 15). La que explica, en el lenguaje diverso de los hombres, las invariables maravillas de Dios (Hech. 2, 11). No es sólo la Iglesia que descubre el futuro o denuncia las injusticias. Es, sobre todo, la Iglesia que proclama a Cristo y revela al Padre.

Más que nunca se advierte entre nosotros la necesidad de iluminar, hacer crecer y comprometer en la práctica la fe.

7 Pero una Iglesia pascual tiene que ser necesariamente la Iglesia del desprendimiento y la pobreza, del anonadamiento y la cruz, de la persecución y la muerte. Si nos escandalizamos por ello, no hemos entendido a Cristo; seguimos todavía con pensamientos humanos (Mt. 16, 23). Si nos envuelve la tristeza o la desesperanza, es porque aún no creemos lo que anunciaron los profetas (Lc. 24, 25-26). Si desenvainamos la espada, no hemos entendido al Maestro (Mt. 25, 52). Si buscamos todavía la seguridad de los recursos temporales o la firmeza de los poderes públicos o la influencia y prestigio de los liderazgos políticos, no hemos entendido el misterio de Cristo y la locura de la cruz (I Cor. 1, 18). Una Iglesia pascual es esencialmente una Iglesia del Cristo muerto y resucitado, del Jesús constituido Señor por su obediencia hasta la muerte de cruz (Filip. 2, 5-11).

UNA IGLESIA Pascual es la Iglesia de Pedro y Pablo: la que ellos dos “plantaron con su sangre”. Es la Iglesia del testimonio y del martirio. “Como testigos oculares de su grandeza… Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con él en la montaña santa” (II Pet. 1, 16-18). La de María Magdalena “que fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que Él le había dicho tales cosas” (Jn. 20, 18). La del protomártir Esteban “que vio la gloria de Dios y los cielos abiertos” (Hech 7, 55–56). La del Apóstol Juan, que oyó, vio, contempló y tocó “la Palabra de la vida”. “Nosotros la vimos y somos testigos” (I Jn. 1, 1-4).

Necesariamente una Iglesia Pascual supone siempre dos absurdos humanos: el silencio y la cruz. Si queremos que nuestra Iglesia Latinoamericana sea verdaderamente “Alianza de los Pueblos y Luz de las Naciones” (Is. 42, 6), “sacramento universal de salvación” (L.G. 48), hemos de volver a las invariables fuentes evangélicas.

Pascua es madurez de silencio y fecundidad de cruz. Una Iglesia Pascual supone la Palabra. Pero la Palabra se engendra en el silencio, en la hondura activa de la contemplación. Una Iglesia Pascual supone la Eucaristía. Pero la Eucaristía es donación, servicio, y muerte. En la plenitud del silencio y en el corazón de la cruz nacerá la Iglesia de la Pascua.

Por lo mismo, una Iglesia Pascual es la Iglesia que nació en María. La que empezó con Ella como “principio”. La que se refleja en Ella como “imagen”. Es la Iglesia que supone su pobreza, su silencio, su disponibilidad. Es la Iglesia que nace en la plenitud de su fe en la Anunciación, en el ardor de su caridad en la cruz, en su perfecta docilidad al Espíritu en Pentecostés.

Una Iglesia pascual es en María como “el signo de esperanza cierta y de consuelo” (L.G. 68).

Esta es la Iglesia que expresaremos todos. La hará el Espíritu en nosotros en la medida en que seamos pobres, confiemos en Él y nos entreguemos. En la medida, también, en que descubramos el dolor de nuestros hermanos y nos decidamos a llenar sus esperanzas.

El Señor pide que seamos fieles. Fidelidad absoluta a nuestra hora. Fidelidad a la identidad esencial de nuestra Iglesia. Fidelidad al Espíritu de Pentecostés. Fidelidad a nuestra vocación impostergable: ser para los hombres “la Iglesia de la Pascua”.