La oración, alimento del hombre

Palabras pronunciadas el 21 de mayo 1979.

“Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11,1)
“Señor, muéstranos al Padre y eso basta” (Jn. 14,8)

Parece que es éste el grito más fuerte, más intenso y más constante, de las generaciones nuevas. Los jóvenes desean orar de veras. Una de las características más claras de la juventud actual -al menos en los países del Tercer Mundo- es el hambre sincera de Dios, el deseo de contemplación, la búsqueda de hombres y mujeres -religiosas, sacerdotes, Obispos- que sean verdaderos maestros de oración. Hoy se necesitan “profesionales de la oración”.

Indudablemente que siempre se dio esto en la Iglesia. Nunca faltó el soplo vivificador del Espíritu que “intercede con gemidos inexpresables” y grita en el corazón de los hombres “Abbá, Padre”.

Pero lo nuevo hoy es que esta hambre de oración se manifiesta como uno de “los signos de los tiempos”, porque se da con más universalidad y en jóvenes especialmente comprometidos con la historia, es decir, muchachos y chicas muy normales, que celebran gozosamente la vida (son verdaderamente jóvenes), pero sienten la responsabilidad de participar activamente en la edificación del Reino y con la construcción de un mundo nuevo, donde reinen la verdad, la justicia, la libertad, el amor y la paz.

Basta comprobar los distintos movimientos y grupos de oración que van multiplicándose por todas partes; lo mismo las Vigilias de oración y las prolongadas experiencias de desierto que hoy atraen tan fuertemente a los jóvenes.

Yo encuentro particularmente tres motivos que explican la existencia de este fenómeno tan providencial y tan lleno de esperanza para el mundo:

– la acción profundamente renovadora del Espíritu Santo en el interior de la Iglesia y en la historia de los hombres. Tenemos que convencernos que “nosotros estamos viviendo en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu” (E.N.75);

– una fuerte atracción de los jóvenes hacia los valores esenciales del espíritu (oración, contemplación, sentido de la amistad y del amor, de la verdad y la justicia, de la pobreza evangélica y el generoso servicio a los hermanos;

– una particular expectativa y necesidad de los hombres de hoy: más que nuestra palabra exigen nuestro testimonio, más que en nuestra técnica confían en nuestra sabiduría, más que nuestra actividad esperan nuestra presencia y solidaridad verdadera.

Esto nos muestra que el tiempo de la oración no ha pasado. Y que el mundo de hoy -superficialmente disperso y tecnificado- siente necesidad de respirar profundamente a Dios en la montaña o de encontrarlo en la soledad fecunda del desierto. No para quedarse definitivamente en el desierto -el desierto es siempre un lugar provisorio- sino para volver a los hombres con más equilibrio y fortaleza, con más fuerza de una evangelización plena, con más capacidad de servicio y entrega a los hermanos.

Por eso quiero presentar brevemente estos tres puntos: oración y equilibrio en Dios, oración y profecía, oración y servicio.

1. ORACIÓN Y EQUILIBRIO EN DIOS

“Busco tu rostro, Señor”
“Mírame, Señor, que soy pobre y estoy solo”
“Como la cierva sedienta aspira a las fuentes del agua, así mi alma tiene sed de Ti, oh Dios vivo”

¿Qué significa orar? Entrar en comunicación muy honda -cuanto más silenciosa y profunda más verdadera- con un Padre que está en lo secreto y lo ve todo (Mt. 6,6), con un Maestro que está allí y nos llama (Jn. 11,28), con un Espíritu que habita en nosotros (Rom. 8,9) e intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse (Rom.8,26).

Orar es entrar en comunión gozosa y pronta con la voluntad adorable del Padre: “Padre mío, si es posible, que se aleje de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt. 26,39). Para ello hace falta silencio y disponibilidad, saber escuchar y entregarse con docilidad. “Si, Padre, porque esa fue tu voluntad” (Lc. 10,21). Hace falta, sobre todo, tener una clara conciencia de la paternidad divina y de nuestra correspondiente filiación adoptiva. Cuanto más honda es la conciencia de que “el Padre nos ama” (Jn. 16,27) y está adentro (Mt. 6,6), tanto más simple y breve, más serena y gozosa, resultará la oración. La oración se convierte entonces en la normal respiración del hombre. Nadie puede vivir sin respirar. Nadie puede vivir sin orar.

Así el hombre se establece en equilibrio. El hombre de hoy -tan agitado por exigencias familiares y de trabajo, tan preocupado por situaciones sociales, económicas y políticas, tan tensionado por el miedo que impone la violencia- experimenta una fuerte necesidad de recuperar su equilibrio en la oración. No que pretende “utilizar” al Señor para serenarse, sino que ha descubierto que sólo el encuentro profundo con el Dios vivo pacifica. En la oración el hombre recobra su amistad interior, tan frecuentemente quebrada por la simultánea presión de urgencias muy diversas.

El equilibrio es hoy uno de los valores espirituales de mayor precio. Vale la pena perderlo todo, con tal de ganarlo y poseerlo. Un hombre de equilibrio es buscado hoy como “la perla preciosa” del Evangelio. No porque no se dé, sino porque, por lo general, el hombre equilibrado ama la sencillez y prefiere el ocultamiento. Habla con profundidad y obra con madurez de sabio, cuando lo exige su misión, pero luego prefiere seguir viviendo “su vida escondida con Cristo en Dios” (Col. 3,3).

El equilibrio no es pasividad; es compromiso profundamente meditado y asumido. El equilibrio no es ambigüedad; es opción claramente descubierta y realizada en la madurez del Espíritu. No se trata, por consiguiente, de pretender contentar a todos y, para ello, ir haciendo concesiones contradictorias a una parte y a la otra. Ya S. Pablo rechazaba como anticristiano este tipo de demagogia espiritual- falta de verdadero nervio interior ¿»Piensan que quiero congraciarme con los hombres?. Si quisiera quedar bien con los hombres, no sería servidor de Cristo” (Gal. 1,10). El equilibrio nace de haber centrado su vida exclusivamente en Dios, de haber hecho de Dios “el unicum necessarium”.

La oración nos pone, así, de cara a Dios, de cara al Padre, de cara al Maestro y al Amigo: en actitud de adoración, de silencio y de búsqueda (“busco tu rostro, Señor, Señor”), de escucha de su Palabra (“habla, Señor, que tu siervo escucha”) y de entrega incondicional (“Señor, ¿qué quieres que haga?”).

Cuando la vida se centra verdaderamente en Dios, el hombre sale de su aislamiento penoso y entra en comunión gozosa con el Padre y los hermanos. Ya no se siente solo. Tampoco pienso que hacer oración es evadirse del compromiso con los hombres. Ha descubierto que la oración es esencialmente un encuentro: empieza con la manifestación de Dios en el monte o en el desierto y se prolonga en la predicación de la Buena Noticia y en la curación de los enfermos.

Comprende que toda la vida es oración. Pero que para ello es necesario que la oración se haga el centro de su vida: es decir, su fundamental y constante respiración. Hay que evitar los dos extremos: separar la oración de la vida -la contemplación de la acción- y confundir la rutina cotidiana de las cosas y el trabajo con la oración. Cuando un hombre reza de veras (es decir, cuando tiene momentos fuertes y exclusivos de oración), su vida se hace nueva cada día, se convierte en una constante y clara celebración de la Pascua. El primero que siente si la oración es verdadera es uno mismo: siente adentro la alegría de ser hijo y la serenidad de ser mirado por el Padre. Enseguida lo advierten los que lo rodean: hay algo de particular en su presencia, en sus gestos y palabras, que transmite verdaderamente a Dios.

¿Cómo hacer para orar así? ¿Cómo puede un hombre -sumergido en mil problemas diferentes, invitado por la técnica a buscar otros caminos y tentar otras soluciones- tener coraje para romper con todo y encontrar un tiempo y un lugar privilegiado para orar?

Ante todo, reconocer sus límites, captar con alegría su pobreza, sentir necesidad de otros. Sobre todo, experimentar la urgente necesidad del “Otro”, de Dios, del Padre, del Amigo. Mientras no se tenga nostalgia de Dios, no habrá oración. Y mientras no se sienta hambre de oración, no habrá oración verdadera. La pobreza nos abre a Dios y a los hermanos, nos libera de nosotros mismos -de nuestro orgullo, preocupaciones y angustias, del dolor de nuestra soledad vacía, de nuestro egoísmo y sensualidad- y nos prepara para el encuentro con Dios en la oración, nos hace sentir necesidad de orar.

La oración autentica -personal o comunitaria, espontánea o litúrgica- nos equilibra: porque es un verdadero reposo en Dios. Nuestro verdadero descanso es el Señor; pero no buscado por egoísmo personal -simplemente para llenar nuestro vacío- sino por El mismo, por “su inmensa gloria”. Vale la pena detener el ritmo fatigoso de nuestro trabajo para escucharlo solamente a Él, para estar en silencio con Él, para volver a ofrecernos totalmente a Él.

Es significativo el pasaje evangélico que nos refiere S. Marcos: “Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: “Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco”. Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto” (Mc. 6,30-32). Porque la tarea apostólica es inmensa, porque las preocupaciones del trabajo, de la familia, del orden público, nos agobian -hasta tal punto que no nos queda tiempo ni para pensar con serenidad ni para comer con tranquilidad- por eso es necesario retirarnos a lugares solitarios “para orar”. Así lo hacía Jesús: “Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó y fue a un lugar desierto, para orar. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron le dijeron: “Todos te andan buscando” (Mc. 1,35-36).

Precisamente por eso -porque “todos nos buscan”- hemos de buscar momentos exclusivos de soledad fecunda y de desierto. “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto” (Mt. 4,1). Pero el desierto no es un lugar definitivo, ni una fuga cobarde de los hombres, ni el espacio de una soledad vacía. El desierto es esencialmente el lugar privilegiado del encuentro: con Dios, consigo mismo, con los hombres. El desierto es el lugar de la experiencia de la gracia y el amor del Padre, se escucha la Palabra del Señor y se experimenta la acción transformadora del Espíritu Santo. El desierto nunca puede ser definitivo: de allí se sale para la misión y la construcción de un mundo nuevo, más humano, más fraterno y más divino. Moisés, Elías, Jesús, vivieron profundamente la experiencia del desierto -encuentro personal y directo con el Dios vivo- y regresaron enseguida para la misión.

Para recobrar el equilibrio -después de intensas jornadas de lucha y de trabajo, de éxitos maravillosos y de agudos fracasos, de mucho miedo y de serena alegría- hay que volver al desierto para orar, es decir, para agradecer y adorar, para descansar en Dios y pedir por los hombres, para escuchar en silencio la Palabra y comprometernos de nuevo a realizarla.

Hay una frase en S. Lucas que siempre me llama la atención: “su fama se extendía cada vez mas y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a lugares solitarios para orar” (Lc. 5,15).

2. ORACIÓN Y PROFECÍA

“El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha consagrado por la unción.
El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos”(Lc. 4,18).

¡Qué necesidad tiene el mundo de hoy de verdaderos testigos, de auténticos profetas! Testigos: hombres que hayan convivido con el Señor, que lo hayan visto, escuchado y palpado, y que por eso saben transmitirnos con sencillez, no una doctrina sino una experiencia, e invitarnos a vivir en la alegría de la comunión (cfr. I Jn.1-4). Profetas: hombres particularmente elegidos y consagrados, enviados a proclamar con la sabiduría y fuerza del Espíritu las invariables maravillas del Señor (Hch. 2,11). Hombres fuertes y serenos que saben escuchar a Dios y comprender al hombre; más aún, que sólo comprenden al hombre porque viven en profundidad de contemplación.

Un verdadero profeta anuncia los misterios de Dios en el lenguaje distinto de los hombres. Es, por eso, un hombre que experimenta “la pasión” del Espíritu y recibe en el desierto la Palabra que debe ser transmitida. “Dios dirigió su Palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto” (Lc. 3,2). “Entonces me fue dirigida la palabra del Señor en estos términos: Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado. Yo te constituí profeta de las naciones… Adonde quiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás… Mira que he puesto mis palabras en tu boca” (Jr. 1,4-10).

El mismo Jesús dirá: “La Palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado” (Jn. 14,24).

Un profeta tiene que ser hombre de silencio, de oración, de contemplación. Sólo un contemplativo puede conocer lo que hay en el corazón del hombre y penetrar con la sabiduría del Espíritu la verdad completa.

Hoy urge esta tarea profética en la Iglesia, tarea de evangelización, de anuncio explícito de la Buena Noticia de Jesús. La Evangelización supone una constante meditación de la Palabra de Dios, una permanente actitud contemplativa, un estar continuamente, como María, “a la escucha” de la Palabra de Dios. Supone, también, una coherencia entre su vida y la Palabra; es decir, que el primer modo de evangelizar es el propio testimonio, personal y comunitario. Supone, finalmente, hablar desde la pasión ardiente del Espíritu, no desde una mera brillantez humana o, menos aún, desde una pura agresividad personal. El profeta, el evangelizador, debe ser un hombre de Dios que sólo habla de las cosas de Dios, en el lenguaje de los hombres. Por eso mismo un hombre de oración.

En síntesis diría: el Profeta es un hombre que escucha incesantemente a Dios, que busca conocer al hombre y solidarizarse con él, que habla sólo bajo la serena y honda conducción del Espíritu Santo.

Hay que meditar constantemente el Evangelio, hay que penetrar las Escrituras, sobre todo hay que permanecer en la actitud humilde y pobre de María, la servidora del Señor, que recibe y rumia en silencio la Palabra, la engendra en su Corazón Virginal y la comunica al mundo para su Salvación.

La Evangelización del mundo contemporáneo -tan hambriento de Dios y tan necesitado de una verdadera liberación en Cristo- urge la presencia de misioneros (sacerdotes, religiosos y laicos) que constantemente entreguen a los otros “lo contemplado”, más aún cuya palabra y acción deriven exclusivamente “de la plenitud de la contemplación”.

La Iglesia de la Encarnación y de la Profecía, de la Evangelización y de la Promoción humana, debe ser esencialmente la Iglesia de la contemplación. Por eso el Espíritu Santo hace que vayan necesariamente juntos -cuando son verdaderos- la urgencia de la evangelización y el deseo profundo de la oración. No es simplemente el hecho de que “si Dios no edifica la Casa, en vano se esfuerzan los que trabajan”, sino que la única palabra de salvación que merece ser dicha es la que nace de una profunda interioridad contemplativa.

3. ORACION Y SERVICIO

“No vine a ser servido, sino a servir, y a dar mi vida como rescate por todos” (Mt. 20,28).

Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia va descubriendo, cada vez más que su única misión -continuando la de Jesús- es la evangelización y que su única actitud auténtica es la del servicio: su vocación es, pues, ser la “servidora de la humanidad” (Pablo VI) y estar constantemente dando la vida por los otros. En esto muestra la Iglesia que es “el Sacramento del amor de Dios”. Lo proclama en bellísima fórmula el Concilio: “Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana, al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es “sacramento universal de salvación”, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre” (G.S.45).

Pero esto exige en la totalidad de los miembros de la Iglesia una profunda actitud contemplativa. Ante todo, porque el servicio original que el mundo espera de los cristianos es la revelación y comunicación del misterio de Dios, de la fecundidad de su vida. “No existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hch. 4,12).

El mejor servicio que podemos prestar hoy a los hombres es el de anunciarles -con la potencia del Espíritu y la eficacia del testimonio- que Jesús es el único Camino para llegar al Padre, la única Verdad que nos revela al Padre y el misterio mismo del hombre, la única Vida que nos colma y que El vino a comunicarnos con abundancia (Jn. 10,10).

Hay un servicio que es urgente para los hombres de hoy: es el de enseñarles cómo recobrar la serenidad interior y cómo conseguir el gozo de la reconciliación y de la comunión fraterna. El encuentro con Dios en la oración pacifica los corazones y los armoniza en la paz verdadera. Por eso, insisto en que uno de los servicios más específicos del cristiano auténtico es enseñar a los hombres a orar: “Señor, enséñanos a orar”. “Muéstranos al Padre y eso basta”.

Pero hay algo más todavía. La misma capacidad de servicio se agota o se parcializa si no nace de la profundidad de la contemplación. El gran peligro hoy -ya lo decía Pío XII- es “el cansancio de los buenos”. Nos encontramos en un momento privilegiado de la historia: el Espíritu Santo actúa fuertemente en ella, como actúa maravillosamente en el interior de la Iglesia.

Pero no hay caso: el Misterio Pascual necesita ser constantemente celebrado en su integralidad de muerte y resurrección, de cruz y de esperanza. Y por momentos puede aplastarnos el cansancio de una cruz y hacernos perder la alegría de la muerte. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero cuando muere da mucho fruto” (Jn. 12,24).

El mismo Jesús -cuando siente llegar “la hora” del gran Servicio y de la suprema donación- experimenta una fuerza interior que lo lleva a la soledad del encuentro con el Padre en la oración (Lc. 22,39-44). “En medio de la angustia, el oraba más intensamente. En los momentos decisivos de la entrega -cuando el miedo, la angustia y la tristeza nos rodean como al Señor- no hay más camino que la soledad del desierto y el encuentro con el Padre en la oración. “Si es posible…”.”El discípulo no puede ser más que su Maestro”.

Sólo el verdadero contemplativo no agota nunca su capacidad de servicio; antes al contrario, la ahonda constantemente y recrea maravillosamente con la fuerza transformadora del Espíritu. Su servicio es incansablemente nuevo.

La oración impide que nos cansemos. La oración impide, también, que nos repitamos. Será siempre nuevo nuestro servicio en la medida de nuestra interioridad contemplativa. La oración hace que un servicio cualquiera -el más humilde y escondido- resulte extraordinariamente fecundo. Y la oración hace también que un servicio -repetido todos los días, en aparente monotonía resulte cotidianamente nuevo y nos haga gustar la alegría de una permanente Pascua recreadora.

Finalmente, el servicio que nace de la oración no queda en la superficie del hombre: lo penetra, lo invade todo (alma y cuerpo, tiempo y eternidad). Solamente cuando se vive en permanente actitud contemplativa uno tiene la capacidad para mirar lejos y adentro (desde la interioridad y la eternidad del hombre) y el extraordinario poder para abrir los corazones de los hombres a la acción del Espíritu a fin de que él forme en todos y con todos al Hombre-Nuevo en Jesucristo.

CONCLUSIÓN

Cuando decimos que “la oración es la respiración del hombre” queremos subrayar dos cosas: su actualidad y su fuerza unitiva. ¿Es actual la oración en los tiempos de la técnica, de la urgencia de la promoción humana y de la liberación de los pueblos, de los movimientos apostólicos, de la necesidad de hacernos presentes entre los más pobres y solidarizarnos con su pobreza y sus trabajos? Sí, más que nunca es imprescindible la oración. Diríamos que estos tiempos privilegiados del Espíritu Santo nos invitan y obligan a la oración. Por eso los nuestros -en todos los niveles de la vida eclesial: Obispos y sacerdotes, religiosos y laicos- están fuertemente caracterizados por esta aspiración a la oración. Particularmente los jóvenes nos transmiten esta hambre de contemplación. El hombre no puede vivir sin respirar. Tampoco puede vivir sin orar.

Esto nos lleva a subrayar la fuerza unitiva de la oración y su exigencia: cuando la oración es verdadera -”nadie puede decir que Jesús es el Señor, si no está impulsado por el Espíritu Santo” (I Cor. 12,3)- produce la unidad interior del hombre y hace que se prolongue en la vida. Toda la vida se convierte en Oración. Con tal, sin embargo, que la vida tenga constantemente su punto de referencia en el Señor encontrado en el desierto. Este es el sentido de las exhortaciones de Jesús y de San Pablo: “es necesario orar siempre sin desanimarse” (Lc. 18,1). “Estad siempre alegres. Orad sin cesar” (I Tes. 5,16-17). Es muy significativo aquí, en este texto de Pablo, que la oración vaya unida a la alegría. Y ambas -oración y alegría- con las exigencias de una vida de amor. También Santiago, aunque de manera inversa, conecta la oración con la alegría: “Si alguien está triste, que ore. Si está alegre que cante salmos” (St. 5,13).

Nadie puede vivir sin alegría; nadie puede vivir sin esperanza; nadie puede vivir sin amor. Por eso nadie puede vivir sin Dios.

La oración -encuentro profundo y sereno de comunión con Dios- nos restituye el equilibrio, es fuente viva de nuestra profecía y engendra en nosotros una inagotable capacidad de servicio.

Miramos a María, nuestra Madre; la que recibió la Palabra del Señor y fue feliz (Lc. 1,45), la que “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc.2,19-51), la que no sólo estuvo “a la escucha de la Palabra de Dios” sino que la realizó en su vida (Lc.11,28), la que contempló en doloroso silencio el misterio pascual del Hijo (Jn.19,25-27), la que presidió -en plena comunión apostólica- la oración intensa de los discípulos que esperaban la promesa del Padre (Hch. 1,14).

A Ella nos encomendamos para que nos enseñe a recibir en pobreza y silencio la Palabra, para que nos abra los caminos de una oración contemplativa, para que nos enseñe a vivir y a ser felices, enseñándonos a respirar en Dios, como Ella en Jesús, enseñándonos a orar y a ser “maestros de oración”.

Card. PIRONIO
21 de mayo 1979

Reflexión teológica sobre el sacerdote

Introducción: La Hora Sacerdotal

            1– Cristo vivió intensamente su hora. Era la hora del Padre para Él. No la había elegido Cristo ni programado en sus detalles. Era simplemente “la plenitud de los tiempos” (Gál 4,4). La vivió Cristo en su esencial actitud sacerdotal: la gloria del Padre en la redención de los hombres. Era ésta “la obra” (Jn 17,4).

            Cristo nos enseña a vivir lo nuestro. Esta hora sacerdotal –tan particularmente dura y difícil, tan llena de tensiones y de riesgos, tan dolorosamente oscura y sacudida– es la hora de Dios para nosotros. No hemos de temerla ni eludirla. Hemos de comprenderla, amarla y asumirla en toda su riqueza. Lo primero que se nos pide es que no nos angustiemos: “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27).

            Nos preocupa la crisis sacerdotal: falta de vocaciones, abandono del ministerio, desorientación en los sacerdotes. Ello engendra, en muchos casos, ambigüedad, desprestigio o desconfianza. Quisiéramos que lo sacerdotal –tan tradicionalmente estable y supramundano– no fuera sacudido por el cambio. Pero el sacerdote, interiormente consagrado por el Espíritu, sigue estando en el mundo (Jn 17,15). La historicidad forma parte esencial de su estructura. Es lógico que la rapidez y la profundidad de las transformaciones lo conmuevan.

            La fragilidad de su condición humana lo hace providencialmente capaz de sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados” (Hb 5,2). Lo humano es su riqueza y su peligro. Si nos escandalizamos demasiado es porque aún no hemos entendido el misterio de la Iglesia. Si condicionamos la adhesión personal de nuestra fe a la claridad de una figura indiscutida es porque todavía no nos hemos dejado “alcanzar por Cristo” (Flp 3,12) o seguimos siendo “niños en Cristo” (1 Cor 3,1).

            2– Hemos de afrontar esta hora sacerdotal con realismo, con serenidad, con esperanza. Pero con la esperanza cristiana, que es esencialmente activa y creadora, constante y comprometida.

            El problema no es exclusivo de los sacerdotes. Ni siquiera es primordial de ellos. Fundamentalmente es de todo el Pueblo de Dios. Lo primero siempre –en una verdadera teología del sacerdote– es el Pueblo de Dios: el sacerdote surge de su seno y es vuelto a él como su servidor. Cuando hablamos de crisis sacerdotales, hemos de plantearnos antes las crisis mismas de la comunidad cristiana. El sacerdote es con frecuencia un signo y fruto de esa crisis. Además hemos de preguntarnos qué está haciendo el Pueblo de Dios –de verdaderamente válido y esencial– para ayudar al sacerdote a superar sus problemas. ¿Simplemente rezar? ¡Si al menos lo hiciéramos bien!

            Pero ¿no hay toda una responsabilidad activa de la comunidad cristiana frente a sus pastores? ¿No ocurre a veces que los cristianos “monopolizan” al sacerdote para el servicio exclusivo de su salvación? ¿No lo dejan con frecuencia en peligrosa “soledad” porque el sacerdote vive de lo sobrenatural y lo invisible? ¿O tal vez no le contagian fácilmente su propia superficialidad o mundanismo? ¿No son a veces los cristianos los principales responsables de la sensación de fracaso, desubicación o inutilidad de los sacerdotes?

            El sacerdote es un don gratuito de Dios, manifestación del amor del Padre. Pero el Espíritu Santo lo elige, lo consagra y lo sostiene en el corazón de una comunidad verdaderamente sacerdotal y misionera.

            3– San Juan nos habla de “la hora” de Jesús. Es importante comprenderla en su fecundidad divina. Es importante, también, iluminar con su luz la hora nuestra sacerdotal.

            En Caná de Galilea, Jesús advierte a su Madre: “Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,4).En el templo pretenden detenerlo, pero “todavía no había llegado su hora” (Jn 7,30; 8,20). La inminencia de la hora es anunciada por Jesús: “Ha llegado la hora”(Jn 12,23). O también: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora” (Jn 13,1). Finalmente: “Padre, ha llegado la hora” (Jn 17,1).

            ¿Qué es esta “hora” misteriosa de Jesús? Es la hora sacerdotal por excelencia: la hora de su glorificación por la cruz, la hora de la fecundidad de su misión, la hora de la reconciliación de los hombres con el Padre. “Llega la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,23-25).

            Es la hora de la Pascua. Por lo mismo, es la hora de la cruz y la esperanza, del anonadamiento y la exaltación (Flp 2,7-11), de la máxima donación por sus amigos (Jn 15,13) del supremo servicio hasta la muerte (Mt 20,28), de la definitiva glorificación por el Espíritu de la Verdad que nos comunicará desde el Padre (Jn 16,13-15).

            Humanamente es la hora del absurdo. La hora de la cruz que no se entiende (Mt 16,21-23; Lc 9,44-45; 18,31-34). La hora de la tristeza, de la angustia y del miedo (Mt 26,37-38; Mc 14,33-34; Lc 22,44). La hora de la soledad (Mt 26,40) diríamos que es la hora de la crisis: “Padre mío, si es posible que pase de mí este cáliz… (Mt 26,39). Coincide en parte con “la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22,53).

            Por eso Cristo –que ardientemente deseaba el bautismo de esta hora (Lc 12,49-50)– se siente profundamente sacudido. “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? Padre, líbrame de esta hora. ¡Si he llegado a esta hora para eso!” (Jn 12,27).

            Cristo amó esta hora. Se entregó al Padre definitivamente en ella (Jn 14,31). Los hombres fueron reconciliados con el Padre y pacificados por la sangre de su cruz (Col 1,20).

Esta hora sacerdotal de Cristo –la de la fecundidad de su Misterio Pascual– estuvo señalada por la presencia de María (Jn 2,1ss; 19,25-26) y consumada por la entrega del Espíritu de vida (Jn 7,37-39; 19,30).

            4– Es preciso que el sacerdote viva “su hora”. Que asuma con generosidad “el tiempo y el momento” (Hch 1,7) que el Padre dispuso por amor.

            Es también para el sacerdote la hora de su Pascua: una hora de dolor y agonía, de anonadamiento y de muerte, de incertidumbre y de búsqueda. Una hora de luz y de esperanza, de fecundidad y de gozo, de suprema donación y de servicio. Dios nos lo pide absolutamente todo. Únicamente desde la perspectiva de lo Absoluto de Dios –y de nuestra entrega sin cálculos– podrán disiparse muchas de nuestras dudas y serenarse nuestros ánimos.

            Porque es cierto que el momento es duro para el sacerdote. Lleno de oscuridad y de miedo, de tristeza y de angustia, de soledad y de cansancio. También, lleno de búsqueda sincera, de generosa autenticidad, de fidelidad al Evangelio, docilidad al Espíritu y compromiso con el mundo.

            El sacerdote quiere de veras servir a un mundo que ya no lo comprende. Es el “hombre de Dios”, testigo de lo Absoluto, presencia del Señor resucitado. Pero ¿qué significa eso para un mundo “secularizado” que proclama “la muerte de Dios”? El Evangelio del Reino no llega a preocupar al hombre que conquista los espacios ni le interesa la salvación que le ofrecen los sacerdotes. El sacerdote se siente desubicado y solo, incomprendido y raro, o apenas dolorosamente compadecido. Pareciera que el mundo ya no lo necesita.

            5– También la Iglesia ha cambiado. Una mejor penetración en el Misterio de la Iglesia y una mayor adaptación a las circunstancias concretas de la historia le han impuesto al sacerdote una profunda revisión de sus estructuras mentales, en sus hábitos tradicionales, en sus actitudes pastorales. Se han modificado sus relaciones con los laicos y con el mundo. Ya no es el único dueño de la misión salvífica de la Iglesia. Ya no posee el monopolio de la verdad, de la palabra, del profetismo. No es el único sacerdote. No es el único apóstol. Todo el Pueblo de Dios es sacerdotal, profético y real.

            Entonces se pregunta con sinceridad ante Dios quién es él, qué significa para el mundo su existencia, cuál es su misión específica en la Iglesia. Con frecuencia no se formula explícitamente estas preguntas. Pero las padece en su interior sin expresarlas.

            En el fondo, el problema es éste: su identidad sacerdotal. En el momento de la promoción del laicado, ¿no se oscurece un poco la figura del sacerdote ministerial? Cuando se urge tanto a la Iglesia que se incorpore al proceso de la historia y se encarne en la comunidad humana, ¿qué sentido tiene la existencia de este hombre segregado del mundo, ajeno a una profesión y a una familia?

            Por eso hace falta profundizar la naturaleza y la misión del sacerdote ministerial. Buscar las líneas fundamentales para una auténtica Teología del Presbítero. Creo que ello es sólo posible desde esta triple perspectiva:

            I– El Sacerdocio único de Cristo;

            II– La Iglesia Pueblo Sacerdotal;

            III– El Servidor de la comunidad.

I– El Sacerdocio único de Cristo

            6– No entenderemos nunca al sacerdote si lo desvinculamos de la consagración y misión de Cristo. De su relación esencial y directa con la Persona de Cristo único Sacerdote.

            Todo arranca de aquí: “Como el Padre me amó, Yo también os he amado a vosotros” (Jn 15,9). “Como el Padre me envió, también Yo os envío” (Jn 20,21).

            Esto explica la trascendencia única de nuestra misión. No sucedemos a Cristo. Lo prolongamos. No hay más que un único y eterno sacerdote: Cristo. Pero Él vive en nosotros y actúa por nuestro ministerio. Obraremos siempre “in persona Christi”: sea que anunciemos la Palabra, celebremos la Eucaristía o conduzcamos la comunidad de los creyentes. Nuestra misión es ésta: hacer posible que Cristo siga manifestándose en la historia como “el único Mediador entre Dios y los hombres” (1 Tim 2,5); “el único que salva” (Hch 4,12).

            Esto explica también el carácter definitivo de nuestra consagración. Algo ha sido cambiado de modo absoluto en nuestro interior. Hemos quedado marcados para siempre con “el sello” de Cristo. Seguimos siendo frágiles y necesitamos ofrecer cotidianamente sacrificios “por los pecados propios igual que por los del pueblo” (Hebr 5,3). Pero el Espíritu Santo nos configuró de un modo esencialmente nuevo a Jesucristo y nos consagró de un modo irrevocable a Dios. “Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma que puedan obrar en la persona de Cristo Cabeza” (PO 2). No es una simple destinación externa para el cumplimiento transitorio de una función. Es la comunicación interna de poderes irrevocables que capacitan para reproducir “la imagen de Cristo, Sumo y eterno Sacerdote” y participar en su oficio de “único Mediador” (LG 28).

            Esto explica también nuestra seguridad y compromiso. Cristo vive en nosotros para que lo comuniquemos y obremos en su nombre. Nuestro ministerio arranca de una elección amorosa y de un llamado definitivo. No se trata de un gusto personal de una iniciativa nuestra o de una exigencia de la comunidad. Se trata de una respuesta generosa a Alguien que nos ha llamado. Y que tiene derecho a esperar la totalidad absoluta de nuestra respuesta. “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado a que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16). Estas palabras nos tranquilizan (Cristo sabía nuestra pobreza), pero también nos comprometen.

            7– El Concilio conecta siempre el ministerio sacerdotal con la consagración y misión de Cristo (LG 28; CD 1; PO 2). Aquel a quien el Padre “santificó y envió al mundo” (Jn 10,36), nos hizo partícipes de su ministerio.

            Es preciso insistir un poco en esta consagración y misión sacerdotal de Cristo.

            La carta a los Hebreos –que nos describe el Sacerdocio único de Cristo– subraya particularmente tres aspectos:

            a) La consumación del sacerdocio de Cristo. Pertenece esencialmente a la misión del sacerdote llevar la comunidad al reposo definitivo de Dios (en esto también Cristo es superior a Moisés). Cristo asegura inicialmente la llegada al Padre de todos los hombres a través de su propia humanidad glorificada. “Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos –Jesús, el Hijo de Dios– mantengamos firmes la fe que profesamos” (Hebr 4,14). “Presentose Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta… y penetró en el santuario una vez para siempre… consiguiendo una redención eterna” (Heb 9,11-24).

            Lo fundamental es esto: que la humanidad glorificada de Cristo nos asegura la redención y la comunicación de los bienes futuros. “Este es el punto capital de cuanto venimos diciendo, que tenemos un Sumo Sacerdote tal, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Heb 8,1).

            Este aspecto ilumina la trascendencia esencial de nuestro ministerio. Realizamos nuestro sacerdocio en la historia. Pero no somos sacerdotes para el tiempo ni para los bienes visibles. Nos sentimos solidarios con los hombres. Pero nuestra misión se ubica en la línea del sacramento: expresamos y comunicamos la vida eterna que ya nos ha sido en parte anticipada.

            b) Lo profundamente humano del Sacerdocio de Cristo. “Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo” (Heb 2,17-18). “No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4,15). Por lo mismo Cristo asume la debilidad de nuestra carne, la intensidad de la cruz, el gusto de la muerte. Aprende a obedecer “en la escuela del sufrimiento” (Heb 5,8).

            Este aspecto nos lo acerca mucho a Cristo. Lo introduce plenamente en el corazón de los hombres. Ilumina, además la problemática esencialmente humana de los sacerdotes. Todo sacerdote es entresacado de los hombres y vuelto a los hombres (Heb 5,1). Deberá ser un “segregado” pero no un “separado”. “No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida más que de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran extraños a su vida y a sus condiciones” (PO 3).

            Es decir, lo humano en el Sacerdocio de Cristo explica nuestra debilidad y al mismo tiempo urge y orienta nuestra inserción en el mundo.

            c) La perennidad del Sacerdocio de Cristo. Su Sacerdocio es único y se prolonga ahora en los ministros elegidos. “Este posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre” (Heb 7,25). La carta a los Hebreos insiste en que Cristo se ofreció “de una vez para siempre” (Heb 7,27; 10,10), que se trata de “un solo sacrificio”, de “una sola oblación”, mediante la cual “ha llevado a la perfección para siempre a los santificados” (Heb 10,11-14), y “se convirtió en causa de salvación eterna” (Heb 5,9).

            El único Sacerdote es Cristo. La única Víctima es Cristo. Nosotros participamos en su sacerdocio de un modo nuevo (también en condición de víctima) y nos sentimos especialmente revestidos de su Persona, sus poderes y sus funciones.

            Esto nos tranquiliza porque Él “está siempre vivo”. Pero también nos compromete porque Él es “santo, inocente, incontaminado” (Heb 7,25-26). Nos mantiene en una esencial actitud de humildad y dependencia: somos simplemente el Sacramento del Sacerdocio único de Cristo.

            8– Conviene subrayar ahora la actitud fundamental del alma sacerdotal de Cristo: Cristo es esencialmente “el enviado” del Padre. Por eso obrará siempre en la línea de ese envío. No vino para hacer su voluntad sino la del Padre que lo ha enviado (Jn 3,34; 5,30; 6,38). La Palabra que anuncia no es suya sino del que lo ha enviado (Jn 14,24).

            Lo que interesa a Cristo es “la gloria del Padre”. Es el movimiento radical de su sacerdocio. “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Jn 17,4). Cristo se manifiesta como el “camino” al Padre, la “imagen” del Padre, “una sola cosa” con el Padre (Jn 14,5-11). Irá a la cruz “para que conozca el mundo que amo al Padre” (Jn 14,31).

            Pero el Padre envió a su Hijo al mundo “para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,17). La salvación plena de los hombres entra en el dinamismo esencial del sacerdocio único de Cristo. No vino a llamar a los justos sino a los pecadores (Mt 9,13). Fue enviado a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15,24). Cristo anuncia la Buena Nueva del Reino (Mt 1,15), “quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), cura a los enfermos, expulsa a los demonios y resucita a los muertos. Todo esto es tarea sacerdotal. Tiende a salvar al hombre y al mundo. A hacer que todas las cosas queden definitivamente recapituladas en Él (Ef 1,10).

9– El sacerdocio de Cristo se inscribe en la línea del servidor de Yavé (Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-11; 52,13-53,12).

            Es ungido por el Espíritu y enviado por el Padre para “anunciar la Buena Nueva a los pobres, vendar los corazones rotos, proclamar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad” (Is 6,1; Lc 4,18-19).

            La misión del Siervo es “ser alianza del pueblo y luz de las gentes, abrir los ojos ciegos, sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas” (Is 42,6-7).

            Será preciso que el Siervo pase por el misterio de una cruz y de una muerte. Sólo así “verá luz y justificará a muchos” (Is 53,11). Deberá ser “varón de dolores y sabedor de dolencias”, “herido por nuestras rebeldías, y molido por nuestras culpas”, “entregado a expiación” para poder ver descendencia.

            Es el camino pascual del sacerdocio de Cristo. Allí tiene esencialmente que desembocar. El mismo se nos describe como el que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20,28).

            Pero el fruto sacerdotal por excelencia del Misterio Pascual de Jesucristo ha sido la comunicación del Espíritu Santo.

            10– El sacerdocio de Cristo está marcado –en sus tres etapas principales– por una especial presencia y efusión del Espíritu Santo.

            a) La Encarnación señala el comienzo del sacerdocio de Cristo. Allí es consagrado sacerdote, en el seno virginal de Nuestra Señora por virtud del Espíritu Santo (Lc 1,35). Es la unción predicha para el Siervo de Yavé (Is 42,1; 61,1). Cristo recibe entonces la plenitud del Espíritu (Is 11,2).

            b) La Teofanía del Jordán indica la iniciación del ministerio apostólico y misionero de Cristo Sacerdote. Sobre Él desciende el Espíritu Santo, en forma visible, como un signo de la completa efusión del Espíritu de profecía (Lc 3,22). La vida pública de Cristo (su ministerio sacerdotal hecho de palabras y de gestos salvíficos) se hará bajo la conducción permanente del Espíritu.

            c) El Misterio Pascual –muerte, resurrección, ascensión– marca la culminación del sacerdocio de Cristo. Cristo –Mediador único de la Alianza Nueva– se ofrecerá a Sí mismo a Dios “por el Espíritu eterno” a fin de purificarnos con su Sangre y convertirnos en culto de Dios vivo (Heb 9,14).

            Mediador de la Nueva Alianza –que es la Alianza del Espíritu– Cristo glorificado a la derecha del Padre comunicará a los hombres (a toda la creación) el fruto esencial de su sacerdocio: el Espíritu Santo. Por eso Pentecostés es el acontecimiento sacerdotal por excelencia: consuma el misterio sacerdotal de Cristo, consagra definitivamente a los apóstoles para el ministerio y forma en el Pueblo de Dios la comunidad profética y sacerdotal de los tiempos mesiánicos.

II – La Iglesia, pueblo sacerdotal

            11– El sacerdocio único de Cristo pasa, ante todo, a la totalidad del Pueblo de Dios. Es toda la Iglesia la que es constituida –mediante la comunicación del Espíritu de Pentecostés– en Cuerpo Sacerdotal de Cristo.

            Esto es explícito en la doctrina del Concilio: “El Señor Jesús, a quien el Padre santificó y envió al mundo, hizo partícipe a todo su Cuerpo místico de la unción del Espíritu con que Él está ungido; puesto que en El todos los fieles se constituyen en sacerdocio santo y real, ofrecen a Dios, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales, y anuncian el poder de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (PO 2).

            “Cristo, Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, a su nuevo Pueblo lo hizo reino y sacerdotes para Dios, su Padre” (LG 10).

            El sacerdote ministerial surge de un Pueblo sacerdotal y es destinado a su servicio. La misión esencial del sacerdote será “el ministerio” de esta comunidad sacerdotal. No es que la elección y los poderes vengan de la comunidad. “Nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por Dios” (Heb 5,4). El “don espiritual” que nos capacita para el ministerio nos ha sido conferido “por la imposición de las manos del presbiterio” (1 Tim 4,14; 2 Tim 1,6). Es Cristo quien nos envía desde el Padre al Espíritu que nos hace “testigos” de su Pascua (Hch 1,8).

            Pero Cristo nos elige del seno de la comunidad de sus discípulos (Lc 6,13). “Llamó a los que Él quiso” (Mc 3,13) y después de haberlos instruido y revestido de poderes especiales, los envió a proclamar que “el Reino de los cielos está cerca” (Mt 10,7). El proceso de Cristo es éste: la comunidad, los doce, Pedro.

            El sacerdote actúa sólo en nombre de Cristo quien lo reviste del poder sagrado del Orden para ofrecer el sacrificio, perdonar los pecados y hacer que los fieles se congreguen todos en un solo cuerpo (PO 2). De todos modos –en el comienzo y en el término de su tarea– la vida y el ministerio de los presbíteros están esencialmente relacionados con la comunidad cristiana sacerdotal, profética y real.

            12– Es preciso, por lo mismo, subrayar las riquezas y exigencias de este Pueblo de Dios Sacerdotal. Dios pudo salvarnos individualmente. Pero quiso hacernos, en Cristo, un solo Pueblo santo. Un pueblo consagrado, de exclusiva pertenencia de Dios, insertado en la historia y la comunidad humana. Un Pueblo mesiánico que es “germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano” (LG 9). Un Pueblo que es esencialmente “comunión” de vida, de caridad y de verdad.

            Es importante subrayar esta idea de “comunión” en la totalidad de los miembros de la Iglesia. Es la comunión con Dios, con los cristianos, con el mundo. La Iglesia –Pueblo Sacerdotal– se encarna en el mundo para redimirlo. Pero sólo lo hace como comunidad cristiana, signo de la presencia del Señor (AG 15).

            Nuestro ministerio sacerdotal está esencialmente relacionado con la Iglesia como comunión. Porque al sacerdote le corresponde precisamente realizar y presidir esta comunión, como expresión visible del Espíritu, que es “el principio de la unidad en la comunión” (LG 13).

            Además, se entenderán mejor las exigencias sacerdotales de comunión con el Obispo, los presbíteros y los laicos. Hay una comunidad cristiana elemental a la que todos igualmente pertenecemos, en la que todos tenemos una misma dignidad de hijos, una misma vocación de santos, una misma responsabilidad de apóstoles. Aunque sean distintos los carismas y diferentes las funciones.

            13– Este Pueblo único es sacerdotal. Dios nos hizo “un Reino de sacerdotes” (Apoc 1,6; 5,10). Ya en la Antigua Alianza fue preparado: “Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,6). Pero fue definitivamente constituido en Cristo. Sobre Él, “piedra viva”, fuimos edificados “para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo”. Es el Pueblo de Dios que formamos como “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que nos ha llamado de las tinieblas a su luz “admirable” (1 Pe 2,4-10).

            Señalaremos algunas riquezas de este sacerdocio común de los fieles.

            “Es una verdadera participación –aunque esencialmente distinta de la del sacerdote ministerial– en el único sacerdocio de Cristo” (LG 10). Cada bautizado ha sido realmente consagrado por la unción del Espíritu para un sacerdocio santo. Por lo mismo, todo en la vida del cristiano es esencialmente sacerdotal. Todo adquiere la dimensión sacerdotal del alma de Cristo: la gloria del Padre y la redención del mundo.

            En virtud de este sacerdocio real cada cristiano (todo el Pueblo de Dios) concurre activamente “en la oblación de la Eucaristía” y ofrece su cuerpo a Dios como “víctima viva y verdadero culto espiritual” (Rom 12,1). Esto impone al cristiano el deber de una progresiva configuración a Cristo, un crecimiento en la santidad, que es el modo fundamental de ir poniendo en acción el sacerdocio recibido.

            En virtud también de este sacerdocio los cristianos “consagran a Dios al mundo mismo” (LG 34). La construcción cotidiana de la ciudad temporal se convierte en ofrenda espiritual agradable a Dios por Jesucristo (1 Pe 2,5), porque es hecha por hombres “consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo” (LG 34).

            14– El sacerdocio de Cristo en su Iglesia es esencialmente profético y real. Es todo el Pueblo de Dios el que “participa del don profético de Cristo” (LG 12). Los carismas los distribuye el Espíritu en la Iglesia “como Él quiere” (1 Cor 12,11). Esto nos sugiere tres cosas:

            a) que el Pueblo de Dios tiene “el sentido de la fe” y la universalidad de los fieles “no puede fallar en sus creencias” (LG 12). Corresponde, por consiguiente, al sacerdote (también al Obispo) auscultar este sentido profético del Pueblo;

            b) que el sacerdocio común de los fieles tiende a la proclamación de “las maravillas de Dios” (Hch 2,11), al anuncio de “Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe 2,9). El testimonio de la Pascua es exigencia de la consagración bautismal y de la unción del Espíritu de la Promesa (Hch 1,8). El Pueblo de Dios –que ha recibido “la unción del Santo” (1 Jn 2,20)– tiene siempre algo que decir: al mundo y a los Pastores;

            c) que el sacerdote ministerial –al servicio de la comunidad sacerdotal de los creyentes– debe llevar a los cristianos a la madurez de su fe, a la perfección de su caridad, al compromiso activo de su esperanza. Es decir, que el sacerdote ha recibido “el ministerio de la comunidad” (LG 20) para hacer el Pueblo Sacerdotal de Dios.

            15– Algo más deberíamos añadir. Si toda la Iglesia es Pueblo Sacerdotal de Dios, la extraordinaria grandeza del presbítero es su “diaconía” o su “servicio”. Presidimos en nombre del Señor para hacer su comunión. La riqueza de la Palabra y el poder del Sacramento que nos han sido encomendados es simplemente como a “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4,1). Lo único que se nos pide es fidelidad a nuestro ministerio. No puede haber en nuestra existencia o acción algo que nos distancie de la comunidad. Lo que nos distingue es el “servicio” que nace de una consagración. “Siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5).

            Pero también es cierto que la comunidad cristiana –de cuyo seno sacerdotal surge el ministro que la preside– es responsable de la grandeza espiritual y de la fecundidad apostólica de sus presbíteros. A todo el Pueblo de Dios interesa que sus ministros sean verdaderamente una presencia encarnada del Señor. De todo el Pueblo Sacerdotal depende que los sacerdotes seamos exclusivamente los “servidores de Jesucristo” (Rom 1,1) para anunciar el Evangelio de Dios.

            No es que los sacerdotes dependan, en su eficacia ministerial como en sus poderes, de la comunidad cristiana. Pero sí que ella tiene una responsabilidad especial en la santidad de sus pastores, en la fecundidad de sus tareas. De todos modos el ministerio sacerdotal no se concibe sino como el Servicio de Cristo para la construcción de su Pueblo.

III– El servidor de la comunidad

            16– Los polos que definen la vida y el ministerio de los sacerdotes son Cristo y la Comunidad. Dicho de otra manera, son Dios y el Mundo. El sacerdote es el hombre enviado por Dios para redimir a sus hermanos. Es una frase demasiado repetida. Pero el sacerdote no tiene sentido sin Cristo y sin los hombres. Es siervo de Cristo para los hombres. O servidor de los hombres para la gloria del Padre. Por eso el sacerdote es presencia de Dios. Pero también es síntesis de lo humano.

            Esencialmente la figura del sacerdote –paradójica figura de lo Absoluto en un mundo secularizado– se inserta en una triple comunidad: la cristiana (el Pueblo sacerdotal del que surge y al que sirve), la sacerdotal (la fraternidad sacramental del presbítero con su Obispo) y la humana (el mundo de los hombres y su historia). No se concibe el sacerdote sino en relación fundamental con la comunidad. El mismo es el hombre que expresa y realiza la comunión. Es el Sacramento de Cristo que une lo humano con lo divino.

            ¿Puede entenderse un sacerdote que no sea, como Cristo, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15)? ¿Puede entenderse un sacerdote que no sea “semejante en todo a sus hermanos” (Heb 2,17)?

            Plenamente hombre: con su riqueza y sus riesgos, con su potencia y sus límites, con su capacidad dolorosa de comprender y de errar. Dispuesto a entender nuestras debilidades (porque El mismo las padece), a saborear el sufrimiento y la muerte, a asumir las angustias y esperanzas de los hombres. “Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).

            Pero, también, plenamente Cristo: con su serenidad y su fuerza, con su inmolación y su ofrenda, con su donación y su servicio. Viviendo sólo para la gloria del Padre en la generosa entrega a los hermanos. Saboreando el gusto de la cruz (Gál 6,14) y de dar la vida por los amigos (Jn 15,13).

            17– Podríamos describir al sacerdote como: el hombre particularmente elegido por el Señor y consagrado por el Espíritu –que lo configura a Cristo Sumo Sacerdote y lo hace ministro de Cristo Cabeza, mediante una potestad sagrada– para servir al Pueblo Sacerdotal de Dios, en orden a la formación de una auténtica comunidad de salvación.

            Expliquemos un poco esta descripción provisoria.

            – Lo humano es esencial al sacerdote. Cristo, para serlo, debió asumir la fragilidad de nuestra carne. “Tomado entre los hombres” (Heb 5,1).

            – Pero es un hombre llamado. “Yo os elegí a vosotros” (Jn 15,16). Es el misterio de una respuesta definitiva, de un compromiso irrevocable. El Señor tiene derecho a elegir de una manera absoluta. Lo hizo con los Apóstoles.

            – La unción del Espíritu Santo lo consagra para siempre. Lo sella en Cristo para la eternidad. No es una destinación transitoria. Toca la esencia de su ser y lo transforma. Además es una consagración que lo afirma y compromete. Lo hace fundamentalmente santo y santificador. Lo convierte en instrumento del Espíritu.

            -El Sacerdote queda configurado a Cristo Sacerdote (partícipe de su mediación única) y ministro de Cristo Cabeza. Le toca armar y presidir la comunidad. Vivificarla siempre mediante el don del Espíritu.

            -Se le confiere al sacerdote una potestad sagrada. No es un simple título o función. Celebrar la Eucaristía, perdonar los pecados, anunciar de modo original el Reino, conducir seguramente los hombres al Padre, supone un poder nuevo y exclusivo que es comunicado al sacerdote por la infusión particular del Espíritu.

            -Pero lo propio del sacerdote es servir. Ante todo a Cristo. Desde allí, al Pueblo Sacerdotal y a toda la comunidad humana. No se entiende el ministerio sacerdotal sino en la línea esencial de la “diaconía”. También él, como Cristo, “no vino a ser servido sino a servir” (Mt 20,28). “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5).

            -El servicio sacerdotal se concreta en la formación de una comunidad de salvación. La Palabra, la Eucaristía, la Autoridad Sagrada, tienden esencialmente a esto: a crear una “comunidad de fe, de esperanza, de caridad” (LG 8). El sacerdote es el hombre que hace la comunión: de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Es signo del Espíritu Santo que es, en la Iglesia, “principio de unidad en la comunión” (LG 13). No se trata simplemente de una comunidad de salvados. Se trata esencialmente de una Iglesia que es “Sacramento universal de salvación” (LG 48).

            18– Lo específico del sacerdote –lo que lo distingue del laico y religioso, lo que lo asimila al Obispo– es construir y presidir la comunidad. Ejerciendo el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, el sacerdote congrega “la familia de Dios como una fraternidad animada y dirigida hacia la unidad” (LG 28). Si Cristo constituye ministros en su Iglesia, en favor de los hombres, es para que los fieles “se fundan en un solo cuerpo” (PO 2).

            A esto tiende el ministerio de la Palabra. “El Pueblo de Dios se congrega, ante todo, por la palabra del Dios vivo, que absolutamente hay que esperar de la boca de los sacerdotes” (PO 4). Este es el primer servicio –hoy tan absolutamente imprescindible– del sacerdote a los hombres. Anunciar a los hombres a Jesús. Proclamarles la Buena Nueva del Reino. Llamarlos a la conversión. Esta es su “obligación principal” para constituir e incrementar el Pueblo de Dios (PO 2).

            A esto también tiende la celebración de la Eucaristía, “fuente y cima de toda evangelización” (PO 5). No hay auténtica comunidad cristiana “si no tiene como raíz y quicio la celebración de la sagrada Eucaristía” (PO 6). Por eso culmina aquí “el ministerio de los presbíteros” (PO 2). Porque “su oficio sagrado lo ejercitan sobre todo en el culto eucarístico o comunión” (LG 28).

            Finalmente la tarea del pastor “no se limita al cuidado particular de los fieles, sino que se extiende propiamente también a la formación de la auténtica comunidad cristiana” (PO 6).

            Para ello es preciso que el sacerdote sepa discernir los carismas y armonizarlos. Es preciso, también, que sea un auténtico “educador de la fe” que lleve a los cristianos a “cultivar su propia vocación” y a que vivan con “la libertad con que Cristo nos liberó” (PO 6).

            No se trata de presidir la comunidad como quien manda, sino como quien sirve.

            19– Para entender bien la Teología del Presbítero hay que subrayar todavía estas tres cosas:

            a) Cristo, cuya consagración y misión participa. Hay que ubicar al sacerdote esencialmente en la línea del “santificado y enviado”. En la perspectiva esencial del Servidor de Yavé. Hay que analizar a fondo los cuatro cánticos de Isaías. Allí el sacerdote se nos presenta como: el elegido, formado y consagrado por el Espíritu; llamado para alianza del pueblo y luz de las gentes; que recibió oído y lengua de discípulo; que no esquivó el hombro a la cruz; que cargó con la dolencia de todos los hombres; que esperó, en la tarde de la crucifixión, la madrugada de la Pascua.

            b) El Obispo, cuya “función ministerial se ha confiado a los presbíteros” (PO 2). No se entiende la función sacerdotal sin el Obispo. “En los Obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo Nuestro Señor está presente” (LG 21). Los Obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad” (LG 20).

            Los sacerdotes son ungidos por el Espíritu Santo como “próvidos colaboradores del orden episcopal, como ayuda e instrumento suyo llamados para servir al pueblo de Dios” (LG 28). Por la fundamental comunión en el mismo sacerdocio y ministerio, los obispos deberán considerar a sus sacerdotes “como hermanos y amigos”. Algo más todavía: “como necesarios colaboradores y consejeros en el ministerio” (PO 7). Esto es serio, ciertamente. Los presbíteros “hacen presente al Obispo” (LG 28) en sus celebraciones. Pero el Obispo no puede obrar sin sus presbíteros.

            Desde la comunión episcopal se entiende la relación de los sacerdotes entre sí. No los une una simple amistad profesional o una común necesidad pastoral. Están unidos por una “íntima fraternidad sacramental” (PO 8). No se concibe un sacerdote solo o cerrado. La soledad sacerdotal es un contrasentido. La auténtica amistad sacerdotal no es una simple necesidad humana. Es una intrínseca exigencia sacramental.

            c) La comunidad humana, a cuya salvación está destinado el sacerdote. Su servicio al Pueblo de Dios es para comprometerlo en la salvación de los hombres. No puede el sacerdote sentirse “extraño” a los hombres. Dios tiene que darle una capacidad muy honda para entenderlos, una generosidad original para entregarse.

            A los laicos los deberá considerar como “discípulos del Señor, hermanos entre hermanos” (PO 9). Ciertamente deberá sentir su responsabilidad única de “padre y maestro”. Los deberá permanentemente engendrar en Cristo y hacer madurar en el Evangelio (1 Cor 4,15). Pero sentirá en lo hondo la fundamental comunión cristiana. “Para vosotros soy el Obispo. Con vosotros, el cristiano” (S. Agustín).

            El sacerdote –sacramento de Cristo y miembro de la comunidad humana– deberá sentir el gozo de la presencia del Señor y la expectativa ansiosa de los hombres. Él está para descifrar evangélicamente al mundo, comprender a los hombres y entregarles salvadoramente a Jesucristo.

            20– Podemos comprender ahora la identidad esencial de los presbíteros. Señalar lo específico que distingue el sacerdocio ministerial del sacerdocio común de los cristianos. Ambos participan en el único sacerdocio de Cristo. Ambos se relacionan con la misión salvífica de la Iglesia. Se ordenan el uno para el otro. Pero “su diferencia es esencial, no sólo gradual” (LG 10).

            Lo específicamente distinto del sacerdocio ministerial podríamos describirlo así:

            a) es una consagración especial que nos configura a Cristo Sacerdote, para obrar públicamente en la persona de Cristo Cabeza (PO 2);

            b) la unción del Espíritu Santo nos marca con un carácter especial y nos confiere una potestad sagrada (LG 10; PO 2) que nos capacita “para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados”, en orden a que los fieles se fundan en un solo cuerpo (PO 2);

            c) nos destina esencialmente –participando en la consagración y misión del Obispo– al ministerio de la comunidad (LG 20). Lo específicamente nuestro es esto: servir al Pueblo Sacerdotal construyéndolo y presidiéndolo como comunión en Cristo.

            “El sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad de que goza, forma y rige al Pueblo Sacerdotal, realiza en la persona de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo” (LG 10). “El ministerio de los presbíteros, por estar unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo” (PO 2).

Conclusión

            21– Nos preguntamos al terminar: ¿tiene sentido el sacerdote en un mundo secularizado? ¿Sigue siendo “el hombre de Dios”? ¿Esperan algo de él los despreocupados hombres de nuestro tiempo? ¿Tiene algo específico que hacer en una Iglesia que es toda ella Pueblo Sacerdotal y que promueve tan intensamente el apostolado de los laicos?

            Para entender la respuesta hemos de sintetizar algunas cosas descriptas:

            – El sacerdote sólo se entiende desde Cristo y para el servicio de la comunidad. Consagrado por el Espíritu y enviado por el Padre para que sea, como Cristo, “imagen de Dios invisible” (Col 1,15). Más que nunca debe ser “el hombre de Dios”; pero del Dios verdadero del Evangelio: del Dios que es Padre, del Dios que es Amor, del Dios que entró en la historia para asumirla y recapitular en sí todas las cosas. El mundo sólo rechaza al Dios despreocupado de los hombres, extraño a sus problemas, alejado de la historia.

            -Enviado por el Padre para salvar al mundo, el sacerdote reviste esencialmente la imagen de Cristo, “el Servidor de Yavé”. Ha sido destinado para “alianza del pueblo y luz de las gentes”. Debe tener una inmensa capacidad para asumir “las culpas, las dolencias, las heridas” de los hombres. El modo concreto de servir es “dar la vida”. En este sentido debe ser “el hombre de los hombres”.

            -El sacerdote es esencialmente “el hombre de la comunidad”: de la comunidad cristiana a la que forma y preside, de la comunidad humana a la que sirve y asume, de la comunidad sacerdotal en la que se siente sacramentalmente insertado como “hermano y amigo”, como “próvido cooperador”, como “órgano y ayuda”, como “necesario consejero” del obispo.

            El Pueblo sacerdotal espera mucho de los sacerdotes. Más que nunca sin duda. La madurez cristiana de los laicos –su compromiso evangélico en el mundo– está exigiendo el servicio irreemplazable de la Palabra y la Eucaristía del sacerdote. Pero una Palabra que ha sido antes engendrada en el corazón por el Espíritu. Una Eucaristía que ha sido profundamente asimilada.

            Sólo así se construye la comunidad y se forman los testigos. Sólo así comprenderán los hombres que “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7,16).

Eduardo F. Pironio
Obispo
Secretario general del CELAM

Espiritualidad sacerdotal

Introducción

            1. No hay más que una espiritualidad cristiana, la de realizar plenamente el Evangelio. Ello nos irá dando una progresiva transformación en Cristo por la acción santificadora del Espíritu.

            No hay más que una sola vocación definitiva: la de ser santos. “Nos eligió en Él para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia” (Ef 14). “La voluntad de Dios es que sean santos… Dios nos llamó a la santidad” (1 Tes 4,3-7). “Así como Aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta” (1 Pe 1,15).

            La espiritualidad cristiana arranca del Bautismo, supone el ahondamiento cotidiano de la gracia de adopción filial y desemboca en la perfecta similitud con Cristo en la gloria. Pero es fundamentalmente la acción del Espíritu Santo que va grabando en nosotros la imagen de Cristo “primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29). La santidad es más tarea de Dios que del esfuerzo del hombre. Dios es el que produce en nosotros “el querer y el hacer para cumplir su designio de amor” (Flp 2,13).

            Realizar la santidad -tender a la perfección por los caminos de la espiritualidad evangélica- es vivir en la sencillez de lo cotidiano la fe, la esperanza y la caridad. Ahí está todo. En definitiva los santos serán los que “han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en Nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia” (1 Tes 1,3).

            Al cristiano se el exige fidelidad al Evangelio. Es decir, que viva a fondo el espíritu de las Bienaventuranzas (Mt 5,3 ss). Que ame a Dios con todo su corazón y al prójimo como a sí mismo (Mt 22,34 ss). Que esté siempre alegre y ore sin interrupción (1 Tes 5,16-17). Ser verdaderamente pobre, amar la cruz y saborear el silencio de la oración, es válido para todo el mundo.

            2. Pero es cierto que el sacerdote tiene un modo específico (también un camino propio) de tender a la santidad. El mismo ejercicio del ministerio sacerdotal es esencialmente santificador. “Los presbíteros conseguirán propiamente la santidad ejerciendo sincera e infatigablemente en el Espíritu de Cristo su triple función” (PO 13).

            La particular configuración con Cristo Sacerdote le impone una manera nueva (también una exigencia nueva) de ser santo. Especialmente consagrado por el Espíritu Santo el sacerdote expresa a Cristo -lo contiene y comunica- con características propias.

            Es válido para todo bautizado el grito de San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2,20). Pero el sacerdote lo realiza con particular intensidad. También son válidas para todo cristiano las palabras del Apóstol: “Evidentemente ustedes son una carta de Cristo” (2 Co 3,3). Pero el sacerdote lo es de un modo único y original.

            El sacerdote dice una relación especial con Cristo como “imagen del Dios invisible”, como “Servidor de Yavé”, como “Buen Pastor”. Eso nos marcará tres líneas fundamentales de nuestra espiritualidad sacerdotal:

            * el sacerdote como “misterio de amor”;

            * el sacerdote “servidor de Cristo para los hombres”;

            * “la caridad pastoral”: centro y alma de nuestra espiritualidad.

3. Lo específico de la espiritualidad sacerdotal deriva de que el sacerdote es el hombre consagrado por el Espíritu Santo para hacer y presidir la comunión en la Iglesia. Es el instrumento del Espíritu, “principio de unidad en la comunión”.

            Ello exige una particular comunión con el Obispo, de cuya consagración y misión participa. La espiritualidad sacerdotal -como toda la Teología del presbítero- está en vinculación muy estrecha con la Teología y la espiritualidad del Obispo.

            Sobre todo, exige una comunión muy honda con Cristo Sacerdote y Cabeza, con el Misterio Pascual de su muerte y su resurrección. La espiritualidad del sacerdote es, de un modo especial, la del testigo de la Pascua. Por eso supone la cruz, la alegría y la esperanza. Por eso, también, la permanente comunicación del Espíritu de Pentecostés.

I. Fieles al evangelio

4. Lo primero que nos pide el Evangelio es que seamos verdaderamente pobres. Con la radical pobreza de Nuestra Señora.

Sólo así conseguiremos comprender las exigencias absolutas del Evangelio (porque el Evangelio es revelado solamente a los sencillos: Mt 11,25-27) y nos animaremos a comprometer definitivamente nuestra fidelidad. De la pobreza surge la confianza (“para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible” Mt 19,26). Y la confianza engendra la completa disponibilidad (Lc 1,38).

Hemos complicado mucho las cosas. Ya no entendemos exigencias tan claras como estas: “sean perfectos como es perfecto en Padre que está en el cielo” (Mt 5,48). “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz cada día y que me siga” (Lc 9, 23-24). “Si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo” (Mc 9,47). O si las entendemos, nos parecen que son cosas irrealizables en el mundo secularizado en que vivimos. Se nos contagia la angustia y el escándalo de los discípulos: “¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6,60)

En concreto podemos preguntarnos: ¿sigue siendo válido que el sacerdote es “el hombre de Dios”? ¿Qué sentido tiene su irrenunciable vocación a la santidad? ¿Cómo hablar de silencio y de oración, de anonadamiento y de cruz, de obediencia y de virginidad? Si estas cosas perdieron su sentido ya no vale nuestra vida consagrada y es absurdo nuestro oscuro ministerio.

Pero hemos de ubicarnos en una perspectiva esencialmente distinta: la perspectiva única de la fe y de la totalidad del Evangelio. No podemos reducir el Evangelio a ciertas cosas, o interpretarlo desde las cambiantes circunstancias de la historia. Al contrario: es la luz del Evangelio la que debe penetrar en los signos actuales de los tiempos.

5. El llamado de Cristo es absoluto: “Vende todo lo que tienes, ven y sígueme” (Mt 19,21). Exige siempre una respuesta total y definitiva: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9,62). Los apóstoles tienen conciencia de lo absoluto del llamado y la respuesta: “Nosotros lo hemos dejado todo” (Mt 19,27).

En la vocación del sacerdote -como en la de los Apóstoles- se da siempre el carácter absoluto de la vocación de Abraham: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1).

Sólo en la plenitud de la fe -la misma fe que hizo feliz a María (Lc 1,45) – puede captarse lo absoluto del llamado y entrenarse en la obediencia sin preguntar demasiado: “Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba” (Hb 11,8).

            6. Los sacerdotes hemos de ser verdaderamente pobres. Saber que el momento que nos toca vivir es muy difícil. Se nos pide todo. Pero Dios obra maravillas en las almas pobres.

            Antes los hombres nos miraban con veneración y con respeto. Hoy nos miran con indiferencia o con lástima. Antes lo esperaban todo de nosotros. Hoy no les interesa el Cristo que les ofrecemos. Surge entonces la peligrosa tentación de “falsificar la Palabra de Dios” (2 Co 4,1), de asimilarnos a la inestabilidad de su mundo (Rm 12,2) o de presentarles un Cristo demasiado humano (Ef 4,20): “No es este el Cristo que ustedes han aprendido”.

            No es ese el camino para salvar al hombre. Ni siquiera es el modo de llenar sus aspiraciones más profundas. En el fondo, el mundo espera de nosotros que seamos fieles a nuestra original vocación de testigos de lo Absoluto. Que no desfiguremos “el lenguaje de la cruz” (1 Co 17,25).

            Que manifestemos a Dios en la totalidad de nuestra vida. Que enseñemos a los hombres cómo es aún posible la alegría y la esperanza, la fidelidad a la palabra empeñada, la inmolación cotidiana a la voluntad del Padre y la donación generosa a los hermanos. Es decir, que les mostremos cómo para ganar la vida hay que perderla (Mt 16,25), cómo para comprar el Reino hay que venderlo todo (Mt 13,44-46), cómo para ser fecundo hay que enterrarse (Jn 12,24), cómo para entrar en la gloria hay que saborear la cruz (Lc 24,26), cómo para amar de veras hay que aprender a dar la vida por los amigos (Jn 15,13).

            No tiene sentido nuestra existencia sacerdotal sin una completa fidelidad al Evangelio. Lo cual implica silencio y soledad, anonadamiento y cruz, servicio y donación. Implica el heroísmo de dar cotidianamente la vida. Es relativamente fácil, quizás, darla en un solo momento solemne de nuestra existencia. Es más difícil consumirla en lo sencillo, en lo oculto, en la monotonía de lo diario.

            7. Ser fieles al Evangelio implica esencialmente vivir y comunicar la alegría profunda del Misterio Pascual. Allí se centra el ministerio y vida de los presbíteros. Lo anuncian con la Palabra, lo realizan en la Eucaristía, lo expresan en la totalidad de su existencia. El sacerdote es el hombre del Misterio Pascual.

            Es el testigo de la Resurrección del Señor. Con todo lo que supone de cruz y de esperanza, de desprendimiento y pobreza, de anonadamiento y de muerte, de donación y de servicio, de exaltación, de fecundidad y de vida. Con todo lo que la Pascua implica de serenidad interior, de coraje y de luz. Porque la Pascua adquiere su plenitud en Pentecostés donde se nos comunica la paz, la fortaleza y la claridad del Espíritu.

            Hemos de ser fieles al Evangelio. Todo sacerdote, como Pablo, es “servidor de Jesucristo, llamado para ser apóstol, y elegido para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1,1).

            Esta fidelidad -hoy tan dolorosamente sacudida- nos está pidiendo a los sacerdotes esta fundamental actitud de la Virgen, Nuestra Señora: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28).

Ahí está todo: entregarnos con generosidad a la totalidad absoluta del Evangelio.

No sólo en parte. Recibir en la pobreza, rumiar en el silencio, realizar en la disponibilidad, la Palabra que nos ha sido dicha. Esa misma Palabra que los hombres esperan, para ser salvos, de nuestros labios de profetas, de nuestro corazón de testigos.

Dicho de otro modo más sencillo: los hombres quieren ver a Jesús en el sacerdote (Jn 12,21). Porque, en el fondo, el clamor es siempre el mismo: “Muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn 14,8).

II. Consagrados por el Espíritu

            8. Recibimos en la ordenación sacerdotal el “Espíritu de santidad”. Espíritu de Luz, de Fortaleza y de Amor. Espíritu de la profecía y del testimonio. Espíritu de la Pascua. Espíritu de la alegría, la paz y la esperanza. Fuimos consagrados por el Espíritu del Señor para hacer la comunión entre los hombres (Is 42,1; 61,1). La vida y el ministerio del sacerdote sólo tienen sentido desde una particular “consagración” y “conducción” del Espíritu como en Cristo.

            Cristo ha sido ungido sacerdote, en el seno virginal de Nuestra Señora, por el Espíritu Santo (Lc 1,35). El Espíritu lo consagró para llevar al Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la liberación y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos (Is 61,1-2; Lc 4,18-20). En la vida y en el ministerio de Cristo, todo ocurre bajo la conducción del Espíritu (Lc 4,1). Sobre todo, ocurre “por obra del Espíritu Santo” el Misterio Pascual de una sangre que se ofrece a Dios para purificarnos y darnos nueva vida (Hb 9,14).

            Si hemos de ser fieles al Evangelio -para descubrir las líneas fundamentales de una auténtica espiritualidad sacerdotal- hemos de esforzarnos por entender también las exigencias nuevas de la Iglesia y las actuales expectativas de los hombres. Siempre es el mismo Espíritu del Señor Jesús el que recrea constantemente a la Iglesia y nos habla a través de los signos de los tiempos. Por eso hay un modo nuevo de expresar a Cristo ante los hombres.

            Pero lo fundamental para el sacerdote es que lo exprese. Que sea verdaderamente Cristo para la gloria del Padre y la redención de los hombres. En cierto sentido el misterio de cada sacerdote “es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria” (Col 1,27).

            9. No tiene sentido nuestra vida sino en esencial relación con la consagración y misión de Cristo. Aquel, “a quien el Padre santificó y envió al mundo” (Jn 10,36), es el que nos eligió a nosotros (Jn 15,16), nos hizo partícipes de la unción del Espíritu y nos envió a los hombres: “Como Tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo” (Jn 17,18).

            El mundo trae sus problemas. Tiene sus riquezas y sus riesgos. Lo sabe Cristo, quien previene a sus enviados: “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: “el servidor no es más grande que su Señor” (Jn 15,18-20).

            Por eso Cristo le pide al Padre que no los saque del mundo, sino que los preserve del Maligno. Sobre todo, que los consagre en la verdad (Jn 17,15-17). La fidelidad a la Palabra es la verdad. Toda consagración exige separación, dedicación exclusiva, sacrificio.

El sacerdote está ubicado en el mundo. Lo ama y lo padece. Lo entiende, lo asume y lo redime. Pero su corazón está segregado y consagrado totalmente a Dios por el Espíritu. Su misión está dentro de los hombres y no fuera: “ustedes son la sal de la tierra, la luz del mundo” (Mt 5,13-14).

Pero sólo será auténtico testigo de la Pascua si es ungido por “la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8). Ni la palabra del sacerdote será fuego, ni su presencia claridad de Dios, ni sus gestos comunicadores de esperanza, si el Espíritu no lo cambia interiormente en Jesucristo.

10. Lo esencial está aquí: “Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza” (PO 2).

La consagración del Espíritu nos marca de un modo definitivo. Nos cambia radicalmente en Cristo, dejándonos sin embargo la experiencia de lo frágil y la posibilidad misma del pecado (Hb 5,2-3). El Espíritu nos da la seguridad, pero nos deja la sensación serena de lo pequeño y de lo pobre. Nos ilumina interiormente, pero nos impone la búsqueda, el estudio y la consulta. Nos robustece con su potencia sobrehumana, pero nos hace sentir la necesidad constante de los otros.

La unción del Espíritu Santo nos configura con Cristo Sacerdote. Nos da capacidad para obrar en nombre de Cristo Cabeza.

11. Todo lo de Cristo -santificado por el Espíritu- nos resulta modelo o tipo sacerdotal. Pero hay tres cosas que debemos señalar con preferencia:

-lo absoluto del sacerdocio de Cristo; es decir, el carácter radical de sus relaciones con el Padre.

            Cristo vino para llamar a los pecadores (Mt 9,13), para buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15,24), para que el mundo se salve por él (Jn 3,17). Por eso multiplica el pan, cura a los enfermos, resucita a los muertos. Es decir, a Cristo le interesa el hombre y sus problemas, su felicidad y liberación definitiva.

            Pero, fundamentalmente, a Cristo le interesa el Padre: su gloria y su voluntad. Cristo se mueve sólo en el línea de Aquel que lo ha enviado. Por eso rehuye el liderazgo político (Jn 6,15; 18,36) o el arbitraje puramente humano (Lc 12,13-14).

            La esfera de Cristo es exclusivamente la del Padre. De aquí la importancia esencial del silencio, la soledad y la oración. De aquí la libertad frente a los poderes temporales o a la interpretación injusta de sus actitudes. De aquí el valor absoluto de su cruz y de su muerte: “Para que conozca el mundo que yo amo al Padre” (Jn 14,31);

-la universalidad del amor de Cristo. Siente preferencia por los pobres, los enfermos, los

pecadores. Pero su amor no es exclusivo. Come también con los ricos, como Zaqueo o Simón; conversa con los intelectuales, como Nicodemo; ama con predilección a Juan (Jn 13,23), al joven que lo interpela (Mc 10,21) y a la acogedora familia de Betania (Jn 11,5). Su amor abarca la totalidad del hombre: cura las dolencias, perdona los pecados, elige a los apóstoles. Finalmente, es un amor que se da hasta el extremo (Jn 13,1) y se expresa en la donación de la vida por los amigos (Jn 15,13);

-el sentido del total desprendimiento y la pobreza. La vive como experiencia fundamental: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde apoyar la cabeza” (Mt 8,20). Así se nos revela la generosidad de Cristo quien “siendo rico se hizo pobre por nosotros a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Co 8,9).

La proclama como condición interior para poseer el Reino: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mt 5,3). La exige, sobre todo, de los apóstoles o misioneros del Reino: “No llevan nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas” (Lc 9,3). Es la única forma de seguirlo y poseerlo. Para ganar a Cristo -conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta tener el privilegio de asemejarse a él en su muerte- hay que perder todas las cosas y tenerlas como basura (Flp 3,8-11).

Cristo exige constantemente de sus apóstoles la fe, el desprendimiento y el servicio. En una palabra: Cristo exige absolutamente todo. Una vez más: Sólo quien entienda, por la fe, lo absoluto de la gracia y del pedido podrá ser capaz de entregarse con alegría. Precisamente con respecto a la virginidad dice Jesús: “No todos entienden esto, sino solamente aquellos a quienes les fue dado comprender” (Mt 19,11).

III. Misterio de amor

12. La figura del sacerdote no puede ser comprendida y aceptada sino desde la fe. De lo contrario resulta absurda su exigencia (su obediencia y su cruz, su silencio y su virginidad). Esencialmente, como Cristo, será “signo de contradicción” (Lc 2,34). Si pretendemos juzgarlo humanamente será siempre “escándalo” y “locura” (1 Co 1,23).

Pero la fe nos ubica al sacerdote en el corazón del misterio divino, que es misterio de amor. “Dios es amor” (1 Jn 4,16). Lo primero que revela el sacerdote es que “Dios amó tanto al mundo, que le dio a su Hijo único” (Jn 3,16). Una existencia sacerdotal es, como Cristo, una donación del Padre y un signo de que Dios no quiere la condenación del mundo, sino que el mundo se salve por él (Jn 3,17).

No tiene sentido nuestro sacerdocio sino en el contexto esencial del amor. El sacerdote es un hombre a quien Cristo amó de una manera única: “Como el Padre me amó, también yo los he amado” (Jn 15,9). Por eso se adelantó a elegirlo: “No son ustedes los que me eligieron, sino Yo el que los elegí” (Jn 15,16). Por eso le comunicó su misma misión: “Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21). Cuando se dice que el sacerdote expresa a Cristo, es lo mismo que decir que expresa el amor del Padre.

El Espíritu Santo consagró al sacerdote para la revelación y la donación extrema del amor. Si no tiene capacidad de amar como Jesús, no puede ser sacerdote. Si no sabe compadecerse de la multitud fatigada y abatida (Mt 9,36) o de la muchedumbre que padece hambre (Mt 15,32), si no sabe conmoverse ante el dolor (Lc 7,13) y llorar ante la muerte (Jn 11,35), no puede ser sacerdote. Si la indiferencia seca su corazón, no puede vivir el misterio de su virginidad consagrada. Sólo en la absoluta posesión del Espíritu de Amor es posible el gozo del celibato sacerdotal.

13. El sacerdote es sacramento del amor de Dios. Expresa y realiza el amor de Dios a los hombres. Es signo de que Dios es esencialmente amor (Ex 34,6; 1 Jn 4,16) y ha entrado por amor en la historia. Su predicación se resume en esto:

“Les hablaré claramente del Padre. Él los ama (Jn 16,26-27). Nos da seguridad en la iniciativa enteramente gratuita del amor del Padre: “El amor no está en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como expiación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10).

Sólo en esta perspectiva esencial del amor se comprenderán las exigencias absolutas del silencio, la obediencia, la virginidad y la cruz. El amor exige profundidad interior, unidad en la comunión, fecundidad en la muerte, universal donación en la caridad.

El silencio es indispensable para entrar en la intimidad divina. Para descubrir también el misterio del hombre. Para recibir la Palabra que debe ser proclamada como testimonio. Para hablar al Padre “como conviene” (Rm 8,26). Por eso lo realiza el Espíritu en nosotros.

Hay todavía dos aspectos que merecen ser subrayados cuando hablamos del sacerdote como “misterio de amor”: la paternidad y la amistad. El sacerdote es “sacramento de la paternidad divina”. Es también “el amigo de Dios para los hombres”. Indiquemos solamente algunos puntos.

14. Sacramento de la paternidad divina. Si hay un nombre que merece ser dado al sacerdote (mucho más, al Obispo) es el de “padre”. Es verdad: sólo Dios el Padre (Mt 23,9). Sólo Dios es Bueno (Mc 10,18). Sólo Cristo es el Maestro y el Señor (Jn 13,14). Como sólo Cristo es Sacerdote. Pero así como Cristo es “imagen del Padre” (Col 1,15; Hb 1,3) y el que lo ha visto a Él, “ha visto al Padre” (Jn 14,9), también el sacerdote (que es sacramento de Cristo) expresa y realiza la fecundidad del Padre. Es un grito permanente de que Dios es Padre. “Por eso doblo mis rodillas delante del Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15).

El mundo necesita hoy experimentar a Dios como Padre y a Cristo como Señor de la historia. No puede concebir a Dios demasiado lejos y a Cristo demasiado extraño. No pude sentirse solo, abandonado y huérfano. Por eso, si el sacerdote es verdaderamente “padre” (sin la desfigurada imagen del “paternalismo”), su presencia es bendecida y su ministerio buscado.

El sacerdote engendra por la Palabra y el Sacramento. “Aunque tengan diez mil preceptores en Cristo, no tienen muchos padres: soy yo quien los ha engendrado en Cristo Jesús, mediante la predicación del Evangelio” (1 Co 4,15). Pero no basta comunicar la vida. Hace falta la educación en la fe y el crecimiento progresivo en Cristo: “hijos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente los dolores del parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (Ga 4,19).

Es extraordinariamente bueno ser padre. Llena de plenitud y gozo la existencia sacerdotal. Pero es tremendamente difícil. Porque la verdadera paternidad exige una donación total de nosotros mismos, hecha en la sencillez cotidiana de lo sobrenatural.

Un verdadero padre necesita: sabiduría para ver, bondad para comprender, firmeza para conducir. Sobre todo, un verdadero padre supone ser permanente testimonio: “Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11,1).

15. Sacramento de la amistad divina. Otro de los elementos que más aprecian y buscan los contemporáneos: la amistad verdadera. Cristo establece una relación profunda con sus sacerdotes: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he revelado todo lo que aprendí de mi Padre” (Jn 15,15). La amistad con Cristo supone dos cosas: cumplir sus preceptos y saborear los secretos del Padre. Eso es entrar en comunión, por Cristo, con el Padre. Lo cual es obra del Espíritu.

El sacerdote se vuelve así en “amigo de Dios para los hombres”. No un amigo cualquiera. No un simple compañero de ruta. Como Abraham “el amigo de Dios” (St 2,23). Que creyó en Él y se puso en camino sin saber a dónde iba (Hb 11,8).

Bien cerca y adentro de los hombres. Que los interprete, acompañe y redima. Pero que les comunique constantemente a Dios, que los lleve a Dios, que esté en comunión ininterrumpida con Dios para expresarlo en su Palabra, en sus gestos, en su simple presencia.

¿Qué es un amigo? El que sabe escuchar con interés. El que sabe hablar con oportunidad. El que va haciendo el camino con el amigo.

Escuchar con interés: es hacer nuestros los problemas de los otros, asumir sus angustias, aliviar la cruz de los hermanos. El sacerdote lo recibe todo en silencio, lo guarda, lo transforma en oración. No es fácil hacerlo cotidianamente y con todos.

Hablar con oportunidad: es decir la palabra justa en el momento necesario. La palabra que ilumina, que levanta o que serena. No se trata de decir muchas cosas. Un silencio es, a veces, más fecundo y consolador que la palabra.

Hacer el camino con el amigo: no basta señalar la ruta con el dedo; hay que hacerla cotidianamente con los hermanos. Acercarse a ellos, descubrir su tristeza y desaliento, interpretarles la Escritura, partirles el pan (Lc 24,13 ss).

¡Qué difícil ir haciendo el camino de todos los hombres con la invariable serenidad del primer día o el gozo incontenible del primer encuentro! Sin embargo el Espíritu nos consagró para que fuéramos “a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a vendar los corazones rotos” (Is 61,1).

IV. Servidor de Cristo para los hombres

16. Unos de los aspectos que marcan más claramente la espiritualidad del sacerdote hoy es su condición de “servidor”. De aquí derivan muchas exigencias frente a Cristo y a los hombres.

El sacerdote recibió el “ministerio de la comunidad” (LG 20). Es constituido “próvido colaborador del orden episcopal, ayuda e instrumento suyo, para servir al Pueblo de Dios” (LG 28).

La espiritualidad sacerdotal se inscribe hoy esencialmente en la línea del servicio. Es entrar en las riquezas y exigencias del “Servidor de Yavé”, de Cristo “que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt 20,28).

El sacerdote es “servidor de Jesucristo, elegido para anunciar el Evangelio de Dios” (Rm 1,1). “Los hombres deben considerarnos servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4,1). “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor, y nosotros no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús” (2 Co 4,5).

No hay más que un modo de servir plenamente a los hombres: servir a Jesucristo. Como no hay más que un modo de servir auténticamente a Jesucristo: servir a los hombres. “Les he dado el ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13,15).

17. ¿Qué es servir? Es poner la totalidad de nuestros dones y carismas -la totalidad de nuestra vida- en plena disponibilidad para el bien integral de los hermanos. Servir es dar todo lo que tenemos. Mejor, todo lo que somos. Servir es entregar cotidianamente la existencia. Es estar dispuestos a dar la vida por los amigos.

Lo primero que nos pide el servicio de los hombres es que los sintamos verdaderamente hermanos. Y que ellos nos sientan plenamente hombres. Con una gran capacidad de entenderlos, de amarlos, de asumir sus angustias y esperanzas. “Alegrarse con los que están alegres, y llorar con los que lloran” (Rm 12,15). Servir a los hombres es compartir su dolor y su pobreza, descubrir sus aspiraciones, atender a sus aspiraciones.

La espiritualidad sacerdotal exige una personalidad humana muy rica. Desarrollar el sentido sagrado de los auténticos valores humanos: la sinceridad y la justicia, la firmeza y la fidelidad, la sencillez y la amistad, el desprendimiento y la generosidad, la alegría y el equilibrio, el coraje y la lealtad.

Esto no es lo único ni lo principal. Es cierto. Pero está en la base de una plena transformación en Cristo. Es una exigencia de la salvadora presencia en el mundo de los testigos de la Pascua. “No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida más que de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran extraños a su vida y a sus condiciones” (PO 2).

18. Pero hay un modo de servir específico del sacerdote: como ministro de la Palabra y de la Eucaristía, como poseedor de una autoridad sagrada. En cualquiera de las tres funciones el sacerdote “sirve” haciendo y presidiendo la comunidad cristiana.

Por la Palabra sirve a los hombres abriéndoles “los misterios del Reino de los cielos” (Mt 13,11), marcándoles el camino de las Bienaventuranzas (Mt 5,3-11), subrayándoles el mandamiento principal (Mt 22,34-40). Los sirve, sobre todo, convocándolos en asamblea de Dios: “El Pueblo de Dios se reúne, ante todo, por la Palabra de Dios vivo, que absolutamente hay que esperar de la boca de los sacerdotes” (PO 4).

Pero él mismo debe hacerse servidor de la Palabra. Debe tener “lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora” (Is 50,4). La Palabra debe entrar en el sacerdote como Luz y como Fuego. Debe ser engendrada en su corazón (como en María), antes que nazca en sus labios de profeta. Debe escuchar en silencio. Debe orar y contemplar mucho. Debe recibir con pobreza la Palabra y entregarse a ella con generosidad.

De este modo el ministerio de la Palabra es esencialmente santificador (PO 13). Porque participa directamente de la caridad de Dios, se hace voz del único Maestro y es poseído por el ardor del Espíritu.

19. Por la Eucaristía sirve a los hombres consagrando “el pan vivo, bajado del cielo” y comunicándoles la carne de Cristo “para la vida del mundo” (Jn 6,51). Pero, sobre todo, realizando por la Eucaristía la comunidad eclesial. Por la Eucaristía “vive y crece continuamente la Iglesia” (LG 26). “Ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (PO 6). Por lo mismo, la función esencial del presbítero -que preside y hace la comunidad- es la celebración de la Eucaristía (LG 28; PO 5). Inclusive su tarea evangelizadora tiende a culminar esencialmente en la Eucaristía.

Pero aquí también el sacerdote debe convertirse él mismo en servidor de la Eucaristía. Dejarse transformar en el Cristo Pascual, asumir su esencial condición de víctima, asimilar su alma de “Buen Pastor” que da cotidianamente la vida, entrar en comunión profunda con Cristo, con el Obispo y su presbiterio, con todos los cristianos, con el mundo.

Celebrar bien la Eucaristía es preparar una Asamblea cristiana donde se coma verdaderamente “la Cena del Señor”, sin divisiones que rompan el único Cuerpo de Cristo (1 Co 11,17-33). La Eucaristía engendra la unidad. Pero la Eucaristía -comunión con el cuerpo y con la sangre de Cristo- es sacrilegio si no existe comunión con los hermanos: “somos un solo pan y un solo cuerpo todos los que participamos del mismo pan” (1 Co 10,16-17). Servir la Eucaristía, para el sacerdote, es purificar su indiferencia y su egoísmo y dejarse invadir por el Espíritu de caridad.

20. Finalmente el sacerdote sirve por la autoridad sagrada que ha recibido directamente de Cristo. Su autoridad no viene de la comunidad. Pero está esencialmente a su servicio. “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22,27), dice el Señor. Cristo subrayó el carácter servicial de la autoridad: no como dueños o dominantes, sino como siervos y esclavos. “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes” (Mt 20,24-28). Es el ejemplo de Cristo: “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” (Jn 13,14). San Pedro recoge la lección y la transmite: “Exhorto a los presbíteros, siendo yo también presbítero y en mi condición de testigo de los sufrimientos de Cristo… apacienten el Rebaño que les ha sido confiado; velen por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no queriendo dominar a los que les han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño” (1 Pe 5,1-3).

Son todas las exigencias de la “caridad pastoral”. Ejercer la autoridad, como Cristo, es tener alma de “buen Pastor”. La autoridad exige del sacerdote una especial actitud de servicio. Pero -aquí también queremos subrayarlo- este servicio está hecho de sabiduría, de bondad y de firmeza.

21. La espiritualidad del sacerdote – “servidor de Cristo para los hombres”- nos es claramente anticipada en los cuatro cánticos del “Siervo de Yavé” (Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-11; 52,13-53,12). Destaquemos solamente algunos puntos:

* Seguridad y confianza del Siervo:

“He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él” (Is 42,1).

“Yo, Yavé, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé” (Is 42,6).

“Yavé desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre… Me escondió en el hueco de su mano… Me plasmó desde el seno materno para siervo suyo” (Is 49, 1-2.5a).

* Misión del Siervo:

“Te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas” (Is 42,6-7).

“Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra” (Is 49,6).

* Condiciones del Siervo:

“El Señor Yavé me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos” (Is 50,4).

“No vociferará ni alzará el tono. No partirá la caña quebrada, ni apagará la mecha mortecina” (Is 42,2-3).

“Varón de dolores y sabedor de dolencias… Herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas” (Is 52,3-5).

V. La caridad pastoral

22. Constituye el centro de la espiritualidad sacerdotal. Es la caridad del “buen Pastor”, conocedor personal de sus ovejas, pronto a dar la vida por ellas, con inquietud misionera por las extrañas (Jn 10,14-16), siempre dispuesto a buscar y cargar sobre sus hombros a la extraviada (Lc 15,4-7).

Ezequiel profetiza contra los malos pastores que se apacientan a sí mismos (Ez 34,1 ss). Que se toman la leche de las ovejas, se visten con su lana, sacrifican las más pingües. Que no fortalecen a las débiles, no cuidan a las enfermas, no curan a las heridas, no tornan a las descarriadas, no buscan a las perdidas. Que dominan con violencia y con dureza. También Jeremías grita contra los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas (Jr 23,1 ss).

El salmo 22 nos pinta a Yavé, solícito Pastor de su pueblo. “Yavé es mi Pastor, nada me falta”. Cristo realizará, en su Persona, el consolador anuncio de Ezequiel: “Aquí estoy yo. Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34,11). La imagen de Cristo “el buen Pastor” marcará el cumplimiento de las profecías. Y señalará a los pastores de la Iglesia la profundidad espiritual de su donación a los hombres.

23. La caridad pastoral sintetiza la espiritualidad sacerdotal. Como la caridad en general “es la síntesis de la perfección” (Col 3,14).

Por eso el Concilio reduce todo a la caridad pastoral. El ministerio mismo es esencialmente santificador porque la triple función sacerdotal supone y engendra “la caridad del Buen Pastor” (PO 13). La unidad de vida de los presbíteros (contemplación y acción) se obtiene mediante “el ejercicio de la caridad pastoral” (PO 14). Sobre todo, “la caridad pastoral” ilumina las exigencias absolutas de la humildad y la obediencia (PO 15), de la virginidad consagrada (PO 16), de la pobreza sacerdotal (PO 17).

24. ¿Qué es la caridad Pastoral? Podríamos describirla como la entrega heroica y gozosa a la voluntad del Padre, que nos lleva a una generosa y sencilla donación a los hombres, en sacramental comunión con nuestros hermanos.

Esencialmente la caridad pastoral es vivir en comunión. Si el sacerdote es el hombre elegido y consagrado para hacer y presidir la comunión, se entiende por qué la caridad pastoral es el alma de su espiritualidad. Toda su vida ha de ser inmolación y ofrenda, donación y servicio, obediencia y comunicación.

La caridad pastoral se realiza así en tres planos: el de Dios, el de los hombres, el del Obispo con su presbiterio.

El sacerdote vive en permanente comunión con Dios (en esencial actitud de inmolación y ofrenda) por la intensidad de la oración, la serenidad de la cruz, la sencillez oculta de lo cotidiano. Vivir en permanente actitud de Fiat. Sentir la alegría de la fidelidad.

La comunión salvadora con los hombres (actitud de donación y de servicio) exige en el sacerdote un gozoso morir a sí mismo, una particular sensibilidad por los problemas humanos, una inalterable disponibilidad para escuchar, interpretar, y entregarse generosamente a los demás. Lo cual supone una perfecta libertad interior y una capacidad muy honda de amor universal.

La comunión con el Obispo y su presbiterio exige vivir a fondo una “obediencia responsable y voluntaria” (PO 15) y la misteriosa fecundidad de una auténtica amistad sacerdotal. Obediencia y amistad son exigencias de una profunda comunión sacramental, de una misma participación en la consagración y misión de Cristo Sacerdote, y no simple conveniencia o reclamo de una acción pastoral más eficaz. La amistad sacerdotal es una gracia. Es signo de la presencia del Espíritu que santifica. Los presbíteros están todos unidos entre sí “por una íntima fraternidad sacramental” (PO 8). El sacerdote no sólo debe obedecer y respetar a su Obispo. Antes que todo debe quererlo de veras. Como a padre, hermano y amigo (LG 28; PO 7).

25. En la caridad pastoral encuentran su sentido -particularmente hoy- tres exigencias absolutas del sacerdote: su actitud contemplativa, su obediencia, su celibato.

Hay valores absolutos que no pueden ser perdidos: el silencio, la oración, la contemplación. Exigen ser vividos de una manera nueva, más honda y más auténtica. Pero toda la Iglesia -esencialmente comprometida con el hombre y encarnada en su mundo- debe asumir hoy un alma contemplativa. Sólo en el silencio se engendra la Palabra que merece ser anunciada. Sólo la oración nos equilibra en Dios. Sólo la contemplación nos capacita para entender al hombre. Sigue siendo válida la actitud de Cristo orante (Lc 3,21; 5,15-16; 6,12; 11,1-4; 22,39 ss; Jn 17; Lc 9,28).

El momento sacerdotal actual está caracterizado por una lamentable pérdida de la capacidad del silencio, del valor de la oración, del sentido de la contemplación.

El silencio es necesario como capacidad indispensable para el encuentro equilibrado con nosotros mismos, para asimilar hondamente la Palabra que hemos de anunciar, para aprender a dialogar de veras con los otros. Las cosas grandes ocurren siempre en la plenitud del silencio. La oración es indispensable para participar en el tiempo el gozo de la visión, para no perder la profundidad interior, para evitar el cansancio o la monotonía de la acción, para tener algo siempre nuevo que ofrecer a los hombres. La contemplación es necesaria para realizar bien nuestra función profética, para descifrar los signos de los tiempos, para que se forme en nosotros un permanente estado de disponibilidad, de comunión y de servicio.

Pero que el silencio esté lleno de la Palabra. La oración sea un grito inefable del Espíritu (Rm 8,26). Y la contemplación sea reposo activo en la visión del Padre.

El sacerdote hoy debe amar la fecundidad del silencio. Sólo merece ser dicha la palabra que brota del silencio, pero sólo es fecundo el silencio que termina en una palabra.

Debe saborear, en la intensidad de la oración, el encuentro con el Padre. “Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó y fue a un lugar solitario, para orar” (Mc 1,35). “Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios” (Lc 6,12). En la era del ruido, la acción y la palabra, Cristo nos enseña el silencio, la soledad y la oración.

Oración que sea un encuentro personal con el Señor. Oración que sea asimilar en silencio la Escritura. Oración que sea buscar juntos -en la meditación comunitaria del Evangelio- los caminos del Espíritu. Lo importante no es pensar o decir mucho. Lo importante es callar, ofrecerse y contemplar. Escuchar al Señor y dejar que el Espíritu se posesione de nuestro silencio y grite: Abba, Padre. En la vida del sacerdote lo verdaderamente esencial es “el clima de oración”. Pero para ello es indispensable tener momentos de tranquilidad para el diálogo exclusivo con el Padre.

26. Otra exigencia absoluta del sacerdote: la obediencia. Sólo es válida en la medida en que sea una inmolación a Dios. Sólo tiene sentido como “comunión” de Iglesia (PO 15).Para una obediencia auténtica, madura y responsable, se requieren estas tres cosas:

-una profunda actitud de fe. Solamente desde allí puede tener el hombre el coraje de arrancarse, de morir, de ponerse en camino como Abraham, de entregarse en plenitud como María;

-una sencilla actitud de amor. “Para que sepa el mundo que yo amo al Padre y conforme al mandato que me dio mi Padre así obro” (Jn 14,31). Lo que precisamente vale, en el misterio de la cruz y de la muerte del Señor, es su espontánea inmolación al Padre por amor. Sólo puede obedecer de veras quien ama y se siente personalmente amado. María pudo decir que Sí porque tuvo experiencia de haber hallado gracia a los ojos de Dios;

-una sincera actitud de diálogo. La obediencia debe ser leal, franca, sincera. Tener la valentía sobrenatural de decir las cosas y manifestar nuestras inquietudes. Buscar juntos con el Superior el plan del Padre. La obediencia puede ser quebrada por rebeldía (no hacer lo que nos mandan). Pero también por indiferencia o cobardía (no hablar cuando debemos).

27. Finalmente, la caridad pastoral da sentido a nuestra virginidad consagrada. Sólo puede ser entendida en un contexto de amor. Y de amor absoluto. El Señor tiene derecho a una forma de amor exclusivo. No es que el celibato sea intrínsecamente esencial a nuestro ministerio. Pero “es signo y estímulo de la caridad pastoral y fuente peculiar de la fecundidad espiritual en el mundo” (PO 16). La virginidad consagrada es inmolación y ofrenda gozosa a Dios, donación y servicio generoso a los hermanos, paternidad espiritual. A través de ella el sacerdote se hace luminoso testigo de la esperanza escatológica, revelador de los bienes invisibles, profeta de los bienes futuros.

Pero importa vivir el celibato como plenitud de vida y de amor, no como negación o como muerte. El celibato sacerdotal es un modo de vivir anticipadamente la resurrección. Es un modo de expresar sensiblemente la fecundidad de la Pascua. Por eso hay que vivirlo en la alegría del Misterio Pascual.

Conclusión

Con la Virgen Fiel

28. La profundidad interior de un sacerdote -fruto del Espíritu de Amor que nos fue dado (Rm 5,5) y que inhabita en nosotros (Rm 5,5)- se revela normalmente en la palabra que anuncia, en la serenidad que comunica, en la alegría pascual que transparenta.

Esto es hoy fundamental en nuestro ministerio. Los hombres lo necesitan y lo buscan. En definitiva, que seamos para ellos los hombres de Dios, que les expresemos a Cristo, que hagamos con ellos el camino como testigos de lo Absoluto.

Más que nadie el sacerdote debe ser el sencillo artesano de la paz (Mt 5,9). En un mundo de tensiones y violencias. Más que nunca su presencia -superando desalientos y cansancios- debe ser un mensaje de esperanza y de alegría. Es decir, un mensaje de la Pascua que él encarna. “Que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu Santo” (Rm 15,13).

29. Hoy los hombres se mueven en la incertidumbre, la angustia y el miedo. Los sacerdotes padecen también esta experiencia. Es el precio doloroso de la hora tan rica que vivimos: tan llena de búsquedas auténticas, de exigencias tan claras del Señor y de la presencia misteriosa de su Espíritu.

Una hora que nos pide total generosidad, fortaleza y equilibrio. Hemos de comprender y amar esta hora nuestra sacerdotal. Con sus luces y sus sombras, sus posibilidades y sus riesgos, su fecundidad y su cruz. Hemos de comprometer en ella nuestra fidelidad.

Fidelidad a Cristo que nos ha llamado de una manera absoluta. Fidelidad a la Iglesia cuya comunión realizamos y presidimos como instrumentos del Espíritu. Fidelidad a los hombres para cuya salvación integral fuimos constituidos humildes servidores.

30. la hora sacerdotal de Cristo fue marcada por una singular presencia del Espíritu Santo y de María. También la nuestra.

En el seno virginal de Nuestra Señora el Espíritu Santo ungió a Jesucristo Sacerdote. También a nosotros.

En la pobreza de la Virgen el Espíritu engendró la fidelidad a la Palabra: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1,38). Para servir plenamente a los hombres, hay que entregarse con generosidad al Padre, como María.

En la pobreza y el silencio virginal de Nuestra Señora encontraremos siempre los sacerdotes el camino de la sencilla disponibilidad para ser fieles. “Feliz de ti porque has creído” (Lc 1,45).

Comprenderemos, sobre todo, que el único verdaderamente Fiel es el Señor. “Que Él, el Dios de la paz, los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser –espíritu, alma y cuerpo– hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es Fiel, y es Él quien lo hará” (1 Ts 5,23-24).

Jóvenes, Pueblo de Dios

Publicado en: Jóvenes, amigos míos… Madrid, BAC, 1999. p.159-168

I. Comentario del texto: la idea central es ésta: «ustedes, que antes no eran un pueblo, ahora son el Pueblo de Dios» (1 Pe 2,10). Volveremos sobre esta idea. Pero digamos de entrada que este «Pueblo de Dios» es la Iglesia (cf. LG 2). «Este pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo… La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios… Tiene por Ley el nuevo mandamiento del amor… y como fin, el dilatar más y más el Reino de Dios» (LG 9).

            a) Es un pueblo de santos («raza elegida», «nación santa»), es decir, de hombres y mujeres que han sido «reengendrados» en Cristo por el bautismo. Han renacido «a una esperanza viva» (cf. 1 Pe 1,3). Están llamados, por eso, a la santidad: «Así como Aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo» (1 Pe 1,15-16). No tengan miedo a la santidad; la semilla ya ha sido sembrada en nuestra alma por el bautismo. San Pablo llama «santos» a los que han sido bautizados: «como elegidos de Dios, sus santos y amados» (Col 3,12). El principio de nuestra santidad es el Espíritu Santo que nos ha sido dado y que habita en nosotros. Se trata de la santidad de lo cotidiano.

            b) Es un pueblo sacerdotal («ustedes son… un sacerdocio real»). Hay que tomar cada día más conciencia de nuestra participación bautismal en el sacerdocio de Cristo. Lo cual supone tres cosas:

            –tener conciencia viva de ir construyendo juntos la comunidad eclesial en comunión con los sacerdotes ordenados;

            –ir ofreciendo un «culto espiritual» a Dios, asumiendo sacerdotalmente todas nuestras actividades, cruces y esperanzas; toda nuestra vida hecha ofrenda, como nos lo indica San Pablo: «Yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como un culto espiritual que deben ofrecer» (Rom 12,1);

            –participar en la misión evangelizadora y santificadora del mundo, con conciencia de ir viviendo y ejerciendo el sacerdocio bautismal. La misma construcción de la ciudad temporal –como nueva civilización de la vida, de la verdad y del amor – es obra del sacerdocio común de los fieles bajo la guía de los Pastores.

            c) Es un pueblo profético («un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz»). Es la dignidad y urgencia profética de todo bautizado: «Ustedes son la luz del mundo… Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes» (Mt 5,14.16). Es la exigencia que nos recuerda San Pablo: «Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan con hijos de la luz» (Ef 5,8). La participación bautismal en Cristo Profeta supone estas dos urgencias:

            –acoger en el silencio contemplativo la Palabra de Dios: «Tú iras adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene… Yo pongo mis palabras en tu boca» (Jer 1,7-9). «Tú les comunicarás mis palabras… abre tu boca y come lo que yo te daré» (Ez 2,7-8). «Yo no hablo por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó» (Jn 12,49-50);

            –anunciar con el testimonio y la palabra, bajo el fuego y el impulso del Espíritu, la Buena Noticia del Reino: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15).

            II. Yo quisiera presentar la Iglesia bajo algunas imágenes que son realidades complementarias de un mismo Misterio: la Iglesia Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo, Comunión Misionera. Me detendré luego en esta última.

            a) Pueblo de Dios. Es una realidad bíblica esencial que nos ofrece tres aspectos fundamentales: primero, dinamismo histórico; segundo, continuidad y novedad con respecto al antiguo Pueblo de Dios, Israel, y tercero, inserción en la realidad histórica de nuestro pueblo pobre (con todo lo que tiene de búsqueda propia identidad cultural, de solidaridad y fraternidad universal). Anoto algunos textos que pueden ayudarnos:

            –En la primera Alianza con Israel, Dios dice a Moisés: «Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada» (Ex 19,5-6). Puede apreciarse la similitud con el texto de San Pedro que hemos citado al principio.

            –Una nueva alianza –interior e irrompible – nos presenta Jeremías, después del retorno de los deportados de Babilonia: «Ésta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor –: pondré mi ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo» (Jer 31,34).

            –El profeta Ezequiel nos describe más detallada e interiormente esta nueva Alianza, de la cual surgirá el nuevo Pueblo de Dios: «Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré… los rociaré con agua pura… Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo; les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes… Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios» (Ez 36,23-28). Lo nuevo en Ezequiel es la infusión del Espíritu que asegura nuestra fidelidad a la Alianza Nueva.

            –Pero la verdadera Alianza Nueva es la que sella Jesús con su sangre: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes» (Lc 22,20). Nos dirá San Pedro: «Ustedes saben que fueron rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto» (1 Pe 1,18-19); San Pablo nos dice: «En Cristo Jesús, ustedes los que antes estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo» (Ef 2,13);

            –Este nuevo Pueblo de Dios es santo (Cristo es su Cabeza, su Jefe, su Pastor; el Espíritu habita en él, lo santifica, le distribuye su gracia, dones y carismas, lo guía incesantemente hacia la unidad definitiva) y está profundamente insertado en la historia de los hombres, no marcha paralelamente o fuera de ellos, no es extraño a sus sufrimientos y esperanzas, sino que ha sido constituido en el mundo como «un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad» (LG 9).

            b) Cuerpo de Cristo. Es la imagen que más utiliza San Pablo, el gran apóstol y maestro de la Iglesia. «Yo fui constituido ministro de la Iglesia… este misterio, que es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria» (Col 1,25-27). «Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo» (1 Cor 12,27). De este Cuerpo nos dice Pablo:

            –que es uno y múltiple. Uno porque es Cristo. Pluriforme, porque «todos hemos recibido un mismo Espíritu» (1 Cor 12,13). «Así como el cuerpo tiene muchos miembros y, sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo» (1 Cor 12,12-13). De aquí la urgencia de la unidad eclesial, de la colaboración, de la comunión;

            –de aquí la urgencia de acoger con alegría los diversos dones y carismas en la Iglesia, de ser fieles a ellos y de respetar y amar el carisma de los otros: «En la Iglesia hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores» (1 Cor 12,28). En la Carta a los Romanos nos dice San Pablo que la diversidad de los miembros (por consiguiente, de los dones o carismas) dice relación de «los unos a los otros»: «Así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros con diversas funciones, también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo, y en lo que respecta a cada uno, somos miembros los unos de los otros» (Rom 12,4-5). Por consiguiente, en Cristo, en la Iglesia:

            • alegrarme por mi carisma, mi vocación, mi movimiento, y ser fiel a las exigencias del Señor;

            • pero interesarme, alegrarme, por el crecimiento del carisma de los otros, de su vocación en la Iglesia; ayudarlos a que crezcan fieles a la comunión;

            • dejarme invadir por el Espíritu de la comunión: «un solo Cuerpo, un solo Espíritu, una misma esperanza» (cf. Ef 4,1-6);

            –de aquí, también, la urgencia de hacer crecer en la unidad del amor el único Cuerpo de Cristo: «Viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente unidos a Cristo. Es la Cabeza, y de él todo el cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor» (Ef 4,15-16).

            c) Templo del Espíritu Santo. Es la imagen-realidad que nos presenta hoy el Apóstol San Pedro en el texto que hemos proclamado. Nos exhorta a ser «piedras vivas», edificadas sobre «la piedra angular», «piedra viva», que es Cristo, para construir así «una casa espiritual» (templo vivo), donde podamos «ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo». Subrayamos algunas cosas:

            –Cristo es «la piedra angular, elegida y preciosa», sobre la que debemos edificarnos como «piedras vivas». Sólo viviremos por la Palabra, la Eucaristía y el Amor. El Espíritu Santo nos ayudará a gustar la Palabra, a alimentarnos de la Eucaristía, a «amarnos con sinceridad como hermanos» (cf. 1 Pe 1,22-23);

            –pero Cristo es, también, «la piedra que los constructores rechazaron» y se convirtió para ellos en «piedra de tropiezo y roca de escándalo». Es la suerte de los que no escuchan la Palabra y no creen en ella. No pueden tener la Vida, no pueden vivir de veras, no pueden contagiar la alegría de la Vida. «Felices, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» (Lc 11,28). Son las palabras con que Jesús proclama la verdadera dignidad, la fe y la felicidad de su madre, la joven María de Nazareth. Ella recordaría entonces –como las recordará dolorosamente al pie de la cruz– las misteriosas palabras del anciano profeta del templo: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel: será signo de contradicción» (Lc 2,34). Esto nos indica que la opción por Cristo, «nuestra vida», supone autenticidad, fortaleza, generosidad, pobreza, desprendimiento y cruz. Da mucha pena comprobar cómo muchos jóvenes que un día optaron por Cristo, Vida nuestra, se dejaron convencer por «los falsos maestros de la vida», no aceptaron las exigencias del Evangelio, tropezaron con la piedra angular, se escandalizaron por las palabras de Jesús con respecto a su propia carne hecha Eucaristía (no las entendieron porque les faltaba fe y coraje en el seguimiento). «Desde ese momento –escribe San Juan – muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo» (Jn 6,66). Creo que hoy el Señor –frente a determinadas exigencias que implica su seguimiento – les pregunta a ustedes: «¿También ustedes quieren irse?». Yo estoy seguro que ustedes responderán con las palabras de Simón Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 67-68). Una confesión de fe así, frente a la Palabra y a la Eucaristía, es una verdadera y radical opción por Cristo «vida nuestra» (Col 3,4). Sólo así podrán convertirse en «piedras vivas» que, edificados sobre «la piedra angular» que es Cristo, construirán la Iglesia «templo santo de Dios». «En él –dice San Pablo – todo el edificio, bien trabado, va creciendo para construir un templo santo en el Señor. En él, también ustedes son incorporados al edificio para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,21-22);

            –hay otro texto del Apóstol San Pablo que nos habla de la Iglesia, comunidad cristiana, como «templo del Espíritu Santo»: «El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo… ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo» (1 Cor 3,10-17).

            III. La Iglesia «comunión misionera». El Concilio nos ha hablado de la Iglesia como «Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo». Es una trilogía que aparece en casi todos los principales documentos. Pero las tres expresiones se refieren a una idea fundamental del Concilio: la Iglesia como comunión. A partir del Sínodo de 1985 se ha vuelto a insistir en la Iglesia comunión: «La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio» (ChL 19).

            Quiero señalar algunos aspectos de esta «comunión»:

            1. Se trata fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo.

a) Es la comunión con la Trinidad para el anuncio misionero de la Palabra (cf. 1 Jn 1,1-4).

b) El Bautismo es la puerta. La Eucaristía es el culmen.

c) Es don del Espíritu Santo («todos hemos bebido en un mismo Espíritu»). «La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud y, al mismo tiempo, a vivir con profundo sentido de responsabilidad» (ChL 20).

            2. Es la comunión orgánica, presidida por los Pastores, del único Pueblo de Dios. «Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1 Cor. 12,13):

            a) inserción eclesial en la comunión eclesial: parroquia, diócesis, Iglesia universal. Vivir con generosidad el misterio de la Iglesia. «Ubi Petrus, ibi Ecclesia; ubi Ecclesia, ibi Christus»;

            b) comunión y coordinación con los restantes miembros del Pueblo de Dios: asociaciones, movimientos, grupos, laicos aislados. Ver juntos la realidad y comprometerse juntos. No formar «iglesias paralelas» o «una iglesia dentro de la Iglesia»;

            c) comunión eclesial con el mundo. La Iglesia como «sacramento universal de salvación». Presencia evangélica en el mundo, dinamismo misionero, sentido ecuménico, solidaridad universal.

            3. Comunión misionera. Es una expresión feliz que asume la Christifideles laici, n. 32: «La comunión genera comunión, y esencialmente se configura como comunión misionera… La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión». Cuando hablamos de «comunión misionera» entendemos lo siguiente:

            a) que la Iglesia no está hecha para sí misma, sino para ser «signo e instrumento (sacramento) de la salvación universal». De ahí la urgencia de su presencia dinámica y actividad misionera en el mundo. Toda la Iglesia es «sal de la tierra» y «luz del mundo». Toda la Iglesia tiene esencialmente una «dimensión secular» (vive en el mundo, actúa en el mundo, está enviada al mundo para transformarlo), aunque a niveles distintos (obispos y presbíteros, religiosos y religiosas, fieles laicos: a ellos compete, de modo específico, su misión «secular»);

            b) que toda la Iglesia debe abrirse, particularmente hoy, a una dimensión misionera: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15). Se nos exige a todos la «nueva evangelización» y el «dinamismo misionero ad gentes». «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16). Nos reconfortan estas palabras del Papa: «La labor evangelizadora de los laicos está cambiando la vida eclesial… La misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales» (RM 2);

            c) que la nueva evangelización tiende a la formación de comunidades eclesiales maduras (al mismo tiempo las supone) (cf. ChL 34). «Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe… de una fe confesada… celebrada… vivida» (ChL 33). Todo esto supone y exige una interrelación esencial entre «comunión» y «misión» en la Iglesia. Ambas (comunión y misión) tienen sus raíces en el mismo Cristo: insertados en Cristo por el Espíritu Santo. «Yo los elegí y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn 15,16). Pero la condición esencial es ésta: «permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes… El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto» (Jn 15,4-5). Y permanecer en Cristo exige vivir de la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56).

            Así conectamos el tema de la Catequesis de hoy (Como Iglesia) con el de ayer (En Cristo) y con el de mañana (Para la vida del mundo).

Conclusión

            Quiero terminar esta Catequesis con tres llamadas:

            a) a vivir profundamente en oración: «Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos». Sean jóvenes que aman y buscan la contemplación: personalmente y en grupos. Sin Cristo no hay Iglesia. Sin la Palabra de Dios y sin la Eucaristía, no hay comunión eclesial;

            b) a descubrir, amar y realizar el Misterio de la Iglesia allí donde está y se realiza (parroquia, diócesis, como presencia de la Iglesia universal). Amen intensamente la Iglesia local: con sus pastores, los religiosos y religiosas, todos los fieles laicos;

            c) a vivir en Iglesia como María y en María. Ella es «imagen y principio» de la Iglesia. En Ella nació la Iglesia, porque en Ella nació «Jesús, llamado el Cristo» (Mt 1,16). Pero vivir en María y como María, para ser Iglesia que da la Vida, supone ponerse en el corazón pobre y contemplativo de María, donde se percibe y se goza su fidelidad a la Palabra, a la Cruz y al Espíritu Santo.

Sean signo de la vida nueva

Mensaje a los participantes de la Caravana de la Primavera, Mar del Plata, 21 de septiembre de 1975

1

Mis queridos jóvenes:

¡Bienvenidos y felices estos alegres participantes de la “Caravana de la Primavera”! Yo los saludo con las mismas palabras de San Pablo: “Llegue a ustedes la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Ef 1,2). Sean siempre mensajeros de paz, de alegría y de esperanza.

Hoy les escribo con el mismo cariño y gratitud de siempre. Pero con más confianza que nunca en la generosidad de su respuesta. Sé que no van a fallar al Obispo; porque sé que no quieren fallar al Cristo que los ama, los invita y los compromete.

Me siento Obispo, sucesor de los Apóstoles, y quiero hablarles con la claridad y la firmeza que me vienen del Espíritu. Me siento, también, sencillo hermano y amigo de ustedes y experimento el dolor y la angustia, las posibilidades y urgencias de la hora que vivimos: en la ciudad, en el país y en el mundo.

Esta nueva marcha de la primavera tiene este año características especiales: están claramente dadas por la situación dramática que vive nuestro país y por las exigencias renovadoras del Año Santo Universal. ¡Pareciera una triste paradoja: el año de la reconciliación se ha convertido en el año del enfrentamiento y de la muerte!

2

Este año, mis queridos jóvenes, mi mensaje se reduce a lo siguiente: sean ustedes un signo de la nueva vida y un principio de una nueva sociedad. Sigan siendo un grito profético de que la alegría y la paz son posibles todavía porque es posible el amor; sean, finalmente constructores positivos de la paz.

Hace pocos días llegaba a Roma, después de recorrer 400 kilómetros de marcha extenuante, llevando por turno una gran cruz pesada, una peregrinación de jóvenes italianos provenientes de La Spezia. Al divisar finalmente a Roma, la meta de su sueño y el punto de partida de la renovación y de la reconciliación, se pusieron de rodillas conmovidos. ¡Era todo un signo! En la alocución dominical del 10 de agosto el Papa se refería a ello y decía: “¿será éste un signo de la nueva generación? ¿La generación joven se coloca de nueva a la vanguardia de la esperanza y de la valentía? ¿A la vanguardia de todos nosotros?”

3

Permítanme que yo, Obispo, les haga a ustedes la misma pregunta y los comprometa fuertemente en Cristo: ¿Son capaces de inaugurar tiempos nuevos para nuestra Diócesis, para nuestro país, para el mundo entero? ¿Se comprometen, de veras, a ponerse en la vanguardia de todos los hombres que aman la justicia, desean la paz y quieren una sociedad más fraterna y más humana, construida en la base inconmovible del amor?

Frente a un mundo triste, desgarrado y pesimista, yo quisiera comprometerlos con tres frases del Apóstol San Pablo que resumen la urgencia de mi pedido:

– “Les pido y les recomiendo en nombre del Señor: es preciso despojarse del hombre viejo y revestirse del Hombre Nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef 4,17-24).

Estamos en el Año Santo: de la renovación y reconciliación. Yo les pido a los jóvenes, que son generosos y fuertes, que sean el signo y el principio de una vida nueva. Que sean la imagen y presencia del hombre nuevo: hombre sincero y libre, hombre fraterno y justo, hombre hijo de Dios, hermano de los hombres y señor de las cosas. Si queremos cambiar las estructuras y establecer un mundo nuevo, cambiemos el corazón del hombre, convirtámonos de veras y asumamos un estilo de vida auténticamente cristiano.

– “Sean siempre alegres” (Fil 4,4; 1 Tes 5,16). La alegría profunda e inalterable es el signo del verdadero cristiano. Es fruto del amor y característica de un alma joven. Este Año Santo –año de renovación interior y de reconciliación- el Papa nos ha querido regalar su hermosísima Exhortación Apostólica, sobre la Alegría cristiana. Es un cántico a la alegría divina. Es un compromiso particular para los jóvenes. Yo los quiero comprometer este Año a que esta “Caravana de la Primavera” –signo de una vida nueva en Cristo por el Espíritu- sea por definición un mensaje y una comunicación de alegría honda, inagotable y contagiosa. El mundo se muere de angustia y de tristeza. Necesita y espera el testimonio pascual de los jóvenes que sean de veras “testigos de la Pascua” y por consiguiente, “alegres en la esperanza” (Rom 12,12).

– “Sobre todo, tengan caridad, que es la síntesis de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados porque formamos un solo Cuerpo” (Col 3,14-15).

Aquí está todo: el signo de la vida nueva y la fuente de la alegría cristiana. Si tenemos que renovarnos es en el amor. Si queremos ser testigos de alegría, tenemos que vivir en el amor. Nuestra Argentina está triste. Está triste nuestra pretendida “Ciudad feliz”. Es que, en definitiva, hemos tenido el raro y trágico privilegio de haber matado al Amor. Es decir, marginamos a Cristo, desconocemos al Padre y hemos olvidado al Espíritu.

Mis queridos jóvenes: esta es la hora de ustedes. No la dejen pasar. Esta es la hora de Dios para ustedes. Por eso les hablo con sinceridad y cariño, con urgencia de hermano y con responsabilidad de padre. Les hablo como amigo.

Que esta “Caravana de la Primavera” sea algo definitivamente nuevo en nuestra Ciudad y Diócesis, en nuestro País y Latinoamérica, en el mundo entero. Que la marcha de ustedes sea un mensaje claro y una fuerte invitación a la vida nueva que nace de la conversión, a la alegría que es fruto del amor y a la paz auténtica que es signo bienaventurado de los hijos de Dios (Mt 5,9).

En definitiva, como Obispo, les pido con toda mi alma: queridos jóvenes: en el nombre del Señor Jesús, renueven al mundo en el amor, sean transparentes comunicadores de alegría y de esperanza, trabajen activamente por la paz.

Dios lo quiere así. El mundo lo necesita. Lo reclama la Iglesia. Se lo pide con toda el alma su Obispo. Colóquense a la vanguardia de la esperanza y de la valentía.

Que la Virgen Nuestra Señora, causa de nuestra alegría y madre de la santa esperanza, los acompañe siempre, los aliente en su marcha y los haga inmensamente felices y fecundos, en su generosa tarea apostólica.

Los abrazo y bendigo de corazón en Cristo y María Santísima.

Signos de una Iglesia contemplativa (1)

 Año de la vida consagrada

Card. Eduardo Pironio2

Queridísimas Hermanas:

¡Qué alegría me da el Señor al poder celebrar esta Eucaristía con ustedes, y encontrarme así con todos los monasterios de vida contemplativa de esta queri­dísima Colombia; y alargando unp oquitico más la mirada y atravesando todo el horizonte, sentir en esta capilla la presencia fuerte, fecunda, luminosa de toda la vida contemplativa en la Iglesia de hoy! ¡Qué alegría también para ustedes el que, a través de la humilde presencia de un hombre muy pobre, a quien sin embargo Dios amó mucho por la cruz, se hace aquí presente hoy la persona bondadosa del Santo Padre. Quisiera que mi presencia pudiese ser ese signo, que fuese realmente la presencia del Papa, a pesar de toda mi limitación y miseria, del Papa que las ama tanto!

Me impresionó mucho cuando el Papa me llamó a Roma3: yo quería todavía prolongar mi estadía en América Latina, pero él me dijo: “Yo quiero que el 8 de diciembre esté conmigo, porque en ese día nos vamos a consagrar juntos a la Santísima Virgen”. Realmente el 8 de diciembre tuve dos gracias muy grandes del Señor: Por la mañana, la concelebración con el Santo Padre en la Basílica de San Pedro, para hacer con él la consagración a Nuestra Señora. Por la tarde en Santa María la Mayor, la gran Basílica de Nuestra Señora, corazón, diríamos, de las Basílicas consagradas a Nuestra Señora en Roma, el encuentro espiritual e invisible con la vida contemplativa del mundo entero. Allí estaban representadas las comunidades de vida contemplativa, con todo lo que significa la contemplación. El Papa quiso dedicar el 8 de diciembre, décimo aniversario de la clausura del Concilio, por la mañana, a todos los religiosos, religiosas, estudiantes al sacerdocio y novicios; por la tarde, de manera especialísima, a la vida contemplativa. Y yo quisiera que en pequeño, aunque a infinita distancia por mi parte, hoy se reprodujera ese encuentro. Quisiera comprometerlas a ustedes a ir engendrando diariamente la Iglesia. Que la fueran engendrando en la medida de la profundidad del silencio, de la serenidad de la cruz, del gozo, de la caridad.

La vida contemplativa tiene que ser, hoy más que nunca, en la Iglesia de la palabra, de la profecía, en la Iglesia de la encarnación y de la presencia, en la Iglesia del servicio, de la entrega a los hermanos, tiene que ser la fuente original, luminosa, fecunda, de donde nace esa Iglesia profética, esa Iglesia de encarnación, esa Iglesia servidora de la humanidad, esa Iglesia sacramento universal de salvación; pero hay que hacerla nacer desde adentro. Hace muchos años que yo vengo hablando e insistiendo muchísimo en la urgencia de la vida contemplativa para la totalidad de la Iglesia: para el obispo, para el sacerdote, para el religioso o religiosa de vida activa, para el laico. Hace mucho tiempo, porque lo vengo sintiendo como una urgencia del Espíritu. Es necesario que la Iglesia nazca primero adentro, para poder nacer en la historia, como sacramento universal de salvación ante el mundo que espera; pero esto exige que la vida contemplativa viva como María, abierta a la profundidad del silencio, a la serenidad de la cruz, a la alegría del amor. Todo bajo la acción fuerte del Espíritu Santo, que es Espíritu de interioridad, que es Espíritu de alegre inmolación en la cruz, que es Espíritu de generoso servicio en la caridad. La vida contemplativa engendra cotidianamente la Iglesia, en la medida en que, como María, se abre a la Palabra.

Es ponerse en actitud muy pobre, en actitud muy de silencio y muy de disponibilidad, frente a la Palabra que nos es dicha, como se puso María en actitud de mucha pobreza. Sólo a los pobres se les revelan los secretos del Reino. Lo acabamos de escuchar en el hermosísimo Evangelio de hoy: “Padre, te doy gracias, porque todas estas cosas las has reservado para los pequeños, para los humildes, para los pobres; las has ocultado a los sabios”4.

Es cierto. Tiene que haber una penetración en la Palabra del Señor, tiene que haber un estudio, una reflexión en la Palabra del Señor, pero sobre todo, tiene que haber un corazón muy pobre y sencillo, para penetrar contemplativamente la Palabra del Señor.

Yo diría que hay como tres momentos de entrar en la Palabra del Señor: el primer momento es el de la curiosidad: qué dice la Palabra. El segundo momento es un momento técnico: por qué, cómo. Y el tercer momento: qué me dice esta Palabra. Mejor todavía, cómo entra en mí esta Palabra.

En la pobreza de María nació la Palabra. El Espíritu Santo la cubrió con su sombra, porque era pobre, porque era humilde. La Palabra nació en el corazón virginal y pobre de María. Para que la Palabra nazca en los labios y de los labios, desde el corazón del Obispo, del predicador, del evangelizador, del sacerdote, es necesario que antes esa Palabra sea recibida dentro, en la pobreza de un alma contemplativa.

Frente a la Palabra de Dios, después, esa actitud de silencio. Silencio que es encuentro, no un silencio que es vacío; silencio que es comunión muy honda con el Espíritu que engendra la Palabra; silencio que no es evasión, sino que es presencia. Un silencio muy lleno de la Palabra y del Espíritu de Dios. Es María quien guarda todas estas cosas, rumiándolas en su corazón. María del silencio no es María de la abstracción, María del olvido, no; María del silencio, María de la contemplación es María que recibe la Palabra adentro, en la Anunciación; corre en seguida a comunicarla silenciosamente en la Visitación. María del silencio y de la contemplación es María que está constantemente rumiando estas cosas en su corazón, pero que al mismo tiempo entrega la Palabra a los hombres en la Noche Buena de Belén. María del silencio y de la contemplación es María que goza en la contemplación silenciosa del Hijo, pero al mismo tiempo tiene los ojos abiertos a la realidad, a la angustia de los jóvenes esposos en Caná de Galilea, y adelanta la hora de Jesús pidiendo que se realice el milagro. Es el silencio de la contemplación que no nos aleja de la realidad, sino que nos hace verla desde otra perspectiva mucho más honda. Para que la Palabra de Dios nazca en nosotros hace falta una actitud de silencio. Silencio, repito, que no es vacío, sino capacidad para el encuentro, ese silencio que es todo.

Para que la Palabra nazca dentro, hace falta la disponibilidad. Pobreza, silencio, disponibilidad. Esa disponibilidad de Nuestra Señora: “Sí, yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”5. Es decir, hacer que la Palabra nazca en nuestro interior mediante una entrega radical, gozosa, a las exigencias de esa Palabra; entonces seremos netamente felices. Felices; sí, María, porque dijiste que sí, porque te entregaste a la Palabra, porque has creído. Recibir la Palabra con la pobreza, con el silencio, con la disponibilidad de María. Y esa es la palabra que después iluminará, desde el corazón y desde los labios de los evangelizadores, al mundo de hoy que espera.

Pero esa disponibilidad ante la Palabra, esa entrega absoluta a la Palabra, y ese nacimiento de la Palabra, nos lleva a vivir otra cosa, otra dimensión, que es la serenidad, el gozo, la fecundidad de la cruz. La vida contemplativa es una vida inmolada, serena, gozosamente clavada con Cristo en la cruz. Tienen que ser testigos del Reino de Dios, y lo serán en la medida en que el Espíritu de Dios las vaya introduciendo en el Cristo de la Pascua; y ese Cristo de la Pascua es ese Cristo, sabiduría y fuerza, del que habla hoy san Pablo en la primera lectura: “Yo no entiendo otra cosa que Cristo y Cristo crucificado”6. Y ese Cristo crucificado es siempre el Cristo de la muerte y de la Resurrección, es el Cristo del anonadamiento y de la salvación, es el Cristo, Señor de la historia, del cual san Pablo habla en la Carta a los Filipenses en el capítulo 2: siendo Dios no retuvo como presa avara el ser considerado como Dios, sino que se despojó totalmente, se hizo siervo, se anonadó, más todavía, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Y por eso el Padre lo glorificó haciéndolo superior a todo hombre, y le dio un nombre que está sobre todo nombre y ante el cual doblan la rodilla los cielos y la tierra y el abismo, y toda lengua confiesa que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre7. Es el Cristo de la Pascua.

Entonces una vida contemplativa es una vida que vive el gozo, la serenidad, la fuerza, yo diría la fecundidad de la cruz. Sean fuertemente contemplativas desde la luminosidad serena de la cruz. De una cruz vivida en la fecundidad, no de una cruz vivida en el vacío o en la destrucción. Es exclusivamente del corazón de la cruz de donde nace la Iglesia, de donde sale la luz, de donde brota la resurrección. Es exclusivamente desde el interior de la cruz, de donde nace la alegría de la esperanza. Dos realidades que el mundo de hoy necesita: alegría y esperanza. Pero únicamente tienen derecho a ser alegres, únicamente tienen derecho a vivir y proclamar la esperanza, las almas que, como María, viven silenciosas al pie de la cruz. Vivan ustedes la vida contemplativa al pie de la cruz, amen cada vez más hondamente la inmolación de la cruz, dejen que el Señor adorablemente las atornille. ¡Claro que cuesta! Llegan momentos en que uno tiene la tentación de decir (si le pasó a Cristo, ¡cómo no nos va a pasar a nosotros!): “Basta; si es posible que pase de mí este cáliz”, pero en seguida, “no se haga mi voluntad sino la tuya”8.

La cruz hay que vivirla con el gozo de la fecundidad, como aquello que dice san Pablo: “Siento alegría en mi cruz por ustedes, por la Iglesia, porque veo que estoy completando en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo”9. En esta cruz silenciosa, desconocida para otros, tal vez ignorada por los propios hermanos y hermanas, en esta cruz se está engendrando la vida de tantas comunidades de Iglesia, la luz de tantos estadistas de diferentes naciones, se está como gestando la paz, la justicia y el amor que tanto necesitan los pueblos.

Finalmente, la vida contemplativa engendra a la Iglesia, desde la alegría de la caridad, la alegría del amor. La alegría que es caridad y que es inmolación total al Padre, que es radical entrega a Jesucristo. “Para mí vivir es Cristo, el morir una ganancia”10. Vivir sirviéndolo exclusivamente a Él, abiertos desde Él a todos los problemas y necesidades de los hombres, pero vivir con una inmolación muy gozosa, muy honda en el Señor; por eso, vivir desde aquí también el gozo de una pobreza radical, de una obediencia bien madura, bien en la fe, bien en anonadamiento, de una virginidad que ensancha el corazón y de una capacidad universal de amor. Vivir así esta consagración, irradiar la alegría.

Un monasterio contemplativo tiene que ser un testimonio radiante del Dios de la alegría, porque es el Dios del amor. Yo diría que el signo de que una comunidad contemplativa vive hondamente la caridad, la caridad que es inmolación al Padre y es servicio a los demás y unión fraterna, es una alegría muy serena, muy contagiosa. Que el mundo de hoy al llegar a un monasterio contemplativo sienta estas tres cosas, de las cuales tiene mucha hambre: sienta PAZ y se vuelva más sereno: y cualquiera que llegue a un monasterio contemplativo, sea un sacerdote, sea un fiel, sea un no creyente, simplemente con estar, con ver, con participar en una oración, vuelva con un corazón solucionado. ¡Un corazón solucionado!

¿Cómo se hace para solucionar un corazón? Yo no sé. Pero un corazón solucionado es un corazón sereno, un corazón que viene con muchas inquietudes y problemas y, cuando sale, ve que los problemas no se le han resuelto, pero que ya no lo agobian; ve que la cruz no se le ha quitado, pero se le ha vuelto dulce; ve que las lágrimas no se le han secado, pero están regando la vida a manotadas. Vuelve con un corazón sosegado, sereno.

La segunda cosa que vienen a buscar a los monasterios es la ORACIÓN. Cada monasterio contemplativo tiene que ser maestro de oración. Entonces, sin decirlo, cuando lleguen, enseñarles a orar: que salgan de ahí aprendiendo a decir nada más que una palabra: Abba, Padre. Sí, muchas veces.

Pero entonces el monasterio contemplativo tiene que vivir su espíritu de adoración en la expresión de la alegría. Y es ésta la tercera cosa que tiene que resplandecer para el que llega a un monasterio contemplativo. LA ALEGRÍA DE LA ESPERANZA. Sale de un monasterio contemplativo y siente que en el corazón se ha ensanchado el gozo en la esperanza, la alegría en la esperanza, como dice el Apóstol Pablo a los Romanos. Quiero hacerles sentir la alegría de su vocación, la responsabilidad de vivir la vida contemplativa en este momento en que la Iglesia tiene que ser profundidad, tiene que sentirse encarnada en la historia de los pueblos y volverse servidora de la humanidad.

En este momento ustedes tienen que ser el signo de una Iglesia contemplativa, viviendo fuertemente la contemplación. Miremos a María; que ella nos enseñe a vivir esta hora providencial, a comprender una vez más nuestra entrega y a sentir el gozo.

¡Gracias, Señor, porque en mi corazón pobre y sencillo has hecho maravillas! Gracias, Señor, porque cotidianamente en mi corazón pobre y silencioso va naciendo una palabra que el Papa, un obispo, un sacerdote, no sé quién, pronuncia. Gracias, porque yo siento que esa palabra va naciendo hoy en mi corazón, en mi pobreza, en mi silencio y en mi cruz. Gracias, Señor, porque me haces gustar diariamente el sabor pascual de la cruz, y con ella se van formando comunidades apostólicas, misioneras, etc. Gracias, porque me haces vivir todos los días el gozo de la entrega absoluta en el amor de la comunión fraterna, y veo que así se va derramando el Espíritu de amor entre los hombres, que se vuelven más hermanos, y los pueblos, solidarios. ¡Gracias, Padre, por haberme dado vocación contemplativa!

Notas:

 1 Con motivo de la conclusión del Año dedicado a la Vida Consagrada (2 de febrero de 2016), publicamos nuevamente esta significativa Homilía del Card. Pironio, pronunciada en el Encuentro con las comunidades de vida contemplativa, en Bogotá, Colombia, el 26 de febrero de 1976. Publicada previamente en CuadMon 38-39 (1976), pp. 273-276.

2 El Siervo de Dios Cardenal Eduardo Francisco Pironio (1920-1998) nació en la Provincia de Buenos Aires. Ingresó en el Seminario Menor de La Plata y en 1943 fue ordenado sacerdote. Fue Rector del Seminario Metropolitano de Buenos Aires y Decano del Instituto de Teología de la Universidad Católica Argentina. En 1964 fue nombrado Obispo auxiliar de La Plata, par­ticipando como padre conciliar en la III y IV sesión del Concilio Vaticano II. Como secretario general del CELAM, ejerció marcada influencia en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968), que definió el perfil de la Iglesia latinoamericana post-conciliar. Presidente del CELAM, en el año 1972 se le encomendó la diócesis de Mar del Plata hasta que, luego de haber predicado en 1974 los Ejercicios Espirituales al Santo Padre y a la Curia Romana, fue llamado a Roma por el Papa Pablo VI, quien en 1976 lo creó Cardenal. Estuvo a cargo de la Sagrada Congregación para los Religiosos y luego del Pontificio Consejo para los laicos. Tras sus largos y fecundos años al servicio de la Iglesia local, continental y uni­versal, a la que amó con pasión, después de una dolorosa enfermedad falleció en Roma el 5 de febrero de 1998. Fue declarado “siervo de Dios” por la Iglesia católica el 23 de junio de 2006. Sus cualidades de pastor y guía, sus escritos teológicos y espirituales, así como su intensa vida interior, su afabilidad y sencillez hicieron de él un hombre de Dios, un hombre de fe que continúa irradiando luz desde la frontera de la eternidad.  

3 En 1975, el Papa Pablo VI nombró a Mons. Eduardo Pironio (en ese momento Obispo de Mar del Plata), Pro-Prefecto de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares.

4 Cf. Mt 11,25.

5 Lc 1,38.

6 Cf. Ga 6,14.

7 Flp 2,6 ss. (N.d.R.).

8 Cf. Mt 26,39.

9 Cf. Col 1,24.

10 Flp 1,21.

María, Madre de la Iglesia y signo de nuestra esperanza

Siempre es gozoso celebrar fies­tas de Nuestra Señora. Se nos lle­na el corazón filial de una alegría muy honda y contagiosa. Sentimos su presencia maternal en nuestra vi­da. Más cuando estamos contem­plando el misterio de la Iglesia; cuando estamos meditando en esa fe vi­va, que se llama oración, el miste­rio de la Iglesia.

NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA

La esperanza es camino y María nos enseña a subir y nos lleva al Monte Santo que es Cristo. La es­peranza es tensión hacia la meta de­finitiva y María nos abre, glorifica­da ya en el cielo, esa meta definiti­va. Allí, en el Reino consumado, está nuestro verdadero nombre, el nom­bre que alcanzaremos un día cuan­do entremos en el reposo definitivo del Padre; y María es luz que anti­cipa esta esperanza para todos los que peregrinan. Ella es signo de espe­ranza cierta, como la llama el Con­cilio.

María es la nubecilla  bíblica que se va agrandando hasta cubrir el cie­lo y dejar caer la lluvia sobre la tie­rra. María de Nazaret, la pequeña, la pobre, misteriosamente fecunda por la acción del Espíritu Santo, de­ja caer la lluvia que es Cristo el Señor, el salvador de los hombres, nuestra paz, nuestra única esperan­za. ¡Cómo se nos ensancha el corazón en María de la Esperanza, cuando sentimos también nosotros el co­razón demasiado reseco y demasia­do sediento, como la tierra de Israel, como la Galilea, cuando recibió la lluvia misteriosa del Profeta!

Sedientos estaban los siglos cuan­do el ángel se apareció en Galilea a una mujer pobre y le dijo que pron­to iba a venir la lluvia, que pronto iba a nacer la paz, el Salvador, que pronto se iban a cumplir los tiem­pos señalados por el Padre, la ple­nitud de los tiempos, y que de Ella nacería Alguien que nos traería la paz, la salvación y la vida. Esto nos lle­na de esperanza.

Nuestra Señora de la Esperanza nos abre de nuevo el corazón a una esperanza firmísima. Cuando vemos que nos queda largo camino por an­dar podemos sentir la tentación del miedo y de la duda. Porque ahora que estamos en el monte estamos bien; pe­ro cuando bajemos y empecemos a pi­sar otra vez las espinas de cada día y experimentemos el calor del desierto y se nos vayan llagando los pies y nos vayamos sintiendo más solos, y el tra­bajo nos golpee y las contradicciones nos hieran, todo será distinto.

La Iglesia que creemos, que ama­mos, que gustamos; esa Iglesia que somos, que llena tan hondamente nuestro corazón y nuestra boca; esa Iglesia que gritamos a cada rato, esa misma es la Iglesia que después, cuando bajemos de la montaña san­ta, tenemos que gritar, que proclamar, que testificar y que construir con todos los hombres nuestros hermanos, con los Obispos, con el Papa, con los sacerdotes, con los niños, con los jóvenes, con los obreros, con toda la gente que espera nuestro descenso del monte. Allí donde está Nuestra Seño­ra allí están Cristo y la Iglesia.

Estas tres dimensiones tienen que iluminar el misterio de nuestra vida consagrada. La Iglesia nace en la plenitud de fe de María en la Anunciación; en su ardor de caridad, en la Cruz; en su plena docilidad al Espíritu, en Pentecostés. Son como los tres momentos del nacimiento de la Iglesia: la Anunciación, el Cal­vario, Pentecostés. Tres momentos de progresivo nacimiento de la Igle­sia, y en los tres está María, en los tres está el Espíritu Santo formando progresivamente a Cristo. El Cris­to, Hijo de Dios, que toma, de las entrañas virginales de Maria, la fra­gilidad de nuestra carne.[223]

EN LA ANUNCIACIÓN

En ese momento de la Anunciación está María con su sí, con su fiat, está la plenitud de su fe. Maria que dice sí. Y dice que porque sabe que Dios, que es amor, se lo pide, y sa­be que ese Dios que es amor y se lo pide, lo puede todo. Entonces no du­da y le dice sí: «Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mi según tu palabra». La Iglesia nace de la plenitud de fe de María, en la sen­cillez de su total, generoso, radi­cal a la Palabra. Cambió la historia cuando María dijo sí. Va a llegar el momento en que la nube, preñada de Cristo, se abra sin partirse, sin que­brarse. En la virginidad nos dará la luz, la alegría, la paz, la esperanza, porque María dijo que sí. Por eso Isabel le dirá: «Bienaventurada tú por­que has creído, porque dijiste que sí.

 También bienaventurados nosotros, Maria, porque tú dijiste que sí.

Es el momento de renovar la determinación y la alegría de nuestro sí. En la plenitud de fe de nuestro corazón nacerá la Iglesia. Esa Igle­sia que debemos llevar después en misión, que debemos gritar a todos los hombres.

Señor, cuántas cosas me has mos­trado, cuántos horizontes me has abierto. Yo cierro los ojos, y como María de Nazaret, te digo que sí, para que la Iglesia empiece a nacer en mi corazón. Yo te digo que sí con toda el alma. Señor, creo, te digo que sí, soy tu siervo: hágase en mi según tu palabra.

EN EL CALVARIO

El segundo momento de este na­cimiento de la Iglesia es el ardor de caridad de Maria, ardor de amor. ¿Cuándo se expresa más plenamen­te ese amor? En la donación de la Cruz; ahí está el signo más pleno del amor. Y ahí, del costado de Cris­to que se da, que muere por amor al Padre y a los hombres, nace la Igle­sia simbolizada en la sangre y en el agua: Bautismo y Eucaristía, Espíritu Santo en el agua y en el fuego. Nace la Iglesia del costado de Cris­to y allí esta Maria, serena, al pie de la Cruz.

En este amor de María nace, tam­bién para nosotros, la Iglesia. Gra­cias, María, porque también allí di­jiste que sí. Pero, gracias porque no fue solamente en la cruz, porque tu amor se hizo contemplación, pri­mero, y servicio a los hermanos, des­pués; porque tu amor se hizo redención siempre y culminó en la cruz. Se hizo contemplación en el amor y se hace profundidad, inten­sidad, intimidad y convivencia con Él.

HACER DE NUESTRA VIDA UN DON
«María, tú que fuiste enriquecida por la presencia del Señor en tu pobreza, ayúdanos o desprendernos de todo. Ayúdanos a ser radicalmente pobres, para que comprendamos quiénes son los po­bres de hoy, cómo tenemos que ir ellos, cómo tenemos que amarlos, solidarizarnos con ellos, com­partir su propio sufrimiento. Maria, la Pobre, haz que nuestra vida sea un peregrinar de fe, un de­pender totalmente de la voluntad del Padre. Ayúdanos, Maria, la Pobre, para que nuestra vida sea una constante donación de servicio a nuestros hermanos. Que la pobreza nos haga felices y servi­ciales, que nos haga verdaderamente libres y fecundos. Que nos haga hombres y mujeres de espe­ranza. Amén”.

El amor de María se hizo primero contem­plación y después ser­vicio a los hermanos. En ese proceso se hizo profundidad, intensi­dad, intimidad y convi­vencia con el Espíritu

María que guarda todas estas co­sas y las conserva en su corazón. El amor se ha hecho contemplación, pero el amor se ha hecho después ser­vicio en María, que sale presurosa hacia la montaña donde está Isabel para llevarle la presencia de Cristo, del Salvador; para ha­cer caer, anticipada­mente, algunas goti­tas de esa lluvia que ha sido engendrada en Ella y por Ella. El amor se hace servicio en Caná de Galilea cuando María antici­pa, en cierto modo, la hora de Jesús, resol­viendo un problema a los jóvenes esposos. El amor de María siempre se hizo servi­cio.

El amor de María se hace redención cuando nos entrega a Jesús en una inmolación total, en pura fe, par­tiéndosele el alma en un sufrimien­to tremendo, en un martirio espiri­tual, sólo posible en una grandeza tan fuerte corno la pequeñez de Maria. En esa inmolación se da la redención, el amor que se ha ce redención en la Iglesia.

¡Cuánto tenemos que aprender! Maria, enséñanos también a noso­tros a vivir así. Hemos pensado en la Cruz; hemos meditado, hemos descubierto y saboreado el misterio de la Cruz; ayúdanos a que nazca en nuestro corazón la Iglesia.

EN EL CENÁCULO

Y después, Pentecostés. Llega el momento de la Iglesia misionera, apostólica, evangelizadora; de la Iglesia profética. que sale del Cenáculo. Allí esta María, que preside la comunión y la oración de los apóstoles. La Iglesia nace en la plena do­cilidad de María al Espíritu. Desde entonces será María de la Esperan­za, la que nos iluminará, porque empezará la Iglesia a peregrinar sa­liendo del Cenáculo: a Jerusalén, a Gali­lea, a Samaria, hacia todos los confines de la tierra. Y María estará misteriosamente presente como Nues­tra Señora del Cami­no, de la Esperanza. No sólo mientras vivió, sino también aho­ra, glorificada en cuerpo y alma en los cielos, siendo espe­ranza cierta, va acom­pañando a esta Igle­sia nuestra que peregrina en la cruz, proclamando la muerte del Señor y anticipando su venida.

María del Camino, de la Espe­ranza, en plena docilidad al Espíritu, dejándose invadir plenamente y conducir por Él. Porque el camino de la esperanza es una peregrinación en el Espíritu. Que también no­sotros, Señora, nos dejemos invadir plenamente por el Espíritu, que se­amos dóciles, sencillos, gozosamente fieles al Espíritu Santo. Que cami­nemos en la fe inquebrantable de la esperanza, que contagiemos la es­peranza a los demás; que contigo, María, lleguemos al monte de la es­peranza, donde reinaremos y goza­remos en la comunión definitiva del Padre, a quien dijiste que sí; del Hi­jo, a quien nos trajiste al mundo; del Espíritu, por quien te dejaste con­ducir.

Tratto da: Vida Religiosa, vol. 10, (2006)5, maggio, pp. 222/225.

El religioso, hombre de oración

La vida litúrgica y la oración personal como exigencia de la consagración y principio de fecundidad apostólica

“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).

“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn 14,8).

Es relativamente fácil hablar sobre la oración. Más difícil es aprender a orar de veras. Sobre todo porque la oración exige mucho silencio y pobreza, y no estamos acostumbrados a ser verdaderamente pobres y a vivir en silencio. Por más que necesitamos escuchar a Dios y percibir adentro su cercanía.

Digo “relativamente” fácil porque tampoco es muy simple hablar de la oración. Solamente un hombre de oración puede hablar bien de la oración. Sólo desde una experiencia profunda y continua de Dios se puede hablar de Dios como testigos y discípulos.

“Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1 Jn 1,1-4).

La oración sólo es posible desde un corazón sencillamente filial. Por eso rezan bien las almas simples: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Lc 19,21).

La primera condición para orar bien es tener clara conciencia de nuestra situación de hijos, una fuerte experiencia de la paternidad y cercanía de Dios: “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto” (Mt 6,6). Lo importante en la oración es que es un encuentro silencioso con el Padre “que está allí”. Por eso no hay oración verdadera si no es desde el Espíritu Santo: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene: mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26).

El Espíritu Santo nos hace orar “en Cristo Jesús”. Metidos profundamente en Él y “en su nombre”. “Aquel día –cuando descienda el Espíritu de la Verdad y de la Consolación e inhabite en vosotros– pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios” (Jn 16,26-27). El Espíritu Santo –que es “el Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá!, Padre” (Rom 8,16; Gal 4,6)– nos hunde en Cristo Jesús y nos hace asumir su alma filial glorificadora del Padre y servidora de los hombres. Nuestra oración se hace así un encuentro con el Padre desde el corazón filial de Cristo Jesús.

Para entender nuestra oración (y para aprender a orar de veras) hay que mirar a Jesús. El Evangelista San Lucas, sobre todo, nos presenta a Jesús en oración. La contemplación del “Cristo orante” –en el desierto o la soledad del monte– nos introduce en los secretos de una oración verdaderamente filial, de una oración que nace de la experiencia del Padre, que mira el sufrimiento de los hombres y que alcanza su máxima expresión en el misterio de su cruz. Los discípulos aprendieron a orar porque lo vieron a Jesús orando. “Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseño a sus discípulos»” (Lc 11,1). Se trata de una oración nueva (el Padre Nuestro) o de un modo nuevo de orar (animados por Espíritu Santo).

Nos interesa, sobre todo, subrayar la oración de Cristo en una doble experiencia, profunda e inminente, del Misterio Pascual: la oración sacerdotal (Jn 17) y la agonía en el Huerto de los Olivos (Lc 22,39-46). Ambas oraciones están impregnadas de la experiencia del “Padre”. Ambas también van marcadas por la cercanía de la cruz. En ambas se comprende que orar, en definitiva, es entrar por amor en comunión profunda con la voluntad del Padre. “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42).

En esta oración de Cristo en el Huerto de los Olivos me impresionan tres cosas: la oración en sí (que es una total entrega a la voluntad del Padre), la intensidad del sufrimiento (de la agonía, la angustia, el miedo y la tristeza), la necesidad de la cercanía silenciosa y vigilante de los amigos: “¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación” (Lc 22,46).

La oración sacerdotal es la gran oración de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, en la inminencia de su Pasión, pidiendo al Padre por la unidad y santificación de la Grey (en ella particularmente de los Pastores) y por la reconciliación del mundo en el amor y la paz.

También para nosotros la oración está íntimamente ligada a una experiencia profunda del Misterio Pascual: en su doble fase de muerte y resurrección, de cruz y de esperanza. La oración –en la vida litúrgica o en su expresión personal– es un modo privilegiado de entrar en el Misterio Pascual de Jesús: entrar en comunión con sus sufrimientos y participar en la potencia de su Resurrección (cf. Fil 3,10). La oración se da siempre al interior de una comunidad verdaderamente pascual, es decir, donde Jesús resucitado reúne en su nombre a los discípulos y donde el Espíritu Santo actúa y vivifica. Tal es la imagen de la primera comunidad cristiana: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones… Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu” (Hech 2,42-46).

Pero de un modo único y privilegiado está unida al Misterio Pascual de Jesús la oración del religioso. Su vida tiene que ser una celebración continua y transparente del Misterio Pascual: fue elegido, consagrado y enviado al mundo para eso. Para ser testigo claro y concreto de que Jesús murió, resucitó y sigue haciendo el camino de los hombres.

La alegría pascual de un religioso, enamorado de Cristo y de su vocación, depende de la intensidad serena y honda de su oración: “Cuando oréis, no habléis mucho” (Mt 6,7). El religioso es, por definición, el hombre de la Pascua: testigo de la “novedad pascual”, anuncio del Reino definitivo.

El religioso debe ser un “hombre de oración”: porque su ser mismo, su vida, su presencia, tiene que ser una palabra de Dios. No importa tanto lo que hace (las “obras” en que se ocupa, las tareas pastorales o apostólicas que desempeña). Lo verdaderamente importante es él mismo, la radicalidad de su consagración, la viva transparencia de Dios. Los hombres buscan reconocer en él la imagen cercana de Jesús: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Un Cristo que les habla del Padre y de su Reino. Un Cristo servidor que esté siempre pronto, desde su pobreza y serenidad contemplativa, a dar la vida por sus amigos.

Pero más que “hombres” de oración, los hombres necesitan y buscan un verdadero “maestro” de oración. Alguien que les hable de Dios, desde Dios mismo; pero, sobre todo, alguien que los introduzca directamente en Dios. Hoy los jóvenes tienen hambre de oración y de una oración verdadera: hecha al Dios vivo desde la experiencia de una realidad fuerte, desde el corazón de una humanidad que sufre y espera, que ofrece y adora. Una oración que escucha y goza, que habla, se entrega y se comunica. Hoy los jóvenes son particularmente exigentes en esto: en la pobreza, en la oración, en la alegría del servicio. Por eso Jesús educó particularmente a sus discípulos en el desprendimiento, en la oración, en la caridad fraterna. Los religiosos deben ser para los hombres “testigos” de un Dios que “plantó su tienda en medio de nosotros” (Jn 1,14).

1. Oración y Misterio Pascual

Quisiera subrayar algo que me parece esencial: la particular relación que existe entre la oración del religioso y la expresión en su vida del Misterio Pascual. Sabemos que, en definitiva, toda la vida cristiana tiene su fuente allí: fuimos sepultados con Cristo en su muerte, hechos partícipes de su resurrección, para que “también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6,4). La oración cristiana arranca de esta novedad en Cristo por el Espíritu Santo. Por eso es una oración nueva; y en cierto sentido, aun siendo la misma, el Espíritu Santo la hace cotidianamente nueva en nosotros. La contemplación del Misterio Pascual se hace cada vez más honda; su misma celebración resulta cada vez más fuerte: nos vamos dando cuenta de que el Misterio Pascual crece en nosotros o que nosotros nos vamos metiendo cada vez más profundamente en el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús.

De un modo especial esto ocurre en la vida del religioso. El religioso es un signo de “la novedad pascual”; por eso su vida es un claro anuncio de la “vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), un testimonio profético del Reino y un llamado permanente a la conversión y a la esperanza (Mc 1,15). Pero, para que su existencia comprometida sea una permanente y clara celebración de la Pascua, el religioso necesita ser un hombre de oración; es decir, alguien que escucha en silencio la Palabra y asume con serenidad la cruz. Alguien capaz de celebrar en sí mismo –en la unidad de su persona: alma y cuerpo– el misterio de una perfecta oblación al Padre y de una gozosa donación a los hermanos. La celebración cotidiana del Misterio Pascual impide que la unidad interior del religioso se quiebre. Y hace que sea fecunda su inmolación continua y silenciosa.

Ahondemos un poco más en este aspecto del Misterio Pascual en la vida del religioso y sus exigencias y modo de oración.

La vida consagrada es una celebración continua del Misterio Pascual, un anuncio explícito de lo definitivamente nuevo que nos trae Cristo en su Encarnación Redentora. La Vigilia Pascual celebra particularmente esta novedad que nos manifiesta y comunica Cristo “el Hombre Nuevo”. “El que está en Cristo es una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5,17).

La “novedad pascual” le viene exigida particularmente al religioso por lo siguiente:

•      su consagración es un ahondamiento de la consagración bautismal; por eso, es un modo nuevo de “revestir a Cristo” (Gal 3,27) más profundamente. Por eso, también, la exigencia particular de una “vida nueva” (Rom 6,4). Será una vida particularmente vivida en “la sinceridad del amor” (Rom 12,9).

•      su especial incorporación a Jesucristo muerto y resucitado lo hace testigo de los bienes invisibles: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo… Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,1-4). La novedad está aquí, en que la vida del religioso tiene que ser un llamado permanente a los hombres para que vivan en actitud de ofrenda y de servicio, de inmolación al Padre y de donación a los hermanos;

•      finalmente, el religioso es testigo del Reino definitivo, de la vida nueva consumada. Enseña a valorar las cosas temporales y a amar la historia (por eso, no desencarna sino que compromete a los hombres), pero abre el camino a la esperanza verdadera. Siendo un hombre de su tiempo y de su patria enseña que “nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Fil 3,20-21).

La vida consagrada, como expresión cotidiana de la novedad pascual, exige una gran fidelidad al Misterio de la muerte y resurrección de Jesús: ser fieles a la Alianza, vivir la consagración en plenitud de amor, ser ministros de reconciliación, irradiar la alegría de la esperanza. Que los hombres nos vean muy cercanos, pero en una real transparencia del Señor; que nos sientan verdaderamente servidores, pero porque nuestra vida ha quedado definitivamente encadenada a Cristo; que comprendan que la esperanza que les comunicamos nace para nosotros de la fecundidad de la cruz.

Esto exige de nosotros una oración auténtica: que sea una verdadera interiorización y celebración del Misterio Pascual. Nos hace bien meditar el Himno pascual de anonadamiento de Jesús: Cristo, siendo Dios, asume la condición de siervo, se hace en todo semejante a los hombres, obedece hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso el Padre lo glorifica y constituye Señor del universo (cf. Fil 2,5-11).

Pero cuando decimos “interiorización en el Misterio Pascual” no nos limitamos sólo a la muerte y resurrección del Señor: entendemos toda su “obra”, la que le encomendó el Padre, es decir, su mensaje y su misión. Nos hace bien contemplar a Jesús predicando el Reino y curando a los enfermos, como nos hace bien verlo orar, tener hambre y cansancio, hablarnos del Padre e invitándonos al amor fraterno.

Hay algo que nos hace penetrar experimentalmente en el Misterio Pascual de Jesús cuando rezamos: es la cruz. Se aprende a orar desde la experiencia de la cruz. De hecho, en Cristo, el momento más intenso y filial de su oración es el de la agonía en el Huerto: “Padre…”. Fue, también, hondo y esperanzado su grito desde la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 21). Intensa, serena y confiada su última oración: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Para gustar el misterio de la cruz hay que ser hombre de oración. Pero la cruz nos enseña a orar. Con intensidad, con brevedad, con confianza. La oración es un encuentro con el Señor y al Señor lo encontramos en la cruz.

Hay momentos en que sólo podemos meditar en estos textos:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Lc 9,23).

“Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere queda solo” (Jn 12,24).

“Aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento” (Heb 5,8).

“Para mí no hay más gloria que la cruz de Nuestro Señor Jesucristo…” (Gal 6,14).

“Me alegro por los padecimientos que soporto… y completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

Nunca nos arrepentiremos de haber sufrido. De la cruz nace siempre la alegría y la esperanza, nace la fecundidad para la Iglesia y la reconciliación para el mundo, nace una oración profunda, serena, confiada. No es que vayamos a la oración para evitar la cruz o para olvidarla; vamos a la oración para entrar en “comunión con sus padecimientos” (Fil 3,10) y para gustar en silencio la “sabiduría y la potencia de Jesús Crucificado” (1 Cor 1,24).

El religioso es “hombre” y “maestro” de oración. Es “experto en oración”. Anotemos algunos puntos de reflexión sobre el porqué de la oración en el religioso:

•      para que descubra, viva y goce su identidad. El religioso se define por un radical seguimiento de Jesucristo; por eso, su llamado a una comunión muy íntima con el Señor. “A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). Su vida y actividad apostólica, su sentir profundamente humano, lo pondrían en medio de los hombres, al servicio de ellos. Pero su identidad arranca de una particular e intransferible participación en el Misterio Pascual de Cristo. Se realizó en el momento de su consagración una Alianza irrompible de amor con el Señor. El religioso necesita sentir en el silencio la fidelidad de Dios y renovar la suya. Necesita saber que Dios está allí y no falla nunca. “Fiel es el que os llama y es él quien lo hará” (1 Tes 5,24);

•      para que viva con inquebrantable serenidad y contagiosa alegría la experiencia de Dios que se lo pidió todo; para que no se canse de ser ante los hombres un auténtico profeta de esperanza. Esto es particularmente necesario para los hombres de hoy que se agitan y tienen miedo. Sólo una vida centrada en Dios es inconmoviblemente serena;

•      para que su presencia sea siempre la de aquel que “ha visto al Invisible” (Heb 11,27), es decir, que pueda hacernos más cercano al Dios Todopoderoso y Eterno, al Padre de las misericordias, al Dios clemente y fiel. A través de una persona que reza bien uno tiene la impresión de que está tocando lo invisible, más aún, que lo invisible se hace profundamente humano: “La vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio” (1 Jn 1,2);

•      para que nos atestigüe que el Reino ya está en medio de nosotros y que caminamos hacia su consumación, o mejor, que el Reino viene a nosotros y hace falta acogerlo con corazón pobre y misericordioso, manso y puro, hambriento de justicia y operador de paz (Mt 5,3-12). Sólo así se es capaz de transformar el mundo y ofrecerlo a Dios (LG 31). Vivir la radicalidad de las Bienaventuranzas es ser testigo luminoso y transparente de la novedad pascual, es ayudar a hacer un mundo más fraterno y más humano, es construir concretamente la “civilización del amor” (Pablo VI). Pero, para ello, hace falta ser hombres de oración, de gran interioridad con el Señor, profundamente contemplativos, amantes del desierto, a la escucha siempre de la Palabra de Dios, que saben celebrar cotidianamente, en el Sacramento y en la vida, el Misterio Pascual de la muerte y resurrección del Señor y anunciar en la esperanza su venida.

2. Oración y unidad interior

Desde esta viva y permanente celebración del Misterio Pascual, en el Sacramento y en la vida, adquiere fuerza de unidad nuestra oración. Es una la oración misma: en su celebración litúrgica y en su expresión personal. En la meditación, en la contemplación, en la oración vocal. En la oración comunitaria, en la oración silenciosa, en la oración compartida. Compartimos, a veces, nuestro silencio en una misma asimilación de la Palabra de Dios o en una misma adoración. El Espíritu Santo –que produce en nosotros un silencio activo para recibir la Palabra y grita en nuestro interior: Abbá, Padre– nos lleva a penetrar cada vez más profundamente el Misterio Pascual de Jesús, a realizarlo en nuestra vida y a celebrarlo en el Sacramento. Él da unidad a nuestra oración y hace, también, que nuestra vida resulte inquebrantablemente una; que no se quiebre nuestra unidad interior: que no haya momentos para adorar y momentos para servir, momentos para contemplar y momentos para trabajar, momentos para Dios y momentos para el hombre. Esto produce inevitables y dolorosas tensiones en nosotros y nos impide ser plenamente nosotros mismos: simultáneamente hijos de Dios (preocupados por su gloria) y hermanos de los hombres (atentos a su miseria y a su salvación).

Podemos preguntarnos todavía: ¿cómo hacer para que el religioso, hombre de oración, sea simultáneamente (y en virtud de la misma oración) hermano entre los hombres, cercano a los que sufren, servidor de los que esperan? Insistimos en una verdad muy simple: sólo los contemplativos tienen una capacidad muy honda y concreta de intuir necesidades, como María en Caná o en la Visitación, y de ayudar eficaz e incansablemente a superarlas. Un hombre verdaderamente contemplativo es profundamente humano: porque vive de cara a Dios, nunca puede vivir de espaldas al hombre. El contemplativo, que vive siempre sumergido en Dios, descubre sencillamente al hombre, lo ama, lo sirve, es capaz de dar la vida por él.

Cuando la oración es verdadera –la litúrgica y la personal– nos introduce profundamente en el misterio del hombre. Cuanto más contemplativos, más auténticos solidarios de los que sufren, más humanos. Por otra parte, el dolor de los hermanos nos lleva a la oración, nos enseña a orar desde la experiencia de su cruz. Los religiosos que trabajan en hospitales o en ambientes populares, en medio de gente que sufre, se sienten fuertemente llamados a la oración: no como una forma de evadir el problema o distraerse, sino como el único modo de asumir el dolor y ser capaces de redimirlo en Jesucristo. Otra vez la experiencia de la cruz (en este caso, de los hermanos) nos enseña a orar.

Esto exige en el religioso una fuerte unidad interior que da el Espíritu Santo a los que se la piden con humildad y que se tiene cuando todo se percibe desde la fe, es decir, desde la sublime sabiduría de Jesucristo. Allí quedan integradas todas las cosas: “todo es vuestro; vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Cor 3,21-23).

Hay un riesgo en la oración del religioso, como en la de cualquier otro cristiano: convertirse en centro de la oración. Pedimos desde nosotros y para nosotros. Olvidamos que la única oración válida se hace siempre desde el Espíritu Santo. Es Él el que en nuestro interior grita “Abbá, Padre” y nos hace escuchar con serenidad el clamor de nuestros hermanos. Por eso –si dejamos de lado la oración del Espíritu en nosotros– puede ocurrirnos lo siguiente: o convertimos la oración en una simple protesta humana sin esperanza (un modo de gritarle a los hombres nuestra decepción o nuestro desprecio) o hacemos de la oración un cómodo refugio de nuestra pereza o nuestro miedo (como si el hablar con Dios nos dispensara de escuchar el dolor de los hermanos y de comprometer nuestra fidelidad en redimirlos).

La unidad interior supone una permanente respuesta de fe, de esperanza y de caridad a un Dios que se nos está constantemente revelando. Cuando hablamos del religioso como hombre y maestro de oración no entendemos fijar momentos o determinar modos. Es un modo normal de respirar permanentemente en Dios y de hacerlo presente. Para lo cual, ciertamente, serán necesarios momentos fuertes y exclusivos de desierto: es decir, períodos y espacios inviolables en que nos separamos físicamente de los hombres y nos disponemos a escuchar exclusivamente al Señor que nos habla en el silencio. No siempre es fácil ni tranquilo. Vienen mezcladas, al principio, las voces de los hombres y las nuestras con la voz de Dios. “Si hoy escucharais la voz de Dios, no endurezcáis vuestro corazón”.

La oración nos pone en comunicación profunda con el Señor; más aún, nos introduce en el misterio de una comunión muy íntima con Dios. En el silencio recibimos y acogemos la Palabra. Viene a nosotros –a nuestra pobreza–, la acogemos en silencio y la realizamos en la disponibilidad. Nos entregamos a ella. Engendramos la Palabra en la Iglesia: para ser anunciada y comunicada como “Palabra de salvación”, “Palabra de reconciliación”, “Palabra de gracia”.

Los momentos fuertes de oración tienden a unificar nuestro interior. Ayudan a serenarnos y centrarnos. Nos hacen luminosos, serenos y fuertes. Impiden que nos dispersemos. El servicio al prójimo –el mismo anuncio explícito del Evangelio y la acción apostólica– pueden crear en nosotros dolorosas tensiones, momentos de excesiva preocupación humana, falta de una verdadera y constante serenidad y alegría. La oración nos unifica interiormente y nos hace capaces de construir la comunión y de trabajar en la unidad. La unidad en la Iglesia, la unidad con los hombres, la unidad en el Instituto.

Quiero subrayar tres aspectos o niveles de esta unidad:

a)    unidad interior entre fe y vida, oración y actividad apostólica, contemplación y acción. Hasta que la contemplación no sea nuestro modo normal de vivir, seguirán los dualismos y tensiones en nuestra vida. Seguiremos fragmentando nuestro horario: momentos para la oración y momentos para el trabajo, momentos de soledad en Dios y momentos de servicio a los hermanos. Debe haber en nuestra vida espacios reservados al puro silencio; pero el silencio debe engendrar constantemente nuestra palabra y nuestra acción.

b)    unidad fundamental en el amor a Dios y al prójimo. La vida religiosa debe expresar la unidad fundamental de este único precepto: “Amarás al Señor tu Dios…”. No podemos separar dos realidades de un mismo misterio: adoración de Dios y servicio a los hermanos. Cuanto más profunda y verdadera sea nuestra adoración, más auténtico, eficaz y concreto será nuestro servicio. Cuanto más descubramos a Dios en el hermano, tanto más fácilmente daremos nuestra vida por él.

c)    unidad esencial –desde la comunión de Iglesia– entre la consagración y la misión: la opción única y esencial por Cristo y la opción preferencial por los pobres, la vida según el Espíritu y la inserción evangélica en el mundo. Dios vino para salvar al mundo: “Tanto amó Dios al mundo…” (Jn 3,16-17). El mundo no existe sino para acoger a Dios, adorarlo y darle gracias. Hacen falta contemplativos que sepan descubrir en el mundo las huellas evidentes de Dios. Hacen falta, también, operadores de paz que sepan construir, desde la pobreza y la contemplación, un mundo más fraterno y más humano donde se revele fácilmente para todos la bondad, la sabiduría, y la potencia de Dios.

Esta unidad la produce en nosotros el Espíritu Santo. En la medida en que se la pidamos con intensidad y nos abramos a ella en la humildad. La unidad exige en nosotros mucha pobreza, mucha humildad, mucha muerte.

Finalmente, esta unidad se construye en base a la Palabra, a la Eucaristía, a la Comunidad. Son aspectos esenciales en la vida del religioso. Es preciso subrayar esta profunda experiencia de Dios en una comunidad religiosa. En torno a la Palabra se reúne la Asamblea: la recoge en la pobreza, la contempla en el silencio, se entrega comunitariamente a ella en la generosidad plena del amor. Hace bien escuchar juntos, en la profundidad de un mismo silencio, la misma Palabra del Señor que nos invita al desierto, al servicio o a la cruz. La Eucaristía nos hace participar plenamente en el Misterio Pascual de Jesús, nos configura a su muerte, nos hace partícipes de su resurrección; nos transmite la vida eterna (Jn 6,54) y nos hace sus testigos (1 Jn 1,2). La misma Eucaristía hace que se forme una verdadera fraternidad evangélica donde haya “un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32). Una comunidad verdadera es siempre fruto de la oración. Pero también es cierto que no hay oración auténtica –verdadera vida contemplativa– sino al interior de una gozosa fraternidad evangélica. Dios habla y su Palabra es fecundamente acogida en medio de una comunidad auténticamente pascual. ¿Cómo sería una comunidad pascual? Como la describen los Hechos de los Apóstoles: “Acudían a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hech 2,42).

3. Oración, consagración, fecundidad apostólica

La vida consagrada exige mucha oración. Es una exigencia intrínseca de la Alianza Pascual: “La llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2,16). La oración es una exigencia del amor; por eso, cuando el amor es más intenso (la plenitud es la cruz) la oración es más breve y silenciosa; resulta, casi, una simple mirada de amor en que solamente se goza, se escucha y se ofrece. Es el momento más íntimo de comunión fecunda con el Señor: “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh” (Os 2,21-22). No se trata de un conocimiento teórico del Señor, sino de una experiencia muy honda de su amor. Es “la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas” –de que habla San Pablo en su carta a los Filipenses–: “Conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerse semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3,8-11).

Cuando la oración es concebida así –como una experiencia muy honda del Señor en el desierto, en la cruz o en la tarea cotidiana, como un modo privilegiado de vivir en Él y de entrar en comunión con su voluntad–, deja de considerarse un medio: es un fin. Porque en definitiva el fin es este: vivir en comunión con la Trinidad Santísima (desde allí, con los hombres) y hacer que nuestra alegría sea completa (cf. 1 Jn 1,3-4).

No se puede vivir a fondo la radicalidad de las Bienaventuranzas si no es en un clima permanente de oración. Es el único modo de ser verdaderamente pobre, limpio de corazón y constructor positivo de la paz. Las Bienaventuranzas sólo pueden ser entendidas y practicadas desde la sabiduría simple de un corazón contemplativo. Sólo un contemplativo sabe ser pobre; como sólo el pobre puede ser verdaderamente contemplativo. Podemos construir toda una sublime doctrina sobre las Bienaventuranzas, hablar magníficamente de ellas, pero sin comprender todavía su sabiduría y su fuerza transformadora, sin tener todavía el coraje de practicarlas. Indudablemente Jesús pensó en María cuando habló de las Bienaventuranzas.

El seguimiento radical de Cristo, por los consejos evangélicos, exige mucha oración. No es que la oración sea exclusivamente necesaria para ser pobres, castos y obedientes. Es que sólo desde la oración se comprende el sentido de la pobreza, la fecundidad de la castidad consagrada y la madurez plena de la obediencia. Seguir a Jesús es subir con Él al monte (Lc 6,12) o buscarlo en la soledad en que vive: “Maestro, ¿dónde moras?” (Jn 1,38). El seguimiento radical de Cristo exige momentos privilegiados de desierto (Lc 4,1), de servicio integral a los hombres (Jn 13,15) y de cruz. Todo ello es posible desde la profundidad de la oración.

La consagración nos lleva a vivir profundamente la vida litúrgica y la oración personal. Quisiera subrayar la relación que existe entre la celebración de la Eucaristía y la consagración religiosa.

Ante todo el misterio mismo de la Eucaristía encierra todo un sentido de inmolación y de donación que se realiza en la vida consagrada: vida hecha don al Padre y a los hermanos. La vida consagrada es una oblación radical a Dios y un don generoso a los hombres. La Eucaristía nos lo recuerda y lo ahonda en nosotros. Nos hace más capaces de ofrecernos y de darnos.

Hay tres momentos en la celebración de la Eucaristía que quiero subrayar en relación con la vida consagrada: la Liturgia de la Palabra, la Liturgia de la Eucaristía y la Comunión. Como en la Liturgia de la Palabra Dios viene a nosotros y nos habla (“arráncate”, “sal de tu tierra”, “alégrate”); nosotros acogemos en el silencio su llamado y respondemos en la fe y la disponibilidad (“heme aquí, porque me has llamado”; “Yo soy la servidora del Señor: hágase en mí lo que has dicho”; “Señor, ¿qué quieres que haga?”). Nos sentimos inmensamente felices de haber sido llamados y elegidos; experimentamos adentro la alegría profunda del Sí.

Luego viene la Liturgia de la Eucaristía: es una fiesta, un sacrificio, una transformación. Fiesta de una inmolación gozosa “pro mundi vita”. Sacrificio fecundo para la reconciliación y la paz. Transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pasa eso en la vida consagrada: gozo y fiesta de la entrega, inmolación fecunda, transformación en Cristo. Más que nadie el religioso grita con San Pablo: “Con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19-20).

Finalmente la Comunión: es una participación muy honda y cotidianamente nueva en la muerte y resurrección de Jesús (en su Misterio Pascual); es, también, el gozo de entrar más concretamente en comunión con los hombres y comunicarles el don de la paz. En definitiva, la Eucaristía desemboca en ello (y también la vida consagrada): hacer más profunda la comunión con Dios y más verdadera la fraternidad con los hombres. Otra vez volvemos a lo mismo: la vida consagrada expresa y celebra, en el sacramento y en la vida cotidiana, el Misterio Pascual de Jesús: es, al mismo tiempo, oblación y servicio, adoración y entrega, ofrenda al Padre y anuncio a los hombres de la Resurrección de Cristo.

Fuimos llamados para comunicar al mundo “la alegría de la esperanza” (Rom 12,12). Solamente podemos hacerlo desde la intimidad ininterrumpida con el Padre. Tenemos que gritar al mundo la sinceridad del amor” (Rom 12,9). Solamente podemos hacerlo desde la fecundidad del desierto. Dios nos llamó para ser testigos privilegiados de su Resurrección (por consiguiente, de su esperanza): “A este Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que cominos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos” (Hech 10,40-41).

No se trata simplemente de una conexión externa: porque el consagrado ha hecho profesión de lo divino, tiene que dedicarse más a la oración. Se trata de una exigencia interna de la propia consagración y misión: “Aquel a quien el Padre consagró y envió al mundo” (Jn 10,16). La oración, litúrgica y personal, es un momento fuerte de la experiencia de la Alianza, es una celebración de la Alianza. La oración es un reconocimiento explícito de que Dios es lo único que importa (Mt 6,33).

Hay algo en lo cual quiero insistir todavía: es el sentido de la adoración. Lo hemos olvidado un poco; tal vez apremiados por la urgencia de la evangelización (sin darnos cuenta que adorar es un modo privilegiado y fecundo de evangelizar). Toda la vida del religioso tiene que adquirir esa dimensión profunda, constante, clara, de adoración, de una permanente invitación a la adoración: “Venid, adoremos al Señor”. No es una invitación a la inactividad o a la evasión, sino al momento más pleno y gozoso de una actividad fecunda. Adorar no es simplemente estar delante del Señor de una manera pasiva. Es reconocer que solamente en Él se puede realizar, en un solo acto, la oblación de nuestro ser, nuestra existencia llega a su plenitud. Lamentablemente hemos perdido el sentido de la adoración. Hemos redescubierto formas nuevas, externamente más dinámicas, de oración; pero hemos dejado un poco de lado el silencio activo en que el Espíritu Santo obra, el Señor habla y el alma se ofrece totalmente en silencio. La adoración significa reconocimiento y gratitud, experiencia de la cercanía de Dios y alabanza (“te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”), inmolación plena de sí mismo y perfecta disponibilidad de servicio. En la adoración sentimos el dolor y la esperanza de la humanidad; sentimos también la presencia del “Dios Padre Todopoderoso” y Santo. La adoración nos lleva a asumir con gozo nuestra pobreza, a sentir redimida nuestra miseria, a ofrecernos al Padre con todo lo que somos y podemos. Es el momento de mayor silencio y de más entera disponibilidad: “Yo soy la sierva del Señor, que se haga en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Es preciso revalorizar el sentido de la adoración al Santísimo Sacramento: por Cristo, con Él y en Él nos ofrecemos e inmolamos. Nuestra vida, radicalmente insertada en Cristo Sacerdote y Víctima, se hace ofrenda y don.

La adoración prolonga y hace más honda y personal la misma oración litúrgica. ¡Qué sentido de comunión eclesial en la Liturgia de las Horas! ¡Vox Ecclesiae, Vox Christi, Vox mundi! Pero esto exige que recitemos los salmos “con sabiduría”, como nos recuerda San Benito, y que “estemos en la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestros labios” (RB 19). Todo esto supone una previa y serena penetración en la Palabra de Dios: leer antes los textos, interiorizarlos, gustarlos, asimilarlos. En el mismo momento de la oración litúrgica hay una fuerte acción del Espíritu Santo que nos hace descubrir y gustar sentidos nuevos, cada vez más profundos. Es un fruto evidente de la presencia del Señor Resucitado en medio de la asamblea litúrgica reunida en su nombre: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

Pero la oración litúrgica no obra por magia propia. Supone dos cosas: corazones pobres y disponibles, abiertos a comprender y asimilar la Palabra, los gestos, el canto. Supone, como diría San Benito, “pureza de corazón y compunción de lágrimas” (RB 20). Supone también una verdadera comunidad evangélica; sobre todo en la Eucaristía: la Eucaristía construye la Iglesia, pero la Iglesia celebra y hace la Eucaristía.

Pero cuando hablamos de vida litúrgica no entendemos sólo la celebración de la Eucaristía y la Liturgia de las Horas. Entendemos toda la vida de la Iglesia en sus momentos fuertes: Navidad (Adviento), Pascua (Cuaresma), Pentecostés. Cuando decimos que el religioso es hombre y maestro de oración, entendemos que es alguien que sabe transmitir a los demás su profunda vivencia del “tiempo litúrgico”, es decir, que sabe abrir a sus hermanos –a la gente más simple y sencilla del pueblo– los secretos y los compromisos de estos misterios. No es alguien que simplemente goza en estos tiempos, sino alguien que llama a compartir su propia experiencia y su propio compromiso. En definitiva, llama a la vida nueva (la vida en Cristo Jesús por el Espíritu), a experimentar el gozo de la novedad pascual y a comunicarla. Lo cual constituye “el alma de todo apostolado”.

Cuando hablamos de la oración como “principio de fecundidad apostólica” no es que queramos “mediatizar” la oración. Ya lo hemos dicho: la oración no es un medio sino un fin. Es el modo concreto de entrar profunda y sabrosamente en Dios: de estar con Él, escucharlo, experimentar su comunicación y ofrecernos. Pero es verdad que la oración nos prepara para la tarea apostólica (Jesús en los cuarenta días del desierto), nos mantiene en ella (Jesús que “de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración”: Mc 1,35) y nos da infalible eficacia: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

Hay grandes proyectos pastorales, grandes guías y maestros, pero si no hay energía interior que viene del Espíritu a través de la oración todo queda paralizado. Los santos son un ejemplo. La oración es principio de fecundidad apostólica ante todo por la intimidad profunda, por la comunión íntima, que supone con Dios. Hacer el bien apostólicamente es comunicar a Dios, sólo puede hacerlo quien vive permanentemente en Él, quien respira en Él. Sólo puede hablar constantemente de Dios, con claridad convincente, quien vive de Dios.

Además, la fecundidad apostólica supone actitudes personales en el apóstol: la serenidad y la alegría permanentes, el equilibrio, la claridad y sencillez, la fuerza convincente del testimonio. Eso lo puede hacer sólo quien “ha visto al Señor”, quien ha contemplado y palpado la Palabra de la Vida.

Hay un momento en que la vida consagrada y actividad apostólica exigen, sobre todo, la serenidad fecunda de la oración: cuando el Señor nos hace experimentar adorablemente el aparente fracaso de la cruz. Es entonces cuando la oración nos retoma y nos serena, nos hace fuertes y nos recuerda:

“¡Salve, oh Cruz, nuestra única esperanza!” “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…”. “Era necesario pasar por todas esas cosas…”. “Por eso el Señor lo exaltó y le dio un nombre superior a todo nombre”.

Aquí la oración vuelve a conectarse, en la vida del religioso, con el Misterio Pascual: sólo las almas que viven silenciosas al pie de la cruz, como María, son felices y fecundas. Es decir, que la verdadera alegría y la fecundidad apostólica nacen de la contemplación y la cruz. La oración nos ayuda a asumir la cruz. Pero la cruz nos enseña a orar de veras: porque la oración, en definitiva, es un encuentro con el Señor. Y al Señor no lo encontramos sino en la Cruz Pascual. Jesús nos enseña a orar –y a obedecer– en la escuela del sufrimiento.

Conclusión

“El que vive en Cristo es una nueva creación: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor 5,17). El religioso –hombre de la alianza y del amor, hombre de la cruz y la esperanza, hombre de la adoración y del servicio– es un signo transparente de la “novedad pascual”: de los bienes invisibles que nos trajo Cristo “el Hombre Nuevo”, del Reino ya presente y cuya consumación esperamos, “de los cielos nuevos y la nueva tierra, en los que habitará la justicia” (2 Pe 3,13).

Es el hombre de la Pascua. Por eso, el hombre de la oración. Llamado a celebrar en su vida el Misterio Pascual de Jesús (Rom 6,4), el religioso manifiesta en la oración personal y litúrgica que “su vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,4) y anuncia a los hombres que “el Reino de Dios ya ha llegado” a nosotros (Lc 11,20); al mismo tiempo es un grito de esperanza en la venida de Jesús (“Maran atha”: 1 Cor 16,22; “Sí, vengo pronto. Amén. ¡Ven, Señor Jesús!”: Apoc 22,20) cuando el vencedor del pecado y de la muerte –Cristo Jesús, el Hijo de Dios y de María, el Señor de la historia– llegue de nuevo para entregar “a Dios Padre el reino” consumado y sea “Dios todo en todas las cosas” (1 Cor 15,24-28).

Enviado a dar frutos que permanezcan (cf. Jn 15,16), el religioso siente que para comunicar la alegría de la salvación a los hombres de nuestro tiempo debe vivir profundamente sumergido en Cristo por la acción transformadora del Espíritu Santo. Debe ser un contemplativo: es la única forma de ser un testigo y de “mantenerse firme como si viera al Invisible” (Heb 11,27).

Todo esto lo inspiramos y apoyamos en María, “modelo de la consagración”, la contemplativa, la “Virgen orante”, la “Virgen de la escucha”, la que fue proclamada feliz por recibir la Palabra de Dios y realizarla (Lc 11,27).

Ella acogió en su pobreza, en su silencio, en su disponibilidad, la Palabra de Dios que le vino en la Anunciación (Lc 1,38); Ella la contempló serena y fuerte en la Cruz (Jn 19,25-27); Ella la engendró de nuevo para la Iglesia y el mundo, en Pentecostés: “Consagrados a la oración… con María, la Madre de Jesús” (Hech 1,14).

Sea Ella nuestra maestra de oración y nuestra Madre. En su corazón contemplativo aprenderemos a ser pobres y felices; aprenderemos a adorar en silencio y a servir con generosidad; aprenderemos a realizar constantemente la voluntad del Padre, a seguir fielmente a Jesús y a ser sus testigos.

Que Ella nos enseñe a recibir cotidianamente en la fe la Palabra (Anunciación) y a entregarla en la alegría del servicio (Visitación). Que nos haga profundamente contemplativos: capaces de guardar todas estas cosas y meditarlas en el corazón (cf. Lc 2,19).

Solamente así gustaremos cada día del gozo de nuestra consagración y la fecundidad de nuestra misión.

La alegría del corazón

“Un corazón alegre es la vida del hombre y el gozo alarga el número de sus días”

(Eclo 30, 22).

He abierto la Sagrada Escritura buscando un tema para proponer a la vida consagrada como principio de meditación y oración. Salió, sin pensarlo, la página del Sirácida en que nos habla de “la alegría del corazón” (Eclo 30,21-25). Me pareció providencial. Hoy hace falta que nos hablen de la alegría; pero de la alegría profunda y duradera, la que nace de la contemplación y la cruz, la que es fruto del amor, de ese amor de Dios que “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5). San Pablo enumera esta alegría entre los primeros frutos del Espíritu: “amor, alegría, paz” (Gál 5,22).

Los que hemos nacido de Dios –los que somos hijos y experimentamos el amor del Padre– no tenemos derecho a vivir en la tristeza. Mucho menos lo tenemos los que hemos sido particularmente alcanzados por Cristo Jesús (Flp 3,12), es decir, providencialmente amados y consagrados para testificar el amor.

I

“No dejes que la tristeza se apodere de ti ni te atormente en tus cavilaciones” (Eclo 30,21). Se me ocurre que la tristeza se apodera de nosotros cuando nos falta oración o cuando nos encerramos peligrosamente en nosotros mismos. Los discípulos de Emaús “conversaban y discutían” entre ellos, pero algo impedía que sus ojos reconocieran a Jesús que caminaba con ellos: “se detuvieron con el semblante triste” (Lc 24,15-17). La tristeza enturbia los ojos de la fe y nos impide ver a Jesús que camina con nosotros, que está dentro de nosotros, nos habla y nos sostiene. El Apóstol Santiago nos da una receta práctica, de efectos inmediatos: “Si alguien está afligido, que ore. Si está alegre, que cante salmos” (Sant 5,13). La oración nos serena y hace fuertes –porque el Señor está allí–, nos ilumina por dentro y dilata el corazón. Por eso los contemplativos poseen el secreto de la verdadera alegría.

“Aparta lejos de ti la tristeza, porque la tristeza fue la perdición de muchos y no se saca de ella ningún provecho” (Eclo 30,23). La tristeza aprisiona el corazón y lo paraliza. Es lo mismo estar triste que estar muerto: no se tienen energías para seguir viviendo; mucho menos, para seguir andando. Cuando en el alma de un cristiano entra la tristeza todo se oscurece alrededor de él. “Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!” (Mt 6,23). Cuando en una comunidad entra el demonio de la tristeza, la comunidad misma se destruye. El signo definitivo de la comunidad primitiva –“un solo corazón y una sola alma”– era que vivían “íntimamente unidos, frecuentaban a diario el templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hech 2,46).

La alegría profunda y serena es el signo característico de un alma que vive en Dios. “Sé en quien he puesto mi confianza” (1 Tim 1,12). Abandonar en Dios nuestros problemas es signo de sabiduría: “alma mía, recobra la calma, porque el Señor ha sido bueno contigo” (Sal 114,7). Pero nosotros seguimos enredándonos en nuestros propios problemas, nos complicamos pensando en lo que dirán los otros o cómo seremos juzgados por los hombres. El único que nos juzga es Dios.

“La envidia y la ira acortan la vida y las preocupaciones hacen envejecer antes de tiempo” (Eclo 30,24). ¡Cuánta serenidad nos da el contentarnos con lo que somos y tenemos! ¡Cuánto daño nos hace mirar a los demás con envidia o con soberbia! ¡Y cuánto mal podemos hacer a nuestro prójimo! “No temáis a los que matan el cuerpo”, dice Jesús, “temed, más bien, a los que tienen poder para matar el alma”. ¡Y es tan terriblemente fácil matar el alma de nuestro hermano! Puede haber una tristeza en nosotros por el bien ajeno; esta tristeza nos lleva a la envidia, la envidia al juicio superficial y rápido, a la murmuración y a la calumnia. Matar el alma de nuestro hermano significa quitarle o reducirle la posibilidad de hacer el bien. Un alma grande experimenta siempre una alegría profunda por el bien de sus hermanos. Lo agradece interiormente a Dios y trata de comunicarlo a sus amigos. Siente la necesidad de “alegrarse con los que se alegran, y llorar con los que lloran” (Rom 12,15). Si queremos gozar de la estima de los otros esforcémonos por “amar con sinceridad” (Rom 12,9). Si queremos hacer el bien, mantengámonos sencillos y pobres. ¡Qué bien hace una persona simple y sencilla que se alegra siempre del bien del prójimo, porque está acostumbrada a descubrir en los otros el rostro transparente de Dios!

“Un hombre de corazón alegre tiene buen apetito y lo que come le hace provecho” (Eclo 30,25). Es muy sabia y concreta esta última reflexión del Sirácida sobre “la alegría del corazón”. La angustia, la preocupación excesiva, la envidia y la tristeza nos ponen agrios, tensos, insoportables. Nada nos cae bien, y nosotros nos convertimos en críticos inaguantables de nuestros hermanos. “La alegría del corazón” nos abre capacidades inmensas de comprensión y de amor, de admiración y de amistad.

II

Pero esta “alegría del corazón” adquiere una dimensión más profunda y duradera con la venida de Jesús. Él vino para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia (cf. Jn 10,10). Precisamente una parte esencial de esa vida –y, al mismo tiempo, su más clara manifestación y su fruto más inmediato– es “la alegría del corazón”. Es que nadie es capaz de vivir sin alegría. La alegría forma parte de ese pan que pedimos cada día para seguir viviendo. El Nuevo Testamento se abre, precisamente, con una invitación a la alegría: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Es la alegría primera y fundamental: saber que Dios nos ama privilegiadamente y que está dentro de nosotros. A esta alegría esencial corresponde el gozo íntimo de nuestra fidelidad: “Yo soy la servidora del Señor”… “Feliz de ti por haber creído” (Lc 1,38.45).

María siente la responsabilidad de hacer felices a los otros. Comprende que el pueblo esperaba esta alegría y que no puede guardarla un solo minuto para ella. Por eso “María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá” (Lc 1,39). María es objeto de una alegría preferencial: “Alégrate, llena de gracia”. Pero sabe muy bien que Ella no es el término de esta alegría. Dios la convierte –¡como lo hace siempre con nosotros!– en “instrumento” providencial de esta alegría. Lo dirá Isabel, “llena del Espíritu Santo”: “Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno” (Lc 1,44). Es que cuando una persona –como María o como nosotros en Ella– recibe de veras a Jesús, lo lleva en silencio y lo comunica sencillamente en el don de sí mismo a los demás, hace inmensamente felices a los otros, les hace sentir que algo nuevo se les sacude adentro como principio y signo de nueva creación.

Lo expresa María en el Magníficat: “Me llamarán feliz” (Lc 1,48). Podemos, entonces, comprender por qué Jesús comienza el sermón de la montaña hablando de la alegría y la felicidad del Reino y cómo, en la descripción de las bienaventuranzas, Jesús piensa en su Madre y nos descubre su secreto. La vida de María, la pobre, es la realización más perfecta de las bienaventuranzas. Por eso Jesús hará de Ella el mejor elogio de su fidelidad y de su gozo: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28).

El mensaje de Jesús –aun proponiendo la penitencia y la cruz– es siempre una invitación a la alegría del Reino. Es esencialmente la “Buena Noticia” del amor del Padre, “manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,39).

“La alegría del corazón” se convierte así en la señal más evidente de la presencia del Señor en nosotros. Aun en los momentos de mayor oscuridad y cruz. Hay Alguien adentro que nos asegura que “esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Porque el Señor nos hace la gracia de participar en la fecundidad de su propio sufrimiento. Eso nos serena y nos hace felices, aunque la cruz lastime nuestra naturaleza frágil como lastimó los hombros de Jesús. “Alégrense en la medida en que puedan compartir los sufrimientos de Cristo. Así, cuando se manifieste su gloria, ustedes también desbordarán de gozo y de alegría” (1 Pe 4,13). A medida que crece nuestra configuración con Cristo es normal que aumenten las tribulaciones; lo cual hace que nuestra alegría se purifique, se vuelva más honda y más serena, más contagiosa y duradera, más inequívocamente cristiana. Ya no es más nuestra alegría, sino la de Cristo en nosotros: “Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto” (Jn 15,11). Un verdadero discípulo de Cristo sabe reconocer al Señor –y llenarse de alegría– a través de sus llagas glorificadas (cf. Jn 20,20).

Pero esto exige de nosotros una actitud profundamente contemplativa. La oración es fuente de alegría porque nos pone en íntima comunión con Dios: nos hace saborear su Palabra y gozar de la consolación del Espíritu. La oración nos libera de la tristeza porque nos arranca de nosotros mismos y nos hace vivir más puramente en Dios, nos hace salir de nuestra soledad oscura para entrar en gozosa comunión con el “Padre de las luces” (Sant 1,17) y el “Dios de todo consuelo” (2 Cor 1,3). Es interesante –nos hace mucho bien– meditar, todo íntegro, este texto de San Pablo (2 Cor 1,3-7). El “consuelo” nos viene de Dios, se da aun en medio de fuertes tribulaciones, y nos responsabiliza para confortar a los que sufren. “Si sufrimos, es para consuelo y salvación de ustedes; si somos consolados, también es para consuelo de ustedes, y esto les permite soportar con constancia los mismos sufrimientos que nosotros padecemos”.

Sólo un contemplativo como San Pablo –por otra parte incansable y ardiente “heraldo, apóstol y maestro de la Buena Noticia” (2 Tim 1,11)– puede sentirse enamorado de la cruz hasta el punto de descubrir allí el secreto de su alegría: “Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes” (Col 1,24). La oración nos serena y simplifica, nos ayuda a salir de la obsesión de nuestros problemas personales, nos hace mirar las cosas desde Dios y, a luz de la eternidad, nos abre al verdadero problema de nuestros hermanos y al sufrimiento del mundo. Nos sentimos libres y felices. Nuestra alegría es tan honda que experimentamos necesidad de compartirla. Por eso la alegría verdadera aumenta nuestros amigos. Pero supone una raíz muy profunda de contemplación y de cruz.

Finalmente “la alegría del corazón” nos abre a la esperanza porque nos ayuda a descubrir siempre lo positivo de las cosas y de los hombres e impide que nos encerremos en lo exclusivamente negativo. Un hombre de esperanza es necesariamente alegre; pero un hombre alegre tiene siempre el corazón dispuesto a la esperanza. La alegría y la esperanza van inseparablemente unidas. Por eso San Pablo nos exhorta: “Sean alegres en la esperanza” (Rom 12,12) y nos augura: “que el Dios de la Esperanza os llene de alegría” (Rom 15,13). Una persona triste encuentra inevitablemente manchas en el sol; una persona alegre sabe descubrir en la noche el sendero que trazan las estrellas. Hay personas que sienten el raro gusto (¡extraña vocación!) de buscar defectos, señalar peligros, anunciar calamidades. Vale mucho más anunciar explícitamente a Jesucristo, alentar a los hombres a que sigan caminando sin cansarse y preparar su corazón para la alegría del encuentro definitivo. “La alegría del corazón” nos hace gustar adentro la seguridad de que Cristo vino, resucitó y vive. Nos ayuda a caminar en la esperanza y pone constantemente en nuestros labios esta súplica ardiente y serena: “Ven, Señor Jesús” (Apoc 22,20). San Pablo conecta fundamentalmente la alegría con la esperanza en estas palabras tantas veces repetidas y meditadas: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense… El Señor está cerca” (Flp 4,4-5). Con lo cual nos enseña a pensar que, a medida que vamos llegando al final, nuestra alegría se hace más honda, más inconmovible, más perfecta.

III

Quisiera añadir algo, muy brevemente, sobre “la alegría del corazón” de la vida consagrada. Aquí todo depende de la intensidad con que se viva el misterio pascual. Porque la vida consagrada está allí: es una participación nueva, más honda y más plena, en el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. Lo que empezó a ser realidad en el bautismo (Rom 6,3-5), se ahonda en esta “consagración peculiar que se funda íntimamente en la consagración bautismal y la expresa más plenamente” (Perfectae Caritatis 5).

“La alegría del corazón” supone aquí vivir la experiencia de un Dios Amor que entra privilegiadamente en nuestra vida y nos invita a dejarlo todo para seguirlo radicalmente a Él, realizar con Él una alianza de amor y ser para los hombres claros testigos del Reino, amigos de Dios, servidores y profetas. Nuestro camino normal es el del amor, la pobreza y la cruz (Lc 9,23). En la medida en que vivamos con serenidad las exigencias cotidianas del amor, la radicalidad de la pobreza y la fecundidad de la cruz, seremos inmensamente felices e irradiaremos la alegría de nuestra consagración. Nuestro estilo normal de vida es el de las bienaventuranzas. No se concibe una vida consagrada sino en la perfección de “una alegría que nadie nos podrá quitar” (Jn 16,22). La gente sencilla tiene una capacidad muy grande para percibir en nosotros la alegría y descubrir su verdadero secreto. Las comunidades auténticas, que viven en la oración y el amor, se manifiestan enseguida por la sencillez y alegría del corazón. No es extraño que se multipliquen sus vocaciones y que las jóvenes las busquen como lugar de oración.

Fundamentalmente “la alegría del corazón” depende de la fidelidad: de la experiencia profunda de la fidelidad a Dios (“El que los llama es fiel, y así lo hará”: 1 Tes 5,24) y de la conciencia clara de nuestra humilde respuesta de amor: “Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero” (Jn 21,17). Basta, para ser feliz, saber que Dios no falla nunca y que nosotros queremos permanecer fieles a su Alianza. Dios nos ha ligado para siempre “con ataduras de amor” (Os 11,4).

La consagración establece una comunión muy profunda con el Señor. Lo cual engendra alegría en el corazón: es la alegría propia de quien experimenta siempre la cercanía del Amigo y llena su soledad humana con la presencia del Señor que habla en el silencio y obra incesantemente por su Espíritu de amor y de consolación. Esta misma comunión con Dios es la que establece las bases fundamentales para la formación de una verdadera comunidad fraterna, que sea espacio privilegiado para el amor del Padre y signo eficaz de la presencia de Jesús: “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18,20). No hay peligro de que esta comunidad se encierre en sí misma, porque está abierta esencialmente a Dios. Tampoco hay peligro de que se disperse en una acogida superficial de los hermanos, porque la profunda comunión con Dios impide que se pierda el tiempo (¡y la riqueza de valores consagrados!) en conversaciones inútiles o en tratos exclusivamente humanos. Desde el interior de una comunidad auténtica –contemplativa o de vida apostólica– surge siempre una invitación a participar en la alegría profunda de quienes descubrieron el “tesoro escondido” o la “perla preciosa” y lo vendieron todo para comprarlos y gozarlos (Mt 13,44-46). ¡Siempre hace bien acercarse a una comunidad religiosa que vive, con sencillez y alegría, los valores esenciales de su consagración! Se percibe fácilmente allí la alegría incontenible de la alianza, de la comunión, de la oración.

De aquí surge la alegría de la misión. Todos nos sentimos “enviados” al mundo de hoy, desde el interior de una Iglesia esencialmente “misionera”. También –¡y yo diría en primer lugar!– los contemplativos. Para todos es válido el precepto de Jesús: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15). Pero es claro que cada uno debe realizar esta misión desde su vocación privilegiada en la Iglesia, desde la irrenunciable fidelidad a su propio carisma. Una monja carmelita anuncia el Evangelio de un modo distinto a como lo hace un misionero claretiano. Esto es evidente, aunque ambos –la carmelita y el claretiano– tengan que ser fuertemente misioneros y profundamente contemplativos. Y ambos, muy atentos y dóciles a lo que les pide hoy el Señor y a lo que hoy pasa en la Iglesia y en el mundo.

“La alegría del corazón” nos lleva a vivir nuestra misión con un espíritu cotidianamente nuevo. Las tareas pueden ser siempre las mismas (en un convento o en una vida intensamente apostólica), pero la misión es nueva cada día. Eso mantiene fresco y fuerte el corazón. Cada día el Señor nos llama de nuevo y nos envía. Cada día nosotros respondemos con Isaías: “¡Aquí estoy: envíame!” (Is 6,8). El mundo no es exactamente igual cada día, como no son exactamente iguales los hombres, sus inquietudes interiores, su estado de ánimo, sus aspiraciones. Si queremos ser fieles a nuestra misión debemos dejar que el Espíritu Santo nos haga nuevos cada día. Y así seremos siempre jóvenes y felices.

* * *

La vida consagrada es una invitación a “la alegría del corazón”. Es un llamado a ser felices en el seguimiento radical de Cristo y en la vivencia cotidiana de las bienaventuranzas. Pero tiene que ser vivida desde el interior del misterio pascual. Comprenderemos así –y sobre todo la gustaremos– la alegría de la cruz y la esperanza, de la alianza y la comunión, de la consagración y la misión, de la contemplación y el servicio. Se acabarían así las complicaciones inútiles de los que estamos adentro, y las compasiones absurdas con que nos acompañan algunos desde fuera. La vida consagrada –vivida en la simplicidad absoluta del radical seguimiento de Cristo muerto y resucitado– es inagotable fuente de alegría.

Termino citando estas hermosísimas palabras de San Juan en el prólogo de su primera Carta:

“Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que nuestra alegría sea completa” (1 Jn 1,3-4).

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