América latina: hacia una iglesia pascual

por Eduardo PIRONIO, Secretario General del CELAM
Del O.R. del 11 de abril de 1971 / n.119/ p.12

HOY LA IGLESIA de América Latina va descubriendo su fisonomía propia. No que antes no la tuviera y expresara. Siempre la Iglesia de América Latina experimentó y ofreció el carisma original con que la revistió el Espíritu.

Pero es cierto que hoy hemos tomado particular conciencia de nuestra vocación específica y de nuestra riqueza propia. Nos interesa de un modo particular descubrir y presentar la identidad esencial de la Iglesia Latinoamericana. Vamos comprendiendo mejor que “la indivisa catolicidad de la Iglesia” está compuesta por la “variedad de las Iglesias locales” (L.G., 23). Corresponde –no por superioridad y autoprestigio, sino por responsabilidad y servicio– que nosotros vivamos auténticamente lo nuestro. Cada Iglesia –en perfecta y plena comunión de Espíritu con la Iglesia universal– debe ser fiel a su vocación y a su tarea. Debe desarrollar su riqueza y manifestar su estilo. Es el único modo de ser fieles al Espíritu y de ofrecer a los hombres de una determinada cultura la presencia encarnada de Jesús, el invariable Señor de la historia.

Por eso hablamos de la Iglesia Latinoamericana como de una “Iglesia Pascual”. ¿En qué sentido y por qué? ¿No es acaso pascual la Iglesia que peregrina en Asia o en Europa? Ciertamente que sí. Ya que, en definitiva, toda Iglesia es esencialmente pascual. La Iglesia nace de la Pascua de Jesús, la expresa y celebra en su misterio, la anticipa en su semilla del Reino. Esencialmente la Iglesia es la Alianza que brota de la Pascua de la cruz. ¿Puede concebirse una Iglesia que no sea el Sacramento del Señor Resucitado? ¿Puede entenderse una Iglesia –puede construirse y vivir– si no proclama centralmente la muerte y resurrección de Jesús anunciando su venida?

¿Por qué entonces nos apropiamos el carácter pascual para nuestra Iglesia? Porque es la Iglesia de la esperanza, del anonadamiento y del Espíritu. Es decir, una Iglesia joven y renovada, que saborea la fecundidad de la pobreza y se apoya sólo en la fuerza interior del Espíritu. También otras Iglesias lo hacen. Por eso el aspecto pascual no es “exclusivo” de la Iglesia Latinoamericana, pero sí “característico”. Es una exigencia especial de nuestra Iglesia. Sobre todo en la hora que vivimos.

LA EXPRESION la tomamos de los Documentos de Medellín. Como respuesta a “un llamado de Dios” –que nos interpela a través de “los legítimos y vehementes reclamos pastorales de la juventud”– los obispos hemos pedido una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres (M. 5, 15).

No es circunstancial que este texto lo encontremos precisamente en el mensaje a los jóvenes y que el rostro de una Iglesia auténticamente pascual aparezca como la única respuesta a sus exigencias.

La Iglesia Latinoamericana debe ser, de un modo especial, la Iglesia de la Pascua. Se ha comprometido de un modo solemne a la liberación plena del hombre y de los pueblos. Se ha comprometido a realizar la Pascua. Porque la liberación, entendida en su exigencia bíblica fundamental, es esencialmente un tema pascual. Con tal, sin embargo, que la entendamos en la totalidad religiosa y escatológica de Cristo y su Evangelio.

Por lo mismo, la Iglesia Latinoamericana se ofrece en las exigencias pascuales de la pobreza, la libertad y la misión.

La Iglesia de la Pascua no es precisamente una Iglesia “triunfalista” o “del poder”. Todo lo contrario. Una Iglesia pascual es ante todo una Iglesia del anonadamiento y la crucifixión, la pobreza, la persecución y la muerte. Es la Iglesia de la esperanza y la alegría. Pero en la profundidad verdadera que da la cruz y el silencio. Porque hay un modo de perder el valor del sufrimiento y el sabor de la pobreza: sacarlos del ámbito sagrado de “lo secreto” (cfr. Mt. 6, 4-18).

No es tampoco la Iglesia del “automartirio”. Hoy corremos el riesgo los cristianos de sucumbir a la extraña tentación de proclamarnos los permanentes “perseguidos por la justicia” (Mt. 5, 10). La Iglesia Pascual es la que nace del enterramiento silencioso y de la muerte oculta del grano de trigo (Jn. 12, 24). Saborea la fecundidad de la persecución pero no la provoca sin motivos.

ESTA ES “la hora” de la Iglesia Latinoamericana. Es preciso que la comprendamos con gozo y humildad. No es la hora de la superioridad y del prestigio. Como si tuviéramos que enseñar y dominar a los otros. Como si las demás Iglesias debieran aprender de nosotros a ser fieles. Como si fuéramos los únicos que hemos conocido “el tiempo y el momento” (Hech. 1, 7).

Es la hora de la responsabilidad y el compromiso, la conciencia, la renovación y el servicio. La hora de comprender que ha llegado a nosotros “el tiempo favorable y el día de la salvación” (II Cor. 6, 2). La hora de conocer, en la sencillez cotidiana de los signos de los tiempos, que este es el momento de “nuestra visita” (Lc. 19, 44).

El tema de “la hora” de Jesús es eminentemente pascual. Está esencialmente orientado hacia su muerte y su resurrección. Desde Caná hasta la Cruz el anuncio y la proximidad de “la hora” va cargando de sentido pascual el Evangelio de san Juan (Jn. 2, 4; 7, 30; 8, 20; 12, 23; 13, 1; 17, 1). Está directamente conectado con el tema del Espíritu (Jn. 7, 39; 19, 30-34). También con la presencia de María “imagen y principio de la Iglesia” (L.G. 63 y 68). Es interesante señalar que los dos únicos momentos en que san Juan habla de la Virgen son los marcados por “la hora” misteriosa de Jesús (Jn. 2,1 y ss.; 19, 25-27).

La hora de Jesús es esencialmente hora de anonadamiento y crucifixión, exaltación y esperanza. Es la hora de la comunicación del Espíritu a través de su humanidad glorificada.

¿Pero qué es esta hora nuestra en América Latina? ¿Por qué insistimos tanto en que ésta es la hora de nuestra Iglesia?

Porque el Espíritu está obrando en nosotros de un modo nuevo y despertando energías y responsabilidades ocultas. Porque el Padre nos descubre la urgencia y totalidad de su plan de salvación sobre nosotros y nuestros pueblos. Porque el Señor nos lo está pidiendo absolutamente todo. No es una hora de superioridad sino de servicio.

Hay tres aspectos que marcan hoy a nuestra Iglesia de un modo profundo y original:

–una mayor conciencia de que debe descubrir y promover su riqueza propia (pensamiento teológico, acción pastoral, compromiso evangelizador, etc.);

–una urgencia mayor de hacerse presente en el desarrollo integral o liberación plena de los pueblos (superación del clásico dualismo que separaba fe y vida y que constituye “uno de los más graves errores de nuestra época” (G.S. 43));

–una particular vocación a la experiencia y manifestación de la colegialidad (expresar la Iglesia en comunión).

¿Cómo seria esta Iglesia pascual?

1 Ante todo –y fundamentalmente– la Iglesia delacontecimiento de Pentecostés (Hech 2, 1 ss), es decir, la Iglesia que se siente “llena del Espíritu Santo”, que sólo confía en las armas del Espíritu y sólo tiende a expresar al Señor Resucitado. Con lo cual decimos una Iglesia pobre, una Iglesia libre, una Iglesia segura. No con la seguridad humana del prestigio y del poder, sino con la firmeza inquebrantable del Espíritu. Decimos, también, una Iglesia de “la caridad, la alegría y la paz”, que son los frutos primeros del Espíritu (Gál. 5, 22).

2 Luego, una Iglesia joven, una Iglesia nueva.

Lo original en Pascua es “la nueva creación” (II Cor. 5, 17; Ef. 2, 10). Una Iglesia pascual siente necesariamente la urgencia de lo nuevo. Pero de lo definitivamente nuevo. Lo nuevo en Cristo por el Espíritu. Lo escatológico. Una Iglesia que se forma en el “solo Hombre nuevo” (Ef. 2, 15), Cristo, a cuya imagen debe ser creado “el hombre nuevo” según las exigencias totales del Espíritu (Ef. 4, 23-24; Col 3, 19).

La Iglesia Latinoamericana es una Iglesia joven, una Iglesia nueva. Pero no es sólo una novedad histórica la nuestra (llevamos pocos siglos de existencia). Se trata de la novedad profunda en el Espíritu. Es la renovación pascual obrada en nosotros por el Concilio y por Medellín. Es la Iglesia que hace de la juventud –en un Continente predominantemente joven– una de sus más urgentes prioridades pastorales.

3 Una Iglesia en comunión. Precisamente el fruto de la Pascua es el Espíritu de la comunión. Pentecostés engendra en los discípulos un solo corazón y una sola alma (Hech. 4, 32). La imagen de la comunidad primitiva, nacida de la Pascua de Jesús, es ésta: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech. 2, 42).

Es la comunión entre sí de los Pastores, de las iglesias particulares, de los pueblos nuevos. Es la comunión del Pueblo de Dios con el Cristo glorioso y con la totalidad de los hombres.

Por eso, todo cuanto se haga entre nosotros por expresar y realizar la verdadera comunión en el Espíritu, es ir preparando el rostro de una Iglesia auténticamente pascual.

4 Una Iglesia en esperanza. Pentecostés nos hizo heraldos de una acontecimiento de salvación. Testigos de la Resurrección del Señor (Hech. 1, 22). Proclamamos que, a este Jesús Dios lo ha hecho “Señor y Cristo” (Hech. 2, 36). Ese es el permanente mensaje pascual de la Iglesia.

Si hay algo que nos comunica Pascua es la inquebrantable solidez de la esperanza. Nace así la Iglesia de la luz y la firmeza. La Iglesia de la seguridad y la alegría. Expresión de la permanente presencia de Cristo Señor de la historia. “Cristo entre vosotros, esperanza de la gloria” (Col. 1,27).

La Iglesia pascual es esencialmente la Iglesia de la esperanza. Con todo lo que la esperanza implica para la Iglesia: de compromiso y camino, de realización y de espera, de tensión y anticipo. La Iglesia se afirma en el acontecimiento de Pentecostés.

5 Una Iglesia en misión. Es la Iglesia que sale del Cenáculo impulsada por el Espíritu. “Como me envió mi Padre, así os envío yo” (Jn. 20, 21). “Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 19-20). Es la Iglesia que ora y peregrina, que sufre y profetiza,que es aprisionada y libera, que muere y da la vida. Es la Iglesia que se siente fuertemente invadida por el Espíritu para dar testimonio de la resurrección “desde Jerusalén… hasta los confines de la tierra” (Hech. 1,8).

6 Una Iglesia profética, evangelizadora. La plenitud de los tiempos mesiánicos se señala
–según el testimonio de Pedro en el día mismo de Pentecostés– por el cumplimiento de lo que dijo el profeta Joel: “Derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas” (Hech. 2, 16 y ss).

Es la Iglesia que anuncia “la Buena Noticia de Jesús” (Hech. 8, 35). La que proclama que el Reino de Dios ha llegado e invita a los hombres a la conversión y a la fe (Mc. 1, 15). La que explica, en el lenguaje diverso de los hombres, las invariables maravillas de Dios (Hech. 2, 11). No es sólo la Iglesia que descubre el futuro o denuncia las injusticias. Es, sobre todo, la Iglesia que proclama a Cristo y revela al Padre.

Más que nunca se advierte entre nosotros la necesidad de iluminar, hacer crecer y comprometer en la práctica la fe.

7 Pero una Iglesia pascual tiene que ser necesariamente la Iglesia del desprendimiento y la pobreza, del anonadamiento y la cruz, de la persecución y la muerte. Si nos escandalizamos por ello, no hemos entendido a Cristo; seguimos todavía con pensamientos humanos (Mt. 16, 23). Si nos envuelve la tristeza o la desesperanza, es porque aún no creemos lo que anunciaron los profetas (Lc. 24, 25-26). Si desenvainamos la espada, no hemos entendido al Maestro (Mt. 25, 52). Si buscamos todavía la seguridad de los recursos temporales o la firmeza de los poderes públicos o la influencia y prestigio de los liderazgos políticos, no hemos entendido el misterio de Cristo y la locura de la cruz (I Cor. 1, 18). Una Iglesia pascual es esencialmente una Iglesia del Cristo muerto y resucitado, del Jesús constituido Señor por su obediencia hasta la muerte de cruz (Filip. 2, 5-11).

UNA IGLESIA Pascual es la Iglesia de Pedro y Pablo: la que ellos dos “plantaron con su sangre”. Es la Iglesia del testimonio y del martirio. “Como testigos oculares de su grandeza… Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con él en la montaña santa” (II Pet. 1, 16-18). La de María Magdalena “que fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que Él le había dicho tales cosas” (Jn. 20, 18). La del protomártir Esteban “que vio la gloria de Dios y los cielos abiertos” (Hech 7, 55–56). La del Apóstol Juan, que oyó, vio, contempló y tocó “la Palabra de la vida”. “Nosotros la vimos y somos testigos” (I Jn. 1, 1-4).

Necesariamente una Iglesia Pascual supone siempre dos absurdos humanos: el silencio y la cruz. Si queremos que nuestra Iglesia Latinoamericana sea verdaderamente “Alianza de los Pueblos y Luz de las Naciones” (Is. 42, 6), “sacramento universal de salvación” (L.G. 48), hemos de volver a las invariables fuentes evangélicas.

Pascua es madurez de silencio y fecundidad de cruz. Una Iglesia Pascual supone la Palabra. Pero la Palabra se engendra en el silencio, en la hondura activa de la contemplación. Una Iglesia Pascual supone la Eucaristía. Pero la Eucaristía es donación, servicio, y muerte. En la plenitud del silencio y en el corazón de la cruz nacerá la Iglesia de la Pascua.

Por lo mismo, una Iglesia Pascual es la Iglesia que nació en María. La que empezó con Ella como “principio”. La que se refleja en Ella como “imagen”. Es la Iglesia que supone su pobreza, su silencio, su disponibilidad. Es la Iglesia que nace en la plenitud de su fe en la Anunciación, en el ardor de su caridad en la cruz, en su perfecta docilidad al Espíritu en Pentecostés.

Una Iglesia pascual es en María como “el signo de esperanza cierta y de consuelo” (L.G. 68).

Esta es la Iglesia que expresaremos todos. La hará el Espíritu en nosotros en la medida en que seamos pobres, confiemos en Él y nos entreguemos. En la medida, también, en que descubramos el dolor de nuestros hermanos y nos decidamos a llenar sus esperanzas.

El Señor pide que seamos fieles. Fidelidad absoluta a nuestra hora. Fidelidad a la identidad esencial de nuestra Iglesia. Fidelidad al Espíritu de Pentecostés. Fidelidad a nuestra vocación impostergable: ser para los hombres “la Iglesia de la Pascua”.

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