Alocución al II congreso mundial de institutos seculares

Del 25 al 28 de agosto de 1980 se realiza en Roma el  II Congreso Mundial de los Institutos Seculares. Ciento quince de los ciento treinta y tres Institutos con aprobación eclesial envían representantes. Los trescientos cincuenta congresistas provienen de treinta y cuatro países, esparcidos en los cinco continentes. El tema es: «La evangelización y los Institutos Seculares a la luz de la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi».

    El Congreso en una muestra de la variedad y riqueza de la experiencia espiritual y apostólica de cada Instituto, de la voluntad de conocimiento mutuo y de comunión fraterna, del interés por encontrar cauces comunes de desarrollo y de servicio eclesial.

    El Cardenal Pironio, en su discurso de apertura, señala la importancia del Congreso, realizado en «un momento privilegiado para la misión de la Iglesia», ya que el mundo experimenta hoy la necesidad de la salvación. De esta misión participan los Institutos: «en la relación esencial de una Iglesia hecha para salvar al hombre (a todo el hombre y a todos los hombres) y transformar el mundo desde dentro para la gloria del Padre».

    La fidelidad a la propia identidad constituye una condición ineludible. Dirigiéndose a los miembros laicos de los Institutos les encarece que asuman plenamente la condición laical, sin sentirse disminuidos o «clericalizados» por la consagración. En un segundo aspecto señala el sentido eclesial que debe animar a los Institutos. La vitalidad y fecundidad de los mismos depende de descubrir y asumir las necesidades de las Iglesias locales y universales, de la colaboración con los Pastores, de la fidelidad al modo propio de ser Iglesia. Todo ello animado por una profunda vida en y para Cristo, configurándose con El por la realización de la voluntad del Padre en medio de las normales condiciones de la vida cotidiana.

    Con palabras cálidas concluye su discurso, invitando a mirar al mundo con esperanza y a escuchar a Cristo con pobreza y disponibilidad.

    De esta manera el Card. Pironio regala nuevamente a los Institutos Seculares riquezas espirituales hondas y les manifiesta su sincero afecto y apoyo.

Contenido del documento    Queridos amigos:

    Sea esta una sencilla palabra de esperanza dicha por quien pretende conocerlos y los ama; dicha también, por quien, en nombre del Papa Juan Pablo II, tiene el privilegio y la responsabilidad de servirles. Permítanme que  los salude con las palabras de san Pablo a los filipenses: «Llegue a vosotros la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Yo doy gracias a Dios cada vez que os recuerdo, siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos, pensando en la colaboración que prestasteis a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora» (Flp. 1,2-5).

    Vuestro Congreso se abre -bajo la inspiración del Espíritu Santo y la protección de María, modelo de consagración secular- en un momento privilegiado para la misión de la Iglesia: un mundo que tiene hambre de la Palabra de Dios, que siente necesidad de la presencia transformadora de la Iglesia, que pide razón de su esperanza, que interroga a la Iglesia sobre la verdad y el amor, la justicia y la paz, la libertad y la comunión. El mundo desafía a la Iglesia en aquello que le es propio y esencial: la transmisión explícita de la Buena Noticia de Jesús para la conversión de los corazones y la construcción de una nueva sociedad.

    Es aquí precisamente donde se inserta, en el misterio de una Iglesia comunión, el providencial ministerio laical de los Institutos Seculares: en la relación esencial de una Iglesia hecha para salvar al hombre (a todo el hombre y a todos los hombres) y transformar el mundo desde dentro para la gloria del Padre. «No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (GS 3).

    Permitidme, al comenzar este congreso que yo juzgo de trascendental importancia para el futuro de los Institutos Seculares (su vitalidad interior, la eficacia de su misión y el imprescindible despertar de nuevas vocaciones), que yo les recuerde tres cosas: la fidelidad a su propia identidad como laicos consagrados, el sentido eclesial de su vida y de su misión evangelizadora, la urgencia de una profunda vida en Cristo, el Enviado del Padre y Salvador de los hombres.
 

I. Fidelidad a su propia identidad

    Sean plenamente ustedes mismos. No teman perder su irrenunciable identidad como laicos si viven radicalmente en el mundo la libertad interior y la plenitud del amor que dan los consejos evangélicos.

    La consagración no los quita del mundo: sólo los inserta más profundamente, de un modo nuevo, en el Cristo de la Pascua, llevando a mayor madurez y plenitud la consagración esencial del Bautismo. Vivir a fondo el Bautismo para un laico consagrado, es comprometerse de un modo nuevo a ser en el mundo una legible «carta de Cristo», escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne; es decir, en los corazones (2 Cor. 3,3).

    Sean fieles a su «secularidad consagrada», es decir: vivan la irrompible unidad de esta vocación única y original en la Iglesia. No se sientan laicos disminuidos, laicos de segunda categoría, laicos clericalizados, extraña mezcla de laico y religioso: siéntanse plenamente laicos comprometidos directamente en la construcción del mundo desde un seguimiento radical de Cristo. Para el mismo trabajo de evangelización -tan estrechamente unida a la promoción humana integral y a la liberación plena en Jesucristo- es imprescindible que ustedes vivan, con toda generosidad y normalidad cotidiana, los dos términos de una indivisible vocación: la «consagración secular». Para ello han sido amados y elegidos, consagrados y enviados.
 

II. Sentido eclesial de su vida y misión evangelizadora

    Es toda la Iglesia la que ha acogido en estos últimos años el don de los Institutos Seculares. Desde Pío XII hasta Juan Pablo II. Recordemos particularmente los mensajes de Pablo VI, tan llenos de luz, de calor humano, de sentido eclesial.

    La «consagración secular» es un modo privilegiado de ser Iglesia. Particularmente Iglesia «Sacramento universal de Salvación». Pertenecen, por consiguiente, a la santidad de la Iglesia. No a su estructura jerárquica, pero sí a su vida.

    Es necesario que los miembros de los Institutos Seculares vivan con intensidad el misterio de la Iglesia; tanto a nivel universal como a nivel particular. Descubrir, amar y asumir todos los problemas y las esperanzas, las urgencias misioneras de las diversas Iglesias locales. La vitalidad evangelizadora de un Instituto Secular depende de su profundo y concreto sentido de Iglesia.

    De aquí la necesidad de caminar -en la directa transmisión de la Buena Nueva a los pobres- con los Pastores, en efectiva comunión con sus orientaciones y con las exigencias y expectativas de todo el Pueblo de Dios.

    Los Institutos Seculares constituyen un modo providencial de ser Iglesia; lo cual supone dos cosas: que se reconozca y respete su identidad específica, y que su misión se realice desde el interior de una Iglesia -esencialmente comunión y participación- enviada por Jesucristo al mundo a anunciar la Buena Noticia a los pobres.
 

III. Profunda vida en Cristo, enviado del Padre

   «Yo estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal. 2, 19-20).

    La vida y el crecimiento de un Instituto Secular dependen esencialmente de los cosas: de su realismo histórico (compromiso real con la vida de la ciudad: familia y trabajo, cultura, sociedad y política) y de su profunda inserción en Cristo. Lo cual -para un miembro de un Instituto Secular- supone lo siguiente: el seguimiento radical de Cristo por los consejos evangélicos (sin quitarlo por eso, del contexto histórico del mundo) y una progresiva configuración con Cristo por la oración, la cruz, la realización cotidiana de la voluntad del Padre.

    La oración se realiza siempre en un contexto «secular», no religioso ni monacal. Lo cual no significa que no sea auténtica. Es siempre una concreta y perfecta comunión con la voluntad del Padre. Es hecha desde el interior del mundo, en las normales condiciones de vida. Pero notará momentos -difíciles y austeros- de separación y desierto. No se puede vivir en permanente clima de contemplación, sino a partir de tiempos fuertes y exclusivos de oración.

    Vivir en Cristo para la transformación del mundo. Vivir de Cristo para la clara y fuerte profecía del hombre: nació Jesús, nuestra «feliz esperanza».
 

    Queridos amigos: van a comenzar sus trabajos. Miren al mundo en que están sumergidos -como luz, como sal, como fermento- y que los interpela; miren al mundo con realismo y esperanza. Escuchen y reciban a Cristo que los elige, los consagra y los envía. Escuchen a Cristo con pobreza y disponibilidad. Amen a la Iglesia y expresen en el mundo su presencia.

   «Sean sinceros en el amor, alegres en la esperanza, fuertes en la tribulación, perseverantes en la oración» (Rom. 12, 9-12). «Que el Dios de la Paz los consagre plenamente» (1 Tes. 5, 23) y que los acompañe siempre María, la Virgen de la esperanza y del  camino, de la fidelidad y del servicio, de la radical entrega al Padre por Cristo en el corazón de la historia.
 

    Card. Eduardo F. Pironio,
    Prefecto de la Sagrada Congregación para Religiosos e Institutos Seculares,
    Agosto de 1980

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *